Un místico de Alcalá fr.
Dionisio Vázquez
Contamos los españoles con la literatura religiosa
más rica y variada del mundo desde la guía de pecadores del p. granada hasta el
Audi filia de del beato Ávila. En el siglo XVI
una profesión lucrativa era la de copista. Al pie del pulpito unos
pendolitas transcribían los sermones del predicador de turno luego se editaban
y vendían a buen precio. Dominicos y agustinos se dedicaban a dar misiones por
los pueblos. Eran religiosos conspicuos por la oratoria sagrada que era hasta
hace poco un género literario. Fray Luis de Granada y fray Luis de león eran
dos oradores resonantes bajo el tornavoz del pulpito de la catedral de
salamanca. Tomás de Villanueva, fr. Bartolomé Carranza, el padre farfán, pedro
castro Velarde y el propio fray Dionisio Vázquez.
Éste era un agustino que perteneció a los
claustrales del convento de dicha orden en Toledo. Sus sermones le gustaban
mucho al emperador Carlos quinto. Tenía facultades, una voz viril y penetrante
un gesto comedido y exacto. El año 1479 fue elegido para la cátedra de teología
de Alcalá. Había nacido en 1479 y tomó el cordón de la OSA.
En el siglo xvi hasta las verduleras entendían
teología. Dos circunstancias avalan el supuesto: los conversos que llegaron al
bautismo con un profundo conocimiento bíblico. En segundo lugar, la fuerza de
la iglesia española como poder. Los monasterios estaban poblados y la
preocupación por las cosas de dios a la sazón ganaba un predicamento que hoy
sólo tienen la economía y la política. Se procesionaba, se predicaba y por
todas las partes surgían prédicas acerca del fin del mundo. Hombres como san
juan de Ávila el apóstol de Andalucía iban por los pueblos predicando la
palabra de dios seguidos por multitudes y es que la religión impregnaba todos
los estamentos de la vida pública.
Dionisio Vázquez nació en 1479 en Toledo y vivió
uno de los tiempos más interesantes de la historia española el fin de los
reinos de taifas y el nacimiento de la unidad española que llegó como todos los
partos entre dolores.
Fue una época en que los sermones tenían un tinte
apocalíptico y fueron estos frailes iluminados que años adelante se
convertirían en los iluminati y en
los deixados. Vázquez formará bando
con este tipo de predicadores comuneros que se oponían al emperador. Desde el
púlpito predicaban estos frailes gritando como energúmenos que Carlos V era el
anticristo y que su capellán el canónigo Adriano de Utrecht que luego subiría a
la cátedra de san pedro era el sacristán del diablo. Fueron tiempos convulsos.
Castilla se desangraba en la incertidumbre de la crisis económica cuando la
edad media tocaba a su fin y era importante la confusión religiosa. Derrotados
los comuneros en Villamar y habiendo subido al cadalso los tres cabecillas de
las comunidades, Padilla, Bravo y Maldonado, el agustino se subió al carro de
los vencedores lo que le permitió granjearse la admiración de cesar y conseguir
la cátedra de escritura en la universidad de Alcalá. Allí tuvo fama de santo.
Sus sermones hacían llorar a las audiencias.
Los pecadores arrepentidos suplicaban a gritos
confesión y el propio Carlos quinto se daba golpes de pecho. Tal era la
vehemencia de su discurso.
Cuando vino
a España el cardenal Siliceo para tomar posesión de la mitra primada de Toledo
el padre Vázquez celebró los triduos de acción de gracias. Sus incondicionales
aseguraban que había sido galardonado con dones del Espíritu Santo como era la
introspección de conciencias y la profecía. – escribe don pedro Sainz
Rodríguez- alegando que en sus sermones fustigaba la corrupción de costumbres,
la rufianería, las soberbias y tacañerías de los logreros de la corte. Algunos
de los sermones preludiaban el estilo tronitonante de Bossuet que pasa por ser
el primer orador católico. Los practicantes de aquel misticismo a lo sublime
añoraban la luz del Tabor. Salieron a la búsqueda de la carne glorificada,
mortificando el cuerpo con intensas penitencias como Pedro de Alcántara, de la
familia de los Barrantes, un cacereño que parecía a decir de santa Teresa hecho
de raíces de árboles. Al parecer triunfaba el Cristo entre nosotros y el ideal
de vida o camino de perfección mediante la vía purgativa, iluminativa, unitiva o el desdén de todo lo mundano que
propone el Evangelio era una constante en aquella sociedad creyente.
Sin
embargo, si el espíritu está pronto, la carne es flaca. Se producen
aberraciones y descarrilamientos en aquel fervor. La otra cara de la moneda es
la picaresca que era otra forma de
desasimiento y desprecio del mundanal ruido. A través de los estudios de los
grandes relatos del género “Mateo Alemán”,
del “Lazarillo” y del “Buscón” la erudición de este género
literario tan español demuestra un paralelismo singular con la literatura
religiosa. Los místicos son pícaros de Dios, unos marginados, unos
desenganchados de las pompas y vanidades y aceptan la muerte con el mismo
senequismo con el que Lázaro de Tormes acepta ir forzado a Cartagena por sus
fechorías y remar en la fraternidad de los atunes. Es una suerte de cinismo o
senequismo espiritual.
El padre de
Pablillos, el protagonista, del Gran Tacaño es ajusticiado en Segovia y
la descripción de aquel auto da ocasión a Quevedo para escribir una de las
páginas mejores de su libro. El ex verdugo y ahora reo marcha ufano, subido en
una mula cara atrás y portando la coroza saludando a las mujeres que se
asomaban al balcón. Dice el autor que “subió a la cabalgudara de un brinco” muy
airoso y animoso como el que se dispone a realizar un largo viaje. Camino del
calvario saluda a la afición y al subir la escalera encontrando roto uno de los
peldaños le dice al alguacil que a ver si llaman al carpintero que lo reparen
para el siguiente ajusticiado. Santa Teresa de Jesús afrontó la hora postrera
con igual dignidad; hoy lo llamarían cinismo. La santa se despedía de sus monjas haciéndoles
toda clase de recomendaciones y advirtiéndola que se sentía feliz de ir al
encuentro del esposo. La sorna y familiaridad o el desparpajo con que aquellos
iluminados hablan de las cosas de Dios es la misma con que Mateo Alemán o la
pícara Justina refieren impávidos sus aventuras y desdichas.
Sólo que
mientras los picaros iban a galeras o a la horca los místicos entraban en el
convento. Los monasterios, beaterios y cenobios estaban llenos, pero también
las mancebías, los cuarteles y las cárceles. En muchas ciudades de España queda
el recuerdo de ciertos lugares de encuentro de la picaresca. El rollo de León,
el Azoquejo segoviano por donde andaban los perailes, las gradas de San Felipe
y la puerta de Guadalajara en Madrid, el perchel malagueño, Zocodover toledano
y el potro cordobés fueron punto de reunión de los agujeros pues vendían agujas
y leznas los rapabolsas. Unos y otros hacían profesión pública de su fe
católica porque ser tratado de hereje o de converso era uno de los mayores
escarnios para cualquier español.
El público
parecía conocer bien la Biblia. Por eso gustaba de la representación alegórica
de los autos sacramentales. Se pagaban diezmos y primicias. La iglesia era rica
pero generosa. Muchos menesterosos sobrevivieron gracias a la caridad monástica
y a la sopa boba de los conventos. Con la barriga vacía no era posible aguantar
a pie enjuto aquellos sermones de larga duración que largaba el padre Vázquez
en alguno de los treinta templos o ermitas censados a la sazón en Alcalá. El
número tan abultado el de Sevilla donde se contaban 1200 pero entre tabernas,
casas a la llana y timbas casi 4000. Córdoba tampoco le iba a la zaga y ahí
tenemos a Góngora lamentando el poco interés de sus paisanos por la cultura
Córdoba ciudad bravía
Más de mil tabernas
Y una sola librería
Los misioneros no paraban de hablar de las penas
del infierno, pero sus audiencias se arrepentían de momento y volvían luego a
las
Andadas, tomando el consejo de san Agustín al
revés: Pecca fortiter. En las comedias de capa y espada estalla el grito
de algún espadachín pidiendo confesión.
Fray Dionisio fue un exaltado propagandista de la
reforma de costumbres en aquel siglo decimosexto que es conocido por los historiadores
como el siglo del amor y de la briba. Ancha es Castilla. El apetito desordenado
de los europeos sumidos en guerras religiosas y debacles trajo como
consecuencia enfermedades desconocidas como la sífilis. En las piezas oratorias
del agustino de Alcalá resuenan como timbales las invectivas que dirigía a sus
audiencias pecadoras.
Este campeón de la moralidad pública al igual que
San Juan de Ávila pasaron como un reguero de pólvora por los campos de Castilla
y Andalucía. Dos siglos antes lo había hecho en Valencia Vicente Ferrer. Iréis
al infierno les dice a los rufianes. Os amarrarán en blanca los diablos y os
tendrán la eternidad entera en el tormento. Volved todos al buen camino. Convertimini.
Metanoite. Se escuchaba susurros y suspiros o gimoteos por las tres naves
de la iglesia abarrotada y a oscuras. Sólo delante de la grada del altar un
crucifijo colocado sobre una mesa aparecía iluminado por dos velones. Era un
buen recurso para hablar de las penas del infierno. Eran tiempos recios. Los
escrituristas conversos hablaban de la llegada del Anticristo y hasta lo
describirían con pelos y señales. Nacido de mujer vil, la barba rala y el
mentón saliente los ojos turnos la voz potente para seducir a muchos. Se haría
pasar por el Mejías.
España se perdería con una nueva invasión del
Sarraceno, habría una gran corrupción entre los clérigos, dentro de las familias cundiría el terror y el desarreglo,
los hombres se tornarían mujeres y las mujeres hombres y todos batallarían en
guerras dilatadas.
El hermano
contra el hermano el padre contra el hijo la esposa contra el marido. Pese a
las apariencias era el hijo de una puta que fue concebido en el ayuntamiento de
una yegua y un centauro el antecristo.
Se
produciría esa involución a las que se refieren los autores que explican el milenio igualitario. Uno lee las
profecías o pseudo profecías de san Isidoro, de san Gervasio y de un tal Gervasio
de Ayora que fue rabino veinte años en Osma y se metió a franciscano y los
pronósticos formulados tienen tanta vigencia que diríase que no estaban
formuladas contra el emperador Carlos V de las revueltas de las comunidades y
diríase que se estaba refiriendo a los tiempos actuales. Es lo malo del
profetismo que la historia no es más que una Apocalipsis. Perpetum movile.
Cambió constante. Pero aterrorizan y dan que pensar. Los justos aparentemente
pierden y son perseguidos por la legalidad vigente que es lo que les ocurrió a
aquellos pobres desarrapados comuneros. El cordel siempre se rompe por el lado
más débil.
domingo, 27 de noviembre de 2011
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