Posted: 22 Dec
2018 01:03 PM PST
SONIOIES
Betulia
era mi monte y Sonipiés el nombre de mi caballo, alzarán de la imaginación que
trotaba por los desfiladeros de la ribera del río Junquillo que también
llamaban el Botijas. Por esta parte del mundo nos sobran todos los ríos que
nunca vienen secos ni por agosto. Sus aguas entonando himnos litúrgicos y
cabrilleando en ondas salmoneras van a morir horadando las quebradas altísimas
a rendir tributo a la mar por la concha de Ulliegos.
Un
poco más allá, pasados los cuetos de la Venta Jamona estaba el
río Zurdillo llamado así porque su cauce da la impresión de no venir a derechas
sino a reculas. Parece que sube cuando baja y al revés. Llega oculto entre los
humeros o alisos de hojas fuertes y acorazonadas como los del ablanedo pero no
son avellanos sino alisos. Esta vena fluvial que se despeña desde las breñas
de Peñamía se detiene y realiza muchos meandros y
corregimientos al bordear los pagos de Valdebriga que es un
soto amenísimo a la sombra del campanario de su iglesia románica y atraviesa el
puente de los peregrinos bajo unos ojos de arcadas imponentes. Por arriba en
tiempo de verano no cesa el goteo de romeros en transito hacia Compostela:
alemanes, polacos, franceses, algún escandinavo, bastantes italianos.
El
Zurdillo o Zurdín no ha de confundirse con su hermano el Esguin su hermano
hidrográfico que desemboca como media legua más arriba pasa lamiendo las
tapias de un viejo convento muzárabe el Premaris desde donde
se oteaba el mar como haciendo vasija. El monasterio hoy es extinto Pero en la
cárcava donde estaba la cilla algunos pàisanos dicen haber escuchado el eco de
cantos religiosos, ruido de goznes, chirriar de rastrillos conventuales y
campanas que tocan solas. Es creencia que aquellas comunidades a las
que los primeros reyes de la dinastía hispanica, Silo y Mauregato, dejaron
mandas, escribían con grafía ulfiliana y que fueron refractarios a renunciar a
su emanatismo arriano. Estaban en contacto con los monjes de las Batuecas y
otros de la Galia y de Britanbiua. Su abad se carteaba con Carlomagno y con
Alcuino de Eboracum. Se supone que el miniatursita que escribió el Beato de
Liébana estuvo bajo la disciplina y el cordón de esta comunidad y
desde su celda del Premaris avistando la mar oceana escribió los comentarios al
libro del Apocalipsis, summa de errores contra el adopcionismo del
obispo Elipando de Toledo que consideraba tres personas distintas y un solo
dios verdadero. Hasta ahí todo correcto en la procesión trinitaria pero añadía
una muletilla de su coecha. Jesucristo hijo amantisísimo del padre, progtegido
y espejo del hijo y adoptado por el espíritu. Quedan algunos farallones de las
paredes de su iglesia. A Nicomedes le gustaba pasear sus melancolías y sus
desencantos por aquellas soledades de la rasa. Sólo se escuchaba el grito de
las gaviotas y los estampidos de las olas cuando entraban en los cañones de las
rocas.
Cuando
las desamortizaciones algunas piedras fueron llevadas a la iglesia de la
parroquia dedicada a san Martín y donde se venera una virgen negra que llaman
Nuestra Señora del Focin. Entre ellas varias columnas y
un albalá misterioso o alfiz sobre cuyo dintel aparece un fraile muy
tonsurado y con un cinturón que le cuelga de la sotana tan largo que y gordo
que semeja un pene humano en reposo. Hay una expresión obscena en esta
figurilla como si su grabador anónimo en el momento de moldear la roca con la
gubia y el coincel hubierase sentido acosado por el ludibrio de una siesta
cuando acomete el deseo de la lujuria puescomo ya se sabe con harta frecuencia
los monaterios relajados son recintos donde tienen asiento los siete pecados
capitales. El modelo por lo visito aunque era corto de estatura
debía de tenerla larga y con su corona sostiene la pila del agua bendita. Y
vestía el hábito de los frailes menores lo que da pábulo a la creencia de que
en Premaris desde el siglo VIII hasta el XIX siempre hubo vida
consagrada pero durante la baja media fue un importante centro franciscanos que
iban predicando la misión por las aldeas y pidiendo limosna con un saco a las
espaldas reclamando con frecuencia el derecho de pernada hasta tal punto que
era prurito de humor regional el decir nadie puede decir que mi padre no cante
en el coro del Premaris. El antiguo claustro era un rodal de zarzas y una
guarida de la fuina, la zorra, el gochu y otras alimañas. Todo se fue poir la
posta. Aquel mundo tranquilo y pacifico marcado por los sones eufónicos de la
esquila baca Marela o el agradable sonido del segador que afila su guadaña en
una cerca una larga tarde de mayo está a punto de ser arrollado por el
estrepito del tráfico y el flujo que no cesa de autos que corren por la autovía
que profana el viejo paisaje. Ahora la autovía iba a dar paso a la autopista
que llamaban del Aquilón. Sólo los iniciados como Nicomedes que en el trazado
destructor de tanta naturaleza y del severo impacto medioambiengtal latía una
idea de involución del hombre con su entorno que le conduciría al Apocalipsis.
Un
túnel había horadado las entrañas del monte Betulia pero pasaba oculto y sin
alardes. Todo lo contrario que la nueva autopista que iban a construir los
hombres con gran enojo de los dioses del terruño que ya habían manifestado su
desacuerdo con aquella obra faraónica que iba a sembrar de puentes colgantes
entre colina y colina, desbaratando los mapas y planos de los
ingenieros.
Al poco
de comenzar la obra una extraña enfermedad afligió a la mayor parte de los
operarios. Uno cayó al vacío al tratar de colocar un encofrado en lo alto la
pirámide y se mató. A un gruista le aquejaban las almorranas y tuvo que dejar los
mandos en manos de un nigeriano que acababa de llegar en pateras y que ni
siquiera hablaba la lengua del país y mucho menos sabía manipular aquellos
chismes. Una mañana su mastodóntica excavadora hizo molino y se fue al fondo de
un talud. Al conductor lo excarcelaron de entre los hierros con la cara
cubierta de hematomas y las piernas tronzadas. Al palista en cuestión que se
llamaba Oyabongo se le trató como a un héroe. Vinieron los de
la televisión regional y le sacaron varias entrevistas y reportajes. Se abrió
una colecta para repatriarlo a su país pero el mutilado dijo que nanay que se
quedaba aquí cobrando una buena pensión. El derrubio le había dejado sin
piernas pero tenía la vida asegurada. Querían alzar unos pilares de más de cien
metros.
- El día
que sople nordeste a muchos conductores se les van a poner de corbata
circulando por ahí arriba.
- Todo lo
tenemos previsto.
La
verdad era que aquella inmensa construcción era un desafío a las leyes de la
naturaleza y no es extraño que los dioses domésticos que habían reinado siempre
con los animales y divinidades del bosque manifestasen su enojo con los
ingenieros de caminos, sembrando el descontento, el desanimo y la galbana entre
los obreros, permitiendo la caída al vacío de un palista o permitiendo que el
gruista negro estuviera a punto de morir aplastado por los relejes y azudes de
su pala mecánica.
- ¡Menuda
obra! ¡Parece cosa de romanos!
- Pues el
proyecto es norteamericano.
- Lloran
las xanas ante el destrozo que están haciendo esos
desaprensivos descuajando castaños y abedules centenarios.
- Es el
peaje que hay que pagar en aras del progreso.
- Bonita
frase pero aquí mucha gente quiere adorar el santo por la peana. Ponen el carro
antes que los bueyes.
Las
ninfas del agua, las esfraguitidas ante tanto furor arboricida
lloraban lágrimas verdes y los esforrocinos abandonaban sus nidales en lo alto
de la copa de los pinos. Una seña inequívoca de la furia de los dioses
forestales. Moloch hacía su agosto aquellos veranos tórridos. Era el
espíritu que enviaba la llama a la tierra convirtiendo en secarrales las
arboledas. El lecho del río Esguín antes oculto entre la maleza enseñaba sus
carnes despiadadas. La devastación podía ser observada por los satélites
artificiales. El río Esguín río salmonero también lloraba. Una mística
deletérea caninita satánica debelaba el paisaje haciendo tabla rasa con la
historia. Los romanos muy cuidadosos con las tradiciones politeístas de los
pueblos que conquistaban allí sobre la cumbre del Betulia donde los viejos
iberios adoraban a Sepulcro alzaron un ara a Hermes Crisoforo cuya cabeza
en la forma de un joven rabadán con la cabellera rizada y portando a las
espaldas un cordero recental aparecía en uno de los bajorrelieves por allá
encontrados cuando se efectuaron excavaciones arqueológicas. Recordaba a la
estatua del Buen Pastor que guardaba una de las entradas de una de las
catacumbas. Hermes se cristianizó sin más y vino a representar el buen pastor
que da su vida por sus ovejas. Con el correr de los siglos el templo a
Trismegisto y a Sepulcro cambiaría de advocación. Los godos que venían huyendo
de la morisma desde la Betica y Toledo construyeron una ermita a la gloriosa
Santana. Las creencias pueden cambiar de mano. No así la fe de un pueblo. Pero
mucho me huelgo yo en mi helicón punto de fuga, redondel donde quieren hacer
diana todos los dardos que he disparado con el arco de mis sueños. Este nido de
golondrina que parece colgado de una escondida de un arbol del monte sagrado de
los celtas o adentro mismo de las socarrenas que hienden en las peñas del
acantilado adonde embisten las olas con sus espuelas de espuma- hubo mares
arboladas este año por las mareas de san Agustín- que chocan contra los perfiles
de la ribera. A mis soledades voy, de mis soledades vengo que para andar
conmigo me valen sólo mis pensamientos y de siempre tuve yo un temple soledoso.
Esta aspiración al Beatus Ille, y a ser villano en su rincón anida en el
corazón de todo español. Ande yo caliente riase la gente. Dichosa la duerte del
que huye del mundanal y sigue la escogida senda de los pocos sabios que en esta
vida han sido y en el campo deleitoso con pobre mesa y casa con sólo Dios se
acompasa y vive ni envidiado ni envidioso.
Más que
las honras y los honores o el andar tu nombre en lenguas, que apareciese tu
apellido cada dos por tres en los periodicos o que tu celular no pare de sonar
pidiendote cita para una entrevista por televisión, Nicomedes había
concentrados sus esfuerzos en esta mira de refugiarse en su Helicón, tener
comercio carnal con las musas, beber hasta saciarse del agua fresca del
hontanar de Castalia.
-A
mí que me olviden.
Cerca
de los últimos laureles y del rodal de abedules que no habían tronzado los
leñadores dendricidas[1]los negros que llegaron tocando el
tantán a aquellas nórdicas tierras y los machupichis que venían en
busca del oro que robaron los conquistadores. Alguien había abierto el portillo
de la revancha y salió de toriles el cinqueño de la ignorancia y del odio. Pero
aquel escondedero- la selva estaba siendo devastada y el hacha de los constructores de
la autopista dejaban en evidencia su casa- era el adarve tras cuyis muros
se encastillaba oyendo de los cantos de la sibila. La sibila como no podía
ser menos tenía forma de mujer, un par de tetas como dos carreetas, el cuero de
pez, los cabellos de mala hembra y el rostro de víbora.
Trienta
era el castigo que los dioses le enviaron en vida por sus pecados. En su pecho
alentaba la llama del fuego sagrado de los infiernos portátiles. Vayas adonde
vayas allá estaba Trienta blandiendo el gario diabólico. Hay pobres diablos que
no se casan con una mujer sino que matrimonian contra ella. Como si el estado
de la felicidad conyugal al que aluden ciertos autores no fuera otra cosa
que un partido de rugby, un combate de boxeo. Aquella dueña malvada hizo de la
suya la más triste de las existencias hasta el punto de que a veces pensó
acabar con aquel forúnculo que le emponzoñó la sangre de pus. Hubiera sido la
solución más fácil poner una cucharada de cianuro en el café del desyuno. Y
después ¿qué? Podría haber simulado un accidente. Pero tú que te crees: ¿ que
la policía se chupa el dedo? Nicomedes tú no eres un asesino no permitas que tu
nombre venga un día en la lista negra de las páginas de sucesos. Te mancharás
las manos del oráculo.
Hizo
caso del oráculo y huía, por más que a veces se refugiase en la botella. Toda
su vida fue una esampida, un perpetuo huir de sí mismo, de la violencia
machista, un lenitivo o remisivo de la sociedad moderna. En marcha toda una
revolución sexista. Tiraban la piedra y escondían la mano envenenada con el
sanies de la manzana de Eva. Trienta no hablaba. Pinchaba. Le hacía sentirse un
máfrfir. Lo habían echado a los leones
[1]Dendricida
lo mismo que arboricida
ESPAÑA MI
NATURA
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