MÁS
ABULENSE QUE EL CIMBALILLO
Peregrinaba
por las editoriales con su libro bajo el brazo. Siete personajes iban a la caza
de autor pero él ya no tenía espacio ni ilusión. Para eso de publicar se piden
bastantes requisitos pero era más abulense que el cimbalillo. Además en los
círculos no se presentaba elegante. Iba de trapillo lo cual es un hándicap.
Recordaba el incidir de una de sus novelas: aquella tarde brumosa con
viento terral habíamos bajado a la huerta. Unos jugaban al futbol cerca de la
alberca donde estaban los lavaderos romanos donde acaban los arcos del
acueducto. Era el “depuratorium impluvium” y otros se entretenían estampando
pelotazos contra el hastial que hacía de frontón era la medianera del teatro
Cervantes. Algunos días se escuchaba el sonoro de las películas y al moral del
rincón cinco veces centenario se le caían las hojas. Moría la tarde entraba el
otoño. Llegaban de roma noticias del conclave y por la comunidad se cruzaban
apuestas sobre quien sería el sucesor de Pío. Ganaron los de la porra del
rector que iba diciendo por los tránsitos el nombre del ganador:
—Roncalli.
Angelo Roncali
A
don Julián le salió bien la corazonada. El cardenal de Venecia que no se
encontraba entre los papables (Tedeschini, Tardini, Siri, Ciconiani) porque
todos designaban a un armenio un tal Tisserant salió papa de aquel conclave.
Hubo fumata blanca y bolearon las campanas aquella tarde. La
Torre Cardeña tronó por toda la ciudad con su voleo de fiesta
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