DOLORES MEDIO: LA NOVIA DE CLARÍN
Con
medio siglo de distancia en el nacer hay que ver los paralelismos que existen
entre la gran Dolores Medio y el gran Clarín, ambos escritores de Vetusta
sacaron a relucir los entresijos del alma ovetense y colocaron sobre el tendel
de su narrativa los zambullos mondongueros las miserias tristezas y miedo de la
ciudad levítica, así como las grandezas de aquel Oviedin augusto que vivía
aferrado a sus tradiciones (una manera de ser, de pensar vivir
y morir)
Si,
para Clarín el medio óptico, con que diquela a los ovetenses es el catalejo con
el que observa el bullir de la urbe el magistral don Fermin de Pas desde la
torre de observación de la catedral, en “Nosotros los Rivero” el
tomavistas que utiliza la autora para describir a sus gentes es el
mostrador de la abacería que tenía la familia cerca de la plaza de Porlier. Por
allá desfila una clientela de la modesta tienda de ultramarinos. Hace frases,
cuenta chistes, se queja de sus problemas. Murmura. Cuenta. Fluye la vida.
Conocí
a Dolores años 80 me hablaba con su tierna voz rasposa de maestra de primeras
letras y de maestra escritora, pelirroja, mirada dulce tras sus ojos
algo saltones. Vivía en el barrio de Rios Rosas cerca de donde estaba Espasa
Calpe la editorial que publicó todas sus obras.
Aquel modesto
piso lo compró con el dinero que recibió por ganar el Nadal el año 53. Dolores
vivió siempre en escritora y periodista. Murió pobre y no demasiado reconocida,
Abrió
brecha feminista muchas que vinieron detrás siguieron su huella aunque no con tanta
fortuna, la escritura es un arte desgarrador un oficio adecuado para
el femíneo sexo porque escribir es parir, desgarrar y sufrir. Este
libro fue todo un escándalo en la España de los cincuenta. Por primera vez se
alude al feminismo y al cerco de Oviedo visto con los ojos de una socialista
que perdió un hermano en la revolución del 34 pero sin caer en la tentación del
revanchismo y desenterrar los cadáveres de las cunetas. La conclusión que llega
el lector al alcanzar el punto final del libro es que hay que vivir
y, si se puede, olvidar.
Y ella se llamaba Lena Rivero que llega a
la estación del norte y otea desde el portón el horizonte de la calle Uría
muchos años después. Ya no era la “Ranita” que se colocaba en el tope de los
tranvías y el hotel Covadonga había desparecido.
La guerra civil diezmó y dispersó a las
familias. Es el paso del tiempo. Cronos devora a sus hijos. Al igual que J.B.
Priestley en toda su obra Dolores Medio refleja la angustia del tiempo que
huye, las épocas que pasan con la mudanza de los gustos. Esto no es otra cosa
que la danza de la muerte de los medievales.
En un cuento suyo maravilloso que leí hace
varios lustros “Un puñado de hierba” (el protagonista cierra la casería de la
aldea y se va a vivir a un piso en la ciudad pero antes de partir se mete como
un amuleto un puñado de hierba de aquella primavera del prao que atrás deja)
Late
esa obsesión en todos los libros de la escritora asturiana. Parece que se
escucha el repique funeral de esa campana inexorable que evoca mudanzas en los
hombres en las ciudades y en los paisajes.
Las aguas del río de Demócrito nunca se
detienen. Bajan cantando aires suicidas. Todo llega y todo pasa.
Trama: una familia burguesa los Rivero, el
padre importador de vinos fallece y deja a Leni y a sus tres hermanos
huérfanos. Había sido condecorado por su valor en la guerra de Cuba. Por el
círculo de sus capítulos transita el todo Oviedo desde la Restauración hasta el
estallido de la Revolución del 34. En los disturbios el hermano mayor Ger
muere.
Narración al detalle y paso premioso que
puede convertirse en paso de carga cuando se precipitan los acontecimientos
aunque la Medio prefiere el estilo giratorio del lendel de la noria dando
vueltas. Este compás giratorio es el ritmo de la vida. Todo vuelve. Dolores
Medio a quien me cupo el honor de tratar y de conocer fue una artista excelsa
del difícil menester de la literatura.
6 de julio de 2018
No hay comentarios:
Publicar un comentario