EL ENENIGO MANSO
El ultimo censor del franquismo pobre ZugazagaLa pasiega me envió a galeras para librarme del feroz Filemón. Así y todo con la postergación me hizo un favor porque creyendo que me condenaba al exilio me estaba mandando al paraíso. Allí conocí la insolaridad y la traición, la cobardía y mojigatería de algunos que cantaron conmigo Cara al Sol pero yo siguiendo el consejo del cura de Abres me lo echaba todo a la espalda y contestaba con la huida a la provocación.
La democracia nos hizo a todos cabos primera y fuimos muchos los degradados por nuestras creencias. Otros, sin saber hacer la o con un canuto, se autoproclamaron jefes de fila y medraron en el convulso río revuelto del carro volcado y de los cambios de chaqueta. Para un periodista y escritor una hemeroteca es el paraíso de Alá y para mí lo fue porque consultando las colecciones empolvadas de los viejos diarios pude hacerme a la idea de lo que había sido la historia de España no como la cuenta Preston y otros historiadores encumbrados aprovechando el tirón. Yo soy un periodista oiga pero nunca un propagandista. Claro yo era un lame duck (un pato mareado) y me daba con un canto en los dientes.
No tenía derecho a levantar el gallo, sabía que me machacaban. Mi enfrentamiento con Fraga en Londres y alguna crónica desde New York denunciando las trapisondas y corrupciones. Piniés quería echarme y otras muchas cosas desagradables. Los servicios secretos ingleses me habían puesto en la lista negra pero yo era un periodista de estado, no de un partido político, que siempre salió en defensa de los intereses de mi patria y de la bandera que juré.
En el gabinete de prensa me destituyeron y yo acabé en la hemeroteca.
Antiguamente a los periodistas díscolos se les enviaba al archivo y a los funcionarios poco acomodaticios a la hemeroteca. Un exilio dorado pues lo cierto es que pocos archivos de la prensa diaria como aquel y eso es que la tarea le fue encargada a gente exclaustrada a los "malos" del franquismo.
Allí me encontré como compañero de mesa a un viejecito de gafas de concha y con los cristales como cubos de vaso, de aspecto manso y humilde que llevaba un sello de oro en la mano izquierda con la efigie del Cid o de doña Ximena que se lo había labrado un orfebre de Burgos que les tallaba sus anillos episcopales a todos los mitrados de España. Un hombre muy culto, buen poeta, que había sido secretario y amigo de Manuel Machado. Hablaba poco y sabía mucho.
- Si yo dijera todo cuanto sé me tirarían tres bombas atómicas.
- ¿Y eso don Josémari?
Luego supe que había sido uno de los censores de la prensa del franquismo. Este vasco-castellano de aspecto insignificante resulta que había sido uno de los prohombres del lápiz rojo que funcionaba a todo meter porque los editores deberían someter las galeradas a altas horas de la noche a su revisión inexorable.
Era un hombre raro que vivía soltero y por lo que colegí le echaban de todas las posadas cuando las casas a pupilo se hartaban de él. No me contaba cuál pudiera ser la causa de estos cambios continuos de menaje.
Cuando lo conocí me explicó su caso y yo que tenía unos amigos de Tineo le recomendé para que lo recogiesen... y en la maldita hora que lo hice, porque al cabo de algún tiempo me encontré con aquel amigo asturiano quien se mostraron indignados. También ellos lo pusieron de patitas en la calle, no me quisieron decir la causa pero yo lo averigüé.
Zugazaga podría pasar por uno de esos dirty old men que deambulaban por las calles traseras más lóbregas del Soho. Don José María iba siempre con esa gabardina llena de lámparas inconfundible de los exhibicionistas londinenses. Era ni más ni menos que un pederasta. Una vez me llevó a un piso que había comprado por Moratalaz que atizaba exclusivamente para guardar sus muchos libros y papeles. Entre los libros muchos de ellos escolásticos y una biografía de san Ramón Nonato, único libro que él escribió, de pude distinguir entre sus anaqueles numerosas revistas pornográficas. Sentí angustia no sólo por esto sino por el destino que aguarda a muchas grandes bibliotecas desde que leí un cuento de Azorín en el que narra cómo estos grandes alijos de sabiduría ilusiones tronzadas acaban en el trapero o vendidas al peso (creo que la de José María Zugazaga el ultimo censor del franquismo fue adquirida al rátigo por Riudavets el librero 17 de la cuesta de Moyano) sino porque aquel antiguo carlista pudiera tener unas inclinaciones tan repugnantes.
Le llevé un día a mi casa a comer y a presentarle a mi mujer y me pidió que le dejase sacar a alguno de mis niños al cine con él. Y aquel ofrecimiento me sacó de mis casillas, le llamé maricón y lo despedí con cajas destempladas de mi vivienda.
Era un pobre hombre. Indagando en su enfermedad o en su vicio supe que la pedofilia era algo más fuerte que él, estaba por encima de sus principios religiosos, creo que era de comunión diaria y había estado hasta casi tercero de teología en el seminario de Burgos, lo que refuerza mi tesis de NABOS EN ADVIENTO la iglesia católica y la mariconería tiene bastante que ver.
Por lo demás, un ser bastante normal y afable aunque creo que lo habían puesto en mi mesa para vigilarme de cerca pues según la CIA yo era un tipo peligroso y aquel repugnante sapo estaba acostumbrado a la carne fresca. Hay que darle gracias a Dios porque todos estos trapos sucios eclesiales están saliendo a la luz y el último censor del franquismo era uno de esa casta.
Se le rehuía y se le temía pero el sistema, siguiendo su política de ocultamiento y de no dar escándalos, lo había enviado a la hemeroteca como me había mandado a mí. Me sentí humillado y ofendido y despechado. Alguien trató de hundir mi carrera profesional colocándome al lado de aquel sujeto. Terminó dándome asco pues no aguanto a los pederastas y mi estancia junto a él fue el tiempo menos posible, me largaba a tomar café, tuve la ocasión de conocer las tascas y cafés de Lavapiés antes de que llegase la invasión de los manteros.
Como me degradaron y estaba poco menos que en pasillos no tenía ninguna misión concreta ni se asignaba otra tarea que la de llevar cajas de un piso a otro hasta que me negué porque no quería terminar de mozo de cuerda.
Cabe resaltar un dato: entonces no echaban de ningún puesto oficial a nadie. No despidieron a Zugazaga el último censor del franquismo que había tenido sus reales inquisitoriales en un edificio de la calle Larrea. Era el típico funcionario con manguitos. El hombre de silencio administrativo y aunque hablaba poco me contó algunos anécdotas de aquel tiempo. Por ejemplo, que Cela y Ruiz de Iriarte se emborracharon una tarde, se subieron a las mesas de la censura y empezaron a desfilar con una espada de madera al hombro como marcando el paso. Otra otra noche en que el sereno que custodiaba el edificio fue apretado por una necesidad en plena calle estuvieron a punto de pegarle un tiro los de la policía armada. Era el tiempo de los maquis, pasaba la ronda y se le dio el alto.
-Arriba las manos
-No me matéis, desdichados, soy el sereno y estoy cagando.
Zugazaga era un pobre diablo. Aunque en aquellas casas a pupilo donde posó hizo bastante daño. Memorioso soy y algunos recuerdos me repugnan no podré remediarlo. Sobrevivir a la transición y a estos pseudo demócratas no ha sido moco de pavo
martes, 23 de noviembre de 2010
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