SAN AGUSTÍN Y LOS CURAS CASADOS
Antonio Parra
San Agustín todos mis males se lleve, cantaba El Presi
el gran coplero astur en una de sus tonadas que aludían al final de las
romerías. El verano ya va de vencida y la fiesta de este gran santo que yo creo
que es el fautor del Catolicismo tal y como lo entendemos de la misma forma en
que Pablo de Tarso dio cuerpo vital al Cristianismo coincide con los hermosos
días en que amanece más tarde, las auras vienen embalsamadas de sazón, están
apunto de madurar las nueces, las ciruelas dieron ya su rendimiento y los
perales cargan su rama de granazón y de fruto. En el Cantábrico tienen lugar
las grandes mareas denominadas mareonas, para diferenciarlas de las de
febrero con pleamares menos vivas aunque quizás más violentas. Son
hermosas las noches de agosto de tibio relente el firmamento hecho un
agujero de punticos brillantes. Son días de reflexión para decir adiós a otro
verano que se esfuma, preparar el regreso a la rutina. Se acaba lo bueno.
Hay que volver al tajo.
Pues san Agustín todos mis males se lleve. En otro
orden de cosas, la figura de este Padre de la Iglesia de Occidente cobra alta
prestancia porque no fue célibe. Estuvo casado con una hermosa mujer nubia, de
raza negra, cuyo nombre desconocemos que le dio un hijo por nombre Adeodato, y
a la que amó verdaderamente y a la que nunca dejó de querer en medio del llanto
por los pecados de la vida y la expiación de la culpa. ¿Pecados de sexo? De
cualquier manera los que conocemos un poco los escritos del Obispo de Tagaste
nos ufanamos de su brillante manejo del Latín (aquí La Retórica
representa un primordial papel), de la profundidad de su pensamiento
teológico, de la suavidad excelsa de su verbo, pero al lado de esto un cierto
complejo de Edipo.
Su madre en cierto modo lo anuló haciendo renunciar al
amor de aquella esclava al objeto de, pues debió de ser hembra ambiciosa y de
armas tomar, seguir adelante en su carrera eclesiástica hasta alcanzar las
dignidades de la silla episcopal. Fue un pensador, un gran escritor pero al
mismo tiempo un santo muy humano, sujeto a las contradicciones e interrogantes
de nuestra condición, fraguada en el barro pero que aspira a las alturas.
Representa el ápice del refinamiento que había alcanzado la cultura romana. La
sobrenatural excelencia. Él escuchó el piafar de los caballos de Alarico. Lloró
cuando el heraldo le anunció la caída de Roma. Se refugió en sus libros. En la
especulación teológica.
Los años en que militó en las filas del maniqueísmo le
ayudaron en su lucha para combatir y esclarecer la presencia del mal en la Tierra.
Fue una vocación tardía pues no recibió las aguas bautismales sino a los 34
años cuando ya era un hombre maduro. La Iglesia sostiene que esta milagrosa
conversión fue el resultado de las plegarias de su madre santa Mónica pero a mí
me parece el desenlace de un proceso natural de búsqueda, de hastío de las
cosas del mundo, de ese taedium vitae al que alude con frecuencia en sus
escritos.
Y otra contradicción: El gran mundano que fue este
cartaginés abandona las pompas del siglo y se convierte en el introductor del
monacato en el cristianismo occidental, fundando la orden de la OSA que tanta
gloria ha dado a la Iglesia, inspirándose en los estatutos del cenobismo de san
Basilio, el padre de la Tebaida en el desierto de Anatolia (hoy sería un turco)
para el cristianismo occidental. Recomienda para sus súbditos la oración en
común y propugna que los monjes vivan recogidos pero no hace del celibato un
casus belli. No es más que una opción. Seguir a Jesús no es un problema de
bragueta como aseguran los enemigos de la Fe. Continencia y castidad corren
parejas pero el matrimonio de los curas no es un dogma sino una medida
interdisciplinar que en España aunque sancionada en el Concilio de Elvira no se
implementa hasta once siglos más tarde que ya es decir.
¿curas casados? ¿Por qué no? Si el Obispo de Hipona
viviera hoy seguramente la aplaudiría para paliar el inmenso problema de
despoblación que padece la atención al culto, las aberraciones de uno y otro
signo. El catolicismo es una religión viril y son hombres y no beatas lo que
necesita la Iglesia, hombres leídos, que prediquen, que sepan, que amen, que
renuncien y que ayuden a los demás a portar la cruz. Desde luego, desde un
cierto ángulo de vista es mucho más fácil la soltería de los clérigos que se
convierte en poltronería y viene a ser una gran verdad lo que decía el
Arcipreste de Hita uno de los defensores del matrimonio en la clerecía en una
carta a su Arzobispo. Gil de Albornoz, un jerarca de armas tomar y que tenía
mucha mano en la Curia de Aviñón, el Vaticano a la sazón: Santidad, ¿
por qué nos quita las buenas, para que nos vayamos con las malas? Se
refería a mujeres, claro está.
La lucha que tiene que tener un padre de familia es
una brega mucho más dura y difícil al compás de como van los tiempos que la
comodidad de una rectoral. Fue un tema que dejó en el aire el Vaticano II, con
sus discusiones sobre laicos y jerarquía, una auténtica petición de principio,
y la escuela de asesores franceses de Pablo VI, de origen converso o profesos
de la religión judía, y a la que seguramente este gran pontífice, Benedicto
XVI, que ha sido un verdadero regalo para la Iglesia, tratará de dar solución
para paliar la carestía de pastores, la penuria intelectual, la mariconería, la
confusión moral (confundimos las churras con las merinas y el culo con las
cuatro témporas) o la rutinaria postración moral en que languidecen nuestras
diócesis. Ésta es una religión viril, de mílites, no de currutacos pederastas.
Sopla el viento del Espíritu. Se escucha sobre el horizonte el tintineo de los
incensarios de los diáconos.
Lo anunciaba en una artículo en esta misma güeb
criticando algunos modismos en cierto modo obsoletos del anterior pontífice, al
fin y al cabo un polaco, arrasador y todo un éxito pero sin solidez, un verdadero
prodigio de comunicación de masas. Su sucesor haciendo gala de una tremenda
sabiduría y como inspirado por el Santiespíritu condenó el Nazismo, el Shoah y
el totalitarismo de hoy en una y otra escala, lanzando una advertencia a los
prebostes de la corte dañada que la Iglesia no está en venta y que un pontífice
ha de conservar su independencia. A Rätzinger no será fácil manipularlo. Es
evidente que quieren un Papa a su medida que comulgue con ruedas de molino que
cohoneste su hoguera de vanidades y sus estropicios.
Pues bien me excomulgaron por decirlo y hubo un
magister sinister que se atrevió a expulsarme de una Iglesia a la que amo tanto
y para la cual fui entrenado a defender contra viento y marea desde mi
adolescencia. Padre, perdonalos. La obra iniciada por Wojtyla genial en algunos
aspectos, pero a veces demasiado sometida a las apetencias de los jaiques de la
información y las finanzas, la rematará Rätzinger, un hombre que transmite
seguridad y benevolencia - este bávaro tiene un rostro de una gran dulzura y
comunica paz- si le dejan y no lo matan. Ha de cuidarse tanto del veneno como
de los atentados.
Yo creo que es un continuador asimismo del espíritu de
Agustín y depositario de la gran teología que animó la escuela de Tubinga en
las escuelas catedralicias de Colonia que dieron nada menos que a un Alberto
Magno, maestro de Tomás de Aquino. Será seguramente un cultivador de la belleza
de la inteligencia y también de la otra belleza, la formal. La de la música, la
pintura, la literatura. El obispo de Hipona rindió culto a la filocalía (amor a
la hermosura) de la cual está tan necesitada esta sociedad que al revés honra
lo feo, lo estridente, cuanto peor se escriba mejor, lo vulgarote, aunque se
hinque de hinojos a los pies del hedonismo. Lo importante es el cuerpo. ¿Y el
alma? Dejeme de historias. Aquí a lo positivo.
Desde luego en la obra del santo se aprecia una gran
sensualidad, el choque contra las potencias carnales, la pugna para meter en
brida a su concupiscencia de africano. La prosa de la “Ciudad de Dios” recuerda
por su vehemencia, lirismo y carnalidad a la de las “Mil y una Noches”. Por eso
entusiasma a otro gran libidinoso de la inteligencia y que lo conoce muy que
fue Papini.
La inmanencia actual y el relativismo contrasta con la
trascendencia agustiniana. “Oh, señor, cuán tarde te conocí”, lloraba al final
de sus días. Su pensamiento es uno de los que más ha influido en nuestra
concepción del Ser a lo largo de veinte siglos.
-Por supuesto. No hay puchero sin tocino ni sermón sin
agustino.
Algunos predicadores de vereda mal interpretaron sus
libros pero ha sido uno de los autores mayores. Quizá el más citado y uno de
los más leídos. Sus Confesiones siguen vendiendose en las
listas de bestseller. A él recurren los pintores renacentistas. No hace falta
más que contemplar el entierro del Conde Orgaz. Con que primor lo dibuja el
Greco, con qué galanura se entretiene en el pergeño de su pluvial. A él debemos
en Occidente ese espíritu de introspección que se compadece con el espíritu
crítico, pero ese entusiasmo o endiosamiento, ese optimismo que brinda nuestra
religión.
Adeodato murió a los 18 años, de la amante nubia nunca
más se supo pues en el conflicto de intereses Mónica gana la partida. Por
cierto es un paradigma de sentimiento de amor filial las líneas que le dedica a
su madre en sus Confesiones muerta en Ostia poco antes de embarcar para
Numidia, dechado de perfecciones cristianas esta mujer aunque también debió de
tener que someter su naturaleza a férula las llamadas de la naturaleza. Al quedar
viuda se dio a la bebida y le gustaba bajar a la bodega a echar un traguillo.
Corrigió sus inclinaciones y hoy es una santa de las más celebradas.
Por lo que toca a Hipona hoy es un enclave en el Túnez
actual de cuyo nombre no me acuerdo en árabe. El caballo de Alarico arrasó Roma
pero lo que vino después con el islam sería mucho peor. Bajo el casco de los
caballos beréberes no volvería a crecer la hierba. Aquellas florecientes
comunidades de África que fueron el primer vergel donde floreciera el primitivo
cristianismo quedaron perdidas para siempre. Uno a veces se enfrenta en la
historia a hechos que no se comprenden y éste acaso sea uno de ellos. Sin
embargo, el espíritu de Agustín de culto a la palabra, de amor- ama et fac quod
vis- pervive en nosotros para siempre. En sus libros la caída del imperio
romano es profecía de la devastación de las iglesias fundadas por Pablo de
Tarso.
Pero en fin, sufrir y padecer. Ese es el signo de
nuestra fe. Abrazamos nuestra cruz pero, Señor, aumenta nuestra fe para
comprender lo que no se entiende aunque estamos seguros que sobre estos
misterios flota el aura de tus designios divinos. Y san Agustín todos mis males
se lleve, que cantara el Presi. ¡Feliz fiesta!
ESPAÑA MI NATURA
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