El adiós de don Julio
Después de 59 años ejerciendo como párroco en Segovia, Don Julio se despide de la parroquia de Santo Tomás, donde ha permanecido los últimos 31 años
En el despacho parroquial de Don Julio apenas hay espacio para lo accesorio. Una mesa sencilla, unos cuantos papeles cuidadosamente colocados y una imagen de la Virgen de la Fuencisla acompañan una conversación inevitablemente marcada por la despedida. Después de 31 años al frente de la parroquia de Santo Tomás, trece en Coca y quince en Ayllón, la primera parroquia que tuvo y que todavía recuerda como «los mejores años de su vida», el sacerdote pone fin a una trayectoria de 59 años como párroco. Lo hace sin grandes discursos ni nostalgia exagerada, con la serenidad de quien ha dedicado toda una vida a aquello para lo que sintió que había sido llamado.
Cuando se le pregunta cómo afronta este momento, guarda unos segundos de silencio antes de responder. Reconoce que su situación es «complicada», aunque inmediatamente aclara que lo que prevalece es el «júbilo y la alegría» por el deber cumplido. Confiesa sentirse preparado para descansar un poco y disponer de un tiempo que durante décadas apenas existió, aunque admite que también hay espacio para la tristeza. «Los recuerdos son innumerables», resume mientras repasa mentalmente una vida entera al servicio de la Iglesia.
Y es que pocas personas pueden decir que han visto transformarse la Iglesia desde dentro como él. Desde que fue ordenado sacerdote han pasado siete papas, desde Pablo VI hasta el actual papa León XIV, y seis obispos por la diócesis de Segovia. También ha cambiado profundamente la sociedad, la práctica religiosa y la vida parroquial.
Nació en una familia cristiana de Fuente el Olmo de Íscar, donde la fe formaba parte de la vida cotidiana. Como tantos niños de su generación, comenzó sirviendo como monaguillo, hasta que a los once años ingresó en el Seminario de Segovia. Al recordar aquellos años resulta inevitable establecer comparaciones con la realidad actual. En un pueblo de apenas noventa habitantes, recuerda, llegaron a coincidir cuatro seminaristas. «Y el Seminario de Segovia estaba lleno; podíamos ser cuatrocientos o quinientos», afirma con un leve gesto de nostalgia. Hoy el panorama es distinto. La diócesis cuenta únicamente con dos seminaristas, uno de ellos perteneciente precisamente a la parroquia de Santo Tomás.
Ese cambio demográfico y social también ha transformado la vida de las parroquias. Don Julio reconoce que la feligresía ha envejecido y que muchos jóvenes abandonan Segovia para estudiar o trabajar fuera, haciendo que la participación sea muy distinta a la que conoció décadas atrás. Sin embargo, asegura que su manera de entender el sacerdocio nunca ha cambiado. La realidad puede ser diferente, explica, pero su misión evangelizadora sigue siendo la misma.
Mirar a los ojos. Si hay una institución de la Iglesia que despierta en él un brillo especial en la mirada es Cáritas Diocesana. Durante catorce años fue delegado y habla de ella con la convicción de quien la considera inseparable de la propia identidad de la Iglesia. «Cáritas es la Iglesia», afirma con firmeza.
Precisamente esa vocación de acogida se hace visible durante la entrevista. Mientras la conversación transcurre, una mujer entra en el despacho para despedirse de él. La escena interrumpe el diálogo, pero acaba convirtiéndose en uno de los momentos más significativos. Entre lágrimas, la madre recuerda su llegada a Segovia en pleno proceso migratorio, cuando todo resultaba incierto y desconocido. Cuenta que Don Julio fue la primera persona que les preguntó cómo se llamaban, de dónde venían y qué necesitaban. A sus hijas les regaló unos chupachups y las inscribió para la catequesis.
«Gracias por ser la primera persona que nos miró a los ojos», alcanzó a decir emocionada antes de marcharse. Don Julio escucha en silencio, no responde. No hace falta.
Otro de los proyectos que deja como legado es Talitha Kumi, la organización de cooperación al desarrollo nacida hace ya tres décadas en la parroquia de Santo Tomás. Todo comenzó después de que un grupo de jóvenes viajara hasta Cochabamba, en Bolivia, y regresara con el deseo de mantener un compromiso permanente con aquella realidad. Desde entonces, la comunidad parroquial ha sostenido proyectos educativos, sanitarios, familiares y sociales destinados a niños en situación de vulnerabilidad. Sin embargo, quienes mejor resumen la huella de Don Julio son los propios feligreses. La hoja parroquial le dedica unas palabras de despedida en las que agradecen haber encontrado en él mucho más que un sacerdote. Durante tres décadas acompañó a niños que hoy ya son adultos, celebró bautizos, comuniones y matrimonios.
Ahora comienza una etapa distinta. Quizá encuentre por fin tiempo para disfrutar de algunas aficiones que durante años quedaron condicionadas por los horarios parroquiales. Le gusta el fútbol y reconoce que tal vez pueda acudir a algún partido de la Gimnástica Segoviana, algo que no siempre era posible porque los encuentros coincidían con la misa dominical. También espera asistir a los toros, otra de sus pasiones.
El viernes 3 de julio, festividad de Santo Tomás Apóstol, la comunidad parroquial celebró una Eucaristía para agradecer los treinta y un años que don Julio ha permanecido al frente de la parroquia.
Fue una celebración especial, no solo para despedir a un sacerdote que se jubila, sino para dar las gracias a un hombre que ha dedicado toda una vida a hacer de la parroquia un lugar donde la fe, la acogida y la comunidad siempre caminaron de la mano. Porque hay despedidas que no se miden por el tiempo que terminan, sino por la huella que dejan. Y la de Don Julio permanecerá durante mucho tiempo en la memoria de Santo Tomás.
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