2026-01-08

LUNAS DE ENERO Y SAN ANTÓN LA GALLOINA PON

 LUNA DE ENERO


Lunas fuertes de enero cuando las gatas tienen celo y en las radiantes noches los árboles desnudos tiemblan bajo la helada. Había pasado las navidades en su tabuco acariciando sus recuerdos circundado de libros y de papeles. Le vino bien a su salud el ayuno pascual. Asistió a la misa de gallo por Internet que celebró el patriarca Cirilo de Todas las Rusias el adalid que luchaba contra las fuerzas oscuras. Aquella orgía de voces angelicales, iconostasios de marfil el Pantocrátor en lo alto de la cúpula, casullas recamadas y el diacono que cantaba:
— Xristós rasdaets piite i pklanite yevó (Cristo ha nacido venid en adoración)
La catedral de la Epifanía estaba inundado de caras guapas, hermosas rusas con velo blanco, viejos creyentes y niños que recitaban los compases del Credo y del paternóster en eslavónico; todos se habían la letra y sabían lo que pronunciaban aguantando de pie las dos horas que duró el oficio. Liturgia triunfal que se refería a un mundo de belleza y de redención el ceremonial rico y antiguo que se cumplía a rajatabla a las ordenes del presbítero puntero que iba señalando a los oficiantes los pasajes de las lecciones y de los himnos que habían de entonarse. 
Sintió Arije que Bizancio tenía la clave del legado evangélico y todo un contraste con las catequesis perroneras, los lugares comunes e incluso las herejías que pronunciaba ex cátedra desde Roma el Impostor. Y todo un contraste con la vida de aquellos días en España: atropellos de violadores en cuadrilla. Llegó la manada. En Andalucía pastos y cabildeos. La hora del consenso y de la rendición. Tres putas se desnudaron en la Plaza de San Pedro y aparecieron en los posts metiéndose un crucifijo por donde amargan los pepinos. Tiempos de profanación y desolación. Jerusalén desolada es, que cantó Jeremías. La Bestia utiliza a la serpiente disfrazada de mujer. Pigtail profería sus blasfemias de siempre faroleaba, quería ponerse medalla:
 ▬ Los feministas follamos más y mejor que los de la ultraderecha,
La palabra ultraderecha y fascista no se le caía de los labios a los de You can, que se sentían amedrentados e impotentes ante Vox un movimiento que arrasaba. Mucho presumir de potencia sexual y seguro de que el miembro no se les ponía erecto para cubrir a las cabras locas del Contubernio Fem.
Arije no tenía que ver con la ultraderecha. Era un anarquista, un rebelde como lo fue Jesucristo contra el Sanedrín y se sentía satisfecho consigo mismo por haber dado testimonio pero sus días los pasaba oculto en su esconce y las noches las pasaba en blanco a causa del dolor de España que lo afligía. Después de salir de la cárcel por haber asesinado a la funcionaria roja (fue una lacra en su vida pero tenía demasiado temperamento) se refugio en el sotabanco de Majadahonda. Le había quedado una pequeña pensión del Estado, podía pagar la posada, el resto lo gastaba en tabaco y en libros en la cuesta Moyano. Nada sabía de su familia. Etsi había venido a verle dos veces a la cárcel pero desde el año 92 no volvió a saber de ella. Asumía que había encontrado pareja.
Aquella mañana amaneció radiante. Los niños de Madrid había sacado a la calle sus camionetas, sus hombres araña y las muñecas que les trajeron los Reyes Magos. La Epifanía era una noche mágica. Ponía fin al misterio de las Doce Noches y Saturno dejaba de gobernar el mundo. Durante este intervalo ocurrían bajo el imperio del dios oscuro así conocían a Saturno los romanos y para aplacarlo celebraban las saturnales. Las doce noches venían marcadas por la tragedia de trifulcas en el hogar, asesinatos, borracheras, eclipses, pues el sol se ocultaba y no quería alumbrar la Tierra, terremotos e inundaciones. A fin y a la postre, eso era sobre todo la melancolía que sentía el hombre ante el tiempo que pasa y la vida que se va. Este espíritu pagano había renacido en las sociedades antes llamadas cristianas. Había que ponerle a los pascueros y a papá Noel que se deslizaba por toda la Europa nevada en su trineo buena cara. Ho. Ho. Ho.
Pese a sus dolamas tanto espirituales como corporales se sentía contento. Había llegado la hora de romper el ayuno. Se fue a comer al Julifer. Allí todo seguía igual que hacía diez años. El Santis en la barra y la Leonor en su chiscón la cual al verle llegar le hizo esta salutación:
—Coño, yo creía que te habías muerto.
No supo qué decir ante tal insolencia. Pidió lentejas, gachopo y una botella de vino. De postre arroz con leche y un chispacito de coñac.
Había tres o cuatro individuos en la barra discutiendo acaloradamente sobre la derrota del Madrid ante el Alavés. Nadie hablaba de política. Abandonó el local satisfecho y por aquel dicho de que de la panza sale la danza recuperó su buen humor pero ya en el autobús camino de casa empezó a sentirse mal. Le daban arcadas pero no podía vomitar. Se le puso cara de luna de enero.
En la parada final se acurrucó en un banco.
— ¿Se encuentra usted mal, señor?
—Sí, llamen a una ambulancia. Me muero.
Llegó una ambulancia y Arije fue conducido de inmediato a urgencias. Allí perdió la consciencia. Cuando despertó estaba en el quirófano de Puerta de Hierro rodeado de tubos de mascarillas y de electrodos, enchufado a una maquina todo su cuerpo. La medico, una muchacha joven se acercó:
 — ¿Qué comió usted hoy?
—Lentejas y cachopo, algo de vino y un poco de aguardiente.
— ¿Dónde?
—En un bar regentado por amigos míos
—Señor, pues en las lentejas le colaron belladona ¿No se dio cuenta? Es un veneno que puede causar la muerte pero al parecer es usted hombre de complexión fuerte.
—No. Las lentejas estaban buenísimas.
—Le hemos hecho un lavado de estomago. Creo que se recuperará. No obstante, quedarán secuelas.
Arije no maldijo a los que le quisieron envenenar. Lo aceptó como castigo por sus pecados y un aviso del cielo para no volver a pisar nunca cualquier chigre o tabernas sin homologar. Dios le había salvado de las garras de Erifos y de la Leo. Otra vez la Divina Misericordia estuvo de su parte. Aunque tampoco hay que fiarse de las fuertes lunas de enero cuando las gatas entran en celo.

SAN ANTÓN LA GALLINA PON

Dio gracias a Adonai por haber salido con bien del intento de envenenamiento en el mesón de la Puñalada. Un signo. Hay que mirar a las estrellas donde se inscribe nuestro destino en busca de señales. Los dioses mandan desde el firmamento un aviso. Y, ya con el alta médica en el bolsillo, al abandonar el hospital enclavado en los cerros de Majadahonda se veía la sierra cubierta de un manto níveo bajo los arcos del austero  monumento a Mota y Marín, aquellos dos valientes rumanos, voluntarios de la Guardia de Hierro, que dieron su vida por España, allí en aquellos recuestos por donde Madrid se urbaniza y dejó de ser campo. De modo que volvió a su casa que estaba a unas manzanas del centro médico, respirando hondo y pisando fuerte, ufano de haber sobrevivido. La internista asturiana le hizo una transfusión de sangre con un fármaco antídoto de neutralización de la belladona.  El Santi y la Leonor vaya un par de cabrones quisieron darle el pasaporte. Que se jodan. Entre potas pucheros anda el Señor pero también se esconden los asesinos. Así y todo estaba muy dolorido y quemado por dentro. Les hubiera pegado a los dos un tiro, si no hubiese temido a volver a la cárcel.
En su esconce todo seguía igual. Un cuadro del Arcángel san Miguel le saludó bajo el dintel de la puerta. Vuelve a casa, pan perdido. En la calle, la rutina de siempre, los mismos ruidos. Allí le aguardaban sus libros de rezos, sus estampas de vírgenes y sus rosarios colgados de la pared y las linternas y palmatorias para alumbrarse de noche. Había meses que le cortaban la luz por falta de pago y estos hachones magnéticos le hacían buen servicio cuando se iba la corriente.
Uno de los rosarios era enorme, medía dos metros y los dieces enjaretados en un cordel de esparto los cinco misterios con los cinco gloriapatris, rematando en una cruz fabricada con la roña de la corteza de un pino santo que talaron para ayudar a los creyentes en la devoción de santo Domingo los jerónimos del Parral de Segovia, carpinteros a lo divino que hacían bancos y cruces para las parroquias. Pero este sarta piadosa tenía cierto valor histórico porque había pertenecido a Sor María de Agreda.
 A Gumersindo Manahén Arije le inspiraba gran devoción esta mística doctora que escribió más de veinte tomos sobre la Virgen y los escribió de rodillas. Fue muy conocida en el siglo XVII por sus deliquios, levitaciones y éxtasis místicos, ya que, supuestamente, había recibido del Altísimo el don de la bilocación.
Mediante dicha gracia ayudó y consoló en sus noches tristes a los misioneros de Nueva España, así que mientras la priora de Ágreda, en espíritu. oraba sentada sentada en el coro de su convento, su cuerpo en carne mortal era transportado por los ángeles al Nuevo Mundo. 
Testigos presenciales la vieron bautizar a los indios de Guanajuato y gracias a sus dotes los mexicanos conocieron las doctrinas de Jesucristo. Fue a visitarla el rey Felipe IV a su regreso de su triunfal campaña en las guerras de Cataluña cuando fue aplastada la rebelión separatista de los barceloneses levantiscos y la monja y el rey se hicieron amigos. Es copiosa la correspondencia que se conserva de las cartas entre el monasterio y Palacio. En ellas sor María amonestaba con dolor pero sin acrimonia al monarca por sus excesos y amorosos desvaríos. Felipe IV tuvo fama de mujeriego. No paraba de sofaldar damas de la corte e incluso aguadoras de Madrid y actrices tan famosas como la Calderona. No se paraba en barras y a veces profanaba el sagrado recinto de los beaterios tan abundantes por aquel entonces en la capital del reino:
─Eso que su merced realiza, Majestad, no sólo ofende a Dios y le conduce al infierno también está muy feo─ le reconvenía la madre superiora de las concepcionistas de Agreda.
─Ya lo sé, reverenda madre, pero no puedo. No puedo.
El cuarto de los Felipes, decía el doctor Marañón, tenía una libido desbocada, era insaciable. Si hubiese sido reina hubiera padecido de furor uterino. En todo caso su sensualidad se parecía a la de las mujeres. Sus biógrafos no ocultan que llenó el reino de bastardos. Engendró a más de de setenta hijos naturales y hasta podría ser que llegara a tirarle los tejos a sor María que era bastante guapa pero no consta, porque era una santa y devolvió escandalizada los billetes enamorados que el rey le mandaba hablándole muy seriamente de las penas del infierno y del cruel destino reservado a los concupiscentes en las Calderas de Pedro Botero. 
A don Gumersindo le hacían reír estas cosillas. Pensaba que el catolicismo en su rama conversa está obsesionado con las llamas infernales y con el sexo pero él ya no era joven para escandalizarse por tales asuntillos. Mirando las cosas con cierta distancia y sin apasionamiento, la misión de los reyes es engendrar muchachos y la obligación de las reinas parirlos. Ardua tarea porque muchas de aquellas pobres y tristes reinas morían de sobreparto y no alcanzaban la edad provecta. De este peligro nos advierte una visita al pudridero del Escorial donde se amontonan las sepulturas de recién nacidos, pero España y yo somos ansí, señora. Que quieren vuesas mercerdes que yo faga. El rey Felipe no lo podía remediar trigger happy de bragueta pero nunca probaba el vino, amaba la caza y tenía un gusto exquisito por la pintura. San Antón la gallina pon y hasta san Antón pascuas son. El padre Ángel estaba solemne y más orondo con un ocho que no le cabía un piñón por el culo bendiciendo a los burros, los perros y galgos del todo Madrid a hisopazos. Abrió las puertas del templo en la calle Hortaleza a los nobles brutos. Dios le perdone porque ese clérigo asturiano culo de mal asiento que tiene un sexto sentido para sacarle la pasta a los famosos desconoce que a las fieras no les está permitido pisar sagrado y un día de San Antón yo vi a un gran danés tan enorme como un oso andar por la predela del tabernáculo, olisquear las vinajeras de la credencia en el altar mayor. El perrazo entre gruñidos y ladridos se puso a cantar la epístola de la misa del día a los desamparados de Madrid. Su aspecto era feroz como el de un Rotweiler. Creo que aquel bicho era la vera efigie del diablo que se le había colado al padre Ángel entre los vuelos de sus sotana, ínfulas animalistas y buenismo sin ton ni son pero no vamos ahora a sacar las cosas de quicio.

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