camilo jose cela trulock un apasionado de la ciudad de segovia donde lo pasó bien en su juventud
Posted: 23
Jun 2016 09:38 AM PDT
CELA AMABA A SEGOVIA
"El vagabundo es amigo de uno que dicen don
Joaquín. A don Joaquín lo conoció en Segovia en el figón del Abuelo—escribe
Camilo José Cela, recorriendo Sevilla, en "Primer Viaje
andaluz", uno de sus mejores libros de viajes, por más que
no demasiado conocidos, un auténtico poema en prosa y un canto a la tierra de
María Santísima— con motivo de un congreso que hubo entre bebedores de vino
y estrelladores de platos de loza en la cabeza. Él y el vagabundo se hicieron
pronto muy amigos, por mor de aficiones comunes: las dos que les
convocaron a la segoviana sombra del acueducto, y también la poesía, los toros,
el cante, el baile, y la Isabelita, una moza que vendía helados en la calle de
las Sirenas, pues daba gusto —y sobresalto—tan sólo verla. ¡Ay tiempos, tiempos
para siempre idos! ¡Tiempos que no volverán jamás! "Oiga, don
Joaquín ¿Y no ha vuelto a ver usted a la Isabelita? No; según me contaron se
largó con un yanqui que anduvo por Segovia haciendo una película".
Más adelante, en este primoroso capítulo XX de su
"Primer Viaje Andaluz", se refiere a un tal Roy Campbell que
en Segovia se puso malo. "Lo cuidaron usted y Charles Ley, ¿se
acuerda?... Como no voy a acordar?... ¡qué bonita es Segovia y qué bien lo
pasamos entonces!."
Recuerda a nuestra ciudad mientras describe los
encantos de Sevilla
Es el mejor Cela, el de la reconciliación entre las
tres culturas, el poeta que describe las tierras que baña Guadalquivir, con
estro poético genial, el de la tolerancia que resplandece en otro de sus
grandes temas corográficos (descripción del paisaje y del paisanaje) en "Judíos,
Moros y cristianos" donde da cuenta de cómo era la provincia de
Segovia, que se patea de cabo a rabo desde Valtiendashasta Santa
María de Nieva, y los segovianos al doblar la quinta década del
pasado siglo.
Desde la publicación del diccionario Mazot nadie había
recorrido las tierras españolas con tanta visión histórica y crítica. Bajo una
pobre capa se oculta buen bebedor y, ostentando la apariencia de un humilde
andarríos, el gran escritor de Iria Flaviaesconde al
gran literato que lleva en su interior, al hombre de ciencia que se esconde
dentro de la apariencia de un vagabundo, tan resignado como simpático.
En uno de los pasajes cuenta cómo junto a las peñas
grajeras de la Fuencisla saliendo hacia Arévalo se encuentra a
un niño llorando. "¿Qué te pasa, rapaz?... nada que madre se fugó
con un cabo de Regulares y padre está que bufa, nos echó de casa a mí y a todos
mis hermanos... no te preocupes chaval, todo tiene arreglo en esta vida".
Con motivo del centenario del nacimiento del escritor,
creo que estas lecturas vienen a cuento y se lo recordé a su hijo Camilo José
Cela Conde en el homenaje que le dispensamos en el Café Gijón cuando me cupo el
honor de presentar mi libro "Cela, el Café Gijón y yo", el
cual me confirmó el supuesto de su predilección por Segovia entre las ciudades
castellanas.
Era, como buen gallego, un poco tragaldabas y "hartón",
apasionado del cordero asado. Iba a yantar en ca el mesonero Cándido con
frecuencia.
Allí tenía muchos amigos casi todos militares que
hicieron la guerra con él. Y también debió de haber tenido una novia porque no
era lo que se dice un san Luis Gonzaga, con perdón.
Le gustaban las mujeres y en sus corridos por la
Península Ibérica debió de encontrar aventuras de las que le nacieron varios
hijos.
La fama de malhablado, sus exabruptos y sus respuestas
"cachondas", representaban un barniz exterior bajo el que
escondía su visión escéptica y compasiva del mundo porque decía que la vida del
ser humano se reduce a caminar, comer y cagar —amen de otro verbo transitivo
que no cito aunque se sobrentiende además no empieza por C sino
por J—.
Le conocí y entrevisté bastantes veces.
Era un escritor accesible que trabajaba ocho horas
diarias "me siento de madrugada ante las cuartillas y no me levanto ni
para mear" ¿Y si no acude la inspiración, don Camilo? ¡Pesch! algo
saldrá"
Su vida, su bondad, su genio complaciente, su amor a
las buenas cosas de la vida, en las que incluía a Segovia, sirvan de referente
para aquellos que han elegido el difícil camino, pero maravilloso, de la
literatura. Lo importante no es llegar ni alcanzar la meta sino recorrer el
camino, tomar parte en esta peregrinación de la vida. Es la regla número uno
del código del vagabundaje. Carreros somos. ¡Gloria a CJCen su
centenario!

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