2018-06-09
LAS CORRUPCIONES DE JESUS TORBADO Y
LAS MIAS
10 de diciembre de 1999 LAS CORRUPCIONES DE TORBADO Y LAS
MÍAS
El “Barbas”, uno de los personajes de “Las Corrupciones”,
la novela que define a la generación del 68, con tanta fuerza y certinidad
literaria como pudiera ser el caso de La “Colmena” con respecto a la quinta del
36, que pasa por buque insignia de la brillante escuela de posguerra-
constituye el personaje mejor definido de esta gran novela de Jesús Torbado, al
que silencia aposta y ningunean los mandarines de la literatura, mala leche
ligera, plagada de tópicos, lugares comunes y de autores extranjeros. Lo light impra.
Aquí mandan los de siempre. Son los hijos de Julián
Marías, no los de María (ya quisiéramos) los que manejan el cotarro. Conque y a
pesar de todo, supo Torbado situar al hijo de sus sueños bajo una perspectiva
profética, al retratar a un comunista español, hijo de papá, que hambrea y
hopea su anhelo de aventura y su picaresca por la orilla izquierda del Sena.
Quiere conseguir una beca para universidad Lumumba de Moscú. Deja aparcado su
deseo y cambia la dialéctica de Marx y Lenin por los trastos de reproducir. Se
convierte en gigoló.
A cambio de los favores sexuales a una señorona se olvida
de sus ideales de reforma de la injusticia. He aquí todo un Romeo al que sólo
le faltaba el Alfa, que le compra su entretenida, para lograr las metas que se
había fijado para esta vida.
La señora baronesa lo viste de punta en blanco con trajes
y fular de Pierre Cardin.
Ya no quiere ser comunista. Cambia sus inquietudes por un
descapotable. Y a vivir que son dos días. En el “Barbas”, Torbado
acierta a columbrar las entretelas de una corriente subterránea.
En su héroe traza
la etopeya de un tránsfuga, sin ideario fijo, amoral, pesetero, ambivalente, y
siempre bien instalado en el flujo del río que nos lleva. Dios nos libre de
nadar contra corriente. Es la herencia del pícaro que recorre toda la
literatura española. Nos fuimos a París, pero lo de cambiar el mundo no era más
que una añagaza.
Lo que en realidad queríamos era subir, medrar, la
conquista del poder. Sin embargo, hubo entre ellos algunos, entre los que me
cuento, que no quisimos vender nuestra alma al diablo. Vale más nuestra
dignidad que un plato de lentejas. Por lo visto, el Barbas supo evolucionar
desde las barricadas de la contestación a un lugar al sol que más calienta, como
son las sillas ministeriales, los cargos y los centros de poder.
La burocracia destruyó los sueños falangistas y este tic
lo heredaron los que vinieron con la democracia convirtiendo a España en solio
de las corrupciones, una palabra entre nosotros de todos los días.
Torbado en esta
novela se viste de la tiara profética. El PSOE, los peperos, los separatistas
del CiU y de la margen del Nervión por cuya orilla pasaba una gabarra son una
segunda edición corregida y aumentada de los vicios del franquismo.
Su metamorfosis es metafísica. Su personalidad,
absolutamente del tiempo que nos ha tocado vivir. Abundaron las metempsicosis,
los cambios de sexo y de pareja. Aquí el que no corre vuela.
Torbado estaba, a lo mejor sin proponérselo, haciendo la
prognosis de la Transición Gloriosa, y, tal vez, radiografiándose a sí mismo.
En un guateque en una buhardilla, con picú, extranjeras
que se daban bien, ginebra de garrafón, amor libre en plan alfombra y vomitonas
sobre la colcha, a este personaje lo dan de hostias.
No hay cosa más tragicómica que cuando a los que en amor
siguen el mal consejo de Onán se les pone en cama redonda, saben que la
simiente nunca ha de ser suya. Habíamos quebrantado la ley del “levirato” y
hubimos de atenernos a las consecuencias: a una condena bíblica. En el texto no
hay mariconería ni uranismo.
Era lo que nos faltaba para trazar una panorámica de la
España de hoy donde el clan gay es todo un poder fáctico introducido en los
mismos muros de la iglesia como un auténtico caballo de Troya.
El que le solmena es precisamente un inocente, un
partidario de la no-violencia. Un ex seminarista. En esta generación todos
hemos empezado por un ex, lo cual hace la composición de lugar de tanto
acontecer.
Como prueba que nuestro destino se halla en las estrellas,
si mi primer coche fue un seiscientos que empezaba por seis, seis, seis, el
segundo un Miraflores rematado en el sufijo fatídico de “ex”, venía a demostrar
que yo soy miembro de la generación X.
Todo lo nuestro es una incógnita, como la distancia de pi,
que sigue sin resolverse. Según los logaritmos, la penúltima letra del
abecedario engloba todas las incógnitas del espectro. Hemos sido la promoción
del Enigma, pasamos por esta tierra como una leva desconocida, pero dejemos de
fantasear.
A un tercer grado cáustico nos someterían las perversas
fuerzas del hado.
Novelar es dominar, hallarse en posesión de las riendas de
la creación. Por eso, los grandes escritores y poetas consiguen arrebatar a los
dioses el fuego sagrado, quitarles algo que es privativo de su preeminencia
ontológica: la facultad de hacer y deshacer cosmos a capricho.
Torbado pertenece a esa estirpe de privilegiada casta de
artistas capaces de sacar vida de la nada, insuflar alma al puro caos. Tienen
la facultad de articular mundos con vida apropiada, y hombres que echan a andar
bajo la carpa de cielos hialinos o emplomados, que se aman y se destrozan,
viento que alienta, rosas que huelen, y ríos y montañas que no son paisajes del
belén sino verdaderas cimas y abismos.
Llevan dentro esa carga de tracción de sangre que en
movimiento pone a los buenos percherones literarios. Resultado: el transporte
onírico, y, eventualmente, el agarrar por la punta del pelo al lector
subiéndolo, como hizo el ángel con el profeta Ezequiel, en volandas al Carro de
Tespis, que florezca la tierra y rían los cielos con carcajadas definitivas,
consiguiendo que el ser humano pierda su horizontalidad de bípedo (hay algunos
que aun se arrastran a cuatro manos), levantarlo camino de las estrellas, y
conducirlo a otros mundos.
Eso es ángel. Algo que los dioses que dan gratis y
reservan a unos cuantos afortunados, de lo más escogido del Huerto de las
Musas.
José Antonio Fernández, el protagonista de la inmensa
novela río, con una traza argumentativa potente y congruente, nada light,
ni vino flojo ni suelo arijo, sino un peso pesado del arte de contar, siguiendo
los pasos de Flaubert, Maupassant, Tolstoi, Dostoievski o Somerset Maughan, es
quien le cruza dos sopapos bien dados al lechuguino.
Estaba como poseído por esas vehemencias paulinas del que
acusaba haber practicado esa gimnasia mental escolástica, con la que se
preparaba para ser atleta de Cristo.
Quizá todavía un mínimo de decencia conserve, a pesar de
las corrupciones a las que es sometido. ¿Corrupciones o confesiones? Es una
secuencia de deterioros ambientales y de valores que están cayendo en picado:
la Iglesia inmersa en la crisis más grave de su historia, la familia que
empieza a dar síntomas de agotamiento, la sociedad, el sindicato, la amistad y
el amor.
No ya meramente hay
moros en la costa, sino que ya ha entrado toda la jarca. No arremete a su amigo
porque haya pretendido quitarle a su novia griega, sino porque ve en el Barbas
reflejado su propio desencanto.
Le grita, lo zarandea, pero, al hacerlo, se está
zarandeando a sí mismo. Esta es una historia a caballo entre la esperanza y la
desesperación, espejo de un tiempo de juventud inconsciente y generoso, vivido
al calor de la bohemia.
Al igual que en la novela de Melville, este Moby Dick de
la revolución de terciopelo se mantiene incólume en medio de la marejada de
corrupciones y, consecuente consigo mismo, acaba defenestrándose desde lo alto
de la Torre Eiffel, cuando llega a sus manos un mensaje del padre de su amada,
Anika, desde Estocolmo, anunciándole que ésta había cometido suicidio.
“Selbstmord” es la palabra que retumba en sus oídos igual que una maldición y
la voz de la conciencia que dice: “yo la maté”.
Se trata de un
conjuro del destino formulado contra él. “Ubi
sunt?” ¿dónde están?.¿Qué fue de aquel furor de vivir? ¿Dónde fue a parar
tanto frenesí? ¿Qué se hizo de tanto galán? Pienso que alguien se ha encargado
de rebajarnos los humos a todos nosotros.
Os pasarán la pluma
por el pico. Al diablo todo. Cohen Bendit, aquel Daniel el Rojo, inspirador del
levantamiento del mayo francés, no era más que un tigre de papel, aunque nos
pareciera un atlante por entonces, hoy está instalado. Ficha cada mañana en
Francfort en las oficinas de una multinacional.
Joan Baez es una estrella que se ha extinguido. Los
hippies de MacKenzie no llevan su oblada de flores a San Francisco. Se ha
acabado lo que se daba, se rayó el disco, y nosotros con él. Otros han muerto.
Parece que José Antonio Fernández lo adivinaba. Los cisnes
se han transformado en gansos y esos ánsares no hacen otra cosa que graznar con
gemido lúgubre. Ahora los arúspices recogerían en un cartulario magnético el
registro de tales vibraciones proféticas.
Este libro crea una tensión elegíaca dentro de mí. Trataré
de explicar a humo de pajas el argumento: un novicio dominico, que, por lo que
describe, debió de ser el de Caldas de Besaya, Cantabria, donde también profesó
Torbado (las mejores novelas son las que tienen un apoyo autobiográfico) cuando
declina su vocación descubre que la vida no es digna de vivirse encerrada en un
silogismo, por la sencilla razón de que carece de lógica.
Es indomeñable. Los universales no abarcan los
particulares, como pretendían las súmulas tomistas en su estética aristotélica,
tan bella como inalcanzable.
Era una dialéctica como hecha para ángeles, no para
hombres. Resultaba todo tan excesivo, demasiado para que lo aguantasen cuerpo y
alma sin enloquecer. Nuestras almas y nuestros cuerpos no estaban hechas para
volar. Todo lo más para caminar al trote. O al paso ligero que nos marcaron en
la mili, a las voces del sargento.
-▬Media vuelta… Ar
Y como resultado, al cabo de una crisis religiosa, Fray J.
Antonio descubre que no se llama ni José Antonio ni Fernández. Había nacido en
un hospicio y era expósito. Seguramente de origen húngaro. Sus padres adoptivos
lo habían metido a los diez años en aquella bella jaula de oro entre montañas y
aguas termales. También descubre que tampoco tiene vocación.
Un enamoriscamiento primerizo con una muchacha del pueblo
durante unas comedias que echaron los seminaristas en jornada de puertas
abiertas, por vísperas de Reyes, tuvo la culpa de esa decisión.
Las escenas que describen la evolución de este primer amor
son un dechado de delicadeza literaria y de penetración psicológica, un caso de
precocidad genial, porque Torbado escribió esta obra maestra a los diecinueve
años.
Todos los españoles hasta aquella generación nos
enamoramos o en las comedias, o en un baile de candil o en el paseo por la
Calle Real. Los noviazgos con chica formal habían de ser largos, pero tampoco
faltaban los fogonazos de amor a primera vista.
De remate, cuelga los hábitos y se planta en Madrid con lo
puesto. Aun se le notaba al marchar, como a todos los ex seminaristas, esos
andares indecisos en pie valgo de curilla, el pavor ante lo desconocido, la
falta de desenvoltura para con las mujeres, y esa alma como bisunta que tiende
hacia la vida ordenada y al ocio contemplativo pero sometida a las exigencias
de la carne.
Producto quizás de una mala educación sentimental. Para
conseguir la pureza, nos decían, fíjate, nada mejor que el miedo al infierno,
las duchas de agua fría, y una alimentación a base de judías verdes, mucha
lechuga y, alguna vez, de cena, huevos con patatas fritas.
No se puede vivir con el alma partida, nadie puede amar a
Dios sin conocerlo. Lo que instiló e deseo de conocimiento fue el amor divino
reflejado en sus criaturas.
Resulta que el pobre J. Antonio era un místico. Este
personaje de Torbado me ha servido de espejo al cabo del tiempo. En este libro
me monté, cual si de cola de escoba de bruja se tratara, en la moviola retrospectiva
del tiempo; un paso atrás y el espejo me ha devuelto color mate una imagen que
casi ni reconozco, pero atravesada de fulgores lancinantes. Soy yo mismo.
Si la verdad está en los números, lo vividero hay que
pasar a buscarlo a los libros. Era un místico a redropelo, un anacoreta a
destajo y en contra de su voluntad, que lleva su soledad en el desierto de
París, después de su amarga experiencia de rebotado y de menestral español a lo
que salga. Había trabajado en la construcción de casas baratas, y, como nadie
puede pisar su propia sombra y el destino te talla a ti, que no tú a él, el
escritor Torbado estaba designado a comprarse un piso con el dinero que le
dieron con lo del Premio Alfaguara.
Yo lo conocí como alumno de la Escuela de Periodismo de la
Iglesia. La palabra nos lleva a donde quiere, y aboca con frecuencia al
descubrimiento de nuestros equivalentes. José Antonio desconocía que fuera un
místico. Fue ese idealismo panteísta que aprendimos en la celda con el pensum y
los himnos marianos, esa sed de universales a través de particulares en tardes
de melancolía y de ilusión infinita, el que abrió los postigos de los
claustros.
Los seminarios quedaron vacíos. Vino una barrida, sopló el
viento del desierto, y nos pusimos todos en movimiento. Se produjo la
desbandada simultánea al concilio Vaticano II. La SRI se auto inmoló, dejó de
ser la misma ¿Lo del 68 fue un movimiento o una movida?
Partimos en busca
de un punto de fuga, un asidero de la palanca, pero tampoco, al otro lado de
las montañas cuyo perfil contemplábamos tarde tras tarde desde la ventana del
estudio, había pestillos ni palancas. No había risueñas lontananzas y todos los
países venían a ser lo mismo.
Sin embargo, el viaje, desde el género de novelas de
caballerías, es el motor que hace andar el carro. La literatura es una
escabullida jalonada de insensatez maravillosa.
Nos invitaron a vivir nuestro propio cuento de hadas y no
declinamos la oferta aún a costa de pasar hambre y arrostrar toda clase de
peligros.
No pocos quedaron atrapados en la vorágine. Allí no estaba
la arcadia ni el paraíso de los caballeros andantes. No había orden ni
concierto para los que nos pasamos la infancia creyendo en la armonía de las
esferas y la congruencia de todo.
Nos dimos cuenta
que habíamos vivido demasiado arropados y protegidos una vida que no era
nuestra, al sesgo de una disciplina y un horario a toque de campana. El mundo
se estaba haciendo añicos y nosotros vivíamos arrebujados al calorcillo de un
sistema de valores injerto en la edad media, que no se correspondía a la
realidad del momento.
El hilomorfismo aristotélico no explicaba la realidad que
se avecinaba. ¿Materia y forma compatibilizan pero no constituirán una
antigualla en el siglo XXI? ¿Dónde está el alma?
Habíamos sido adoctrinados en una trascendencia que nada
tenía que ver con el día a día del hombre de la calle. Teníamos madera de
santos, de apóstoles, pero acabamos repartiendo leña, o nos la dieron, en las
manifestaciones contra los “grises”. ¿A quién íbamos a evangelizar nosotros pobres
diablos ignorantes, que de la vida nos sabíamos de la misa la media, y nos
prepararon mal? No obstante, aquella generación conoció un tiempo de grandeza
genial. La primera medida congruente fue colgar los hábitos antes de que el
concilio vaticano proscribiera la sotana.
Pero el simún del desierto aquel que ya soplaba se llevó
nuestros bonetes, nuestras becas rojas, los fajines de donado, y nuestras
esclavinas.
Se manchó en los cenagales de Pigalle, el Soho o el St.
Pauli de Hamburgo, el barrio de las putas en escaparate, el distintivo azul,
símbolo de pureza, que un día nos entregaron para parecernos más a la
Inmaculada. Haría volar aquel viento del desierto las páginas del Errandonea y
del Raimundo de Miguel, que uncieron nuestras vidas a la subyugante latinidad.
Aquel viento tiró por tierra nuestras torres del aire,
arrastró camino del valle nuestras becas rojas de estudiante y las hopalandas
conventuales, colándose por los resquicios del alma. Algo nuevo estaba a punto
de empezar. Pocos ciclos históricos hubo tan sometidos a aquella presión
demoledora de la acción secular que en poco más de dos décadas todo lo
trastocó.
Se acabaron los paseos interminables por los vericuetos
extramuros y los lozanos campillos en mediodías de tedio y sequedad, cuando
íbamos y veníamos al lado de las murallas, y con ello los regímenes de visita
de nuestras madres con la muda, el talego con el matute para reforzar las
calorías de aquella pitanza conventual que era rancho cuartelero, y a veces pré
de cárcel, mientras rezábamos a la Madona de los Tránsitos que nos amparase.
No habría en adelante más visitas al sagrario y una hora
fija para alzarse y acostarse. Ni registros de conciencia al terminar el día,
ni retiros a fin de mes, ni aquellos ejercicios espirituales cada año que daba
un fraile especialista.
Siempre eran los mismos gritos, las amenazas del infierno
y el numerito de mostrar la calavera encendida mientras se apagaban todas las
luces de la capilla. El efecto sobre nuestras blandas conciencias fue
terrorífico. Y no es porque yo lo diga pero unas cuantas sesiones descriptivas
de penas del infierno tampoco nos vinieron mal psicológicamente. Hoy,
desparecido el Leteo, las hartonas (chicas anunciantes de la tele) de la tele
lo han substituido por colesterol, cáncer, enfermedades venéreas y los kilos.
Antes los demonios
eran todos esqueléticos. Ahora se nos muestra a los condenados como pobres
diablos rollizos y que, para colmo, fuman. Seguimos sin haberle ganado a la
muerte la partida.
Por aquellos días ¿cómo comprender tanta muerte cuando aun
no habíamos empezado a vivir? El miedo guarda la viña. Predicando sobre ella
constantemente se nos tenía sujetos. Pero también nos estábamos volviendo unos
desquiciados. Tiempo adelante, se nos abrirían los ojos. Llegaríamos muchos por
nuestra cuenta al convencimiento de que el Dios que nos planteaban los jesuitas
no era sino una caricatura de sí mismo. Se trataba de un Dios muy burgués:
personaje cominero, mensurable y contable.
A tanto por barba y al tanto por ciento. Si tú me das
esto, yo te doy lo otro. Si pecas de pensamiento, son tres padrenuestros de
penitencia. Si pecas de obra, trescientos, y así, sucesivamente.
Era un Dios fabricado a nuestra imagen y semejanza
egoísta, meticuloso y severo, impervio e infranqueable, particularista y nada
coral, lejos del alcance de nuestros pronósticos y de nuestros desalientos. No
era el Resucitado con rostro humano que luego aprendimos cuando nos curtió la
vida. Sin embargo, la semilla quedó lanzada.
Dice Zamacois ese gran novelista psicólogo que los hombres
inventaron la Religión por miedo a Dios y la Justicia por miedo a la Ley.
Júpiter y Themnis cabalgan la misma montura: Castor y Pollux. A través de
aquella horma en la que nos metieron fueron moldeando poco a poco al Cristo sin
prejuicios, señor de la historia. De forma imperceptible y sin casi quererlo
nos fueron introduciendo en el amor y el conocimiento del Gran Rey. Los
jesuitas, contra los que nos rebelamos, consiguieron que dejásemos de ser rahez
para convertirnos a la casta del cielo, en raza de los elegidos. Tampoco era la
culpa de aquellos pobres sacerdotes, si tuvieron fallos. Como dice San Agustín
nunca te quejes ni preguntes qué es esto ni por qué. Porque eres hombre. Ellos
nos dieron lo mejor que tenían, con lo poco o lo mucho que sabían. Fue justo
que quedasen vacías las aulas de los noviciados y que sobre Roma lloviesen en
avalancha las peticiones de secularización. No obstante, en medio de la
tempestad y flotando sobre aquella borrasca de crisis interiores lucía perenne la
llama del fuego sagrado. Ahora, al cabo de mucho tiempo y con costurones y
heridas en el alma (dejamos la piel en el combate) se presentan ante el mundo y
sus vanidades los que una mañana de Témporas dijeron:
“Adsum”(aquí estoy).
Entonces no comprendieron el sentido de su convocatoria;
ahora sí. El vínculo sacerdotal es permanente. Esa promesa de servidumbre al
Cristo total formulada ante el obispo nos ligaba bajo juramento a un hermoso
proyecto soteriológico. Aquel día nos habían atado las manos. El nudo no se podrá
ya deshacer. Es indeleble. Para el óleo de la unción no hay asperges. No se
borra ni con papel de lija. Me pregunto si no irían metidos en aquella
desbandada general los apóstoles de los últimos días. La cuestión personal mía,
que debe de ser la de otros muchos que se encuentran en mi misma situación,
llega en una tesitura difícil para la Iglesia.
¿Serán en todo caso las víctimas las que salven a sus
verdugos de antaño? El mundo estaba cambiando. Muchos sabíamos que la solución
no vendría atada a las resoluciones del tan traído y tan llevado Concilio sino
en la reforma radical que la pusiese a cobro de sus enemigos, tanto internos:
la gazmoñería, el clericalismo, como externos: la prevaricación y la
secularización. Intuíamos el peligro de la mano de la frase evangélica “mirad
que portáis un tesoro escondido en frágil vasija de barro”. Cuanto más
Vaticano, menos cristianismo. Roma pecó. Nos sentíamos desamparados; un poco,
como los hijos de la noche. Nadie tiene la verdad absoluta en sus dominios, no
se ha formulado la última palabra.
El depósito de la fe, de un credo unívoco, yacía
consignado en el corazón de Cristo, y era la dracma enterrada que habría que
exhumar, pero nosotros con nuestros altercados y nuestros gritos de aula magna,
los anatemas y las memeces retóricas, tirábamos su herencia por la borda.
Mientras nosotros vamos a piñón fijo, Él mueve todos los resortes. Su visión
del tiempo y el espacio es panóptica, no admite segmentaciones. La apostasía de
las masas fue el paso siguiente al desbarajuste y confusión que ofrecía aquella
tribu de jerarcas aferrada a la letra muerta, que sólo creía en la perduración
de sí misma. Muy sagaz MacLuhan, cuando dijo que lo que importa es el medio, no
el mensaje. Los obispos tenían un oído muy sutil para sintonizar con los
cambios de rumbo de los vientos marcados en los giros de veleta.
Para percibir las frecuencias de onda de la minoría que
dirige a las mayorías. Por eso, se ponen siempre de parte del fuerte, pero
nosotros no éramos apoderados de renta vitalicia sino los paraninfos que
pregonaban un mundo nuevo, los heraldos del amor. Las ratas empezaron a
abandonar el barco, pero nosotros, los que nos salimos, o nos echaron, de
aquellos seminarios superpoblados de los cincuenta y sesenta, seguimos
amarrándonos al tablón de una fe visceral y, aun con el agua al cuello, nos
consideramos los portadores del estandarte del Paráclito. Si no pudo ser
entonces, nuestro sueño podría llegar ahora. Los dedos divinos hilan muy fino
sobre la pleita de la historia. Los plazos del carisma tienen mayor longura que
las tablas con las que operan los planificadores de la economía. Hubiera sido
terrible convertirse en un obispo al estilo de Setién, otro alumno aventajado
de los jesuitas. Aquella dispersión general, aquel rompan filas que sonaría en
nuestras orejas como un gemido de atabales, o como una contraseña apocalíptica,
sólo se entiende ahora de un modo explícito, al cabo de tanto tiempo. ¿Dedo de
Dios o mera concurrencia fortuita? Medio siglo no es nada en la historia. Nos
desapuntamos entonces de una organización que sonaba a hueco, y que quería
hacer de nosotros apóstoles cuando aún no nos había zurrado la badana la vida.
Por los rincones en los altares laterales donde hacía tiempo que se dejó de
decir misa olía a gatuno y a pis de vieja, provenía de no sé donde una
emanación agria a rancio sepulcral. Sobraban los retablos. Nunca desertamos de
Xto.
Y cada noche invocábamos a NªSª. El Barbas al mirar hacia
Moscú había oído campanada y no sabía dónde. Amábamos las iglesias, y no las
queríamos destruir, sólo reformar. Nos sobraron agallas para largarnos a París,
o a Londres o a Estocolmo, con una guitarra bajo el brazo, unos pocos duros y
un cartón de “Celtas Largos” en el zurrón. Desconocíamos adónde caminábamos
pero queríamos llegar a alguna parte. La Estrella de la Mañana guió los pasos
de nuestro exilio. Ella es la que salva y purifica conduciéndonos al Hijo. Al
fin y al cabo, el catolicismo no consiste sino en un combinado perfecto de
humanismo y de soteriología cargada de tradición y de símbolos. Constituye la
mejor salida ecléctica a los problemas, porque la palabra Iglesia en su
acepción estricta de asamblea, combina realidades vivas. Es un círculo
infinito. No comprendíamos aquel tiempo, éramos unos caloyos, y, sin embargo, querían
hacer de nosotros, nada menos que, unos presbíteros. La obsesión por la pureza
daba frutos malignos. Incluso algunos superdotados como Pablo y Agustín se las
vieron y desearon para poner la carne bajo férula. Sin embargo, quizás fuera
pecaminoso convertir al celibato en una obsesión. Mandaron que maceráramos
nuestras espaldas con flagelos y cilicios, y a algunos les cantaban las cadenas
cuando marchaban en la fila, al arrodillarse al hacer genuflexión simple ante
el Santísimo, al pasar la jarra de agua al compañero en el refectorio y por las
noches, cuando tocaba la campana a silencio, la oscuridad se llenaba de golpes
sordos de las verberaciones. Nos mandaron comer berros y lechugas porque eran
verduras idóneas a la castidad, y las comimos. Nos prescribieron duchas de agua
fría, y nos bañábamos en el Eresma en pleno enero. Ayunos y penitencias, sin
embargo, se mostraban inoperantes para dominar el deseo. Notábamos mutaciones
en nuestros cuerpos. Algo nuevo había nacido. Una noche de marzo con viento oscuro
y denso sentí la llegada del primer alhorre genésico, heraldo del río de la
sangre. Fue como la fuerza de un chorro caliente en mi organismo. Percibí
vergüenza y pasmo, a la vez que una laxitud indescriptible. “Si te la meneas te
vuelves tísico. Además, vas al infierno”. Hasta entonces no sabía lo que era
una contaminación fálica. Pero todo ocurrió de una manera involuntaria como un
acto reflejo. Acababa de cumplir dieciocho años. Aquel invierno me había
cambiado la voz y apuntaba ya un bozo raquítico que yo observaba al pasar por
algún espejo, así como el crecimiento del vello púbico, en las axilas y en las
piernas. Me gustaba estar solo. Empecé a llevar un diario y a escribir poemas.
Leía novelas inofensivas como la “Meta Soñada” del P. Sobrino y “Perico en
París” - los dos primeros libros con que se inauguró mi voraz apetito
bibliófilo-. El “Sabor de la Tierruca” y el “Gonzalo González de la Gonzalera”
que tenían una portada asaz incitante en la colección Molino (un indiano que
trata de seducir a su criada) fueron dos libros para mi vocación incipiente de
lector empedernido, pero sobre todo me gustaron las novelas históricas como
“Amaya” y “Alfonso VI”. Éstas las devoré en un par de noches en el silencio y
la oscuridad de mi camarilla, arrebujado con una linterna bajo el embozo.
Varias veces me pescaron. Leer después del rezo del “De Profundis” al acostar,
el salmo que taxativamente jalonaba los actos del día hasta que a las seis y
media volvía a oírse la campana que nos tiraba a todos del lecho, sonaban las
palmadas del presidente de imaginaria e iniciábamos el día con las preces del
himno “iam lucis orto sidere”, atentaba contra las normas del Reglamento. Se
cometía un pecado venial. Otros, mientras yo me enfrascaba en aquel ambiente
del medievo, hacia el cual me he tirado yendo y viniendo la mayor parte de mi
vida, puesto que en este tiempo de navegaciones por Internet mi espíritu sigue
vagando por las poternas de un castillo o conserva una querencia imprecisa a
las puntas de diamante de una muralla encantada, alcázar fuerte de los sueños
que no se corrompen, y bebía los vientos por el ceñidor de Zoraida o me
enamoraba de Dña. Urraca, se entregaban a ocupaciones no tan santas, a juzgar
por el chascar de jergones o los sórdidos estertores agónicos que se escuchaban
de vez en cuando entre las cortinas o detrás de los biombos. Era una forma de
paladear nuestra libertad. Aquel pequeño rincón de la camarilla en medio de la
crujía era nuestro territorio, único recinto personal, nuestro bastión
autóctono, y era con frecuencia violado por el Presidente que recorría todas
las dependencias del seminario de imaginaria con su linterna delatora, que
patrullaba por los dormitorios. Parecía un fantasma dando voces. “Silencio... A
dormir chiquitos... no hagáis marranadas”. Cada uno podía hacer lo que le diese
la gana, pero siempre acabábamos todos por ser pescados in fraganti por el
prefecto, aquel D. Pedro Recio o algunos de los presidentes, sobre todo uno de
los seminaristas del Mayor, por nombre Eloy, que era un vivo y que se sabía
todas nuestras tretas por haber sido cocinero antes que fraile. Se alzaba la
cortina de improviso y aparecía el superior con la linterna:
-¿Qué haces?
-Sólo leer. Estaba repasando la lección de Griego
que no me la sé bien.
-Estas no son horas. ¿No has tenido tiempo en toda la
tarde?
-No, señor presidente.
-¿Cómo que no? Encima de infractor, mentiroso.
A los presidentes, aunque no fuesen sacerdotes ordenados
todavía, no se los podía tutear.
-Pues mañana a primera hora te presentas en la
rectoral y luego tres horas de rodillas con los brazos en cruz y dos ejemplares
del Raimundo de Miguel a cada brazo. Cuando acabes, escribirás en el encerado
cincuenta veces: “Después del toque de oración es una falta grave leer en el
dormitorio”. ¿Estamos?
-Sí, don Eloy.
El diccionario pesaba lo suyo. Se me cansaban bastante los
brazos, se me ponían los dedos perdidos de tiza, pero, dentro de lo que cabe,
mi castigo era menos vergonzante que el de otros compañeros que habían sido
cogidos con las manos en la masa por aquellos sabuesos del Mayor. Para los que
se la meneaban, se orinaban en la cama o se hacían incluso lo otro, también
había un lugar en el testero del estudio general cerca del estrado. Eran
puestos cara a la pared. Aquí un cagón, allá un meón, y ése de los granos va
para tuberculoso cofrade del “ale, manita”. Llamábamos más a los cofrades del
vicio solitario congregantes del “ Alemanita”.
Los reincidentes eran expulsados. Ante casos de
bujarronería, que gracias a Dios no fueron frecuentes, la verdad, el Sr. Rector
cortaba por lo sano. Se puede ser todo en esta vida menos invertido. Luego supe
que aquellas situaciones de peligro de desvío de la libido hacia la
homosexualidad no representaban una alarma, por más que comportasen un peligro
real de giro sexual, y dicen que los que van no vuelven; se producían, como
cosa natural, por el ambiente cerrado, la represión y el hambre de hembra que
suelen ser endémicos en establecimientos donde no hay convivencia entre los dos
sexos. La sala de lectura tenía tres ventanales que miraban al norte y seis que
miraban al este. Por unas veíamos machacar el ajo a las cigüeñas en la casa
fortaleza del conde de Cheste, en la rinconera de uno de los postigos de la
muralla donde arrancaban los arcos del acueducto airoso y esbelto. Estas
callejuelas en la parte de atrás de la muralla estaban sumidas en verano y en
invierno con sus altos muros cubiertos de enredadera de una tristeza y un
misterio infinitos. Eran predios de duendes y de almas en pena; para mí reflejaban
la esencia de aquella Segovia mítica y desconocida. Los jueves, día de mercado,
abajo, en el azoguejo se escuchaba el ruido de las ruedas de los carros y las
voces de los paisanos que siempre hablan recio. Un poco más allá estaba el
torreón de los Dávila mirando casi amenazante al parigual del de los Lozoya y
entre medias la espadaña de la iglesia de las monjas dominicas, recoleta y
románica, que no se abría al público más que por Jueves Santo. Por los otros
miradores, a todas horas del día y del año, teníamos una excelsa panorámica de
la estatua yacente y orogénica de la Mujer Muerta cubierta de nieves entre
noviembre y abril y de un color violáceo por el verano. Por esa ruta del
sudeste llegaban las cigüeñas, recién pasada la fiesta de San Antón. Un paisaje
así dominando la panorámica tenía obligatoriamente que hacer de nosotros gentes
soñadoras. Lo mío, al fin y al cabo, no era más que la pasión por la lectura,
pero otros estaban condenados a la vergüenza pública por comisiones menos
inocentes, por pecar contra el sexto, y no de pensamiento que al fin y al cabo
ningún hombre sabe lo que pasa en el hombre sino el espíritu de hombre que está
en él, sino de obra. Habían transformado la potencia en acto. Por la noche en
las pequeñas horas de la madrugada se escuchaban sus jadeos a duras penas
contenidos y el ruido de los muelles del somier que era lo que ponía en guardia
a la vigilancia del somatén de castidad que capitaneaba el bueno de Eloy. Había
manos no tan inocentes como las mías que sólo pasaban páginas debajo del
embozo. A algunos les salían de tanto darle callosidades en el canto de la
diestra o en la de la siniestra, si fueran zocatos, y hasta en las muñecas. La
culpa de todo la tenía el ejercicio del “ale manita” en el empecinado dale que
te pego. No serás ni el primero ni el último entre tus sodales. Hay que ver la
cantidad de compañeros que hay castigados esta mañana. Las jarras del
refectorio se rompían, cascaban los badajos de las campanas y las cigüeñas
seguían machacando el ajo sobre los tejados de Segovia. Había siempre ropa
tendida en los sobrados. “Fides ex auditu”. Hacia la fe mediante el oído,
recomiendan los santos padres. La razón también crea monstruos, como en los
aguafuertes de Goya. Aspiras a un lugar bajo el sol del amor platónico, crees
en la armonía de las esferas y la fuerza de la gravedad te arrastras hacia el
lupanar. S. Pablo y san Agustín se quejaban de lo mismo. San Antonio el Grande,
lo cuenta Tolstoi, en un magnífico relato, colocó su mano en la toza y la
seccionó con el destral, pero con la única que le quedaba también le venían
tentaciones; entonces, fue a otro hermano de la Tebaida y le pidió que le diera
allí otro hachazo. Más vale entrar manco en el reino de los cielos que
ambidextro. Hubo otro bienaventurado de cuyo nombre no me acuerdo, pero que
está en el catálogo santoral, que por no pecar se emasculó a sí mismo con una
bipenna. Si tu ojo te escandaliza, arrancatelo. Muy duro esto. En aquellas
noches de insomnio, desvelado y casi febril, escuchaba en rededor sonidos feroces.
Era los demonios que resoplaban. Había un tal Pantaleón que era cosa mala. Las
manos quietas, Pantaleón, mira que te condenas. Mira que te mira Dios, mira que
te esta mirando, mira que te has de morir y no sabe cuando. ¿No te da grima
abrasarte en las penas del infierno, Bartolo? Más ni por ésas. Pienso, tiemblo,
me mortifico, pero qué queréis que haga. El impulso es más fuerte que yo. Vas a
acabar en las calderas de tu tocayo Botero, perico. Allí estaré por lo menos
calentito y no me saldrán sabañones, y qué gustico pasarse la eternidad
haciéndose una paja. Amos anda, no digas burradas. Vale ya de tanto paloteo.
-Ay Panta, Panta. Era vasco y como sabía tocar la chifla y también el acordeón
le pusieron de nombre Pantaleón. Pantaleón, más que meneársela, se la
machacaba. Sentaba un mal precedente, le cundían émulos e imitadores por toda
la comunidad. Supe a la sazón lo que era el placer solitario al que nos
arrastraba nuestro masoquismo y los cargos de conciencia que después quedaban.
Lo peor de pecar eran las tormentos en forma de escrúpulos al rayar el día, las
angustias de la mañana siguiente, cuando me torturaba arrodillado en el
confesionario e iba a descargar mi conciencia con el penitenciario sobre si
había intervenido mi voluntad en aquellas poluciones. “Procul recedant somnia
el nocturna phantasmata, ne polluantur corpora” ( ), cantábamos en el himno de
Completas. Sin embargo, nadie puede parar a la naturaleza cuando el arroyo de
la sangre hace acto de presencia. Bienvenido a la vida mi primer semen. Aquello
era como una epifanía, un descubrimiento de manual de iniciación. Entre sofocos
y jaculatorias (me había inventado una “ad hoc” que repetía mil veces: “Antes
morir que pecar, Jesús mío”) cuando me quería recordar ya tenía mojado los
calzones. A los catorce años empecé a notar ciertas durezas en las tetillas.
Mis invocaciones incesantes no eran atendidas. Dios no me escuchaba. Iría al
infierno de cabeza en compañía del pobre Pantaleón Galende. Sin embargo, pecaba
y no me moría. La voz interior me arguye de pecado. Si te mueres esta noche, te
condenas. Desde entonces, por asociación de ideas, que me hacen ver llamas,
garios, falos, la crija que pubesce en una adolescente, y diablos cornúpetas,
la noción del sexo viene a mi envuelta con el pensamiento del infierno. La
fuerza de la vida se encontraba en mis ingles. Por convulsión masoquista. Ya
tenía ganas de ir perdiendo de vista al deseo. Y todo esto que es hoy para mí
motivo de hilaridad, doblado el cabo de buena esperanza de la vida y alcanzada la
edad provecta, en el despertar de mi organismo, creo que llegó casi a tararme
psicológicamente. Torbado lo cuenta mejor. Su protagonista, el fraile, se
sentía también indigno de acercarse a la sagrada mesa después de una de
aquellas efervescentes y movidas vigilias en el cuarto a oscuras. ¡Qué noche la
de aquel día! Es una canción de los Beatles, pero también se ha convertido en
todo un símbolo de nuestra vida órfica, puesto que para tapar aquellos agujeros
nos largamos a París. Si lo confesabas, te sentías mal, lleno de vergoña. Luego
los confesores eran todos un poco ladinos o estaban algo salidos. Te asaeteaban
a preguntas detallistas de tal forma que ir a confesarse resultaba como ir a la
batidora, ponerte bajo el mangüal. Te sometías a un tercer grado, y a mí nunca
me han gustado los interrogatorios, pero el padre espiritual lo quería saber
todo con pelos y señales. Era un meticón por no decir otra cosa. Muchos
empezábamos a sospechar de aquellas curiosidades pecaminosas ocultaban cierta
morbosidad. Desde entonces tengo a los maricas entre ceja y ceja. Pero, si no
confesabas aquellos nuevos accidentes que acababas de descubrir en tu cuerpo,
te condenabas, cometías sacrilegio. Esas eran palabras mayores. Hogaño, cuando
se vive en materia de moral a años luz de todas aquellas correncias
incoherentes que mortificaron nuestra adolescencia, en plena borrachera del
sexo, cuando la gente no distingue ya entre el bien y el mal a tal respecto, y
se ha ido al otro cabo la pesa del péndulo, y cuando he descubierto que hay
matrimonios que son un infierno portátil que diría Quevedo y que son
perfectamente justificadas las cauciones de la Biblia contra la mujer, porque
transmiten la vida y también la muerte y llevan el diablo dentro, a muchos
puede que todo esto que cuenta Torbado en su libro les suene a cosas de otra
galaxia. Antaño suponía para nosotros un martirio como la uña de fuego o el
cepo. Algo parecido al potro, los caballetes, el garfio, la pezuña de hierro, o
la parrilla. Para no caer en tentación, algunos intensificaban sus
mortificaciones. Más ayunos, más duchas de agua helada, ración doblada de
latigazos con las correspondientes disciplinas al acostarse, el cilicio en el
muslo o a la cintura. Mucha escarola en el refectorio. Pero, nada. Los
movimientos lascivos del sueño tenían un poder extraño sobre el subconsciente.
Convenido que la castidad aúna lo que está disperso, S. Agustín, con su mente
sublime y su palabra candente, quiso solventar el problema con su famosa
imprecación: “Dadme lo que mandáis y mandadme lo que quisieredes”, pero en
aquel curso ninguno de nosotros habíamos acaparado la santidad y la
inteligencia del que escribió “La Ciudad de Dios”. De poco servían pediluvios
para bañar todo un océano. Aquello estaba cada vez más tieso, era una erección
sin pausa. Pantaleón fue diagnosticado de padecer una doble enfermedad que
nadie había oído: priapismo y elefantiasis, todo en uno. Ofrecía deplorable
aspecto y ante el espectáculo de aquel ser deforme había que preguntarse si fue
Perico el que pecó, o fuera más bien su padre. -Esto es terrible, chiquitos.
Paso unos apuros que ni al más enemigo deseo. ¿Qué queréis que lo haga? Pero el
urólogo dice que es un acto reflejo. -¿Y qué tal meas, Pedro? -Fenomenal,
chico, fenomenal. Meo como un padre de la Iglesia, pero que no se me baja. Todo
el día, emporrado. Se le notaba un bulto imponente debajo de la sotana. Lo
tuvieron que dar de baja. El rector le mandó para casa unos meses por ver si se
le pasaba con un tratamiento. Nunca volvió. Fue entonces cuando empezó a
circular por los corrillos la noticia de que D. Marciano, el ecónomo, había
dado orden a las monjitas de que echasen ciertos polvos en las jícaras del agua
del refectorio. Lo del bromuro, sin embargo, no funcionó como tampoco surtieron
efecto los triduos y novenas a S. Luis Gonzaga. Aquel sexo desvencijado y en
conexión directa con una semiótica de muerte y de convulsiones agónicas en
plena noche empezó a ser para muchos de nosotros un trauma. No tuvimos una
educación sentimental y acabábamos, una de dos, por colocar a la mujer dentro
del casalicio de las vestales intocables, o las bajábamos del pedestal y nos
largábamos al burdel. O no bebes o te emborrachas. No había termino medio.
Tampoco es eso. Dª Dulcinea se daba el pico con DªBarragana. Los erotómanos
vendrían a decirnos que eso que llamamos amor no es más que una reacción
química, y que al fin y a la postre el hombre y la mujer (ésta en grado supino)
no somos más que cañerías en un ochenta por ciento. Al igual que Fray J.
Antonio, yo también perdí la virginidad con una morenica de culo bajo, y con
pinta de valenciana, de la calle Echegaray. Sólo recuerdo que hacía mucho
calor. Era un día de Santiago. Yo hice mi primera carga de caballería, inscribí
mi nombre en el registro, hacía mucho calor, un calor caliginoso de tormenta, y
sobre las calles de Madrid descargó una tromba de granizo con gran aparato
eléctrico, mientras yo me ocupaba con Merceditas. La meteorología y mi
incontinencia festejaron al patrón de la España por todo lo alto. Había que matar
la tarde. Honrar al santo. -¿No me pegarás algo? -Voy al médico cada quince
días, cariño. -Es que es la primera vez. -Bueno. Tú no sufras. ¿Me pagas ahora?
Son quinientas. Me moría de remordimiento y bajé huyendo como despavorido hasta
encontrar un templo. Vagué por las calles vacías como un zombie. Estuve hasta
que cerraron el Cristo de Medinaceli en un rincón de la nave de la iglesia, en
lo más oscuro, de rodillas y muerto de vergüenza. Si te mueres esta noche, te
vas al infierno. Estás en pecado mortal. No sé si lo que sentía era asco de mí
mismo o tristeza post coito. El peso de la culpa no me dejaba vivir. Llegué a
suponer que acostarse con una puta era un pecado de naturaleza reservada, de
esos que sólo son perdonados por el papa. No me atrevía a confesar mi pecado
con un cura de Madrid y tuve que ir a buscar penitenciario fuera de la capital.
Una mañana me subí en el tren camino de Toledo. Hice cinco leguas para
descargar el saco, pero, contra lo que yo asumía el camino fue bastante recto y
llano, aún queda buena gente en el mundo. El abad, al que confié mi conciencia,
no era de la clase de torturadores a los que yo estaba enseñado. Su manga ancha
recordaba a la de los capellanes castrenses. Para él irse de picos pardos no
revestía demasiada importancia, con tal que la frecuentación de burdeles no se
hubiese afianzado como habitual en las costumbres del confesando. Lo primero
que me preguntó fue si me desahogaba con visitadoras por norma general.
-¿Cuantas veces, hijo mío?
-¿Cómo?
-Que ¿cuántas veces te has ido de putas?
-Una solo.
- ¿Y te parece poco?
Me miró de hito en hito. Saltó la sorpresa. Casi pega un
brinco dentro del confesionario, estaba que echaba humo y de la furia creo que
se le volvió negra al padre la estola morada, yo le veía por la rejilla cómo
sudaba. Me pareció que me estaba llamando gilipollas.
-Y ¿para eso me has hecho bajar, mastuerzo? Si la
gente no se acostase con la gente, tú y yo no estaríamos aquí en esto. Tirarse
a una tía siempre resulta más higiénico que masturbarse, y siempre será un
pecado menor que pagar mal a los obreros, pero ¿ qué estamos haciendo en la
Iglesia si no prefabricar tarados mentales, curas insulsos y martirologios de
idiotas?
No me lo esperaba, el reverendo abad me había salido del
todo progresista, era uno de esos frailes que andan por el mundo con pinta de
idiotas, pero que luego resulta que saben más que Cardona, pues están al loro,
se tragan todos los telediarios, saben leer la letra pequeña de los periódicos
y hasta visitan de incógnito los burdeles. De modo que lleva razón el refranero
cuando se formula la pregunta sobre nuestra paternidad siempre incierta. Nadie
podrá decir que este cura no es mi padre. Acaso estos escrúpulos tengan la
culpa de que algunos ex seminaristas salieran tan malas personas y es que nos
torturaron de pequeñitos, nos dieron una imagen falsa de la mujer, llenaron
nuestra cabeza a pájaros sobre hipotéticas salvaciones de negritos. Sembraron
en nuestras conciencias toda esa malicia vaticana y se agenciaron una bonita manera
de espionaje por poco dinero, colándose de rondón en los hogares y en los
tálamos y en hasta en los calzoncillos de nosotros todos, mediante la
astracanada de intimar los pecados privados. La Iglesia griega sólo conoce la
exomologesis que viene a ser una confesión privada de ciertas faltas y una
profesión pública de fe, pero sin las aberraciones a las que ha dado lugar en
la latina esta norma, dejando la puerta franca al diablo de los escrúpulos que
torturan la conciencia, la preeminencia del clero partiendo de la base de que
toda información es poder, e incluso el trato torpe. Obras como La Regenta y
gran parte de las novelas de Galdós dejan al trasluz todos esos abusos, que no
son pecados de fe sino afrentas a la credibilidad soteriológica de los que
están obligación de estar con el pueblo y defender la grey. Esta confesión y
penitencia pública era posible en la edad media cuando había una interacción de
valores, incluso una identidad del hombre de la calle con el credo romano,
cuando trono y altar y “Pópulus cum exercitu” eran partes de una misma
realidad. Hoy el Vaticano ha hecho de la nave de Pedro un ente de razón, una
inmobiliaria, acaso una ONG, con una cabeza visible de mucho prestigio, pero
que eclipsa totalmente al caballo de fuerza de la institución, que es el pobre
cura de una parroquia del suburbio, o de un católico desorientado con angustia
y con muchos problemas que la Iglesia no puede resolver. Y alguna veces los
curas - son los mejores- lo reconocen como me ocurrió a mí con el pobre Hernández,
capuchino de Medinaceli al que confié mi delicada situación conyugal. -¿Qué
soluciones me da, padre? -Hijo, no lo sé. Como era un tipo muy legal, acaso por
eso acabó cometiendo el disparate de asestarle varios navajazos a otros cofrade
de la comunidad para después terminar suicidándose. Era un sacerdote eximio,
que cargaba con las culpas de todos, yo pienso que se ha salvado. El padre
Hernández, el de los buenos consejos, nunca podrá estar en el infierno. ¿Quién
puede decir que este cura no es mi padre? ¿A quién no le tocaba la pirla el P.
Muñana, rector espiritual de retóricos y que era algo maricón por cierto y uno
estaba en Babia por aquel entonces? A medida que iba soltando estas
Maximinofadas, subía el tono de la voz que ya no era de falsete, sino casi
gritos desairados. Parecía fuera de sí. Algunas beatas que estaban abrazadas a
los santos volvían la cabeza con cierto temor ante la bronca que me estaba
echando el fraile. “Éste me sacude si no espabilo”, decía yo para mis adentros.
Faltó un tris que no me puso la mano encima. Pero, “De nimis non curat
praetor”. Me despachó de mala manera y casi me negó la absolución. Nunca pude
ver a un abad con tanto cabreo en el cuerpo. De buena gana hubiese agarrado el
báculo y empezado a dejarme marcas en las posaderas. Pero me hizo un bien de
paso, porque al levantarme del reclinatorio me sentí alígero casi como aquel
personaje del Decamerón al que su amigo, después de muerto, vino a visitarle en
espíritu, y le confesó que hacerlo con moderación no era pecado. Camino de
Madrid, otra vez en el tren, era como si me hubiesen crecido alas por los
sobacos. Hubiese sido capaz de comerme el mundo. Al fin y a la postre, yacer
con hembra placentera constituía parvedad de materia, un pecado menos grave de
lo que hubiera imaginado. Sin embargo, no estaba tan curado de espanto como
suponía, porque al polvo siguiente, esta vez con una portuguesa, que durante la
coyunda no paraba de asirse a mis carnes llamándome miño fillo del alma, (al
terminar se despidió de mí con un cortés “moito obligado”), la conciencia
atormentada volvió por sus fueros. Los moralistas no se ponían de acuerdo sobre
mi caso, porque cada uno me venía con una respuesta antagónica. El abad
toledano, o tenía demasiada manga ancha, o debía de ser un viva la virgen, me
dijo otro padre, al que fui a descargar de nuevo mis escrúpulos. Ese que te ha
dicho eso ni es abad, ni es franciscano. A ver si eres tú que los has soñado.
Hijo mío, te estas haciendo mucho daño. Acabé a los pies y ante las luengas y
blancas barbas del P. Dámaso, un capuchino del convento de Bravo Murillo con
fama de santo, cuando no había aun llegado la relajación a los monasterios y no
se producían en ellos confrontaciones a navajazos como acaba de suceder en el
convento de Medinaceli( entonces tenía la Iglesia al diablo en amarras y hoy
anda suelto, va por donde quiere y le da la gana)y la revolución escatológica
que trajo el Vaticano Secundo no había causado estragos en las filas del
Cordero, y la jerarquía no se había apercibido que el aggiornamiento y la
renuncia al latín Roma había claudicado ante la bestia. Tenía buen cartel aquel
religioso de barba que parecía el vellocino de Gedeón de tan blanca y
abatanada, y muchos parroquianos que acudían a él para descargar el saco. Por
lo menos, era uno de esos curas que no se asustan por nada, ni te echaban un
rapapolvos, ni nada de eso. En su confesionario, muy solicitado y el más
concurrido de Madrid, había que guardar cola. A él confié de nuevo los secretos
de mi ánima atormentada, por mor de las flaquezas de un organismo insumiso. Ya
digo, para mí el sexo ha tenido que ver con la escatología. La avenida del gozo
es tributaria del infierno. A juzgar por la forma en que fuimos hechos, no
podremos tener Una filiación más animalmente asquerosa. Sus advertencias me
metieron el miedo en el cuerpo. Me exhortaba a que llevara una vida casta, no
por la virtud sino por las consecuencias del vicio en que estábamos enviscados
muchos jóvenes de aquella pléyade. Una de las frases que pronunciaba ante sus
pupilos el franciscano: -No sólo, hijo, se pierde tu alma, sino que te estas
haciendo polvo. Ya sabes lo que cumple: a rezar a la Virgen pidiendo te regale
el don de la pureza, acordándote siempre de la era de la muerte, pues Dios lo
ve todo incluso los actos impuros que se cometen en la intimidad. Francamente,
no hay que negar morbo a tales admoniciones. Pero ¿qué tenía que ver la Deípara
con cosas de tan poco monto que nuestra imaginación cargada de ñoños escrúpulos
exacerbaba? Sus campañas contra la masturbación fueron titánicas. El onanismo
constituía para él una especie de terror milenarista, un signo de la
degeneración de la raza. Y puede que estas advertencias del buen capuchino que
sonaron en los púlpitos de los sesenta tuvieran algo de proféticas, porque en
los noventa se nos ha secado el jugo; somos el país con menor tasa infantil del
mundo. Antes, las españolas cuando besaban parecían hacerlo de verdad, hoy ya
nos las empreña ni el conde Lequio, porque se han vuelto de lo más negado para
parir. Todas, machorras, oiga usted. Los que se desahogaban se volverían
impotentes, no podrían procrear, clamaba aquel bendito, a decir verdad. Y es
que acaso no sea sola la culpa de las mujeres. Como de jóvenes nosotros nos
pasábamos la vida meneándola, ahora se ha secado la simiente. Castigo de Dios.
Tales amonestaciones, que antes las escuchaba como quien oye llover, sembraron
ahora la alarma en mí. La posibilidad de una condena eventual al fuego eterno
no revestía tanta importancia como el hecho de que pudiera quedar mal cuando
fuese con una mujer. Empezaba a asomar ya su cabeza de pulpo el fantasma de la
impotencia. El deleite oculto e inconfesable secaba las fuentes de la vida,
según el capuchino en cuestión. También me asustaba pensar que me pudiese pasar
a mí lo de Pantaleón. Vamos lo que le sucedió a mi compañero de aula es para
cortársela. ¡Qué vergüenza! ¡Qué suplicio! Tuvieron que hacerle una operación
para que se le bajara la cosa, ¡qué cosas! ¡qué desperdicio de hombre! Y ¡ahora
tanta gente que toma la bisagra! No malgastes tus defensas procreadoras,
Antoñito. Reservate para el día de mañana. Pero yo por aquellas calendas estaba
para pocos sermones. Era este medio frailuco tan exiguo de estatura que no
alcanzaba con los pies al suelo. Daba tiernas palmadas, mientras recitabas tus
pecados. Vamos desembucha, hijo y no te azares. Siempre, lo mismo. Aborrece el
pecado, compadece al pecador. Exhalaba un aliento fresco como de juncias que
acariciaba mi oreja. Todas prevenciones eran pocas, como si dijésemos, para
ayudarte a descargar el saco. Pero me asustaba más su barba blanca de gnomo de
jardín que mis propios pecados. No era ninguna tontería lo que se decía de él:
que había obrado milagros. Fue el único miembro de aquella comunidad que se
libró de ser fusilado. Corrían leyendas acerca de su capacidad para hacerse
invisible y sus dotes de bilocación. Le vieron en dos lugares al mismo tiempo.
Cuando le llevaban esposado junto con sus compañeros los milicianos se hizo
invisible en el instante en que subían a los claustrales para el camión. Era
tan pequeño que podía esconderse en una caja de muñecas, pero a lo mejor en
esta milagrosa evasiva intervinieron sus poderes taumatúrgicos. Se contaban de
su persona cosas parecidas a las del P. Gago al que llamaron para fuese a confesar
a una mujer de mala vida, en los días iniciales de la guerra; ésta se hallaba
sana, simuló estarse muriendo, y, al llegar al lugar, fray Dámaso la interfecta
acababa de expirar. La broma terminó de una manera macabra. No se puede jugar
con estas cosas de Dios. Luego durante la década de los sesenta cuando yo le
conocí se habían hecho legendarias sus caridades. Todos los pobres de cuatro
Caminos y Estrecho lo tenían por un tutor en su desconsuelo, rescató a muchos
de la cárcel saliendo fiador de muchos de ellos. Murió en olor de santidad.
-Sí, padre, sí.
-Pideselo a Nª.Sª.
-Se lo pediré, padre mío.
-Mira que tu cuerpo es templo del Espíritu Santo. La
frase del apóstol siempre me ha parecido o mal interpretada o excesiva, pero en
fin... Dije: -Hago propósito de la enmienda y así será. Intenté el plan
aconsejado y surtió efecto. Desde entonces, jamás cometí un acto impuro conmigo
mismo. Todo lo puedo en Aquél que me conforta. El bendito capuchino tenía una
gracia especial. Y ese poder me salvó de las secuelas de mi decisión de haber
abandonado la carrera eclesiástica cuando sólo me quedaban unos meses para
ordenarme.
Creo que entonces quería todavía ser sacerdote.
Quería irme a misiones o encontrar un obispo que revisase mi caso. Lo
encontraría en la diócesis de Westminster algún tiempo más tarde. Me ordenó de
cura Mons. Callaghan, pero no se habían acabado enteramente mis corrupciones.
Al poco tiempo de empezar a ejercer mi ministerio me crucé en el camino con la
mujer de mi vida. Esta obra de Torbado ha resucitado en mí amargos recuerdos.
Cuando el protagonista declara “yo la maté”, al ser enterado del suicidio de su
novia Anika, pude hacer mía las palabras, porque Suzanne murió de un cáncer
poco después de separarnos, como consecuencia de mis corrupciones, de mi
carácter inestable, de un pasado cultural y familiar de prejuicios seculares.
Eso pesaba mucho. Suzanne, mi santa mujer, estés donde estés, que sepas que te
sigo queriendo, y te pido perdón. Quedó una hija que no ha querido saber más de
mí. Este apartamiento ha sido para mí la gran corona de espinas. Pero éstas son
mis corrupciones y no mis confesiones. He tenido que hacer este inciso, porque
el P. Dámaso, a pesar de ser un santo y de curarme de mi herida, no pudo acabar
con mi dolencia. Vivíamos con el alma escindida. Actualmente, reivindico la
causa de los sacerdotes casados, de los pecadores que han bebido con Xpto. El
cáliz del dolor. Ahora sigo siendo sacerdote. Rezo el breviario y digo mi misa
todos los días en el silencio de mi vivienda. La memoria de aquel capuchino
llega teñida de bondad. Es un recuerdo agridulce, el que queda después de haber
conocido a un santo. Había sido amigo del P. Pío el vulnerado, y lo mismo que
su hermano de hábito italiano, llevaba sobre su cuerpo los estigmas de la
crucifixión. Sus manos eran blancas, al igual que las barbas sobre el
escapulario de color café y el cíngulo blanco. Brillaban en la oscuridad del
templo. Su cuerpo despedía odoraciones místicas. Había conocido a muchos
sacerdotes, pero a pocos santos y uno de ellos era el P. Dámaso. Una noche, de
regreso a casa a mi domicilio, en la calle de Presidente Carmona, en un
descampado que se llamaba en el viejo Madrid el Canalillo- la zona donde ahora
se levanta Azca- me salió al encuentro una mujer medio desnuda solicitandose e
insinuándose. -¿Tienes cinco duros, chato, y nos tumbamos un ratito? La hierba
del Canalillo está fresca, como un botijo, acaba de llover.
Le entregué todo el dinero que llevaba encima, que eran
unas treinta pesetas, pero me negué en redondo a acompañar a la meretriz. Esta
dádiva le pareció una injuria.
-¿Por qué? ¿No te gusto, cacho bobo? -Sí, pero soy templo
del Espíritu Santo. Rompió a reír la esquinera. Nunca había escuchado yo
carcajadas tan infernales.
Era una de esas orondas ninfas, mucha mujer, que
merodeaban las riberas del Canalillo o los altos del Cerro la Planta en el
Madrid de aquellos años. Ya Galdós, que debía de ser buen cliente de ellas, y
adicto al amor mercenario, menciona como lupanar a la luz de las estrellas las
campas de detrás de los Cuatro Caminos en sus “Episodios Nacionales”. Por su
forma de hablar la dama de noche debía de ser culta. -¡Qué tío más cachondo! Si
tú eres el templo de la Blanca Paloma, yo soy el Partenón de Atenas. ¿No serás
tú un cura disfrazado por un acaso? -Sólo soy diácono. Eché a correr. Llevé su
burla pegada a los talones bastante rato. Sus homéricas risotadas retumbaron
sobre las gradas del Bernabeu. Entré en mi casa victorioso de haber ganado
aquel combate. Nadie es continente si Dios no lo da. Razón llevaba S. Agustín.
Durante mucho tiempo no me cupo la menor duda de que la solicitadora, docta e
inspirada en el mundo clásico, era el diablo que se me apareció. Desde entonces
no volví nunca a caer en la tentación del trato torpe. Cuando tuve relaciones
con alguna mujer, tiempo adelante, era o porque las amaba o porque buscaba en
el ayuntamiento carnal el noble afán procreador. Había tomado la resolución de
volver al seminario y completar el trimestre para concluir mis estudios de
Teología. Cuando abandoné la carrera eclesiástica ya estaba ordenado de
Mayores, y tuve que solicitar las engorrosas dispensas. No me había sentido con
fuerzas para aceptar el yugo del celibato, pero por ese cabo, así lo creía yo,
al final de una serie de tristes experiencias, creía haber conquistado una
posición de fuerza. Pero esas experiencias no pudieron ser más bochornosas. Sin
embargo, el P. Dámaso me había hecho regresar al punto de partida. Nunca debía
de haber saltado el zarzo. Había obrado con precipitación. No me restituí al
conciliar de Segovia. Por el momento fui a París y -la de vueltas que da la
vida, que “es más voluble que el corazón de una hetaira”, como bien dice
Torbado en esta novela- quien me iba a decir que a los dos años me ordenaría de
presbítero en Londres. Fui destinado a una parroquia al Este de la metrópoli,
conocí a una de mis feligresas, y acabé casandome con ella, pero esta similitud
no hace al caso, a la hora de parangonar mi acción personal con el de los
personajes de esta ficción torbadiana. Toda obra de arte es la consumación de
una profecía. Las “Corrupciones”vienen a ser una visión sincrónica del mundo de
entonces. Todo ha dado la vuelta en poco más treinta años. Su libro es tan
sugerente porque encarna la forma de ver la vida de toda una generación. En lo
que a mí afecta, bien lo sé, los paralelismos son sólo periféricos, pero hubo
miles de españoles que el año 64 tenían veinte años y que pasaron por ese
trance. La crisis, más que política, era religiosa. Por boca del Barbas y del
ex fraile habla todo un coro de juventudes reacias. El catolicismo tal y
conforme había sido entendido o nos lo habían enseñado estaba cayendo en
barrena. Casi pasé como sobre ascuas por el París existencialista. Las cavas de
la margen izquierda del Sena me interesaron menos que las alturas del
Monmartre, que Chartres Notre Dame y Reims y, sobre todo, la catedral ortodoxa
de París, donde escuché el arrollo aquietador de la recitación de las preces,
donde mi alma feble quedó inmersa por el halago del oído con aquellas escalas
arcangélicas que sólo la liturgia de Bizancio supo conservar, quedó sumida para
siempre en la sublime belleza de la Sabiduría. Era Xpto entrando gradualmente
por la conjunción de las voces en los concentos del coro. Mi alma se derretía
en la suprema verdad. Francia era para mí Cluny, Lisieux, Chartes y la Catedral
de la Trinidad en uno de los barrios más elegantes parisinos. Mirando para la
mandorla mística de Reims, claustro materno del Pantocrátor, volví a nacer. Vi
que en el vientre de María flotaba la salvación, y desde entonces habitó el
Verbo entre nosotros. Al encarnarse en el útero de la Deípara el hijo de Dios
se hizo ciudadano del mundo. Sin embargo, toda esa carga experimental que
relato en otro libro no pertenece a este humilde reseña mía (cada libro escrito
proyecta otros mundos, incluye otra infinidad de tramas y de situaciones, y de
ahí ese carácter de epifanía reveladora que tienen todos los grandes trabajos
de inspiración) de esta novela iniciática, la cual refuerza mi criterio,
toscamente expresado, de que el Señor no abandona la tierra, aunque nosotros,
con nuestra impostura, y apostasías, intentemos arrojarlo del mundo. No puede
ser. Dios es la memoria. Nadie podrá borrar su rostro poliédrico, ese ojo de
Ra, que encara las tres vertientes trinitarias, el hoy, el ayer y siempre, ni
hacer deleátur de su nombre así como así. Los personajes de las “Corrupciones”
estaban en mi evocación, que es como una estación de radio, que capta las ondas
de la Gran Memoria divina. Todos entramos en esa rueda. Todos estamos
salpicados de sus reflejos. Recuerdo la teoría sobre la novela que expone al
respecto C.P. Snow, como sincronía, participación, comunión con un trecho
histórico. Las casi cuatrocientas páginas de este relato fluvial me han hecho
sentirme más yo mismo, no obstante ser imparangonables algunos entramados de la
peripecia que yo viví. A este flujo de movimiento igualitario, en sincronía con
el cosmos, lo denominaba la mística de oriente la redola de nivelación. El
círculo gira y no se acaba en sus evoluciones de rotación por la órbita solar.
Aterrizamos en París de antuvión, como bajados de una nube, eramos los hijos de
la noche los jóvenes de aquella generación que fumaba canutos, y, organizadas
las sentadas, se proclamaba partidaria de hacer el amor y no la guerra.
Llevábamos briznas de hierba en el pelo y flores psicodélicas en las orejas.
Esas rosas no han fenecido. Aun siguen esparciendo su aroma. Todo nuestra
acucia, tocar la guitarra y hacer la revolución. No eramos más que una
cuadrilla de soñadores laborantes de la Hora Undécima recién llegados a
vendimiar el majuelo borgoñón en sus mejores cepas. Y París era una fiesta, ¡Oh
dolor! Mas, es preciso insistir: las semejanzas con este friso de caracteres
dibujadas con mano experta por Torbado y que todavía andan en lizas vivitos y
coleando por las madrigueras del recuerdo (Susi, Anika, Demetria, el Barbas, el
Viejo, el Holandés, la portera y los mozos de cuerda de Les Halles) son pura
coincidencia. Nadie sabe nada sobre el hombre. Cada persona arrastra un mundo
tras sí. Sin embargo, son tan verosímiles y tan felizmente trasladados de la
realidad al papel que los lectores que vivieron aquellas experiencias
seguramente se habrán codeado con ellos en el metro o hayan hecho cola por la
lechuga y la escarola ante el puesto de una misma verdulera. Esta cualidad para
plasmar en universales lo que es particular, y la agilidad de abocetar
personajes de carne y hueso sobre una horma que muchos palparán y hasta
comprenden, es lo que define mejor al novelista puro. Al igual que ellos, me
emborraché de París, subí a Montparnase, escuché el canto de los mirlos en el
Bois de Boulogne o di de comer a las palomas reunidas en concilio a mis pies
mientras iba desgranando las migas de una “demi baguette” por Trocadero. Sentí
afluir un torrente de lágrimas que me supieron a miel nada más escuchar a los
acordeonistas callejeros. Aspiré las emanaciones olfativas de la ciudad. París
huele diferente, que Londres o Madrid. Cada metrópoli hace reserva de su propia
odóntica, porque es a través de sus olores que llegamos al corazón de una
ciudad. El vino y la cerveza no los caté. Era abstemio por entonces y considero
que mis relaciones con mujeres fueron esporádicas y banales. La Ciudad de la
Luz iluminó mi inteligencia con su foco de la razón pura. El amor me aguardaba
a orillas del Támesis. Cada uno seguimos nuestro propio sino. Paris es
demasiado lógico y silogístico para entregarse a las dilapidaciones viscerales
del amor. Recapitulemos por vía comparativa: si Berlín es la bolsa filosófica y
la caserna de Europa, y Paris, la cabeza racional, Londres es su corazón
afectivo. Los que llaman a Paris la ciudad del amor se equivocan; la verdadera
ciudad del amor es Londres, la cual desde que llegué a ella me subyugó. París
sólo me entusiasmó desde la dialéctica. Aún me pareció escuchar los ecos de las
polémicas de Pedro Abelardo en la Sorbona, Descartes me miraba desde su peluca
invasora. Toda Francia, como un gran monumento a la razón, es un país como
tirado a cordel, basado en la trigonometría. Estaba por venir la experiencia
traumática de mi vivir. En Inglaterra un corazón me aguardaba al otro lado del
Canal, y más allá de los lises teúrgicos de mi querida Lisieux. Si mi
concepción de la existencia es cartesiana, lo mejor de mi sentir pertenece a
Londres. Ella me estaba esperando en un jardín de Essex. El punto de fuga es la
búsqueda del eterno Femenino. A París habíamos salido en busca de las muchachas
en flor y de los escritores de la generación perdida (Proust, Dos Passos,
Hemingway, Henry Miller). El nombre de la “década prodigiosa” era algo más que
un grupo musical. Nosotros lo supimos. Se trataba de una aproximación diferente
a las cosas, otro método de interpretar el mundo. Los sueños por una vez
cobraron carta de naturaleza y se convirtieron en reales. Nos prosternamos a
las plantas de la utopía. Fue algo que no había conseguido nadie hasta
entonces. ¿Ardía París? ¿Era aquel estridor de gentes llegadas del otro lado
del mar que pasaban el asfalto reblandecido por los calores de agosto de la
Plaza de la Concordia nada más que una quimera, una ilusión óptica? Dejé de ir
a misa los domingos, pero rezaba el breviario todos los días. En el metro, en
los bancos de las Tullerías, deambulando por los parterres de los innumerables
jardines parisinos era para mí un orgullo silabear los salmos infinitos y las
antífonas de cada jornada. No se trataba de cubrir el expediente ni de cancelar
mi reato con la Iglesia, en virtud de mi compromiso con ella como subdiácono,
sino de religarme nuevamente con el ámbito de la Promesa. Este rezo me llenaba
de calma, aplacaba mis hambres, y era como respirar. Vine a encontrarme con
otro que estaba en circunstancias similares. Era Usategui, un ex jesuita que
había sido condiscípulo en Comillas. Ahora era un giróvago, una especie de
vagabundo, pero él también saldaba su compromiso y rezaba el reato del
breviario. Nos tropezamos por casualidad en los vestíbulos del n. 53 de la
famosa Rue de la Pompe. Yo no le reconocía, pero él se percató pronto de mí:
-Maximino, ¿qué haces aquí? -Supongo que lo mismo
que tú: buscar trabajo y un lugar donde tirar la boina. -La chapela querrás
decir.
-Llevo dos días durmiendo a la belle etoile abrigaño de
los evónimos de un bulevar. Se me ha acabado el dinero y no tengo alojamiento.
Musitó algunas palabras en vascuence. Me miró de hito en
hito. Lo primero que le llamó la atención fue el devocionario que estrujaba
contra el sobaco y un crucifijo, el de mi rosario, que colgaba del jaretón del
bolsillo del pantalón.
-Veo que no has olvidado las buenas costumbres. Eso está
bien.
-Sí. Anteanteayer, cuando se me acabaron los cuartos y me
echaron de la pensión, deambulé por las calles sin saber adónde ir. Fui a Saint
Sulpice, les expuse mi situación, pero un abate con cara de mala uva me dijo
que era un pecado de lesa majestad quedarse sin guita en una ciudad como ésta.
He rezado ya todo el hebdomadario de las siete ferias empezando por maitines y
terminando por completas. No tenía otra cosa que hacer y la plegaria parece que
me confortaba. El oficio de la Virgen (eran las vísperas de la Asunción) es
grandioso. Alguna ventaja por módica que parezca tiene que tener el saber
latín.
-Tú siempre con tus aventuras, ¡eh Maximino! ¿Pero has
comido?
-No.
-Vente conmigo.
Me invitó a café con leche en la Estación de
Austerlizt. Iñigo Usategui había dejado de ser aquel adolescente de piel
trigueña con el que compartí pupitre en tercero de Retórica en el seminario de
Comillas y se había convertido en un mocetón con boina como aquellos marineros
que pintó Zuloaga, pero sus ojillos seguían siendo risueños. Era el mejor
pelotari de los cuatro seminarios, el tirocinio incluido. Como buen vasco era
de corazón sencillo, aunque le salía una jactancia de no sé donde como un furia
contenida cuando hablaba de su país. A mí me tenía cierto respeto, porque yo,
aparentemente muy poquita cosa y un renacuajo castellano, le había ganado una
vez al frontón. No se le había olvidado. La hidra de Lerna del nacionalismo sin
concesiones, tajante, xenófobo, cargado de odio y de reivindicaciones al que le
escuece esta historia nuestra que siempre han tratado de imprimir en la Edad
Moderna los dómines de Oxford, señores tan petulantes como los Carr, los
Madariaga, un poso negro de anti España. Sus siete fauces, sus catorce ojos que
se iluminan como el fuego fatuo de campo de tumbas, candelas espectrales en las
hermosas noches de nuestros veranos repletos de vida cuando Castila huele a
polvo de verbena y a churros de la fiesta. Ellos han domado la bicha. Tendrán
que rendir cuentas por su felonía. A su grupo cabría unir a los del Vaticano.
Pero hay un enemigo interior, un topo implacable que horada y horada. Durante
siglos sólo hizo una cosa: destruir.
-Las dabas muy bien a machote, ¿eh?, pero a cesta punta
siempre te hacía mascar el polvo.
-Hombre, claro. En eso los vascos sois los mejores,
pero cuando hay que dejarse la mano en pelotas forradas de piel de gato, los
tíos de Palencia o de León somos más sufridos. Vosotros erais como más señoritos.
-¿Eso te parece?
-Me parecía entonces, cuando sólo había diferencias
regionales. Hoy lo que hay son nacionalismos y muchos deseos de venganza.
-No me seas facha, Maximino.
-¿Qué, lo dejaste?
-Sí. Tampoco me probaba. Estuve dos años de cura en una
iglesia de Derio. -¿Tendrías que pedir dispensa a Roma? -Como todos.
-¿Y ahora a qué te dedicas ?
-¿Cómo que a qué me dedico? Vaya pregunta. Toma. A luchar
por la independencia de mi país.
Ciertos eran los toros. La Eta, una palabra que zumba en
torno a los oídos de los españoles como un silbido de serpiente cascabel,
omnipresente en la actualidad española con su amenaza de secesión perenne, y
una lista negra de atentados, muertes, mutilaciones, se formó en los claustros
de los conventos. Sus primeros militantes fueron cucarros como mi amigo
Usategui el risitas. ¡Qué baldón para la Iglesia! Muchos de mis compañeros, los
pocos que se ordenaron, se tiraron al monte. Se unieron a la facción de los
guerrilleros en Colombia. Formaron tanda con Camilo Torres. Iñaqui Usategui
todavía rezaba el breviario por las noches. Le daba fuerzas para la lucha
revolucionaria. Seguía siendo tan buena persona como fanático en sus
convicciones políticas. Perdía los estribos cuando alguien le mentaba palabra
España o Franco. Nunca conseguí entender aquella exaltación animadversa de los
recios vascongados contra Castilla la gentil. ¡Pero si España es el país de la
cultura perfecta! Y, como en euskera no hay tacos, empleaban el español para
llamarnos hijos de putas, enanos, ogros sanguinarios. Yo asistí al parto de los
montes y vi mi patria destrozada. España se poblaba de piedras tumbales y de
lápidas funerarias donde yacían tricornios y se inscribían nombres de sufridos
guardias civiles, gente del pueblo, a los que la Eta mataba y el gobierno
organizaba funerales vergonzosos en el que había que sacar al muerto por la
puerta falsa. Ellos iban a consumar un proceso iniciado en la timba del 98.
España tendría que apurar el cáliz del dolor caminando por la senda de la vía
dolorosa, desde el tupé de Sagasta al “recorrido” de Anasagasti. A ese Sagasta
le arranco yo el tupe. A ese Anasagasti lo despeluzo para mostrar al mundo que
es calvo con todas las de la ley. Sabrá entonces el mundo quién estaba detrás
de los que pusieron la bomba del “Maine”. Arzallus es legatario de Maceo y los
dos tienen por padrino al mismo hermano americano.
-¿Qué os hacen esos servidores del orden público para que
les deis cobardes tiros por la espalda, Usategui? ¿Qué ofensa os han deparado?
-Personalmente, ninguna, pero son miembros de un ejército
de ocupación, enemigos de los gudaris.
-Te has olvidado de los diez mandamientos. Ya sabes:
el Quinto...Además, no es decente que manos consagradas se manchen de sangre.
Se encogió de hombros y me echó una mirada de través.
-Alguna vez resulta lícito matar al tirano y hacer la
guerra justa. Lo dijo el P. Suárez.
-Esos son mohatras que os habéis inventado los
jesuitas. ¿Sabes? Ignacio de Loyola, tu tocayo, era un vasco típico. Sois un
pueblo violento, algo presuntuoso. Nunca se os ve venir. Y una panda de
borrachos y de reprimidos sexuales. Todas esas prendas se dan en el fundador de
la Compañía de Jesús, pero acaso vuestro pecado mayor sea la soberbia. Os
creéis más guapos, más listos, más altos que los demás, pero llega un tío de
Segovia y os pega una paliza a la pelota y entonces pedís árnica. Eta estaba
gestándose aquel verano del 64 en un piso de la orilla izquierda, donde (no sé
ni cuándo ni cómo pero la fuerza del destino me ha conducido a ser testigo de
hechos fundamentales) yo pasé una noche, presencié un aquelarre increíble y me
dieron de cenar. Devoré lo que me pusieron mis dadivosos anfitriones, pues me
hallaba gandido y con hambre de varias semanas, su hatería estaba bien repleta,
puesto que pagaba el partido. El cucarro y sus camaradas habitaban una “pent
house” o sobradillo de la Rive Gauche. El techo inclinado que se proyectaba
sobre una linterna con vista a la Isla de la Cité y una espléndida panorámica
de Sena, se hallaba cubierto de carteles con la imagen barbuda y mesiánica de
Ernesto Che Guevara. En el tocadiscos la música de Brassens se alternaba con la
de los Beatles. Por todas partes, ikurriñas. Era la primera vez que yo me
topaba con aquel distintivo y creía que era la Unión Jack, o la de alguna
bandera británica, menudos berrinches me había cogido yo con lo de Gibraltar
español, hete aquí que había otro Peñón al norte y yo sin enterarme, Sabino
Arana no tenéis mucha imaginación, que digamos, claro que fueron los británicos
sus testaferros. Detrás de las guerras carlistas estuvo siempre el dinero
judío. Vertimos demasiada sangre, pero vosotros erre que erre con vuestras
ikurriñas y carteles horizontales. Presos fuera, escuché gritar a las
pancartas. Era una algarabía semejante a la confusión de babel y escuché,
sintonizando con el futuro a través de un canal que radiaba sólo profecías, la
vista alborotada de la causa del Proceso de Burgos, con sus encartados que
hablaban en vasco para confusión de los magistrados y blasfemaban en español.
Hizo mucho frío aquel invierno del 70 y yo me vi con mis maletas en la estación
del norte. Había venido a pasar la navidad desde Londres. Hijo, no hagas caso.
Aquí cada quisque va a lo suyo. Se me cayeron las plumas del sombrajo ante la
recomendación de mi madre y fui consciente de mi rechazo. He sido un
dilapidador de oportunidades, pero, cuando caí del burro, era demasiado tarde.
Reparé en mi condición de odioso. Todo mi proyecto biológico no podría ser.
Aquello a lo que había amado tanto sencillamente no existía y sentí por primera
vez el odio y el desprecio fantasmal de la que me había dado el ser. Pero había
que echar balones fuera, buscar chivos expiatorios. ¡Maldito Disraeli! Padre
del Estado Moderno, un Billy Gates de las relaciones internacionales. En toda Europa
el nivel de los conflictos no tocaría techo, y al pensar en lo que aconteció en
aquel gélido mes de diciembre de 1970 no siento más que rabia. Faltaban sólo
seis meses para que tú vinieses al mundo, amada Helen, pero ellos siempre están
al norte y al sur, al este y al oeste. Tanta bandera inglesa trufada de
colorines empezaba a desasosegarme, pero tú no sufras. Ya verás cómo
volatilizaremos tu país. Después de los cucarros vendrán los mamporreros de las
ondas y ya se acabará España. Oye, y todos millonarios. Se conoce que el
servicio de desguace y acarreo de las antiguas grandezas patrias servirá para
que unos cuantos listillos se forren. Ahí tenéis al Hermida, verbigracia, jefe
del cotarro, con su batuta mágica y su cadeneta, derecho de pernada informativa,
todo un rey de reyes, vasallo de los apátridas, con su agrio gesto risueño de
mofa, petulante y cruel. Recuerdo sus cabreos en la Onu cuando Félix Ortega y
yo nos marcábamos un “scoop” y le pisábamos alguna noticia, pero nuestra
bitadura era un tanto desmañada, la quilla en el bajío, estábamos tocando
fondo, encallaba el buque, y luego acontecería el naufragio. Le llamaban de
Madrid a las tantas de la madrugada y él tenía que levantarse de la cama,
echarse el abrigo de pieles a las costillas y presentarse en la oficina y
examinar el boletín de comunicados de la Casa blanca o del Pentágono. Eso le
sentaba como un tiro. Un chulo como él era incapaz de aguantar niñerías. Que le
hablasen de Cirilo Rodríguez también le sacaba de sus casillas. Y como se dio
cuenta de que en este país nunca llegarás a nada si no judaízas, fichó por
Antena Cónica. A río revuelto ganancia de pescadores. Muera la cruz y vengan
los vértices y los triángulos del asenso. Consensos y disensos. Han polucionado
nuestra hermosa fabla de palabras feas. Un americano de origen judío pagaba el
alquiler donde doce tíos vivían a cuerpo de rey. Entre ellos sólo había una
mujer: Itziar. Todos la llamaban “Amatchu”. Era una morena de rostro
alargado(dicen que los vascos proviene del norte de África, son iberos puros,
su perímetro craneal les diferencia del resto de los mortales, y hay quienes
les relacionan con la Tribu Perdida), la nariz recta, el perfil aguileño,
típico espécimen de la raza euscalduna. Sus andares eran desenvueltos. Había en
todo su continente una cierta dureza de hembra pura y atávica que recordaba la
postura incansable y venatoria de Diana. Sólo le faltaba la trompa para ser
proclamada Cazadora de los Bosques. Era la matriarca del grupo.
-Muy guapa Itziar, ¿eh?
-Ya lo creo. Sin embargo, creo que prefiero el
marmitako que me acabo de meter entre pecho y espalda, cocinado por ella.
-Es nuestra despensera y madre- clamó el cucarro.
-La fuerza que nos sustenta en la lucha- terció otro de
los de la cuadrilla.
-Nuestra Amaya, que arrastra su manto de estrellas,
la que lleva el cetro, virgen coronada de deseos, que viaja en un carro tirado
por una cuadriga de cien leones domados en reata- soltó un carilleno de muy
angostas espaldas e insinuación de un ridículo belfo.
Era, pese a sus gestos femeniles y eunucoides, uno de los
epígonos de la lucha anti españolista. Este furor asesino ya entonces dominaba
su neutra fisonomía. Sus anchas caderas hacían que su figura se pareciese a la
de un huso. Sobre las paredes colgaban banderas españolas manchadas de sangre o
hechas girones. Esto supuestamente enardecía a los presentes. Y en un armario
se ocultaba la munición del goma dos; debajo de la cama yacía un armero de
pistolas Parabellum. Había posado mis plantas en la rama del nido del cuco.
Todo un arsenal con su parafernalia. Marañón, que tanto se fijaba en estas
cosas, porque la envoltura dilucida a la prosapia y la cara es espejo del alma
nos lo hubiera descrito como un hermafrodita típico. Apuesto a que si lo
hubiésemos desnudado se hubiera descubierto el pastel: resultaría que el vello
púbico no apuntaría hacia arriba en forma de tresnal o isósceles sino que sería
un equilátero truncado su monte de venus, como de mujer. Eso no quita para que
aquel individuo se convirtiera en uno de los asesinos en serie más buscados por
las fuerzas de seguridad, autor de la matanza de Vallecas. Entonces, uno de los
del grupo, acercándose a la moza matriarca representante de las virtudes de la
raza, la cogió por detrás y, aferrado a su basquiña, le pidió le diera de
mamar. Ante mi estupefacción, pues los demás no dieron importancia al suceso,
habitual en aquellas tenidas esotéricas, donde era muy importante una mitología
y el folklore cargado de símbolos, se desabotonó el corsé, y, desabotonada la almilla,
extrajo una de sus ubérrimas mamas, colocó al grandullón en su regazo, y todos
pudimos presenciar la escena. Estaban amamantando al pelotari. Es que estos
vascos son la leche, Ibarreche. Amachu parecía una virgen medieval dando de
comer a un S. Cristóbal ya talludo. Tenía un pezón de color entre sonrosado y
canela. Nunca hubiera visto yo ubres tan poderosas. El rorro tiraba de la
aréola, cerraba los ojillos con laxitud sensual y suculencia. “He sucked in a
bliss”, lo digo en inglés. Estaba en el séptimo cielo. Se lo estaba pasando
bien. La ubre de la teta de la vascongada región tiene un pezón muy largo, es
como el brazo del k.g.b.
-¡Buenas escas las de Illescas!
- No me pude contener
- Éste vuelve al rollo de la inmensa teta. Le da de comer
la patria. Gandul, no te da vergüenza, deja un poco para merendar.
Precisamente el día que yo llegué a París se celebraba el
Día del Soldado Vasco. Todos los presentes hicieron corro a la lactante.
Apagaron el tocadiscos y en su lugar empezaron a sonar las notas de un zorcico,
cuya entonación recordaba a la de los corridos mejicanos. Las estrofas saltaban
de un lado a otro simulando la carrera de un corzo que desciende desbocado por
las montañas con el viento silbándole en las orejas.
-Pero ¿qué hacen esos gordos?
-Cantar epitalamios. Es costumbre. Luego se
desnudaron todos, pusieron a la moza en pelota, la quitaron al “niño”, el cual,
ahíto, empezó pronto a roncar su borrachera en una cuna de cristal que parecía
una enorme urna funeraria. La escena que presencié a continuación no la
olvidaré en lo que aliente en mi un soplo de vida, todos aquellos doce
apóstoles en porreta viva, empalmados, excepción hecha del amorfo que no montó
y éste no podía puesto que tenía sus genitales enterrados en una viscosa masa
de grasa (Marañón tenía más razón que un santo al detallar la prosopografía del
impotente, que lleva los estigmas eunucoides de su glande atrofiados en el
cuerpo grande y destartalado, del mismo modo que al estreñido se le nota por
una marca en la frente, los cojones se llevan pegados al culo como mandan los
cánones de la garañuela reproductiva) y que era el Judas de aquel cenáculo de
superdotados sátiros y la fueron poseyendo una a una. Fue la primera cama
redonda que presencié en mi vida, un espectáculo de desazones pero cargado de
símbolos cuyo mero recuerdo me conturba- siempre pensando en lo mismo, Dios
mío- que sobrepuja a lo que pueda fraguar la imaginación de los ganadores del
premio “La sonrisa vertical” y a los guionistas del mejor porno. El sexo allí
tenía algo de magia y muchos de los que participaba en aquella tenida
orgiástica el sexo en grupo y descargando a escote se declaraban epígonos de
Henry Miller cuyas novelas se estaban introduciendo en España por la puerta de
Vascongadas. Se impartían conferencias sobre su obra en el seminario de Vitoria
que era el más nutrido del país en cuanto a vocaciones sacerdotales se refiere.
En cierta manera, el pornógrafo californiano consiguió que su “Trópico de
Cáncer” sustituyera al Kempis, que muchos se resintiesen de desencanto,
colgaran la sotana a punto de cambiar el cilicio por la metralleta. Eta nació
en un seminario, sí. Fue la respuesta trabucaire a una mala educación
sentimental y una soberbia característica del racismo solapado, de la soberbia
loyolea, ese pensar somos los mejores y a nosotros no nos gana nadie. Se las
dieron luego todas en un carrillo. Los conspiradores, más que darse al
desenfreno de la cópula, estaban invocando a sus dioses tutelares. Fueron
despojando con voluptuosidad como en los burlescos episodios de striptease que
luego presenciaríamos en Londres de cada una de sus sayas, los refajos, las
enaguas de la gorda Ama a la que venía un diablo en guisa de padre de la
Compañía calado el bonete hasta las cejas y daba su bendición por detrás
exclamando interjecciones en su lengua de consonantes aglutinatadas. -Esto
parece el último tango en París. Dejó al descubierto sus carnes prietas y unos
muslos de aldeana. La fueron poseyendo por turno. -¿Eh qué hacéis? ¿Violar a la
madre patria? Ni puto caso. Cayeron en saco roto mis advertencias y
exhortaciones a la morigeración y a la continencia. Había mamado de la ubre de
la terruño várdulo aquellos benditos gudaris, de la que dicen ser fuente que
mana, oh portento, chacolí del que calienta y da fuego, sin emborrachar.
Usategui me invitó a participar, pero yo decliné la oferta, más que por virtud
por temor a coger “algo”. Me habían hablado de que cuando se practica el sexo
en grupo luego vienen las purgaciones. Ellos, adictos a un contubernio cuyo
alcance y consecuencias ignoraban, se emperraban en convertirse en el
instrumento de una agonía lenta, la muerte de un pueblo, iniciada con la
voladura de un destructor surto en la bahía del puerto habanero. Nuestra aula
mater, para ironía del destino, desplegaba sobre campo de gules el triunfo de
la iglesia y el destronamiento de la sinagoga. Los hechos se producirían, en el
correr imparable de los acontecimientos, justo al revés: la exaltación de los
enemigos de la cruz y el destierro, la opresión, la caída en desgracia y la
humillación de aquellos que soñaban en una tierra repleta de Evangelio. -Mirad
que vais a sufrir mucho. Vuestras mujeres os traicionarán, seréis víctimas de
los hijos que engendrasteis, vuestras madres os negarán y vuestra existencia se
tornará en hiel. Disraeli, el mentor de Marx y que sin embargo pondrá en órbita
al gran capitalismo, será el profeta de todo lo inicuo. Sus promesas de
liberación traerán a la tierra esclavitud, y muchas lágrimas. Os pasarán la
pluma por el pico, pero habréis de seguir firmes en la fe, cuando la caridad se
entibie. Ellos estaban a lo suyo. Usategui, que fue el postrero en entrar, era
el que la tenía más larga, puesto que no en vano era un cura. También perdió el
pudor y se guardó del recato de las miradas. ¿Es eso lo que tenéis por
costumbres? ¿Son éstas las señas de identidad de la pureza racial vasca? -Somos
un pueblo unido - exclamó Usategui al terminar. -Ni que lo dudes. Todo lo
compartís, pero esto no lo hacen ya ni los salvajes. -Nuestra estirpe se
fortalecerá. Sonó el grito de ataratxu y todos se levantaron e iniciaron los
pasaos de la danza prima. Los zorcicos se alternaban con el tripudio pagano,
los cantos ancestrales a las divinidades del lugar y otras mitologías vascas.
Yo empecé a sentir nauseas y huí de aquel lugar y pensé que alaveses y,
vizcaínos tenían una rara manera de celebrar el Día de la Raza. Anduve
deambulando sobrecogido por las calles de aquella urbe extraña. Me parecía que
el mundo había perdido la inocencia y que todos eramos culpables. Recordé mis
tiempos de Comillas donde conocí a Usategui que pertenecía a mí mismo grupo de
las congregaciones marianas. Todas las noches en el examen - aquello no tenía a
la sazón ninguna gracia- se impartía una consigna para la guarda de los sentidos
y solíamos repetirnos la máxima al pasar en la fila la jaculatoria que nos
había mandado copiar el director espiritual: “antes morir que pecar” y ahora,
al cabo de los años, mi antiguo amigo congregante, que había ahorcado la
sotana, me llevó a ver aquella orgía desenfrenado. Definitivamente, el mundo
estaba cambiando. Aquel mal sabor de boca era el primer eructo de corrupción.
Empezaron también en París mis corrupciones. La vida da más vueltas que el
corazón de una furcia. A este desengaño, ese gran fracaso de mis ilusiones
derrocadas, achaco yo el solipsismo melancólico que me caracteriza. La
salacidad de la virgen vasca abierta de piernas sobre el diván y el ondear de
aquella ikurriña, una mala copia de la Uniona Jack, así como los sermones del
P. Arzalluz, o la cara de sapo de políticos tan viscosos como Pujol o
Anasagastegui que oculta la calva con un recorrido que a mí me recuerda el
insolente tupé de Sagasta, me pusieron en antecedente de todo lo que habría de
venir más tarde. Nunca he llegado a comprender ese odio visceral hacia la
palabra España. Es un rencor cainita desMaximinomado desde Londres, la venganza
de Disraeli enfurecido contra el proyecto de unidad conseguido por los Reyes
Católicos. Es un odio demoniaco que nunca nos dejará vivir. España es un país
marcado. Acaso debido a esta impostura, dejará de existir. Nunca conseguí
entender aquella animadversión exaltada y cerril de lo vasco hacia lo español.
Es como un renegar de sí mismo, un insólito aborrecimiento que a muchos nos
sobrecoge desde pequeñito, y yo he padecido ese aborrecimiento materno en mis
carnes. No tuve madre en la tierra. Sólo ha velado mis sueños la Madre del
cielo. Por eso me pareció una terrible profanación de lo más sagrado la
pantomima sacrílega que presencié en un piso de azotea orilla del Sena.
Usategui era bueno y servicial, pero, cuando le hablaban del árbol de Guernica,
se ponía a llorar de rabia y empezaba a despotricar en la jerga de Cervantes
contra Franco exhibiendo un léxico selectivo de procaces blasfemias (no hay
tacos en aquella lengua por lo visto) reservados a Su Excelencia el
Generalísimo. Le llamaba de todo: picha corta, enano, “ogro sanguinario del
Pardo”. -¿Por qué despotricas de esa manera, cucarro? Tales palabras suenan mal
en uno que va a ser cura, por todo lo vasco que seas tú. El de Baracaldo perdía
los estribos.
- Cago en su madre. Si tú le defiendes te voy a matar.
Me miraba torvo y encandecido. Recuerdo cierta
conversación que tuvimos en el Stella Maris, aquella bella plataforma frente al
Cantábrico donde se fraguaron nuestros sueños, presidida por una estatua blanca
de María sobre el vértice del hastial imponente, de albardilla, una atalaya
frente al océano. Aquello marcó carácter. El culto a la Virgen fue para
nosotros un octavo sacramento. Cuando visito aquel lugar al cabo de los años me
rodea el sentimiento de tumba vacía. Sin embargo, la imagen, mascarón de proa
de un galeón invisible tripulado por los ángeles, sigue encaramada en su puesto
protegiendo con sus brazos rozagantes la panorámica que domina un abrupto
acantilado. Las gaviotas le cantan la salve, ausentes para siempre sus
seminaristas. Es como si el maligno entrando a saco con aquel palacio como
entre sueños en lo alto de una colina hubiera desperdigado sus fantasmas. Ya
los claustros quedaron en silencio, pero nos llega el eco de los primeros
fervores marianos, que sellaron el despertar de mi adolescencia. Antonio López,
aquel aventurero que lo mandó edificar, tan pecador y devoto como nosotros, y
que fraguó su fortuna en las guerras de Cuba, quedó arruinado con la
construcción de aquella obra faraónica y ni siquiera llegó a santo, puesto que
no ha progresado la causa de su beatificación. Usategui fue el primer compañero
con el que me encontré nada más subir la Cardosa y me llevó como nuevo por
todas las dependencias del caserón para mostrarme el sitio donde habría de
vivir desde septiembre de 1959 hasta julio de 1960. Me presentó al P. Mayor
aquel gran helenista. Se arraciman en la memoria una escala de recuerdos
mixtos: la llegada una madrugada de lluvia; aquel maestrillo gallego, buen
samaritano que nos ayudó a trasladar los baúles; el encuentro con el
catedrático de griego al que ya he aludido; la primera impresión que me produjo
la visión del mar como un inmenso estanque de plomo derretido que henchía sin
confines la raya del horizonte; los puntos que nos daba por la noche aquel
jesuita; el constante ajetreo de gente joven por los pasillos. El cuarto del P.
Teófanes que olía siempre a café- café. El miedo al infierno que tuve la tarde
en que llegamos. No habíamos aterrizado todavía y ya empezaron los ejercicios
espirituales ignacianos. Creo que tengo atragantado a aquel santo desde
entonces. Los baños en la playa de Oyambre. Un criado gallego que nos servía la
leche aguada de los desayunos. Los vascos, galaicos y astures, tenían visita
más a menudo que el resto, pues sus pueblos quedaban menos a trasmano y,
además, eran todos ellos gentes de posibles. No había que pasar los puertos ni
franquear la cadena de montañas. Una partida de seminaristas de Compostela, la
más nutrida y numerosas entre los que se encontraba un tal Lois, un gallego de
mofletes sonrosados que sólo se jactaba de una cosa: ser hijo de canónigo.
Siempre estaba hablando con uno al que le llamábamos La Vieja. De vez en cuando
venía a visitar a los compostelanos un joven sacerdote recién ordenado en
Munich. Se llamaba Rouco Varela y habría de escalar tiempo adelante puestos muy
delanteros en la jerarquía. Hoy es el cardenal de Madrid. El año que pasé en
aquel pueblo de suaves lomas inclinadas y playas abiertas de dunas traicioneras
fue un año difícil en pleno despertar de la adolescencia. No conseguí adaptarme
a aquel ambiente clasista. El P. Larramendi me puso en el pelotón de los torpes
y me dijo que lo mejor sería que me volviese a mi seminario. De aquella
humillación nacería mi primera disposición escribir, porque empecé a llevar un
diario y a componer poemas como un descosido. Emborronar cuadernos o disparar
conceptos sobre la maquina mecanógrafa, que suena igual que el tableteo de una
ametralladora, ha sido el eterno desahogo. Cifra y compendio del derecho al
pataleo que siente todo español vivo. Esa acción terapéutica y purificadora de
las bellas letras y de las balas es la que más vale. A partir de entonces masqué
el polvo de la derrota y sé de veras lo que significa sentirse un marginado,
pero ahora mismo encuentro justificada mi rebelión. La tarde en que les gané a
los vascos al frontón la consideré un momento de desquite. Tampoco se me han
olvidado las bellas y calurosas tardes con viento terral en que el grupo de los
suspensos bajábamos a bañarnos a Oyambre, aquella playa de aguas blancas y de
arenas movedizas, con las corrientes encontradas de la ría, a cuyas aguas se
asomaban los nueve pueblos y nueve valles, y del mar. Todos los años perecía
ahogado más de un alumno. Se agolpan en el cajón de los recuerdos nombres,
ventanas y tránsitos, y las notas de un piano que suena al fondo se entreveran
con el perfil de algunos rostros ya borrosos. Los parterres de la fachada
principal tenían rosas todo el año. Se escuchaban de ve en cuando mientras
traducíamos a Homero el trajinar del Hermano Prudencio, el jardinero con sus
tijeras de podar afanandose sobre los aliños y macetas que tanto embellecían la
fachada orientada a Mediodía. En el Norte no helaba como en mi ciudad, pero las
navidades de hace cuarenta años y lo digo porque escribo estas referencias la
noche de San Silvestre del 99, cuando dentro de una hora enterraremos el Siglo
Incomparable, que es como se debiera llamar al siglo viejo,-y ¿qué nos deparará
el nuevo, madre?- fueron tristes. En portería se quedaron con un poco turrón y
unos chorizos que me mandaron mis padres. Don Amable, el cura de Ruiloba, viejo
moreno y carilleno, pero sin una sola cana, que venía a confesar a los del
seminario menor, jadeaba al subir la cuesta de la Cardosa en las tardes de
lluvia y en las mañanas con viento sur, que en esta región santanderina es un
terral mortífero. El P. Nieto estaba casi amarillo; daba un poco de miedo al acercarse
a él. Tenía la cabeza deforma y un rostro monstruoso sobre una panza muy
abultada, signo fatídico de la cirrosis que lo habría de llevar a la tumba,
pero decían que era un santo y que algún día subiría a los altares. Por el
verano los domingos había baile en el pueblo y el sonido que retumbaba alacre
por todo el valle subía hasta nosotros durante el estudio. Era un canto de
sirenas y alguno no lo pudo resistir. Por culpa de aquella orquesta se perdió
más de una vocación, pero de eso ha quedado ya constancia en una maravillosa
novela “Sin camino” que escribió Castillo Puche. Allí ese ambiente cerrado de
isla alejada que resultaba asfixiante. Se atacaba en ese libro a la educación
elitista que se impartía en aquel recinto, pero los jesuitas, que no son tontos,
compraron al impresor toda la edición. El novelista murciano veía venir la gran
desbandada y el cambio que se avecinaba. Cuando la mayor parte de los españoles
se mostraban germanófilos, con un olfato muy fino algunos de los profesores y
maestrillos de la Pontificia se declaraban aliadófilos sin remilgos. Comillas
tenía un alma doble y la tempestad soplaba sobre los corazones en calma a
primera vista, pero esa beatitud no era más que aparencial. Para mí no fue
exactamente un paraíso. Sin embargo, el verde de aquellos paisajes me tiraba.
Dejó secuela en mí. Los prados de las Asturias de Santillana eran un barrunto
de los de las Asturias de Oviedo donde habría de vivir lo mejor de la vida y
pasar los días más felices de mi existencia si es que ha habido alguno. Hacia
ellos, sin yo darme cuenta, me estaba arrastrando mi destino.
-A Oreanda irás.
-¿Dónde está Oreanda ?
-Un sitio entre laureles que miran al mar cabe la mar.
-Señor, ¿me resarcirás?
-Yo seré tu pavés. Entre tanto, aguanta.
Así estaba escrito. La divina misericordia, sin que mis
ojos lo detectaran estaba trabajando por de dentro y me preparaba un sitio
junto al mar al abrigo de las montañas donde se sellaba un pacto de vida, una
querencia incoercible. En aquel lugar yo era, sin embargo, un ser extraño. Es
duro a los quince años sentirse un rezagado, un fracasado. Fue el dictamen de
Larramendi que pesa sobre mí. A partir de ahí me han estado echando de todas
partes. No me considero, en cambio, un paria ante “in conspectu Dei”. El éxito
y el fracaso en el ámbito de lo temporal y lo metafísico no son conceptos
relacionados. No entendía la Física que daba el P. Cabezas. Las matemáticas
resultaban un suplicio y en Griego y en Latín, que yo suponía mis fuertes el P.
Larramendi, que empezó a mostrarme ojeriza desde el principio, se ensañaba
llamandome calamidad delante de toda la casa. El P. Martino nos hartaba de
Machado y de García Lorca y de Alberti que fueron los poetas más leídos del
franquismo. En prosa la monserga cotidiana eran Azorín, y venga Ortega y
Unamuno. Siempre más de lo mismo. ¿Quién dijo que toda esta gente estuvo
postergada? Desde entonces tengo también atragantados a esos autores, pero una
vez en la clase de composición del P. Penagos, saqué notable por una descripción
que hice del valle de Ruiloba. Se me quedó grabada una visita que hicimos al
monasterio de Vía Coeli, uno de los siete que guardaban la entrada al Revulgo
de Santillana, a la vera misma del mar, fundado por Diego Velarde, “el que la
sierpe mató y con la infanta casó”. Aquella visita sería iniciática, pues
empecé a sentir algo muy especial por la liturgia cisterciense, y esa atracción
se vino a consolidar a lo largo de mi vida. Estuve allí no más de una hora,
pero el recuerdo de aquel lugar de paz bañado por las olas isócronas del
cántabro mar recogiendo en cada marea el canto de la Salve y la santidad de los
mártires (al P. Heredia lo defenestraron el tres de diciembre 1936, era el
prior). El abad y todos los monjes habían sido pasados por las armas en los
aciagos enfrentamientos de las dos Españas. En Comillas tuve el mayor fracaso
pero allí empecé lo que habría de significar la Virgen a lo largo de mis pobres
días de escritor y periodista contra las cuerdas. Allí empezó el camino de la
gran rebelión y de mis frustraciones, pero, ya digo, la Madre de Dios estuvo al
quite. Ella pararía los golpes que desde muy niño empezó a lanzarme la Bestia.
Encontré en su manto iluminado de estrellas mi pavés. Esta mujer tan excelsa es
el único argumento que encontraréis en mi pobre existencia novelesca, plena de
altibajos y de contradicciones. Tenía dos nombres: uno celeste y otro
terrestre, Sofía y María. Sólo hallaría yo solaz en su dulce mirar. ¡Pobre de
mí! Usategui, el amigo fiel de aquellos instantes de incomprensión, se había
convertido en un vulgar activista político que no escatimaría medios, incluso
el asesinato, a la hora de alcanzar sus designios. Apuntaba alto la flecha,
pero el carcaj le estalló sobre el pecho como a los capitanes arañas de la
revolucionaria incumbencia, ya de camino, que él indoctrinara, les sería
deparada la muerte con la carga de dinamita manipulada. Murió a pies de obra.
Muchos honrarán su heroida de memoria, le recitarán versos, pero para mí nunca
dejó de ser un cretino. Se unió a la guerrilla urbana, fue detenido y
condenado, según conseguí saber después de nuestro accidentado encuentro en
París. Por tener ordenes sagradas se libró de la máxima pena y en un par de
ocasiones viajé a visitarle a la cárcel de Zamora. Aun seguía rezando el reato
del breviario cada día. Se consideraba el rubiales risueño, que yo conocí, con
unas cuantas arrugas de más en el rostro. Prorrumpía en dicterios y apóstrofes
no catalogables cuando se le mentaba el nombre de Francisco Franco. Él, que era
tan fervoroso y tan místico. El fin justifica los medios. Parece ser que san
Ignacio adoptó esa dialéctica después de leer Maquiavelo. La vida gira y pega
tumbos. Sólo la palabra etarra me hace temblar porque viene asociada a la
noción de titulares de luto en los periódicos y una constante desazón de odio
que acabará por rompernos por dentro como país. Los asesinos adquirirían un
protagonismo de hecho consumado. Las manidas frases, los sólitos argumentos. La
verdad es que la vida moderna se ha convertido en un aburrimiento. La hidra del
noventa y ocho que esgrime sus siete cabezas amenazantes contra nosotros.
¿Dónde estás, Diego Velarde? ¿Fuiste tú, en verdad, el que la sierpe descabezó?
Retumban nombres como cañonazos a todas horas: proceso de Burgos, Lasa y
Zabala, Martutene, impuesto revolucionario, Arzallus, “peneuves”, “penenes” y
peleles. Ya son años escuchando las mismas querencias en la galería triste de
la actualidad. El áspid inocula su veneno mientras constriñe su bufanda
mortífera enroscada a nuestros cuellos. España se acabó. La grotesca escena de
la violación múltiple de aquella muchacha, símbolo de la patria vasca, en una
buhardilla parisiense me hizo entender muchas cosas que hasta entonces no
comprendía. Había fracasado la educación sentimental de toda mi generación.
Josemari Amilibia en otro gran libro “Los Héroes de Barro” - es otra tremenda
novela al que se ha ignorado a propósito pero que resulta apodíctica para
comprender a la generación del 68- suscribe de forma inapelable ese juicio.
Todos estas memorias comillenses me vinieron de golpe cuando me eché a la cara
a mi amigo vasco en París. Cada uno había seguido rutas distintas, pero
continuábamos rezando el breviario y recordando los emocionantes himnos que
entonábamos en la explanada del Stella Maris el 31 de mayo. Te gané por siete
de diferencia y aquella partida fue un punto de referencia para mi ahínco.
Larramendi me fulminaba de anatemas. Vuelvéte a Segovia, no eres de los
nuestros, eres un desastre, pero yo había dado una buena tunda a uno de los cestistas
vascos favoritos; con todo, aquella tenacidad no era más que el furor del
vencido. Si me hubieses levantado la mano, bien sabes que yo no me iba hacer de
pencas. De chico, cachis diez, a dos matones de Cantalejo, que también tiene lo
suyo de jacarandosos, y, aunque son vacceos, se traen un aire a vosotros en lo
de fanfarronear, los metí en un puño, pero Stella Maris, poblado de cantos
entonces, ¿ por qué ahora te has convertido en un desierto? Claro, los cambios
de rumbo de la Nave de Pedro, se me dirá, hay en todo este abandono y ese
silencio de caserón vencido un pecado antiguo que nos ocultaban. Casi ya da lo
mismo. Ni me quedan rencor ni nostalgia. Es un drama la vida de los pueblos y
en menor escala la de los individuos y la vida da más vuelta que el afecto de
una mujer aunque no sea puta. Sólo ella, la que alza sus plantas como un ángel
blanco sobre la fachada del transepto nos sigue queriendo. Nos comprende y
hasta nos cura con su mirada. Yo siento sus rayos de vida sobre mi pecho,
Usategui. Lo demás todo es filfa. Poca importancia tiene que tú te hayas hecho
de Arzallus. Aquella devoción que juntos aprendimos está por encima de las
creencias políticas, los rasgos de la personalidad. Tanto monta, monta tanto en
que vosotros bajaseis al frontón con pelotas que botaban bien, traídas
expresamente de los EEUU o de Francia, y yo me presentara al torneo con una
forrada de piel de gato que me había regalado un paisano de Peñafiel. ¿Quién ha
sembrado el odio? ¿Tanta discriminación a qué ton? Las majaderías de Sabino
Arana llenaron de vientos tu cabeza, pero tú sabes que uno a uno, hombre a
hombre, nunca por la espalda, no nos ganáis. Me acuerdo de la vez que
discutiste con Pipe Hevia, el sobrino del obispo de Oviedo por la misma
banalidad. Él empeñado que no hay verde como el de Pravia, donde él había
registrado hasta treinta y seis matices, y no me extraña de ese color, y tú
decías que había muchos más en Vizcaya. No tenéis ojos más que para lo vuestro
y así no hay forma. La única música, la del chistu. El mejor guiso, el
marmitako. Los mejores pescadores, los de Bermeo, y ahí te doy toda la razón,
pero no te olvides que no son peores los de Huelva o los gallegos. La mejor
bebida, el pacharán. Los mejores poetas, los versolaris. Los mejores cantantes,
los copleros del zorcico. Ese antagonismo sólo nos va a llevar al desastre.
Acabaremos todos hablando no en vasco sino en spanglish y bebiendo coca cola a
todo meter. No digo yo que el mejor campo de futbol sea el de San Mamés, pues
ya desde entonces yo era del Atlético de Bilbao, y nunca he visto mejor puente
colgante que el de Portugalete, de donde era Arriaga, pero era una impostura
querer parcelar la historia de España en banderías. Los que aspiraban a una
hornacina y sentar plaza de San Luis Gonzaga luego se desquiciaron. El diablo
ganaría la partida, pero no nos fuimos con Satanás. Es que con nuestra postura
rebelde queríamos enseñar al mundo el verdadero rostro de Cristo. Salimos de
estampida y en cierta forma arrollábamos a un mundo desconocido y que tampoco
hizo demasiado esfuerzo por conocernos, y menos entendernos. Todo nos lo
tuvimos que ganar a pulso y el proceso de adaptación, porque andábamos sin las
ideas claras y no sabíamos distinguir la realidad de la ficción, que era lo que
nos enseñaron, lo temporal de lo espiritual. Esa paranoia condujo a algunos de
nosotros a la catástrofe. Por ejemplo, en la frase que pronuncia el dominico
exclaustrado y transplantado nada menos que a Estocolmo donde nace de nuevo a
la vida, porque allá conoce al amor, “ Anika, yo te maté”, cuando se entera del
fallecimiento de su novia sueca, es un grito de dolor del niño que se enfrenta
ante el juguete destripado. Los experimentos con gaseosa. Pero a nosotros nadie
nos introdujo en el consumo de esta bebida efervescente. Nos empezamos a
emborrachar con vino peleón o con aguardiente de garrafón. Fue demasiado brusco
entre el ideal y lo real. Recibimos una rutinaria educación basada en lo
superficial. Nos soltaron de repente y nuestra conversión a la inversa
redundaría en corrupción. El sol pesaba demasiado sobre las cejas, la arena
quemaba los pies, la gente pegaba voces, y oíamos el ruido del coliseo
enfurecido. La plebe necesitaba sangre y espectáculo para ser feliz. “Yo la
maté”. Ya no habría una segunda oportunidad. Muchos acabaron en la droga y en
el alcohol. O tirándose desde el pináculo de la torre más alta del mundo, para
dejar que los supervivientes de aquel naufragio se hayan convertido en
cadáveres que ambulan, padres de familia maltratado, aburridos Falstaff, que
únicamente encontraron un dios en el vientre, viejos prematuros y gente de las
clases pasivas sin demasiado horizonte. Sin embargo, no nos podemos quejarnos
de la vida. Conocimos el amor y por él lo tiramos todos. Abrimos brecha. Fuimos
esos los últimos aventureros, los descendientes de un pueblo que conquistó
continentes. Torbado acertó plenamente. Su frase nos define. “Yo la maté”. Eso
es lo que fuimos una generación de “ex” que sigue sin encontrar el rumbo. Era
el sitio más poblado de sotanas por metro cuadrado de toda la Península. A
Comillas la llamaban “Villa de los Arzobispos”, debido a la gran cantidad de
mitrados que produjo a lo largo de sus tres cuartos de siglo de existencia. En
sus aulas se inventaría la palabra “hispanidad” y fue una postrera tentativa
por crear un clerecía de altura. En aquel cotarro rodeado de cuetos y de
acantilados bravíos el Marqués trató de convertir al Seminario de San Antonio
de Padua en una suerte de campamentos de Dios. Se asemejaba un poco a
Grafenwohr, donde se preparó a la Wehrmacht antes de su campaña contra Rusia.
Nosotros nos entrenábamos para conquistar el orbe para las banderas del Señor.
Era eso un castro campamental enriscado en el otero místico, desafiando al aire
y al orvallo perenne y mirando con cierta altanería para la poza donde se
rendía a sus pies el humilde pueblo montañés. Allí estaban los que habían de
ser convertidos. Era una forma de hablar porque la música alborotadora de la
verbena por el verano como un canto de sirena les hizo desistir a muchos, que
no eran tan fuertes como Ulises ni tenían las cosas tan claras, de su demanda.
Vivíamos sobre una roca exaltada por los sueños entre las nubes de una
maravillosa quimera. El can del desengaño no había distribuido sobre nuestras
carnes la cuota alícuota de zarpazos. El alcázar se rendiría al soplo
huracanado y laico de los desengaños. El momento más espectacular del día era
el de la misa conventual que se celebraba de forma multitudinaria y deprisa,
pues eran cerca de doscientos curas y a las nueve sonaban los timbres de la
clase de prima. Habían de establecerse turno para la concelebración de misas
simultáneas y las numerosas capillas y oratorios que había en las cuatro
iglesias existentes en el recinto no daban abastanza a aquel ir y venir de
estolas y de casullas, de hijuelas, credencias y epactas. Los jóvenes
sacerdotes recién ordenados guardaban cola de pie en las cajoneras de la
sacristía para ponerse el cíngulo. Era todo un espectáculo. Los tres seminarios
en peso nos teníamos que movilizar en peso para ayudar a los misacantanos.
Entre las cinco y las diez de la mañana se decían entre trescientas y cuatro
misas rezadas. Me complacía a mí hacer de acólito a los franciscanos y a los
carmelitas descalzos que seguían un rito especial y que a diferencia del clero
regular se colocaban el amito a manera de cogolla, pero los dominicos eran los
más espectaculares. Recitaban todo el canon con los brazos en cruz. Aquellos
genitivos de la oblata, los gestos y las bellas impetraciones litúrgicas de la
liturgia de San Pío V quedaron grabadas para siempre en mi memoria y tantas
veces les habré repetido que me las sé de coro. No creo que puedan ponerse en
boca de hombre plegarias tan sublimes. Creo que fueron inspiradas por el
Espíritu Santo. A lo largo de los pasillos de los tránsitos estaban colgadas
los retratos de los obispos, arzobispos y patriarcas que fueron antiguos
alumnos. En la nómina de dignatarios obispales y arzobispales aparecían
jesuitas. Sólo algunos, de los desplazados a Misiones, porque se da por archisabido
que las constituciones de la Orden lo prohíben y clasifican como pecado “de
ambitu”: pretender obispados. Se da la paradoja de que los guardias de corps de
Jesucristo incurren en los defectos del reduccionismo luterano o jansenista,
enemigos a los que combaten al sacar la cara por el papa: desmontar el tinglado
jerárquico haciendo recaer toda la autoridad sobre un solo pastor del rebaño,
impidiendo el gobierno sinodal que tenía una larga y solidaria tradición desde
los Apóstoles. Al actuar a rajatabla a favor del mando único impusieron una
autocracia piramidal, seca y estricta, que tiene que ver poco con el rostro
amable y misericordioso del Redentor. Se arrogaron una facultad justificada en
un dudoso mandato evangélico, el de las llaves, que a lo largo de la historia,
en vez de abrir y tender puentes entre los hombres, ha servido para construir
muros y elevar barreras de separación. San Ignacio, lleno de santas
intenciones, perseguía una utopía sólo aparentemente, porque lo temporal y lo
espiritual no vienen en ligas separadas, sino que son resultado de la mena
metalífera complicada de aleaciones varias. Este conundrum no es sino el
harnero de las cosas, el enigma de la realidad fraguada en la luz y en la
sombra. Su viaje a Roma lo pone en camino de un deseo de desquite. No había
hecho carrera en Arévalo como paje en la corte de Isabel la Católica, su
carácter violento le había metido en líos de duelos por mujeres y como soldado
del Duque de Nájera tampoco llegaría muy lejos: una arcabuz casi le descuaja
una pierna. Quiere resarcirse de los despechos sufridos en Castilla. Nada de
rey, ni emperador. Sólo Dios y su vicario en la tierra. Para llegar a alguna
parte hay siempre que ir a la cabeza. Los rostros hieráticos de aquellos
monseñores colgados sobre la pared y gozando de la serenidad enjalbegada bajo
los artesanos del Paraninfo, cerca del sitial del Nuncio con baldaquino de
guadamecí parecían gritarme: “Tú tienes que ser como ellos. Si ellos pudieron
por qué tú no; persevera, hijo, que algún día te verás en este cuadro de
honor”. Muchos no pertenecían al mundo de los vivos y puede que hasta hayan
sido canonizados al recibir la palma del martirio. El furor sicario de las
hordas rojas parece que se ensañó con ellos. Eran la gloria de la Pontificia. Un
número nutrido de esta lista de mitrados cayó víctima del furor iconoclasta de
la guerra civil. Yo hubiera volado hacia aquel Olimpo de dignatarios si
Larramendi no hubiese cortado las alas a este gorrión que quería imitar a las
aguilas triunfantes, pobre de mí. En el camino de la santidad aquel prefecto de
hirsuto como el de una brocha encalvecida me puso la trabilla. Creo que era de
algo más que dudosa tendencia, pues había que ver con qué ojos de carnero
degollado miraba para Gamboa, aquel retórico rubito con cara de virgencita, que
cantaba de tiple en el coro bajo la batuta del P. Nieto, cuando traducíamos a
Cicerón.
-Tú, Gamboa, aquí a mi lado. No quiero perderte de vista.
Capté al vuelo el doble sentido de aquella frase, porque
la jaula de oro de Comillas dio muchos obispos y predicadores de campanillas a
la Iglesia, un buen cupo de poetas y de escritores, pero también de bujarrones
de todos los pelajes. Las reglas de la naturaleza, inapelables. Tenía que ser
así. Con más de mil tíos encerrados sin una mujer a la vista y sólo el consuelo
de las estampitas del Hermano Garate , el encargado de la lavandería, que
también decía que era un santo, pero hay cosas incluso para lo que la santidad
es insuficiente. El protagonista de la novela de Castillo Puche, ya en cuarto
de Teología, aprovecha uno de esos viajes que se hacían a la capital de
provincia con el objeto de ir al médico de Valdecilla o a resolver ciertos
asuntos, para ir a un baile, allí se emborracha y se va con una mujer. En plena
noche se declara el terrible incendio del año 40 que destruyó completamente la
ciudad de Santander. Todo echábamos fuego. El viento del sur nos volvía muy
ardientes. Pero si ellos pudieron, yo también podría. Era lo que se repetía
Iñigo de Loyola cuando decidió convertirse en santo. Yo aspiraba a la santidad,
pero no así. Ya en el refectorio, donde uno de los mayordomos gallegos venía
con la herrada durante el desayuno y me servía ración doblada de café con leche
pues sabía que me gustaba aquella leche pura de vaca -en el seminario de San
Antonio no conocimos nunca el queso de bola americano ni la leche en polvo- y
que yo no recibía paquetes de comida desde casa. Esto para el gordito. También
Loís era uno de sus preferidos y a él también le colmaba la taza y le decía algo
cariñoso en gallego. Los de mi mesa eramos como una familia. Al empezar el
curso te colocaban en un sitio y de allí no tenías que moverte. Si alguno
fallecía o era expulsado nunca se llenaría el hueco hasta el año siguiente.
Esto también tenía que ver con las costumbres atávicas de los tirocinios. ¿Una
forma de expresar la brevedad de las cosas y de meditar en la muerte sin
tenerte que empachar de la prosa del P. Garzón o meterte en la tramoya de los
Ejercicios ? Tal vez. Hice, ya digo, amistad con los otros cinco comensales.
Había un madrileño castizo regordete y mofletudo con el pelo a cepillo al que
enviaba su familia un buen matute de refuerzo y siempre nos convidaba. Una vez
nos dimos un atracón de anchoas con vino de Valdepeñas para acabar la cuaresma.
Vale un florín cada gota este vinillo aloque, dijo Otto con frase de Baltasar
del Alcázar. Luego estaban Usategui, Bedoya, uno que era de Potes y tenía algo
de maquis, porque su padre estaba en la guerrilla, una vez nos enseñó una foto
en que aparecía el famoso Juanín, que para unos será un luchador por la
libertad, pero para nosotros en aquellos tiempos un simple bandolero, uno que
era de Burgos que tenía, como Gamboa, la cara de niña, el Larramendi siempre
les sentaba en los primeros bancos, y yo. Creo que se llamaba Santos y era un
impertinente gafotas. Bedoya tenía los dientes postizos, el pobre tan joven y
se los lavaba en los aseos cuando nadie lo veía. La gente le tomaba un poco el
pelo por esa merma casi trágica de ser desdentado para toda la vida en plena
adolescencia, y porque era “de ideas”, no recibía visitas, sus parientes no
venían a verle nunca, a pesar de que su pueblo caía de allí a menos de noventa
kilómetros, se le había muerto la madre y su padre estaba preso en Santoña,
pero yo sentía una gran admiración hacia él. Era uno de los que mejor escribía
de quinto de retórica y el que sabía más literatura porque era el más leído.
Los demás pronto nos encasillaron como el “grupo del Bedoyo”, el pelotón de los
torpes según el prefecto Larramendi, los díscolos y los incorregibles, los que
al año que viene tendrán que volver a su seminario, porque no valen para
Comillas. -Dejales, no les hagas caso, Maximino. Los jueves por la tarde que
había paseo nos juntábamos unos cuantos en torno a Bedoya y recitábamos en voz
alza el Pascual Duarte en Peña Castillo, mientras abajo en el despeñadero
estallaban con rítmicos estampidos isócronos sobre las rocas las olas del
océano y del Stella Maris llegaba el estruendo de los que jugaban al fútbol. -A
mí me gustaría ser escritor, Bedoya. ¿Crees que lo conseguiré? -Sí hombre, sí,
como no. Para escribir sólo hace falta un poco de paciencia. Pero siempre hay
que tener por delante un objetivo, alguna causa justa. Cuando se apasionaba por
alguna cosa al lebaniego le temblaba la barbilla y se le removía algo la
prótesis. Cela era uno de sus autores preferidos. Recuerdo que la primera vez
que fui a entrevistar al autor de La Colmena me acordé de mi compañero de
fatigas, ¿qué habrá sido de él? Aquellos campamentos del espíritu donde se
preparaban las acérrimas cohortes de la infantería celestial, los manípulos y
los reitres de la caballería de San Miguel se licenciarían muchos antes de
jurar bandera. A mí me destinaron no a la plana mayor sino a los lavaderos como
edecán del Hermano Garate. Se podía llegar al cielo y ser religioso sin que te
impusiera las manos el obispo, pero decliné del todo la oferta que me tendía el
padre rector de ingresar en el Máximo no para hacerme maestrillo, sino hermano
coadjutor. Lo mío eran las letras en verdad y creo que he emborronado mi vida
de palabras, taxativamente soy grafómano, para demostrar a Larramendi que
estaban equivocados. La sombra de aquel rechazo proyecta todavía su silueta
sobre mí, pero entonces la poesía fue el esquife al que me icé sobre las olas
para salvarme del hundimiento. Un náufrago fui entonces y un náufrago soy
ahora. El P. Heras me echó una estacha: -¿Por qué no te vuelves para tu
seminario? Yo creo que tienes verdadera vocación. Eres uno de los llamados y no
has de dejarlo. -Para Larramendi soy un retrasado mental. No dejaba de decirme
que parecía medio tonto. -Te nos ha colado. Entraste aquí por la puerta falsa.
Raudales de indignación acuden a mi alma aquellas palabras por aquel hombre
espátula, brocha y escoba de la hipocresía abatanada en los mejores noviciados
de la Compañía, también la violencia. Ya sé que todos los jesuitas no eran así,
pero la imagen de aquel trágala. Incluso, pasados tantos años, aquel orífice de
malevolencia se ha enquistado dentro de mí. No era ni más ni menos que el
heraldo del sino infausto. A lo largo de mis días hube de defenderle contra el
mal agüero de aquel jesuita que abría la caja de pandora de los peores
instintos. Trató de justificar su decisión poniendo un símil castrense: -Mira.
Esto es como una academia de alto grado para la formación de cadetes de elite,
West Point, Sandhurst, Saint Cyr. Los chusqueros no nos interesan. Aquí
necesitamos alféreces de carrera, no cabos primera. Esto es un seminario de
altura, no un colaña. Tú no eres de los nuestros. Me sentí como un reo al que
comunican su sentencia de muerte. Se me ocurrió recordarle al prefecto lo de
los últimos serán los primeros, mas creo que hubiera sido inútil porque
Larramendi estaba demasiado pagado de sí mismo para creer en Cristo. Ahora
comprendo por qué Usategui, que ése sí era de los suyos, acabó en banda armada.
Guardé silencio y aunque sentí que me temblaban las piernas y se me humedecían
los ojos a toda costa procuré reponerme. Había sido convocado a su cuarto de forma
solemne y anunciarme el finiquito: -Lo he consultado ante el Sagrario y he
decidido que no vuelvas al año que viene. Era una desapacible tarde del 17 de
marzo de 1960. Cuando llega ese día me echo siempre a temblar, porque la
efeméride ha convocado a la sombra y en tal fecha como esa el infortunio se
repite. Porque las desgracias nunca llegan solas, aquella expulsión precipitó
otras. No me pude contener y me eché a llorar sorda e irremisiblemente, pero en
aquel verdugo mis pucheros no hicieron mella. Larramendi no sólo tenía el
corazón duro sino que era un masoquista. Le enervaban mis sollozos. Pero yo me
daba pena de mi mismo con aquel hábito que parecía iba hecho un adefesio. -¿Es
que no tienes ni para una sotana? Se te van patatas en los calcetines, tienes
chepa, enseñas los pantalones debajo de la sotana, eres lo que se dice una
ruina. -No, padre. Somos pobres. -Me he puesto en contacto con tu familia para
que vinieran a recogerte, pero tu madre está enferma y creo que carecen de
dinero para llegarse hasta aquí. Puedes quedarte hasta que termine el curso,
pero, ojo, a la menor queja, te ponemos con la maleta en la Cardosa. Te hago
una concesión, soy generoso. -¿Qué hace tu padre para ganarse la vida? -Es
sargento de Artillería y mi madre lava para afuera. Somos muchos en casa.
Recuerdo que me enjugaba las lágrimas con la manga de la hopalanda que me había
regalado Don Bienvenido, el canónigo lectoral de Segovia, al que trataban mis
padres, y que se me había quedado corta, porque aquel año había pegado yo el
estirón, y luego para reprimir aquella lastima que sentía por mí mismo así con
los dedos los flecos del fajín azul. Y pedía a la Virgen que me socorriese.
Creo que es verdad, vino en mi auxilio y he sentido su presencia de madre
invisible sobre mi orfandad pecadora. Larramendi era delgado y larguirucho. Se
estaba quedando calvo pero algunos pelos lacios como púas campeaban sobre su
colodro dolicocéfalo. Todo en él, hasta el alma, debía de ser puntiagudo. -¿Por
qué lloras como una colegiala, eh? -Es que mi padre es suboficial y como ha
dicho Su Reverencia eso de los sargentos... -Pues, si tu sigues por ese camino,
no vas a pasar de soldado raso. Y ahora largate de mi vista. Agur. Cuando
bajaba por las escaleras hacia la planta baja, creí percibir un olor fétido y
ruidos extraños como de forzados que arrastran cadenas y van esposados con
bretes y pihuelas de pies y manos y eché correr para prosternarme ante el
edículo de Nuestra Señora (una vez que acudí a Comillas en el verano del 95 le
hice un retrato y aquella madona está ahora en mi habitación cerca de mí). Se
me acababa de aparecer el diablo disfrazado de jesuita. Larramendi era su
representante en aquellos campamentos donde se preparaban las milicias
apostólicas. El trigo y la cizaña crecen aparejados en los campos de la virtud,
que de todo tiene que haber en la viña del Señor Formulé la resolución firme de
poderle demostrar a aquel arrogante y malvado sacerdote que se había equivocado
conmigo, que las guerras a veces no las ganan los generales ni los guardias de
Corps sino aquel turuta borracho y díscolo que duerme muchas noches en la
prevención y que en un momento de arrojo se lanza contra el enemigo y consigue
que no se rinda la plaza. Algún día pueden que resuciten Cabo noval y el
Cascorro. De la misma forma no dejo de acariciar la idea de que la iglesia de
Jesús está a buen recaudo no por el papa tal cual, ni por aquel predicador,
sino por ese ostiario humilde y pobre al que elige el Espíritu Santo para
consumar su obra. Los últimos serán los primeros, Padre Larramendi. Entretanto,
tendremos que seguir soportandoos, acariciando vuestro yugo, besando el látigo.
Amen. En espera de que un día se abran las puertas de la campa y entre por
ellas el libertador. Con la absoluta en el bolsillo y habiendo aceptado mi
suerte irremediable de ser apartado como oveja negra del rebaño, ya no me
importaba nada, pero no adopté la actitud pasota del cucarro, que para lo que
le queda en el convento, se mea dentro. Al revés, me volví más bondadoso y
cumplidor del reglamento. Era ya yo mismo, y así el último trimestre que pasé
en el seminario de San Antonio fueron tres meses quizás los más felices de mi
vida. Fue una primavera hermosa. El sol rompía su lanza de luz en auroras
faustas por los ribetes de Peña Castillo y de Ruiloba coronado de pinos y de
eucaliptos, los cielos narraban las glorias del criador acariciando sus rayos
mi despertar, mi camarilla se orientaba a levante. Rápidamente me tiraba de la
cama nada más amanecer y prosternado frente al astro naciente recitaba la
plegaria triunfal que suele rezarse en comunidad en los monasterios
cistercienses “Iam lucis” y que en Comillas musitábamos en privado camino de
las duchas. Se trata de la mejor fórmula para dar comienzo a una jornada y el
mejor sortilegio contra los enemigos meridianos que nos acechan a cada paso.
Procuré ser servicial con los demás, sacando fuerza de flaqueza. El prefecto me
dispensó de asistir a las clases, Bedoya me dejó algunos libros y pasaba gran
parte de aquellos hermosos y largos días entregado a mi vicio favorito: la
lectura. Un libro que me impresionó fue la “Vida sale al encuentro” de Federico
Sánchez Mazas. El padre Heras vino a verme una vez y trató de consolarme.
Recuerdo la cara de aquel bendito, su rostro largo, el pelo echado hacia atrás,
su porte de hidalgo castellano, podía ser el fantasma que habitaban en alguna
de las casonas cerradas de Santillana de Mar, que estaba de allí a un tiro de
piedra. Su presbicia inspiraba cierta ternura y era un buen religioso, acaso un
santo jesuita que también los hay. Le sobraba la caballerosidad y buena crianza
que le faltaba a aquel vasco mal educado e histérico. -No hagas caso ni lo
tomes a mal. El P. Larramendi es el típico maestro de novicios. Su aparente
dureza se justifica en las rigurosas pruebas a que somos sometidos en el
postulantado. Esta táctica forma parte de lo que llamamos “suspensio mentis”.
Un aspirante a llamarse hijo de San Ignacio tiene que pasar por la ordalía.
Ello forma parte de la forja del carácter, la renuncia a la pompa y vanidad del
siglo, la aceptación de la obediencia de cadáver. No te preocupes, Maximino.
Regresa a tu seminario y sigue allí la carrera. Tú serás un sacerdote. Olvida
lo que el prefecto te ha dicho y acepta toda esta amargura como la voluntad de
Dios, que desea que te acrisoles. Luego me abrazó y me besó con ternura y
compasión infinita. Fue el ósculo de paz, el beso más pudoroso que he recibido
en mi vida. Me lo dio Cristo. Y en aquella acolada puso la casta energía que
derrama el Paráclito sobre los escogidos para el dolor. Ser sacerdote no
constituye otra cosa que la donación de un viejo símbolo: ser presbítero,
administrador de la paciencia divina, transmudarse en pies, manos y alientos de
una voluntad imperiosa de salvación, algo cargado de misterio que nada tiene
que ver con la temporalidad eclesial, sino con su esencia misma: la economía
soteriológica. Cuando viene a mi mente el pensamiento de Cristo, acude el
rostro de aquel jesuita arandino. Él me confortó, me restañó las heridas con el
bálsamo de la palabra de vida. Era el paraninfo de una gracia que llegaba; como
tantas veces, fui refractario a ese raudal de dones que me anunciaba en aquella
modesta celda que daba al paraíso. Por la ojiva del ventanal adornado de
arquivoltas vermiculadas penetraba un haz de rayos en diagonal como en los
retratos de frailes místicos que pintara Zurbarán. Los tamarindos de la varga
Cardosa daban ya florecido una escolta de verdor a la mole cuadrada del
edificio, que también tenía forma de parrilla y era un anticipo en la España
verde del Escorial castellano. Las golondrinas habían vuelto volando raudas con
sus alas en forma de horcarte bajo los aleros o alrededor de los mazos
transversales del inmenso rosetón que coronaba el dintel del pórtico de la
capilla mayor y su alborotado chiar esponjaba el ánimo de serenidad y de
emoción. Uno se acordaba de los versos de Juan Ramón: “...y yo me iré y
quedarán los pájaros cantando”. Mi conocimiento de la literatura española
ganaba aumentos con las lecturas solapadas en Peña Castillo bajo la férula de
Bedoya. Nos metimos entre pecho y espalda a todo Neruda, a Gerardo Diego y a
los grandes de la generación del 27. Una tarde mi amigo lebaniego, aquel día
nos dieron manises de postre, tuvo un accidente, se le chascó el paladar de la
prótesis y tuvo que ausentarse durante algún tiempo. Quedó apalabrado con un
mecánico dentista de Torrelavega que le haría la compostura. -También es mala
suerte, Bedoya, tan joven y descolmillado. -Es cierto, Maximino, pero la garra
y todo lo que muerde no lo lleva el hombre en los puños ni en los piños, sino
aquí. Y se dio un palmetazo en la frontal de la sien. -Desde luego, nunca
veremos a burros calvos o sin molares - le dije para consolarle. Hablaba como
un viejo dejando explosionar el aire a través de las encías como cuévanos y
apenas se le entendía pero en sus sentencias vaciaba la carga de sabiduría que
llevaba en su interior: -Creo que los hombres se equivocan cuando hacen reposar
el vértice del honor en los cojones. Nuestra honra no puede cifrarse en las
partes más innobles sino en el alma. Ya ves. Resulta que, como soy desdentado,
mi obispo no me dejaría ordenarme. Cualquiera que adolezca de defecto físico no
puede recibir órdenes sagradas. Roma es en esto tajante. A ti me han dicho que
Larramendi te segrega porque eres gordito. Lo sé de buena fuente, Antonio.
-Pues a Mlle. dije- cuando leo el Evangelio veo que
Cristo se rodeaba de gente poco escogida: paralíticos, epilépticos, o con flujo
de sangre como la hemorroisa, y hasta enanos igual que Zaqueo, y no pasaba
nada. Eran sus preferidos.
-Pero por lo que se ve, ni tú ni yo damos la talla.
-Bueno ¿nos volveremos a ver? -Quien sabe. La vida da
muchas vueltas. Aunque no te lo creas, estoy contento de alzar el vuelo de esta
jaula dorada. Me ha escrito madre que a padre le llegó el indulto, ha salido de
Santoña, está en casa. El padre Teodoro Heras bajó con él hasta la plaza del
pueblo donde tomó el coche de línea. Pensé que no le volvería a ver más, pero
me equivocaba. Una noche me topé con él en el Café Gijón. Era un hombre alto,
espigado. Se había puesto los dientes de porcelana y el encuadre era an
perfecto que apenas se notaba lo falso. Estaba acompañado por una rubia
despampanante. Bedoya, miembro del Partido socialista, ocupaba un alto cargo.
Se había olvidado de la literatura y funcionaba en positivo. Creo que me
reconoció pero estuvo frío en el saludo. -¿Te acuerdas de aquellos años? -Más
bien, no. Hay que borrar la memoria de aquella Dictadura. -Para mí el único
dictador que hubo fue Larramendi. Calcó en mí una mirada de reproche, murmuró
algo despectivo contra los fascistas, se tornó a la rubia y al punto la pareja
se alejó de la taberna. Había pasado factura por lo del internamiento de su
progenitor, los maquis, Juanín, aquella fotografía del bandolero acribillado a
balazos junto a un árbol, y creo que llegó a presidente de su autonomía. Fue un
caso parecido al de Usategui, por más que yo no lo esperara, pero sigue
habiendo dos Españas. Recuerdo los ocasos sin parangón posible en los
alrededores de Oyambre, las olas con su movimiento isócrono y la acribia de sus
trazados lamían las dunas, festones de espuma danzaban junto a los arrecifes.
Nosotros nos lanzábamos desde una duna con forma de terraplén. En una marea en
que había mucha resaca la tarde del trece de mayo Santos y yo fuimos
arrastrados por la corriente. Todo ocurrió a una velocidad terrible y de forma
inopinada y súbita. Cuando quisimos darnos cuenta en los resaltos del reflujo
nos encontramos rumbo a la alta mar, pedíamos a la Virgen a voces y con grandes
lagrimas su socorro. Unos del Mayor y varios padres que tomaban baño a esa hora
de Vísperas, era un sábado, alertados por nuestros gritos acudieron a
socorrernos. Un catalán, Massolíes, se zambulló con una cuerda que llevaba
amarrada a la cintura. En la orilla había quedado sosteniendo el cabo el
hermano Quintana. -Agarraros - gritó Massolíes. La resaca era tremenda pues
había nordeste que picaba la mar, nos prendimos de la maroma presas de pánico,
puesto que vimos que por venir a salvarnos el gerundense casi se ahora. Al otro
extremo, el hermano Quintana que era fornido pudo hacerse con el arrastre. De
esta forma fuimos sirgados hacia un abrigo entre las rocas y así salir. Pienso
ahora que Massolies y Quintana fueron dos enviados por la Virgen y así lo
pregonó aquella noche después de la sabatina el padre Carrizo, el director espiritual
de los Retóricos. Todo el resto del mes de las flores fuimos encargados Santos
y yo, los “ salvados” junto con Massolíes el “salvador” de atalajar el altar de
la Señora y de dirigir las preces del rosario. El día 31 fue emocionante. Los
seminaristas se despedían de la Madre que amaban tanto y les protegían hasta el
curso siguiente. En mi caso, era definitiva, pero no sentí ninguna tristeza.
Antes bien, mucha alegría porque su intercesión había evitado una muerte segura
en las embravecidas olas del Cantábrico a los quince años, pues sabía que
siempre iría conmigo aquella Madona de los Tránsitos. Mi destino en la vida era
coleccionar sus invocaciones e ir recorriendo uno por uno cada uno de los
santuarios. Ante su altar recargado de flores y perfumado de nubes de incienso
yo canté el solo de una canción muy bonita: “Salve Virgen pura, de los cielos
reina, salve dulce madre, alegrate siempre, estrella”. Fonseca, uno de Yepes,
hacía el contrabajo. Creo que este Fonseca ha llegado a obispo. Era el número uno
de nuestra promoción. El día de San Juan Crisóstomo pronunció él solo y en
griego dórico con la entonación más perfecta, asesorado por el Padre Mayor, una
de las Filípicas de Demóstenes. Cuando proclamaba aquello de “ge...ge” se venía
abajo el paraninfo. Nunca conocí una mente humana con una retentiva como
Fonseca, pero debía de ser cosa de familia, porque su abuelo se sabía el
Quijote de memoria al revés. Después de la fiesta de San Antonio, el trece de
junio, concluía el trimestre lectivo y daba comienzo un tiempo excitante de
planificación de vacaciones veraniegas, pero empañado en la melancolía de las
despedidas. Se daba la mano a gente no volverías a ver. La partida de los
alumnos para sus puntos de origen, que eran todos los rincones de la península,
se producía de forma escalonada. A los de la provincia de Castilla y Baleares
se nos asignó el último cupo. Debía de ser norma de la casa. Deambular por los
ámbitos vacíos del inmenso caserón con forma de silogismo puesto que fue
trazado a plomada como toda la escolástica que se nos enseñaba en los
seminarios, producía tristeza y un cierto encogimiento del corazón. Nunca
volveré a dormir en esta cama ni salir el sol por el parteluz difuminado de mi
camarilla. Adiós, virgen de los tránsitos, tan cordial y silencio, que
desciendes el rostro y prestas ojos misericordes a quien te invoca. Hasta la
vista acantilado de Villa Castillo. ¿Cuándo volveré a pisar las dunas de
Oyambre? Es posible que vuelva a bañarme en este mismo sitio, pero ni las olas
inescrutables ni sus orlas de espuma pertenecerán al mismo mar, aunque lo
parezca. Lo dice Demócrito. Tampoco yo volveré a ser el mismo. Lanzaba miradas
de partida hacia aquel paisaje que desde que arribé me parecía tan distinto y
una parcela del edén. Era la magia de aquella zona que fue la fragua del ser de
mi patria. Asomado al terraplén de la Cardosa sentí de pronto que el futuro me
estaba esperando. Mis desposorios con la belleza se consumaron a partir de mis
bodas con la literatura. Intuía que mi porvenir estaría en una celda abrumada
de papeles, respirando anhelante mientras sufría afanandome sobre las
cuartillas. El vértigo de escribir, los descubrimientos inenarrables del placer
de la lectura, trato de sofrenarlos con las vedijas de una buena pipa. Una
radio sonando, una taza de café por enésima vez, una chimenea encendida con el
sobradillo cargado de reliquias, una foto de mujer, el enchiridion de mi cante
misa, los libros que he comprado a Riudavets, el ángel de mi guarda, dulce
compañía que me desampara noche y día, múltiples imágenes de Cristo y de la
Virgen María. Tú, Señor, te apiadaste de mí y me guardaste para este tiempo.
Pese a las descalificaciones de Martino y las condenas de Larramendi, conseguí
mi objetivo en el camino: empaparme de la belleza y de la palabra de España.
¿Qué más se le puede pedir a la vida? Desde la atalaya hermosa de Comillas Dios
me estaba mostrando el camino de la dulce Piedras Vivas de mi madurez. No ha
sido una senda llana, sino tortuosa. En algún recodo de esta quebrada ruta sentí
en más de una travesía oscilar la aguja de marear, me iba a pique, me hundía en
el abismo, pero me desviaba del asolamiento una fuerza incoercible y fuiste tú,
Madre, la que en aquella triste y desastrosa noche de Oviedo me indujiste a
conocer a la compañera de mi destino. De antemano una voz misteriosa me había
comunicado el derrotero de mis días. Resonó en aquella casa levantada por un
paladín del noventa y ocho y me mandaba apostar por América y contar la verdad,
porque yo no fui escogido para ser heraldo de la mentira. Hubo un hecho por
aquellas fechas que me llenó de inquietud, y fue la conferencia que nos dio el
P. Rábago contandome cómo él había sido intérprete de Franco ante el general
Eisenhower que el año precedente había estado en España, un acontecimiento
deslumbrante, hito final de una era. Rábago era un hombre alto y moreno, con la
raya en medio, el porte juvenil y llevaba un sobrero como los curas irlandeses
en lugar de queja. Fue el primer anglófilo que conocí. No hacía otra cosa que
hablarnos de Inglaterra y de los estados Unidos. Yo me repetía: “ tendré que ir
algún día a ese territorio” y cuando veía de arribada a las lanchas al pequeño
puerto de aquel resorte santanderino se me encendía la imaginación pensando que
detrás de la estela que los barcos de cabotaje y los grandes buques que veíamos
cruzar el horizonte a muchas millas, a las espaldas de su larga estela quedaban
las costas de la Blanca Albión. Algún día irás al lugar enamorado de Merlín.
Era la Odygitria que me designaba el rumbo. Pero andate cuidado eres demasiado
tajante, Antonio. Deja tus extremismos a un lado, tira por la borda tu
entusiasmo y ciñete a la banda de la circunspección y medida, pues el bien ni
el mal subyacen en capas sino que se amontonan como vetas en desorden. Uno
puede ser bueno unas veces y, otras, perverso. Todos llevamos un mártir y un
Nerón en nuestro interior. En religión no hay linderos para lo negro y lo
blanco. Como la vida es un acto permeable y elástico, los buenos tendrán que
sufrir con paciencia a los malos, pero el día del juicio los corderos de
Jesucristo serán apartados de los cabritos del Impostor. Los consagrados a Dios
viven no ya con la mirada puesta en este mundo sino en cuanto empieza después
de la muerte. Sin embargo, en derecho civil no se dan tales polaridades. La
Constitución puede ser ética e incluso estética, pero no tiene que ver nada con
la teología. Arte de la coyuntura y del momento está reñido con la moral y con
la ética. Es una teleología con medios y objetivos diferentes. No hay nobleza
en ella ni vileza, sino logros y fracasos. Sólo aspira a la praxis y todo lo
que se ponga al alcance es bueno, hasta la calumnia, con tal de que se recabe
el objetivo. Cristo no era un tribuno de circunstancias al estilo de los
candidatos presidenciales - esa incapacidad para imitar la sencillez del Pastor
sea quizá uno de los errores mayores de la Grey- sino el ungido del pueblo por
el carisma. Era ese carisma agostado, pero fuente de vida de todos nosotros,
era el que había que volver a resucitar. Ni Larramendi ni Rábago creían en él,
pero aquel gracia transportaba las miradas de Heras, Mayor, y Teófanes. Era un
sacramento de amor. La tierra sólo bendice y premia a los que triunfan, pero el
Evangelio construye su mundo futuro con la rahez más despreciable. La piedra
rechazada por los arquitectos la constituí en basa de mi fundamento. ¿Dónde
está Dios? Por aquellos días de fin de curso aconteció en el pueblo un suceso
que habría de conmover a toda la provincia y a España entera. Un perro alano
enloquecido había decapitado a un infante de dos años, hijo del dueño. El
animal no sabía lo que hacía, pero el niño de cuna era inocente. ¿Por qué
permitió Dios que ocurriera semejante desgracia? ¿Dónde se había metido? Todos
estábamos consternados. Los novicios del Colegio Máximo, que no tenían
vacaciones, y los pocos gramáticos y retóricos que quedamos asistimos a la
exequias en aquel cementerio tan aireado y tan bonito sobre la rasa de Peña
Castillo. El P. Nieto pronunció una sublime oración fúnebre pero no supo dar
respuesta a esa agobiante pregunta que se hicieron Marción y los maniqueos ya
en lo primeros siglos: Leviatán desde entonces prosigue su asedio a las
murallas de la Ciudad de Dios. ¿El Criador permite que se desencadene el reino
de las tinieblas porque así está escrito en su mente que rige todos los
designios o para redondear las cifras de la casualidad y los baremos de la
estadística ? Todos no somos más que un número. A mí se me había asignado el
del 288. Iba bordado como el anagrama de los soldados del emperador en el
dobladillo de mis camisetas y campeaba humilde sobre la puerta de mi celda.
Dentro de unos días tendría que entregar la chapa para que se la dieran a otro
el próximo curso. Al niño despedazado por el can no le cupo tal suerte. Su cuota
no entraba en el de la numeración al uso. Sin embargo Dios lo creó para
sucumbir ante las fauces de un sabueso enloquecido de celos y presa de las
furias de Leviatán. ¿Lo amaba desde toda la eternidad? ¿No falló en cierto modo
la providencia, una de las cualidades ontológicas que asigna la teología
católica al ser supremo ? ¿Somos fruto del amor o de la pura casualidad? Sólo
la virgen de los tránsitos acertó a responderme, pero su respuesta, que no
transcribiré, no pertenecía en aquel instante a las razones de esta tierra. Hay
ocasiones en las cuales las palabras lo echan todo a perder. Hundí la cabeza
entre mis hombros y acepté la voluntad de Dios. En el cielo aquella tarde había
un angelito más. Yo también me iba de aquel lugar de ensueño y como hechizado
por una fuerza magnética para no volver más a él, pero la providencia me
preparaba una casa en el norte. Porque ni el ojo vio ni el oído escuchó lo que
Él reserva a los que le aman. Era un remedo de la ciudad de Dios que portan
como una maqueta algunos santos en la mano en los cuadros de los primitivos
alemanes. Mi noción del paraíso tendría que ver en adelante con un lugar
escarpado- oh beata solitudo - y apartado del mundo como el caserón en el que
habían transcurrido los últimos meses de aquella fase crítica de mi existencia.
La cabellera de Larramendi recordaba una barza de heno y sus dedos péndulos,
apéndice de brazos en escarpia y cubiertos de vello, sostenían el tomo de los
discursos de Cicerón, que a mí me parecían como un gario amenazante. El terror
de los magníficos párrafos caía como una catilinaria (no sabéis nada, sois unos
zotes, malos seminaristas, y además muy feos) sobre aquella clase de alumnos de
segundo de Retórica. Nos sentábamos a lo largo de los bancos de cinco en fondo
y a mí me correspondía un puesto entre Massolíes y Perea. Ya todo se acababa.
Resultaba difícil meter en brida al potro de la imaginación, mientras los ojos
se disparaban hacia el tierno paisaje montañés que se desplegaba al otro lado
de los vetanos ojivales y que se mostraba insensible a mi tristeza. A los nueve
valles poco le importaban las zozobras de mi fracaso escolar, pero era menester
encontrar refugio en alguna parte, y mi imaginación corría por aquellas trochas
y calellas que conducían a lugares descubiertos y recorridos durante nuestros
paseos de los jueves. Aquellos pueblos tenían todos nombres de cantares de
gestas y traían a la memoria las entonaciones de la vieja fabla con su acento
preñado de dulces cadencias, hitos mágicos de la Castilla vieja: Caranceja,
Carrazo, Reocín, Toranzo, Bárcena, La Busta, Quijas, La Veguilla,
Villapresente, Ibio, Valdaliega, Villaescusa, Trasmiera y San Vicente de la
Barquera. Eran behetrías y merindades, ciudades exentas entre los montes
oscuros, amagadas al socaire de collado, entre sernas de sembradura y prados
tiesos de hierba segadera, donde pacen las vacadas de huelgo y apuntan al cielo
como una adarga de paz idílica las estacas del almiar con sus coloños de
alfalfa prieta, a la vera de molinos blancos y arroyos de aguas dúctiles. El
paisaje evocaba los primeros días de un cantar de gesta. Santa Illana con sus
torres bravías los gobierna. Vi, poco antes de que agonizase el Medioevo, al
pie de las casas blasonadas, donde sobre la piedra se estampaban los símbolos
de una misteriosa danza heráldica, que tenía un aire sagrado e iniciático,
transitar por aquellos cordeles que iban a dar al mar los últimos carros del
país tirados por bueyes duendos cargados de heno que hacían balumba al rodar
sobre el piso desigual, y escuché cantar a los ejes mientras el boyero
marchando delante con la ijada con voz ronca y huesa atacaba un aire de la
tierra. Y las aguas pandas de la bahía me parecían más alegres y tristes que
nunca. Se detenían y se quedaban como en éxtasis escuchando la tonada del
auriga que pasaba con sus mansos. El belfo de los animales, bajo el peso del
yugo y la presión de la testuz uncida a la gamella, casi besaba la tierra. Se
me quedaron esculpidos en la memoria aquellas escenas de idilio pastoral. Había
un Dios callado en la naturaleza, donde el hombre todavía conservaba su estado
de gracia, y que no tenía nada que haber con el que nos mostraban los sermones
terroríficos del cura que nos dio los ejercicios. Su querencia andaba flotando
por las notas de aquella canción de bueyes. Cuando un carretero se arranca con
un aire de la tierra, todo se para, contienen la respiración el cielo y la
tierra, y un sol condescendiente y beatífico, halagado por tanta belleza,
quiere enviar sus rayos con mayor clemencia. No era Cicerón lo que me pedía el
cuerpo en aquellos instantes, sus párrafos escanciados sobre nuestras cabezas
por aquel mecenas del infierno, aquel protocanalla de los locos repúblicos, un
esténtor que repetía sus monsergas separatistas (Te has “colao”, no eres de los
nuestros, participios perfectos a lo zamarro, que es característica prosódica
del vascuence), sino las Geórgicas de Virgilio. Santander fue para mí el primer
postigo de la Arcadia, la encartación primigenia donde late ese noble ideal
caballeresco que ha orientado mis pasos. En la contramarea del sofión de mi
primer fracaso y de aquel viento de repulsa supe tener el timón. Oreanda me
aguardaba en un rincón de mis días. Era tu voz, la voz de la tierra y del amor
que me llamaba. Martino me había descalificado para la literatura, pero yo
empecé a garabatear mis primeros cuentos y poemas por entonces. Me fatigaban,
pues desde un primer momento empecé a gozar de ese instinto literario necesario
para la originalidad, tanta palinodia sobre Machado y García Lorca, con la que
nos querían lavar el cerebro. Los volterianos nunca han sido santo de mi
devoción. He vivido desde entonces enterrado entre libros. No me darán gato por
liebre. Riudavets, ya entonces, como Oreanda, como Caronte, también me
aguardaba enarbolando en su diestra el puñal de la sabiduría. No considero
aquellos ultrajes acreedores de la memoria, porque Dios es memoria y perdón,
pero pienso con frecuencia que aquel rechazo en cierta manera ha configurado mi
manera de ser. He proyectado mi vida en contra del conjuro formulado por
Martino y Larramendi. Con vuestros anatemas me proclamasteis basa angular de un
palacio hecho de palabras lanzadas contra el muro del malecón, piedra a piedra,
sillar a sillar. Fui eliminado, pero las recusaciones del “Peniciliado” me pusieron
en el camino de las grandes rutas, de las que aun me siento peregrino. Eran
muchas más hermosas que vuestros sermones las vacas de huelgo rumiando en los
prados segaderos y aquellos montes y aquellas fuentes, ese venero de poesía que
estalla en lo pueblos solariegos a la sombra de la torre de la colegiata. El
año que pasé entre vosotros no fue más que el pago de mi primera contribución
al patrimonio del dolor y del desprecio. Con mis humillaciones tributé los
adeudos de derrama, de nución, infurción y de fonsadera. Supe que los
monasterios, mitad cuarteles, mitad presidios, con un poco de paraísos entre
medias, eran legatarios de una misión a la vez temporal y espiritual. Rezar por
las almas de los fundadores a perpetuidad y defender a los lugareños del
peligro exterior. Entonces como un ideal quijotesco, lleno de libertad, ese
loco y maravilloso proyecto que se denomina España. Me topé por las rúas
empedradas de Santillana con los caballeros de la cruz, no eran fantasmas, sino
algo real y el monje negro, ese emblema hesicasta que yo llevo en los adentros
me dio la bendición. Tú no hagas caso, no vuelvas la vista atrás. Pero, ay
amigo, luego vendría Polanco, quien para más inri es un apellido que surge en
estos prados de pación legendaria de esa cuna y cuña ilustre de la España
solariega que es Santillana, con la rebaja. Él sería uno entre los muchos que
han acabado con la patria, un godo de pura cepa. Incluso fue Comillas el
escenario de mi primer amor: Fronilde, la hija de un alojero local. Se asomaba
a verme pasar a la hora del paseo. -¿De dónde eres curín? ¿Y adónde vas? -De
tierra adentro, Fronilde. En mi pueblo hay torres muy altas, sin que desde allí
se vea el mar. Hacia ellas ahora me vuelvo, pero no creo que llegue a ninguna
parte. -¿Algún día me escribirás? -Quizás. -¿Cuándo cantes la misa? Tú vas a
ser arcipreste y a lo mejor llegas a obispo. -Pues, aunque no te lo creas,
estoy aquí de más. Ya me han dado la absoluta y el prefecto me ha dicho que no
tengo luces para cura, pero yo lo voy a volver intentar. El curso que viene me
matricularé en mi seminario en primero de Filosofía. -Tú no hagas caso. Eres un
mozuco de cara muy lista y todo lo que te propongas lo conseguirás. -Pero
¿perseveraré? -Eso depende de ti. Fronilde no sólo fue mi primer amor sino toda
una gran pitonisa. -Pues cuando me ordene, me acordaré de ti en el memento de
vivos. -Reza por mi padre. Es alojero y pasa más de medio año en Sevilla. No lo
vemos el pelo y está algo delicado del estómago. Lo nuestro es la aloja.
Hacemos el agua de azúcar mejor del país. ¿Quieres probar un poco? -Bueno. Se
perdió en la oscuridad y al punto salió con un vaso de agua de miel. No habían
llegado por aquel entonces las colas, y la aloja y la gaseosa eran nuestros
únicos sorbetes. -Ten. -De hoy en un año, Fronilde, y a tu salud. Que seas
feliz. -¿Rica eh? La acabo de sacar del pozo, entre la nieve. -¿Cuál es la
receta? -Es un secreto familiar. Sólo mi padre sabe hacer aloja. El enigma se
lo transmitió mi abuelo y cuando se muera se lo dirá a mi hermano. La tradición
viene desde la edad media, no te lo puede decir, curín. Bebela y no te me
pongas triste. Desde el siglo doce este tipo de vendedores ambulantes
pregonando obleas y la rica miel de aloja recorrían toda la península, iban a
Francia, a Portugal, y a veces cruzaban hasta Inglaterra con su mercadería.
Muchos eran pasiegos. Si hay que encontrar un antecedente entre las grandes
familias de banqueros que controlan hoy el dinero en el país, los Botín, los
Herrero y tal vez los Olarra, había que encontrarlos entre estos vendedores de
barquillo y aloja. Ellos fueron los instituidores, con su sentido del ahorro, y
la posibilidad de ganancia, del primer capitalismo hispano. Estaba buenísima.
Le di las gracias, partí, nunca más volví a ver, pero la alojera fue la mujer
para la que escribí mis primeros versos. -¿Quieres un poquito más, Toniuco?
-No, gracias, Fronilde. Me tengo que ir, se está haciendo tarde y a las siete
suena el timbre de recogida. Hay que estar allí para pasar lista. Nunca la
escribí a la guapa Fronilde, pero su caridad y su comprensión (el amor es lo
único que merece la pena en esta vida) trae a la memoria algo amable entre la
retahíla de amargos recuerdos de mi estancia en el antiguo caserón : la
universidad de ladrillo mudéjar, el seminario menor color del cemento, y el
colegio máximo de puertas blancas, todo enjalbegado y recubierto de hiedra y de
palmeras. Si el P. Heras fue para mí el buen cirineo, Fronilde representó la
ventana que se abría a la belleza. La hija del alojero fue la mujer samaritana
que me daba de beber. En mi primera misa fue por ella la primera por la que
recé. Su nombre de princesa ocupa un lugar aparte en las preeminencias de mi
memoria. Al pasar debajo del pórtico central entre las enredaderas la piedra
del escudo me advertía del símbolo. Sobre un campo de gules aparecía el cáliz
de la Iglesia y la sinagoga con el cetro quebrado. Eran los reyes de armas de
aquella casa, pero el padre Carral y el bendito Don Claudio López estaban en un
error: la sinagoga empuñaba Sin saberlo yo me lanzaba de cabeza a un mundo
dominado por la política bajo la influencia de los amigos del P. Rábago,
culpables de los tres grandes sucesos traumáticos del Incomparable y Violento
siglo vigésimo: Hiroshima, el descabezamiento de Rusia y la creación del Estado
de Israel. He aquí un triunfo de la razón practica, brújula de toda política
pero,¿donde queda la conciencia? Habiendo hecho reventar la bomba atómica y
alimentado el terrorismo internacional - el chantaje comenzó con la voladura
del “Maine”- se erigen en árbitros salvadores de la especie humana. Dije adiós
a la Cardosa una sofocante y lluviosa noche de bochorno de verano un seis de
julio. Me sentía muy triste y fracasado al tomar el tren en Torrelavega. A la
siguiente mañana cuando llegamos a la estación del Norte ya me había olvidado
de mis pesadillas. Madrid era hermoso y acogedor. Toda la capital estaba
engalanado y lleno de guardias para dar la acogida al presidente Onganía de la
Argentina en visita oficial. Me esperaba un largo y cálido verano. Después
volvería a ingresar en Segovia y allí estuve hasta cuarto de Teología. En vez
de pronunciar el “Adsum” entonces me marché a París. El sí de la unción
tardaría en llegar otros dos años tras mi aventura parisina, pero ese es un
fleco que no atinge a este relato de mis corrupciones, perversiones,
perplejidades, desencantos y paradojas de la fortuna voltaria. Ha de bautizarse
a aquella perínclita quinta del sesenta y cuatro como la gran Promoción Ex. Ese
verano en París fue determinante. Cuando dejé a los vascos viví en un cuchitril
de poco más de tres metros cuadrados donde no podía erguirme, cocinaba en
cuclillas y permanecía tumbado en un camastro para ahorrar fuerzas horas y
horas, pero la buhardilla tenía un belvedere con vistas a los Campos Elíseos.
Me sentía débil porque me alimentaba sólo de leche, cartones y cartones, pero
estaba en París, que no es poco. Me impresionó el silencio del metro, sus
vagones destartalados, la gente no leía periódicos sino libros de bolsillo, la
ciudad me acogió en sus brazos con su aire impersonal, cosmopolita. París tenía
una forma especial de oler y de respirar, enseguida lo capté. Frecuenté -cómo
no- el 53 de la Rue de la Pompe donde había un hogar para españoles, allí se me
puso en contacto con una empresa que contrataba mano de obra no cualificada de
aparceros y de jornaleros. Trabajé como ascensorista en un montacargas, en una
lavandería y hasta en una fábrica de prendas femeninas poniendo etiquetas,
donde discutí con un marroquí que por poco me cuesta la vida en el ardor del
agosto parisino. Luego empaqueté periódicos en las oficinas del Herald Tribune
donde un americano al vernos llegar todas las mañanas decía:”Adelante la
Sorbona”. Entre los empacadores había una bailarina del ballet Bolshoy. Nunca he
visto un cuerpo tan elástico ni unas piernas tan bien talladas. En el verano
del sesenta y cuatro lo que sobraba era trabajo en aquella encantadora ciudad.
El mundo estaba a nuestros pies, acabábamos de cumplir veinte años, debía de
ser por eso. Cerca del Ayuntamiento, entre cuatro alquilamos una alcoba.
Encontrar alojamiento era un poco más difícil que lo de la chambra. Yo tenía la
mosca tras la oreja después del incidente con los vascos, pero en aquella
ocasión no fui testigo de hechos bochornosos, ni estuvo en peligro mi
seguridad. Era un cuarto limpio y los días se desenvolvieron con tanta
normalidad que ahora mismo no caigo ni en el rostro ni en los nombres de
aquellos con los que compartí el derecho a cocina. Se me han borrado del
recuerdo, todos eran españoles, eso sí, pero no tan problemáticos como los
amigos del cura Usategui. Cuando alguna vez estoy triste y quiero soñar, la
mirada del recuerdo revierte a aquella pensión en que viví cerca del parisino
Hotel de Ville. Permanecí en la Ciudad de la Luz hasta bien entrado el otoño.
Todo el mundo regresaba a España; por el contrario, yo compré un billete en la
Gare du Nord con destino la estación Victoria. Aparte de que adelgacé
sobremanera no tuve ninguna experiencia digna de mención, ningún pasaje truculento
acreedor de ser puesto en perspectiva por el gran Torbado. Sin embargo, pienso
que muchos de los personajes de las “Corrupciones” se cruzaron en mi camino.
¡Tiempos que no volverán! Lo que no se olvidará mientras viva fue lo que me
sucedió en mi encuentro con mi amigo el “ex”, al que ya ha aludido. Fue una
prueba que Dios quiso ponerme en la senda para dar a entender que durante
nuestro vivir no hemos de bajar la guardia. Estaba yo muy bajo de moral porque
no había probado alimento durante cerca de una semana y además creo que
alucinaba. Durante el camino hacia la chambre fuimos recapitulando sobre
nombres y anécdotas de gente a la recordaríamos toda la vida: el P. Penagos,
que hablaba tan deprisa que apenas se le entendía; del P. Mayor, el mejor latinista;
de Heras, nuestro prefecto, un maestrillo de Burgos, al que yo llegué a querer.
-Casi perdono a los jesuitas porque aquel hombre, que era un santo, era un buen
hijo de san Ignacio. De Larramendi y de alguno que otro no guardo buen
recuerdo. -El P. Heras lo dejó. -Ah, sí. -Y también lo he dejado yo, - dijo
Iñigo - Y aquí me tienes en París. La vida da muchas vueltas. -Más que el
corazón de una pelandusca de Pigalle. -ya hemos llegado. Sube. -Franqueamos un
portal del Distrito dieciséis, uno de esos edificios estilo fin de siglo, con
tejados de pizarra y balaustradas en las plantas nobles, testimonio en piedra
de que aquella ciudad había sido el ombligo del mundo. La “concièrge” una
señora cuarentona con el pelo blanco con un “Gitane” de vaina amarilla en la
comisura de los labios me miró de arriba abajo y mi amigo tuvo que darle
explicaciones de que yo era un condiscípulo suyo al que había invitado a pasar
la noche. Ella largó una Maximinofada ininteligible en el que se adivinaba el
mal humor. - “Dites, donc, les espagnols”. Se fue refunfuñando. Pero Usategui
la corrigió. - “Pas d españols. Nous sommes basques, madamme du Pont”. -Tu ĺen est aussi, toi.- dijo dirigiendose al que suscribe -Yo
no. Soy del interior, pero mire mi noble nariz, señora.” Tous les castellaines
ont de basques quelque chose”. -Ah bon - gritó la matrona con su voz de
jilguero, pero sin demasiado interés por la cuestión. A mí tampoco me parecía
la variedad regional tan significativa, aunque mi segundo apellido sea vasco.
Pero noté que mi amigo, tan risueño en otras cosas, esto de la nacionalidad no
se lo tomaba a broma. El bueno de Usategui, como más adelante conseguí
comprobar, se tomaba muy a pecho la cuestión racial, aunque jamás lo entenderé,
pues pienso que todos pertenecemos a una raza única, la humana. Lo que único
que nos diferencian son las peculiaridades culturales del medio, el clima, el
suelo, las creencias, pero él era un cucarro, un trabucaire clérigo. Carlista
de pura cepa. Estaba metido en la causa hasta las cachas. Puede que yo fuera
también algo vascuence, pues tengo la cabeza grande y la nariz poderosa, las
caderas anchas, y unas buenas manazas para pegarle a la pelota, he corrido un
par de veces en los encierros de Cuéllar y porque la región donde nací fue
poblada por navarros. Hicimos una fetiche de la religión. Esta es la diferencia
mayor a grandes rasgos entres Castilla y León. Los leoneses son descendientes
de asturianos y gallegos. Subimos hasta una buhardilla en el último piso. La
habitación estaba llena de humo y de guisos recientes. Había como diez tíos
hablando en vascuence. Al sentirnos llegar, suspendieron la conversación.
Vibraba en el tono de su voz y en sus ademanes un tufo de conspiración. Todos
ellos se decían refugiados políticos. De las paredes colgaban carteles de Fidel
Castro, de Marx y de Lenin, que me hicieron sentirme algo cohibido. -No
preocupar. El que traigo aquí es de confianza, pues. Cura ha sido. Esto pareció
tranquilizarles a los vizcaitarras y siguieron a lo suyo, pero yo pude captar
que soltaban pestes del régimen de Franco y que estaban preparando algo gordo.
A lo tonto yo me había dado de bruces con el primer embrión de una organización
terrorista que iba a ser protagonista de la triste actualidad española lustros
enteros, durante la dictadura primero y más tarde con la democracia. Entonces
no me daba cuenta de que aquellos tíos con cara de aldeanos iluminados que
tenían pinta de aizkolaris y que se parecían un poco a Urtain acabarían por
envenenar la historia de España. Eta había nacido en un seminario y mi amigo el
inocente y simpático Usategui sería uno de sus impulsores. ¡Quién me lo iba a
decir a mí por ese entonces!, pero la vida da más vueltas que el corazón de una
puta de lujo. No reconocía casi a mi antiguo amigo el baracaldés de la perenne
sonrisa. Siempre inmerso en su parsimonia. Todo lo hacía con facilidad. Sólo su
alegre rostro cobraba un perfil adusto cuando se refería a un tema de sus
predilecciones: la represión franquista, un asunto que yo no entendía
demasiado, pero a él le gustaba hablar de gudaris, del cerco de Bilbao, el
cinturón de hierro, la represión de los fascistas. Yo era de zona nacional. Los
rojos habían matado a varios miembros de mi familia. Las ideas del baracaldés
me sonaban a algo como formuladas de otra galaxia, mas no por eso dejaba de ser
mi amigo. Por mi parte yo también debía de parecerle un extraterrestre al
defender la causa de los nacionales. Mi padre, al que yo consideraba casi como
un dios, y al que he adorado durante mis días, peleó al lado de Franco. Pero
allí, también en el seminario, había dos Españas. Los superiores trataban con
un cariño especial a los de Bilbao. Apellidos como Aburto, Arriola, Echeverría
y Aguigorriaga siempre salían en el cuadro de honor. Y a mí el P. Larramendi,
el profesor de latín, desde un principio, me tomó ojeriza como a los de Zamora,
a los de Valladolid y a un tío de Guadalajara. Tuve que pegarle una paliza
-veinte, dos-a Usategui para que se me empezase a tomar en consideración. Éste
se me coló, me espetó Larramendi al que apodaban el “peniciliado”(sus malos
pelos le acaban sobre la testa en forma de pincel) una vez que le fui a contar
mis problemas de adaptación. Me hizo llorar. En Comillas se comía mejor que en
otros seminarios. Allí iba la crema de la crema de todas las diócesis. Pero yo
demostré que también sé tener agallas, reverendo padre. Nada, nada. Tú te
marchas. No das el coeficiente. También debió de influir que yo era pobre. De
casa no me mandaban dinero como aquellos vascos de Bilbao y de San Sebastián muchos
de los cuales tenían por padres a empresarios y a gente de dinero. Conocí que
había dos Españas y que los vascos eran los mejores, los más altos, los más
bonitos, los que sabían más latín o matemáticas, pero, que se chinchen, yo
había pegado una paliza al frontón al gran campeón. Pero ¿ha sido ese canijo de
Segovia? Si parece que no puede ni con los calzones. Pegué el estirón. No me
servía la sotana que, a través de mi madre, había heredado de un canónigo el
magistral de aquella santa iglesia catedral, don Bienve. Me quedaba muy corta
porque este beneficiado todo lo que tenía de pequeño lo tenía de inteligente.
Quizás me contagió su ropa la perspicacia de aquel clérigo para las cuestiones
canónicas, su capacidad memorística, su verbo inflamado, pero no sus posibles
ni su riqueza. De casa no me mandaban dinero para hacerme una nueva, no
teníamos dinero para comprarme otra. Pero ¿cómo vas así, Maximino, hecho una
adefesio? La sotana te queda como un tres cuartos. No tengo dinero para
comprarme otra. Mi padre es militar de baja graduación. Duré un año en
Comillas. El P. Larramendi me echó, pero al curso siguiente me readmitieron en
mi seminario. Volví con las orejas gachas. Pero en Comillas aprendí que había
dos Españas y que la guerra la habían perdido los alemanes. El P. Rábago,
nuestro profesor de Física, hablaba el inglés perfectamente y estuvo en Madrid
haciendo de intérprete cuando vino Eisenhower. También había ricos y pobres. No
todos eramos iguales. Yo caía en la segunda selección. Nunca conseguí entender
la animada conversación exaltada y cerril de los vascongados contra Castilla.
Es como un cáncer que acabará con el ser de mi patria a la que he querido tanto
y he defendido siempre, incluso contra las imposturas y poca altura de miras
que ha demostrado la Iglesia. Usategui era bueno y servicial. Le perdía sólo su
pasión nacionalista. La cabellera del “Penicilico” recordaba una barza de heno
y sus manos delgadas, cubiertas de vello, sostenían el florilegio de autores
latinos con los discursos de Cicerón en el aula de paredes blancas, con aliños
de pupitre de roble, dispuestos en forma de satélites alrededor de la mesa
doctoral. El aula era grande y se encontraba bien iluminada por cinco
ventanales con remate en ojiva, que abrían, pasada la Cardosa, un paisaje de
cuencas y sernas. En días de sol aquel escenario se iluminaba con el cromatismo
de todas las variantes del espectro. Todo el valle parecía sumido en el
estridor de una fiesta. Por aquel iconostasio o mural de hermosura desfilaron
los sueños de mi adolescencia. Comillas supuso un tiempo de nueve meses de
contemplación, pero ya el curso tocaba a su fin, todo se acababa. Resultaba
difícil meter en brida al potro de la imaginación, mientras los ojos en horas
de clase se distraían contemplando lontananzas y añoranzas de los lugares
recorridos durante las marchas y paseos de los jueves por la tarde. Eran
lugares con nombre de romanceros, hitos mágicos de la España caballeresca.
Todos se han hecho acreedores en mi memoria de un sitio de honor: Caranceja, Cerrazo,
Reocín, Bárcena, La Busta, Quijas, Veguilla, Trasmiera, Ibio, Carriedo,
Valdaliega, Toranzo, Villaescusa, Trasmiera y San Vicente. Eran montes oscuros
de los que a las veces el verde triunfal se sentía transfigurado por el blanco
de cal de las minas de potasa y del litoral de monte bajo formando landas y
ensenadas hacia la ribera. ¡Qué lejos estaba aquel Usategui comillense del otro
de la buhardilla de París! La generación ex había pasado por las horcas
caudinas de las corrupciones. Fin 21 de enero de 2000 1Leche ligera es lo
light, lo políticamente correcto, no nos metamos en tremedales. Haga
pedestrismo y haga zapeo. Ponga usted al mundo a paso ligero. Sin embargo, el
que esto escribe prefiere el paso largo VIENDO PASAR LA PROCESIÓN Era Jueves Santo
y en Segovia nevaba. El capirote es un poco cegato y hay tela que tapa el globo
ocular. El penitente tiene que saber donde va. De ahí esa mirada de los
capuchones de Semana Santa que a mí me asustaban desde niño y podían ser tan
amedrentantes como los zangarrones de Carnaval.¡ Uh.Uh¡ Que te asusto.¡ Uh. Uh!
El coco. Luego ese capirote ridículo que no era sino los viejos remilgos del
alma colectiva de un pueblo que temblaba a la Inquisición y tenía que hacer
muestra y profesión publica de fe en mi Segovia, y eso que allí hemos sido de
siempre cristianos viejos. Tambien a los relajados al brazo secular del Santo
Oficio lo vestían con una túnica morada, les tapaban el rostro y les subían en
un jumento. A la hoguera se iba siempre cara atrás. Las procesiones son
remembranza enigmática de aquel abigarrado mundo. Había triunfado el
catolicismo. Casi nadie explica cómo perviven tales representaciones del fervor
popular. Por unas horas aquellas masas férvidas quitaban a Dios de las manos de
los curas y lo sacaban a la calle bajo estandartes. Era también un mundo
gremial. Ciudades divididas en barrios. En el horizonte las cofradías. Las
hermandades competían como en un campeonato de mus por exhibir el mejor cristo
y la imagen de la Virgen más viva. Nosotros éramos de los Dolores de Santa
Eulalia, por otro nombre Nuestra Sra. De los Siete Cuchillos. Antiguamente
sector textil, mayormente tintoreros y peraíles. Por las calles de mi pueblo
aquella noche que nevaba (era la acción de los vientos exhidras o favonios que
para los romanos anunciando lluvia traían primavera) porté mi cruz y camine
descalzo y con cadenas por el piso helado. Bajo el capuz sonaban en mis orejas
sonaban determinativas las profetas del santo Profeta “Di mi cuerpo a los que
me herían y mis mejillas a los que me mesaban el cabello: no aparté mi rostro
de los que me injuriaban y escupían. El Señor era mi auxilio” [Isaías 50,5,10].
A lo largo de mi vida he sabido lo que es la calumnia y el gargajo de las bocas
purulentas pero mis lomos estaban bien amarrados. Sint lumbi vestri precinti
(hay que atarse los machos) otras palabras que recordé al ceñirme el cíngulo o
la soga de esparto de cofrade Ninguna asechanza a mi salud no obstante a pesar
de aquella burrada de caminar descalzo y con una cruz que pesaba ciento veinte
kilos a la costilla. Sólo agujetas un par de días pero luego como si tal cosa.
¿Milagro? No lo sabría explicar pero algo hay. Uno se siente reo no sabe por
quien y con complejo de culpa. La culpa. Oh félix culpa. Luego lo comprendí,
era gente menos aficionada a los toros que a los autos de fe. Allí siempre
gustaban las procesiones y cabalgatas. Pasos. Carrozas. El Santísimo
Sacramento. La tarasca de Corpus. Las fiestas de la Catorcena. La Piedad de
Aniceto Mariñas. El novenario de la Fuencisla. El gallo de san Pedro. La espina
de Santa Rita de Casia. Gigantes, cabezudos y estafermos por San Juan de Junio
y hasta el brazo incorrupto de San Antonio María Claret he visto yo desfilar
bajo los ojos solemnes y ensimismados del acueducto porque todas las
procesiones las de la Semana Grande y las otras confluían en la Plaza del
Azoguejo. No había cine, pocos teatros y muchas ganas de aprender y de ver
cosa. Los rostros de aquellas grotescas tallas y esos cristos moribundos,
sanguinolentos, llagados y con la expresión de la agonía, los pelos lacios,
hirsutas barbas y esas vírgenes atormentadas de expresiones compungidas blondas
de seda, justillos de encaje, y moqueros de puntilla, siendo así que las
lagrimas eran de cristal, arrastrando mucho peplo y mucha joya bajo el palio de
brillantes se me metieron alma arriba. Fueron sensaciones perdurables. Que
llevo marcadas en lo más profundo de mi ser. -¿Por qué suelta usted tanto
latinajos en sus escritos, Ejusmodi? - Toma, por que va a ser porque parece que
retumban en mis oídos los ecos del canto de la passio que hacían a tres voces
los chantres de mi catedral –Dimas, Jerónimo y don Bernardino, el bajo Jesús,
el contralto, la sinagoga y el tenor, cronista) Y aquellas voces, aquella
melodía, suenan como un grito inmortal en mi memoria. El ámbito de las
procesiones era una plástica de rigor. Sermones tallados en imágenes de cartón
piedra o en madera de Espirdo. Una teología que entra por los ojos y de la que
a lo largo de tus días no podrás deshacerte jamás. Lo mismo que el sonido
lejano de clarines, timbales y tambores. O el silencio vibrante del Cristo de
los Gascones. Nos llevaban a todas. Recuerdo un Domingo de Ramos que mi hermano
Nano agarró un perra porque quería que los subieran en la borroquilla de Jesús
del paso en la que el Señor hacía su entrada triunfal en Jerusalén. - Yo quiero
ir ahí. - Hijo mío que esto no son los caballitos. Es Jesús que pasa camino de
Jerusalén; tírale un beso - Yo quiero subir al burro. Pues sí, pues sí y sí. Y
el Naneras se revolcó en el barro poniéndose perdido el traje de marinero
recién estrenado. Le tuvieron que calentar el canto, mas ni por esas. Él
berreaba aún con más fuerza. Había cogido tal perra que se había puesto muy
burrito. Estábamos en la acera de la calle de Muerte y Vida viendo pasar la
procesión y los berridos de mi hermano que estaba de antojo creo que se
escuchaban en la Escarelillas de San Roque a la otra punta. El deán de la
comitiva, don Fernando Revuelto, que bien me acuerdo de su nombre y de su
prócer figura casi dos metro medía, nos miraba de reojo y un canónigo
pertiguero estuve a punto de acceder a los deseos del enano y ponerle sobre los
lomos del borriquillo de cartón en lo alto del paso. -¿Y ahora qué hacemos,
Desiderio? - Auparle en lo alto del paso, don Fernando - Y si le seguimos dando
el gusto nos pide la luna. ¡Condenado nene! - Déjenlo ustedes, señores curas,
déjenle que está burrísimo –terció mi pobre padre. Aquel día Naneras se acordó
de la tunda que le dieron por ser Domingo de Palmas. Y se lo tuvo merecido. Las
procesiones duraban tres horas y era casi media noche cuando regresábamos a
casa, mis hermanos medio derrengados y despeados de tanto estar de pie horas y
horas, los pequeños dormidos en brazos de mi madre. Mi padre nos llevaba a la
gigantilla o en cuello. Papá cógeme que me canso. En el cielo asomaba solemne y
compasiva la luna de Pascua. Sólo comíamos torrijas el jueves y el viernes y
los soldados que desfilaban y los que estaban cubriendo carrera con el ánima
del fusil mirando para abajo. Por la radio sólo ponían saetas y canto
gregoriano (ojalá volviesen aquellos días) y las calles se llenaban de un
sorprendente mujerío. De las hermosas Manolas con el rosario de cuarzo y la
mantilla que iban a velar a Cristo muerto. Los hombres se metían en las tascas
a beber una limonada que hacía que se te doblaran las piernas y una cazalla que
llamaban los taberneros matajudios, especial de la casa para los días santos.
Las pítimas que se cogían eran procesionales. En las iglesias el monago no tocaba
la campanilla y los santos de los retablos estaban tapados tras un lienzo
nazareno. - ¿Por qué está triste la luna, papá? A mí ya por entonces me
llamaban en casa el filósofo porque era muy repensado y tenía unas caídas
chocantes y se me ocurría lo que no se ocurre a nadie. - Porque se ha muerto
Dios. Y las campanas de las catorce parroquias y de los treinta y tantos
conventos y monasterios de Segovia estaban toda la noche tocando a muerto. Y
hasta el Río Clamores lamía las murallas y la hoz del Pinarillo embebecido de
silencio. Toda la ciudad estaba de duelo. Ese mundo de mi infancia es el que
quise recuperar yo hace unos años cuando me vestí de nazareno. Detrás de la
Dolorosa de Santa Eulalia la de los artilleros con las insignias de las
lombardas al través sobre el montón de granadas en el peto de la carroza. Los
cabos gastadores cubrían armas. Nos habíamos puesto el hábito a la bajada de la
cuesta de Cantarranas, enristré las cadenas eslabonadas a un brete que servía
de cerco a los pies y yo debía de ser un espectáculo porque el metal al
contacto con los adoquines tintineaba que las llevaban los demonios o como si
acabasen de aterrizar toda una división acorazada en plena Calle Real. Los
grilletes y los golpes de rebenque era una escena antigua de los viejos
disciplinantes. Condenados a galeras por Jesucristo. Al fin y al cabo todos
somos cómitres y remeros de la vida. Túnicas moradas y hermanos mayores con
hábito de galas, muy distintos al de los vulgares nazarenos con aires
prepotentes subiendo para arriba y descendiendo para abajo, dándose mucha
importancia. - Siga la fila, penitente, y ese capirote va de medio lado. –
ordenaba el Hermano Mayor como si fuese un mariscal Estos capuchones
impertinentes eran los capataces y comisarios de la procesión. Los que te
metían en vereda y hacían guardar la línea. Y te daban un poco de aguardiente
de guinda si desfallecías Mi cruz pesaba un huevo. La habíamos traído de
Valsaín y las cadenas eran especiales. No sé cómo resistí en aquella tarde fría
de nevasca los pies desnudos detrás de mi Virgen de Santa Eulalia. Cada uno
tome su cruz y sígame. Me hacía mucha ilusión seguir al Señor. Le pedía por mi
familia. Por mis hijos. Le agradecí haber salido con bien de una grave
enfermedad (había estado dos años con unos dolores tremendos de barriga y
pasaba las noches en un grito). De vez en cuando mi vista se concentraba en las
aceras. Algunas mujeres me miraban con compasión, los niños, aterrados, y
algunos hombres descreídos como si aquello fuera una broma. Inquiriendo con los
ojos. Pero tú de que vas tío. Y yo con los míos les respondía: por una promesa,
sí por una promesa. ¿Sabe usted? Horas antes de que comenzara el desfile
penitencial unos graciosos habían esparcidos cristales y puntas por el firme de
la calzada por donde había de pasar Dios. Ninguno de los nazarenos se lastimó,
¡qué cosas! A la catedral llegamos derrengados pero airosos y con unas ganas
trágicas de mear. No me aguanto. No me aguanto. Ay que me lo hago. Preguntamos
a un canónigo que nos miró de arriba abajo, como si cuereamos la escoria de la
sociedad. Con un gesto de superioridad y como diciendo pero mira que chiste (ya
sé porque le llamaban el chistoso aquel tonsurado) como si los hombres fuéramos
ángeles y no estuviéramos sujetos a las leyes imperativas de la fisiología.
Cuando haya WC en las iglesias, ermitas y catedrales la humanidad habrá dado un
paso importante. En la sacristía de la iglesia mayor de Segovia había un triste
evacuatorio rudimentario. Nos vedaron la entrada a los nazarenos pues estaba reservado
a clérigos, monjas y para personas consagradas y nosotros éramos vulgares
penitentes. Pecadores del montón así que buscamos el rincón más oportuno,
salimos al enlosado de los autos de fe y exoneramos nuestras vejigas bajo las
dovelas de los postigos. Meadas de caballo o mejor dicho de apóstoles. Por
debajo del halda de nuestras túnicas de nazarenos. Orinamos junto a la pared de
la fachada más impresionante, la del Oeste, de todo el gótico flamígero. Es la
puerta de Santa Bárbara una especie de Sarmental en Segovia donde yo he visto
lucir las más impresionantes puestas del sol. Que cada uno cargue con su cruz.
Que cada palo aguante su vela. Creo que desde su camarín la atalajada Virgen de
los Dolores miraba para nosotros con compasión como diciendo: “pobres”. Los
canónigos empezaban ya a cantar el “Stabat Mater” y empezaban las horas santas
ante los monumentos. Se había muerto Dios. 04/04/2007 VOLVIENDO A LA
GARRAFATINA El día de Nuestra Señora 15 de agosto Ya han pasado muchos años de
aquellos 15ª pero mi alma venerara y rememora. Se han gastado las páginas de
aquel misal olvidado de tanto pasar las hojas mojando con saliva el papel. Te
igitur, clementissime… aquel niño de las misas pontificales en la catedral
portando el acetre o la naveta del incensario es un viejo diacono olvidado, un
literato sin fortuna, acaso un vagabundo con poca suerte pero agradecido a Dios
por la fe y por todo cuanto fui. Yo creía en la utopía. La noche pasada
mientras rezaba el oficio cantaba en el bosque un mochuelo el cual con su
particular lúgubre llamada que por estos pagos llaman miago. Inconfundible el
lamento de la curuxia (lechuza) como un himno epicinio de las ninfas de la
naturaleza sonando allá atrás en la aliseda. Creí interpretar el sentido de las
palabras del pobre autillo de mi pueblo que visita estas soledades una
madrugada sí y otra no: Arca non putri fabricata ligno Manna tu servas, fluit
undique virtus Ipsa qua surgent animata rursus Ossa sepulcros Surge, dilecto
pete Nixa celum Sume consertum diadema stellis Este himno de salutación mariana
nos cerciora de que la Virgen estaba hecha de otra pasta al resto de las hijas
de Eva, que su carne incorruptible no pasó por los estragos de la muerte y que
se durmió en el regazo de su hijo y se fue al cielo cercada de ángeles y
pisando una diadema de estrellas. Exageración, tal vez; hiperdulía, culto
mariológico pero hay cosas que no acierta a comprender la razón y el corazón
entiende. Sin proponérselo el “miagón” escondido entre las ramas del “humero”
le cantaba a la Deipara una copla de resurrección. Ya solo las aves nocturnas
rezan en latín. Los curas y al hilo de esto me encuentro sorprendido e
indignado con el circo que se ha montado en este país a costa de la visita
papal. Benedicto XVI nos lo presenta la “media” (aquí hay gato encerrado y se
percibe claramente una burda e inicua maniobra) no como al siervo de los
siervos que son lo que los papas son sino como una suerte de vicedios robándole
competencias al propio Jesucristo y a su Madre Santísima, propugnan una cierta
aversión hacia la lengua. Happenings, espectáculos, tenidas, misas con el
acompañamiento anti -litúrgico de rock and roll. Jóvenes y jovenas de todo el
mundo, un chorro de dinero que para acoger a estas juventudes vaticanas han
salido del contribuyente español. Este Benedicto o es tonto o es un bendito de
Dios. No se ha enterado que nuestros hijos están en paro, que hay angustia en
las familias, que en su seno se percibe recelo y poco amor, que existen
problemas muy de fondo en nuestra sociedad que se dice cristiana aterida por el
consumismo y una desorientación quasi escatológica, sin que la Iglesia predique
contra tales abusos. Antes bien se ha adherido a los banqueros y el clero se ha
vuelto capitalista, escucha las soflamas de la COPE o las catilinarias burdas
de Intereconomía y ha vuelto a leer el ABC sionista. Y tiene que soportar a un
obispo con cara de palo Rouco o aguantar las boutades de Martínez Camino. El
pueblo de Dios está desorientado o que le llevan los demonios. Uno no sabe si
Benedicto XVI es el heraldo de Jesús o el de la banca Morgan que, estomago
agradecido, condona todos los crímenes y aberraciones del estado hebreo que es
el que corre con gran parte de los gastos y al cual todo el Vaticano se
encuentra sometido vía twitter y facebook. Twit en inglés es gilipollas y
facebook cara de libro paniaguados. Roma trata a su gente como gilipollas y
paniaguados. Pero de esto ya nos puso en antecedentes el Salvador cuando
predicó a los hipócritas a los levitas, a los fariseos, a los curas encastillados
en la soberbia y en el poder. Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y fue
asaltado por ladrones que lo dejaron medio muerto. Pasó un sacerdote y cruzó de
largo. Vino después un escriba el cual tampoco se detuvo. Sin embargo, acertó a
bajar por allí un samaritano, pecador, algo borrachín y con no muy buena
reputación el cual cargó con el herido a su jumento, lo llevó a curar y dijo a
los sanitarios que todos los gastos correrían de su cuenta. Hoy día de la
Asunción a la vista de una Iglesia que nada tiene que ver con aquella que yo
soñé de niño y al que podría aplicarse la parábola del buen samaritano (cuantas
veces estuve en dificultades y pedí auxilio sus sacerdotes, sus escribas, sus
levitas se desentendieron mostrando una falta de humanidad rayana en el
paroxismo) he rememorado aquellos quince de agosto cuando todavía por estos
valles de las Luiñas asturianas suenan los estrepitosos voladores. El pueblo
español, huérfano de tantas cosas, sigue honrando a la madre de Dios. Lanza
cohetes al aire, se escucha el rumor de la música verbenera bajo las carpas.
Hoy es fiesta en muchos pueblos de por aquí. Mi fe en Cristo Jesús y mi amor a
la Virgen poco tienen que ver con este circo y estas maniobras comecocos del
sucesor de Wojtyla. ¿Llega un vicedios o un embajador del diablo? O un nuevo
judas que ajustó la venta de la iglesia al sanedrín por veinte siclos. Pese a
las traiciones Cristo está en la historia y el atardecer es hermoso. El mundo
pasará pero mi palabra no pasará La plenitud del verano el sol en su cenit nos
acogía tiempo de augusto. Íbamos al valle de Tejadilla a coger moruelas. La
oxicanta o el escaramujo pintaban entre las zarzas. -Estas son buenas, Teodoro.
Mi amigo Doro y el que suscribe cuando amanecía dios por los torrentes y
blanquea la cal por las torreras antes del amanecer cogíamos el fruto medicinal
y poco a poco las echábamos en un bote. Eran buenas para el hígado y el
boticario de Santiespiritu las pagaba a duro el cuarto kilo. Al alba un
jolgorio de campanas llenaba la ciudad se místicas y alegres sonoridades. Era
el único día que subían los sacristanes a la torre de la llamada Dama de las
catedrales. Melecio el sacristán mayor que era pariente del deán y que solía
recorrer el templo con un atadijo de llaves y era un segoviano de pelo fuerte
muy cano y de fácil sonrisa dirigía aquel repique. Una vez subimos con él los
cien metros de escalera. El huso de la empinada escalinata era tan estrecho que
había que subir de costadillo pisando palomizo y gallinácea. Chovas,
golondrinas y aves de todas las especies habían posado allí durante siglos.
Merecía con todo pasar canguelo trepando por las angostas oscuridades. Desde lo
alto del campanario se divisaba en la majestad de sus campos media Castilla. El
tañer de la campana gorda sólo una vez por año la mañana del 15 de agosto se
esparcía por la ciudad amurallada con euforia de ritmos y megafonías triunfales
porque ese día no se tañía “de sencillo” sino de redoble. Era el Día de la
Virgen. Nos habían hablado del sueño que tuvo san Agustín sobre la mística
ciudad de Dios basada en la armonía, el concento y el contento, la ausencia de
maldades sin crímenes ni robos ni borracheras ni bandos bajo el báculo del
obispo y la espada del príncipe que velaban por la seguridad de los súbditos y
fomentaban la conllevancia entre las diferentes clases sociales meditante los
gremios- a cada uno le correspondía un oficio y todos los miembros de la
comunidad eran útiles y estaban adscritos a un puesto, a un lugar. Era la
utopía y aquellas campanas de mi pueblo recogían el eco de aquella llamada a la
excelsitud. Hay que buscar la excelencia. Miremos a lo alto. En el cielo
sonreía la Virgen maternal con un niño en brazos. Aquella mujer que aplastaría
la cabeza del dragón había estado subida a aquel trono de nubes desde mucho
antes. Los egipcios la llamaban Isis con su niño en el regazo: Horus. Para los
romanos era una diosa que se paseaba por los campos en un carro de fuego tirado
por leones. La diosa Cibeles. No importa la denominación pero en algo hay que
creer. Bebamos de los vasos sagrados. No rompamos las orzas. Sagrado es el
vientre de la mujer. En ella nos concibieron pero estamos hechos de barro.
Había un grito triunfal que al final de la liturgia prorrumpía el subdiácono:
-In conceptione tua inmaculata fuiste Y contestaba el orfeón: -Ora pro nobis
Deo qui Verbum peperisti. -Assumpta es in coelo. Te llevaron al cielo en
volandas. Y para ti la tierra te fue leve porque te dormiste. Asunción
dormición de acuerdo con la tradición oriental. Un serafín entona hoy con más
brío las estrofas del Akathistos. Alegraos mujeres del mundo porque en Ella
está vuestro triunfo. En España el país de la Virgen pura, cristiana, pero que
rindió culto a Cibeles, a Isis y Horus y otras deidades ibéricas de la
fecundidad se escucha la voz del serafín anunciando la búsqueda perpetua del
amor que no se extingue o la llama que no se apaga pero también suenan
pasacalles. Tan. Tan. Talan. Tan. El grito de aquel bronce en día tan
significado lo llevo inscrito en mi memoria. Debe de ser que la fe entra por el
oído como decían los padres de la iglesia y la religión tiene que ver mucho con
la acústica. Sin ortofonía ya no queda armonía. Y han derribado los púlpitos.
Derrocado el tornavoz que en su techo mostraba la paloma del Espíritu y suprimida
la predicación pues la Iglesia ha suprimido la predicación que tiraría por
tierra la sagrada didascalia. Y ya sólo nos quedan las campanas para hablarnos
de Dios. Bajo la atenta mirada del sacristán mayor al que recuerdo con su cara
bondadosa y caminando por las naves de la iglesia arrastrando los pies (debía
de tenerlos planos) con un manojo de llaves engarzados a la cintura tres mozos
de la parroquia elegidos por sorteo para repicar se las veían y deseaban para
girar la melena de la gran campana. El bronce y el roble eran símbolo de los
días augustos. Segovia y concretamente aquella iglesia mayor, un canto del
cisne del gótico tardío producto del ingenio del gran arquitecto Juan Guas,
consagrada a la Asunción, festejaba a su patrona. Era fiesta mayor y uno de los
días más hermosos de aquellos estíos de mi infancia cuando íbamos a coger moras
a Tejadilla o a Juarrillos para luego bañarnos en los peñascales del río
Eresma. Las gentes, las casas y los objetos parecían tener un fulgor particular
ya en los comedios del verano. La mies se acumulaba en los trojes acabada la
bielda. Los majuelos en sazón mostraban racimos como ubres bajo los entorchados
de las Maximinos o las cepas crecidas de pámpanos. Días de Baco y de Ceres que
retornaban bajo diferente adoración. El sol augusto amparaba los campos y, el
estío de vencida, los barrios estaban repletos de veraneantes. A todas las
horas pululaba el gentío por la calle real. Los primeros turistas americanos e
ingleses se hacían fotos en el pretil de la Canaleja. El bigote de Clark Gable
sonreía, morboso, en los carteles anunciaban películas como el “Viento se
llevó” que fue prohibida por inmoral. Era un 3R pecado mortal. Total por un par
de besos que le da el bueno del Orejas el pabellón auricular más sexy de Hollywood
a la O´Hara se armó un escándalo. ¿Qué hubiera hecho o dicho el obispo fray
Daniel hoy en día ante la ola de pornografía que nos invade? Volverse a morir.
La castidad ya no se estila. Las púberes canéforas han dejado de ir con flores
a María y hasta la duquesa de Alba, ese carcamal, se ha echado un novio
funcionario al que pasea por Sevilla. Entonces las mujeres para entrar en la
casa de Dios tenían que ir recatadas. La manga corta y los escotes, cosa
prohibida. Se quema incienso en los altares paganos al adulterio, al hedonismo.
Tetas y coños melenas al viento ululan y pululan por las viscerales revistas
del corazón. En veinte siglos de cristiandad no había padecido España la peor
lacra que acomete a un pueblo: la baja natalidad. Destruida la autoridad paterna
muchos padres están acobardados sin saber por donde tirar ante la desobediencia
y el desacato de sus parientas y de su prole. Se ha destruido a la familia y
muchos hogares son un sufrimiento sin esperanza que hace pensar en las
conmociones del Apocalipsis. ¿A quien recurrir? A la Virgen de Agosto. Pero no
nos engañemos. Entonces también se hacía el amor. A la caída de la tarde los
bosques del pinarillo se poblaban de mirones que iban a espiar los muy sádicos
a las parejas en faena. La Farela que era la mancebía que estaba en la Calle de
Cantarranas puerta por medio del convento de Santa Isabel tenía mucho trabajo
con la venida de los de la IPS. No tiene enmienda pero entonces las cosas se
hacían con más recato y a los jóvenes se nos inculcaba un código de valores
para discernir el bien y el mal. Emborracharse o irse de putas no eran actos
para merecer una condecoración. Hoy los amoríos y líos de falda se pagan mucho
dinero en exclusivas en las revistas del corazón. Si había habido buena cosecha
todas las mesas de la terraza del Columba bajo los arcos del Azoguejo estaban
ocupadas de gente de los pueblos que acudía los jueves al mercado de la capital
y entre el ir y venir de camareros de blancas chaquetillas y rojas charreteras
– todo parecía como militarizado y reglamentado por aquellos días se veía a los
tratantes de Turegano fumándose un farias. Corrían por la bandejas bastantes
billetes verdes. Los marraneros de Extremadura saldaban buenos tratos con la
venta del cerdo jaro y para Nochebuena tras la matanza del marranillo morato
comíamos morcillas y jamón de jabugo. Por la calle Real para arriba para abajo
no se veían más que gorras de plato. Por todas partes, militares. A los de la
guarnición se agregaban los estudiantes de la IPS que hacían la mili durante
tres veranos en Robledo y salían de alféreces. Y estudiantes muchos estudiantes
que enviaban sus padres para estudiar una carrera o prepararse para la Escuela
de Magisterio. La pluma la cruz y la espada eran la marca de España. Hoy esto
muchos lo encuentran anacrónico o fascista pero había mucho más respeto, mejor
convivencia, más alternancia y más posibilidades, hoy los caminos se han
cerrado para los jóvenes sin que el papa haya dicho ni esta boca es mía al
respecto. La imagen que da la informativa zapateril no se corresponde con las
realidades pero han vuelto a este país los torticeros de la historia los
muñidores de la infamia. Los bobos de Intereconomía y de la COPE, los
insidiosos del ABC que quieren copiar en Madrid al New York Times. El día que
llegó con gran pompa el “Vicario de Cristo” a Madrid los israelíes bombardearon
la franja de Gaza dejando en la estacada varias decenas de muertos. Y en Libia
soldados de Gadafi y mercenarios se acribillan a tiros por las calles. Si no
vienes en son de paz a esparcir el mensaje de la buena nueva mejor te quedabas
en Castelgandolfo, Benedicto porque tu viaje sólo habrá servido para halagar el
ego orgulloso y vindicativo de Rouco. Después de que pase la marabunta,
volveremos a lo de siempre, a las iglesias católicas vacías, a la cultura
laica, al hedonismo y a la paganía de siempre. Los viajes papales no son más
que una tormenta de verano, un baño de multitudes, besamanos, corifeos, culto a
la imagen. Y yo seguiré como tantos otros al pie de la cruz. Estos bobos son
los de siempre. Entre bobos anda el juego. Zapatero a tus zapatos y cuando la
clerigalla mete los hocicos en político en este país vamos marcha atrás. Los
curas no se resisten a perder la parcela pero España es laica, ha dejado de ser
católica y la culpa es de ellos. Dios es un proscrito en nuestra vía diaria. Se
ha mandado al exilio el culto a la belleza inmaterial para quemar incienso en
las aras de la cutrez, la ordinariez, el morbo. Sólo vale todo lo que se come,
se esgrime y se caga en inglés y a las nuevas generaciones de españoles se les
ha negado el privilegio de conocer su historia, de hablar su idioma y la
jerarquía que no ha movido un músculo para evitarlo antes bien se unió a la ola
es culpable de este orden de cosas. Entretanto, Doro y yo introducimos las
bayas en una cesta y a lomos de nuestras bicis cruzando el Puente de Hierro y
por detrás de los ventorros camino de Hontoria subimos a Valdevilla. El puente
romano parecía nuevo flamante y sus piedras tenían dos mil años. Por ellas caminaron
las legiones de Augusto y los rabadanes de la mesta. Seguía el concierto
campanero impregnando de melodía el aire de la mañana. Todas las torres se
pusieron a tocar para acompañar a la campana gorda. Como la señora Teo había
ido a la peinadora mi amigo Doro desayunó en casa. Restauradas las fuerzas a
base de un café con leche y picatostes nos pusimos el traje de los domingos y
otra vez pedaleamos por el Camino Nuevo hasta llegar a la catedral. Don Asterio
a su vez el maestro de ceremonias, y el precentor encargado de dirigir las
voces blancas ya nos estaba echando en falta. -Creí que no llegabais. -Es que
fuimos a Tejadilla por un mandado. -Hoy no se va a por moras. Hay que estar
aquí derechos como velas para cantar a la Patrona. ¿Estamos? -Sí don Asterio-
respondimos los dos escolanos agachando las cabezas. El día de Nuestra Señora
el aire de la ciudad parecía poseer una mayor claridad iluminando las caras
iluminadas de las gentes, las palabras y hasta las broncas del maestro de
capilla no sonaban tan impetuosas. En aquel momento entraron en la sacristía
dos sacerdotes con capa pluvial que llevaban una barra de plata rematada en un
santo cristo cada uno de los dos. Eran los pertigueros. Los prestes se atacaban
el alba con el cíngulo o se echaban la casulla cerca de las cajoneras de la
gran sacristía contemplándose en los oscuros espejos que devolvían una imagen
triste y fantasmagórica de sus figuras. Algunos comentaban incidencias de la
vida local y Melecio el sacristán le hablaba de un automóvil que acababa de
salir al mercado. -Don Fernando, porqué no se compra usted un 600. Ese coche le
vendría bien para ir a ver las tenadas y las fincas que tiene en su pueblo. -¿Y
para qué quiero yo un 600, hijo, si no tengo para gasolina? -Pues tambien es
verdad, señor deán. No me había dado cuenta. Echarse coche es fácil. Lo peor es
mantenerlo. El obispo, hombre muy bondadoso, no decía nada pero asistía a la
conversación con una tímida sonrisa mientras se colocaba la mitra toda de nieve
y aleteaban en torno a su persona una cohorte de fámulos que le atacaban las
calzas o le ceñían el cíngulo antes de salir a celebrar. El maestro de
ceremonias golpeó con una vara uno de los bancos y al son de tres golpes secos
la escolanía entonó la antífona de entrada. -Niños a coro- exclamó don Asterio
Y se inició la procesión. El grupo de acólitos con nuestras sotanillas rojas de
lana abríamos carrera al séquito que a través de la girola detrás del altar
mayor recorría las naves y las múltiples capillas luciendo la pompa y esplendor
del rito visigótico a lo largo de aquel templo que era el más grande de España
después del de Sevilla. Abría carrera la cruz procesional flanqueada por los
ciriales. Yo caminaba portando el acetre con el hisopo y la naveta haciendo las
veces de ayudante de Teodoro que oficiaba de turiferario. La comitiva ascendió
las gradas del presbiterio y el cabildo cruzó el enlosado de la nave central
con enterramientos de todos los obispos de la diócesis desde san Hieroteo hasta
la fecha y todos ocuparon su sitial. Tras el canto del magnificat se iniciaron
los Kyries de la misa cum jubilo. Las deprecantes notas del responsorio surgían
como voces clamando al cielo iban a besar las impostas o se esfumaban por las
bóvedas de crestería. Las voces se habían escuchado allí durante siglos
deprecantes, compungidas, pidiendo la misericordia divina. Ten misericordia de
nosotros, señor. Aquella plegaria había sonado en aquel recinto miles de veces.
Kyrie eleison. Una fila de clérigos con los ornamentos más ricos que guardaba
el ropero medieval de la sacristía para aquel jueves que relucía más que el sol
– había casullas y dalmáticas del siglo Xi y una regalada por doña Berengüela
que enseñaban estampados y fimbrias que eran obras de arte, nuestros
antepasados reservaban lo mejor de sí mismos para la virgen y el Señor, no
había codicia ninguna en las legaciones- y don Asterio nuestro precentor que
aquel jueves oficiaba como subdiácono llevaba una gorjal en el cogote que
pesaba un quintal y le devolvía un aire majestuoso y respetable, se parecía a
san Lorenzo, con fimbrias hiladas en oro macizo que debieron de costar un
dineral (andando el tiempo tuve ocasión de admirar en un archivo la preciosa
tunicela). A pesar de las joyas que llevaba encima don Asterio era pobre como
una rata y moriría en pobreza. ¿Quién podrá acusar de avaricia a aquellos
pobres clérigos de Segovia? Vivían de un magro estipendio, alguna capellanía
monjil, y algún funeral por el que percibía un duro. No. Es posible que en el
Vaticano sean ricos pero los curas son pobres. Son de los nuestros y además
tenía Asterio que aguantar al edecán del obispo que era un hombre pequeñito de
pelo blanco y de sonrisa bonancible sometido a la regia voluntad de su fámulo.
De la gestión y el mangoneo de la diócesis se encargaba Julián Tuero un
asturiano fornido que había nacido en el pueblo del Inquisidor Valdés. Sus
gestos eran muy vivos y la mirada penetrante. Daba órdenes al cabildo haciendo
sonar su gran vozarrón. Gustaba ser denominado hijo del trueno. Era un
aristócrata. El obispo, a su lado, parecía un pordiosero cercado por aquellas
eminencias capitulares de entre ellos destacaba el prelado Tuero hecho un
figurín luciendo la muceta una especie de babero de lana blanca y calzando
mocasines de fieltro con hebilla de plata sobre los calcetines morados.
Hablando con su vozarrón de vaqueiro metía a todo el cabildo en vereda cuidando
de que se cumpliesen durante las celebraciones todas y cada una de las rúbricas
del ceremonial. “Yo cuidaré del esplendor de Tu Casa” era su norma. También al
obispo lo traía derecho como una vela cuidando de que el número de pasos sobre
la grada fueran los precisos y que las cáligas que calzara en la misa
pontifical fueran del mismo color que el de la casulla. El obispo fray Daniel
como era un santo y había sido franciscano antes de acceder a la mitra se
dejaba hacer aceptando como penitencia la pompa y el boato prescritos por el
maestro de ceremonias. -Debía de ser don Fernando el que portase el báculo y no
ese pobre fraile menor al que preconizaron obispo nadie sabe por qué-
murmuraban los beneficiados. -Para cabo de vara o para sargento mayor ese
asturiano no tendría precio- respondía don Alejandro Fucsina el magistral que
era el rival de Tuero. Había dos bandos en la sala capitular de aquella santa
iglesia catedral. Una la encabezaba el magistral y otra el secretario del señor
obispo- Y ¿tú qué opinas, Asterio? Si no andas listo, ese te va a quitar el
puesto porque ya le veo venir. Se inmiscuye en tu tarea de maestro de
ceremonias y no debieras consentirlo. Don Asterio, el maestro de ceremonias,
puesto que obtuvo tras reñida oposición disertando una hora de reloj mientras
caía el aluvión de la clepsidra – ese reloj de aluvión que ha popularizado el
ordenador y que antaño servía para medir los tiempos de los sermones, de los
cantos en el coro y de las pláticas y prácticas catedralicias- y era un experto
en los ritos que adornaron la adoración en la SRI (el caldeo, el sirio, el
basilio, el maronita, el griego, el rumano y hasta el ruso) como no tenía ya
demasiadas aspiraciones a la Curia, poco le importaban aquellas comidillas y
rivalidades capitulares. Llevaba el ceremonial litúrgico en la cabeza pero no
era un maniático del rigor. Su manga era ancha y solía decir: -A Dios le gustan
las cosas bien hechas pero somos humanos y a veces fallamos incluso en lo
esencial. Abstracción hechas de estas fruslerías, el jueves de la Virgen de
Agosto era una de las fiestas más hermosas del año en aquella cátedra cuando
toda la urbe rendía homenaje a la Virgen Blanca aquella talla gótica que
sonreía mofletuda en su edículo central del altar grande ostentando al niño en
brazos adornada la cabeza de una inmensa corona de plata. Se le decían piropos
en latín y en vernácula. Se la cantaba y se la bailaba. Aquella luz del gran jueves
del verano en Segovia ha iluminado las tinieblas de mi existencia. Ahora que lo
pienso el haber sido niño de coro me ha ayudado a entender mejor a la Iglesia
en sus miserias y en sus grandezas. Los papas vienen y van y muchos de aquellos
prelados y canónigos han bajado al sepulcro. El sacristán Melecio fue enterrado
con una copia de aquel manojo de pesadas llaves que colgaban de sus artríticas
caderas. Espero que esas llaves le abrieran las puertas del paraíso. Pero queda
lo esencial. Aquella sonrisa de Nuestra Señora en su trono, la luz especial o
el sabor de aquellas moras que picábamos Teodoro y yo por los barrancos de
Tejadilla. Tampoco he sabido nada de él. Las veleidades de la vida hicieron que
los caminos se bifurcasen y no volviésemos a ver jamás. ¿Nos veremos en el más
allá? Tampoco eso importa demasiado. Lo importante, lo real, fue nuestra fe a
sabiendas de que los papas, los obispos, vienen y van. Para el creyente que
vive aferrado al baluarte de su fe, todo lo demás es vanidad. Y está claro. Todo
se os dará de añadidura. Rouco que acaba de cumplir los 75. Hoy se jubila. Vino
el papa bendito que Benedicto se llama pero esta generación sigue siendo la
misma después del baño de magnitudes y de multitudes. ¿Y qué? Estoy seguro de
que Cristo vive. Que reina en la historia cosa en estos días que corren harto
difícil pero a Cristo a diferencia del bueno de Benedicto XVI no se le ve.
Suficiente. EL DÍA DE MI PRIMERA COMUNIÓN HACE 56 AÑOS Tres jueves hay en el
año que relucen más que el sol: Jueves Santo Corpus Christi y el Día de la
Ascensión. Aquel día en mi querida Segovia era la fiesta de la Ascensión día
gris encapotado de nubes y de dulces cantos silentes del serafín de la dicha.
Hoy a este lado de la Mujer Muerta y Siete Picos cúspides sagradas de mi niñez
que yo veo o intuyo desde los campos de Brunete, campos de mi “vejentud” luce
un sol espléndido de 56 años después y hoy es el Corpus la fiesta solemne de la
Eucaristía que en griego significa sentir la gracia y estar en onda con la
belleza. Eucaristías y eulogías en mi corazón. Eulogía es hablar bien.
Prosperar en comunión con el Logos. El Verbo. In principio erat Verbum. Uno
desde entonces ha sido un Eulogio que va por el camino mirando para la hostia
que está perpetuamente expuesta en el corazón y que irradia fuego interior. El
fuego divino ha bajado a la tierra y estará con nosotros hasta la consumación
de los siglos. Este misterio ningún mortal después de Juan Evangelista supo
traducirlo a palabras de hombre con tanta acucia y perspectiva como Tomás de
Aquino. Teología global. Pange lingua gloriosi Corporis Mysterium sanguinisque
pretiosi quem in mundi pretium fructus ventri generosi Rex effudit gentium
(canta lengua mía el misterio del cuerpo glorioso y de la Sangre que el Rey de
las naciones hijo del generoso vientre de una Madre derramó por rescatar al
mundo). Mis amigos de la infancia se llamaban Toñi, Merceditas, Rafita, José
Luis y mi hermano Javi. La víspera de aquel día la recuerdo perfectamente. Era
un día de calor. Toñi, Rafita, Merche, José Luis Casado y yo mientras todas las
campanas de las cuarenta y tantas iglesias de Segovia repicaban a gloria
jugábamos a la malla por entre las peñas del Río Clamores. Todavía había
neveros blancos en la sierra. Al abuelo Benjamín lo recuerdo sentado en la
terraza de aquella casa de Valdevilla recién estrenada. Había traído una cesta
de guindas cogidas la víspera del huerto y pan blanco reciente. -Ten, hijo,
todavía puedes comer hasta las doce de la noche -¿No peco abuelito? -No pero
tienes que ser bueno y bien mandado. -Sí. Aquella merienda fue exquisito yantar
de dioses con un corrusco de la hogaza encentada a mano al lado del querido
abuelo Benjamín que se había echado la boina sobre los ojos perezosamente para
resguardarse de los rayos de Apolo que doraban los pretiles del puente romano y
proyectaban resquicios lumínicos entre las hojas de la acacia joven. A partir
de la medianoche no se podía tomar ni un vaso de agua y la norma del ayuno era
guardada religiosamente en la católica España que yo ahora añoro y tan es así
que algunos sentían escrúpulos si por descuido habían ingerido algún alimento y
cometido sacrilegio. Me desperté casi al alba y en el comedor estaba la
sorpresa: mi traje de primera comunión que había hecho para mí a la medida Blas
Carpintero el sastre de Segovia al que recuerdo su calva su gran nariz y sus
dedos expertos y acariciantes cuando me tomaba medidas. Tan locuaz y buena
persona y unos anillos de oro en sus dedos que debían valer una pasta. Por
aquel día el sartorial menester de los alfayates daba para una posición
acomodada. Era un traje blanco con capa y bordados como el de Joselito y al que
cantaba Antonio Molina. Todo era blanco y puro. Una buena capa todo lo capa
pero aquel traje de mi primera comunión que me sentaba que ni pintada no tapaba
sino que enseñaba un niño puro y feliz. Blanco de arriba abajo. Blanco hasta
los zapatos: la corbata pajarita, el chaleco, la camisa, el cinturón, el
pasador, las presillas. Todo. El señor Casado y la señora Henar los padres de
Merceditas vinieron a participar ver salir de casa al comulgando. -A ver si nos
ensuciamos eh. Y con las mismas nos encaminamos a pie toda una comitiva de
quince o veinte personas porque me acompañaban mis padres mi abuelillo Benjamín
mis tíos y mi hermano Javi que iba vestido de marinero y que recibió la primera
tunda de mi primera comunión que no era la suya pues no se le ocurrió otra cosa
que meterse en un charco y ponerse perdido el traje de marinero. Se plantó a
llorar y a decir: -Yo quiero ir primera comunión como mi hermano -Déjale que
está burrísimo.- dijo mi padre dándole un pequeño azote en el culo pero con lo
fuerte que era mi padre y lo gorda que tenía la mano de cuadrar piezas de
artillería en los campamentos una caricia suya era como la confirmación del
obispo. -Tira palante. -Yo quiero ir de primera comunión con un traje como el
de mi hermano. -A ver si te callas, Javierito que si no cobras Cuando llegamos
a la iglesia de los claretianos el atrio estaba lleno de familias acompañando a
los comulgantes. Bendito jolgorio infantil. -La vela ¿Habéis traído la vela,
chiquitos? -No. El señor Casado el hombre otra de las personas buenas que
jalonaron mi infancia [era brigada de Artillería] fue arreando a comprarla a
una cerería. Las cererías abundaban en Segovia por aquel entonces pues éramos
católicos a machamartillo y nada de cultura laica. Y con aquel cirio en la mano
me acerqué por primera vez al altar. Recuerdo la misa, el sonido del armonium,
los cantos como el “Cerca de Ti Señor” el fulgente retablo, las casullas
blancas de los oficiantes y las dalmáticas y gorjal de los diáconos y sobre
todo la mirada piadosa de la Virgen. La iglesia estaba atestada. De la mano del
Padre Sanabria que fue el padrino de todos subimos a la grada y el preste era
el rector el padre Alonso nacido en Urueñas y hasta el monaguillo que sostiene
la palmatoria. Todos íbamos de blanco. Se llamaba Otero y pertenecía al gremio
de aquellos monaguillos pillos que se guardaban las perras en el bolsillo. La
iglesia estaba de bote en bote. El padre Alonso nos echó una plática tan breve
como hermosa. Habéis venido a recibir a Jesús y este cuerpo que acabáis de
tomar os va a convertir en otros cristos. No entendí de todo bien la frase pero
se me quedó grabada y desde entonces la vela, mi vela, la que me compró el
brigada Casado a toda prisa, estuvo encendida. Luego el desayuno: café con
leche y churros con picatostes. Mi madre invitó a todo el barrio. En aquella
España las casas estaban abiertas las veinticuatro horas del día y todos éramos
de la familia. Ah mi capa blanca, una capa blanca todo lo tapa. Que tape mis
pecados. No la llevé puesta sobre mis hombros más que unas horas pero aun me
abriga en los recuerdos de los cierzos hielos y escarchas de mi existencia.
Ahora al cabo de muchos años entiendo perfectamente a Napoleón, el introductor
de la cultura laica, cuando vencido y desterrado en santa Elena le preguntaban:
-Mariscal ¿Cuál fue el día más feliz de vuestra vida? ¿Fue Austerlitz ¿Fue
Egipto? ¿Fue el día en que vos entrasteis en Paris para proclamar el imperio? Y
Bonaparte movía la cabeza con tristeza a todas esas insinuaciones. -No. Os
equivocáis. -Entonces ¿Cuál fe? -El Día de mi primera comunión. Lo mismo digo.
Bendito seas, Señor. Aquel día de cielo gris y nubes bajas llegó hasta mí envuelto
con este recordatorio que subo aquí el cayado del Buen Pastor y la Túnica
bendita el olor a rosas. El sabor a guindas del huerto de mi abuelo, el traje
blanco. Fue un jueves que lució más que el sol. Aquel 22 de mayo de 1952 día de
la Ascensión. Cuando mi hermano Javierito cobró. Dejale que está burrísimo… A
MARIA DULCINEA DEL SOTRONDIO DAMA DEL ALBA YA PEREGRINA A LAS TERCERA ESTRELLA
Tú mirabas al mar Y te quedaste pensativa Las barbas de ola y espuma de neptuno
Estaban reflejándose en tus flavos ojos de atardecida Mujer que ya me miras
desde la distancia infinita Y mi pensamiento se acurruca Entre cantiles
Escucha, alma, con el bullir de olas, el fragor de las estrellas. Así suena la
eternidad. Para siempre…. para siempre jamás. Que poco es el hombre en un
atardecer de su vida Eras de la cuenca minera tu padre un entibador Y mi alma
es marinera. No pudo ser Mujer de agua y aire lejana y etérea Elegante Tus
trajes de chaqueta no se manchaban en los bancos del aula Ni en las mesas del
bar de Filosofía Y pasaste por mi vida como un rayo del atardecer LUZ que
fenece en el ángulo del cabo y esparce sombras. Tu nombre me arrastró hacia
estos verdes valle, María Ha pasado tanto tiempo Una vida y todo parece que fue
ayer Sirenas ahora cantando están en la ribera Fuiste fuerza de la mar y barca
que me arrastró Y7 me hiciste naufrago de tu nombre Argonauta de aquel beso que
nunca estalló. Se cubren de sombras altas los montes El Aramo imponente me mira
La Rondiella alza su gario campesino Tridente de la muerte amenazante. Queronte
aguarda. Una xana se peina en las bravías aguas del río Uncín Mientras me tomo
un culin En el bar de Alfredo Cantemos alegres a la sidra que ye mexu d´anxelin
como queriendo abrir la compuerta de la alegre senectud. Vengo a la recherche
du temps perdu A ti vuelvo cargado de años, de afanes y de días. Joven fui y un
día tuve un amor que no granara pero amo aquella flor no desflorada que dejó en
mi ser un poso de belleza. Es la calta que alza su blanco cáliz en mi jardín...
Dama del alba no me ofrezcas el refugio gélido de tu regazo y tu esclavina
Quiero vivir para llevar flores a la tumba de mi amada. Se llamaba María
FUENTESOTO SEDE DEL CISTER El papa Benedicto XVI ha nombrado a un jesuita como
su portavoz de prensa y para celebrarlo (ya les veníamos anunciando que este
pontificado iba a deparar sorpresas que hacía falta un relevo, el revirement)
me voy a la bodega de mi pueblo con los de mi cuadrilla. Ya van flaqueando un
poco las fuerzas pero el vinillo de la ribera sigue igual de tieso. -¿Que hay
bien y tú la familia bien? -Todos buenos. Y en salud. -Eso es lo que hace
falta. Al tío Colodro ya le han dicho unas cuantas misas pero su fantasma se me
aparece. ¿Es el Colodro o su hermano Victoriano al que decían Vitines, entenado
o de un costado y que por aquí llamabamos el “andao”. Misterios del lenguaje de
mi pueblo. Bien se trasiega este vinillo de la tierra y calma la sed. Mucho
tiempo sin volver por estos tesos. Una eternidad que no lo cataba pero aquí en
estas bodegas de la ladera hurgandole las entrañas al monte pues se excavan en
plena roca se está bien. El descanso del guerrero. Mi primo Juan José al que no
veía desde hace mucho tiempo matiza: “Y por muy poquyito dinero”. Me llevo una
grata sorpresa cuando éste me enseña un fajo de papeles. Son mis articulos que
ha sacado de la impresora. Me sigue, sabe que estoy vivo por mis artículos de
vistazoalaprensa.com. Mejor halago no puede existir para este plumilla.
Gracias, primo. La sangre tira. Tgenemos la misma nariz. Impreonta de familia.
Mi hija la Helen la inglesa que ha dado señales de vida al cabo de mucha vida y
mucho tiempo no puede negar que pertenece a la estirpe. Es una nariz galinda.
La de mi tía Paulina, la de mi madre, la de mi prima Leo y la de mi ahijado
Marianito. En fin perdonen estas expansiones y desahogos sentimentales pero
hacía mucho tiempo que no pasaba una tarde tan feliz bajo la sombra de los
almendros que flanquean la entrada de la bodega milenaria. A tres o cuatro
leguas de por aquí están los arribes del Duero zona de Sacramenia “con la
venia”, Valtiendas “para que me entiendas”, Moradillo “y su parada ¿quedó
preñada la yegua? Y no fue el garañón sino el céfiro que la empreñara”,
Aldeasoña “dormida en un empalme de caminos, territorio bisulco”; Membibre para
molinos y de cimbel, Peñafiel”; Castro “los chivos”; Torreadrada “las cabras”;
El Caserío de San José “gente garrida”. Por los Valles nunca pasar que te
pueden acantear y San Miguel mucho barro y poca miel. Para beatos Fuentepiñel,
y Fuentesoto cagaberros que se crian en Peñacolgada por donde alza la pata la
zorra cuando a ella la da la gana”.A por roñas íbamos al pinar. Y si quieres
pan vete al batán que allí hay un perrito que caga poquito le alzas el rabo y
le das un besito. A la nbumburabara. A la bumbureros juego tenemos. Amagar y no
dar. El que se ría paga la nbola, etc. Cosas de la mi tierra. Las viejas
palabras parece que me estallan en la cabeza y me traen un vioento del ayer
tramontanda la vuelta de los carros donde más de uno hizo molino cuando subía a
las eras cargado de haces. Los recuerdos están vivos y no parece que haya
pasado medio siglo. Aquí cada lugar tenía un patrón de reconocimiento y el
personal lo cantaba en el soniquete del “prefacio” gregoriano para entretener
el aburrimiento de la faenas de los largos veranos entre colleras, trillos,
horcas y garabatos, hoces, zoquetas. Había que llenar la botija y mover las
abarcas. No usabamos calcetines sino piales y aquel calzado tenía una cierta
semejanza con el coturno romano.¿Qué fue de tanto afán?. Fuentesoto se reclina
sobre un valle al pie de una fuentona manantía a la que nunca vi seca y que
este verano lleva más agua que nunca. Con la torre de San Gregorio centinela
montando guardia sobre el morrillo del somo que vigila todo el cotarro dando la
espalda a Tejares, el anejo y que honra a San Mamerto. Cuando los de Tejares
bajaban a la fiesta por San Pedro siempre había leña pero eso fue ya hace mucho
tiempo. Cada pueblo de esta comarca que dicen comunidad de Villa y Tierra tenía
un apodo o remoquete y la gente se lo pasaba bomba llamándoles nombres cuando
no había prensa rosa ni televisión. Y una personalidad propia, una manera de
entender el mundo y hasta un acento característico. Gfran parte de toda aquella
tradición oral hoy se ha perdido, mas he ahí un filón que sigue sin descubrir y
está aun por investigar para filólogos y etnólogos. Enólogos abstenerse porque
desde que irrumpieron aquellos catavinos y pincernas para los que el mosto no
era lo que era sangre de Cristo y no la toqueis más que así es la rosa lo el
fruto de las cepas ya no es lo que era. Se ha vuelto arisco y cabezón. De
“polvos” como decía mi abuelo Benjamín el hombre que más ha influido en mi
vida. Parece que escucho todavía su voz y su dicción empedrada de refranes y de
esa sabiduría de los hombres de campo. He venido a visitar su sepultura y beso
la cruz blanca de mármol que preside el cuadradillo de tierra donde duermen sus
restos en la esperanza de la resurrección. El trece de julio se cumplieron
justo 49 años; aún percibo su presencia. El Justo nos dice el Ecclesiastés no
muere del todo. Así es.. En algo, volviendo a las rivalidades de campanario,
había que entretenerse. ¡A ver! Algo brutos sí que eramos pero no del todo mala
gente. sólo cuando el vino no se nos subía a la cabeza. Yo recuerdo escuchar a
mi abuelo las tardes de trilla aquellos cantares que la voz anónima del pueblo
sacaba por aquí y corrían de boca en boca hechos, dichos, fazañas, desacatos y
otras truculencias. En mi infancia me crucé con los últimos juglares que
recorrían estos hontanares y adradas como una reliquia de la España del Cid.
Tuve la suerte de vivir en mi niñez los últimos resoles del esplendor de la
edad Media con todo lo que eso conlleva. Toda esa riqueza de
expresiones,tonadillas, retahilas, giros, donosura y diferencia en el decir
sedimentó en mi alma un poso de literarios afanes. Un empeño quijotesco sin
perder de vista a Sancho. Antaño acariciaba sueños de gloria que no pueden ser
aunque esas cosas nunca se saben.ahora la escritura es desahiogo y terapia.
Rescribir y vivir. soñar y regoldar todos esos sueños sobre el papel. también
rezar al llegar escucho los coros de Resurrección y la voz fantasmal de los
monjes se esparce melíflua por todo el valle. San Bernardo llegó desde Claraval
con doce monjes, abrieron un fundo en Pecharromás que está de la fuente matriz
a un tiro de piedra y nos enseñaron a labrar la tierra y plantaron majuelos
siguiendo los consejos de Virgilio en las “Geórgicas” de quiero mi viña en
cuesta. Esa tradiciómn fue el origen del Vega Sicilia. Ese caldo famoso no era
superior al que pisaba mi abuelo en el viejo lagar romana y luego combinaba en
la cuibeta manso nectar escondido entre las duelas de roble. No se inventó en
el mundo mejor quitapesares. De niños si caimaos malos nos daban sopilla. ¿Cómo
no nos va a gustar el soplen y marchen? Fuentesoto posee una vida interior. Es
como un legado místico de hortus conclussus. aquí los cistercienses
establecieron el primer jardín de María en Castilla la Vieja.la huella
templaria quedó estampada en los chimorretes que orlan la fachada de la vieja
torre de San Gregorio. Es la cruz visigótica de palos iguales. Tomas imitan a
la de la Victoria del tesoro de Chindasvinto. Con su sentido de protección
apotrocaica. Fue el signo que vivió Constantino el cielo tras la batalla de
Puente Milvio. Hewroez, mitos, tradiciones, leyendas y creencias pero todo
forma parte de un acerbo común. Una forma de vida al pie de la cruz. Que dio
forma a la gran sñintesis y cohesión a un pueblo de múltiples etnias e hijos de
muchas leches aunque no el melting pot o el coctail molotov olla presión que
cuando estalle - yo no lo veré pero los que me conocen dicen que tengo algo de
profeta- puede ser terrible para mi patria descangallada en plena voragine
toralizadora. Vendieron la tierra y por eso ahora algunos hacen montón. Aunque,
ojo. Con el mucho quito y nada pon pronto se llega al hondón. SANTA CLARA
CONTRA LA MORISMA Aquel tiempo fue un tiempo de sonrisas limpias y de “Celtas
Cortos”. Vivimos en la calle Ávila y Bravo Murillo adelante, pasado el Cine
Montija a la derecha y el Cristal a la izquierda justo donde estaba la iglesia
de Maravillas que ardió en la guerra civil, Prunela iba a coger el autobús que
bajaba a la universitaria. Sus años de seminario habían inoculado en él un amor
hacia la lengua latina- Mariner aquel tarraconense contra su costumbre le subía
nota y era de sus alumnos más aventajados en la cátedra de latín- y a pesar de
que había orillado sus estudios a la carrera eclesiástica- Prunela decía que no
le “probaba” aunque tal vez sentía la corazonada de que se estaba viniendo
encima un cambio del ciclo histórico que a la SRI no la iba a conocer ni a la
madre que la parió- seguía siendo de comunión diaria y de las prácticas de
piedad al levantarse y al acostarse y al Ángelus las tres avemarias. Señor
antes morir que pecar pero pecaba infinito de pensamiento y de “mano” más que
nada sobre toldo cuando en los apretujones del metro sentía el roce de la
pierna o de las nalgas de alguna modistilla. Antes de sus clases solía asistir
a misa en San Antonio de Cuatro Caminos. Los franciscanos siempre le habían
inspirado devoción. Solía confesarse con el P. Dámaso un fraile de barbas
níveas y corta talla el cual no hacía demasiadas preguntas y era de esos confesores
de manga ancha sin ninguna inclinación morbosa como era habitual y casi
obsesiva en aquellos tiempos por las cuestiones atañederas al sexto mandamiento
(sixtus, sextus, sex) hasta el punto que muchos repulgos y obsesiones
freudianas se sentaban ante el tribunal de la penitencia disfrazados de roquete
y estola. Ego te absolvo a peccatis tuis. Vete y no peques más pero hasta otra.
El cura dibujaba una cruz en el aire con la mano o aparecía aburrido aguardando
clientes como el padre Sortea el exorcista de Alcalá que dice que realiza
conjuros y en vez de expulsar a Belcebú- ¡qué cosas!- los diablos van para
adentro y se tragan los muy arteros y comilones las almas pues a la vista está
que corren tiempos en que los hombres parecen esclavos del demonio todo lo
engulle Satanás. Sin embargo, el padre Dámaso no. Para él la vida era un pecado
venial toda ella y tenía sus barba blanca tiznada de rubio de nicotina pues
fumaba tabaco negro. Era reposado en sus juicios y benevolente y compasivo en
el mirar. Rézale a la Virgen tres avemarías, hijo, pidiéndole el don de la
pureza, evita las ocasiones y ya sabes: lo que cuesta vale. ¿Cuales eran las
ocasiones? Pues a veces las sesiones en el Montilla al que denominaban el
Tijilla donde la Anita Ekberg una sueca con poderosa delantera aparecía en
picardías en una escena con Mastroiani luciendo sus torneadas piernas y los
generosos escotes y un exaltado de la tercera fila hizo comentarios jocosos al
respecto parangonando a la sueca con la vaca lechera canción que se cantaba
mucho por aquel entonces. -“Ahí va esa da tres azumbres”. No es que el Tijilla
un cine de barrio por aquel entonces del que se decía que entraban dos y salían
tres y en las andanadas de atrás había parejas que se daban el lote las tardes
de sesión continua metiéndose mano furiosa. Desapoderadamente, con glotonería,
con avaricia y sin dejar nada para después. Total que a veces presenciabanse en
la sala escenas de procaz jaez del tipo del cipote de Archidona que aquello sí
que fue un caso (lo cuenta CJC) en sus memorias) y en vista de lo cual algunos
iban prevenidos contra lo que pudriera pasar con un paraguas que extendían a lo
alto si desde la fila cero notaban que “empezaba a llover” porque todo el que
no cosecha desMaximinoma y porque la consigna del póntelo pónselo de aquella
Matilde de marras que convertiría en acto natural lo que antiguamente se
consideraba una cosa muy fea, un pecado mortal, no había hecho acto de
presencia. Doña Matilde, aquella infausta ministra, no había sacado los pies de
las alforjas y era alumna de las ursulinas donde la ponían en el cuadro del
honor muchos meses. De mayor se hizo socialista cambió de casacas y ya nada
volvería a ser igual. Prunela por su parte era un ingenuo que consideraba
todavía que a los niños los trae la cigüeña de Paris y estas cuestiones del
sexto le obsesionaban lo suyo. Le atraían y al mismo tiempo le causaban cierto
repudio. Quiso ser angélico, no sentir el fuego de la pasión pero sentía el
peso de la carne. Sus pies pisaban el barro. De modo y manera que aquellos
esparcimientos de los programas dobles remataban en arrepentimiento y tenía que
clavarse de rodillas ante el confesionario de un capuchino. Pero ¿qué tendrá
que ver el culo con las temporas? ¿Qué relación existía entre aquellas idas y
venidas pa arriba pa abajo por la calle larga de Bravo Murillo, hoy repleta de
moros y de antillanos, una calle alegre, que siempre parecía estar de fiesta y
aquellos tres cines: el “Montija”, el “Cristal” y el “Europa” donde por cierto
había pronunciado José Antonio un importante discurso treinta años antes del
relato de estos hechos con el padre Dámaso y sus barbas blancas el cual echando
penitencias no demasiado severas y recomendando duchas de agua fría y una dieta
de lechuga para vencer la tentación genésica, intentaba corregir o enmendar las
deformaciones de las cuales había sido objeto el pobre Prunela en su precaria
educación sentimental con la iglesia de Maravillas quemada por las turbas rojas
y convertida en mercado municipal y la iglesia de San Antonio bajo la
observancia de los frailes de san Francisco? Soñaba a todas horas con la mujer
portadora de la manzana de Eva. En el connubio, la dicha matrimonial conseguido
en la unción perfecta de dos seres. Eres un iluso, le decía el confesor. Déjate
de entelequias. Sin embargo, el ex seminarista veinteañero sabía muy poco del
mundo y de mujeres. Éstas por lo general son rabos de lagartija esparcidos por
el mundo. El aguijón del escorpión que se clava en los collarejos. Taladros en
la carne con sus insolencias. Algunas de ellas pasarían por su vida cual viento
regañón que agria todo el verdor de lo bueno que existe en la vida. Le
depararían lágrimas, sinsabores, con frecuencia cuernos. Llevaba razón el padre
Dámaso al advertirle de los peligros de la concupiscencia. Pues sí. Estaba muy
relacionada porque allí en el retablo y un poco más abajo del camarín donde se
alzaba el amado san Antonio con sus varas de azahar, su Niño Jesús, su
cerquillo, su rostro angelical que inspiraba confianza en sus numerosísimos
devotos pues es el santo más popular de la catolicidad al que acuden las gentes
de buena fe que han perdido algo e incluso las modistillas para encontrar
novio, había un cuadro de Santa Clara de Asís portando una custodia de oro
esparciendo rayos que fulminaban cimitarras y turbantes que traían los jinetes
de las hordas musulmanas al asalto del convento, pasarse por la `piedra a todas
las religiosas desde la priora hasta la última beguina y llevarlas cautivas a
sus harenes de Argel o de Constantinopla. Desde los muros de su convento de
Asís la monja transfigurada al blandir como un escudo el viril de la credencia
eucarística rezaba la siguiente oración: “No entregues, mi Dios, a las bestias
a las que te alaban. Tú eres mi refugio y fortaleza, Señor”. Dios puso su detentebala
y aquella fórmula de la dulce hija de san Francisco sirvió de deterrente a la
morisma y toda aquella jarca turca ejercito formidable tuvo que volver grupas
mientras las clarisas entonaban el himno de no pasarán y no pasarán. Fue un
conjuro una apelación a la gracia santificante que es el SOS que lanzamos a lo
alto los cristianos cuando nos vemos en peligro. La contemplación de este mural
que a mí me llamaba tan poderosamente la atención en 1964 sigue detrás del
altar mayor en 2010 y ahí estaba el otro día, 12 de agosto, cuando se celebra
la fiesta de la patrona italiana en todos los conventos de clarisas, al pasar
yo por Cuatro Caminos que parece un aduar del Rif, con algo de Harlem, entré en
el templo a rezar una visita. ¿Vencerá el amor al odio y la revancha? ¿Qué
podremos hacer los ingenuos franciscanos contra este hervor mundanal, este
rebullicio, que nos machaca, nos tergiversa, nos pulveriza, nos llama meapilas,
nos insulta- la verdad es que yo de meapilas tengo muy poco- nos posterga, nos
silencia, nos condena al ostracismo o nos pone la túnica de locos; ya lo hizo
Herodes con su Jesús y al hijo de Bernardote tambien lo pusieron por loco? Loco
de de atar y loco de atar por Cristo. Ese mural no es que sea un prodigio de
técnica pictórica pero plasma a la perfección la idea de la superioridad de
nuestra fe sobre la superstición del fanático Mahoma que fue avariento y cruel
y por supuesto orgulloso. Ceuta y Melilla dos plazas españolas vuelven a estar
amenazadas por la morisma. Después vendrán las Canarias y más tarde media
Andalucía y Castilla la Vieja hasta San Esteban de Gormaz. Ante unos hechos tan
gravísimos el ejecutivo Zapatero está missing. Ya no hay ministerio de jornada
como solía hacerse en otro tiempo. El canciller Moratinos no asoma la oreja.
Don José Líos vaca. Chaves, cauto y superprudente – tiene casa entre los
alauitas y se bajó al moro hace bastante tiempo- es la vera efigie de don Opas.
Ante asunto tan grave la irreflexión y la irresponsabilidad de tanto traidor y
felón como chupa de las arcas del estado, los españoles se encogen de hombros y
van a su bola cuando cualquier país democrático estaría ya mandando la escuadra
o a los Phantons. Sólo Aznar parece haberse movido con arreglo a las pautas de
los intereses nacionales aunque sería un error garrafal convertir a estas dos
ciudades españolas que reivindica el maldito Mohamed un tema de debate
electoral. Por aquí sólo se habla de Ramadán, nefasta costumbre que habla de la
hipocresía semita, no comen en todo el día y se ponen como cerdos a la noche
cuando ya no se puede distinguir un hilo blanco de uno negro, dice el Alcorán.
Y a mí ¿que me importa? Con tanto ayuno Mahoma no ha hecho otra cosa que mandar
gente al infierno. Ciertamente, el Islam se encuentra a las puertas de Europa aupado
e instigado por los poderes ocultos, ese sanedrín que tiene la guerra al divino
Jesús declarada y aspira a descristianizarr el mundo sustituyendo la cruz de
nuestras torres por la media luna. Esto me desasosiega y perturba Sin embargo,
la visión del cuadro de Santa Clara que estaba allí al entrar igual que cuando
era estudiante ahora que soy jubilata me reconforta e infunde bríos. Ha sido
una gota de almíbar en medio de tanto acíbar de este 12 de agosto. Empiezo a
entender, a la vuelta de muchas cosas en la vida, los desengaños y sinsabores
que me depararon las mujeres. Tenía razón fray Dámaso el amor divino está por
encima de todo y el amor carnal no es más que un fantasma. Una pena que por
aquellos días no me volviera para el convento. ¡Era tan ingenuo! Llamo a una
antigua amiga de Facultad, yo le3 ayudaba en el latín, quedamos a tomar café
por Goya y me cuenta su vida. Se casó con uno de su pueblo que falleció al poco
tiempo dejándolas tres hijos. Me habla en ese tono de superioridad que tienen
ahora las mujeres expertas cuando hablan con aquellos admiradores platónicos
del ayer, que les escribían poemas y cuando se hacían novios formales sólo se
cogían de la manita, nada más y en casa a las diez. Como de vuelta de todo. Se
creen mujeres fuertes, son feministas y se muestran decididas como si tuvieran
la sartén por el mango. -Pero te volviste a casar – le digo a Nizarda una
matrona hecha y derecha en quien apenas reconozco a aquel lirio que
desMaximinomaba gracia y alegría por los pasillos de Filosofía. -Sí. ¿Sabes por
qué? -No. -A mí lo que más me gusta en la vida es tragar y follar… tú te lo
perdiste... Quedo semi paralizado por el horror y el desparpajo de la
condiscípula. -¿Y cómo conociste a tu segundo marido? -A través de una agencia
matrimonial. -¿Tú? -Sí, yo. -Pero si eras una de las chicas más solicitadas de
la Facultad. A mí si mal no recuerdas que quise salir contigo me diste
calabazas porque a las de Filología los chicos del curso os parecían poco
partido y os echabais novios ingenieros de montes o de caminos. -Sí. Yo. Pero
aquel señor me volvió loca. Luego supe que era bígamo. Me daba igual. Encima de
engañarme con otras me hizo un desfalco. Tuve que vender todas las fincas del
pueblo para pagar a los acreedores, me había estado engañando en la sociedad
que fundamos a medias, pero le seguí queriendo. Fue un amor. Un amor negro.
-Pardiez. Hubiera querido que Nizarda como Dafne para no caer en las garras de
aquel sátiro de quien me dio pelos y señales y que se llamaba Rafael (a no ser
que mi amiga me estuviera contando una historia) por más que sarna con gusto no
pica, hubiera sido convertida en laurel. ¡Dios mío qué bochorno! El amor de mi
vida convertido en Mesalina. Me pareció una mártir de la causa, una esclava del
demonio. A mi me recordaba uno de esos personajes de Buñuel. No nos veíamos
desde el año 68 y tambien me dijo que uno de sus amantes fue un cura al que
conoció en el camino de Santiago, los dos romeros. Sus encuentros amorosos eran
sobre los bancos y las cajoneras de las sacristías y a veces dentro de los
confesionarios. Caspita. No te cansabas nunca, hay que ver. -No. Yo siempre
quiero más y más. El cura a veces pegaba gatillazos. Eso no le ocurría nunca a
Rafael. -Por supuesto. Todos queremos más y más. Ya lo decía la canción. Deduzco
de las afirmaciones de Nizarda que o era ninfota aquejada en medicina de ese
palpito extraño al que los tocólogos llamaban furor uterino, que estaba mal de
la cabeza o era una mentirosa compulsiva y grandísima trolera. Casi se me
atraganta la tónica que tomábamos en el atardecer de verano bajo las acacias de
Velázquez muy cerca de Lagasca 67B donde ella vivía con sus padres (alguna vez
rondé su puerta pues para mí fue una especie de Dulcinea, fue mi amor platónico
de juventud)… vivir para ver qué engañado yo estaba en mis percepciones
bachilleres pero Nizarda era una hija de la raza una mujer de su tiempo que
vivió el libertinaje de la misma manera que a mi me dieron tentaciones hacia el
vagabundaje. Pero a los 20 años uno está sujeto a tales espejismos a la vista
de una beldad femenina” cuya era tanta su belleza que al mismo sol eclipsó”.
-¿Por qué me diste calabazas? -Pues te lo voy a decir, Prunela. De una vez
porque ya entonces tenías algo de tripita y yo pensaba que los hombres panzudos
eran impotentes. -Toma ya. ¿Entonces yo te parecía poco? -Sí. Alzamos el campo
casi sin despedirnos y todo el camino vine rumiando las sentencias de mi
platónica amiga y el susto y la congoja no se me pasaron hasta llegar a casa.
Nunca se me olvidará este día de Santa Clara como tampoco se me olvidaron los
de mi niñez cuando mi madre me llevaba a ver a las clarisas de Santa Isabel y
las monjitas no sacaban pastas y vino generoso. La hermana tornera decía a mi
madre al vernos tanto a mí como a mi hermano que estábamos de buen año: -Que
niños más gordos tiene usted, Teófila. Mi madre la pobre no sabía que las
barrigas no valen para el amor y a la Nizarda le iban a suponer un trauma. Los
gordos son espásticos, flojos, no tienen derecho a vivir. El amor humano qué
estúpido y veleidoso es. Clara al escoger el divino se quedó con mejor opción.
No es extraño el libertinaje de las mujeres cristianas haya encendido la cólera
de la morisma que no puede ver en la frontera de Melilla que números femeninos
de la PN o de la Benemérita les sellen el pasaporte. Que la santa de Asís nos
valga y a todos nos proteja. ¡Pobre Prunela! Ya no quedaban pájaros hogaño en
los nidos de antaño. La pasión de su vida no fue más que un espejismo. Guarrerías.
Besos negros. Mala cosa. UNA PESADILLA EN JUEVES SANTO (cuento en ingles) My
friend Empires was a man of many lectures and adventures a great reader, in his
young days, he came across of a big short story by the Asturian writer Leopold
Alas Clarin called EL DIABLO EN SEMANA SANTA (The devil in the holy week). And
as it happens, what is in books later is in real life, fulfilling the norm by
Aristotle’s quod est prius in sensu postea etiam in intellectu, but the other
way round. The plot was about a man of good will going every day to the
library. He was a dreamer; he lived by the Law of Books, in the middle of a
country of illiterates, and the great ideals thinking that there was hope for
human kind. By education. The inception of good morals. Reforms. The quest of
excellence. He read and read. He dreamt and dreamt. One day-it was Good
Thursday when Christ invited his disciple to the Passover dinner and instituted
the rule of love, a new commandment I give to you that you love each other as I
have loved you- went to the hall of the municipal books, choosing that
endeavour because it was quiet and warm. The precept of loving each other was
hardly followed by the so called Christians. And he lived in a small Spanish
town by the name of Epicidia, when the believers brought the images of the
passion to the streets and organized the big processions typical Spanish, the
poor guy was a believer but he never was in a procession. Humbug he said,
humbug and superstitions. Poor guy, he became the odd out man and was always
under suspicion, our poor writer and reader he worked long hours in the pursuit
of happiness and endeavoured at the local library. Religion was for him a free
feeling of intimate and personal convictions of respect for the other criteria.
That was why perhaps that his faith was more consistent and deeper. He loved
that silence and seclusion and quietness, only transgressed by the drone of a
solitary Spanish fly and the distant sound of the glare of drums and trumpets
at the sacramental processions of Holy Week. When barefooted Nazarenes in black
or crimson cassocks baring candles or carrying crosses went to the streets. You
could also perceive the murmurs of their steps mingled with the strophes of the
Miserere. Some of them trailed big chains cuffed to their barefoot. The
spectacle was quite medieval. It was the Day of Atonement. For their sins they
mounted crosses and pillories staging the different passages of the Crucifixion
in real. It was a public manifestation of Catholicism and a signal of their
conversion in a country where the Cross achieved victory over the Half Moon and
the Menorah by the rule of sword. For fear of the Inquisition, they had to show
and make the big performance demonstrating adherence to Orthodoxy, and that the
reason why from the windows of many homes hung the ham’s big logs and strings
of black puddings and mondongos. Physically, faith had to be proved, or
demonstrated the allegiance of the culinary codes of Roman Catholicism which
permitted the flesh of the pig at meals. Jews and Moslems, meanwhile, never ate
pork. It was banned by their prophets as inmundus or forbidden animal. Christ
said, it is true, that what made man pure or impure was not what he ingested
through his mouth but what he expelled from it. The inmundus or unclean had to
do more with immaterial things like bad thoughts dwelling inside or ill wishes.
With that rule he destroyed the puritanical commandments of the Synagogue and
he said beware of the false prophets. Don’t trust them, the devil is marauding
like a lion and there are wolves disguised under sheep skins. The resurrected
Christ is always in perpetual war versus antichrists. Here it is the perpetual
fight of our Lord who was a rebel against conventions of satanically
established forces of the Pharisees And there is the devil coming even in the
Holy Week. However, the Conversos, in their zeal, went further up and appear
more roman that the Romans and more popish than their own pope although in
private they might remain to the religion of their father. That is why
in Spain religion had been secularly a question of appearances. In
essence, that was the justification of the holy week big show: to try to rub
off the old stigma in a nation which endeavoured to find coherence in credos
and forget the differences of believes of ethnical precedence (Goths, Jews, and
Arabs). Spain was always a melting pot effervescent. A big olla. The
locals were eager, every spring, to stage the drama of our Saviour in flesh as
it were a reality show. You could touch it in the defiles of those agonising
crucifixes all bruised, maimed and blooded in the procedures or “pasos” leading
to Macabre Mountain or Golgotha or into presidium
expiring in the cross or hand tied at the flagellation, or those vivid
“dolorosas”, pasted; tearful faces majolica full of gold and silver and
embroidery. You could smell it in Seville when Macarena our lady of Dolores
tumbles in her throne entering Triana among of flood of flowers and the streets
full of people clapping in emotion or in the verge of hysteria calling names to
the statue saying props that for the non accustomed ear might sound irreverent:
“Mira qué guapa llega la hija de puta”. And you could hear the whining echoes
of the saetas a Morris song deriving from the ancient jarchas sung
in Andalusia by the time of the caliphs. All that was very sensual
that you could not think that you are in a holy week but in a paean festivity.
The crowds seemed to want to touch the old goddess and have intercourse with
divinity. But to our man, the character depicted by the magical prose of Clarin
religion was quite an other thing, more abstract and inner feeling you can’t
share with anyone but yourself. Also, he did not like capuchones dressed like
the kukluxklan. Those figures clad in black with piercing eyes under their
hoods beneath the tradition of the penanced by the inquisition frightened him.
They were like the masks of carnival. Holy week the histrionic representation
of Passover, the hooded cowl of the capuchones was the ballast of five
centuries under the spell of the tribunal of faith, the holy office. Like the
jewelled thrones and the trailing “peplum” or the Dolorosas. Oh yes the
laughing devil was jumping to and fro under the cathedral gurgles. The
inquisition is always in the back of our mind. For him the pathos and suffered
of our lord at the cross had more consistency and purpose than a mere mystery
play. His passion was a reminder of his love for men, a perpetual exhortation
to repentance and also a signal of his presence in the earth until the end of
time. The invincibility of the cross stems from celestial reasons rather tan
earthly explanation or convictions. But evil was around even in holy week. That
was the idea of demoniac presence at Holy week by Clarin. This criterion wasn’t
shared by most of his countrymen. And the poor archivist and scholar was
surrounded by suspicion and forebodings. His life was marked by
incomprehension. Politically, he was also incorrect. Why? He dared to think by
his own. They treated him as a the sheep out of flock, mad heretical. Society
had its own caveats and is full of conventionalisms. You cant trod the line.
You cant deviate from what is assumed and accepted by the hypocritical moral
attitude. My friend Empires looked at the personage described by Clarin and saw
in it the spitting image of himself: the odd man out, the freethinker, the
mystic, the guy with his own ideas and visions. He didn’t join the mob, he
didn’t adhere to the conventional norm. that was why he was crucified. Like his
Lord and Master Jesus Christ. On the balmy spring evening as he was leaving his
beloved library he came across with one of the many processions organised by
the Guild Hall. This one was one of flagellants. Man barefoot and naked backs
came down flogging themselves wuith flagella and batons staging the scenes what
happened two rhousand years ago in the Lithostros of Jersualem, oh vos omnes
qui transtis per viam videte si es dolor quasi dolor meus. Jeremiah said. He
stepped aside and looked in awe to the representation of the Holy Burial (Santo
entierro) but he did not kneel down or made the signal of the cross, as
perceptive, and for that he became under the suspicion of the local policeman.
One of them who looked exactly like some of the Pilate bailiffs who executed
the Lamb of god in Via Dolorosa. The town was full of henchmen and burrows. The
gallows by coincidence in Epicidia stayed behind the old library building. It
was called El Rollo. They were burnt at the staked after long processes to be
condemned by the Inquisition. - Eh you, why are not you in the processions. Are
not you a Christian?-the myrmidon in blue police uniform said. He did not know
quite to answer. -Em… I had to do a little work with my thesis, and need
consult some books for my readings -Didn’t you know, you bastard, you heathen
you scum of the earth, what day today is? -Holy Thursday, sir, and tomorrow
Good Friday should be-, he answered meekly. -I did not see you at the Oficios
(liturgical services) -Perhaps I thought it was not necessary. At home I read
the Passion of our Lord. -Esa misa no te vale (that Mass is not valid) are you
a protestant or somewhat? -No, sir, I am catholicus, apostolicus, romanus.
-Well then. You had to explain that to the Judge. Come with me. In Epicidia the
holy Tribunal of the Faith was suppressed in the XIX century but that infamous court
is in open session in the mind of many ignorant. The warden asked him for the
brief where he kept his books and jotters. Give those papers. He resisted the
order and the local policemen called others of his cronies and they beat the
archivist, the writer, the searcher, the dreamer, the mystic, on the spot. They
handcuffed him and took him apprehended. Regardless of the exempting privilege
of habeas corpus, was conducted to the police station or cuartelillo. There
they beat him again, they harassed, impeached, called him names, slapped his
face, and punched his nose. He suffered with patience the effrontery and in a
way he was proud to undergo the same suffered of his Lord in the presidium. He
realized that the Devil is at loose even in Holy Week The world since then is
full of kangaroo courts. Unfortunately Anas and Caiphas, the holy sacerdotal
class, the pontiffs had many emulated too long during 2000 years of history.
And when the cockcrow sang three times the welcome to the new morning, they
released him but he was in a poor state after the “paliza”. He could hardly
walk and was all bruised. His hands, his head all his limbs ached but he could
at the end by the grace of God reach his humble lodgings. And when he went back
home and entered in the hall of his house, his wife seeing him as an Ecce Homo”
said: -Eh, you have been drinking again . That was her salute. Poor guy! Even
his wife wasn’t interested but such sort of things were quite frequent in
Epicidia those days. There was
no love. ACACIA A la entrada de Segovia según se va por la carreta de Madrid
bajando la cuesta de Baterías hay un puente romano el de Valdevilla por el cual
las antiguas cohortes y clades de augusto vadeaban con su impedimenta el río
Clamores que hace dos milenios debía de llevar mucha más agua que ahora y en la
otra orilla estaban las casas militares unos chalecitos un un pequeño jardín
delante y un corral detrás en las que transcurrió mi infancia. La colonia
inaugurada por el coronel Tomé en 1951 (guardo una foto de la ceremonia de la
entrega de llaves) y que había sido edificada por presos de guerra que en
régimen de redención de penas por el trabajo trabajaban para Regiones
devastadas hoy ha sucumbido a la recalificación de terrenos –esto no era más
que un peñascal- y a la reconversión urbanística. O a la revanchista de algunos
que se liaron a derribar lo que había construido el anterior régimen. Se
cerraron cuarteles y se ha dejado prácticamente indefensa a la nación o bajo el
paraguas estratégico (es como tener un tío en Alcalá) de la OTAN. Y la reforma
del ejercito constituye hoy por hoy una delas grandes amenazas al porvenir de
la unidad de la nación. Sin conscripción y sin levas la mili que era una
escuela de hombres de ciudadanías y de valores ha dejado de existir. El puente
que había ha sido cegado para canalizar al clamores que desde hace bastante
tiempo era un río subterráneo, Guadiana bajo los arcos del acueducto. Pero aun
quedan los apeos y el pretil. En el lado de allá y en la curva que hace la
carretera sigue la acacia plantada por mi padre en la esquina del patinillo del
sargento Casado. Más allá vivía el brigada Vences un poco más el teniente
Ricardo y un maestro ajustador de Zamora que tenía un hijo que se llamaba
Pedrito que jugaba conmigo al gua. Siempre andaba con mocos. -¿A qué Virgen
alumbras, Pedrico? -A la que me dé la gana. La acacia ha crecido tumbada porque
a los de mi cuadrilla nos gustaba zarandearla por el tallo como si fuese una
muchacha. Y digo la acacia sigue floreciendo y tiene 56 primaveras poco menos
de un lustro que yo. Siempre que vuelvo a mi pueblo me fijo en ese detalle y
paseo mi melancólica. rodada por lo que fue mi barrio que es lo que llaman
Castrobocos. Volví en otra ocasión y ya no estaba la acacia. Tampoco la
urbanización que entonces llamaban colonia. La volaron. Había sido construida
por cuadrillas de presos políticos, redención de condena por el trabajo, y
fabricaron bien sus muros y sus jardincillos delanteros, un corral detrás con
cohiqueras para el marrano, con materiales baratos. Borraron la memoria. Dio
vuelta la tortilla y el que quiera saber más que vaya a Salamanca o lea mi
novela iste confessor. En ella no se ajustan cuentas pendientes. Se reivindica
sólo un tiempo que se fue. Guardo la foto de aquella casa. También guardo la llave.
EL ADELANTADO DE SEGOVIA. “El Adelantado” ha salido “El Adelantado” lo voceaba
por la calle Real con bronca y acatarrada voz un señor con boina que tenía cara
de buena persona seria y fría y acento de segoviano cuando entrábamos en el
Portalón a comprar pipas o un cucurucho de castañas pilongas a la seña Isabel
viuda de guerra que a su marido Zoilo cabo pieza artillero se lo mataron los
republicanos en el Alto León durante la primera embestida los primeros días de
guerra y estaba echando la pobre los papeles para poner un estanco que no se lo
pusieron nunca, y pendientes de aljófar-no se los quitaba nunca y era una nota
saliente de coquetería femenil en medio de aquellos lutos y aquel dolor de la
posguerra que no fue tan triste como algunos dicen sino algo más cachonda y
fraternal de lo que determinados mendas suponen pues los españoles por aquel
entonces éramos pobres pero honraos y lo pasao, pasao que teníamos que tirar
palante- cuando no a la Tía Concha que subía y bajaba calle arriba calle abajo con
su bandeja atada al cuello con un cinturón de cuero regalo seguramente de
alguno soldado compasivo. La Concha vendía el pirulí de la Habana algo de
regaliz de palo juanolas para la tos y a veces otras muchas cosas. La Concha
otra pobre era hermana de la Felisa muy guapetona ella y que según dicen y casi
lo puedo certificar como testigo de vista no como usuario que uno era un niño
por aquel entonces a juzgar por las largas colas de hombres que aguardaban
turno ante su puerta de su chiscón ubicado en la Casa la Troya donde nací yo a
todas horas había ejercido el oficio más viejo del mundo en la Corte y hasta
dicen que fue querida de don Inda don Indalecio Prieto quiero decir y era de
ideas. No la fusilaron de milagro pero la emplumaron y la cortaron el pelo no
por puta sino por roja. La Concha pregonaba por las ferias de san Juan o en la
tablada donde se preparaba el ferial detrás de la estación y mismo al lado el
cuartel de la GC el pirulí de la Habana a perra gorda a perra chica caramelos
de limón y menta que el que no los come revienta (era la caramelera un prodigio
de la publicidad de boca a boca) y a real la media docena. Cuando la romería de
San Marcos por abril o pasado verano en las fiestas de la catorcena se
escuchaba la voz aguardentosa de la Concha dale que dale anunciando a real su
mercancía: - A ral…. A ral…ral… el pirulí de La Habana para el nene y la nena.
Fresa. Limón y menta el que no los toma revienta Antes de salir a vender le
gustaba su copa de anís o su copita de ojén y salía a despedirla su hermana la
Feli en negligé.Las dos eran altas y la Felisa lo que se dice una mujerona con
aquellos tupés apelmazados sobre las sienes y su cara de mirar antiguo
depiladas las cejas que se parecía un poco a la gitana de Romero de Torres el
pintor que pintó a la mujer murena la de los billetes de cien pesetas. Un
domingo por la tarde que había un bautizo porque habían bautizado a un chico
que tuvieron la Serafina (pobre serafina que alma más buena, recogió a la Feli
desahuciada por la sífilis y se la llevó a morir a su casa) la de la tía
Carnerita y su marido el Iglesias, un socialista histórico que acababa de salir
del penal de Cuellar y era un rapsoda de profesión que recitaba “El Pillayo” de
Gabriel y Galán mejor que nadie, estábamos a la puerta de San Valentín una
cuadrilla de chaveas esperando el arrobo y que se estirase el padrino que si no
le espetábamos al bueno del padrino aquello de arrobo cagao que a mí no me han
dao si cojo al chiquillo le tiro al tejao, pues se presentaron la Concha y su
hermana. La Feli tan cariñosa como siempre me estampó un par de besos en los
carrillos que olían a aguardiente o a vino peleón que tiraba pa atrás pues en
la Casa de la Troya esto es en San Valentín numero 4 yo era una personalidad
porque mi padre el hombre en aquellos años del hambre nunca volvía a casa del
cuartel de vacío. Venía con él el machaca con un saco chuscos de las sobras de
mayorías un fardel de judías o de patatas el rancho mismamente o los
desperdicios de las perolas que le regalaban los rancheros y los repartía entre
los inquilinos de aquella corrala. Todos eran pobres y pertenecían al bando de
los perdedores. Sólo había tres familias que habían hecho la guerra con Franco:
las dos solteronas del tercero Maruja y Carmen que iban a misa todas las mañanas
a la catedral y eran muy amigas del precentor o maestro de capilla,;una de
ellas era enfermera de Falange. El cabo de la guardia civil al que llamábamos
el señor Juan y del que hablaré después pues al retiro se colocó como portero
vigilante en nuestro seminario y allí le veíamos muchas tardes con su gesto
adusto entretenido con la lectura del Adelantado de Segovia que se leía hasta
los anuncios. Le interesaban en particular las esquelas. Era un hombrón.
Infundía un poco de respeto cuando le veíamos abandonar el domicilio y estaba
de servicio con el tricornio las cartucheras los correajes y el máuser que
debía de pesar sus quince kilos. Él se lo echaba al hombro como si nada. A la
espalda un zurrón y escarcela impresionante. Iban de correría y a la puerta de
San Valentín le aguardaba el otro numero de la pareja un guardia menudito un
jijas pequeño renegrido pero con un gran bigote cuyo nombre era Venancio. Se
cuadraba ante su superior. -Sin novedad mi cabo. Pues andando- entonces decía
el señor Juan Y los dos que parecían la l y la i se perdían calle arriba y
desparecían al trasponer la arcada umbría de la puerta del socorro que tenía
una repisa con un arcángel flamígero desenvainando la espada y al otro lado un
altar con una virgen románica y su galería. Siempre me impresionó el cabo tan
serio y cara de pocos amigos. Sonaban sus pisadas en la escalera y todo el
tillado se resentía. Era un hombrón y mucho más con el chopo a las costillas.
No solía dar los buenos días pero una excelente persona y, jubilado, le recuerdo
leyendo el Adelantado en su garita de la portería del seminario. El mal humor y
la esquivez de su carácter eran fruto de la enfermedad que tenía. Padecía una
próstata muy maligna que le llevó a la tumba. Creo que era un noble hijo del
duque de Ahumada. Sirvió a la Benemérita cuarenta años y a la Iglesia los
últimos siete de su existencia. Una vida de servicio aunque fuese un civilón a
la antigua uno de aquellos mangas verdes que nos hacían poner pies en polvorosa
cuando asomaban la gaita y el perfil inconfundible de la pareja avanzaba por
los caminos. Guardia civil caminera te llevará codo con codo, Lorca dicit. El
otro vecino de derechas de aquella corrala era mi padre Silvino que gloria
esté. Era el que traía el rancho del cuartel. Los chuscos les sabían a gloria
por ejemplo a la familia de la señora Antonia la catalana viuda de otro
fusilado por los franquistas. Vinieron a Segovia desde Lérida después de un
bombardeo con lo puesto y yo prácticamente me crié en aquella casa y crecí
escuchando hablar catalán una lengua entrañable para mí pues fueron las
palabras primeras que escuché en mi infancia cuando hablaba aquella familia que
compartían derecho a cocina con Serafina la hija de la Carnerita casado con el
Iglesias del que ya hablé y hermana de Claudio el chato que era el portero del
Peñascal. Claudio cuando estaba en la puerta me colaba y así me colé a ver
muchísimos encuentros de tercera división de la Gimnástica de gorra. Tenía una
hermana la Carmen a la que hizo un chico un italiano cuando los balillas de
Mussolini estuvieron de asiento en Segovia durante la guerra, -tener un hijo de
soltera en aquellos tiempos era una cosa bastante peliaguda por aquello del que
dirán y las habladurías- el Antoñito que sería muy amigo mío pues en la
infancia no entiende uno de tales prejuicios y los dos salíamos juntos a nidos
por Tejadilla. Me quisieron como a un hijo y yo bajaba a que me diese croquetas
la señora Antonia que estaban más ricas que las de mi madre y a sentarme en la
cadira que era más cómoda que las de casa. Desde entonces siento una veneración
y respeto por la lengua de Verdaguer y digo yo que qué tendrá que ver el habla
con la política. Los hijos de la señora Antonia se llamaban Ramón el peluquero,
Quico que tuvo un garaje de recauchutados en el Camino Nuevo, la Juani que me
crió prácticamente y vendía helados mantecados en el Columba por el verano y
Agustina a la que llamábamos la Agus que era la que hablaba más en la jerga
ilerdense de todo el grupo en un catalán elegante y señorial que a mi me sonaba
a uvas y queso y las uvas con queso saben a besos. En el tercero mirando para
las cuevas del Pinarillo vivía la señora Segunda a la que siempre recordaré
viejita y encorvada sobre el fregadero lavando cacharros y cerca del puchero de
la cocina de carbón. Era tan pequeñita que no alcanzaba la taza del fregadero
sino era subiéndose a un tuero. Tenía una cara muy bondadosa, siempre vestía de
negro y un lobanillo al lado del labio inferior de la que salían una cerdas
algo así como una barba de tres pelos. O cuatro. A un hijo se lo fusilaron
cuando el Alzamiento. Pertenecía al partido comunista y le dieron mulé en el
foso del Alcázar y a otro Gabriel porque era cojo e impedido que sino también
le “pasean”. Nunca se recuperaría de aquel golpe la señá segunda. La
poliomielitis determinó que aquel hombre tan inteligente estuviera condenado a
una silla de ruedas. Los del Frente de juventudes le fabricaron por mediación
de don Tomás que era el jefe de abastos y que vivía en la casa de la esquina
justo al lado de la muralla un coche silla y pedaleando con las manos se
desplazaba todas las mañanas a la estación del norte a vender pipas caramelos y
cromos.La bajada por la escalera del querido Gabriel era tan sonora aunque
mucho (plon, plon peldaño va peldaño viene y además el resuello de su penoso
respirar) más trabajosa que el del cabo de la Benemérita. Quico el catalán le
agenció unas rodilleras con neumáticos de camión y unas chanclas para las manos
y a rastras se deslizaba desde el tercero hasta el cochecito que le aguardaba a
pie de calle. Era todo un experto en el manejo de su vehículo y los amigos le
llamaban el rey de la montaña por la celeridad con que subía las cuestas
manoteando sobre los pedales y en una ocasión pues era muy decidido se propuso
hacer el viaje hasta Madrid pero al llegar al Portachuelo antes de San Rafael
pinchó una rueda y tuvo que traerlo a casa la Guardia Civil precisamente el
señor Juan que por aquellos días estaba de servicio por aquellos pagos unos
dicen que tras la pista de unos quinquis que robaban gallinas por la Losa y
otros que a cazar gamusinos. Fue una noticia muy comentada en la localidad y
salió su foto en el Adelantado pues la hazaña del cojo tuvo mucho mérito. A
Gabriel se le quería mucho y todos conocían por lo que le había sucedido que
Franco no era santo de su devoción. Sin embargo él y mi padre se hicieron muy
amigos y a veces discutían –sin reñir- de política. Cuando nos mudamos de casa
a las viviendas militares del Puente de Valdevilla mi padre me mandaba bajar a
comprar el Adelantado por toda la pista que no sé si el periódico valía un real
como los pirulís de la Concha pero a mí – jo papá no tengo ganas- se me hacía
muy larga la caminata hasta el quiosco del Tío Braguetita que estaba junto del
Regimiento pero yo no hacía gratis el mandado. Recababa de mi progenitor una
perra chica esto es cinco céntimos. Nuestro periódico era muy conservador y de
derechas o más bien de tono objetivo e imparcial por lo que resultaría
inconcebible que el señor que lo voceaba en el Portalón cerca de la Casa de los
Picos muchas tardes pudiera aportar a los titulares algo de su cosecha como
ocurrió en cierta ocasión en León con Genarín- Jesús la que se preparó- y
pregonaba el diario Proa de la prensa del Movimiento. Una tarde en que había pimplado
más de la cuenta y no se le acercaban clientes le puso titulares
sensacionalistas al rotativo él mismo y se inventó la noticia: -Proa…Proa… ha
salido Proa… últimas noticias. El Papa Su Santidad Pío XII cuelga los hábitos,
y se fuga del Vaticano con la Hilda… Proa. Ha salido Proa. La pareja se va
Honolulu de viaje de novios. La gente se arremolinó en torno al pregonero que
despachó su mercancía en un suspiro. Se produjo un alboroto, casi una conmoción
social ante la indignación de las gentes bienpensantes que no había sabido
percibir una broma de borracho y a Genarín se lo llevaron a la trena los
guindillas. Pero eso solo podía pasar en León tierra de cazurros, en Segovia
jamás. Allí éramos un poco más señoritos circunspectos y delicados. Pobre
Genarín esa es otra historia. Todo el mundo conoce su triste final. Lo arroyó
un camión de la basura mientras exoneraba el vientre y la vejiga cerca de la
muralla romana una noche de viernes santo. En Segovia había otros singulares
personajes como Mariano Conejo el hospiciano que tenía una voz poderosa e iba
por las casas a pedir con su traje marrón de los presos y espiaba a las mujeres
mientras fregaban la escalera. O Fernandito que una vez se disfrazó de fantasma
en la Alameda e iba asustando con una sabana a las parejas. Uh…uh..uh. el
Fernandito era un aprendiz de lo que ahora se llama violencia sexual, un
violador en potencia, vamos, pero la gente se lo tomaba a cachodeo.El mismo Tío
Braguetita era otra personalidad local. Había estado en Rusia con la División Azul.
Regresó del frente del Este con un pie congelado. Le dieron un quiosco pero se
emborraba con frecuencia y cuando estaba beodo iban los chicos a cantarle: -Tío
Braguetita… tío Braguetita. -Si voy ahí chiquitos os meto un brazo por una
manga. Hacía una amago de salir de su tendejón y los malvados chavales que le
arredraban emprendían una carrera sin parar hasta los jardincillos de Santa
Eulalia donde crecía y crece un centenario y señorial almez todo una orgullo de
la botánica segoviana. Vuelta y otra vez: -Tío Braguetita…. Tio Braguetita.
Pero aquel veterano de una de las guerras más cruentas que ha tenido la
humanidad era inofensivo incapaz de matar una mosca.Hay que decir que no
cumplió la promesa de maternos un brazo por una manga. Algunos de sus camaradas
ex combatientes se acercaban a visitarle entre ellos el teniente Ricardo que
era nuestro vecino un artillero alto y cenceño que debajo de la guerrera
siempre llevaba camisa azul y bajaba a comprarle el Arriba y hablaban de los
viejos tiempos y de las fatigas del frente de Novgorod y de Leningrado. El
quiosquero que se llamaban Crescencio departía en largas Maximinofadas con el
teniente Ricardo y con el brigada De la Paz también divisionario, aunque todos
le conocieran por el apodo de la dichosa bragueta y eso porque la gente que se
fija en todo observó un dia que tenía que orinar con frecuencia y tenía un
perico dentro de su garita para hacer pis que debía de padecer poliuria o
incontinencia de orina y olía por allí a meaos que tú no veas y por el verano
todas las moscas del barrio venían a posarse en su bragueta con ronchones
sospechosos lo que era recelo de diabetes pero el tío Braguetita no murió del
azúcar ni del tenesmo. Se le cantó el gorigori por otra causas. Una borrachera
de anís. La cogió temblona y se lo llevó por delante. Sereno, era una delicia
de paisano pero la cosa cambiaba cuando se había tomado unos chatos y más en la
taberna del Tío Juvenal. Nos decía algunas palabras en ruso y a mí me enseñó el
paternóster en ese idioma…. Otse nash… La estepa había cambiado su percepción
del mundo y decía que el pueblo ruso aunque se les motejara de comunistas y de
rojos perdidos eran buena gente. Él mismo ostentaba un icono de la virgen María
que le regaló una baba (vieja) o una panienka (moza en polaco) cuando pasó por
Grodno que en este momento no me acuerdo a punto fijo.De lo que sí me acuerdo
es de la bondad de aquel rostro cansado y vencido por los sinsabores de ka vida
pero que no perdía jamás la paciencia y la serenidad. Nunca nos dijo chico si voy
ahí os capo que eso si que hubiera sido más morrocotudo y es con lo que nos
amenazaba, por ejemplo, el tío Juvenal el tendero de Castrobocos que tenía
mucho peores pulgas. Don Crescencio sólo se atrevía a sentarnos las costuras de
manera más leve: meterle a uno un brazo por una manga no debía de ser gran
cosa. Su entierro se recodará en los anales de la ciudad como uno de los más
multitudinarios. Vinieron coroneles y generales entre ellos Muñoz Grande y el
general Infantes mandó un telegrama de pésame. En el Arriba el periódico que
llevaba siempre el teniente Ricardo bajo el brazo y era uno de los mejores
periódicos que se publicaban en España por las firmas que en él aparecían desde
Eugenio D´Ors hasta don Pío Baroja y el mismo Ortega- estamos hablando de una
España no de revancha sino de reconciliación- yo me hinché a escribir crónicas
desde Londres desde Nueva York así como en los otros cuarenta y tantos
restantes de la querida prensa del Movimiento- le dedicaron una larga
necrológica. Nasie hubiera podido pensar que aquel vendedor de periódicos
borrachín tenía una laureada. En el Adelantado hice mis primeros pinitos
literarios y di a la estampa mis primeros versos como un romance al Eresma
glosando a Gerardo Diego.” Río Eresma río Eresma que vas camino del Duero para
estar contigo a solas esta tarde he bajado solo y triste. He bajado con el
viento.. etc”. Muy malos versos y casi una copia del romancero pero todavía
traen un perfume de aquel ayer- años 62 al 64- y algunos números de entonces
aun los conservo. Recuerdo la bondad con que el director Cano de Rueda aceptaba
mis ripios. Pero eso de ver mi firma estampada en la pagina literaria de los
jueves me hacía sentirme un tío importante, casi un Tolstoi. En este rotativo
tabloide que tenía forma de sábana y muy pocas hojas probé yo ese veneno, esa
comezón que deja en el alma el duende de las imprentas. Por eso esta bonita
foto que me mandas, amiga Amaya Barrio, en la que apareces detrás de una
ventana del Negresco o de la Suiza tomándote un café con un bollo y en la mano
el periódico de nuestra ciudad tiene para mí connotaciones mágicas. Es mágica y
ha suscitado en mí esta retahíla de viejas remembranzas. Muchas gracias. Río
Eresma, Río Eresma que vas camino del Duero… Adelantado de Segovia uno de los
diarios más antiguos que se publican en España humilde y entrañable y sin
demasiadas paginas, sólo puedo decir gracias. EN LA MUERTE DE UN PRIMO MÍO Hoy
estoy un poco cabreado con Dios. La naturaleza se cobró su estipendio y
avasalló, triunfal, la muerte los despojos de mi primo carnal verdadero hermano
Agustín. Hoy se me ha muerto algo de mi propia alma y cuerpo que lo vi horrible
y macabro en ese rostro arropado en un sudario blanco cuando los del crematorio
destaparon el féretro y apareció pavoroso y desencajado incipiente aviso de
calavera - como me ves te verás; como tú eres yo fui- la orlada de los ojos
profundos como socavones exvoto de la cera todavía con manchones de la sangre
que se congestionó en una agonía que fue tormento y purgatorio. Demasiado. ¿Qué
crimen pudo cometer mi primo para haber tenido que aguantar dos años esta
crucifixión de un melanoma en un pie? No entiendo. Pongo doble contra sencillo
y los ojos de la carne me llevan a la oscuridad de la nada al final macabro y
absurdo de la vida de un recio castellano de 63 años. Venciendo mi repugnancia
estampé un beso sobre la frente lívida y le hice sobre las labios la señal de
la cruz deseando vivamente que esta resignación fuera fiducia de salvoconducto
del viaje a la eternidad. Para los cristianos la cruz de dolores persecuciones
desacatos humillaciones insultos contumelias enfermedades y otras crueles
realidades es la moneda que todos llevamos prendida entre los dientes para
pagar al barquero y sacar pasaje en la misteriosa nave de Queronte. Conviene no
escupirla jamás y tenerle bien agarrada en el mandibular. Es como si dijésemos
que así atenazáramos inmovilizándole por los mismísimos a un púgil que siempre
acecha, siempre hostiga y acabamos tirándola en la parva como en aquellas
luchas que nos echábamos en la era las tardes de trilla y brega cuando éramos
niños a ver quien era el más fuerte y tú Agustín aunque más bajo que yo me
tirabas contra las cuerdas. Al caer de espaldas recuerdo que me aterrizaba el
vacío y esta mañana al cabo de tantos años he vuelto a sentir aquel vértigo de
caer de espaldas no a una mullida parva de espigas tiernas sino a las aguas
salobres y tenebrosas del lago de la eternidad. Murmuré un réquiem por lo bajo
que parecía un mutis y luego en alta voz dije ante sus despojos una frase:
-Agustín, siempre fuiste un valiente. le supiste echar un par de cojones a la
vida. El cáncer te ha vencido pero estoy seguro de que tú buscarás revancha en
la resurrección de cristo. Hasta luego. Todos estábamos aterrados en aquella
cámara fría y desnuda que en el tanatorio llaman la Sala de la Despedida. A
ella nos llevó a los del triste cortejo aunque para disimular ibamos hablando
de nuestras cosas tratando de dar un aire de familiaridad a ese momento tan
trascendente una azafata de talle fino y guantes blancos. Los ojos de la fe
avezados a calzar las antiMaximinos de la teología el dogma y los viejos
conceptos me llevan a la seguridad de que él está cerca de Ti, Señor. A tu lado
y que le preparaste a Agustín una morada en tu reino, allá en lo alto, o donde
sea. Que habrán acudido a recibirle en la gloria los Ángeles y ese serafín de
los prefacios al que entonaba su melodía al armonio su padre mi tío Pedro que
era el sacristán de Fuentesoto en aquellas multitudinarias misas de Angelis y
que su madre, la Juana, a la que él llamó a voces antes de expirar
Madre...madre. Madre y santa María y san Pedro y san Gregorio y todos los
justos de mi pueblo y todos los pueblos habrán prestado acogida en los prados
amenos de la eternidad. Según dijimos en la recomendación del alma que me cupo
el honor de leerte en tu lecho de muerte a la cabecera de aquella cama del 12
de octubre tan impersonal y tan fría para ti que eras entusiasmo puro y
carcajada viva que no merecieras reclinases tu cabeza para exhalar el último.
Otro absurdo que me llena de angustias y de dudas pero no te preocupes, Agus,
lo superaré. Mi fe es más vieja y recia que todas esas cantinelas con los que
nos sorprende el pateta siempre tan oportuno y tan poderoso que lo llaman el
señor que preside los designios pero lo derrotamos y vencimos con aquellas
oraciones tan inspiradas del misal latino y luego yo te escuché que decías
Jesús José y María valedme en mi ultima agonía y llamabas a tu madre, la Juana
a la que yo siempre tuve por santa y a la que tu hermana Lidia acude al
cementerio de Fuentesoto a llevar flores y a suplicar su intercesión para pedir
algún favor o cuando la aflige una necesidad. Estoy seguro de que ella también
estaba allí. Con Jesús María y todos nuestros patronos tutelares. ¿Recuerdas
cuando ibamos a coger botijos de agua a la fuente grande? A trillar, beldar,
arrancar hieros o algarrobas a Las Suertes Viejas que estaban a casi cuatro
horas de camino, cerca de Valdezate y que para ir a labrarlas había que uncir
el carro a las cuatro de la mañana. O las moras que cogíamos en un bote por la
fiesta de Nuestra Señora de agosto. Con azúcar o algo de arrope sabían buenas o
por lo menos mataban el hambre y la sed de aquellos veranos tórridos. Estaban
superiores. Aquel mundo que dejamos atrás no era ni mejor ni peor que el que
vivimos ahora pero ya no es. Se apagó el fuego y quedan los rescoldos y los
rencores que aquel pueblo del que salimos eran muy envidiosos y quejados de esa
enfermedad tan norteamericana del “keep up with the Jones”. De aquella tierna
etapa de la infancia datan las primeras crueldades. Pueblo de cristianos viejos
o acaso nuevo pero de catolicismo y de cristiandad poco, personajes que no te
daban una hogaza o te invitaban a comer asado el día de la fiesta si no estaban
ciertos de que iban a recibir diez. Muy mirados y muy a lo suyo y, según tú
decías, Agustín, muy zorros. Pero estas menudencias y trastornos tales
mezquindades no pertenecen al corpus dogmático, son materiales para la
casuística. Pero hay que hacer balance sub especie Aeternitatis y llegan el
momento de las verdades. Castilla dio de sí todo lo que tenía que dar y se ha
venido abajo por el mal de siempre: el morbo visigótico, la ignorancia de los
fetiches, las suspicacias y desplantes entre unos y otros. Siempre busqué el
viejo espíritu pero sólo encontré ruinas y mezquinos destripaterrones. Los
hispanos de los que decía un papa Deus aspicit benignus- ¡qué ironía!- nos
vigilamos unos a otros en vez de querernos y de perdonarnos que es lo que
cumpliría. Ese y yo más porque nos hemos hecho supremamente materialistas y en
este tiempo y en aquel y siempre estaba el tanto tienes tanto vales. Los había
que querían un sitio preeminente en la tribuna de la iglesia y aunque más malos
que Judas pérfidos y traidores colmaban la iglesia de bodigos para ser
invitados a las comilonas en la rectoral Reunión de pastores oveja muerta y ya
se sabe el mejor cuarto asado y el cobro de diezmas en especie que los
reverendos se comían en carne pellizcando el culo de la mejor moza y siendo
piedra de escándalo para el feligrés. Algunos no eran muy evangélicos. Querían
mandar. Pecados de sexo, bueno pues por ese cabo todos somos pecadores y no
tenía importancia al cabo del tiempo y cuando tantas aguas han llovido que lo
que contaba tu padre el sacristán que en aquellos sanpedros del ayer el cura de
Valtiendas se bebía una cántara y luego no acertaba, arremangada la sotana, a
los pedales de su bicicleta para subir la Cuesta Los Carros o el de Pecharromán
que en cada fiesta le hacía un chico a una moza del arciprestazgo. O el de
Cuevas que se masturbaba en las eras coram pópulo que tío mas guarro para que
le viésemos todos los chicos. El peor pecado eran la soberbia, la envidia y la
falta de caridad, el querer ser los mandamases y caciques del pueblo y eso que
a sí mismo se llamaban discípulos de Jesucristo. Todo pasó y de aquello quien
se acuerda. La vida fue evolucionando. Éramos pobres y felices. Pero la vida
tenía cierto sabor y yo ando la querencia de aquellas horas, de aquellas rosas,
de aquel tiempo de amistad en que éramos como más libres y desinhibidos, de
aquellas chanzas inocentes, de aquel vino. En una fotografía en que
comparecemos tú y yo retratados por un fotógrafo de feria a lomos de un caballo
de cartón se nos ven los vientres abultados. Hambre. Hambre a secas. Gazuza de
posguerra y es que no había, hijo. Cuando tu madre mi tía Juana que era una
santa le daba sopillas para merendar a tu hermano el pequeño que no sé si era
Pedrito o Salva nos poníamos todos en corro o sentados sobre los bancos de la
cocina y éramos felices si nos daba a probar una cucharada y como pajarinos
abriendo el pico. Hambre y no había. Por eso se nos inflaban las panzas como a
los niños de Biafra. Vivencias comunes del pobreza en compañía deba de dejar
una huella indeleble como aquella luz de nuestro pueblo, los olores del
establo, el sudor fuerte y perfumado de las caballerizas, el aroma de estoraque
al pasar cerca de la fuente en la cerca del médico, las esquilas de los astros
en reata del molinero de la Villa que preparaban unos escándalos de aquí te
espero cuando barruntaban una yegua con hipómanes, o las del burro yeguato del
tío Aquilino grande de alzada y esquelético como su dueño que bajaba para las
pobedas la chaqueta al hombro a regar su cerca la azada al hombro tieso más que
un huso, la mala leche de la Tía Maricruz Nuestra Señora de los siete tobillos
la única en el pueblo que se echaba polvos en la cara y luego supimos que otros
polvos también echaba y a ti te preguntaba muy interesada: - ¿Tú eres el chico
del sacristán? - Sí, señora, para lo que Vd quiera mandar. - ¿Y donde anda tu
padre? - A las tierras. A labrar. - Hogaño le veo poco, hijo. - Tía Maricruz ni
falta que hace A ti te tenía buen concepto. Por algo será, asumí. Y recuerdo las
impresiones que marcan para toda la vida: las tardes de invierno en el callejón
que para calentarnos jugaban los mozos al chito y nosotros al zorro pico zaino
que era un divertimiento muy antiguo y español. Y los bailes de candil por san
Pedro cuando le mangábamos al Bigote las garrapiñadas y los perillos al
hortelano del Valle de Tabardillo cuando venía a vender y se quedaba en las
bodegas, bebía más de la cuenta y luego le pasaba lo que al cura de Calabazas
que no encontraba el camino y nosotros aprovechando que andaba el hombre un
poco chispa le hurtábamos algún perillo. O cuando la noche de Ánimas nos
mandaba tu padre a tocar las campanas y allí estábamos acurrucados en el
campanario muerto de miedo los dos. Alguna paloma sorprendida en su nido al
vernos levantaba el vuelo y a nosotros se nos erizaban los cabellos pues
creíamos fuera un ánima. Las castañas y nueces de Nochebuena. Y los filandones
de San Andrés. Correr el gallo por las Candelas. Los cantes de ronda cuando se
iban los quintos y al Irineo le tocó a África. O poner la enramada después de
la Minerva y el Corpus. Felices éramos a nuestro modo. Ayudábamos a misa al
cura Saturnino que nos daba una perra chica o una patada en el culo si nos
equivocábamos en el confiteor. La escuela de doña Catalina la esposa de don
Tomás aquel maestro que según decían era de ideas y se libro de ir a la cárcel
alegando que estaba loco y lo internaron en el manicomio de Quitapesares. ¡Dios
mío, al cabo de los años comprendimos la tremenda injusticia que supone el emparedar
a un maestro tildándole de débil mental por pensar por su cuenta! Aquella puta
guerra, la guerra, y lo peor las revanchas. Por lo general el personal se
escudaba en la religión y la política para dar rienda suelta a sus instintos
inferiores, pero a mí siempre me pareció que don Tomás sí entendía de política.
Los demás no. Era un buen maestro. Volviendo la vista atrás uno tiene que
volverse cínico o un hipócrita. Todo aquello de entonces ahora sale por lo
visto. Pero a mí los malos ejemplos clericales no estorbaron mi fe en la
religión. Ahora bien como yo no quería ser un cura de misa y olla como aquellos
que bajaban a nuestro pueblo en la bicicleta con la sotana arremangada que
enseñaban los pantalones negros y a nosotros nos sorprendía que llevasen pantalones
como los demás pues me salí. No quise saber nada. Pero continúo en aquellos
valores del Evangelio y en la piedad y en el amor de Nuestro Señor Jesucristo.
Luego vino la emigración o evasión del campo a la ciudad. Recuerdo aquellas
vísperas de San Silvestre que nos presentamos en la plaza con tu motocarro una
Trimak recién comprada cómo nos miraba tu hermano Maudillo que quería venirse
con nosotros para Madrid pero no había plaza en aquel triciclo con el que
empezaste a trabajar, el primero de la saga de una flota de camiones. En el
puerto de los leones se planta nevar y no teníamos cadenas. Hubimos de poner
nuestros abrigo y nuestras chaquetas debajo de las ruedas para el agarre en la
nieva y no sé ni como coronamos la montaña. A fuerza de tesón, que tú siempre
le echaste a la vida muchos cojones. Los dos tiramos para adelante enderezando
nuestras propias rutas. Algunos domingos salíamos juntos a alternar o nos
metíamos en un bailorro a asustar a algunas chachas y yo un poco bisoño te
pedía consejo sobre cómo había que hacer para que las chavales te diesen baile
y tú decías mira te has de comportar normal decirle cosas agradables que no
vean que te azaras. A las mujeres les gusta saber que tú mandas. Buen consejo,
mas ni por esas. Hasta tomé complejo de que nunca tendría novia de que nadie me
querría. Hay que ver, Agustín que cosas se le meten a uno en la cabeza. Y
pensaba en aquellos recuerdos agradables tratando de espantar la sensación
horrible de mi beso de despedida, ese olor a cadaverina, espeso y dulce de los
muertos cuando empieza el heder y la descomposición de la carne y de la sangre.
Estaba como zombie. Desde el tanatorio sur hasta la Almudena donde iban a
hacerte polvo y ceniza había un atasco infinito. Nos perdimos un pare de veces
en una de las incorporaciones, casi me choco contra un taxi. Estaba como
alelado. La noticia de tu muerte me dejó frío y todavía no me lo creo que
puedas estar muerto. ¿Adonde te has ido? ¿Cómo será el cielo? ¿Cómo habrá sido
tu entrada en el Paradiso? Cavilar sobre estos misterios me saca de quicio,
siento como una desazón un cosquilleo en el estomago y es que la eternidad me
da vértigo y quiero suponer -y este es mi único razonamiento- que de la misma
manera que en tantos azares y peligros sentimos una especie de protección y
misteriosamente nos vemos salvados de las acechanzas y trampas de la
existencia, en la hora de la muerte Él seguirá ahí a pie de obra. Al menos es
lo que ponía en la oración diaconal de la recomendación del alma que te leía
cuando estaba en los estertores de la agonía. Mas una cosa es predicar y otra
dar trigo. Yo también tengo dudas y un miedo infinito. A ese vacío de tus ojos
cerrados que dejaban de ser ojos para volverse cuencos de calavera... A esa
sonrisa macabra que vi en tu cadáver. Bien es cierto que no eras tú sino tus
despojos en la hora del hic jacet mas no por tales reparos deja de activarse mi
congoja. Por eso iba recordando con tu hermano Pedrito los buenos momentos de
cuando éramos chavales. Bromeando haciendo nuestros planes ilusionados con el
vivir. Bien es cierto que era un subterfugio. Una escapatoria. No entiendo
nada. Tengo la mente en blanco esta mañana hermosa de verano cuando la
circulación en la M 30 es caótica y por la mañana la tele retransmitía el
encierro de san Fermín. Otro breve responso y más lloros de los deudos de un
curita joven capellán del cementerio cuando llegamos después de perdernos otra
vez por las aleas de la inmensa necrópolis. A mi me hubiera gustado entonar el
Libérame me Domine de Morte Aeterna y musitar el a porte inferi o el dies irae
pero recité estas secuencias de los viejos funerales para mí mismo. Había mucha
gente y allí estaban tus hermanas Rosario, Lidia, Salva y Pedrito mi escolta de
poca talla pero de corazón grande el que más se parece a ti. Me impresionó la
dulzura de tu nuera Esperanza que me dio a besar a tu nieta y yo la bendije.
Esta niña es clavadita a ti. Y ese pensamiento me confortó un poco. Porque en
esos ojos almendrados se posaba tu luz por ese milagro de los genes y tu cuadratura.
Y el amor que vencerá a la muerte, en esta megapolis superhabitada de fantasmas
donde todo es difícil e impersonal hasta morir los ojos un poco asustados me
alejaron del cabreo que siento esta mañana de sol con Dios - uno puede a veces
estar enfadado a veces con lo que más quiere ¿no?- me dio cierta tranquilidad e
hicimos las paces. Él está cerca de Ti, Señor. Lo sé. Le habrás preparado esa
morada que se merece tras su crucifixión del cáncer de piel y la muerte que Tú
quisiste compartir con Agustín, conmigo, con todos, pero Te pido no me des tan
dura prueba como la suya que no sé si lo resistiré. Vermis sum et non homo,
miserere mei, digo con el Santo Job. Al regresar de la Almudena a mí me pareció
que entre los ruidos del tráfico de la calle impersonal los cláxones de los
automóviles entonaban un Miserere. Y luego el aleluya de la Resurrección en
Jesús. Aparqué en una de las zonas más bonitas de Madrid Alcalá con Goya y
entré a cortarme el pelo en una barbería. La vida sigue. Muerte, ¿dónde está tu
victoria? Volví a inquirir sólo para mi capote. La verdad es que no entiendo
nada pero acepto la muerte como una parte esencial de mi condición humana. Que
hoy me embargan la melancolía y acepto resignado el fin de esta persona tan
querida como acepto el mío propio. Más que nunca hoy recuerdo la frase del
Prefacio de Difuntos: Vita mutatur non tollitur. (La vida se transforma, no se
nos arrebata) APORTELLADOS DE SACRAMENIA Y FUENTIDUEÑA Aportillados eran los
adelantados del rey, castellanos que pagaban Parias castelarias lo que les daba
derecho a ser señores prevenidas en frontera con todo su ajuar. Para ser
aportellado –este adjetivo define toda la reconquista con su entera mentalidad
de combate- había que estar empadronado en una villa o ciudad, tener allí casa,
corral o dehesa desde san Miguel hasta la santa trinidad, pagar la fonsadera o
pecha de guerra y manejar espada, lanza y capillo, tener caballo. Hay que tener
en cuenta que las armaduras eran entonces caras. Prerrequisito era el haber
sido armado caballero y jurar lealtad al monarca. Los aportillados o
aportillados podían administrar justicia y recibían la cara de alcalde Es el
principio vasallático otorgado en avenencia y de mutuo acuerdo (los godos no
firmaban nada a no ser con la sangre y les bastaba la palabra empeñada) para
cabalgar en algara contra el moro cuando la anúteba lo reclamase. Los
caballeros eran mesnaderos bajo el pendón real. A tales aportillados se refiere
el fuero de Peñafiel del cual ya hablamos otrora y que es uno de los más interesantes
para los medievalistas. Don Claudio Sánchez Albornoz hace un estudio exhaustivo
del mismo y lo clava. Es un fuero que fija los usos y costumbres de los sexmos
ribereños del Duratón. Zona que había sido repoblada y don Claudio dice que el
gran problema de la España del siglo X al XII fue la despoblación del Duero por
gente de muy diferente origen. La integraban los gascones llegados de Francia
siguiendo a los monjes repobladores del cister y de Cluny, vascos, satures,
cantabros pero sobre todo casi en un 37 por ciento eran exaricos o cautivos
agarenos que habían sido obligados a moverse hacia el norte tras las exitosas
campañas en Al Andalus de Alfonso el emperador. Abrazaron seguramente a la
fuerza la fe cristiana. Van a ser los primeros componentes de la fuerte
raigambre mudéjar de esta zona que se irá desplazando hacia el Oeste por
Cuellar, Arévalo, Peñafiel. Otros eran muladíes raíz mucho más antigua y
asentada porque es obvio que no todos los mozarabes quisieron ser mártires hubo
bastante chaqueteo y se sumaron al credo del Coram, o árabes descendientes de
cristianos conversos al Islam también por obligación. Todo un variopinto
melting pot. El Duero era la tierra de frontera. Tanto el como sus afluentes se
encuentran salpicados de fortalezas y castillos. Los antiguos tumbos refieren
que el dueño de estos señoríos el conde Ansurez de Monzón era un muladí:
Ibn-el- Manssur y Alfonso III de León en 912 dona la tierra de Cardaba cum
edificiis a un tal Gonzalo Téllez para hacer cargo de esta zona de monasterios
y de morabitos tanto musulmanes como cristianos que vivían encuevados en simas
que ese dan en abundancia por estos valles. El cenobio oriental va a ser
sustituido por una fundación monástica del Cister. Esa va a ser la constante
durante los siglos medios: el anacoretismo bizantino visigótico va a a ser
siendo sustituido poco a poco por una firma de vida en común y a la occidental.
Eso desde un punto de vista religioso. Desde un ángulo económico los
monasterios eran auténticos fundos de explotación agropecuaria QUIRÓGRAFO DE LA
ASCENSIÓN Esperanza entre mis teclas. San apolinar firsa alto y dejo de fumar
en este bello día de julio. Sed aliud est coelum aeternum. ojos que miran al
cielo como en la oda de fray Luis, y dejas pastro santo tu grey en este valle.
Uno es el cielo inmaterial y otro el cielo aereo. El matiz es importante porque
en ambos cielos moraban los espiritus en uno los angeles, angelica turba
coelrum exulñtet y abajo los demonios. Una era una cucaracha alemana con el
pelo de estropajo y las mandibulas como garras de la hormiga atomivca. Sed
exulytet turba coelotrum que todos esos nada podrán contra mí. El cielo aereo
es lo proximo a la tierra pero el empireo es otra historia muy diferente. al
cielo aereo fue sublevado o subllevado elias. Y transportado hasta una remota
región que se trova en paradero secreto hasta el fin de los tiempos. Coelum
quippe terrae proximumn est. Cuando bajó al limbo Jesus resucitado al tercer
dia, palabras maximas, sioniquetes y comodines, palabras palabras, rescató a
los justos. Esto es pura mitiología. Señor que duro es creer pero aqui se
guardan los sellos de la vida humana en el quirografo de la ascensión. Et
mortios debitum persolvit. Nuestro redentor no padeció a la muerte propiamente
dicha, la superaría. La ascensión por su propio pie y no en manos de anglesfue
el finiquito de la resurrección. Elias fue transportado al cielo igual quie san
pablo en un ataque de gota coral seguramente y la virgen fue asunta.
Diferencias por tanto de contorno entre sublevación, asunción y ascensión. Esa
fue una de las primeras cosas que nos enseñaron con el catrecismo. A elias lo
tomaron los angeles de la mano lo mismo que a enoj para superar el lastre de la
gravedad pero cristo se elevó de su propio pie y con la fuerza de su mano. Se
eleva por tnto sobre las miserias de este siglo y los palidos reverberos de la
gran belleza del padre en las obras que hizo. La ascensión es la fiesta más
platónica del calendario cristiano. Y dicen los comentaristas que el Señor
coelorum fastigia penetravit. Qué me pasa?)El fastigio era un techo de doble vertiente. derribó las
potestades diabolicas aber heute meine tochet hiess mich
cocroach. Mientras especulo de tan altas razones mi existencia
subrauyce en la abyección y la miseria. Sede a dextris meis dijo el salmo y
esteban el dia de su lapidación vio los cielos abiertos et filium hominis
stantem a dextris. Hay una dioferencia entre sedere et stare. El stare es algo
más transitivo. Al seder realiza uin papel más activo en favor de aquellos que
en la tierra invocan su nombre. Ibamos diciendo que se acercaba un tiempo de
mártires. Y va induido de la estola (cpitraxil) de glroa. Todos los santos
bizantinos portan la estola cruzada sobre los hombres con la cruz a manera de
estandarte. me queda un año para jubiklarme y esto va a ser otra via dolorsa.
Ascensión significa exaltación de la humanidad. Al subir con cristo a la gloria
el cristiano se convierte en algo sublime y firmó de esta mnanbera el
quirógrafo o compromiso de nuestra salvación. Pero el ave ignoró la senda.
Semitam ignoravit avis. Sea. Elevata est magnificentia tua super coelos. En el
con el y por el y en ´çel triunfamos de nuestra corrupción y podredumnbre. Sin
embargo cristo nos dice que el camino hacia la excelsitud es la humildad, la
mansedumbre, la claridad. De esta forma un dia podremos gozar de su plenitud.
Hay que circunvenir las tentaciones y adversidades y suprimirlas plantandola
combate mediante la huida. El cuerpo que se eleva a efectos de la potencia
divina. El amor viene saltando los montes. Ecce hic veniet saliens in montibus.
de coelo venit in uterum, de utero in praesepio, et de praesepio venir in
crucem, de cruce in sepulchro et de sepulcro redit in vitam et de vitra in
coelum. jolin too much. Muy brillante. mucha hiperdulía. TEATRO E IGLESIA Esta
noción del teatro como una liturgia y de la iglesia con un escenario con sus
decorados pertenece al ambito del pensamiento y la literatura rusa. Sin
estetica y sin arte y sin misterio no hay religiíon. creo que fue ivan bunin
que cuenta una misa entre los expatriados rusos de berlín y llega a la
conclusión de que parece la representación de una ddrama solemne con sus
decorados con sdus caracterizaciones y puesta ne escena. Los rubriquistas saben
mucho de esta intima conexión de lo sagrado con las artes escenicas porquie la
pintuira y la musica y la pintura son sagradas, tienen ese hálito o palpitación
de la divinidad incombustibles. You ought to dominate some tecnicla effects. Es
como un proceso en el que la inspiración se somete a la ferula de las corcheas
y las fusas y las semifusas. Una buena partitura, una sinfonía, es contar una
historia inefable que avanza entre tinieblas. Por eso cuando entramos en una
iglesia nos sentimos diferentes, acaso seamos diferentes. Nos embarga el roce de
lo trascendente, la vivencia de lo ultrasensible. Esa misma sensación nos
acomete al pisar la alfombra de un patio de butacas. Para los rusos esto es el
equivalente a una confesión de parte [pobiedy, mui pobiedy gospodi] y la musica
resulta en ese sentido una confesión de lo inefable. Ante el altar ante la
grada del proscenio o clazando el coturno los dialogfos a veces se vuelven
monologos. Asi que en un decorado teatralmente tan perfecto como Petersburgo la
srquitectura se vuelve musica pero todo dentro del gusto neoclasicico y ese
amor a las tres unidades de Cataliona la grande. Tanta linea recta tanta
magnificencia parece no ir a compas con el sinuoso caracter de los rusos que es
circular y romboide como las cupulas magicas del oriente. pero en la ciudad de
los zares las piedras se vuelven pentagramas o versos de pushkin tan refinados
tan respetuosos con las normas de boileau. La ciudad tiene alma de fuego y en
los atardeceres parece que le nacen llamas a las cupuilas y todo se vuelven
fulgores e incandescencias perfiles de estrella asmando a la distancia y
cabrilean las cupulas en forma de llama sobre el espejo de las aguas del neva.
De la mano de cualquier compositor aleman instalados en la ciudad nos parece
gastar el tiempo (die Seit verzheren) porque Petersburgo tiene tambien alma
filosofica. En ella pudiera haber hanbitado Kant. es rusa y es alemana. Pero no
seamos retrecheros con el paisaje. Volvamos a la hiostoaia. En 1582 hubo una
vistoria cosaca sobre los tartaros y el zar hizo una donación a las iglesias y
monasterios (Soende). En cada uno apostó un carillón o garita [karyl] semejante
veleidad le da a la capital un caracter de fortin, de plaza fuerte amurallada
contra las ventiscas que vienen por el Baltico. Hitler era tan torpe que
desconocía la historia y esto se vuelve un crimen imperdonable en un hombre de
estado. Otra nota a destacar es el aspecto religioso. La iglesia más grande de
ctoda la cristiandad mayor incluso que san pablo de londres y la basilica del
vaticano está en san isaac. Esta visto que cristo estorba con sus planes de
redención a otros demiurgos. Por eso le llaman cinico y tonelero agresivo
[ausfallend] un profesor de ciencia itinerante o wanderlehrer que se expresaba
en parabolas. Su palabra quedó prendida como mechón de humo sobre las cornisas.
El es nuestra antorcjha. Unserer fachel. aspiramos a su visión, vamos a su
encuentro pero nos entorpecen los grilletes o compedibus. la escritura manda
dirrumopere vincla eorum. ewn petersburgo se siente la resurrección y las
cupulas de la catedral de kazan suben y suben, ascioenden. Son una metafora de
la ascensióm. La caridad cierra la culpa?)Cristus glorioficatio nostra. Charitas operit
multitudinem peccatorum. pero la cioudad mas rusa de todos es Nijni Novgoprod.
LUNA DE AGOSTO Baila mi esperanza como la flor de edelweis entre las teclas
sueños que no aprehende el volumen de mi pipa entre volutas caprichosas que se
elevan lentamente y salen al prado a besar la luna del jardín siento en mi alma
el ser/no ser entre tinieblas la luz queda y tenue que traza el oscuro camino
eolicos molinos alzaronse gigantes reyes de la braña en la sierra de los
vientos y esta visto que Xto estorba a los globales que su idea no es mi idea
pero no me entienden sólo la luna nos entiende y las redondas blancas que pulso
en el sentir y la furia del grito ahogado con cien mordazas vuelvo por el
camino de la Mocha Grande hacia la casa. Ya la Mocha Chica han hecho della una
parcela y la luna refleja en lo alto el rebrillar de mi pena. Las cabrillas
fugitivas y solemnes se unieron a la orquesta. If you cant win them all, join the
mob. Amor de juiventud. Quimeras.
MEDIO MILENIO DE LA MUERTE DE LA REINA DE ESPAÑA i .-Deme toda la información
que tenga sobre Isabel la Católica.- ¿De esa guarra?, -preguntó la gran coordinadora
jefa de la Oficina de los Palimseptos, doña Eudoxia Perejil Malostratos. Ni se
lavaba ni se peinaba y olía mal con todo lo católica y todo lo reina de España
que fuese-. La conversación que escuché en las dependencias de un centro
oficial del estado español con estas orejas que han de zamparse los gusanos más
que de indignación y de horror me llenaron de tristeza. Es el colofón de casi
treinta años de desespañolización, esa intensa carcoma inverecunda que roe a
este país tan grande como desgraciado las entrañas. Ha sido un verdadero lavado
de cerebro a todas las escalas. Una labor de zapa orquestada concienzudamente,
con una frialdad que nos dice que los artífices no son españoles, con muchísimo
dinero y enorme tesón, a lo largo del último cuarto de siglo. Se ha procedido
por los cirujanos del desamor y los vigoleros del odio a un legrado de matriz
de la madre patria que nos esterilice como nación descubridora de mundos y
paridora de pueblos. Así estamos todos en el patio de los tormentos. Otras blasfemias
dijo la interfecta que en boca de una mujer máxime si se declara feminista
profesa en un hombre serían causa sonrojo, pero estas pibas son tan lenguaraces
como infames. Quemaron en efigie su bendita memoria y ahora la Rico Godoy
ahonda esa herida proclamando al Islam religión oficial en la enseñanza
secundaria. ¡Pobre reina de España como te maltrata y te befa la antiespaña! Te
pegan golpes y patadas, te insultan como al “pelele de Árevalo”. Execrarán tu
tumba cualquier día de estos. Tal es su enemiga contra la religión verdadera y
su inclinación al impostor Mahoma. Que si murió por falta de higiene. Que si la
olía el coño y otras lindezas por el estilo. La especie partió de quien partió
y ha calado muy adentro en el alma tierna de los españolitos llegados al mundo
a lo largo de la última generación. Es la verdadera fundadora del Estado
español. Medio milenio de su desaparición física – que el alma de esta mujer
toca las fibras más profundas de la historia de España- y su quinto centenario
han pasado desapercibidos de la misma forma que todas las fuerzas vivas e
intelectuales de este país hicieron un mutis por el foro canalla con motivo de
los cien caños del natalicio de José Antonio. Dios los perdone.Bueno; en
realidad la idea de la unidad de la patria surgió de su marido, Fernando de
Aragón que la trajo de aquellos reinos. Para libre Aragón, decía Gracián. Las
barras catalanas son en verdad la esencia y matriz de las Españas. Tanto monta
monta tanto. Rovireche, ese mal seminarista, no sabe por donde se anda, aunque
me temo que los que andan tras él a cara tapada, sí. Este barco que denominamos
España empezó su singladura antes del matrimonio de Fernando e Isabel, casi
setenta años antesen la villa zaragozana. San Vicente Ferrer fue el gran
artífice.Había granado la flor del compromiso de Caspe. La fruta estaba madura.
Insultar y despiojar a la reina de las reinas es fácil como también es fácil y
está de moda la injuria y menoscabo de todo lo español pero nunca la hubo
mayor. ¿De donde pudo partir el infundio? Algunos historiadores entre ellos el
sesudo catedrático Suárez Fernández recogen esta fama de desaliño pero este
dómine, tan hispanófobo como deformador de la historia de Castilla él que dice
ser asturiano (siempre barre para casa) creo que se confunde con María
Antonieta o con el perico y la bacinilla de Luis XIV que había que entrar en
sus aposentos tapándose los ollares. No sé de donde pudo sacarla. Y más con una
mujer tan humana y con tanto equilibrio mental como el suyo. Era la que empeñó
sus alhajas para pagar los viajes de Colón e indemnizar a los damnificados del
campamento de Santa Fe. La que rezaba todos los días las horas en su breviario
latino, lengua que aprendió de su tutora Beatriz Galindo junto con el árabe que
se hablaba en la corte de su padre. La que una vez cuando fue a rendirla
honores el cardenal Mendoza acompañado de sus bastardos hizo un comentario: ya
veo ya los bellos pecados del cardenal. La que profesó una fe mesiánica en
España como imperio étnico a los pies de la cruz. Gracias a sus misioneros los
indígenas de ambas Américas abandonaron el canibalismo, los sacrificios
rituales y los tiempos oscuros de la prehistoria. Merced a su previsión de
mujer castellana – muy lista y de gobierno- esos pueblos del sur no andan por
ahí en taMaximinobos todavía o serían esquilmados, debelados o exterminados con
güisqui y con cerveza como ocurrió en el norte. Más de veinte repúblicas
abrazaron la fe cristiana. Pero en Roma son renuentes a estatuirla en el
santoral lo que prima face resulta un despropósito pero el ojo desnudo del ayer
no puede diquelar los tejemanejes inmundos y globos interiores de la política
actual. En todo esto por supuesto hay gato encerrado.Wojtyla que canonizó a
todo lo que se mueve en su largo pontificado muy refractario se muestra a
elevar a los altares a una mujer de vida irreprensible. ¿Por qué? Buena madre
de familia y mejor esposa. De una recia y rancia fe recibida de sus mayores
exenta de las truculencias e intereses de partido de las místicas nacionales
que venían todas de donde venían claro y por eso había que creer en sus arrobos
y deliquios. Si alguien merece estar en los altares con más categoría incluso
que san Luis de Francia, promotor de la Cruzada o san Eduardo el Confesor, es
ella. La vida de piedad y la vieja fe de esta leona de Castilla era mucho más
enteriza y, además, dio gloria a la Iglesia. Tuvo mucho que sufrir a lo largo
de su medio siglo de vida y esta paciencia y longanimidad en el camino de
abrojos de la existencia (si quieres venir en pos de mí, toma tú cruz y
sígueme) que curte y acrisola es uno de los síntomas que avalan haber
practicado la virtud en grado heroico. Era un mujer sencilla y muy popular por
lo querida de las gentes que se identificaban con su persona y sus sueños y por
su concepto de la equidad y de la equiparación de sexos precisamente en una
época al final de la edad media cuando algunos teólogos propalaban y se
quedaban tan panchos de que las mujeres cueva de los instintos inferiores eran
un estadio intermedio entre los animales y el hombre superior por lo que se
dijo que no tenían alma. Y ahí tenemos a la guarra que decía la coordinadora de
la Oficina de los Palimpsestos con ganas de camorra y el deseo de inspirar a
los historiadores. Todo un monumento al alma castellana. Su infancia fue
turbulenta porque hubo de padecer los deslices de un hermano algo maricón que
se aljamió – tanto le gustaban los moros- y Castilla sumida en guerras de
sucesión por mor de la Beltraneja fruto del adulterio de la mujer de Enrique IV
con Beltrán de la Cueva. Jamás, sin embargo, consentían que en su presencia
hablaran mal de su hermano. La casaron por compromiso con el rey de Aragón pero
suele pasar en los matrimonios de conveniencia: acabó enamorada de su esposo
hasta las cachas. Ver su testamento que lo refrenda. En el codicilo o separata
de este documento pide ser enterrado al lado de su marido en Granada porque si
bien estuvieron juntos los cuerpos menester es que en el más allá se junten las
almas. Su vida fue un testimonio de fe vida hasta el martirio.Todo esto la
acredita como una católica de visión universal y una verdadera santa. A este
matrimonio feliz no le fueron perdonados las pruebas ni los trabajos. Casaron a
sus hijas con el heredero de Portugal (María), con el príncipe de Gales (Catalina)
y con el pretendiente del trono de Alemania (Juana. Casamientos nobles pero
poco afortunados. María moriría en un pauperio. A Catalina de Aragón se le
murió su primer marido Enrique VII y luego se veló con su hermano el octavo de
los Enriques que la encerró en el castillo de Killinock después de hacerle una
hija, María Tudor de triste memoria. El repudio de esta infanta de Castilla por
el salaz Enrique VIII dio lugar al cisma de Inglaterra nada menos y nada más.
Por lo que respecta a la última, Juana la más longeva, remató en Juana la Loca.
Murió de amor y de celos a raíz del fallecimiento de Felipe el Hermoso. El
trauma de su vida fue la muerte de su único hijo varón el infante don Alfonso
muerto en la pubertad. Desde que lo enterró en Ávila no levantó cabeza. Aparte
de esto tuvo que lidiar toda su vida matrimonial con los continuos escarceos
amorosos de su marido. Fernando era tan mujeriego como buen diplomático. Tuvo
que meter en cintura a los nobles y corregir a algún obispo levantisco como
Alonso Carrillo el de la mitra primada cuando se le quiso subir a las barbas.
También se las hubo de tener tiesas con el papa Sixto V. Pocas mujeres tan
augustas y que supiesen lucir con tanto garbo y señoría el cetro y la corona.
Tanto monta, monta tanto. A los escolares de las nuevas generaciones se les ha
ocultado la verdadera historia de nuestra gran nación o la han manipulado
torticeramente a posta. Muchos no saben quién era Isabel. La fórmula de
equiparación entre Castilla y Aragón se acuña en Segovia al pie de la olma de
San Miguel donde la proclamaron mis paisanos un día de fines de verano de 1474.
Desde entonces para los que nacimos cabe los arcos del acueducto la veneramos
como una diosa tutelar. Es como un hada. Nuestra hada madrina. Y más que todo
eso una santa Una santa que vela desde la altura por los designios de España.
Queda aun mucho rabo por desollar que no entonen victoria esas aviesas
prójimas, como doña Eudoxia Perejil Malostratos, saliendo de cualquier tolmo
empolvado o uncidas a una ligarza. Abren la boca y supuran los rencores de la
ignorancia. Que no nos la llamen guarra y asquerosa porque lo pueden pagar
caro. Pura y sin mancilla fue siempre la reina de Castilla aunque sus enemigos
fieros digan que no se lavaba. Cuidadito con la lengua que os puede ser
arrancada. Ella a pesar de todo supo siempre estar en su puesto. Del
reclinatorio a la rueca y de la rueca al salón de embajadores o al cuarto de
banderas porque también fue a la guerra y Granada – era tal el impacto que
causaba entre sus soldados dispuestos a morir en el asalto de las murallas con
el nombre de Isabel entre los labios- se ganó gracias a ella. Era muy buena
hilandera, cocinaba buñuelos y muy hacendosa porque ella misma en lugar de sus
azafatas zurcía y repasaba las camisas y las faldas de las infantas. Una
verdadera mujer fuerte, roca de ese nuevo Israel que quiso ser España. He aquí
la idea matriz que alienta en la creación del imperio hispánico: la síntesis de
los dos testamentos, sobreseído el Viejo por la Buena Nueva evangélica. Un solo
Dios, Jesucristo, un solo poder temporal, un solo credo, la fe católica a la
sombra de la tiara del papa. San Juan de Letrán mantuvo hacia esta política
ciertas reticencias y en realidad Roma nunca supo agradecer ni pagar lo que el
imperio español hizo por la consolidación del catolicismo romano. Ese es otro
de los grandes misterios históricos y uno de nuestros peores traumas. Había
elegido el camino de la unidad que es el de la fortaleza y el de la
pacificación universal. Los Estados Unidos que son hoy el imperio copiaron los
símbolos que quiso plasmar la Reina en su heráldica: el yugo de la labor, las
flechas del poderío con su correspondiente aljaba y con un epígrafe o leyenda
que refrende esa ambición: ex pluribus unum . Lo que pasa que en el escudo
yanqui el águila de Patmos ha sido sustituido por el águila calva de las
rocosas, una idea menos mística y más positivista. La idea que subyace en este
emblema de las Estrellas y Barras americanas es laica mientras que en el escudo
de los Reyes Católicos abolido por el actual sistema y sobre el que llueven
denuestos (el pajarraco, el buitre y demás) es de índole más espiritual. Si hay
algo que conmueve es ese fervoroso patriotismo de los estadounidenses y ese
amor a los símbolos suyos por los que murieron tanto. Contrasta con la plebeyez
y clastomanía de nuestros partidos bisagra, nuestros historiadores necios y con
mucha baba y nuestras archiveras nefastas. Todos son expertos en tirar cantos
contra su propio tejado. Estamos corriendo el gallo y aunque todavía no son las
Candelas aquí hay mozos y mozas que cabalgan la yegua para arrancarle al pobre
masto la cresta o defenestrar la cabra desde un campanario y luego reírse
ahítos de vino y de saña contando el chiste que yo he oído contar en los
estrados de algunas universidades de que no se lavaba. Necios. Ahora se
pretende matar a cantazos a este águila triunfal que voló prócer durante
siglos. El yugo de la labor, destral en ristre, lo hicieron astillas unos
deslamados coreando consignas del extranjero y hablando por boca de ganso y
claro no hay trabajo. Estas funcionarias con las oposiciones recién ganadas –
cómo sería el tribunal que las aprobara- maltratan a un estado que les paga y
les asigna un puesto o un pesebre fijo en la Administración del Estado. Ese
estado fue fundado precisamente por “la que no se lavaba” y nos lo están
descuartizando. Lo malo es que luego quieren pasarse por caja. ¡Qué morro!
Pignoran convite de catalanes el Archivo de Salamanca, quieren hacer otro tanto
con el Corona de Aragón, luego le tocará el turno al de las Indias. Quo vadis,
Hispania? Y seguir cobrando de los dineros públicos. Son sus garbanzos y andan
con tantas alharacas. El reto de ZP es de órdago a la grande: la reforma de una
administración sólida que dio trabajo y se va a convertir en duerno de
amiguetes. Hasta los mismos norteamericanos envidian esta seguridad en el
empleo de los funcionarios españoles. Y sustituirla por la de un estado
fantasma. Que no existe más que en la utopía o en la mente de unas cuantas
cabezas cuadradas. Construirán más pesebreras. Crean entes públicos
macrocéfalos a costa del erario común. Accederán a los puestos candidatos que
escriben en castellano con faltas de ortografía o que no sepan quién era el Cid
o don Juan de Austria. Desconocen a los clásicos, aunque hayan oído hablar
mucho de Cervantes y digan que España les trae al fresco. O contrata como
personal fijo a las señoras de la limpieza como hizo FO. A Aznar tampoco hay
que darle un premio pues pasó como una caballo de Atila – parece mentira
habiendo sido inspector de Hacienda- por la Administración. Obedecía consignas
de arriba. Había que desguazar y se desguazó, se purgó, se puso en cuarentena a
funcionarios valiosos. Ya lo decía Lope. España es madre natural para el
extranjero y para sus verdaderos hijos que la aman se porta como madrastra.
Desde el Cid ese parece ser nuestro sino. El pueblo, que intuye verdaderamente
algo de lo que está pasando, sestea en la ignorancia. Le dan panem et
circenses. Mucho fútbol los fines de semana. Cultura del botellón y entreaño
Terelus por las mañanas y mucho Milá, mucho marciano y gran hermano por las
noches. Todo cuanto sea alienante nos viene bien. Por eso hay tanta gente con
depresión y se llenan los manicomios. Estamos formando generaciones ágrafas,
lúmpen intelectual pero que se quema los codos sacando o memorizando apuntes
para ganar oposiciones. No hay futuro.. Las carreras no dan para más pero los
padres se empeñan en que el niño saque la carrera para acabar en el paro. Es un
remanente de las ejecutorias de hidalguía y de los privilegios de casta que
siente un horror cerval a trabajar con las manos. Necesitamos fontaneros,
albañiles, encofradores, escayolistas y nos mandan archiveros que llegan
diciendo lo que oyen: que Isabel la Católica era una guarra. ¡Pobre España!
CUANDO EL CUERVO VUELA BAJO…. Cuando el cuervo vuela bajo hace un frío del
carajo. Cuando el pene está empalmado la sabiduría va al carajo o cuando las
ganas de joder aprietan ni a los muertos se respeta. Todos estos son refranes yiddish.
He encontrado durante los largos años de mis aficiones paremiológicas un
sorprendente paralelismo entre las consejas en español y las judías. Eso por
una parte. Por otra, el refranero castellano se parece mucho al ruso. En
efecto, el aforismo del ghetto “ Van der putz stehet light der Sechel im
pre=(con la polla en erección ´la razón está de más”) que yo escuché en un
cafetín del Lower Manhatan (me gustaban los tupís judíos y había uno Staten
Island donde yo asistí en los setenta a la llegada de miles y miles y miles de
judíos exilados de la Urss, y a la de las excavadoras de las inmobiliarias,
misterios del mundo, y desparecieron los cilancos y las grandes charcas, el
canto de los patos salvajes sustituido por el ronroneo del tráfico) El mundo se
acelera de una forma imparable. Me invitaron varios veces al templo esto es a
la sinagoga pero a mí me daba corte colocarme la yamulka en el occipucio que me
sentaba que ni pintiparada y verdaderamente tengo cara, la nariz sobre todo, de
judío pero no hacían más que hacerme preguntas y había un paisano que se
parecía mucho a mi abuelo Benjamín al que los flecos de las filacterias (los
sefarditas se colocan para orar en los cuadriles una especie de faja) que eran
exacta a la largo ceñidor con la que mi abuelo Benjamín se atacaba para no
agarrar frío a los riñones. Se llamaba Samuel y un día me enseñó emocionado la
llave de la casa de un pueblo de la provincia de Segovia: Coca. Sus ancestros
debieron de ser, pobres, los protagonistas de aquel triste éxodo hacia Berbería
que cuenta El Cura de los Palacios en uno de sus almanaques, la llave guardaban
y algún día regresarían tal vez al hogar del que fueron despojados. Me quedé de
una pieza y no regresé al Templo en bastante tiempo pero con motivo de la
muerte del generalísimo fue invitado allí a un kadish o responso. ¿Franco era
judío? Esa era al menos la tesis de un libro que yo tengo inédito Franco y
Sefarad un amor secreto. La puesta infurió a tirios y a troyanos. Yo no sé si
era o no de origen sefardí el anterior jefe del Estado. Pero hecho ineluctable
era que el apellido Franco lo es. Como lo era Cisneros. Fray Francisco heredó
el toponímico de un pueblo palentino. Tiene la cosa tres pares de perendengues.
Resulta que la herencia que desMaximinomaron los godos entreguistas y corruptos
la trataron de recomponer los dos franciscos fautores de la unidad española.
Los Franco me caen bien. Pero más Ramón el aviador republicano – su mirada
llevaban la llama del fuego sagrado- o don Nicolás buen diplomático algo putero
y gran vividor lo mismo que doña Pilar que era una cachonda mental. Más que el
Dictador al que otro compañero de armas, el inefable Queipo, le llamaba la
“culona”. Siempre lo tuve a Francisco Franco en un pedestal y un soldado
valiente (innegable) pero mis colaciones últimas sobre la guerra civil dan a
entender que en el escalafón había generales mucho más brillantes que él; como
Rojo y Casado que hablaban varios idiomas incluso el árabe y Franco nunca llegó
a aprender inglés. Todos estos postulados revisionistas, con todo nunca me
apartarán del amor que profeso hacia Pachín y su familia. Que no se enriqueció
a costa del erario público y llevó vida modesta y familiar, austera, amante de
los libros y del campo, y en sus gustos y discreción se reveló como un pequeño
burgués judío. Le gustaba Stefan Zweig y Lajos Zilahy. Disquisiciones aparte,
lo que no cabe duda en esta hora en que todo el mundo le calumnia y le insulta,
el hecho es su innegable amor a la patria, su austeridad, su distanciamiento de
la pasión española y eso que amaba a España con todo su corazón y hay algo
mesiánico y misterioso en toda su vida y obra. Y he llegado a la conclusión de
que los judíos a los que salvó a miles de las garras del tirano a través de sus
embajadores en Atenas. Bucarest, Budapest, Sanz Bricio, [lean un libro
descatalogado del gran periodista de “Arriba” Eugenio Suárez. “Corresponsal en
Budapest”] le sustentaron en el poder con maniobras ocultas dirigidas desde
Wall Street. Todo eso es impepìnable guste o disguste. Por eso me insubordinan
las mentiras propaladas por un menda en una televisión que decía que el general
Franco con una mano mojaba los churros en el café y con otra firmaba las
sentencias de muerte. Wrong. La condena a muerte de Grimau le costó dos noches
sin pegar ojo. Ese tal Herrera especialista en prensa de la entrepierna dicen
que es poeta (caspita y pardiez rediez como deben de ser sus versos) y uno de
los más eximios practicantes de lameculismo borbónico y de coyundas y de líos
de la jet que interesarán sólo a su padre pues yo tenía un capitán que odiaba
la pornografía y cuando veía a un guripa con una revista pornográfica entre las
manos se la hacía pedazos: “El sexo en directo y en privado, chaval, te van a
doler los cojones de tanto mirar esas porquerías”.Bueno, pues valga esta larga
digresión para meternos a analizar una de las grandes novelas del siglo XX “El
lamento de Portnoy” de Phillip Roth un profesor de Columbia hijo de
supervivientes del Holocausto. El eje de marcha o argumento de esta novela sin argumento
hilvanada a base de calas psicoanalíticas en las que se acomete algo tan
moderno como es el rechazo a la figura del padre, la vida paranoica inmersos en
el ruido de Manhattan, la gran manzana, la pina cucaña donde solo los mas
ardidos trepan al mayo encerado y resbaladizo y los demás quedan tirados, el
onanismo, el mironismo, el fetichismo, los complejos de Edipo, la equiparación
de Eros con Tanatos. Los jadeos del orgasmo se parecen a los de la agonía. El
protagonista no da paz a la mano y siempre haciéndose pajas. Debajo de la
gabardina, utilizando un calcetín y a veces la pulpa de una manzana un guante
de béisbol. La palabra joder, coño, te la meto, follame por atrás, el lirio y
el basto, duro que te pego, saltan a la escritura cientos de veces. Así y todo
yo creo que se trata de un libro místico. Impregnado de ternura y de crudo
humor típicamente judío en el que no se deja títere con cabeza. Los cromos y
los clavos de Cristo. Esa sonrisa meliflua de algunas imágenes religiosas de
tan mal gusto. La mula y el buey y el pesebre y sonando en toda la barriada el
disco rayado “Noche de paz” como si fuera el himno nacional. A través de esta
novela he vuelto a revivir mis vivencias neoyorquinas. La Navidad católica
solía coincidir con las de la Janucha y allí teníamos al vecino italiano que
montaba un gran pesebre en la antojana con un misterio muy relamido y el Niño
Jesús sonriendo entre las bombillas a veinte bajo cero, y al de más allá
(protestante) un árbol de Noel mientras los altavoces colocados en el balcón
emitían a toda mecha los sonidos de O Tannen Baum en alemán. Los judíos para no
quedarse atrás montaban casi con las dimensiones de un andamio el candelabro de
los siete brazos. Este absurdo me hizo recapacitar de lo irracional de nuestras
disputas. Y de que los judíos promotores de la renovación en el mundo moderno y
que han sufrido persecuciones por contar la verdad, aunque hay algunos que los
encontré fanáticos y muy cabezones, llevan la razón en este absurdo de las
creencias y de los mitos y que los cristianos hemos hecho una caricatura de
nuestra fe contaminada de aditamentos paganos. Y la llevan más que un santo y
gran parte de ellos eran santos, pero santos laicos, no santurrones ni
capullos. Comprendí – me ha costado años de cavilaciones- la tragedia del
Holocausto como apéndice o corolario de la Crucifixión. Se complementan, no se
excluyen, por más que algunos traten de verlo así. Dos hechos que han redimido
al ser humano con sangre y dolor, el uno en el plano soteriológico y espiritual
y el otro en su parte material porque el Holocausto ha acelerado la Historia
que ha entrado en un carril vertiginoso con la era de las comunicaciones.
También entiendo a Agustín cuando desde su invitación a leer y meditar (tolle
et lege) llamaba a los judíos nuestros hermanos mayores. Que van por delante en
la Historia. Por más que dicho camino esté lleno de abrojos, plagado de
contradicciones. Y también entiendo al presidente ZP reatando cabos y tratando
de meterme en los ojos del otro.Se consuma el mensaje salvífico de Jesús:
“Estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”. Pero la Iglesia
institución ha cometido muchos pecados (el poder corrompe y el poder absoluto
corrompe más que ningún otro). Por desgracia no ha sido madre sino madrastra
para algunos de nosotros. Antes de ayer la Schlichting, sin ir más lejos, hacía
una entrevista con su voz sexy a uno que decía que Cristo nunca existió. Piedra
de escándalo para mi y mis convicciones. Pero más escándalo es que esta trola
se propalara desde los micrófonos de la COPE. ¡Vaya con los curas! Por lo que
parecen siguen estando al santo y a la limosna. En misa y repicando. ¡Qué lío,
Dios mío! Pero yo seguiré aferrado a mi canon muzárabe y a mis salmos en latín.
Abrazado al rito ortodoxo más esencial y antiguo que el romano. Se lo debo a
mis hermanos rusos Creyendo y amando a los judíos de la misma forma que espero
que ellos me perdonen, aunque no puedan amarme, a mí, pecador. La mayor parte
de mis vecinos y amigos en Nueva York, una ciudad dura, practicaban la religión
mosaica. Muchos me abrieron las puertas de su casa. Otros me seguían
considerando como un goy (pagano). Pero en aquella época todo se impregnaba de
amor y de humor judío. Los grandes guionistas de Hollywood eran de este origen
y los actores: Jack Lemmon, los Hermanos Marx, George Burns, Peter Ustinov,
Samuel Bronston- todo aquel gran cine que vimos en nuestra infancia que nos
hizo reír, llorar, enamorarnos y sufrir- y hasta Charlot. Charlie Chaplin tuvo
que abandonar California a causa de la “caza de brujas” del presidente
MaCarthy. Lo cierto es que la literatura americana, el cine, las artes, se
hubiera quedado en nada sin la contribución de estos autores: Herzog, Salinger
otro obseso sexual que psicoanaliza a otro adolescente en “El guardián sobre el
centeno”, John Updyke, Norman Mailer etc. A este último nunca le pude sufrir
porque me parece algo libelista en sus planteamientos contra Europa.Ellos
fueron los diseñadores de esa América que yo amé, la de Kennedy, la de la
alianza para el Progreso (yo no soy antinorteamericano ni antisemita ni
antinada por Dios, que yo soy de Segovia, y mi equipo la Gimnástica desde que
era rapaz). América en estos años tenía una faz atrayente – las sentadas contra
la guerra, los discursos de Martín Lutero King “I had a dream”- que se ha
venido al traste con esa derechización ideológica impuesta por Bush y sus
aláteres. América se ha vuelto gazmoña, prudish, políticamente correcta y
gazmoña. Este victorianismo del nuevo doble lenguaje me saca de quicio; no se
puede pronunciar la palabra cunt, prick, shit, sempiternas en el lenguaje
coprológico de las tribus urbanas porque te echan del chat o te motejan de
machista. Nada de machista. Simples facts of life. Una América que es
consciente de que se ha metido en un jardín en el Irak, una guerra que no
podrán ganar porque el sofisticado ejército yanqui carece de una básica y leal
infantería y tiene que echar mano de los británicos. O de la catapulta. Ero
sería el apaga y vámonos. Los ingleses sí que tienen una buena infantería. A
veces hasta brutal. O de los hebreos que también la tienen (la mejor del mundo)
y, así y todo, Olmert está pasando por dificultades en el Kenesset donde se
cuestiona el fracaso de la última guerra del Líbano. Pero mejor incluso que sus
infantes es la inteligencia de los israelíes y el humor de sus escritores y
cineastas. Ellos han proyectado la noción de un Daniel en el pozo de los
leones. Israel siempre en mis labios que nunca se vaya esta palabra de mi boca.
Y así nos hemos sentido algunos, como el bravo Daniel en la leonera, cercados
por la calumnia, la frivolidad, las soflamas de los mediocres que no podrán
entender ni a América ni a Israel. Reconozco sin embargo que no es fácil y a
veces cuesta pero el mundo ira adelante. En el Lamento de Portnoy, una cura
inteligente contra el antisemitismo de nuestros días y el pesimismo que nos
invade, también lo pone. Cuando yo aterricé en Manhattan el 30 de noviembre de
1976 un casero ruso su mole junto a las pilastras del puente. Ambos detalles
fueron en mi vida todo un signo misterioso. Somos carne de dolor. E la nave va
de origen judío me buscó apartamento. Cuando abandoné la ciudad un 25 de abril
de 1980 al pasar por Brooklyn escuché el canto de las plegarias sabatinas a un
rabí en una yashiva o seminario que alza. MARISOL DE ESPAÑA Dallo mi hierba
trillo mi parva muelo mi trigo y me como mi pan. Y me pago mis copas. Y como el
Gijón ya no hay quien lo toque porque la nostalgia se apodera de los espejos y
de los paneles embonados de madera noble aunque las musas siguen correteando
por los veladores de mármol donde escribieran los poetas o los bancos de crepé
donde alguna vez yo vi con un dedalico de más de borgoña en las tripas a las
ninfas pegando brincos y no era más que Carlos Oroza que trataba de ligar a dos
noruegas y les contaba un chiste que ellas entendían chapurreando el lenguaje
universal de las manos (creo que era el de las novicias mudas que hablaban del
padre Juan...) busco barras al otro lado de la M30 donde Madrid pierde el
cinturón de los convencionalismos provincianos y se convierte en Kansas City.
Por ejemplo en el Valtins que regenta mi amigo Moncho un vasco de las
encartaciones mayores no sé si de Ondarraoa Lequio Lequeito o Echanove pues
vizcaíno es el hierro de todas formas vizcaíno es el hierro que os encargo
corto en palabras en hechos largos. Así es también un poco el vasco de mi
barrio. Pero con esa simpatía que sólo tienen los de Bilbao y esa llaneza de
los que tomaron chiquitos por la siete calles anda la ostia. Mucho señorío, sí.
Mucho señorío. Mis mejores amigos nunca fueron de derecha. A la derecha la
encuentro hostil suspicaz muy maricomplejines y aburrirá a las ovejas y a la
izquierda poco más o menos pero los bohemios en la España indiferente siguen
siendo los de siempre. Ya se sabe al amigo el culo al enemigo por el culo y al
indiferente pues que se le aplique la legislación vigente. Y la Derechona se ha
vuelto masoquista y majadera vigila su tapia y le va la marcha. ¿Es que por
detrás les gusta más? Tiro siempre la boina entre rojos y parto mi hogaza con
los menesterosos de afecto y los huérfanos y huérfanas del amor. Ramón es un
anfitrión con sabiduría de calle que dicen por Nueva York. Las ve venir de
largo y tiene esa delicadeza y exquisitez los buenos mesoneros del país que solo
pueden tener todos aquellos que han formado parte de un orfeón. Canta
primoroso. Esa experiencia les da un sentido interpretativo y coral de la
existencia. Tiene una calva prematura unos ojos grandes una nariz perfecta y
tallada a cincel y toda esa displicencia de los euskaldunes que ven la vida
cantar y correr. Así que el burladero que yo tenía en el Gijón lo he trasladado
al Valtin. Albergue seguro. Sus talanqueras de cristal tapan mi próstata
renqueante y mi taleguilla ya para no demasiados trotes. Uno en medio del ardor
del vino puede cantar mal, ver visiones, mandar a tomar vientos a un coronel de
Estado Mayor que se va a Bosnia a cobrar dietas y encontrarse con el almirante
tunante que no resulta tal sino un remero. Cía. Cía. marinero. Ramon ese nos
tomó por isidros el otro día. Decía que había mandado una flota y no era más
que un bravonel que sólo se había embarcado en el estanque del Retiro para
pasear coimas ninfas de toldo y arandela o mozas de fortuna que guardan el
cantón. Pero a veces en estas travesías del desierto que son mis hégiras
polvorancas uno tiene un sentido eucarístico de la vida y de la solidaridad
humana y eucarístico es el vino. Sangre de Cristo. En él y en el pan quiso
quedarse con nosotros N.S., aunque yo más de una vez he visto al diablo más
perverso en cuclillas dentro de una botella. Uno busca asideros y talanqueras
donde refugiarse. De mis dolencias físicas ni por pienso y no voy a darle aquí
al lector entretenimiento haciéndole una relación circunstanciada de mis
alifafes dolamas y de las cazcarrias que me afligen al vadear las salas de los
hospitales. Seguramente daría el do de pecho. Prefiero hablar de Pepa Flores.
La Marisol de mi adolescencia. Por aquello de que la vida es una tómbola me la
encuentro elegante y comunera alta y delgada y eximia sentada en majestad igual
que una madona en una tajuela junto a la barra. Fuma discretamente. Gestos de
novia antigua. Uno entiende a la vista de esta mujer que tuvo chispa y tuvo
ángel cómo puso a media España y a media Hispanoamérica boca abajo. Recuerdo
cuando vivía yo en Staten Island mi vecino colombiano Arnaldo emigrante en
Nueva York tenía en un trono su fotografía como si fuese una virgen o una diosa
y puso a tres de sus hijas con su nombre Marisol Pepa I y Pepa II. Fue el mito
de nuestra infancia y de nuestra inocencia. Después quiso desdecirse del mito
de la imagen o del cliché que la sambenitaron con el franquismo no sé por qué
porque en este país de camándulas hay gente que le saca punta y partido a todo
y se nos hizo roja pero ella tambien es gualda y muy española. Y en este
periodo – María Pineda, Bodas de Sangre, Caso Cerrado- demostró ser una
primerísima actriz de recursos felicísimos. Para empezar esos ojos. Yo no sé si
Pepa se sentía comunista lo que sí sé es que habla un buen ruso y que sus
películas de la primera incubación tuvieron gancho y mucho éxito en la Unión
Soviética tampoco sé si llegó a amar tan profundamente a Antonio Gades padre de
sus tres hijas como algunos dijeron lo que me consta es que es toda una señora
amante de su discreción de su privacidad y de su libertad. Venía de los Coros
Danzas y fue un festival de la Casa de Campo donde la reclutó Goyanes después
de verla actuar pero ella nunca quiso que la confundieran con el Platanito ni
con la Carmen Sevilla ni con la Lola ni con la Nietísima ni con esa parte
truculenta del franquismo que a golpe de talonario de la prensa de la
entrepierna ha vendido su dignidad. Ella triunfó y no tuvo que volver su alma
al diablo para volver a triunfar. No cedió la piel a Esaú por un plato de
lentejas. Delgada elegante con los mismos ojos azul celeste que a mí me
recuerda las primaveras incandescentes del 63 o del 64 y su voz estallando por
todos los patios de luces de las viviendas de España sigue haciendo la esfinge
pero a lo que más recuerda por su rostro esbelto e iluminado es a una cariátide
griega. Ramón detrás de la barra vigila sus movimientos y la protege. Olía a
guiso y a familiaridad al mediodía y las madres llamaban desde la ventana a los
niños que jugaban en la calle. Ese grito de llamada hoy sería imposible...
“Cayetano, Palomita... a comer en los dichosos años. Como no subáis en dos
minutos bajo y os caneo una paliza.”. La voz de aquella niña de Málaga sonaba
en todas las radios peticiones del oyente. La vida es una tómbola.. Tómbola. Y
su cara aparecía en todas las pantallas. La íbamos a ver al cine Montija.
Cintas ciertamente de no mucha calidad artística a lo mejor pero que tallaron
nuestras almas. Yo me entusiasmé con Santiago de Compostela por aquella película
Ha llegado un ángel en que trabajaba Marisol y había un profesor cascarrabias y
un estudiante de la casa de la Troya de Pérez Lujín que tenía un flequillo que
se subía para arriba con solo soplarlo(el pobre ya ha muerto) la vida es una
tómbola. Sí. Sí. ¿Lo habrá sido también para Pepa Flores? No me atrevo a
formular esa pregunta a mi ídolo por temor a romper la magia de una arcano.
Baste decir que todos tuvimos trece años y nos enamoriscamos de una ojizarca
con coletas de plisada falda y calcetines negros a la que de trimestre en
trimestre veíamos crecer. Los abrigos les caían todos grandes y hacía mucho más
frío los inviernos pero eran más hermosas las primaveras y hasta más ardientes
los veranos. Ahora ahí sentada tiene Marisol la majestad y dignidad de una
Madona o de una española que afronta sin alharacas ni fervorines el reto del
climaterio evoca a la impasibilidad de la gloria, el taburete del Valtins es su
verdadero trono. Marisol ha llegado un ángel acaba de cumplir los 59 y la mayor
parte de sus admiradores somos sesentones o setentones. Pero no pude por menos
de darle las gracias a esta señora y un beso en la mano. Ella es una de
nosotros. Una española de verdad con el nórdico mirar ojos claros y serenos.
Una mujer del pueblo. Este encuentro en el Valtins de mi amigo el vasco ha sido
como una epifanía. Por lo que a mí respecta seguiré siendo un escritor bohemio
aunque me gustaría que esta noche hubiera estado conmigo Juan Pla. Este tipo de
situaciones y de reportajes él las bordaba. No he pretendido hacer una
exclusiva ni un panegírico. Además entrevistas a Pepa para qué. Esta mujer te
daría para escribir un libro con sus reflexiones. Lo titularía La prudencia en
la mujer o la Lozana andaluza pero me pierdo por tales esquinas. Esta exclusiva
quedó en una mirada de agradecimiento unas palabras en ruso y este articulito.
El mito de mi adolescencia al año que viene cumplirá sesenta años. Esa es la
noticia y la maula.
13/02/2007 EL TESTAMENTO DE DOÑA URRACA Y LA VIOLENCIA
GÉNERO. DIALOGOS A TUMBA ABIERTA CON UN CURA DE PUEBLO Anduvimos al Burguillo
este fin de semana luna de lobos encinas chaparros un almez munificente en la
ribera del río que no sabemos lo que pintaba por allá y algún espantapájaros.
Se van los veraneantes y pronto empezarán las vendimias, afila sus ojos y sus
garras el garduño, los buitres se dejan ver solemnes y silenciosos
circunvalando despectivos la vertical del aire. El oso busca querencia
madriguera. para la invernada Tierra misteriosa: tomillares, cardos
borriqueros, la genciana y el cantueso y otras hierbas que desconozco
esparcidos por la plataforma de aquella meseta de soledades.Por allí pasaba una
calzada romana que atravesaba desde Asturica Augusta hasta Tarraco los
costillares del macizo ibérico. Quedan algunas lajas del viejo empedrado y los
restos de una gran necrópolis visigoda. Aún no han llegado las palas
debeladoras del paisaje que meterán la vertedera de sus dientes gigantes y en
vez de surcos colocarán cimientos para domar el paisaje de urbanizaciones a
marchas forzadas de ladrillo y de cemento. Segunda vivienda, casa en el campo,
yo siempre albergué un sueño y en el fondo de las aguas enigmáticas del pantano
yace con sus artes, sus aperos, sus arcas, sus llaves y sus huertos todo un
pueblo. La verdad es que Madrid queda un poco lejos. Por estas lindes pasó un
día el Cid camino del destierro. Valles de Almazán, vegas de Osma, la vieja
Uxama. Soria fría, Soria, pura, cabeza de Extremadura, que cantaba el poeta
Bandadas de jilguerillos tiene querencia a la zarza. Por san Frutos ya se sabe.
No en vano lo bautizaron al buen godo eremita con la sobrehúsa del pajarero.
Uno se siente a gusto por estos riscos buen tiempo de septiembre de alboradas
frías pero a más de mediodía estorba la chaqueta. Mi amigo Elpidio que es cura
por estos contornos no diré cual pueblo y el nombre también es fingido nos
tumbamos a la bartola a tomar pan apoyados de un codo como hacían los romanos
que se tumbaban para comer-costumbre que aún se conserva en Castilla sobre todo
en el campo- en su triclinio y en un ahí nos las den todas le echamos mano a
unas tajadillas, un torrezno, un par de cascos de cebolla comida humilde y sana
regada con unos cuantos tiempos a la bota y de hoy en un año. Es la hora de
tomar el pan y aquí se está bien. El reloj marca las cinco y nosotros llevamos
desde la salida del sol zamarreando por estos tesos entregados a la noble
ocupación de ver pájaros, no matarlos, sólo diquelarles con nuestro catalejo y
tirar alguna placa cámara digital en ristre.
Barzoneábamos por los terreros y nos saludaban desde lejos
las retamas y la flor de la camamila. Tierra de pan llevar a trechos. El jabalí
y el lobo al acecho. Yo llevo un eremita en mis adentros y así se lo confieso a
don Elpidio que comprende mi asqueo de la civilización, del tráfago, el pago de
la hipoteca, los atascos y el metro y alza la mano y señala unos gollizos que
parecen la marca de un glaciar en los bordes del inmenso lago. Allí estaban las
cuevas de los Siete Altares. -Lo ibas a pasar mal. Te ibas a aburrir de lo lindo.
La vida cenobítica que tú ansias no es nada fácil. Acaba de pasar el vilano y
se dirige por la hondonada hacia Fresno de Cantespino que es el pueblo con el
nombre más bonito más sonoro de Castilla después de Madrigal de las Altas
Torres. Allí, hacia el año 1111 vivía con su amante el Conde de Cantespín
cuando su marido legítimo vino a por ella, mató al conde y se llevó a doña
Urraca la pobre a un convento de Teruel. Ella, cabra que tira al monte, y
cerrera de condición, se escapó del aragonés con la ayuda de sus mesnaderos
castellanos. Hablamos de mujeres pero Elpidio, mi compañero de terna en el
seminario hace ya muchos años, pone oídos de mercader, no suelta prenda. Ya a
estas edades... Si los curas se jubilaran a mi compañero le tocaría dar carpetazo
el año que viene pero los curas no se jubilan. Sirve a cuatro parroquias y dos
anejos. Está hecho un roble pero misar todos los domingos y fiestas de guardar
supone un recorrido de sus buenos ochenta kilómetros entre pitos y flautas.
Tiene que binar consagraciones y ponerle mucha agua al cáliz de su
sacerdocio.Una vez, cuando iba a decir la eucaristía de un pueblo a otro, le
paró la GC y en un control de alcoholemia dio positivo. Don Elpidio le explicó
su problema; siete misas en siete pueblos, una tras otra. -Y a mi no me gusta
aguar el sanguis. La sangre de Xto es la sangre de Xto y hay que apurar el
cáliz hasta las heces, mi sargento. - Pues va usted aviado, padre. Pero siga su
camino. El sargento de la Benemerita hizo la vista gorda y a nuestro curilla no
lo metieron en la cárcel ni le quitaron puntos del carné. Hay escasez de
sacerdotes, la juventud ha dejado de ir a misa, que en las parroquias sólo
aparecen viejos, y abunda la violencia de género. Y como las cosas no parece
que tengan remedio pues litro y medio. Agua y ajo. Si te pega tu Paco pues agua
y ajo. Ay Paco. Mi curita tuvo que ir a poner en muchos sitios. Es una tarea
muy complicada y desagradable porque dos que duermen en el mismo colchón se
vuelven de la misma opinión. Mejor no interferir.De algo tan positivo como es
la emancipación de la mujer que es persona humana, que busca su vida y su
libertad, se ha derivado una problemática que parece insoluble tal y conforme
están las cosas. -La cuestión es insoluble pero el matrimonio es indisoluble
nos decían. Algo para toda la vida. -También existe en esta tierra nuestra
mucho moro posesivo. Dios nos libre de los celos de Othelo y del maté porque
era mía. -No, no las matan por cuestión de sexo, Elpidio. Ni siquiera por la
honra a lo mejor. Las asesinan porque se ven perdidos y en la calle. Es
cuestión de pasta y de dineros. Los jueces fan toda la razón a ellas que se
quedan con todo y ellos se desesperan. El origen de los litigios conyugales
como todo tiene un matiz económico. Sin embargo, discuten y andan a palos. A
don Elpidio le da mucha pena que antiguos feligreses suyos buenos padres de
familia acaben en la rúa de vagamundos. Y todo porque se llevan mal con la
parienta. Tratan de meterlas en vereda pero por el testamento y la maldición de
doña Urraca que vaga por estas tierras cuando una mujer sale traviesa no hay
dios que las meta en vereda. ¿Solución? Agua y ajo. -No sabes el favor que me
hizo Dios cuando abracé el celibato, Antoñito. - Pues sí y lo que decía don
Camilo a sus guardias si no podéis ser castos por lo menos sed cautos. - Yo
estoy casado y me ha ido bien aunque tambien pasar mis malos trances, pero en
general bien no me arrepiento Las desavenencias conyugales son incluso en el
campo no ya meramente en la ciudad una pandemia. Ha caído una estructura. Se
acabó una forma de vivir y abre sus batientes el portón de una nueva era. Está
claro que la mujer tiene derecho a su libertad, no vale aquel prejuicio de la
pata quebrada atada a la mesa y en casa como pretendió hacer Alfonso el Batallador
con doña Urraca. Hoy las mujeres salen. Son más independientes. Eso es de cajón
y en ese cajón puede que también esté metida la Iglesia. Que tendrá que andar
lista, reformar su estructura ni meterse en berenjales. Los patrones medievales
no sirven.Uno, visitando estos riscos, y todos estos pueblos románicos que
vivieron a la sombra despreocupada de un campanario durante milenios, tiene ese
barrunto. Que faltan curas es un secreto a voces y que, si esto sigue así,
muchas iglesias de Castila, Andalucía, Asturias, Aragón, León, tendrán que
echar el cierre. Por agotamiento de la raza. Que una institución tan veneranda
como es la familia, tan arraigada en España, pues nuestro país tiene una
constitución tribal, dé en quiebra traerá aparejado que se cancelen muchos
templos. Don Elpidio y yo hemos sido testigos de este cambio que hará cosa de
medio siglo nos parecía inasumible. -¿Sabes quien era doña Urraca, Elpì? - Pues
que ha de hacer. A los moros por dinero y a los cristianos de gracia. - Eso es
con lo que amenazaba a su padre Fernando I de Castilla cuando hizo las
particiones del territorio. Meterse a puta si no le daban una hijuela con más
garantías. - Le tocó Zamora la bien cercada. Por uno la cerca el Duero y por
otro Peñatajada. Mi amigo Elpidio que ya nos sorprendía en el seminario cuando
era capaz de soltar una tesis de Aristóteles en latín sin perder el huelgo.
Tenía buena memoria y era un apasionado de la historia.Un cura tiene que saber
de todo. Pero a la pobre doña Urraca, que era algo pendón, su marido el
Batallador y hay un documento en Simancas que así lo avala, la sacudía el
polvo. A ella a lo mejor le gustaba la marcha: Faciem meam suis manibus
sordidis multoties turbatam esse; pede suo ne percuisse omni dolendum est
nobilitatem (tengo la cara desfigurada por sus puñetazos y me pega patadas en
el trasero; lo que me duele no son los golpes sino que se haya olvidado de mi
dignidad de reina.) Que ande a puntapiés un rey con su reina no es cosa que se
vea todos los días pero la violencia de género no hace distingos de condición.
Escala los talamos y los altos estrados. Este testimonio del siglo XII ya
demuestra que el zurrar a la parienta es más viejo que el andao para adelante y
no se detiene ni ante las propias testas coronadas. Luego mi amigo Elpidio
socarrón me dice que si la zurraba algo haría. Y aquello de si te pega tu Paco
pues agua y ajo. Es mejor no meterse en estos enredos. Aunque no hace ascos a
la idea de los curas casados dice que el celibato demuestra la sabiduría de la
iglesia. -Y su hipocresía-le replico. -Yo creo que estamos muy bien así. -Pero
sois lo último de una estirpe. Esto es un fin de fiesta. - Que te lo crees tú.
- La vida de casado es más dura que la de soltero-, salto yo como un resorte. -
Partim eumdam partim diversa. Que no eres lógico y te has olvidado de la
asignatura que nos enseñaba don Fausto López. - La verdad amigo mío que sois un
poco misogenos. - Que va. Somos más cómodos. En la vida hay que evitarse
complicaciones. Ya sabes lo que dice el Eclesiastés de ellas: aula diaboli,
aquilonis percussio. - El aula diablo y el picotazo del escorpión. Pero creo
que la mujer es también lo mejor de la vida. - Puede que sí y puede que no.
Dubitatio metódica cartesiana que decíamos de seminaristas. Elpidio el cura se
me queda pensativo y añorante y murmura: - Yo no sé. No tengo experiencia.
Nunca lo caté. Tampoco lo echo de menos. - ¿Nunca? - Moriré entero como mi
madre me echó al mundo. - Qué cosas. De buena te libraste pero yo también
conocí a párracos que andaban con el ama a puntapiés como Alfonso el
Batallador. - De todo tendrá que haber en la viña del Señor. Puede que
existiera ese tipo de violencia en las sacristías. Al fin y al cabo los curas
también somos hombres. Está diciendo la verdad, don Elpidio no es el típico
cura mocero o el que se va de marcha a los puticlubs de carretera. El un buey
suelto que bien se lame. Toda su vida muy independiente. Para él el celibato no
ha supuesto problema. La soledad sí lo es. Las bodas de plata de su sacerdocio
las celebró en el 92, año mágico. Ni feliz ni infeliz. Todo a ratos. Tuvo que
pasar malos trances porque ha vivido una de las épocas más traumáticas de la
iglesia. Ha sido un buen cura de aldea. Lo que le costó más duró fueron las
innovaciones litúrgicas, pastorales e incluso teológicas que vinieron con el
Concilio y que para muchos curas fueron una especie de cambio climático. Un
terremoto. Un tsunami en rectorías y curias. - ¿Sería el cambio para bien? - En
algunas cosas-responde don Elpidio- sí en otras no tanto. Ahora le preocupa la
violencia de genero y me lo cuenta. Muchos de sus feligreses se están
separando. No se aguantan. Las casas y las familias se vienen abajo. Y yo le
digo que más valiera que esos maridos acaparadores echasen un poco más la vista
gorda, tuvieran más mano izquierda y sepan lo que contaban nuestros abuelos de
que los españoles solemos tocar a siete y una tuerta, viejo resabio del harén
moro que corre por nuestras venas. -Eres un machista. -Lo que soy es realista.
Elpidio me mira con una aire de superioridad incrédula y abandonamos el lugar
ameno. Se desploman sombras desde la montaña, corre una brisilla y hay que
ponerse la chaqueta. Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio. Y la
cuestión de la jodienda no tiene enmienda. ¡Si tuviéramos la mano un poco más
quietas! Me acuerdo del testamento de doña Urraca, una reina de Castilla que
fue algo ligera de cascos y a mí siempre me cayó simpática pues llegó a contar
entre la larga lista de sus amantes con un arzobispo. A los cristianos de balde
¿Y a los moros? Por dinero, pero de ellos no hay registros en las crónicas.
Callades, hija callades, le dijo el rey Fernando su padre al testar. Esa
palabra no pronuncies. Y ella gritó puta con más fuerza: A los moros por dinero
y a los cristianos de gracia, lo que tradujo en verso libre Quevedo con aquello
de gallinas y mujeres todas ponen. Unas huevos y otras cuernos. Pobre doña
Urraca. Fue la reina de los tristes destinos como doña María de Molina. - No
murió por las tabernas, ni tampoco tablas jugando que él murió sobre Zamora,
vuestra honra resguardando- cantaba el romance. Deslices de la humana
naturaleza. Pobre doña Urraca. - Me alegro, sin embargo, de verte, Elpidio.
Estás hecho un toro. Se ríe y dice: - No creas, las apariencias engañan,
también caen los cedros del Líbano. Luego al despedirnos echamos el ultimo
traguillo de la bota y él me bendice unos rosarios que he traído para
regárselos a mis hijas. A ver si con la bendición de Elpidio encuentran un
hombre que no las maltrate cuando se casen. LA NOCHEBUENA DE UN KAROBO EN EL
FRENTE DEL ESTE. CARTA A SU MADRINA Posición 375 sección de Antiaereos Querida
Aderita; Recibí tu carta ayer. La trajeron los del hipomóvil de la Comandancia.
No había podido hacer el reparto en siete días pues hemos tenido una cellisca
de las que hacen época. Estos sí que son tormentas y no las del Bierzo. Cómo es
Dios y todo lo puede!(Gracias
por los aguinaldos con el turrón y la botella de coñac él detente bala y la
estampa del Niño Jesús que hemos colocado en sitio preferente de la chabola y
está Jesusín hecho un sol y yo no sé cómo con esos pañalinos blancos puede
aguantar los treinta y dos bajo cero. Pues verás nos liamos a cantar
villancicos como descosidos y después llorábamos todos como bobos. Hasta al
Teniente Müller que manda la barrera y es un militar prusiano de aspecto seco y
que parece poco sentimental le rodaban las lágrimas. El tapabocas también te lo
agradezco y más sabiendo que ha sido tejido por ti con una toquilla que era de
tu abuela. La botella de Carlos III nos la chiscamos en amor y amistad
fraterna. El cabo Seidenbaum escotó unas salchichas y varias botellas de
aguardiente del que por aquí llaman schnaps junto con una botella de vodka que
tomó de un ruso que hicieron prisionero y alguien sacó una guitarra y una
pandereta. Y fuera penas. Dirás que somos unos borrachos pero no. Sin algo de
calor en él estomago aquí te arrices pues como te digo aquí hace mucho más frío
que en León. Dirás que por que té cuentos estas cosas. Pues es que no te tengo
nada que contar. Aquí sólo hay nieve y nieve. Hasta los árboles se sumen debajo
del talud blanco. Villancicos. Cantamos La Marimorena y él TañenBum ese. Somos
una sección mixta de artilleros alemanes y españoles. Mi unidad quedó tan
diezmada en los últimos días que hubo que agrupar fuerzas. Nos entendemos como
ponemos pero yo he aprendido algo de alemán aunque casi me entiendo mejor el
ruski que me parece menos difícil y en esa lengua me sé varias frases. Una que
nos aprendemos cuando en las largas marchas pie desde Grodno hasta esta zona
que llaman la Rusia Blanca entrabamos en las isbas o casuchas de los campesinos
medio despeados y muertos de sed y de hambre y nos salían a recibir niños
descalzos abuelas sonrientes y pobres viejos cubiertos de harapos. Y allí la
cantinela de siempre. Y menia sti ñiet karovo ni malieko que quiere decir se
nos han muerto las vacas no tenemos leche. Pero los pobres nos daban a los
soldados lo que tenían y encendían el samovar y nos calentaban té con un poco
de pan. Las abuelas bondadosas nos persignaban en la frente pues así son
cristianas Aderita y eso no me lo suponía yo que nos había dicho que eran los
rusos comunistas y rojos perdidos. Pues no es cierto. En las chozas aun en las
más miserables había imágenes de Nuestro Señor y de la Virgen. Tienen mucha
devoción a la Madre de Dios que llaman Blogodortisa. La, lamparilla encendida
día y noche me recordaban un poco el altar de mi pueblo cuando ibamos al
rosario y hacíamos genuflexión de rodillas ante el Santísimo. Los rusos no se
arrodillan, se inclinan y se hacen la cruz continuamente. Dicen que para
espantar a los malos spiritus. Esta buena gente me impresionó y me pregunté que
hemos venido a hacer aquí a esta tierra a sembrar la muerte y destrucción.
Muchas dudas me asaltan Aderita. Aquí hay un comandante Schmidt que dice que la
invasión de Rusia ha sido un error de Hitler. Que todos creíamos que lo que
había que cambiar eran la desigualdad de pobres y ricos. Schmidt dice que el
diablo se metió en la cabeza loca del Führer. Y que esto es una locura. A mí la
verdad nada me hicieron los rusos pues aquí los comunistas que había en España
no los vemos por ninguna parte, sino gente humilde y llana y muy sufrida como
los castellanos, claro que el comandante Schmidt sólo profiere esas dudas
cuando ya lleva en el cuerpo cinco o seis copas. Y como para su camisa porque
puede ser arrestado, yo soy el cabo pieza de un cañón que llamamos ocho. Ocho.
Me harté a disparar contra los aviones rusos y alguno he conseguido abatir pero
buena gana cada vez vienen más, son un enjambre. Rusos y rusos a todas horas.
Atacan en tromba y sin descomponer el gesto. Unas cuantas baterías delanteras a
las nuestras han sucumbido a su empuje. Es natural: luchan por su patria, por
su tierra que les arrebataron los alemanes creyendo que la estepa era Jauja. El
otro día sacaron a diez o doce de la Wehrmacht que estaban metidos en unos
pozos de tirador. Eran alemanes casi unos niños. Tenían los pies congelados, se
escucha el día y la noche la música de los organillos de Stalín. Les paramos de
momento pero al poco rato traen refuerzos y atacan y atacan. Al fondo el cielo
se tiñe de rojo. Es el infierno de Stalingrado, . Ayer estuvieron pasando
convoyes de batallones destrizados. Eran infantes rumanos. Mal se presentan las
cosas, querida Aderita. A que he venid yo a Rusia, Dios?)Y yo mañana que es Nochebuena cumplo
22 años. Una voz interior me dice que para cambiar el mundo para
hacerle mejor para defender a España del Comunismo pero la verdad es que no lo
tengo muy claro. Me alisté voluntario en la División Azul. No sabía dónde me
llevaban ni adonde me metía, al principio todo iba bien y avanzábamos casi sin
pegar un tiro. Yo cogí un mal constipado y me hospitalizaran en una ciudad que
se llama Vilna. Me lo pasé en grande pues conocí una muchacha y fue conmigo al
baile un par de veces pero un día cuando fui a buscarla otra vez vi cómo la
sacaban de su casa unos policías de paisano con abrigo de cuero y cara de muy
pocos amigos. una orden de arresto de dos días en el calabozo y me
enviaron otra vez al frente. Ya te lo he contado maja.@confraternizar con el enemigoARecuerdo su nombre Ester, era judía y
a mí por Aunque no te conozco me pareces una chavala estupenda y
hasta pienso que si regreso con vida de esta ratonera me gustaría c pedirte
relaciones. Estas muy guapa en la foto, tienes una cara de buena persona. En
fin tu estampa me ha recordado otras más felices y el niño Jesús me mira con
cara ternura y hasta parece que me habla a mí solo a mí y me dije Celerizo
Cabrillo yo te voy a ayudar. Y me quedo ensimismado contemplandole. Mis
camaradas dicen que es un Jesus muy bonito, los alemanes no tienen imágenes
pero creo que son también cristianos, no creen en el papa. Los domingos suele
venir un páter que creo que es luterano se pone un gorro muy raro y una estola
negra como la de don saturnino el cura de mi pueblo y cantan himnos y ya está
pero no dicen misa como los católicos, sólo cantar y los soldados los cantan
con mucha devoción pues parecen sentir muy adentro su religión más que
nosotros. Para que te vaya a contar si no son calamidades aunque así me
desahogo. Soy el único que queda de los españoles porque han ido cayendo todos.
El jueves le atizaron a un asturiano que se llamaba Teófilo Muñiz. Salió a
hacer del cuerpo el hombre y por lo visto se puso en un sitio algo lejos de la
tienda que no tenía desenfilada y le arrearon. A Rodrigo que era mi mejor amigo
un obús lo dejó sin pierna y lo evacuaron a Riga. Pero esta muerte de Muñir me
impresionó. Murió en mis brazos. Llamaba a grandes voces a su madre y a mi se
parte el corazón. Madre y el eco arden la inmensa estepa retronaba su voz
moribunda. Madre, madre, dónde estás? Dios le tenga en su seno. Aderita me dice
en la tuya que no haces más que rezar por pues esas preces me vienen bien. Tus
velas a la Virgen del Camino han dado resultado aunque pienso que salgamos
enteros de aquí va a ser un milagro y de los gordos. Madre. Madre y las voces
que pegaba Teófilo eran la misma s que otro asturiano también amigo del alma
que se llamaba Agustín al que atizaron a lo tonto cuando se fumaba un papirosi
de la petaca de un caído ruso que no pasó de la alambrada nuestra en un ataque.
Era también muy fraterno. De Cudillero. Me decía que cunad io acabase la guerra
me convidaba a las fiestas de su pueblo que son por san Pedro y los marineros
hacen una ceremonia muy ocurrente y chistoso que llaman la amura vela. Se
llamaba Agustín Fito. Si esta carta llegase a tus manos yo quisiera que se las
remitiese por favor a su familia que vive en ese pueblo dándole mis condolencias.
De mi vida aquí poco puedo contarte. es muy monotona. Los días se parecen unos
a otros como dos gotas de agua. El único aliciente es la llegada de la estafeta
con la carta de vasas. Lo emas comer y dormir. uno se embritece y no opiensa en
nada. Quien inventaría las gfuerras Aderita. La verdad es que cuando recinbñí
felicitaciones de la Komandatur por haber abatrido a cinco cazas enemigos no me
senti un heroe, me pusieron la crtuz de hierro pero yo le dije al coronel que
la poníoa. Fue de pura chiripa mi coronel.si dijese lo contario mentiría. No.
Por que tener que disparar contra gente que no conozco y nunca se han metido
conmigo?)No me siento un heroe nio odioo a los
rusos. Belay mis contradicciones, Aderitabueno madrina, Felices
Pascuas y ojalá el año que viene de 1943 sea prospero y mejor que este puñetero
42. Te gustan los bambinos?)Estoy seguro de que nos vamos a ver pronto tú y yo uy que
vamoa a hascer buienas migas. Claro que te gustarán a no ser que
tengas vocación de monja. Reza mucho por mí y arieta con el Santo Niño Jesus de
Praga. Lo necesito. Y sin otro particular y deasndo la pasas bien la Nochebuena
se despide este tu amigo y admirador este Karovo que lo es. Tu Karovo. Fermín
CELERIZO EL CASTELLANO EN DIQUE SECO Antonio Maximino El castellano en dique
seco, cercado y acorralado en la albarrada por aquello de muchos monteros la
garza combaten, neblíes muy ligeros sobre ella se abaten, por muchos oteros los
perros la llaten mal no será no la maten Cristóbal de Castillejo dixit pero vigoroso
y plena salud los muertos que vos matais. Tiene una frágil salud de hierro.
España quiere ser bilingüe perfecto (acabaremos todos hablando el inglés la
lengua del enemigo que así lo mandan doña Espe y otros aburridos políticos
ignorantes); pues muy bien sea. Para los que escribimos y apoyamos ya nuestra
ya larga vividura sobre esta hermosa lengua a la que tanto ignoran los
papanatas que la desconocen ello es una afrenta. A veces en el afán de buscar
la plabra exacta y expresarnos con la propiedad que los conceptos de la vida
merecen nos llueven varapalos de cursis y rebuscados. Y yo les contesto que
aprendan no sean burros que se den un garbeo por el inmenso jardín del de la
RAE con más de un millón de vocablos, rosas del pénsil olvidado esperando la llegada
de la ática abeja que libe de sus corolas. [joder que cursi me ha salido esto]
Ya sé que esta lucha es un quijotesco torneo contra los molinos de viento. No
hay manera. Los escolares no saben quién es el Cid. descatalogaron a Cisneros y
con él el pensamiento de los Reyes Católicos. ¿Quién es Nebrija, chaval? Ni
pún. Nuestros libros de historia nos lo escriben los ingleses y los
norteamericanos. Nos han puesto una albarda a los castizos, nos quitaron el
pesebre y sólo nos queda rebuznar. Hoy se tiene a gala escribir mal y si te
esfuerzas por borronear con propiedad que es tanto como decir adecuar la
palabra precisa a la cosa y al concepto te dicen que no se entiende. ¡Qué
palabros! Pero lengua de Nebrija cada día me gustas más. Y me pasa lo que a
Turguenev cuando venían mal dadas y veía desmoronarse a su patria. Iván
Turguenev se refugia en los atrios sagrados del idioma de Pushkin. Al
castellano le pasa otro tanto que a la ruso. Es una de las lenguas más bellas y
con mayor cargazón semántica del mundo pero los cultivadores del feísmo los que
quieren pensar en inglés y le pasa lo que a la burra del gitano que sabe hablar
pero no sabe pronunciar los zoilos de la modernidad te echan los toros al
corral. Asno grande ande o no ande y cuanto más burro y de mayor alzada mejor
el penco. Es la erótica del horror el repetir igual que loritos las frases
hechas y los tópicos convencionales o copiar a los grandes pues vivimos en la
cultura de la queja y del plagio y sienta jurisprudencia el tópico y la
repetición machacona de los consejos del nazista Goebbels. Una mentira repetida
mil veces se convierte en verdad. El que pretenda salirse del carril palo.
Quien aspira a un cierto grado de autonomía y de originalidad no es de los
nuestros. Está loco o es un borracho. Así que me refugio en el Casares de la
misma forma que Solzhenitsyn se atrincheró en las casamatas del Dal y empezó a
ametrallar a los lectores rusos con la gran lexicografía de la lengua de
Pushkin. Las palabras no matan pero llevan una carga de inteligencia y de
precisión que irrita al tirano. Lengua vieja el romance asediada y vilipendiada
por la revancha de los perifericos por el paleto catalán o los afiladores
gallegos o por la petulancia de los vascos. ¡País…..leonés! se hizo reserva de
las variantes dialectales y las diversas jerigonzas y gaterías en las cuales
coloquiamos los hispanos desde la edad media han conseguido la categoría de
idiomas. No importa que estas vernáculas fueran coloquiales y que apenas cuente
con una literatura fiable. Han echado la instancia para ingresar en la ONU. Mi
experiencia de filólogo me dice que cuando los políticos se meten en estos
negocios todos vamos a por lana y salimos trasquilados. El modo de hablar de la
gente no se puede imponer mediante decreto ni a través de las paginas del
Boletín Oficial del Estado. Eso me lo confesó el bueno de Cela cuando en 1972
le hice una entrevista. La confusión de Babel. Reinos de taifas. El ojo del amo
engorda al caballo. Os quiere a todos confundidos y divididos el gran hermano.
Y para colmo el problema de Eta y del terrorismo, consorte de la ignorancia, se
cierne sobre tales supuestos. Es peor el terrorismo psicológico al que nos
somete el mundo de la colocación casi el de los verdugos sanguinarios. Sin
embargo una de las demostraciones más evidentes de que el que aguanta gana y
nuestra lengua aguanta y gana de la misma forma que aguantará y ganará España.
Queridos padres conscriptos y muñidores de conflicto con los que engorda
vuestro ojo de amos y de caballos, esto no es Yugoslavia. ¿SON CIERTAS LAS
APARICIONES DEL ESCORIAL? Antonio Maximino Los coletazos del dragón siempre
largan embestida a tiro fijo en los tiempos oscuros las famosos doce noches
cuando huyen los dioses de la tierra y dejan sin timón ni gobernalle que gire a
su antojo el mundo. Ataca siempre por Navidad. Con menos frecuencia en Pascua
de Resurrección y los romanos que sabían mucho de esta sabiduría oculta o
conocimiento solapado acerca de los dioscuros establecían las saturnales
februarias como fiestas de purificación. Parce mihi, Domine. Lo han coitado los
musulmanes gente animista que por estos días sacrifican un carnero en memoria
de Abrahán padre de los creyentes que se inspiró en la paganidad de los
suovetaurilia [inmolación de un toro un cerdo y un cordero lechal lustrando el
suelo y la frente de los creyentes para purificación] Estas doce noches
6+6=anosmia caen bajo la férula de Saturno y son nefastos como bien sabe
cualquier iniciado por rudimentario que fueren sus conocimientos en
quiromancia. Las fuerzas de la noche luchan con la luz del solis invicto. Los
planetas entran en colisión. Los españoles hemos sido de siempre algo
milagreros. El reinado de los austrias que fueron unos campeones del
catolicismo está impregnado de superstición. Por eso tenemos que sacar de vez
en cuando a la Patrona a pasear en procesión. Esa fe tinta en superchería por
nuestra ascendencia pagana o romana nos hizo llegar lejos. Así que visitamos
santuarios y acudimos al favor de lo alto cuando las cosas no tienen remedio. Y
de perdidos al río. Hagamos un poco de memoria en estos lustros intensos que
todos hemos vivido. Yo no será pero se trata de elementos muy poderosos
contrarios a N.S.Xto. Caída del muro de Berlín 11 de noviembre 1989. Gorbachov
rindiendo la Urss en una tormentosa entrevista con George Bush padre - el hijo
lleva en su apellido todavía una b mucho más feroz- a bordo de un barco
circunnavegando la isla de Malta en Nochebuena el año 92. Nochebuena y un día
de Navidad fusilamiento de Ceaucescu el año fatídico del 89 dos siglos después
del Terror de Brumario y ayer día de Santo Tomás Beckett obispo y mártir de
Cantorbery pereció en la horca Sadam Husein ¿tirano o mártir de la causa?
Cualquiera que sea la respuesta porque aquí hay opiniones para todos los gustos
a uno le entra un miedo en el cuerpo y le desciende una extraña sensación desde
la cabeza a la rabadilla. Tiempos de terror. Espanto y cobardía se pintan en
muchos rostros. El basilisco mata con la mirada ¿tendrá instalado su trono en
la TV global? Y es lo que se dice un coloso. El que se oponga (El los quiere
sumisos y a mí no se me retruca, tú mosca cojonera) ya sabe lo que le espera:
la parrilla los garfios el ecúleo la hachuela besemos el látigo pongamos la
cabeza en la toza. La guerra primera del golfo la que empezó todo esto estalló
la noche de San Antón de 1991. En cierta modo los que asistimos una tarde de
mayo de 1981 - se cumple un cuarto de siglo- a un extraño fenómeno
parapsicológico se nos marcó un signo en la frente una cruz como de miércoles
de ceniza vimos la danza del sol y mirando a lo alto vimos dibujarse después de
una tormenta trazada como por un ángel con lineas de nubes la imagen de la
Virgen del Perpetuo Socorro para los occidentales la Odygitria de los
griegos-la que muestra el camino- y la Blagodorotsa para los eslavos estábamos
apercibidos de que iban a acontecer cosas extrañar que el Este se daba la mano
con el Oeste y que se confundían el Norte y el Sur. Regreso del rey Herodes que
con el aborto a discreción sacrifica todos los días en España a miles de niños
inocentes. ¿Qué más? Recelo en las miradas, odio, envidia, evolución e
hipocresía o memez por todas las partes. Los enemigos de lo light lo íbamos a
pasar mal. Oleadas de emigrantes. Involución y Europa vivía sus últimos días de
ciudad alegre y confiada. Todo dará de través por aquellos días lo blanco en lo
negro lo grande en lo pequeño resucitarán los gigantes dice el Eclesiastés.
¿Qué gigantes? Esta iluminación del cielo del Escorial ocurrió un 13 de mayo
coincidiendo con el aniversario del atentado al papa Wojtyla en Plaza San
Pedro. Cualquiera que fuese aquella potencia, aquella inmanencia, aquella
precognición, sabíamos que lo que venía tenía una energía aterradora. Olía a
rosas junto al fresno y algunas mujeres se pusieron a gritar histéricas. Desde
aquella tarde soy un converso a la ortodoxia y musito el salterio de Israel con
más devoción, acaso porque vi las orejas al lobo. El aire se llenó de canciones
y de melismas de diáconos. Fueron unos años de esplendor. Luego enmudeció la
gran liturgia porque se esparcieron consignas por el espacio hertziano. Este es
mi dominio dijo Satanás y los ángeles se marcharon llorando.¿Una derrota de
Miguel el ignífero? Aparentemente sí pero a no tardar mucho se va a producir
una gran reacción para espanto de muchos. La pelota está en el alero y Josué
tendrá que volver a detener el curso del sol si quiere vencer otra vez; se
realizará el prodigio de la batalla de Puente Milvio. In hoc signo vinces. La
verdad que en la vidente no he creído mucho pero seguí acudiendo al Prado de
las Prodigios. No me llegaba la camisa al cuerpo pero lo que vi me llenó de
esperanza y de pavor. Los casos extraños se sucedían uno tras otro. He visto
pasar por el lugar a los ángeles y a los demonios. Fui testigo de curaciones
insólitas, de coloquios en lenguas extrañas y de exorcismos petrificadores.
Resulta que yo padecía por aquellas fechas un dolor muy fuerte en el vientre
-en el 83 me diagnosticaron adenoma prostático a los 39 años- y creía ya
llegada mi hora. Las noches las pasaba en un grito. Progresivamente aquel
padecimiento remitió. En mi círculo de amigos me tomaron por avenate. En la
empresa donde trabajaban fui victima de la calumnia y la envidia porque en este
país lo primero que hacen es al que despunta cortarle la cabeza , sufrí mucho a
causa de la malicia de los hombres, me enviaron al loquero. Yo seguía acudiendo
a la campa sin embargo. Entre los virginianos que no estaban familiarizados con
mis conocimientos mariales, gente sencilla y muy elemental, pobres, sólo llegué
a intimar con los más humildes no con los que iban a la nave. Con Amparo Cuevas
no hablé más que una vez y otra que trabé contacto con un hijo suyo al que
mataron, líos de droga o no sé qué calumnias, seguramente, como todo. No me
gustaban los suspiros y sofocos de aquella ex chacha nacida en un pueblo de
Albacete que se llama El Pesebre curiosa y extraña mujer tan española y con
rostro de Dolorosa pero aquella tarde de 1981 habló conmigo y me contó cosas de
mi vida que hasta yo desconocía. Hablé de mi ex, Suzanne. Yo quería saber si
estaba viva o estaba muerta. No obtuve una respuesta explicita. Sin embargo me
anunció que tendría noticias suyas y de mi hija Helen cosa que sucedió el año
pasado por estas fechas. Otro anuncio: que sufriría mucho para purgar mis
muchos pecados en vida y que la ruptura de mi primer matrimonio fue causa mía.
En efecto yo tuve la culpa. Amparo temía sobre todo por la paz del mundo. Entró
en trance y empezó a decir que se acercaba un día de tinieblas (¿hablaba en
alegoría o strictu sensu? Nunca lo podré saber) que todo estallará en la tierra
en que tú posaste los pies, Jesús mío. Fue entonces cuando empezó a oler a
flores y el prado de las apariciones se iluminó de una luz extraña como
sobrenatural. Desde luego, todos los escurialense dicen que en ese ejido se han
producido estas situaciones inexplicables desde el tiempo inmermorial porque el
lugar está empalizado en un sitio mágico. Felipe II quiso levantar allí su
monasterio asesorado por sus zahoríes (una era la vidente de Ocaña) pero
siempre es mejor edificar en el somo que en el soto con vistas al valle pues
arriba los aires eran más puros. De lo demás nada sabré decir, suspenso el
juicio. Yo pongo aquí negro sobre blanco mis experiencias. Escribí un texto de
más de doscientas páginas que no he querido publicar. Estoy seguro de que esta
Mariofanía tiene que ver con la situación que ha vivido la humanidad a lo largo
de este cuarto de siglo su cambio más traumático. Parece que se ha acelerado la
historia; el Escorial ha sido un punto de reclamo para los majaras para los
impostores y para los aprovechados pero no me cabe la menor duda que -el mal
anda revuelto y de por junto con el bien- es un sitio místico y que tan
extraños fenómeno no han de ser tomados tan a la ligera a la luz de los
acontecimientos que estamos viviendo. En la foto que tomé de la vidente en 1981
y que el lector podrá escrutar aparece detrás como una imagen de la Virgen con
el Niño y en otras claramente se advertía estampado sobre la corteza del fresno
la efigie del Ecce Homo. Otros datos de apoyo. Ya no tengo dolores, recuperé mi
trabajo, encontré a la familia que tenía extraviada en Cornualles sigo
escribiendo a veces con demasiada osadía. Sin embargo el mundillo comercial que
rodea a las apariciones y aunque no se acercan ni por pienso al grado de
especulación y al comercio que tienen las de Lourdes o las de Fátima siempre me
pareció harto extraño. Ahora bien si esas apariciones están aprobadas también
deberían estarlo las del Escorial. Puede que desde ese fresno bendito y a
través de una pobre sirvienta con algunos rasgos histéricos no me cabe duda
puede que Dios haya hablado. Recordamos lo que dijo la Biblia: “la piedra
rechazada por los arquitectos fue escogida para roca angular”. El pontificado
de transición del polaco nos ha puesto de manos a boca con el del alemán que va
a resultar crucial en la historia de la Iglesia. Mientras tanto sigo enfrascado
en mis cartularios, abadologios, los archivos itinerantes del pasado, mis
colporteurs ambulantes, mi especulación lírica, el “Acordaos” de san Bernardo
que es mi invocación a la Virgen preferida, los bularios y toda esa labor del
hombre que es tarea efímera. Dios nos enmienda la plana. Y la Odygitria señala
el camino. Hace falta una estrategia de búsqueda o un expurgo. Yo enciendo mi
ordenador uso mi base de datos llamo por teléfono a la ayudante de consola. ¿Se
aparece o no se aparece, don Verumtamen? En qué quedamos. Y les respondo que
las cosas de Dios son más complicadas que las que supone el hombre tan primitivo
tan primario. Esta noche de San Silvestre hay centellas cruzando el aire
preparan la alfombra iluminada para que pisen los santos la avenida perfumada
que es lecho de rosas pero no hay rosas sin espinas. Eso sabedlo todos. Están a
punto de hacer su entrada por el arco de los dones san Terencio y san Gendo
santa Visterela y san Sisenando san Busto y san Ilerdo obispos godos. Carga los
exergos, nin, pero no empieces con la prueba diabólica. Hemos pagar con moneda
forera nuestras extravagancias del consumo. Dominus mihi adjutor et ego
decipiam inimicus meos (El Señor es mi auxilio y con su beneplácito engañaré a
mis enemigos) creo en la isogoría o libertad de expresión. En ese ten con ten o
equilibrio de juicio tan difícil de mantener en estos azacaneados tiempos.
Necesitamos un remedio. Agarrarnos a la ultima tabla de salvación. Puerilidades
pero acaso la fe mueva montañas. Tengo para mí entonces que las apariciones del
Escorial son ciertas. SIEMPRE HABRÁ QUE CREER en algo. Aunque la vidente nos
cansaba algo cuando empezaba a hacer gorgoritos e hilo directo con el cielo se
jartaba de decir con voz gangosa lo de hijos míos. Eso era tongo, la verdad. O
al menos eso me pareció a mí que soy de natural poco morboso y mente práctica
aunque concedámosla el beneficio de la duda. Dios puede escribir al derecho de
torcido y el Padre Arintero nos dice en su historia del misticismo que Castilla
ha estado plagada siempre de estos personajes extáticos levitadoras monjas de
las llagas visionarias y mujeres histéricas porque histérica viene de útero y
por ese cabo si nos ponemos a discernir llegaríamos hasta ciertas aberraciones
sexuales que dan en crisis misticoparanoides. Es difícil muy difícil pero el
propio Jesús se encarnó en nuestros barro y debe de perdonar estas cosas. Ahora
bien sin profetas no hay escritura ni testamento ni salvación. Yo tengo por
cierto que Xto sigue presente en el mundo y se manifiesta de muy diferente modo
aunque desde luego la mariología es terreno resbaladizo y muy difícil para un
teólogo porque la línea de demarcación entre el falso y el verdadero misticismo
es muy sutil e imprecisa. Allí tomamos contacto con un mundo extraño de la
España negra pero alentada de profecía ya que se auguró la islamización
progresiva de la cristiana Europa. Los sarracenos ya piden culto compartido de
la mezquita de Córdoba. No es un acto amistoso que digamos y menos habiendo
sido dicho templo un recinto consagrado nada menos que por el obispo Gelmírez.
Nosotros les devolvemos Córdoba pero ellos nunca se dignarán entregarnos Santa
Sofía la catedral más antigua de la cristiandad y a lo mejor puede que nos
hagan cuartos nos coloquen en espetones y hagan de nosotros pinchos morunos
porque el diálogo de funciones así no furrula ya que equivale a rendición a
reconquista a recolonización. El obispo Asenjo al negarse a tan disparatada
preposición corre el riesgo de convertirse en un digno heredero de san Eulogio
o de San Pelayo a los que decapitó Abderramán en Medina Azahara. El fresno
donde posó sus plantas la Emperatriz de los Cielos nos acercó a unos cuantos
privilegiados elegidos para el dolor, el escarnio y la persecución, a ciertos
grados de conocimiento gnóstico y supimos de esta invasión que vendría
antecediendo a unos tiempos más duros aun de persecución . Vae victis! Ay de
los vencidos. Madre de los desamparados ayúdanos. Cayeron las murallas de
Jericó misterio de las torres Gemelas y ayer víspera de san Silvestre toda una
terminal de Barajas voló. En estos días es evidente los dioscuros aprietan el
pistón. Y no creo que por lo que digo y sin dármelas de arúspice sea del todo
incoherente lo que digo. Pese a todo, las fuerzas del mal con sus maquinaciones
oscuras serán vencidas por el enviado de la luz. Antes hará falta la gran
metanoia o conversión. Se acercan tiempos de purificación o de martirio. No
digo más. Pero no tengáis miedo. Feliz año 2007. EL CASTELLANO Y EL VASCUENCE
Un amigo de Santander me llama indignado. Tiene gente en Coruña y hay un
contestador que responde en gallego con una muletilla que dice “hable la lengua
madre”. No te preocupes, Zeledón, que por lo visto el castellano debe de ser la
madrastra. Vivimos en un mundo delirante en que todo está al revés. No sabemos
ya quién es nuestro padre y quien es nuestra madre. Y los que no tenemos
abuelas porque somos mayores para tenerla pues nos hacemos cruces ante
semejantes hilaridades. Mondo cane. Mundo fugaz. La nugación (de nugacitas,
oiga, que no es un latinajo) impertinente y la negación de la evidencia. Se
politizan las lenguas. Malo. El gallego es un dialecto del bable o la fala
asturiana y entre estas dos variantes del latín engendraron al castellano. El
vascuence de los várdulos y vacceos actuó como el padrin de boda. Cosa chusca
es que los españoles nos estemos tirando los trastos a la cabeza entre periféricos
y mesetarios, otro motivo más de crispación en la calle ¿y van?, por algo tan
baladí como es el modo de expresar, la cadencia o los vocablos que utilizamos
para llamar a las cosas. In principio erat Verbum. Todo empieza y termina en la
palabra. Nos olvidamos de las Cantigas y del primer Fuero Juzgo escritos en
gallego enxebre. No el gallego castellanizado y macarrónico que ha querido
imponer Fraga que tan mal le sonaba a mi amigo Celso Collazo que era de las
Rías Baixas o al pobre Torrente Ballester que era compostelano. La lengua,
compañera del imperio, ciertamente, pero también instrumento de libertad se ha
convertido en correa de transmisión de la opresión impositiva. Por ejemplo, los
catalanes les dicen a los valencianos cómo tienen que hablar y éstos a los
mallorquines y los mallorquines a los de las Pitiusas y así sucesivamente. Esto
es una cadena. La confusión de Babel unida a ciertos malos modos lingüísticos
que los nacionalistas trabucaires han tomado de los nazis tienen muy revuelto
el cotarro. Es una campaña de acoso y recibo al castellano que ha sido la
lengua franca en que nos hemos entendido siempre en Hesperia- ¡qué bella
palabra, viene de Véspero, lucero de la tarde!- los unos y los otros, los de
arriba y los de abajo, los de ahora y los de antes, centrípetos y centrífugos,
los del mar y la montaña, insulares y peninsulares. Esta confusión idiomática
es la asignatura pendiente de la democracia. En ella nos jugamos la libertad.
El castellano en dique seco, cercado y acorralado en la albarrada de los siglos
por aquello de muchos monteros la garza combaten, neblíes muy ligeros sobre
ella se abaten, por muchos oteros los perros la llaten mal no será no la maten
Cristóbal de Castillejo dixit pero vigoroso y en plena salud están los muertos
que vos matáis. Tiene una frágil salud de hierro. España quiere ser bilingüe;
perfecto (acabaremos todos hablando el inglés la lengua del enemigo que así lo
mandan doña Espe y otros aburridos políticos ignorantes); pues muy bien sea. -
Do you speak English? -O yea. Aquí espiquea el personal que se mata. Para los
que escribimos y apoyamos ya nuestra ya larga vividura sobre esta hermosa
lengua a la que tanto ignoran los papanatas que la desconocen ello es una
afrenta. A veces en el afán de buscar la palabra exacta y expresarnos con la
propiedad que los conceptos de la vida merecen nos llueven varapalos de cursis
y rebuscados. Y yo les contesto que aprendan no sean burros que se den un
garbeo por el inmenso jardín del de la RAE con más de un millón de vocablos, rosas
del pénsil olvidado esperando la llegada de la ática abeja que libe de sus
corolas. [Joder que cursi me ha salido esto] Ya sé que esta lucha es un
quijotesco torneo contra los molinos de viento. No hay manera. Los escolares no
saben quién es el Cid. CISNEROS, DESCATALOGADO Descatalogaron a Cisneros y con
él el pensamiento de los Reyes Católicos. ¿Quién es Nebrija, chaval? Ni pún.
Nuestros libros de historia nos lo escriben los ingleses y los norteamericanos.
Nos han puesto una albarda a los castizos, nos quitaron el pesebre y sólo nos
queda rebuznar. Hoy se tiene a gala escribir mal y si te esfuerzas por
borronear con propiedad que es tanto como decir adecuar la palabra precisa a la
cosa y al concepto te dicen que no se entiende. ¡Qué palabros! Pero, lengua de
Nebrija, cada día me gustas más. Y me acontece lo que a Turguenev cuando venían
mal dadas y veía desmoronarse a su patria. Iván Turguenev se refugia en los
atrios sagrados del idioma de Pushkin. Al castellano le pasa otro tanto que a
la ruso. Es una de las lenguas más bellas y con mayor cargazón semántica del
mundo pero los cultivadores del feísmo los que quieren pensar en inglés y le
pasa lo que a la burra del gitano que sabe hablar pero no sabe pronunciar los
zoilos de la modernidad te echan los toros al corral. Asno grande ande o no
ande y cuanto más burro y de mayor alzada mejor el penco. Es la erótica del
horror el repetir igual que loritos las frases hechas y los tópicos
convencionales o copiar a los grandes pues vivimos en la cultura de la queja y
del plagio y sienta jurisprudencia el tópico y la repetición machacona de los
consejos del nazista Goebbels. Una mentira repetida mil veces se convierte en
verdad. El que pretenda salirse del carril palo. Luego están los blasfemos. Los
delirantes, los insultantes, los rencorosos y los reconcomidos, los rijosos,
los biliosos, los mendaces, los destripaterrones del periodismo, cargada de
bilis la melsa, que a todas horas nos tocan el acordeón. - ¿Y con esta caterva
qué hacemos, Zeledón? - Pues, ponles la collera, únceles a la muela y que
muelan, Emeterio. Que muelan. Quien aspira a un cierto grado de autonomía y de
originalidad no es de los nuestros. Está loco o es un borracho. Así que me
refugio en el Casares de la misma forma que Solzhenitsyn se atrincheró en las
casamatas del Dal y empezó a ametrallar a los lectores rusos con la gran
lexicografía de la lengua de Pushkin. Las palabras no matan pero llevan una
carga de inteligencia y de precisión que irrita al tirano. Lengua vieja el
romance asediada y vilipendiada por la revancha de los periféricos por el
paleto catalán o los afiladores gallegos o por la petulancia de los vascos.
¡País…..leonés! se hizo reserva de las variantes dialectales y las diversas
jerigonzas y gaterías en las cuales coloquiamos los hispanos desde la edad
media han conseguido la categoría de idiomas. No importa que estas vernáculas
fueran coloquiales y que apenas cuente con una literatura fiable. Han echado la
instancia para ingresar en la ONu. Mi experiencia de filólogo me dice que cuando
los políticos se meten en estos negocios todos vamos a por lana y salimos
trasquilados. El modo de hablar de la gente no se puede imponer mediante
decreto ni a través de las páginas del Boletín Oficial del Estado. Eso me lo
confesó el bueno de Cela cuando en 1972 le hice una entrevista. La confusión de
Babel. Reinos de taifas. El ojo del amo engorda al caballo. Os quiere a todos
confundidos y divididos el gran hermano. Y para colmo el problema de Eta y del
terrorismo, consorte de la ignorancia, se cierne sobre tales supuestos. Es peor
el terrorismo psicológico al que nos somete el mundo de la colocación, en
fraternidad universal con los verdugos sanguinarios. Sin embargo una de las
demostraciones más evidentes de que el que aguanta gana y nuestra lengua
aguanta y gana de la misma forma que aguantará y ganará España. Queridos padres
conscriptos y muñidores de conflicto con los que engorda vuestro ojo de amos y
de caballos, esto no es Yugoslavia. Todavía está el gato en el tejado y la
pelota en el alero. Desde luego, lo que está ocurriendo entre nosotros viene en
razón a la importancia estrategia que tiene la Piel de Toro para los
dominadores globales: España es militarmente una trinchera y geográficamente
una tenaza. Pero esta llave de paso –cuidado- esta piel de toro no es una
corambre colgada de la percha del batán. Esta nación es tarda a la ira y le
lleva mucho tiempo despertar. Cuando despierte, cuando se sacuda de su modorra
España...Los estragos puñeteros de los ramblizos de la política – aquí todo se
politiza- se interfieren con los caminos verdaderos de la semántica y se
produce la gran confusión histórica. Y en tal tesitura pocos sabrán que la
palabra burro tiene un origen vasco. Lo mismo que corral y los sufijos en arro
(cacharro, guijarro, cachorro, pitorro etc) según el gran Lapesa. Y si nos
metemos en topónimos sería el cuento de nunca acabar. Aranjuez y Aranzueque
están en relación con el vascuence aranz. La antigua Castilla para los
vascongados era aratoi o tierra de llanuras y así nombraban a Valderaduey. Los
lugares que se llaman Egea como por ejemplo Egea de los Caballeros no era sino
echea (casa). Javier es Echeverri (casa nueva)) y Javierre (Huesca). Lascuerre
(lats corri= arroyo rojo). Estrabón da noticia del vascongado al que adjudica una
raíz de los pueblos celtíberos que hablaban muchas lenguas. En el poso de los
siglos se decantaron algunos de los términos de aquellos hablantes nuestros
prerromanos que pronunciaban la r sonora como en rorro, corro, ronzal, riestra,
rasca, carro, perro. Una pronunciación fuerte como la j y la ñ. La fonética
vasca se impuso en el castellano (tojo, sarna, nava, breña, páramo y Prámaro,
gándara o pedregal, braga y brega, izquierdo, urraca). Queda la cuestión de la
romanización. Algunos historiadores infieren que Vasconia no fue nunca
romanizada. A mí me parece falso este supuesto. Fue romanizada y era una
provincia del limes cántabro donde operaba desde Asturica la Legio VII, también
denominada Victrix. Y Bilbao era un puerto secundario sucursal de la Gijón romana.
Marcial era de Bilbao. Dicen los vascos que una pena que Cristo no fuera
bilbaíno pero Marcial el mayor poeta del Bajo Imperio cuando estaba viendo los
juegos del circo añoraba ya el vino de las Siete Calles, su patria. Los
vascones, vacceos y várdulos alaveses mascaron el polvo de los lábaros
imperiales. Porque ya entonces tabernas no faltaban. El latín tenía lo menos
quince vocablos para designar a los garitos: cauponae, vinarias, popinas,
tabernas, etc. La sumisión fue desde luego trabajosa y los naturales de aquel
país conservaron sus lenguas y costumbres algunas de ellas muy a lo burro. Por
ejemplo, el Código Calixtino aconseja a los peregrinos jacobeos que eviten
estas provincias donde las gentes observan tradiciones poco civilizadas como
por ejemplo el bestialismo. Por lo visto a los iñaquis de entonces les gustaba
darles leña al mono y copular con sus animales domésticos. Se tiraban a la
cabra, a la burra y a la vaca de su establo. Y aceptaron a regañadientes el
cristianismo renunciando con dificultad a su sincretismo pagano. Estaban un
poco salvajes la verdad. Prudencio se queja de que le mataron a un diácono de
una pedrada cuando iba anunciarles la buena Nueva y bautizarles. Parece ser que
la trabajosa cristianización de aquel pueblo se hizo desde Calahorra que era
donde estaban los castra romanos. El Padre Mariana, que era algo antisemita,
vierte sobre los vacceos y la verdad es que fueron los primeros habitantes de
Cuniculandia o Hispania que quiere decir span (tierra de conejos) y extendieron
su dominio hasta Iliturgi en Granada, y vaccea o vasca fue por ejemplo
Numancia, criterios peyorativos: “los vascos son ferocísimos, orgullosos e
independientes, porque son de linaje hebreo”. Ya está el gato en la talega en
la tierra de los conejos y las liebres. ¡Anda la osa! Resulta que todos aquí en
esto venimos de Israel y somos los judíos del Oeste. Sefarad. - ¡Cuánto me
enorgullece esa ascendencia, Emeterio: pertenecer al pueblo elegido! - No iba
descaminado Mariana, Cele, porque la Biblia hablaba de que el rey Salomón
cobraba pechas en Tarsis a los fenicios. Y Tarsis era de Cádiz. - ¡Andá! Así
que los españoles somos de origen judío. - Un setenta por cierto. - Pero unos
más que otros. - Por supuesto. - Lo que no casa en esta historia son los prejuicios
del Calixtino contra los montaraces euskaldunes de aquellos tiempos. Si hay un
pueblo civilizado que aborrezca la fornicación y el bestialismo es el pueblo
hebreo. - Moisés tuvo que predicar los suyo para ponerlos en buen camino y
apartarles de las costumbres paganas, de los sacerdotes de Baal y del Becerro
de Oro. La verdad es que la filología científica desmiente a Mariana. No se
encuentran relaciones terminológicas del hebreo con el vascuence y sí con el
indoeuropeo y el de los beréberes que se parecen a los vascos físicamente.
También ahora ha salido un profesor de Oxford diciendo que los ingleses
descienden de los vascongados. No se sabe. Pero al menos en el País de Gales y
en algunas zonas de Irlanda con residuos étnicos iberos (tipos morenos, con el
pelo crespo y buen talle) puede ser. Todas estas hipótesis contribuyen a hacer
más complicado el laberinto español. Estamos al cabo de tantos siglos pagando
el alajor de la historia. Los gallegos quieren ser celtas e invocan la redola y
la cruz gamada. Los catalanes lemosines o descendientes directos de la lengua
de Oz. Designios bíblicos. España no es un país como otro cualquiera. Más que
un país parece una bomba de relojería. La serpiente caducea, por ejemplo,
emblema del separatismo estaba esculpida en la columna dedicada al dios
Iamconquian el dios vasco por antonomasia y que fue encontrada en Córdoba en
1635. El Camino de Santiago los evitaba dando un rodeo por La Rioja a las
Encartaciones de estas gentes tan hostiles y rabiscas y se bifurcaba luego en
León en dos ramales. El de Asturias que fue la provincia más romanizada de la
península y ese peso se nota aún en la historia y el otro hacia Galaecia o
pequeñas Galias. Todos ellos, las palabras que digo, son vasquísimos y los
vascos no pronunciaban la f labiodental latina que convierten en h y de ahí
farina dio harina y phormosa (hermosa). El vascuence desconoce la f. Y existe
como en castellano la oposición r y rr. Pero es pospositivo y no declinativo.
Además nunca estuvo unificado y ha sido homologado a la fuerza en sus diversas
modalidades de labortano, guipuzcoano y suletino, la variante del valle del
Roncal y otros tantos dialectos navarros. Su primer texto escrito data de 1545,
una coplas que escribió un cura erotómano el P. Dechepare. Y su primera
gramática El Imposible Vencido: arte de la lengua del jesuita Larramendi es de
1729. Aunque su literatura es muy pobre pues el peso de la historia es llevado
por los rapsodas y versolaris de tradición oral que recitan por las aldeas las
kopla zarrak (versos viejos) toda lengua es un tesoro que hay que conservar y
en las escuelas y universidades debiera promocionarse el estudio de este
peculiar idioma único en el mundo conectado con los beréberes, con los celtas y
con las antiguas lenguas del Caúcaso. Las lenguas son apolíticas. Entre ellas
no hay separatismos. Sólo mestizajes y parentescos. Entristecen, pues, todas
esas historias del RH del que se pavonea Arzalluz alusivas a una superioridad
racial de los euskaldunes sobre los demás, etnias. Jactancias nazis. Está visto
que no hay pueblos mejores ni peores que otros. Pero nosotros que no queremos
meternos en política hemos de manifestar que nos gustaron de siempre las
canciones vascas: aquellos zarzicos que nos enseñaron los PP. Jesuitas como el
ago guiztian o el amate bi rai zazu etc. Toda lengua es una riqueza. En eso
estamos con Unamuno que hablaba y conocía el vasco mejor que nadie. Lo mismo
que el castellano. Si viviera ahora los aberztales le parecían algo insólito,
esperpéntico, lo más antivasco que se pueda dar. Y por su culpa menudo
zurriburri el que aquí se puede preparar, Prevascuences son las terminaciones
en briga = baluarte. Así Segobriga que sería el baluarte de la victoria pues
sego es victoria. Con dos fórmulas: el prefijo celta y el latino. Así que
sego-via o camino Mi pueblo quiere decir Segovia camino de la victoria. El
nombre de mi pueblo me entusiasma.Y victoriosas serían por esas mismas Segorbe
Sagunto y Sigüenza o Segontia. Parece ser que es un prefijo indoeuropeo pues el
ruso la conserva en la palabra segodnia (hoy) con otra acepción En filología no
excité el separatismo, la trabazón y la unidad y según eso lo vasco no viene de
vénganos ni los iñaquis los trajo la cigüeña desde Paris. Se trata a decir
verdad de los españoles más genuinos. Sabino Arana era un iluminado como De
Juana Chaos. Los dos están locos. Un nacionalismo de terruño y de campanario
hizo que a estos dos personajes se les volvieran los sesos agua. Aunque sigo
pensando que pese a todas estas cosas el castellano minado por amenazas
exteriores e interiores como las de esos políticos tan nefastos como doña
Esperanza Aguirre que quiere hacer de Madrid una ciudad angloparlante – en las
escuelas más horas al inglés que al español- goza de buena salud. El gran
peligro y lo que puede hacer periclitar la idea de España es el alud
inmigratorio. Llegan en verdaderas hordas cantidad y diversidad de gentes como
nunca se conoció. Y en los autobuses capitalinos al menos yo escucho todas las
lenguas del mundo menos el castellano. Y ni las autoridades ni los propios
recién llegados salvo los latinoamericanos hacen gran cosa por la integración o
asimilación, cosa que no ocurre en Gran Bretaña y nada se diga de los USA que
en esto del idioma son inexorables y más absorbentes que una aspiradora. Eso me
aterra un poco. Estas invasiones calladas a las que llamamos eufemísticamente
movimientos migratorios pueden acabar con todos nosotros. Aniquilarnos como
pueblo en nuestro propio suelo. Ellos son más fecundos y sus mujeres paren
constantemente. Ahí está el busilis. La horda nos desborda pero ya digo que lo
nuestro es la filología y esta ciencia puede demostrar que el independentismo
vasco – y también a los vascos se los tragará la trampa de seguir el alud de
etnias sobre nosotros y las vascas tomando la píldora o ligándose las trompas-
es un absurdo contra natura. Es la tesis que expuso en un brillante trabajo el
profesor Manuel Asensio después de estudiar la Crónica Silense y las glosas
Emilianenses. Ambos textos se encuentran en posesión de los ingleses. Las
conclusiones de este ensayo paleográfico de ambos libros preliterarios
determinan que nuestra lengua romance, aunque derive del latín, tiene un alto
componente eusquera. Los cultos en el periodo visigótico gustaban de expresarse
en latín pero el pueblo llano lo hacía en el rusticus sermo. Y a la gente se le
escapaban vasquismos como chorro y gorra o vocablos provenientes del alto
alemán: guardia (ward) y guerra (war). Los textos en cuestión datan del siglo X
y son anotaciones marginales a sermones redactados en latín La Glosa Silense es
un penitencial. Su origen un monasterio de Álava. El copista indolente o algo
ignaro hace estas anotaciones el margen en el dialecto vasco-aragonés que le
resulta más familiar. Habrían de pasar dos siglos antes de que el castellano
hiciese su acto de aparición en la historia con el poema del Mío Cid lo que no
deja de ser algo elocuente puesto que nos hallamos en el milenario de Rodrigo
Díaz de vivar. La sonoridad y la marcialidad la heredado el español del vascuence
que tiene casi la misma fonética. Los primeros viajeros hacen observaciones
sobre este carácter marcial del viejo romance: “illorum lingua resonat quasi
tympano tuba” (la lengua de los hispanos suena como un clarinazo). Poseía un
dinamismo que le hizo superar los grados de evolución de otras lenguas
ibéricas. Su fragua fue la j la ñ la ll y la ch. Estas dos últimas letras han
sucumbido a los imperativos cibernéticos de los nuevos diccionarios pero
nuestra querida ñ que es tan vasca como la ch se mantiene. Hay extrañas fuerzas
misteriosas que parecen querer capar al román paladino de su atávica sonoridad.
La labiodental l se convierte en ll en los albores del siglo XI y
posteriormente deviene en j. Así.: mulier, conellus, filius devienen muller,
coello, fillo y el grado siguiente es la transformación en j a la que los
asturianos en su bable no acceden al tercer estadio de evolución dicen que
trajeron los moros pero que es absolutamente vasca. La l pasa a ll por la regla
de la umläut o evolución. Lar da llar y losa da llosa, lagar, llagar y así
sucesivamente. El bable es un viejo castellano sin evolucionar de raigambre
vasco-mozárabe. Pero el problema en la vieja fabla romance es sistematizar. Se
habla, al igual que el vasco, una lengua forzada, pues hay un vasco en cada
bable. Los de Tineo, verbigracia, dicen “tsuna” para nombrar a la luna y los de
Llanes “lluna”. Y por ultimo la ñ fue una aportación vascongada a la lengua de
Mío Cid. Nada más vasco que chistu y que Iñaqui, pues. He aquí algunos
elementos claves para el estudio de un enigma y para adentrarnos en el
laberinto español. Y nos ocurrirá lo del gaitero que fue a Salamir, bonito
lugar de la costa cantabra, a tocar “pues no tenía donde ir” pero añade la
conseja que luego el buen paisanín “no sabía cómo salir” EL FUERO DE PEÑAFIEL.
EL CISTER Y LAS TRES CULTURAS (I) El Fuero de Peñafiel o Penna Fidelis consuma
un proceso de repoblación de la meseta septentrional que siempre nos ha llamado
la atención por lo que representa un adelanto de mejora y legislación de los
“omes buenos” y de un intento por el avance de las relaciones intercomunales.
Curiosamente esta zona en el antemural de la sierra norte de Segovia fue
repoblada con musulmanes traídos por Alfonso VII el Emperador tras la batalla
de Jaén, algunos se convierten al cristianismo pero la mayoría sigue
practicando su religión y sus costumbres a escondidas. Algunas costumbres
moriscas las observé yo cuando niño sobre todo en las mujeres viejas que se
sentaban ante los hacheros de sus difuntos no arrodilladas sino sentadas en
tierra como hacen los árabes. Una aldaba con una mano también había en casi
todas las puertas. La mano de Alá. Ocupan la escala inferior de la pirámide
social. Son los alarifes de Olombrada y Fuentepiñel (muchos barros y poca miel)
los talladores de piedra y canteros de Campaspero que conviven con la población
goda la vascongada y la gascona de Valtiendas y Valdezate o los crestas de los
tres Castros Fuentudieña, Castrojimeno y Castrorracín (en este último lugar
parece que fueron importantente los colonos de extracción islamica como su
propio nombre indica) pero en Lovingos son visigodos de pura cepa. En
Torradrada las cabras y los arevacos y en Fuentesoto cagaberros que llaman
vuelve a predominar el elemento semita lo mismo que el pueblo navas abajo
Peñarromán pero la extracción etnica era muy diversa de los de Tejares donde
debieron de haber bastantes familias judías. Total que somos un salpicón de
razas y un cruce de civilizaciones. El elemento integrados eso de todas todas
fue el cristianismo. De lo contrio hubiéramos estado a palos. Y así y todo por
unas suertes, por un majuelo, por una fuente o por un almendro siempre saltó la
chispa intervecinal. Estos son los orígenes remotos pero casi es peor ahora con
tanta civilización. Quizás necesitemos un nuevo Fuero de Peñafiel. Otro de
Sepúlveda y otro de Arévalo o de Toro y más Cartas Pueblas para acoger a la
población inmigrante. ¿No resucitará Alfonso X el Sabio para que nos cante unas
cantigas y dejemos todos de andar a la greña, recelando del otro o haciendonos
la puñeta? Uy Dios. En esta zona es frecuente encontrarse con individuos del
fenotipo árabe puerta con puerta con pelirrojos y rubios de ojos azules. En
Sacramenta y en Sepúlveda parece ser que hubo juderías importantes que vivían
en barrios separados. Uno de los primeros condes castellano era Fernando ibn Al
sur (Fernando Ansurez) conde de Monzón que se bautizó en la mocedad y señor de
estos territorios que por un privilegio rodado que se conserva en el Archivo
Histórico pasaron a ser propiedad por granjería de Alfonso III de León a
Gonzalo Tellez al que otorga el monasterio de Sancta Maria de Cardaba cum
adjacentis et edificis el año 912 el castillo de Peñafiel y el de fuerte de
Sacramenia que como su propio nombre indica debió de ser fundación romana.
Murallas sagradas. De ellas apenas nada se conserva. Sólo un farallón de lo que
fue la iglesia románica de San Miguel perteneciente a los templarios. En 1136
Alfonso VII llamó a los cistercienses franceses – y de ellos hablaremos otro
día- cuando ya quedaba muy poco del antiguo cenobio pues en estas tierras de
somos pelados y de apartados valles escondidos que cruza el Duratón debió de
desarrollarse una importante vida monástica. Se trataba de ermitaños que vivía
en cuevas apartados del mundo. Este eremitismo troglodita tiene que ver con el
sistema de fundos que trajeron los cistercienses monjes agricultores por
excelencia y que se convertirían en templarios mitad monjes mitad soldados.
Construyen en los cerros iglesias fortalezas. Las relaciones con el Islam se
hacen más difícil así como las diferencias entre las diferentes villas-estado
principalmente la citada Sacramenia, Fuentidueña y Cuellar. Los castellanos
siempre estuvieron peleándose por cuestiones de la jurisdicción y de las
lindes. Nunca faltaron pleitos y rivalidades comarcanas. El Fuero de Peñafiel
tiende puentes y trae consigo el amillaramiento de los términos. Se nombra a
los concejos integrados por los “omes probos”, los aportillados que hacían
justicia a las puertas de las ciudades como Pedraza o Roa junteros de los
adelantados o gobernadores en frontera. “No puede ser aportillado quien carezca
de casa en una villa y no habite en ella desde San Miguel a la pascua de Flores
y no tenga caballo ni adarga, capillo, brahón y lanza con perpunte . Alfonso X
el Sabio sanciona el fuero de Peñafiel el 23 de julio de 1260 en compañía de su
mejor dola Violante y de su hijo el príncipe de Asturias. Los súbditos se
conviertan en pecheros y han de pagar la fonsadera y las marzadgas. Y habrán de
acudir a campaña cuando el rey lo dispusiera mediante a la convocatoria de
anúteba. EL REDINGOTE DE LARRA Y EL LUCILO DE SAN FRUTOS Escribir es llorar,
Larra dixit. Su redingote nos viste a todos de pardo silencio. Entre la tumba
del Cid y la de Larra no hay más que un paos y ese es el síndrome de este ir y
venir que llaman acarrear. O delante de las curas en la procesión enarbolando
cruz y ciriales o detrás de los curas a zurriagazos. Una condena nacional pero
el abrigo y el tupé del famoso afrancesado son algo muy precario que nos da
comezón y de este desosiego turbio a escala nacional todos participamos. Yo
peregrino con unción a la tumba del Cid y la de Larra en la sacramental de san
Isidro me trae al pairo aunque ello no quita para reconocer que el Pobrecito
Hablador dijese algunas verdades. Hay escritores que son conocidos más que por
su obra por una frase suya o un atuendo, una calcamonía en los libros de
preceptiva. Y a muchos santos no por su vida y obras lejanas y perdidas en la
noche de los tiempos sino por el reguero de mitología que arrastraron a sus
espaldas. Porque son un arquetipo. Quizá un comodín algo de lo que tenemos que
hacer uso para seguir pensando o para continuar viviendo. Siempre en la lucha,
sobre todo, aquellos que nos hemos sentido más inclinados hacia la perquisición
de la virtud, de la sabiduría y de todo ese aroma que perfuma a los libros
antiguos y a los santos viejos porque venimos acaso de la idea de un soñador
para un pueblo. Y yo sentía esa frase en aquellas mañana de finales de octubre
camino de mis recuerdos y de mis espadañas a honrar los huesos de san frutos
que se guardan en un lucilo policromado de jaspe. Al santo le veo con sus
barbas inmersas en la lectura de su libro de piedra en el pórtico de la catedral
que nunca acaba de pasar la hoja y, si la pasa, malo; vendrá el juicio final. Y
a Larra hecho un pollo pera un tupé la barba rala con un redingote colgándole
hasta los pies como una inmensa saya, diciendo displicente vuelva usted mañana.
Había intuido el del gesto y la palabra afrancesada que en este país siempre es
carnaval o nochebuena. Se pegó un tiro en el numero doce de la calle de santa
clara. Nadie le hacía caso. Aquí cada uno va a lo suyo. Murmuran las
vecindonas. -Déjalas que se desahoguen. Así quedarán a gusto. Aparqué el coche
a la entrada no sea fuera a ocurrirme lo que otra vez y la visita accidentada
del jueves cuando me llevó el coche la grúa monté en cólera discuto con un
policía y me llevaron preso. Cosas que pasan. Las diferentes voces y tempos que
conviven dentro de mí en una suerte de esquizofrenia bien avenida y que yo
denomino las opciones del alter ego empezaron una de las charlas que acometen
cuando estoy solo. Son las tres Opciones, o tres musas como tres soles. Aquel
día una de mis musas me recriminaba: -Estás solo. Tu teléfono fijo y tu celular
permanecen mudos semanas enteras, nadie se acuerda de ti, nadie te llama. Sólo
tus acreedores del banco por lo de la tarjeta de crédito ya sabes que esa es
otra historia. Edificaste su casa sobre arena, Verumtamen. Eres un exilado
interior. Te condenaron al ostracismo. -¿Y qué crees que a mí me gusta la
popularidad? - A nadie amarga un dulce. - Mira yo desapruebo las mañas de
Erostrato aquel griego que quería ver su nombre inscrito en el Partenón pero
era un mindundi, uno más y para que se hablara de su persona asesinó a su
padre. Tampoco soy la vidente del Escorial que dijo que se la aparecía para
salir en los periódicos o el bombero que simula un accidente para declararle el
amor a su chica. Yo no soy más que un escritor, un fabricante anónimo de
lluvia. Creo la nube, la cargo de electricidad y ya suenan los truenos. Es lo
que tiene poner en circulación una idea. No me importa salir en los papeles. Me
gustaría bien es cierto ser remunerado en el trabajo y me revienta haber de
trabajar para este gran turco que es internet, sistema de control de las
personas y de canalización de lo más sagrado. Se que nos estamos acercando al
síndrome de la torre de Babel. Se muy bien de que me hablas, Quosquetandem,
pero no tengo otra opción. -Está claro estas haciendo tu pequeña revolución a
ciclostil. -Internet es nuestro samisdat, el único apoyo que contamos los
literatos cuando ha muerto la literatura. También sirven para que nos tengan
fichados pues se han dado cuenta de que el pensamiento no delinque pero hay que
tenerlos amarrados por un por si acaso -Muy poco me convences. -no pero la red
de redes es un timo. Han mandado a los buenos escritores al pozo airón
echándolos al foso del olvido donde será el gemir y el crujir de dientes
sustituyéndolos por amanuenses amaestrados y por calcógrafos y cecógrafos. -¿Y
esa palabra cacografía que significa? - Escribir mierda. Televisión basura,
cultura basura. Sociedad postiza, justicia ertsatz. Todo un sustituto. Puto sustituto.
Vivimos en un mundo virtual. Todo, apariencia y todo vanidad: mataiotes
mataiotetwn kai panta mataiota . Así nuestra vida se ha impregnado de vanidad.
Está corroída por lo superfluo. Ciertamente. Pero ¿qué queréis que haga? Las
noches y los días, los días y las noches. Se acabó el interés por la literatura
porque se terminó el interés por conocer. Eso nunca se sabe. Mi trinidad
interior empezó a discutir. Yo estaba rodeado de pobrecitos habladores que en
mis adentros preparaban ellos su propio guirigay. Muchas noches escucho voces.
Todas ellas parlando como cotorras y cada una dando su propia versión. Mis
demonios familiares eran por este orden: Verumtamen, Quosque y Accipiter.
Accipiter lo llamaban que quiere decir el constante el ponderado pero bien
pudieran denominarlo Virtus in medio est. Ni que decir tiene que era un hombre
de centro y si mañana se celebrasen unas generales y a Suárez se le curara el
alzheimer votaría por la UCD. Verum se inclinaba a la extrema derecha y Quosque
era un rojo perdido y a esta terna o trinidad presunta que hacían que mis días
se tornasen en una perpetua guerra civil había otros personajes unos de
inclinaciones místicas como Tantumergo y otro el rabelesiano Saturnino al que
le gustaba el vino a las comidas, fumar buenos vegueros y mirar para las chicas
guapas. Con todo el más peligroso de todo era un tal Erifos causante de muchos
destrozos y de precariedades a lo largo de mis días y de mis sueños. Erifos era
gran amigo de los demonios y traía el olor a azufre y el calor de las llamas de
Pedro Botero. En más de una ocasión estuvo a punto de arruinar mi vida. Gracias
a Dios que Tantumergo devoto de la Virgen María nos sacaba a todos de atascos.
Cada uno de estos personajes a los que me he referido evidenciaba un poco el
esquema de mi lucha interior. Tanto unos como otros eran buenos dialécticos,
convincentes, persuasivos. Los puse a todos a pasear por Corobias para orear
sus melancolías. Ya ibamos todos para viejos y habría que mitigar los antiguos
ardores. Verumtamen estaba aquel día que le llevaban los demonios, desazonado
no sólo por el panorama político sino por la cerrazón de oídos y de corazón de
los otros. Le embargaba la impresión de estar viviendo en un país de autistas.
- no quiero trabajar para el turco. Ser un lacayo de Google y de los americanos
no me da la gana. - Tú eres tonto, chaval- le increpaba Quosque- y en tu casa
no hay botijo. ¿Tú no oíste hablar nunca del efecto mariposa? - Herr
Schmetterling no hizo otra cosa que copiar la tesis tomista de la comunión de
los santos. En efecto, los seres humanos somos vasos comunicantes, pozo
artesianos donde el agua fluye. Pero eso no es más que teoría nada más. Aquí
los que se llevan el gato al agua son la gente del dinero y el que más chifla
capador. - Hombre de poca fe. Tú pones una idea en franquicia y da la vuelta al
mundo gracias a internete o a la telepatía. - La red de redes es un timo. Ha
servido para jubilar a los escritores. Guillermito Puerta ha sustituido a
Cervantes a Shakespeare y a Dostoyevsky por sus propios calcógrafos. La
propaganda y la publicidad ocupan el puesto de la verdad y de la información
auténtica. Verum se sentía un poco aplanado aquella mañana de octubre un poco
preguntándose qué he venido yo a hacer con mi vida, inquiriendo si tenía sentido
todos aquellos absurdos y adonde habíamos venido a parar y no estaba por la
labor de enfrascarse en una de las habituales reyertas con su contrincante.
Tenía miedo al Ojo que todo lo ve. Los fantasmas de su niñez poblaban los
recuerdos a la vista del puente romano que había sido aplanado y destruido,
tupido el ojo por donde discurría el río abotijas aplanado el campillo donde
ellos jugaban al fútbol. La piqueta del tiempo había destruido los chalés o
casas militares donde él pasó su infancia, no estaba el jardín donde sus padres
se hicieron la fotografía al lado del coronel Tomé. Para más INRI aquel día no
era el día de san frutos pajarero como lo fue siempre sino el de los derechos
humanos. Se preguntó qué es lo que hacía él allí. - Has venido a cantar el
himno y no te den ganas de hacer el torno. No entres en ninguna taberna que ya
sabes lo que pasa al final. Vio entonces a Erifos con una botella a manera de
lanza y una copa a manera de yelmo de mambrino que se paseaba alegremente por
los adarves de la muralla. A veces asomaba la gaita por entre una de las
almenas. Ponía firmes a los añafileros de su escuadra haciéndoles interpretar
cualquier canción báquica. Tú podrás hacer lo que quieras hasta decir misa si
lo quieres pero en el día de hoy no cataré una gota de alcohol y no ocurra el
desastre de cuando marras. Una nube de viejos se habían puesto a echar partidas
al viejo juego de la petanca detrás de las tapias del cuartel de la guardia
civil y justo en la dehesa boyal de Enrique IV donde se montaba el ferial por
las fiestas de san pedro había construido un parque para niños. En el empalme
de la base mixta había nacido una gasolinera y el quiosco donde él bajaba a
comprar el arriba por encargo del teniente Resellado que había sido
divisionario y se le movía a veces cuando cambiaba el tiempo la metralla le
metieron unos partisanos cuando cruzaba el lago Ilmen helado se convirtió en un
parterre. Preguntó a uno de los viejos si se jugaba al chito todavía como era
costumbre y el hombre no le supo dar razón. - ya no jugamos al chito ni a la
rana en este pueblo. Tenemos diversiones más sustantivas. - Ah si pues vaya.
Continuo su descenso por el camino nuevo abajo. Se habían llevado los tanques
de la base mixta y los cañones de la guerra del catorce que aparecían en la
puerta principal de la academia junto a aquellas lombardas que debieron de ser
de los años de la invencible. En la calle san francisco había cerrado la
taberna de prisco, pasó a mejor vida el famoso figón del Vizcaíno y ya estaba
casi sin darse cuenta en la misma plaza del azoguejo muy concurrida y vital
como siempre. En la catedral no se cogía. Todo un inmenso gentío abarrotaba los
laterales y la congregación daba la vuelta por la girola hasta la nave del
transepto. Sonaron los violines y atacó el solo su entrada al siervo bueno y
fiel. El precentor dirigió fenomenal el concento entre violines y las tres
voces. El coro estaba formado por casi quinientas personas. Afinando todos.
Todos los años hacía un milagro el santo eremita de las barbas que escuchaba el
convierto desde el paramento de la puerta principal sin descomponer el gesto ni
mover una sola cerda de sus luengas barbas de granito. Seguía tan calvo como el
año pasado y mirando para la misma hoja y el mismo libro de piedra donde el
tiempo y la historia permanecían estancados y detenidos. EL TÍO MONAGO.
REFLEXIONES SOBRE EL TABACO Desde el año 1929 no he fumado un solo cigarrillo.
Había en nuestro pueblo un medico que llamaban don Adolfo no sé si lo
recordarás y este me dijo un día “monago a que no tienes fuerza de voluntad
para dejar el tabaco” como que no y al instante aplasté el pitillo y no lo he
vuelto a roer más ni siquiera en una boda ni en un bautizo. Creo que fue una
buna apuesta y la gané vaya sí la gané a beneficio de mis pulmones pero ahora
que lo pienso el tío Monago también estiró la pata y no demasiado viejo así que
eso de fumar o no fumar no es una patente de corso que te libra de la que no
perdona a nadie. Pero mi cuerpo abandonó el vicio execrable y el tío monago
falleció con los pulmones pero el alma algo tiznada y eso que era muy beato.
Varón con una voluntad tan enteriza como la de aquel labriego sería difícil
encontrarla en todo el partido judicial. Muy zorro eso sí. Pues ya había
llovido en el año 29 fue el crack de la bolsa de nueva York y cayó también la
dictadura y vino la dicta blanda. Un general Berenguer por otro general Primo
de rivera y en esas estamos del coro al caño chiquitos bua. Decía don
Estanislao no sé cuanto que este es un país pendular y eso es una verdad como
un templo. Pero fue aquel año cuando el mejor labrador de mi pueblo el que
arreaba yuntas de hasta siete machos y hacía los surcos más rectos el que
abandonó el vicio execrable del tabaco. La venganza de los indios. El cura don
Anacleto dejó también a las mujeres pues era un cura muy corrido y siempre
andaba a mozas y se puso ahí en eso un cinturón de castidad pa no meterla donde
no debes caray que mucho predicar y poco dar trigo pero ya dijo el refrán
tratándose de curas haz lo que yo diga y no hagas lo que yo haga. Pero con el
tabaco no pudo. Amonestaba desde el púlpito “si la dejas quieta un mes ella te
deja una año y su un año un lustro y si un lustro toda una vida pero la
cigarra, amigo, eso es mucho más difícil”. Los curas mandan mucho por estos tesos
tienen mucho poder. El que usted fume o no fume me es indiferente. Porque usted
deje de encender no se va a parar la rueda del carro ni la del molino pero
somos tan cretinos que nos creemos trascendentes y de trascendentes aquí nada
oiga que no va a quedar ni el apuntador. Cachis en diez caguen tal. No podrá
haber pero seguimos inhalando nicotina y alquitrán y seguimos inhalando toxinas
gasta que nuestros bronquios se hagan zarzalillo y nuestros pulmones brea. ¿Por
qué se fuma? Nadie sabrá responder. Ya nos lo advirtieron desde que prendimos
por primera vez. Que esto cuelga. Crea hábito. Como si nada. No puedo por menos
de sentir cierta admiración por el tío Monago. Era un labrador de los que
llamaban ricos aunque por su aspecto y catadura nada se distinguían de los
destripaterrones que lo rodeaban. Sólo que tenía siete pares de mulas y se
permitía el lujo de hacer algunos extraordinarios como encargar al Pedrete
algunos cuartos de asado entreaño pero las tierras no le dieron para echarse
coche. Viajaba en burro a la feria de Cantalejo. Era tacaño y el par de abarcas
habían de durarle un lustro. Lucía unos pantalones de pana que eran un juego de
damas de remiendos por culeras y por perneras. Iba hecho un adán. Gastaba
camisa sin cuello como era costumbre abotonados íntegramente- con esa
compostura de pescuezo tieso aparece el abuelo Toribio en las fotografías.
Todos los primeros de año me acuerdo del Monago y hago el propósito de dejar la
cachimba. Eso que en Inglaterra llamábamos good resolutions. A los dos días mis
proyectos de vienen abajo. Por falta de perseverancia o flojedad volitiva.
Luego, cuantas veces intenté dejarlo por lo general siempre te sucede algo
desagradable. Riñes con la parienta. O el jefe te echa una bronca. Te sientes
más solo y angustiado. Las dos únicas razones que yo miento para no deshacerme
de mi cachimba se dividen en dos apartados. El miedo a la muerte. Uno fuma –qué
cosas- para participar de esa inmortalidad que es la madera de dios. No me
preguntéis si Él existe o no. Sólo sé que a veces lo siento más cerca y estoy
como más reconciliado con el mundo cuando sube de la cazuela de mi cachimba las
circumvolutas del incienso de quemar mi tabaco Apolo que es mi marca favorita.
Soy incapaz de chiscarme otra denominación. He fumado en narguile y hasta en
calamet o gran pipa en la cual firmaban los indios la pipa de la paz. El tabaco
de Virginia por ejemplo me levanta el dolor de cabeza y hay algunas labores
inglesas que llevan alfo de droga. Te “colocan”. El otro motivo es que ahuyenta
la soledad. La inmensa soledad de fondo de un escritor. Tabaco y literatura
forman una extraña pareja. La dualidad, la disparidad y el disparate de la vida
tan absurda tan falta de lógica como crudérrima en el tiempo real. Estoy tan
solo que creo que los únicos amigos que tienes en el mundo, los que nunca te
traicionan, son tus colecciones de artículos de fumador, las vitolas de algún
tabaco que consumiste en horas felices, los envoltorios de algunas cajetillos.
Nombres y títulos que son la historia de mi vida. Recuerdo aquel mataquintos el
primero que prendí. Era de noche en la plaza mayor de Segovia. Me voy un amigo
de mi padre ramón el Catalán anda con que el curilla ya te vas a enterar como
vea a tu padre lo apague inmediatamente se me caía la cara de vergüenza. Toses.
Arrasaba la garganta como una cuchilla. No hay que olvidar que el tabaco es un
irritante pero yo sería capaz escribir un poco la historia de mi vida a través
del logo de las cajetillas que va asociado al nombre de las mujeres que amé, a
los momentos de triunfo y de tristeza cuando en los duelos la mejor forma de
reconciliarse con uno de esos misterios de la existencia para los que el hombre
desconoce respuesta la única salida es inhalar y exhalar humo. No somos más que
humo y aquí hay que tragar mucha mecha. En la posguerra se llamaba
eufemísticamente a los difuntos a los muertos desconocidos por el cariñoso
calificativo de los que han dejado de fumar. Y hemos fumado mucho los hispanos.
Hasta hace pocos años si te encontrabas a un español no fumador te parecía que
estabas ante un caso anómalo. Hemos fumado mataquintos y hasta las flores secas
de una malva real que había en el berral de mi pueblo – eran pura grifa-,
ideales, celtas largos y celtas cortos, rumbo canario y fetén ducados etiqueta
negra y luego estaba el camelo (I will walk a mile for a camel, rezaba un
byline publicitario inglés). Con un pitillo en los labios entrmos en la
adolescencia y en la universidad, conocimos el amor y la muerte y nos
preparábamos para los exámenes. Aguantábamos las imaginarias de la mili,
esperábamos a la novia o aguardábamos al tren. Hay que aguantar mucha mecha
pasar bastante humo y si no fumas ¿qué haces? Colgado sobre el vacío pingando
mi existencia somos tan aleatorios y fruto de tanto azar que parece que a veces
el cigarro te da una respuesta o nos parece que te da solución a lo que
insoluble es. Cuando no hay remedio pues litro y medio dicen los beodos pero la
“venganza de los indios” dentro de los vicios me parece menos dañino que el
alcohol y aunque quien no conoce a los hombres no conoce a los vicios ofrecer
el tabaco de la amistad me parece una suerte venial inocua dentro de lo que
cabe. El tabaco es pensador e intimista, dicen que activa la inteligencia y que
por lo común hay pocos fumadores que enfermen de alzheimer. Alguna cosa tenía
que tener buena la entupida costumbre que crea dependencia. En Inglaterra yo
fumé a lo primero Number 6 y Woodbine y cuando sali de menos pobres empecé a
consumir Embassy. En nueva York donde el tabaco era baratísimo en los EE.UU.
conocí todas las marcas y suculencias del rubio puro sabor americano. Enumerar
cada una de las marcas sería largísimo y aquí viene una observación filológica.
Denominación en inglés es marca y en alemán que es lengua pariente denominación
quiere decir fuego. Nos quemamos los pulmones. Rescoldos somos de la gran
hoguera pero el fuego tiene un carácter purificador y se ofrecía el fuego
sagrado en los turíbulos. En Roma estaban encendidos los pebeteros y no había
serenos, sólo había porta antorchas. Era justo y necesario incensar los altares
de las vestales con vaharadas de olíbano. Fuego que se quema el río. Yo he
fumado [y perdonen si hablo tanto de mí mismo] lo mejor de Vuelta Abajo,
vegueros de hasta 20 € corridos y de las pepitas marrones de las malvas del
berral, secaban las flores pero mantenían el tallo tieso y los amenitos de los
que utilizábamos para liar fijos. Targaninas y mataquintos y hasta tabaco de
papel de estrazas me he llevado a mis labios pecadores. Si los nenúfares se
tienden humildes en señal de acatamiento horizontal esta flor del tabaco es
siempre erguida y desafiante algo así como un caballo desnudo o un falo en
erección desafiante y cara al sol. El humo del tabaco es rescoldo altanero. La
gomorresina es posible que reduzca el oxigeno en sangre pero activa la pía
mater del cerebelo y da coraje o cuando menos una sensación de coraje para
arrostrar los peligros de la existencia. ¿Por qué se fuma? La humanidad es un
tanto gilipollas. ¿Por qué nos iniciamos en este vicio desconocido hasta que un
marinero de Colón lo trajo de América? Yo creo que por ese deseo de normalidad,
que nos empapa, y luego dicen que el tabaco aleja el hambre y por tanto
adelgaza (qué tontería) de que todo marche acorde con nuestros pasos en ese
business as usual de los tenderos ingleses. En el Yorkshire yo compraba
paquetes de aquel Navy Cut de forma ovalada en una shop round the corner a una
señora anciana que tenía una pierna cancerada y no había fumada nunca. Era tan
pobre que no tenía para pagar la eléctrica y te despachaba a la luz de un
candil. El miedo a lo desconocido o el anhelo inconfesable de que no me pase
nada de que no me operen - ¿el cáncer? Eso siempre les ocurre a los otros- es
un aliciente. Por otra parte puede que este vivió de la hoja del tabaco que
tanto disgustaba a Quevedo y quien a pesar de no fumar era zambo medio cegato y
muy listo tenga que ver con un anhelo onírico de inmortalidad y de perpetuarse
a sabiendas de que no somos más que una caprichosa vedija que adopta formas
voluptuosas en el aire cuando sube la nube. Son los registros de la
inmortalidad que nos convoca la voz de eterno y el retumbo del eco del paraíso
perdido. Se manifiesta en ese horror vacui. El pánico que nos acomete al
encontrarnos en un lugar solitario cuando transitamos por un parque una noche
de luna parece que se desvanece cuando tiramos de petaca. Al propio tiempo mis
memorias de los intentos fallidos por abandonar el fumeque – y voy a cumplir
64- son poco agradables. El día que dejo de fumar o me riño con la parienta,
discuto con el jefe, se me pincha la rueda del coche, me olvido el móvil en
casa, pierdo el autobús o recibo una notificación de multa que me pone de un
humor de perros. En la vida moderna estamos condenados perpetuamente a las
prisas y al mar humor. El cigarrillo dicen los psicólogos que parece tener con
el chuparse el dedo intrauterino. En esto encuentran acreditados autores una
querencia onanismo, uno busca las talanqueras del claustro materno para ponerse
en seguridad toda la vida. ¿Fumamos por la misma razón que el adolescente se
masturba? That is the question. Buena pregunta. Volvemos a la posición fetal y
al rollo al pezón de la madre qué agustito. A Winston Churchill le debía de
pasar algo de eso. Por eso era mucho más vigoroso, contumaz y amenazante con un
puro en los labios. Cuando no lo tenía parecía que le faltaba fuerza al líder
británico. Y su cara y ojos de dogo parecían transformarse en el de un bebé.
Fumamos como cucarachas y la verdad que también nos sentimos en cucaracha el
animal que metamorfoseará el hombre moderno según explica esa nueva Apocalipsis
laica que refleja la obra de Kafka. Churchill era un inseguro. Necesitaba
asideros y una agarradera buena en las grandes crisis era el veguero, costumbre
que adquirió cuando fue corresponsal en la guerra de Cuba y era un espía a las
órdenes de la Cadena Hearst. Fumar o no fumar es indiferente. Todos tenemos que
morir. Esa es la fija. Todos los mortales somos productos fungibles y llevamos
estampada en la frente una fecha de caducidad. Como un código de barras. Hagas
lo que hagas nunca te pasarás de fecha. Por eso yo me acojo a sagrado de la
iglesia – algunas cachimbas tienen la forma de narguile- al sagrado de mi pipa.
Es mi mejor amiga. La que nunca me falla. Los cigarrillos los dejé hace muchos
años. En Inglaterra me cambié a omo pues allí las labores eran tan fuertes que
tenía que utilizar boquilla. El humo te raspaba la garganta, anegaba tus fosas
nasales, encrespaba tus migrañas. El pernicioso irritante ha acabado con mi
sentido del olfato pero éste tan desarrollado en otros mamíferos – el perro
sobre todo y ningún animal fuma y viven mucho menos que el ser humano, otra
paradoja- al ser humano no le sirve de mucho salvo para oler las tostadas
quemadas tras el desayuno. Y aquella cachimba que compré en una tienda cerca de
Oxford Street que denominan el Paraíso del Fumador me daba empaque, solemnidad
y oficio. Dicen que el hábito no hace al monje pero en los brazos debe de
esconderse y quemarse el secreto de la buena literatura. Flaubert era un
empedernido fumador. De sus botafumeiros contenido que se convierte en
carburante de la imaginación y continente incombustible, toquemos y quememos
madera, nació como Afrodita de la entre las aguas Madame Bovary. Todos aquellos
aprendices de novelista lo primero que hacían era echarse bigote y comprarse
una pipa de espuma de mar que dicen que era un afrodisíaco y compulsaba los
sueños oníricos. Ciertamente Graham Green que tenía bastante mala leche padecía
el síndrome de los conversos de la hoja detestaba a los fumadores. Pero él fue
un borracho toda la vida y ves el chache pues así es la chacha. El inglés nunca
fue capaz de crear personajes como el jorobado de Notre Dame creado por Victor
Hugo y es que etilismo y literatura no se compadecen – Poe era un alcohólico y
en estado de ebriedad redacto una prosa tan excepcional pero es una excepción y
los libros de Graham Green me parecen estar escritos con resaca. Son una clase
de novelas que sólo pueden gustar a loco avisados en materia literaria a los paladares
poco exigentes y a los papanatas como a don Juan cruz. En este momento me acojo
a altana. Me acojo al fuego sagrado del humo de mi pipa. La vida se redujo a
escribir, comer, fumar, pipar y cagar, a veces algo de caminar Doy una calada
veo las nubes de colores inmerso en los reflujos de un nirvana al rescoldo del
muro protector de los cierzos bajo las inclemencias de una mampara que me
dispensa de los rigores del resistero y de las inclemencias de las noches
heladas e incluso de los escupitajos de los que me profesan homecillo me tienen
malquerencia. Ahí me las den todas me digo. Mientras veo ascender en círculos
psicodélicos las vedijas de mi cazuela me parece como si alzara el vuelo
alejándome de las miserias humanas. Allá abajo todo es tan pequeño y ahí arriba
tan excelso e infinitésimo. Los Ángeles buenos de buena hipada me cogen del
brazo y me suben en volandas. El Apolo no es un tabaco delicado. A veces entre
la picadura me encuentro estacas y otros elementos poco a propósito para riscar
en la soledad de mi alma. El tabaco me descubre una verdad: estamos solos en el
universo. Las cacimbas que me fumo más a sabiendas son aquellas inhalo y exhalo
en plena soledad porque a diferencia del fumador de cigarrillos nervioso
coloquial y sociable el de cachimba y el de cigarro puro rinde culto a su vicio
de forma diferente. Es como el paso de un buey y el tránsito de una ardilla.
Para Oscar Wilde abandonar la cigarra es la cosa más sencilla del mundo. Lo
duro lo verdaderamente duro en esto como en la vocación religiosa es la
perseverancia. Yo he dejado miles de veces de fumar-toquemos madera que esta no
sea la definitiva- en otras tantas good resolutions de año nuevo, pero he
vuelto siempre a casa por navidad. Si acabas de dejarlo hace una hora o a lo
sumo un día, el humo te sabe mal pero es gloria bendita cuando regresas a los
brazos del dios evanescente al cabo de un año o así. Te encuentras a gusto en
medio de sus cendales de calima no quieras saber más. Yo he conjurado mis
angustias en el estanco. Por eso ya digo que me pareció siempre un falso
profeta el tío Monago que amen de zorro mala persona camándula y fariseo y algo
puritano porfiaba en falso. Creía que por no fumar no se iba a morirá y se lo
llevó una pulmonía a los 62 años. Los cigarritos me han servido de palio, capa
pluvial y nave al pairo contra las desdichas y capear algún que otro temporal
en mi vida. ¿Qué hacer cuando percibes tu indefensión ante la malicia, la
zorrería, la intolerancia o la codicia de tus semejantes o el desamor y las
atriciones de la mujer amada? Pero la humanidad no tiene remedio siempre anda a
la caza de chivos expiatorios y de culpables para que carguen el mochuelo. La
jodienda no tiene enmienda y acaso el fumeque. Y siempre se muere “por dó más
pecado había”. Fumando muero contento y eso que me voy a llevar. La golilla el
gaznate y hasta las entrañas pueden estar más negras que las calderas de pedro
botero pero más negras y deleznables son las almas de algunas hermosas que
lucen palmito por la televisión. La Campos hubiera sido mucha mejor mujer si no
hubiese dejado de fumar. Ahora tiene el tabaco hecho caso omiso de la lluvia
ácida el cambio climático y la deforestación global el tabaco. Ahora que se han
cerrado las puertas del infierno y no hay purgatorio ni limbo y los pulpitos,
pues los curas parece que están acojonados cuando predican, han echado el
cierre por falta de quorum y a los predicadores apenas hay quien les haga caso
que de los púlpitos y ambones con tornavoz tomaron el relevo esos bustos
parlantes tan estirados de las noticias de las tres de la tarde hechos un brazo
de mar con muchos puños y cuello duro que nos exhortan a vivir sano y nos
amenazan con los fuegos del infierno del tabacador. Ya no hay pecadores pero
siguen existiendo fumadores. Y estos savonarolas de ágora mediática les
coaccionan a renuncien a su vicio y abjuren de herejía. Yo no abjuro aunque sea
de levi ni aunque me aspen. MI MEJOR FOTOGRAFÍA Los monjes rusos cantan el
Akathistos en esta mañana tibia y soleada de enero, San Antón. Soledoso estoy.
Tiro de archivo y este invento maravilloso de un judío norteamericano,
Guillermito Puertas, ha dado la oportunidad a los escritores que escriben con
tesón pero a los que con un tesón no menos sospechoso se les cierran las
puertas de las editoriales. Gracias. Willy Gates, tú llevas el fuego sagrado y
la magia del verdadero Israel. La chispa que enciende el mundo: la palabra. A
la palabra agregaste la imagen. En ti se consuman los dones del Espíritu Santo
en el Cenáculo y ello nos convierte en antorchas vivientes nuestras almas. Por
él. Con él. Y gracias a él, cuelgo esta diapositiva en la Red de Redes que ha
cambiado el mundo. Esta fotografía está tomada en Fuentesoto (Segovia) el año
1976. Aparece a la puerta un hidalgo castellano, Pedro Delgado, con su mujer la
Vicente. Al fondo aparece cose en una silla baja de anea la hija que no se
casó: Pili y detrás la puerta solemne de cuarterón al fin de la corraliza o lo
que llamábamos la portada. En Pedro con su cara alongad, la voz clara y los
ojos algo pitañosos, con su boina, que se sienta igual que un rey, veo la
efigie de mi abuelo Benjamín. Eran primos carnales. Esta instantánea me
recuerda mi infancia: una época cuando iba por los botijos de agua a la fuente
grande, los olores aquellos olores de las pobedas autentico perfume al pasar
por la huerta donde estaba el manzanal del médico, los del berral, los de la
pobeda y el olor del gallinero y del bardal, calor humano. Largas tardes de
trilla bajo el resistero de agosto y los fríos de las heladas mañanas de enero
cuando jugábamos al Zorro pico zaino en el callejón. Aquí está, o infancia
representado en la sonrisa triste de este castellano que labró la tierra con
coraje y que nunca salió de pobre. Recuerdo que mi abuelo Benjamín me reñía el
pobre porque, amigo que me era yo de su hijo Vicente Delegado que por cierto
ahora es millonario y se lo ha ganado trabajando en la construcción – es la
mejor herencia que pudo legar este hombre de Fuentesoto a sus hijos: la
laboriosidad, la hombría de bien, a sus descendientes- me hacía el roncero e
iba a su casa a que me dieran de merendar, lo que llamábamos “tomar pan”. -Son
pobres- decía el abuelo - ¿A qué tienes que ir tú a casa de nadie? A los ocho
años no se comprende bien lo que significaban estas cosas pero yo no me separaba
ni a sol ni a sombra de mi amigo Vicente que andaba con las albarcas y conocía
el nombre de todas las flores del campo y todos los árboles y me enseñaba
muchas cosas que después no he conseguido aprender en los libros. Para mí
Vicente era una especie de dios. Gracias a su protección no me sacudían estopa
los chicos del pueblo que eran algo brutos y a mí me tenían por forastero y no
me admitían en ninguna cuadrilla. La merienda consistía en una rebanada de pan
que la Vicenta sacaba del arca y un casco de cebolla. ¡Qué bien sabía aquel
pan! Manjar de dioses. La casa estaba frente por frente de la de mi abuelo al
otro lado de un arroyo de aguas bravas y las carretera por donde pasaba el
coche de línea y a mí me impresionaban aquellas puertas carreteras de pino
envejecido talladas a flor con una azuela y el picaporte que era un furaco de
roble. No encajaba del todo bien y debiera de tener sus doscientos años. Era de
las primeras del pueblo cuando el pueblo por orden de Carlos III y pasados los
baticores de la Reconquista fue edificado en aquel barranco. Antes estaba
situado en lo alto de un cerro pelado. La iglesia que debió de ser de tiempo
muzárabe con algo de románico y de gótico se convirtió en cementerio. Un
cementerio a la que le escoltaba una olma milenaria aunque abajo en el soto
había otra que era mucha más vieja bimilenaria y a lo mejor coetánea de
Virgilio y de las legiones romanas que también debieron de acampar en
Fuentesoto cabe a la fuente en el roquedal a la que nadie conoció secarse.
Salía un raudal impresionante en la que llenábamos los cantaros y los botijos.
Los cantaros o hidrias eran cosa de mujeres. A los chicos nos estaba reservado
el derecho de implar el botijo. El agua hacía gluglú y era como estar delante
de un cristal. Abajo los cantos rodados parecían perlas. Las mozas solían
entretenerse más de lo conveniente con sus novios y en el pueblo se decía
cuando se veía a un mozo y una moza juntos cerca de la fuente “esos ya hablan”
para significar que habían formalizado las relaciones de un eventual noviazgo.
Al Tío Pedro Delgado le tengo grabado en mi memoria siempre camino de misa el
pobre andando con dificultad camino de misa ayudado de dos cachavas. El reuma
hacía estragos en aquel barranco insano y húmedo. No sé cómo pudimos sobrevivir
a aquellos años de hambre, de dificultades y carestías económicas de posguerra.
Como era pobre sus pantalones de pana los lucía como los escaques de un tablero
de dama un remiendo de un color y otro de otro y el tapabocas o bufandas con el
que se guarecía de los cierzos malignos en aquel valle de tantas corrientes –
el clima era rigidísimo- muy zurcido por la Vicenta que era hacendosa y todo lo
apañaba. Era muy creyente como mi abuelo Benjamín de una fe vieja y rancia.
Además de primos eran amigos y se sentaban en un banco de madera nueva que
parecía un arca al lado de la sacristía detrás del Tío Bernardo y el Tío
Gregorín los mayores, los ancianos del pueblo. El Tío Bernardo fue alcalde.
Nunca he visto envejecer a la gente en medio de tanto respeto y dignidad. ¡Ay
aquel cristianismo sólido simple sin demasiadas alharacas de aquellos años! Fe
de los ancestros muzárabes. Fuentesoto era vigilado por la presencia de la
muerte. Aquella torre del viejo cementerio románico presidiendo la vida comunal
no se nos despintaba jamás. Ahí tenemos que ir. Ahí acabamos todos. En ese
cementerio del que he escrito bastante pues es una joya arquitectónica y en el
que en los años 60 descubrí cruces templarias. Fuentesoto estaba en el limes o
frontera. Se fraguó en la lucha contra la morisma. Cuando acabamos con los
sarracenos nos seguimos haciendo la guerra los españoles contra nosotros
mismos. ¡A ver qué vida! En este rostro de Pedro Delgado añoro el tiempo que se
fue cuando la vida era más sencillas, no había tantos egoísmos ni envidias.
Pobre y cristiano viejo. Como yo he querido siempre ser pero hidalgo. Una
hidalguía que ha fenecido en la vieja Castilla que “face los homes y los
gasta”. Lo dice el poema del Mío Cid. Y en este rostro apergaminado del Tío
Pedro está escrita un poco nuestra historia. Recia. Hecha de sufrimientos y de
austeridad y de fríos cierzos a los que se combatía con el tapabocas. Y ardores
de agosto en la obrada o en la trilla que aliviábamos con agua fresca del
botijo y el vino del barril que nunca faltara. En casa de mi abuelo que era
labrador rico este elemento no faltaba y algunas veces le mandaba con mi amigo
Vicente y conmigo un jarrillo de vino de la cosecha y a veces hasta una
cántara. -¡Pobres!-decía el Tío Benjamín- El caudal no les alcanza. Mi abuelo
Benjamín cuando iba a las tierras se metía al coleto dos y hasta tres botellas.
No le hacía daño. Nunca lo vi borracho. Y es que aquel vino que yo he buscado
por muchas tabernas del mundo sin encontrarlo, daba fuerzas. Era verdadera
sangre de Cristo. Vino autentico de la ribera. Un Vega Sicilia siempre a
nuestra disposición. Aunque pobres éramos ricos. ANDRES LAGUNA DEFENSOR DE LAS
TRES CULTURAS ( Lanza, 13 de noviembre, 1994) Viaje a turquía es la novela
principal del médico segoviano Andrés Laguna que no por poco conocida es menos
indicada para entrar en la problemática del siglo XVI amen de entrañar una
actualidad palpitante en grado de profecía. Los problemas abordados entonces
palpitan en la Europa y en la España de hoy: el misterio del surgimiento u
difícil convivencia de las tres religiones monoteístas con una historia por la
cual corre la sangre y que está plagada de suspicacias y de prejuicios. En el
nombre de dios. Se dice que en nombre de dios se han estado matando durante
siglos. Esto es cierto sólo en parte. Detrás de las diferencias teológicas
subyace un conglomerado de intereses creados de matiz económico. Pero hay sobre
todo miedo al otro. Al que es diferente. Al que reza de otra forma, no viste
igual, coime diferente y tiene otros hábitos o una pigmentación diversa de la
piel. Viaje a Turquía está escrito en una prosa tersa amena y llena de encanto.
Rehuye de la retórica en la cual suelen incidir nuestros clásicos. Resuma
tolerancia y humanismo dentro de un retablo narrativo en el cual no faltan ni
la resignación ni la irreverencia de las gran novela picaresca. Traza una
panorámica en la cual los judios los moros y los cristianos viejos y nuevos a
veces se odian a veces se desprecian se man o se entienden bajo cuerda.
Constantinopla (Istambol para los sefardíes) siempre estuvo en el corazón de
España. Bizancio es el sincretismo de Mahoma de moisés y de Jesús de Nazaret y
un salpicón de razas y de culturas. El libro está escrito en plan gran
reportaje redactado sobre una prosa amena y nerviosa que refleja el mundo de
1557 y que parece haber sido escrito ayer. Cristóbal de Villalón pseudónimo
bajo el cual se oculta el humanista segoviano y médico del emperador Carlos v
Andrés laguna hace la relación circunstanciada de la vida de un galeote de su
dieta de su higiene precaria que no era óbice para que todos estuviésemos buen
músculo. Tomaban bizcocho remojado con algún refresco aceitanas y miel. Habla
de lka hedentina y del olor a humanidad sudada y sobada en los sollados
malolientes y sudados de los fayados o salas de maquina de las galeras donde se
trajinaba a golpe de rebenque. Los piojos las pulgas y la liendre estaban allá
abajo. Era el mundo de galeras. Cada embarcación iba comandada por un patrón o
capitán y un cómitre un alguacil y un escribano 50 ballesteros y 20
arcabuceros. Todo ellos eran gente de cubierta. Abajo en la mazmorra estaba la
chusma 150 forzados bajo la mirada del arraez o capataz al que cumplía la
obligación de “arrear” el remo haciendo triscar la tralla o rebenque. A los penados
o bogavantes sentados en los bancos de proa se les denomina proeles. A los de
popa espalderes. Tras ser apresada la escuadra del emperador consistente en 37
navíos y más de tres mil cristianos entre marineros y gente de guerra el
protagonista pedro de urdemalas relata su odisea y nombra todos los puertos en
los que atracan el bajel g. Cárcel del turco: Estambul Patras Lepanto puerto
león Gallipoli. Llegados a su punto de destino los cautivos se convierten en
esclavos del bajá. A fuerza de ingenio simpatía y derroche de astucia y no
pocas dotes de simulación pedro de urdemalas logra abrirse camino y sobrevivir
en la Constantinopla de mediados del quinientos. La urbe fue tomada por los
turcos en 1453. al principio los imanes fueron tolerantes con los cristianos
que según hace notar laguna en su obra es una religión superior y eso lo decía
un converso pero humanista aspiraba a un cristianismo evangélico. Dice que esta
religión resulta un verdadero grano de mostaza que crece y arraiga en fortaleza
en tiempos de persecución. Es la idea que repetiría después Nicolás Berdiaeff.
Es el misterio de la ortodoxia como mansa fuerza de choque contra el hervor de
las sectas que subsiguen a los furores luteranos y a todas las herejías habidas
y por haber. La idea de defensa de la ortodoxia fue puesta en orbita por un
judío como enseñanza moral para un catolicismo demasiado pagado de sí mismo.
Andrés Laguna constituye una de las grandes torres de la literatura castellana.
Era un converso insistimos nada tolerante y dogmático a diferencia de otros que
llevados de un futuro de tornachaquetas los arrepentidos los conversos en el
sentido peyorativo de la palabra que damos los españoles a aquellos que hacen
cursillos de cristiandad y se vuelven más papistas que el Papa o los que dejan
de fumar y se trastornan casi maniacos acérrimos contra el e3ncendedor y la
cajetilla. Lo dice una de las lumbreras de nuestro siglo de oro y cuya
personalidad me atrae cada vez más. Esa furibundia que alcanza el grado de
furibundia donde las ideas alcanzan un grado personal y no hay mas que entrar
en los chats de religión y en los foros de ateos sobre cuyas teclas y pantallas
se dibuja la nariz corva las espaldas cargadas de Torquermada. Pero ello forma
parte del misterio de la historia de España. Tanto laguna que fue profesor de
hebreo y de griego en la universidad de Alcalá de henares como Cervantes no se
cansaron de ridiculizar a los orates pero con la iglesia hemos topado sancho. A
causa de estos tornadizos la vida española de antemano siempre precaria a causa
de la envida y la emulación debió de volverse difícil. Menudearon las denuncias
al santo oficio. Se barrían herejes debajo de la alfombra se vigilaba las
costumbres sospechosas y los escritos y las palabras de los dómines eran
analizados con lupa. Laguna debió de pasarlo mal y volvió a sus hierbas y a su
cirugía. Castilla era un hervidero de fervorines mesiánicos. Las aguas del río
se había saludo un poco de madre al cabo de los movimientos comuneros y de las
germanías que tenían una raigambre social de denuncia contra los poderosos
nobles flamencos como Adriano de Utrecht pero eran de cuño religioso y una
maniobra de ida y vuelta que preconizaba el advenimiento de la reforma. En el
reino de valencia las germanías estaban impregnadas de una cargazón
revolucionaria inusitadas y en Castilla se empecinaban algunos exaltados
frailes en anunciar la llegada del fin del mundo. Al emperador lo consideraban
el anticristo. Cervantes trata de no entrar al trapo con la frase que citamos
más arriba. Pero el medico segoviano tanto en el Crotalón como en su viaje a
Turquía se muestra decididamente anticlerical. Y apunta una idea que luego
habría de remachar el padre isla en su Fray Gerundio con esta ironía que es una
verdadera perla: Necesitamos púlpitos de acero en España que de otra forma los
furibundos y malhadados clérigos todos lo hacen pedazos a voces. Parécele que a
porrazos han de defender la fe de cristo. Feijoo trillaría en la misma parva
poniendo en ridículo a los escolásticos con un siempre las mismas voces las
mismas disquisiciones los mismos razonamientos en los paraninfos. Y esta
postura de profunda religiosidad alegría de vivir y deseos de poner enmienda a
los errores de sus contemporáneos le vuelve sospechoso de disidencias y es
posible que el lazarillo de Tormes saliera de su pluma. Estamos ante una de las
mayores obras de las letras castellanas solo parangonable con el Buscón y el
quijote pero ¿Andrés Laguna? No quiso firmarlo. Lógico. Los sabuesos del santo
oficio andaban a la caza. En el estilo se percibe la donosura y llaneza la
campechanía de los segovianos y Laguna era segoviano a machamartillo mucha
sorna inteligente buen talante y donoso en el decir y algo redicho. Su viaje a
Turquía no es sólo una interesante novela de aventuras y un puntual tratado de
geografía en un tiempo en que los conocimientos de otros países eran mítico y
la noción que se tenía de Bizancio era como referente de los libros de
caballerías. Por eso es de una solercia literaria impresionante y magistral su
descripción de las costumbres de los monjes del Monte Athos con sus cinco
cuaresmas, la vida cenobítica en cavernas escarpados, el rechazo a la presencia
de la mujer porque en los monasterios no se admite la presencia de ningún
animal hembra. Al propio tiempo indaga sobre el alma humana y retrata la
mentalidad de los españoles de su época. Tiene la costumbre el español,
observa, de olvidar de su patria, bendecir lo extranjero y tratar mejor a los
forasteros que a los indígenas, cuando repasa los Pirineos. En las mismas
seguimos y esta observación la hace un autor del siglo XVI. Torrezneros La
verdad es que somos un poco torrezneros. Por sus páginas desfilan vizcaínos que
ya por esa sazón eran los mejores marinos de la escuadra “gente amiga del buen
comer que habla mucho y atropelladamente opero que es muy noble. Hablar
atropelladamente. ¿No será esa una herencia vasca adherida a nuestros genes?.
La ponderación y una cierta ternura y compasión ante los pecados ajenos son la
mejor cura que propone el galeno segoviano a lo males nacionales. Andrés Laguna
no se calla un pelo y canta las verdades del Barquero con ese desparpajo y la
franqueza que caracteriza a los hombres de su tierra. Viaje a Turquía fue
escrito en 1558 el año de la muerte del Emperador. Su autor combate el
oscurantismo y la superstición. Era amigo de Erasmo y de Luis vives y con las
hierbas oficinales que conocía bien pues ya desde niño salía a comerlas a la
zona de Tejadilla y que maja con el mortero hace autenticas maravillas. Las
enfermedades más difíciles no se le resisten a sus curas homeopáticas a base de
centaura y escamonea una plantas que crecen en los campos de Segovia. La
escamonea le fue bien al cesar para su gota pero no tuvo el remedio que éste le
pedía para curar la impotencia. Carlos V según sus cronistas acudió a la
santería y fue a ver a una saludadora de Cabreros que decía realizar maravillas
con los desganados pero el emperador que quería tener hijos y aunque la buena
vidente le dijo que viviría treinta años y podría engendrar más niños moriría
al cabo de poco tiempo en una húmeda celda del monasterio de Yuste. La medicina
a Andrés Laguna le salvó la vida pues estando cautivo en Constantinopla fue
requerido por el sultán al que desembarazó de unas fiebres y este en pago le
otorgó la carta de la libertad. Curandero de su honra el doctor regresa a
España visitando Paris y los países bajos. El viaje de vuelta no fue nada
sencillo. En Grecia hubo de disfrazarse de monje y visita una de las tebaidas
más celebradas de la cristiandad: el monte Athos. Allí recibe protección del
idumeo y es el primer español que consigue poner el pie en cada uno de los 22
monasterios que conforman esa laura. Son los “papas” o “popes” los que le
libran de otra persecución de los turcos. Enjundiosas son sus reflexiones sobre
las diferencias entre la iglesia griega y latina pues dice: Ellos viven a la
evangélica. Sus iglesias son pequeñas y no tan fastuosas. No hay canonjías ni
prestameras o beneficios eclesiales y viven de lo que el pueblo quiera dar.
Siempre andan haciendo santiguadas y tocando la tierra con la frente y cantando
kyrie eleison. Y sus oficios son muy largos como nuestros maitines en
Nochebuena y dicen en todas las misas las oraciones que nosotros sólo decimos
en Viernes Santo . Tienen cuatro cuaresmas y a la de la pascua de resurrección
llaman gran pascua. Es la mayor y mejor fiesta del mundo. Todos se besan unos a
otros y se saludan con la frase de Xristós anesti a lo que responde el otro:
alithos anastasi (Cristo resucitó... verdaderamente ha resucitado” La obra del
inmortal galeno segoviano, entomólogo y botánico aparte de un gran escritor
corografico se puede codear con los grandes de las letras castellanas pese a
ser un autor poco conocido. Todo un humanista por lo que su lectura se hace del
todo recomendable. Los tiempos de cambio que le tocó vivir son muy parecidos a
los actuales. Este hombre galaxia Guttemberg se convierte en un prometeo de la
galaxia MacLuhan. ¿Qué hubiera sido si Laguna llega a conocer Internet y
Aprovechado sus inmensos recursos? El viaje a Turquía parece haber sido
redactado ayer mismo y haber salido calentito de las planchas que entonces se
decían tórculos. Sus libros son una buena pagina Web. El paso de los siglos no
las hizo perder nada de su primitiva frescura. Por su fascinación ante lo nuevo
y su tolerancia ante otras culturas su amor por la belleza y la verdad y por el
humor casticista que le caracteriza. Es el suyo el humor de los sabios. EN EL
DIA DEL GLORIOSO ESTEBAN PRIMER MÁRTIR Protomártir ( de protos, primero) como protagonista,
protomedico, protoplasma, lo primerito, como la gtorre de san –esteban aquella
que levantga sobre los cielos de Segovia su aguja al cielo igual que una
espingarda. Permitió dios que el primer mártir cristiano derramara su sangre
ante los verdugos de la sinagoga y eso es figura de un significativo simbolismo
sino que es también un vaticinio de los aconteceres del mundo cuando empieza la
segunda década del siglo XXI. Quizás muchos no hayan reparado en el mismo y
otros- pñor desgracia en este cupo está el Vaticano- miran para otro parte y
echan balones fuera cuando ayer día de san Silvestre de 2010 y ewn una iglesia
de Alejandría, la ciudad egipcia que después de Antioquia constituyó las
primeras comunidades eclesiales en el siglo II fueron masacrados treinta
cristianos y otros tanto resultaron heridos que asistían a una misa de
medianoche. No basta con condenar el terrorismo venga de donde venga con vagas
palabras y gestos ineficaces como ha hecho esta mañana Benedicto XVI esta
mañana dia de la circuncisión del Señor sino aludir a las causas. Está visto
que nadie se atreve a poner el dedo en la llaga pero a mí me duele el
holocausto de esos buenos marinitos asesinados en misa. Han seguido el mismo
camino del cielo que inició san Esteban. Vidi oculos apertos et Christum
stantem… Domine, ne statuas illis hoc peccatum. Inflamado por el espiritu de
Dios confundía a los de la Sinagoga más allá de lo que pudiera tolerar su
soberbia ENRIQUE IV Y LOS JUDÍOS Se ha intentado comparar a enrique cuarto mal
llamado el impotente con Carlos II el Hechizado pero todos los historiadores
son contestes de que no puede haber parangón tal. El Trastamara era valiente-
fue el primer monarca que devolvió a España el peñón de Gibraltar y resultó
herido en la toma de Archidona al poco- vicioso amante del vino y de las
mujeres aunque es posible que también de los mozos y la sospecha de su
bisexualidad no probada habrá de ser investigada por los investigadores, muy
poco rezador y su amistad con los moros le hace ser sospechoso a algunos de sus
contemporáneos de sectario de Mahoma. Le gustaba la caza, correr toros y cañas
y más de alguna vez se le vio en algún torneo sobre el palenque pese a su
horror a la sangre por las heridas inferidas en el asalto a las almenas de
Archidona. Mientras el Austria era un imbecil y un caso clínico de los
desastres a los que puede llevar la naturaleza: enano, casi deforme y
supersticioso, puesto que creía en fantasmas y en aparecidos. No Enrique IV no
fue el baldón de la monarquía absoluta ya que en su época de convulsiones,
revueltas y aventuras se crearía el germen de la unidad de la patria. Su
hermanastra Isabel va a recoger el testigo. El más calamitoso reinado que
convirtieron a España en una caricatura de sí misma fueron dos: uno absolutista
con trazas de constitucional el de Fernando VII y otro constitucional con
trazas de absolutista el de Juan Carlos I al que puso Franco. Éste no solamente
no ha recuperado Gibraltar sino que entregará Ceuta y Melilla a su primo el
alauita y puso el país a los pies de los caballos norteamericanos que estampan
sus cascos apocalípticos contra el empedrado internacional; la eventual
secesión de Cataluña, el pavoroso desempleo juvenil, la llegada en masa de
inmigrantes de todos los rincones del planeta y seres tan despóticos y
repelentes como Esperanza Aguirre, aznar don José Mari, ZP, Federico Trillo,
Bono don José, el Chavez, Rajoy don Mariano soplando gaitas y doña Trino la
colona la canilleresa que pasa la mano por el lomo a la Obamesa y por supuesto
Rubalcaba, ZP, y ese león de Grau catalán arbitro de todas las instancias y
caldo de todas las salsas Pujol el caganer, que recuerdas a los antiguos
validos medievales siempre a la caza de un momio y defensores cada uno de su
parcela local para afianzar la privanza. Con don enrique España aun en agraz se
estaba fraguando mientras con don Juan Carlos se descompuso y esto parece la
corta de los milagros trufada de una turba de soplones y aduladores: Herrera en
la Onda, los malditos tertulianos como Fernando Jáuregui, Pilar Cernuda y la
cohorte de cantamaañanas que se configura con el enano Lucas el de las radios
de la mañana hasta llegar a don Herrera en la Onda que iba para cantante y se
quedó en radiofonista. Todos ellos nos machacan las meninges o nos aterrizan
los ojos con novelones de gran calado como los de Carmen Navarro la hija del
Yale o los folletines de Pérez Reverte, haciendo gracia al lector de mencionar
a los de la telebasura y la prensa del bulevar en cuyo pináculo se encarama el
áulico Hola, protolameculos nacional donde manda un cura astur que de primeras
era republicano y al que conocen con el alias del Hormiga, con todas las
revistas del colorin detrás. Entre unos y otros dejaron a España y a la gran
cultura española convertida en un patatar lituano. Y todos estos buitres,
epitome de la ambición y las ansias de poder dejan muy pálida la esferas de
aquellos maestrantes y magnates de la nobleza castellana de la decimoquinta
centuria castellana: el primado Carrillo, renegrido, petizo, violento,
infumable eclesiástico, los obispos de Coria y de Mondoñedo, don Pedro Girón,
don Suero de Quiñones el del paso honroso del orbigo, el duque de Betanzos y
otros muchos de la cuadrilla. El solo hecho de haber ganado la plaza de
Gibraltar al año siguiente de ser coronado debiera de hacer del Trastamara uno
de los monarcas más honorables del elenco. En cuanto a lo de impotente vayamos
por partes. Es un hecho ineluctable que se enamoró de una azafata portuguesa de
su segunda mujer doña Juana de Portugal que se llamaba doña Guiomar de Castro.
La reina la echó fuera de Segovia pero doña Guiomar siguió siendo visitada en
Arévalo donde la puso casa y otro de sus romances lo tuvo nada menos y nada más
que con la abadesa de un monasterio de Toledo que se llamaba sor Venidle. Entonces,
¿de donde le viene tanta infamia? Muy fácil. Sus relaciones con los judíos
adquirieron un sesgo poco favorable porque ya en tiempos de su padre últimos
años del reinado de Juan II se produjo el ultraje sacrílego de las sagradas
formas en la iglesia de San Facundo que conmovió a la ciudad. La hostia que
hervía en un caldero de la sinagoga empezó a subir por el aire y se produjo el
llamado milagro de la Catorcena. Parece ser que tales actos sacrílegos suelen
producirse cuando los judíos tienen mucho mando y es suceso continuo y
lamentable en la España de 2011 al igual que lo era en la España de 1418: quema
de las puertas de la iglesia católica de Santa Catalina en Majadohonda,
atentado contra varios templos de Barcelona, robos de copones en los Carabancheles
y así sucesivamente. El hecho en la Segovia del siglo desencadenó toda una
conmoción popular. Esa enemiga o animadversación no sé si justificada pero real
tenía un trasfondo económico porque los judíos eran los alcabaleros y freían a
impuestos a la comunidad. Por otra parte se daba el hecho curioso de que los
hijos de Moisés se bautizan aunque en privado sigan practicando las Ley Vieja.
Este parece ser el caso de Alonso de Palencia burgalés que era algo pariente de
Pablo de Santamaría el rabino de Burgos que convertido a la fe de Jesús llega a
arzobispo y su hijo Alonso de Cartagena al que se atribuyen las Coplas del
Provincial y que sería obispo de Málaga era pariente de Palencia. En ese
contexto habría que examinar el origen de las opiniones que vierte contra el
soberano embadurnadas de contumelia y de hechos reales. Medias verdades. Su IV
Década alude a las indecisiones y los calamitosos sucesos su paternidad que
reconoce su propia mujer doña Juana en Buitrago cuando es interpelada al
respecto por el cardenal de Albi cuando iban a casar a la Beltraneja con el rey
francés pero pasa por alto el que plantara por vez primera vez el pabellón
castellano en la Roca de Gibraltar y amen de eso fuera el promotor de las
guerras de Granada. Mucho apreciaba a los moros porque hablaba el árabe y había
adoptado algunas de sus modas o lucía en el campo armas arábigas pero fue el
primero en darse cuenta de que la unidad nacional tendría que tener un
trasfondo de unidad de las tres religiones a la sombra de la cruz. Su hermana
Isabel recogerá esa antorcha. GERMANA DE FOIX Y LA UNIDAD DE ESPAÑA Se cumple
el quinto centenario de la famosa Concordia de Salamanca, un hecho que a pesar
de su trascendental magnitud en medio de los azorados meses que corren y lo
corto de vista que nos hemos vuelto los españoles, obliterando nuestro pasado
y, amnésicos, en ese intento contumaz por consumar el legrado de memoria de una
vida en común, suicida actitud (vayamos paso pues a muchos los árboles no les
dejan ver el bosque) permanece en el olvido. Sin embargo, en virtud de esta
entente cordiale y el convenio matrimonial de Fernando el Católico con la
sobrina de Luis XII se sella un armisticio con Francia que va a informar toda
la política exterior de los Austrias: los matrimonios de conveniencia y por
razón de Estado que serían múltiples desde el día de san Matías de 1500 en que
nace el emperador Carlos hasta el de Difuntos de 1700 cuando expira en Madrid
Carlos II el Hechizado. Princesas de la Casa de Valois para los herederos de la
corona imperial castellana, príncipes de Asturias, a la recíproca, que marchan
a París a buscar novia, Pacto de los Faisanes y aquellas famosas nupcias de
Felipe IV con doña Isabel de Valois, su legítima en medio del gran harén en que
no faltaron marquesas, esposas de sus privados y hasta monjas del convento de
San Plácido y una cómica, la Pacheca, pues Marañón dice que el bueno de don
Felipe Cuarto era de una sexualidad tan exaltaba que rayaba, casi femenina, en
lo patológico esto es insaciable: se le contaron cerca de cincuenta hijos
naturales. Francia siempre Francia. Detrás de los Pirineos se alza el gran
antagonista de los castellanos. Rivalidades sin cuartel. Fernando de Aragón que
no tenía un pelo de tonto fundamenta esta alianza nupcial con el francés la mira
puesta contra Inglaterra, cuya enemiga hacia nosotros también fue proverbial y
que empezaba ya a mostrar -es el otro gran refractario de los intereses
hispanos- y donde el rey Arturo había engatusado a su yerno, Felipe el Hermoso,
en una alianza antiespañola. Había prevenido una escuadra para conquistar
Fuenterrabía. Fernando se adelanta a la jugada y afianza el respaldo del
Palacio de Blois. Luego no cumpliría la mayor parte de sus promesas pues era un
redomado político pero debió de pensar que París bien valdría una misa. Así
aventaría las desconfianzas del Palacio de San Juan de Letrán. El papado, un
hecho paradójico, siempre cargaba el carro delantero del lado de Francia. En
menoscabo de España, que para eso era Francia la hija preferida de la Iglesia.
Doña Germana de Foix no fue una mujer feliz. Su marido la tuvo un tanto
arrinconada. El infante que nació de la unión nació muerto y pasó la vida como
una reclusa en Arévalo donde la llamaban pinguis et bona pota por su afición a
la buena mesa. Que le gustaba empinar el codo, vaya y para como era algo coxa
según dicen las crónicas. Consultando minutas del Archivo Municipal de Arévalo
hay algunos documentos que constatan el malestar de la corporación del concejo
por la oneroso de la fiscalidad que sobre los hombros de los vecinos recaía a
causa de la inclinación de la francesa por el dispendio y los banquetes. ¡Viva
el lujo y quien lo trujo! En aquella corte fue paje o menino nada menos que
Iñigo de Loyola antes de su conversión y debió de pasárselo muy bien de mozo
gozando de la vida galante arevalense y cometiendo pecados según él escribe en
sus Ejercicios que lloraría toda la vida. Le salieron al santo surcos por la
mejilla a causa de las lágrimas de arrepentimiento por las calaveradas de su
disipada mocedad. El rey ya digo, viudo y algo botarate, no le guardó lutos
largos a su primera esposa Isabel de Castilla. Era 36 años mayor que Germana.
Sin embargo, la política en este maquiavélico personaje uno de los mejores
políticos que en este mundo han sido conservaba prelación sobre el amor. En
1505 se suscribe el Pacto de Blois con la corona de Aragón y los protocolos
vuelven a sellarse en la Concordia de Salamanca con la de Castilla meses más
tarde muy cerca de la casa donde se acaba de celebrar la tan traída y llevada
cumbre iberoamericana. Este hecho de una magnitud sin precedentes va a
apuntalar la unidad de España conseguida en 1492. La corona de Aragón por
aquello del tanto monta, monta tanto, y por lo que decía Gracián aragonés y
español soy hasta la gola que la libertad siempre fue española va a jugar un
papel relevante en esta unión de los reinos. Venimos un poco de las barras que
llaman catalanas pero que en realidad son barras de Aragón. Dicho reino con el
de Navarra - todos los historiadores son contestes- es el artífice de la fusión
de las tierras de España primero con el Compromiso de Caspe de 1412 y más tarde
con la Concordia de Salamanca. La boda no se celebraría hasta el año siguiente.
Germana es proclamada reina de Aragón y de Nápoles. Los primeros once años
fueron felices pero a la muerte de su esposo que testó a favor de su hija doña
Juana al quedar Germana sin sucesión quedó relegada la pinguis et bona pota en
su palacio de Arévalo que yo he ido a visitar varias veces y está en ruinas
acusando los estragos del tiempo pero aún le quedan las dovelas del arco de su
puerta principal. ¿Qué fue de aquellos saraos? ¿Qué se hizo de tanto señorío?
Una melancolía manriqueña me dominaba cuando pasaba por debajo del famoso
postigo de Alcocer en la villa arevalense, uno de esos lugares cuyos manes
siempre me fueron propicios a mí que he sido un impenitente defensor de la
unión y la concordia entre españoles. Además, en su castillo pasó su infancia
la gran reina de Castilla y el poso de aquel temblor, de aquel gran sueño creo
que aún vibra en el airE Cisneros, aquel fraile correoso un perro fiel a quien
sus enemigos denominaban la “galga en pieles” fue cicatero con la reina viuda y
le cortó el grifo de los dineros dejándole una escueta pensión que le
impidieron llevar el tren de vida que había llevado hasta la muerte de su
esposo. El fraile franciscano temiendo bandos y una insurrección de los
partidarios de Germana de Foix la tuvo bajo vigilancia. La reina en realidad
era una reclusa en su jaula de oro del palacio de Arévalo. A la muerte de
Cisneros en 1519 vuelve a casar con el Duque de Brandenburgo. Enviuda y
matrimonia con el Duque de Calabria que recopiló una de las bibliotecas más
famosas de la cristiandad. Germana de Foix acaba sus días en Valencia el 18 de octubre
de 1538. Siempre se relegó un tanto su memoria porque algunos cronistas
pensaron que la sombra de Isabel pesó sobre la francesa como un maleficio. Ello
no obstante, su vida romántica y novelesca, está ahí y constituye un desafío
para los novelistas. Tampoco los cultivadores de la novela histórica han sido
demasiado generosos con su figura. Sin embargo, el reto queda en pies para el
que quiera contar la vida de esta francesa que fue protagonista de uno de los
capítulos más interesantes de la historia de España. Por supuesto, tuvo que
aguantar las infidelidades de Fernando el Católico que siempre fue algo
putañero pero ella tampoco perdió el tiempo como aducen los testimonios de la
vida galante, una verdadera reina del Renacimiento, en Arévalo. LLANTO POR UN
UROGALLO. Otro ataque. Por lo visto respiran por la herida. Estábamos
condenados al silencio ese silencio espeso y mazorral como la sangre municipal
que se enriquece a golpes de ladrillo y de hiladas de plomada. Me hubiera
gustado ser albañil más que archivero pues la literatura nos condena a la
pobreza pero no a la pereza que nada tengo de haragán y en mi vida en lo mío
trabajé una burrada. Ahora después de lo de Marbella le toca al norte y todo
son casas. Están construyendo la gran carrilana que perforará el monte de los
abedules los maestros del gran diseño cartabón en ristre. Me repliego en mi
solipsismo en esta mañana de noviembre dorada cuando después de la cencellada –
el rocío posó esmeraldas y diamantes en los tallos de la hierba- cavo en el huerto
y tengo una visita. Primero un malvís y luego una urogalla. Dejo la azada y
contemplo a este ave como el que asiste a una visión. Es una hembra. Está a
siete u ocho brazas de mí la cresta encarnada el plumaje entre azul y grís y
una cola zanquilarga cimbreante y bien señalada. Cacaracá. Cloc cloc. Bajó a
comer desde las cumbres del Aramo y picotea entre los valles. La proximidad de
la marina no la asusta aunque bien se ve que es bravío y con querencia de
montaña. Desaparece y ando tras ella furtivo animalito del Señor. ¿De dónde ha
salido la pava? Rara avis. Dicen que está en extinción. Cuando construyan la
gran carretera adiós. Me hubiera gustado ser san Francisco para hablarla en su
idioma. ¡Somos poca cosa la verdad! Reparamos ordenadores, hacemos sesudo
balances de la situación política, y el teléfono móvil, el vis a vis y el oreja
a oreja cual mando a distancia, va por el mundo a mano alzada y todavía no
entendemos el idioma de las aves. Hay un acebo cerca de mi casa que lo visitan
con frecuencia y a veces tentado el urogallo esplendoroso por la vanidad de
toda hembra por la curiosidad o la llamada de la sangre se acerca al nial de
las gallinas que Iturripe ha construido en el establo. El gallo se alborota
enamorado pues un masto de ese calibre que tiene bien cubierta a su pollada
debe de estar harto de todos los días patatas y montar a una urogalla debe de
ser para él como cepillarse a Sofía Loren, pero no puede ser. La ferralla
metálica impide la componenda de una parada nupcial en condiciones que la pava
es bella, casquivana y amorosa. El gallo de la quintana de Iturripe se queda
con la miel en los labios. No es la primera vez que el gocho baja del monte y
cubre en un santiamén a las cinco marranas que a eso de los ocho meses empreñan
y paren rayones. Misterios de la naturaleza. El milagro de la supervivencia que
se produce ajeno al gorigori del humano vivir sus horas de vanidad. Después se
pierde por la trocha y al fin la veo alzar el vuelo detrás de los laureles.
Escucho el silencio del campo un silencio musical de orquesta montaraz. La
melancolía se me pasa. Sigo apañando los alcorques. Este año mi ciruelo que es
vecero y por julio tocaba nos dio casi dos serones de fruto y casi cogimos una
fartura y el castaño secular tampoco le anduvo a la zaga. Buen magosto y
castañas para dar y tomar y hasta regoldar. Siento en mi carne la hermosura y
opulencia de este paisaje que nos quieren quitar. Si machacan el monte ¿el
urogallo dónde vivirá? ¿Adónde irá a tirar la boina a enramar su nido? Una
parada nupcial de estas aves en su cantadero es el más hermoso espectáculo del
que un ser humano con el mínimo de sensibilidad pueda gozar. Para mí ha sido un
augurio de buena suerte la visión de esta mañana del Día de san Martín llega el
Adviento y las matanzas como a todo cerdo y que no se den por aludidos muchos
les llegará su sanmartín, ya que este pájaro de gran porte y de la envergadura
de una becada o algo mayor sí es huraño y no se deja ver con frecuencia pues
bien Antoñito ya has visto a un urogallo casi el sueño de tu vida. Que sigan
escupiendo mierda todos esos que nos avasallan en sus asaltos por la espalda.
Que por delante no tienen cojones. Y ahora que lo pienso y ya me pongo de mala
leche y se me pasa el solipsismo melancólico y la alegría casi el éxtasis de
mirón de la naturaleza mi padre que paz descanse decía que era tan observador
que miraba casi como un marino pues a lo mejor me compro unas botas de media
caña como el maestro Emilio Romero. ¿Y para qué quiere usted esos zapatos tan
afilados de lamedme la punta, don Verumtamen? Para atizarle una patada en to
los huevos a más de alguno. Le condenaron al de Arévalo al silencio claro está
que es lo que más nos duele (el otro día el Bibliopola barriga verde me llamó
loco y me cubrió de injurias y de escupitajos sobremanera pero ya ajustaremos
cuentas que la navaja me tiembla en bolso aunque por semejante pobre diablo non
val la pena, nin, bastante desgracia tiene con tener la mujer que le dio dios)
a los hombres de pluma pero él seguía con sus kikirikís proféticos. Era el gran
urogallo de este pobre cotarro nacional plagado de gritos y exabruptos de los
cantarranas que nos dan la vara y no son el mirlo desde la amanecida y todo el
puto día que si zetape los explosivos la kaleborroca o como se llame o los líos
de la tonadillera que tenemos un periodismo de mastuerzos el más canalla y
sinsustancia de los cinco continentes y nos hemos vueltos muy tercermundistas
con complejos de nuevos ricos. Jó. ¿Se lo merecerá España? Pero a lo que iba.
Me acuerdo del canto de esta especie en extinción y de la alabanza de España
que entonaba ya muchos siglos atrás Alfonso X el Sabio. Y la estamos vendiendo
en parcelas a los usureros. Quieren convertir nuestros predios edificables en
campos de Haceldama. Esto es nuevos corrales de la sangre para que unos cuantos
listillos de la municipalidad se forren. Traidores. Judas sigue habitando entre
nosotros. Pese a todo ya con el otoño en puertas escucho el último silbo de
este ave mayor de las Asturias entre los árboles que talarán para hacer el
túnel de la autopista. Es su canto una elegía a un mundo que se va en medio de
la incomprensión e insensibilidad de politicastros venales y de corifeos
modorros del cuarto poder. Vale ya. El mundo es ansí que diría don Pío. Pedirle
congruencia a la naturaleza humana sujeta a la doblez y a la rapacidad, la
codicia y todos los demás pecados capitales es pedirle peras a un olmo. Tampoco
pasa nada. Me he vuelto escéptico y el mi escepticismo se trasmina en
solipsismo. Melancolía. ¡Ay Dios! JOAQUÍN DÍAZ OBRA INMENSA Ya lo he dicho y lo
digo sin prejuicio de parte que los retratos de Joaquín Díaz y de don Ramón
Menéndez y Pidal, el coruñés que encontró su España Mágica en Arbás del puerto
donde el Pajares empieza a bajar, como Joaquín al que, al igual que a Clarín lo
nacieron en Zamora pero es asturiano por los cuatro costados y castellano
universal, cerros y laderas, música de rabeles y el son del requinto en la
alforja, algún romance de ciego o alguna endecha a lo zamarro, batallando con
las corcheas, fusas y semifusas, presiden mi mesa de trabajo juntos con mis
vírgenes y mis cristos, algún san miguel y san Antonio o estampas de la
indefectible Auxiliadora que dan suerte y protegen. Ormuz y Arimán en lucha
eterna. ¿Por qué se canta y por qué se escribe? Puede que para desahogarse
sobre todo los que no sabemos otra cosa que hacer, pero sobre todo para arrimar
el hombro a esta esforzada lucha del Flamígero Arcángel contra las fuerzas
oscuras y contar la realidad al descuido y al desgaire que decía Gracián que
“español soy hasta la gola que la libertad siempre fue española”. Claro que a
muchos los árboles no les dejan ver el bosque y sólo le interesa el hic et
nunc, el aquí y ahora (take your Money and run) pero la riqueza de la vida no
está sólo en esa pasta gansa, el cuatro ruedas, la segunda vivienda en el
campo, la hipoteca, la tarjeta de plástico, el tercer divorcio esto es un vivir
a lo americano que es un sinvivir pleno intereses mercuriales aunque nunca
vengan mal unos eurillos para hacer frente a la crisis que nos sobrenada. Pero
miremos un poco para arriba, ganemos un poco perspectiva, oteemos el horizonte.
El otro día me encontré yendo a Alcalá con un buen titular “Alcalá basa su
riqueza en la exportación de la lengua castellana”. Algo así como han hecho los
ingleses, que serán todo lo que quieran pero son muy vivos con Oxford y su
English, que es una industria nacional, la primera del país. Mutatis mutandis,
lo mismo se puede decir de Urueña, la preciosa villa castellana, gentes y
laderas que describió Delibes, donde tiene emplazado Joaquín Díaz sus reales y
su casa - museo etnográfico y existe la ciudad del libro, merced a una
iniciativa de las autoridades autonómicas – la diputación, la Junta- y algunos
esforzados libreros que tienden en los corros , que así se llaman las calles en
aquella villa, en un alcor, nido de alcotanes y de caballeros andantes, que es
la ciudad del libro: Alcuino de York, Alvacal, Librería Samuel, librería del
Vino, El Rincón Escrito, Alcaraván, La Punta del Iceberg, Almadía y la Boutique
del Cuento y con el soporte de José Manuel Valdés, el asturiano que fundó
iberlibro.com descubriendo un potencial mercado por Internet. Una receta para
el espíritu, aspirinas contra la dichosa crisis: libros, poemas, canciones para
vivir un poco más hacia adentro. ¿No estamos un poco vacíos? España tiene
futuro. Lo que no podemos caer en el cinismo cainita, un mal que aflige el alma
nacional. España es un pueblo que no canta. Antes cantaba y dice el refrán que
gallo que no canta… Póngame contra esta cigüa la pluma de un gallo en el
sombrero que espanten mis males. Una copla de vez en cuando nunca viene mal.
Creo que el porvenir está ahí. Lo que hace falta es un poco de reflexión. La
vida es algo muy bello y no es para pasársela viendo los mismos sitcoms o
escuchar las arengas envenenas que nos dirigen los pundits o sabelotodos de
Intereconomía, de los periódicos o de una literatura de bulevar integrada por
malas traducciones del inglés. Si somos listos y sin alharacas chauvinistas,
estoy por decir que tenemos posibilidades de que nos vuelvan a vender la mula
mal capada no ya meramente los separatistas. Me dan más miedo los separadores.
No se trata de ponerle puertas al campo sino de salir al campo a respirar
buenos aires como el que nos brinda Joaquín Díaz en toda su obra – y los que me
conocen saben que no me caracterizo por ser jabonero ni adulador, pues tuve
fama de dar leña entre los colegas de la “mediatic community” y nunca me
crecieron pelos en la lengua- inmensa con su gran equipo de colaboradores.
Volveré sobre el asunto. Sirvan estas líneas de proemio o de introducción a la
obra de este polígrafo que vive como un fraile dedicada a su obra de
investigación en un lugar desde donde se miran mejor que en Madrid las
estrellas. LA BASILICA PALEOCRISTINA DE LA REQUIJADA EN SANTIUSTE DE PEDRAZA
Todas las vegas de la provincia de Segovia son emplazamientos mágicos. Vegas de
Membibre de la Hoz. Vegas de Aldeasoña, Pecharromán, la Villa. Vegas de
Fuentesoto la pobeda de mi abuelo los guindos de la cacera, se comía una cesta
de acidillas tanto le gustaban al abuelo Benjamín. Cauces y orillas de viejos
mares ríos o lagos prehistóricos. Siempre hay cuevas y algún sitio que los
lugareños identifican con el tiempo o la tierra de moros. Que se apareció la virgen
a un pastor que se ven cosas extrañas por la noche y que en aquella ermita hubo
algún santo ermitaño que vino huyendo del mundanal ruido o de la morisma. Lo
romano se confunde con lo visigótico e incluso de mucho antes del cristianismo
cuando los hispanos éramos sincretistas supersticiosos y adorábamos a los
ídolos. Vaya usted a saber pero esto forma parte del culto a los muertos
(aniteria) que heredamos de los romanos que de estos de los lugares fastos y
nefastos sabían un rato pues sólo alzaban ciudades en aquellos sitios donde se
estaba bien. Gozaban de buen aire y de buenas aguas. Uno de estos lugares que
mí siempre me sedujo fueron las Vegas de Pedraza en Santiuste de Pedraza y en
el barrio que llamaban la Requijada. Su atrio románico a la sombra de una olma
centenaria que no sé si seguirá ahí o la han tronzado era un paraíso de paz y
serenidad. Silencio sonoro de Castilla. Las garzas que pasan volando alto. Hace
unos años en mi seilla me dediqué a recorrer estos lugares de soledad canora
adonde iba con mi padre o con mi tío en carro y se lo enseñaba a mis hijos y a
mi mujer. En Santiuste (¿San Justo o santa Justina?)debió de haber un viejo
monasterio, primero de eremitas, luego cenobitas, luego benedictinos y luego
Cister no sé hablo a humo de pajas. Hermosa piedra caliza y oronda olma. Un
tótem pero sobre todo lo más interesante fueron los descubiertos arqueológicos
que se llevaron acá en 1963 cuando se desenterró una basílica paleocristiana
con su nartex, su piscina crismal. Son los primeros siglos del cristianismo
poco antes del edicto de Milán. Todavía se perseguía a los cristianos. Lo más
probable que aquí se venerase la tumba sagrada de la mártir santa Justina a la
que mandó degollar el emperador Aurealinao junto con Felicitas su hermana. Todo
el musivario (mosicos y teselas, sigilata, arte de hacer mosaico) delata esa
antigua presencia cristiana según he llegado a saber a través del arqueólogo e
historiador segoviano Tomás Calleja Guijarro. El hallazgo de la piscina y del
nartex especie de antojana o sacristía donde se guardaban los panes y el vino
de los ágapes nos dice que por esta zona el bautismo de los neófitos se llevaba
a cabo por inmersión en grandes pilas bautismales como la que publico aqui y
que pertenece a la iglesia de Membibre. Allí se cristianaron todos mis
antepasados. En la iglesia española no se hizo el bautismo por ablución hasta
muy tarde. Una moda que se impuso en Roma pero entre nosotros el cristianismo
llegó por e3l sur desde Bizancio.Otro detalle a tomar en consideración es lo
importante que ha sido para nosotros la veneración de los difuntos – y ahora la
curia quiere suprimir el Purgatorio pues sí que estamos listos- y el rezo de
las ánimas, el oficio de difuntos. Esto es romano. En el Cid esto esta
expresado en un verso muy significativo: “Tomaron sus reliquias y huyeron por
Castilla y así la defendieron”. Cuando el invasor musulmán atacaba un pueblo lo
primero que hacía todo fiel cristiano es ir al cementerio, exhumar los cuerpos
y cargar con los restos de los antepasados evitando así su profanación. Los
huesos, las cenizas, eran algo sagrado para un romano que construían elegantes
laudas sepulcrales para perpetuar la memoria del finado. A la basílica de este
barrio de Pedraza se la relaciona con otras necrópolis excavadas en Centcelles
(Tarragona) y Sadaba (Zaragoza). Segovia estaba fuertemente romanizada a partir
del siglo II donde Trajano manda construir uno de los acueductos mayores del
imperio y concretamente por esta zona septentrional de la sierra pasaba la
calzada transversal que comunicaba la Lusitania con la Tarraconense. Esta
devota aniteria o culto a los muertos determina que las primeras basílicas
fueran mausoleo donde se reunían los familiares del difunto todos los cabos de
año –el Dia del Bien que decíamos cuando se repartía pan y vino entre los
pobres- y celebraban una comida. La basílica paleocristiana fue derruida por
Almanzor de infausta memoria que entra a saco en estos recintos eremíticos,
parece ser que quedaron pocas tumbas y esta zona los que venían huyendo de la
intolerancia muslímica en el sur les pareció un sitio seguro. Pero al siglo
siguiente ya bahía surgido una importante iglesia románica. Ahora siempre que
paso por el enclave para un momento pues me parece un lugar atractivo, mágico
porque esta santificado con la presencia de muchos santos unos conocidos y
otros cuyos nombres no se sabrán nunca. El Espíritu sigue soplando y cruza los
vientos de la historia. A veces sorprendentes o contrarios. LA CATORCENA ES
ALGO MÁGICO Yo te di una espada(I gave you a sword). Gracias por eso, Señor.
The word and the sword. Palabras y espadas y en ese empeño seguimos
lansquenetes de la palabra retornando al Alma Mater. Vientos de profecía.
Entierrate grano. Mañana serás espiga. El viento de la historia a veces huracán
otras brisa pasa página ¿Los ves? En un pocillo les estás dando de comer.
Cuando ellos van tú ya regresas. Ponen el grito en el cielo. Nietos de los
fariseos se rasgan la camisa, hacen trizas las filacterias. Se proclaman
demócratas y abanderados del contraste de pareceres pero la fortuna te guarde
de pisarles un callo. Dices que recurres a la descalificación y el insulto
cuando son precisamente ellos que carecen del sentido del humor los que te
están insultando.Otros porque les cantas las verdades del Barquero y tú se las
dices al lucero del alba, sin ir más lejos al propio Fraga cuando te vedó
escribir nada sobre Gibraltar están dispuestos a tirar de navaja. O lo que sea.
Insidiosos e instalados. Bueyes duendos de ojos romos más falsos que los denarios
de Judas que sirven, están sirviendo, para comprar campos de Haceldama. Don
Tarariri que te vi ese que gusta de enfocar el problema vasco y el catalán a su
manera, ese don Cómodo de la triste figura y que pluma en ristre la moja no en
tinta sino en vesania mejor estaba vendiendo libros en Moyano porque escribir
no es lo suyo. Se cree Shakespeare o Dickens pero no es Zola ni Flaubert ni
Cervantes ni Palacio Valdés. Es sólo la hermana San Sulpicio. Corniveleto ya
digo y mucha leña por la cabeza. Le dicen el buey suelto y es un manso. Sus
derrotes son peligrosos. ¿Qué dijo? Dijo: - Ha blasfemado. Es un energúmeno.
¿Por qué? Por defender la unidad de España. - Yo voy a lo mío. - Ellos a lo
suyo. Y nosotros a lo nuestro. - Son los de la estirpe tornadiza. Mala raza y
peor baba. Se entienden con el bereber bajo cuerda, pero con sus carros de
combate arrasan Gaza; pasan mensajes a los gudaris asesinos, sufragan el
convite de catalanas vendettas de la Campana de Huesca y tú, Verum, que siempre
viste crecer la hierba, tiras de la manta y les coges en renuncio, sus
improperios se escuchan en San Pedro Abanto, pasada la Fuencisla. - ¿Dónde
estaba el ventorro? - Allí mismo. Donde invocábamos a Fray Jarro cuando éramos
guajes y después de la novena entrábamos a tomar unos chatos y allí
encontrábamos al Tío Loco con su mandil verde a rayas y cara de palo. En ese
lugar bajo la Maximino que da sombra nos “mojábamos” a gusto viendo nadar a los
peces del río creo que fui feliz si es que la felicidad existe en este perro
mundo. - Pues había un letrero que a mí me hizo mucha gracia: más vale aquí
dentro mojarse que enfrente ahogarse. Y enfrente pasaba el Eresma. No es que
llevase mucha corriente pero sí la suficiente para dar la última aguadilla y
máxime estando pedo. - Mucho os gusta el traguillo a los de Segovia. - Sanguis
Christi inébriame. Sangre de Cristo. Laus tibi Deo que hace un mes que no te
veo. - ¿Y el corpus? - Eso es otra historia. El Corpus es un monasterio de
Claras donde ocurrió el milagro de la Catorcena. Allí estaba la sinagoga y allí
fue el sacristán de San Facundo a entenderse con el rabí y le vendió a Cristo
por treinta maravedíes de moneda forera. - Volver a empezar. Estamos en las
mismas. ¿Pero no sería un invento de la propaganda antisemita de Goebbels? No hay
datos fiables de que se produjese ese milagro. La iglesia de San Facundo hoy ha
desaparewcido ¡Pobrecillos! Dejadlos vivir en paz. Ellos son la sal de la
tierra. Que se entiendan con los árabes. Y quew la paz reine en el mundo.
Shalom - Psé. Bueno pues echaron la hostia a un caldero de aceite hirviendo en
son de mofa y de cachondeo sacrílega tenida. Al freír será el reír y algunos se
les heló en plena boca la carcajada. Como era Jueves Santo querían hacer
torrijas pero de repente entre el espanto de los presentes la sagrada forma
empezó a subir y subir hasta el techo, abrió un boquete en la bóveda y cruzando
los cielos las torres los puentes y los acueductos de mi querida ciudad fue a
descender por la Costanilla de los Desamparados hasta el convento de Santa
Cruz. En una celda estaban sacramentando a un novicio dominico. La hostia se
posó sobre los labios del moribundo y le sirvió de viático y tanto le sirvió
que a los pocos días aquel enfermito desahuciado estaba como una rosa
escribiendo latines y haciendo silogismos. - No me venga usted con historias
morunas, Verumtamen. El convento de Santa Cruz era el mismo del que fue prior
Torquemada. Deberían quemarlo. Y ya me estás cargando con el monotema. Ellos
son el Pueblo elegido. Si maldices de Israel, te empajas a ti mismo. Escupes
para arriba. Cuida de que no te caiga tu propio gargajo sobre los hombros. -
Tiene un retablo muy bonito y allí han levantando una universidad privada. Cela
fue el testaferro pero los dineros eran de la mafia. La misma que reconvierte
nuestras viejas basílicas en discotecas, los conventos en campus y asfalta la
costa al grito de “I ll buy you out” y con una buena mentalidad para los
negocios. Jesús Gil cabalga de nuevo. Tiene muchos émulos el uxamense que así
se llamaba en la edad media a los de Burgo de Osma y donde como en Hervás
judíos los más. - A este paso las fiestas de Catorcena – el milagro del
sacristán traidor y de la hostia por los aires – habrán de ser suprimidas por
políticamente incorrectas. Incitan al odio étnico. - Ni mucho menos. Exalta el
misterio de la Eucaristía. Cristo se quedó a morar con nosotros. ¿Eso les
molesta? - No sé pero lo que sí está claro es que harán lo posible por
quitarla. Debíamos organizar una rogativa o un acto de desagravio. - Ah como
recuerdo aquellas verbenas, los bailes de candil bajo los almeces de la Plaza
de Muerte y Vida o en los Corrales del Cristo del Mercado. La fiesta iba por
barrios y a cada parroquia le tocaba organizarla una vez cada dos septenados. O
plazo para renovar las células. A mi que soy bautizado en San Millán me tocó
una vez llevar los ciriales. Era un niño cumplidos los catorce. Cuando volvió a
pasar la ronda y el pasacalles tachin tacha chundara rá abandonaba la mocedad y
emprendía la madurez. Estas fiestas eran el reloj biológico del pulso milenario
de una ciudad que siempre se caracterizó por poner los paños al púlpito en loor
a Jesús Sacramentado y aquí a la tarasca el Dia de la Minerva que es la octava
del corpus la molemos a palos. - Bueno pues de hoy en un año. - Eso. Corpus
Christi salva me. Ya sabes la bella oración que compuso san Ignacio
verdaderamente un santo eucarístico para después de comulgar. Y sanguis Christi
inébriame. Emborráchame con tu sangre Señor. Pues la verdad que yo pecador de
mí la tomé demasiado ad pedem literae. Y a lo largo de mi existencia he
atrapado algunas curdas. No me las doy de santo. - ¿Conoces la parábola del
santo bebedor? - No. Ni falta que hace. - Y tanto pero quod scripsi scripsi que
dijo don Poncio Pilatos. Aquí de lo que se trata es de borrar la memoria o
manipularla. - Ya. No hay quien pueda con ellos. Son como gorriones o como
trapenses disipados duro cacarear en el coro y picotear en el refectorio. Luego
cencerrear por la Misa de Gallo. Han pasado dos generaciones. Seis papas descendieron
al sepulcro. La estema de los años arrancó unos cabellos de tu frente y apenas
ya te puedes peinar a raya. Eres ya talludito y troncal, la curva de la
felicidad hasta convertirse en la peligrosa protuberancia de la ptosis, doble
barbilla y tres papadas, enuncian tu llegada a la linde del carcamal por más
que tu espíritu se proclame joven talmente como el de un misacantano. Ibas para
canónigo y mira tú cómo todos estos te bieldan tu parva. Pero poco más. Te
dieron una espada y quince talentos. ¿Los has empleado como dios manda? No sé,
Señor. Aquí llego con mi barba cana y mi barriga. Algo atolondrado y gozoso
pero impasible el ademán. Trato de guardar tus mandamientos. Te sigo en la
distancia. Cuarenta y tantos años después y la vida sigue igual. Regreso a mi
Alma Mater. La puerta verde está cerrada pero por encima del dintel hay un
letrero en mármol gris y con caracteres desleídos que dice: “En esta Casa de la
Compañía vivió el P. Lainez”. Era el hombre de confianza del Padre General que
no se fiaba mucho de Ribadeneira el gallego que le hacía momos por detrás.
-Había otro en el grupo de los primeros discípulos de San Ignacio: Polanco. -A
ese que ni mentarlo. ¿Vale? El gran hastial de piedra gris. Por entre las
socarrenas del muro de sillares alzan su melena desangelada matas de parietaria
y el cardenillo se ceba sobre los tres bolinches que orlan la base y los lados
del triangulo de la fachada. Se trata de una iglesia jesuítica no hay más que
verla. Tan angular y biselada verdadera roca de Israel. Todas imitan al Giesú
de Roma en una de cuyas capillas nuestro padre general decía misas de tres
horas y arrobadizo pues Dios le concediera el don de lágrimas se anegaba en
llanto y en devoción. ¿Por qué lloras, Ignacio? ¿Por los pecados de la vida
pasada: caballero de Olmedo y por cortejar en Arévalo a la reina Germana? No.
Lloro porque en este cuerpo pecador se ha manifestado la gracia. Cristo será el
campeón. Y este mensaje de esperanza que plasma en piedra el monumento del
Jesús romano transmigra a todos los templos que edificara la Orden desde su
creación. La acrotera impresionante promontorio tiene una disposición
triangular en función de la espadaña que señala la recoleta plaza tiene una
disposición triangular en función de la cruz de la espadaña - estilo herreriano
neto y granito escurialense- que señala el cielo de la recoleta Plaza del
Seminario que desemboca a través de un callejón frío y batido por todos los
vientos en la de los Espejos. Más allá la de San Martín que tiene delante del
ábside un impresionante rincón medieval. Segovia ciudad mística y guerrera. Al
fondo de la exedra se alza la estatua del Comunero Bravo dando sombra al
escaparate de la tienda de Blas Carpintero el alfayate que me cosió la primer
sotana. Me retrotraigo a las tardes solaneras del otoño: becas rojas y
esclavinas al viento y un chusco bajo la hopalanda que teníamos hambre y cuando
nos daban ganas de comer le pedíamos pan en los paseos a uno que llamaban
Pénjamo y en lo alto la cabeza el bonete terceronado o juniorado según el curso
académico del alumno. Este gorro en determinadas testas era bisunto. ¿Y tú qué
me das, Nicolás? Te echarán del seminario y te darán la carta de despido en el
trabajo pues no eres archivero colegiado ni tienes oposiciones ganadas ¡Siempre
igual! Mucha democracia y muchos derechos humanos para los de fuera
naturalmente pero laboralmente he sido siempre un apestado. ¡Dios las que me
hicieron pasar! Siempre me he sentido un ciudadano de segunda mano.En este país
de carnés lo que importa es tener un título. Es clasista como la madre que lo
parió. Se iba a estudiar para ser no para saber y mi equivocación máxima que yo
me comía los libros con este segundo propósito teniendo en cuenta de que la
sangre si no entra con sangre al mismo sirve de purificación. Aprendíamos
música coral y canciones viejas al compás de compasillo. No sé si éramos
felices pero nos enseñaban el concepto de la disciplina desde un primer
momento. El bonete se alzaba a compás manos arriba cuando nos cruzábamos con
algún sacerdote. Los canónigos que acompañaban al deán don Fernando Revuelta o
el cura de Santa Eulalia que deambulaba solo y era algo zambo quiero decir que
andaba con los pies para adentro. - Aparca aquí. - No me da la gana. Buena la
hiciste. Llenaste el tanque de diesel con gasolina y el auto se te quedó en
medio de la autopista. Has jodido el coche. - De todas formas purgamos el motor
y pude llegar a mi pueblo. Cuando vi desde Juarrillos la excelsa mole de la
“aceitera” que así llamamos a la torre de la catedral mi alma se iluminó. Al
ver esta escalera del cielo. La piedra se hace llama. - El cura de Santa
Eulalia (y no me entretengas) se llamaba don Benito y caminaba escoltado por su
madre, una tía y el ama que era una moza de buenas partes a la cual los
coadjutores miraban de reojo y más de un cura la haría un favor por soñar que
no quede ¿De pensamiento también se peca? Pues sí parece que sí. El ama de
llaves del cura de Santa Eulalia se llamaba Cirila y unos carnavales la
cantaron la Maximinola bajo el alfeizar de su ventana. Sin embargo, pelillos a
la mar. Recordemos que la iglesia siempre fue tolerante con todas estas
flaquezas de la condición humana. Todos estos pensamientos se arremolinan tarde
de julio polvareda del tiempo cuando salí a dar un paseo vera de ailantos y
bajo la sombra relamida de una sofora bastante escuálida que adorna mi jardín.
La mujer me arrancó una zarzamora pretextando ser un arto pero a mí me pone muy
nervioso esto de que me arranquen mis flores. Que en España por dicho de eso
nadie puede decir que este cura no es mi padre. Había llegado hasta mi alma
mater en una de las muchas peregrinaciones que dan impulso a mis días. No sabía
qué hacer en mi urbanización. Tengo la patria dolorida y el alma en vilo.
Volvamos a Segovia, me dije. En verdad toda mi existencia ha sido un largo
retornar hacia el pueblo en qué nací pero no me llevaba ningún propósito ni
hoja de ruta. Sólo los mal trenzados recuerdos y el deseo del vino. No había
perdido la fe en mi dios pero sí en cuanto me rodeaba. El presente y el ayer en
mi memoria factual juegan al escondite. Por ejemplo, ahora estoy en Brennen
Steinen pero quería retornar a Bridgehead. Más tarde en la oficina sentí el
taedium vitae pero sigo teniendo ese amor al estudio, ese entusiasmo por la
verdad y por todo lo bello, bueno y santo del mundo que se me inculcó en estas
aulas complutenses. Felices se apiadan den la memoria los Hijos de San Ignacio.
Unos recuerdos fueron buenos. Otros, malos. A ellos les debo mi vida y mi
muerte. El guaje es “ansí”. Para lo bueno y para lo malo. Per intellectum ad
Deum. No hay más cáscaras. Para mí Dios está encerrado en las páginas de un
libro. Han puesto tras las cristaleras una verja de hierro verde que disuade a
los del botellón y un poco más tarde me transfiguro al adolescente que fui. Al
curilla retorno que fui. Mediados de los cincuenta cuando el día de San Frutos
el sastre carpintero me trajo la primera sotana. La mía me aguardaba en un
banco de madera de los tránsitos. Ponerme aquella prenda por primera vez me
hizo mucha ilusión creo que no dormí aquella noche y me tiré de un brinco
ilusionado al primer toque de campana. Yo me sentía alguien importante. Crecí
en medio de una sociedad que consideraba a los obispos y a los generales como
el Súmmum bonum. Todo un ideal de vida: o la milicia o la cruz. Aquella sotana
recién confeccionada por Blas Carpintero, aquel sastre judío que tenía una gran
nariz un sello de oro y una manera de tocar que no te molestaba cuando te
tomaba medidas por la pernera apunta nene y una mujer gordísima que abultaba
por tres de él no sé como se las apañarían en la cama, me puso en el camino de
las estrellas. Per aspera ad astra. Un dicho muy cierto porque en aquel caserón
del siglo XVII las pasé canutas. Me había propuesto ser santo. En el bolsique
del guardapolvos llevaba un cuentapecados una especie de rosario que servía
para contar las faltas o las transgresiones al Reglamento. O las jaculatorias
que decías en voz baja por el camino. No resistir a la tentación de beber un
vaso de agua cuando se tenía sed por ejemplo era una falta. Por la Cuesta La
Fuencisla bajo los alamos centenarios y cerca del convento de Santa domingo de
bella y juvenil labra neogótica nos cruzábamos en aquellos deambulatorios de
los jueves por el invierno con el arcipreste de Zamarramala. Parece que le
estoy viendo algo miracielos tieso como un palo y morando por lejanías. Le
hacíamos el hilo y bonetes arriba haciendo honor a las prescripciones del
código de urbanidad eclesiástica que era libro de texto bajo el lema de ad
educandos discípulos le saludamos desbocándonos. Algunas de estas
prescripciones eran algo rancias pero otras me han servido para demostrar a
muchos cafres mi buena crianza. Hoy este convento que yo conocí hospicio es una
importante universidad de pago y de mucho tronío. Que Fr. Tomás de Torquemada
fuese prior de este convento de dominicos y de que Domingo de Soto fuese padre
maestro de novicios ya es un tanto. Torquemada no tiene estatua. Domingo Soto,
el martillo de herejes de Trento, sí. Pero la han decapitado varias veces. Se
conocen que quieren mandarlo a la toza en efigie. - Una gamberrada. - Ni mucho
menos, una judiada. En mi pueblo nos conocemos todos y aquí donde se dijo del
judío la maula queda bastante memoria histórica. Así que juntos pero no
revueltos. Cada uno en su casa y Dios en la de todos. ¿Me entiendes? - No me
digas más. Ya estamos. Mira que eres pesado. Esta judeofobia tuya, por más que
entendible, pues eres más terco que una mula aragonesa, no te lleva a ninguna
parte. A veces, sueltas por esa boquita majaderías en cantidad y muchos
desatinos. - Llevas razón, Quosquetandem, maldecir de los judíos es tirar
piedras contra tu propio tejado. Parce mihi, Domine. Dios salve a Israel. -
Contradictorio eres, Verum, como todo buen judío. El bueno de don Jesús que
debía de tener lo menos ochenta años pero que se movía con el garbo de un
misacantano se fatigaba algo y acostumbraba a descansar en el berrueco que le
sirvió de almohada a sus beatas posaderas a san Juan de la Cruz cuando subía a
confesar a la Santa en el convento de San José justo por detrás de los
Jardinillos de San Roque. Y ésta decía porque les criticaban y había
murmuraciones en la ciudad por tan largo tiempo en el confesionario: “De
Segovia ni el polvo de los zapatos” y se sacudía el calzado al abandonar la
ciudad por la Puerta del Sol. - Buenas tardes tenga usted. - Vayan en paz de
buena quiete los seminaristas. El cura de Zamarramala hablaba bien y predicaba
mejor. Tenía el mirar huido tras los lupos de concha y a veces apestaba a
aguardiente que echaba para atrás pero no las cogía lloronas ni era hombre que
tuviera mal vino. Sus cogorzas eran hieráticas y solemnes por lo general. No
daba escándalos aunque algunas veces lo vieron acometer la subida a La
Lastrilla haciendo eses. Creo que era de un pueblo que llaman San Pedro De
Pantaleón que guarda entre sus costumbres una danza ancestral ibera que llaman
el paloteo. Como el tío Tocino. - ¡Cómo atacaba la caja aquel buen hombre!
¡Qué dedos! - ¿Y al Agapito Marazuela lo conociste? - Sí, precisamente bajo la
sombra de un chaparro que había en la puerta del ventorro de San Pedro Abanto.
Estaba tomándose un jarrillo con el padre de Julián García un amigo mío. - Pues
conociste al último juglar de Castilla la Vieja. - Ya lo creo Tengo grabado el
sonar limpio de la dulzaina mora en las mañanas claras de primeros de verano
por las fiestas de San Pedro. La arrebolada. Era como un canto sagrado. Algo
mágico como las fiestas de la Catorcena que nos arrebataron. - El buen tintorro
no nos lo quitarán. - No sé que quieres que te diga. Esto está cambiando mucho
y me parece que para mal. Pues al querido don Jesús que todos los días se
andaba veinte kilómetros asi estaba él delgado como un palo y derecho igual que
un huso y se bebía media cantara le abultaba algo siempre debajo de los
manteos. Era la botella. Cuando llegaba al Columba a tomar café con unos
canónigos ya se había metido un litro entre pecho y espalda y en el viaje de
regreso otro tanto. ¡Pobrecillo! Era un alcohólico. Más. Otro sombrerazo. -
¿Qué va a ser, señor arcipreste preguntaba el pincerna del Columba el que
estaba en los reales de lo que fue iglesia del mismo nombre a la sombra de los
arcos del Azoguejo. - Ponme un sol y sombra, hijo. - In vino veritas. Pero ya
digo el cura de Zamarramala era un borracho muy digno. Bajaba por la pendiente
con la teja de cachemira en su sitio aunque a veces buscase la querencia de las
tapias de la Casa de la Moneda para exonerar su vejiga. O lo otro que como dijo
el otro el buen morapio te hará cagar y por eso diz que el Vega Sicilia cura
todas las enfermedades al llevarse los malos humores para allá. Así y todo era
la comidilla de toda la ciudad y en una ocasión cuando su empinar el codo fue a
más el obispo don Daniel Llorente de Federico me acuerdo del nombre de mi
obispo con el mismo orgullo con que algunos veteranos recuerdan el nombre del
coronel de su regimiento cuando eran sorches le retiró las letras dimisorias.
Suspensión a divinis y el bueno de don Jesús no podía decir misa ni consagrar a
Dios. Se trataba de medidas cautelares que duraban menos de una cuaresma pues
don Daniel que era recto pero de muy buen corazón siempre le amnistiaba llegada
la Pascua de Flores. Tampoco habrá que echar en el olvido que don Jesús era un
hombre muy caritativo. Todo lo daba. No vivía con manceba ni ama ni dios que lo
fundó y durante los aciagos días de la guerra civil fue el pararrayos de muchos
furores. A muchos rogelios les sacó de la cárcel o de la tapia del mismo
paredón. ¿Creen que se lo agradecieron? Pues no. Vivimos en un país de rencores
decía Unamuno. Era un cura muy servicial pero tenía ese defecto o esa debilidad
por el traguillo. Y eso aquí no se perdona. Su sombra se me aparece cuando
doblo la esquina de la Plaza El Seminario. Es un fantasma eucarístico que me recuerda
las catorcenas de aquellos días. Verbena y Maximinonda y en la sacristía buen
jerez rosquillas de palo y algún soplillos. Entonces al acabar de aquella
terrible guerra los españoles éramos como más fraternos y bienquistos. Nos
sentíamos perteneciendo a un grupo o dentro de un redil. Verdaderamente
aquellas catorcenas de la solidaridad y del paloteo eran algo mágico. Me traen
a la memoria tiempos de perdón. ¿Cómo se explica ese trastorno? Yo me explico y
yo me entiendo y dios me entiende. Nos hemos vuelto adoradores de Baal. Y hemos
cambiado de religión, hemos renegado de nuestra patria, de nuestros valores, de
nuestra fe, del amor al hermano y allí donde antes se leía Caridad hemos puesto
filantropía o solidaridad. Estamos instalados en la cultura de la queja y en el
sofá de don Comodón. Y ahí nos las den todas. Y nos las van a dar y en un
carrillo no tardando mucho. Hemos sacado a Jesús del sagrario como a un
príncipe destronado y en su lugar hemos puesto grandes carteles de palabras
vacías: Derechos Humanos, Solidaridad, Memoria Histórica. La iglesia está vacía
y el ara sin los huesos santos y los púlpitos mediáticos se nos han llenado de
demagogos. A eso es lo que nos conduce reemplazar el dogma de la crucifixión
por el supuesto contendible del holocausto. Y estos demócratas de pacotilla se
cabrean y te lanzan anatemas cuando les sacas los colores y les coges en un
renuncio. Si no haces nada por defender tu patria y tu nación entonces no
tienes derecho a quejarte mamón de que te la invadan los forasteros aunque en
Segovia ya digo todos nos conocemos y llamamos a las cosas por su nombre y
sabemos por dónde van los tiros y de dónde viene la cosa. . 05/07/2006 LA MESTA
ERA MORISCA La mesta mixta era morisca. Cruce de razas, empalme de caminos.
Ribazos y cañadas apriscos y majadas. Escuchaba de niño el tintineo del
esquilón del morueco o carnero padre que iba al frente de los rebaños al cruzar
por el Puente de Valdevilla. Siempre sentí pasión por los que van delante al
frente y miran al horizonte y no los rezagados que hacen la agachadiza, los que
no se determinan, raza de víboras los llamó el Cristo, fariseos, hipócritas y
comprendo al Cid – Castiella face los homes y los desface, el buen vasallo si
hubiera buen señor que peleaba tanto a favor del moro como el cristiano- y
aquel rumor de grey me impresionaba. Ya se van los pastores a la Extremadura
esto es a la frontera. Soy hombre de frontera. Me calificarán los malvados de
personaje pero yo sé bien lo que me digo. Dentro de mí lo mozárabe. Nunca seré
jamás un tornadizo ni un oportunista. Quod decet et non decet, decían los
latinos. Ocho siglos de convivencia con el Islam han dejado marca en nuestras
almas. Sí. La mesta era morisca. Gente de avanzadilla en los dares y tomares de
la política y las pelas con el realengo y el abadengo. Sólo cuando había aceifa
o guerra entre los propios reyes cristianos o los taifas no salían a la
trashumancia. Era un código de valores en esa libertad libérrima de los
españoles. Sabían que a veces el moro podía ser más cabelloroso, más
hospitalario que el cristiano. En su vocabulario se amontonan los vocablos de
origen arabe:. Rafala que era la escolta de caballería montada que escoltaba a
los pastores y la anafaga o provisiones de boca que iban en la impedimenta con
los mulos con las sartenes, perolas y anafes. La anafaga yo la he visto avanzar
detrás entre los jumentos porteadores. Sobre la mesta casi todo está dicho
gracias a un norteamericano K. Klein que escribió un libro magistral acerca de
esta organización económica, financiera y social que no se dio en ninguna parte
de Europa sino en Castilla, Aragón, el reino de valencia y el Reino de Murcia.
Pero no todo está aprehendido. Su ordenamiento jurídico se fija por Alfonso X
el Sabio en el Fuero de Cáceres 1256. Es un documento escrito pero las reglas
de la mesta que es un régimen de aparcería y de derechos de paso o transito
tenían una estructura oral-los pastores no sabían leer aunque supieran muy bien
tocar el caramillo- en los tratos de avenencias sellados por la robla o alboroque
(otra palabra de las montañas del Rif) venga esa mano ajustando a los pastores
desde San Martín a la virgen de Agosto. Las pagas se hacían en especie. Bodigos
y corderos recentales por san Juan de Junio. Curiosamente a san Juan Bautista
tan bien lo veneraban los musulmanes españoles como uno de los profetas que
permite el Corán. Iban en cuadrillas de cien a doscientos para un rebaño pero
había majadas que llegaban a contar con hasta mil operarios entre rabadanes,
pastores de honda y zagales (más nombres moros) y gobernaban ganado mostrenco o
comunal y mesteño o ajeno. Los caminos reales de la mesta vulgarmente cañadas
cruzaban España de norte a sur hasta el Guadiana sin penetrar en Andalucía por
obvias razones. Se pagaba el aliud en maravedíes y en moneda forera pues los
deudores no admitían pago en especie a los terratenientes que eran en su mayor
parte los nobles que se beneficiaron por las encomiendas otorgados por los
reyes y de los obispos y ordenes militares. Aliud es el nombre de un pueblo
cerca del Burgo de Osma y en moro significa judío lo que indica que eran
hebreos los encargados de hacer las transacciones. Estamos en la España de las
tres culturas y la cosa funcionó dentro de lo que cabe. Oro. Oro que paga
salarios. Atropellos de los fanáticos como Almanzor y los almohades pero a
veces los descalabros los cometían las rapiñas de la Iglesia. Con la de
Calatrava y la de Santiago hubieron no pocos pleitos los pastores de la mesta y
a estos conflictos de jurisdicción trató de poner fin con sus ordenanzas el Rey
Sabio quien por cierto tampoco se llevaba muy bien con el alto clero. Un
primado de Toledo trajo a Alfonso a mal traer y lo tuvo que desterrar de sus
reinos. Sin embargo la mesta pateó caminos de reconciliación y de acercamiento
y elevó puentes pues aquellos pastores sorianos tuvieron que cruzar no pocos
puentes y muchos vados y pasar muchas noches al relente. Tenían sus propios
alcaldes y regidores. El Fuero de Cáceres se supone al fuero de Alcaraz algo
posterior. Y para demostrar que aunque tolerante y mozarabe todos los concejos
se harían en el nombre de la Trinidad. En la sierra de Albacete se denomina al
ganado mostrenco de los castellanos ganado pejuguero pero hay pocas
diferencias. Estas reuniones donde los jueces y alcaides (más palabras árabes,
de caíd jefe) oían la causa de las querellas y litigios. Eran abiertos y se
celebraban en pascua florida y la de Pentecostés. Si Castilla fue la creadora
de la Caballería andante y quijotesca, la Mesta me parece algo digno de
subrayar por ser una institución típicamente española porque representa la
Caballería Trashumante en el trajín de los siglos. No eran guerreros. Viajaban
al sur en son de paz. Toda la provincia e incluso la diócesis de Madrid es un
resultado de aquel afán mesteño de las cañadas segovianas que atravesaba los
puertos por Somosierra y Peñalara y llegaban a lo que se denominaba Tierra
Madrid y de ahí el dicho de que la capital española es el pueblo mayor de la
provincia de Segovia. Aunque algunas de las cañadas han sido destruidas por el
afán urbanístico me honra de vivir en un pueblo mesteño que se llama Villanueva
de la Cañada. Gracias a los antiguos pastores hoy muchos madrileños tienen
sendas ecológicas para hacer pedestrismo. Ojalá (adverbio de modo que significa
así lo quiera Alá) pues se conserven. A pesar de todo siguen viniendo a Madrid
los rebaños por el otoño y cruzan la Castellana que era cañada real. La mesta
empezó a decaer en el siglo XV después de las guerras dinásticas de los
Trastamara y el Honrado Concejo de la Mesta pasa a denominarse Comunidad de
Villa y Tierra. La literatura pastoril y las Coplas de Mingo Revulgo denotan
esa capacidad que tenían los pastores para reírse de todo y poner en solfa los
despropósitos incluso de la corona. A Enrique IV en dicho texto se le describe
como una “haragán que folgaba entre los setos”. La mesta es el talante
libérrimo de todo español que huye al campo en busca de los espacios y los
horizontes abiertos y de vida en comunión con la naturaleza en esta tierra que
es España agraciada de dones como decía Alfonso X en su crónica general pero
donde patrón no manda marinero. La mesta no era más que esa mozarabía que se
echa al monte. Que buen vasallo si hubiese buen señor y que en el siglo XIX se
torna guerrillero. El pastor tiró la garrota y cogió el trabuco. Una pena que
en nuestras escuelas se estudie catalán, gallego, inglés, vascuence y se dé de
lado al árabe una lengua que tuvo mucho que ver en la formación del castellano
y en la mentalidad de las gentes que habitan en este país. Propongo lo morisco
como nexo de unión de las culturas y de diferenciación positiva para salvar
incluso a la cristiandad. Pero Roma nos impuso su férula. Ay. Roma locuta causa
finita. Muchos cánones pero escasa caridad. Total. Hoy antevíspera de la sarracina
del centenario de 1609 me siento mozárabe si no morisco recordando a los
rebaños que cruzaban los puentes de mi infancia y el morueco egregio que iba
adelante con el cencerro al pescuezo. El carnero abriendo paso era imagen del
Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, recuerdo importante cuando hay
tantos malos pastores y lobos disfrazados de cordero que nos desollarán si nos
descuidamos. Tolón. Tolón. LLUVIA DE ENIGMAS. Una lluvia de enigmas pone música
de fondo suave tañer del agua contra los aleros a mis soliloquios hoy día de
san Miguel divino Signifer. Pongo mi palabra contra los misiles de largo
alcance y venceré. Sancte Michael Arcángel defende nos in proelio, contra
insidias et nequitiam diaboli esto nobis praesidium. Venceremos. Septiembre se va
pardo y con cielos de panza de burro habiendo sido un mes luminoso. Habla,
señor que tu siervo escucha. Yo canto las bondades del ayuno. La gula mata el
alma de los cristianos, hebeta los ojos que se vuelven más carne. Hoy tengo que
pensar en todas esos templos a san Miguel alzados castillos roqueros sobre los
cotarros símbolos de nuestra fe en las montañas y la cruz dominando los campos.
Uno está como nuevo y recién envarengado con las cuadernas a punto, apto para
regresar a la lucha, dispuesto a estampar su adarga contra sacerdotisas,
pitonisas, bonzos mediáticos. De nuevo ha bajado el Espíritu. Nos llenó de
entusiasmo y sin entusiasmo no se puede escribir literatura. La misión os
llama. Escuchad la llamada de la campana y ascended al monte santo. Hasta él se
sube por una vereda flanqueada por cruces y matas de hierbas medicinales como
la énula campana también denominada helenio con la que fabricaban los
alquimistas templarios bálsamo para curar a los freires que regresaban con
cuchilladas de la lucha contra el agareno. Ese castillo de san Miguel alzándose
sobre las márgenes del Río Perales cerca de donde vivo y mira que nací cerca
del Clamores y pasé mi infancia cabe el Botijas río muy cangrejero mucho
significa para mí. Es un regalo del Sicagogo que es como llamaban al que se
alzó contra las huestes de Luzbel al grito de quien como dios los padres de la
iglesia y que es desde entonces protector de iglesia y sinagoga. Su sombra
señera envaretada y solitaria cuando paso cerca de la caída de la tarde parece
que me bendice y escucho los coros de sus serafines entonando los kyries.
Estamos rodeados de venenos pero un ángel porta un turibulo y dentro arde la
llama que esparce el humo que conjura nuestros males. Venceremos. Aunque un 80
por ciento de la vida sea pigricia, normalidad, aburrimiento y un 20 entusiasmo
y entusiasmo quiere decir endiosamiento. Nos entusiasma ese castillo de san
Miguel que vigila las fronteras manteniendo a raya con la vista de su torreón y
sus almenas a la Hidra de Ledna. Ya enveraron las uvas. Está la miel en el
panal, el vino en el lagar, el grano en el silo y tal día como hoy los
aparceros y agosteros cobraban su soldada y al señor del castillo se le pagaban
sus rentas. 29/09/2009 12:25:07 ORDENACIÓN DE JOSÉ LUIS LORENTE EN LA CATEDRAL
DE ALCALÁ Cuando todo el presbiterio entonó el “Regina Coeli” a los pies de la
Virgen del Valle gruesos lagrimones caían por las mejillas de mi amigo Silvano.
Tal vez recordaba aquellas imposiciones de de la sagrada orden del presbiterado
que celebraba su obispo que se llamaba Daniel Llorente de Federico. Treinta
tíos como treinta soles tumbados sobre el suelo, y el de la tercera fila, algo
más joven y con menos canas mientras el coro atacaba implorante las letanías
mayores, el alba blanca los zapatos bien limpios y la estola terciada de
diacono, era él: Silvano; la verdad es que era todo un espectáculo. Hoy en
Alcalá sólo había un ordenando, lo que habla de la precariedad en punto a
vocaciones, que si esto sigue así habrá que rezar la tienda por falta de
quórum. Era un joven de Morata de Tajuña, que recién acabada la carrera de
Filología inglesa, optó por meterse a cura. Por las temporas de septiembre
cantará misa otro, ya diacono. Es ingeniero industrial pero en el seminario de
Alcalá al que yo conocí con trescientos y pico seminaristas, una vez que los de
Segovia vinimos hacerles visita, sólo quedan catorce. Esta penuria viene a
darnos la razón de lo que estamos diciendo en este bloque: que si la Iglesia no
abandona ese clericalismo maricomplejines de puertas cerradas, aspirantes al
sacerdocio célibes y jóvenes y busca nuevos apóstoles en las escuelas, los
hospitales, las universidades, las redacciones de los periódicos o en las
mismas tabernas porque tambien en ellas se puede predicar la palabra de Dios,
esto se acaba, para satisfacción y pitorreo de los impíos que andan hablando de
la teología del preservativo – tienen al pobre papa de monaguillo ¿han
secuestrado a Roma?- y se terminó. El compromiso con Jesús Nuestro Señor no
requiere cataplasmas ni paños calientes. Se necesitan curas de caballo y
examinar el pasado, medio siglo, por ver si se han cometido errores. Mi amigo
Silvano estaba llorando como un guaje. -¿Qué te pasa, chaval? (Bueno lo de
chaval es un decir porque el Silvanete es ya talludito, la mirada algo vidriosa
por sus muchos ayunos y la multitud de libros leído, pero muy vital y un
intelectual. Se nota que estuvo en los jesuitas y que sabe bien la Teología y
fue gran estudiante de los Santos Padres. Es un bendito de dios. Pero más
inocente que un cubo. Le engañan todos. Sus hijos se ríen de él, su mujer se
fugó con su psiquiatra. En el trabajo lo toman por el pito un sereno y se
lamenta con frecuencia no puedo más, no sé si llegaré a alcanzar la edad de
retiro. Es medio poeta pero no ha publicado libros. Sus versos no los lee
nadie. No le llaman sus amigos. Su móvil no suena jamás. Es de otra galaxia.
Vive como en una nube. Pero a pesar de los palos que ha recibido en la vida él
sigue tan inocente como al principio y se lo he dicho yo varias veces mira
Silvano a ti te pierde que tienes mal pronto y crees en los reyes magos, bájate
del burro y el me contesta mira quien fue a hablar. Bueno. Tendrá que ser así,
me retruca. Le engaña hasta su criada y por una criada algo ligera de cascos
colgó la sotana. Ay perillán. Perillán. -Nada que me acuerdo de mi ordenación.
De las manos ungidas que me ató monseñor Llorente con un lazo blanco y puro. De
cuando me puse por primera vez la casulla y el amito . De mi padre y de mi
madre que me acompañaron y ya no están. Trato de consolarle pero comprendo y
respeto sus lagrimas que son las mías pues Silvano y yo andamos por la vida
pegando tumbos. Nos sentimos como marcianos en medio de un país que ya no es
nuestro país, asediado por el tancredismo y la moral de conveniencia, ni la
iglesia tampoco es la que nosotros soñamos. Está visto que no se puede ser
quite. Si te metes a salvador te crucifican. Aunque somos amigos, no puede
haber dos tipos más diferentes. Silvano es alto delgado, bien parecido, no fuma
ni bebe. Se le daban bien las mujeres y yo soy bajito y mofletudo con mala
leche, fumo como una coracha y bebo lo que me ponen cuando me pierdo por esas
barras de Dios. Silvano va a caballo y yo en burro. A veces nos lo pasamos pipa
y nuestra amistad inveterada honra la máxima de que un buen amigo es como un
tesoro. -No te apures, hombre. Sursum corda. La Virgen nos protege. La devoción
a Nuestra Señora me une cada día más a mi viejo condiscípulo que me da a leer
sus papeles. Se pone a escribir y no para. Se pone a hablar y va como una moto.
Lo que pasa es que la gente no le entiende, está en otro nivel. Hemos hecho un
pacto. Si él se muere antes que yo, trataré de encontrar un editor para sus
libros. Algunos son canela fina y si yo la palmo antes que será lo más probable
pues yo no me cuido y él es metódico para todo para la comida, el descanso y el
deporte, él que se lleve mis misales y mis breviarios y las crónicas que
publiqué en la prensa del movimiento que tengo todas en fotocopia y
encuadernadas a canutillo. Yo tambien soy aficionadillo a la literatura pero en
honor a la verdad creo que no le llego a Silvano ni al cordón de sus zapatos.
Quiero insistir que en esta misa de ordenación nos lo pasamos `pipa. La iglesia
estaba de bote en bote y el obispo nuevo de Alcalá mosén Juan Antonio Reig Pla
– no se si será de la familia de fabricantes del puro del mismo nombre- me
pareció un obispón. Llevaba con garbo la mitra y los ornamentos episcopales y
predica con una voz recia y tonante un hermoso sermón. Por el físico y por la
voz se parece un poco al obispo de Segovia don Ángel Rubio. Son de la escuela
eclesiástica valenciana surgida en torno al actual primado de Toledo. Pero
pienso que es un iluso si piensa que los problemas del iglesia se arreglan
cediendo parte de los inmuebles seculares de la iglesia- vivimos una segunda
desamortización que está haciendo a algunos avispados millonarios- al diantre o
quitándoles a los pobre curas parte de su jornal para dárselo a los parados.
Eso es desnudar un santo para vestir otro. Tambien se chupan el dedos los dos
obispos si piensan que van a llenar el seminario de chavales que nunca han oído
hablar de Jesucristo y a los que se ha bañado el cerebro con cliché peyorativos
sobre la religión y la eterna monserga del oscurantismo sexual (condones,
píldora del día después, aborto libre, mariconeria). Todo como si el negocio de
la salvación fuese un problema de bragueta. ¡Oh ceguedad de los mundanos
cretinos! Quizás los impíos le estén ganando la batalla de la propaganda y hoy
lo que hacen falta son periódicos, editoriales, Internet y otros pulpitos
mediáticos desde donde la Iglesia pueda ejercer el magisterio eterno y
civilizador. Eso o no ser. Los católicos se hayan en la peor encrucijada de su
historia. Si tenemos la verdad en nuestras manos, ¿por que ese miedo a decir la
verdad, por que tantos complejos? Hay ocasiones históricas en las cuales como
ahora en que la prudencia puede volverse cobardía y a la aquiescencia a los
dictámenes del malvado una estulticia. Si se condiciona la Crucifixión y la
Redención a un tema tan intrincado y oscuro como es el Holocausto-espero que no
lo proclamen articulo de fe o dogma porque entonces Silvano y yo abandonaríamos
esta iglesia que se hizo esclava del siglo- nos encontramos con la pavorosa
realidad presente. Es terrible que cuestiones tan de monto no se sometan a un
debate público y para escándalo de los creyentes y triunfo de los impíos no se
someta a un debate público según los usos y costumbres eclesiásticos. Si Roma
locuta casusa finita va a ser el apaga y veámonos. Lo que hace falta es una
verdadera labor de evangelización y de moralización de una sociedad corrompida,
sacar a Cristo a la calle y enfrentarse a los poderes lácticos. No caer en la
trampa. Y aquí estamos cayendo en demasiadas trampas. Las competencias
eclesiales van más allá de los intereses materiales tejas abajo. El clero, los
obispos, los arzobispos, los diáconos han de mirar para arriba para la corona
de la Virgen como hicimos Silvano y yo. Respice stellam. Voca Mariam. ¡Que pena
que hayan suprimido el latín! El ceremonial de órdenes sagradas es más simple
que cuando nosotros íbamos a cantar misa. Se han suprimido las medias casullas,
los lazos y los abrenuncios exorcistas al diablo al mundo sus pompas y
vanidades. Pero la misa fue hermosa en una radiante mañana de mayo. Luego el
obispo nos invitó a los muchos asistentes a un piscolabis. Que sea enhorabuena.
En Morata de Tajuña ondea en la torre la bandera blanca de los misacantanos.
Esto no deja de ser un gozo. Para celebrarlo el Silvano y yo nos fuimos al
"Geston" a comer y discutimos lo nuestro sobre el monotema mientras
tomábamos unas cañitas . Él decía que yo soy un lerdo y yo la contraria. Casi
acabamos a mamporros pero no hay que preocupar. Mañana seguiremos tan amigos.
Somos un poco como don Quijote y su escudero que quieren arreglar el mundo
pegándose de testarazos contra los molinos de vientos. ¿Serán galgos o
podencos?.. digo yo que si serán molinos de viento. Dulce Santa Maria madre
nuestra sácanos de nuestras dudas y protege a tu iglesia. Tarea ímproba. Con la
iglesia topamos Sancho. Hasta hemos estudiado la posibilidad de apartarnos del
mundanal y hacernos ermitaños. A lo mejor, émulos de san Frutos, nos pasamos la
vejez en una cueva entonando glorias y kyries y salmos, lo que no estaría mal.
Hay que ir pensando en ponerse a bien con dios. Arreglar un poco nuestra vida
ya que no podemos arreglar el mundo. 18 de mayo 2009 UNA AMIGA MÍA ENTRA EN LA
MASONERÍA Mi amigo Quico el Catalán se desternillaba de risa cuando me contaba
que le había salido la novia “interpreta” (sic por intérprete) y a Cela una
portuguesa que se llamaba Dolorinhos, tenía un poco de bigote pero compensaba y
yo tuve una compañera de Facultad con la que salí algunas veces sin llegar a
ser novieta que ha ingresado en la orden secreta de la masonería. Grado 33.
¡Coño! En los bancos de filosofía ella me pasaba los apuntes de árabe y creo
que llegamos a salir alguna vez en el 600. Fuimos a bailar a un rancho criollo
de la carretera de La Coruña. Pero todo muy formal. Nada de metemanos y las
manos quietas que van al pan. Y en casa a las diez. Iba para novia formal. No
llegó a serlo pero tuve un recuerdo agradable de aquella mujer que siempre me
decía no empecemos el pastel. Y no lo empezamos. Al cabo de muchos años me la
encontré en la cola del paro: - Andá pero si eres Aurita. - ¿Cómo te va
Gumersindo? La invité a comer y me contó su vida. Se había quedado viuda de su
primer marido que por lo visto la maltrataba y la hacía todas las noches el
amor. Parió seis hijos A la Auri por lo visto le iba la marcha. La desconsolada
viuda cuando se quedó sin eso llamó a un antiguo novio. Estaba casado con unos
amores que él no quería –como en el romance- total que se entendieron y él
venía a hacerla una visita erótica todos los miércoles a partir de las cinco.
-¿Y? -Pues que a mí una vez a la semana me parecía poco. Pero Gumersindo, hijo,
hay que ver lo que engordaste. Así que fui a una agencia matrimonial y me junté
con un casado que estaba muy bien de ahí ya sabes. A cualquier hora. Sin parar.
-Leches, Aurea ni que padecieses de ese síndrome que llaman furor uterino.
-Pues más bien sí, Gumer, pero como me volvía loca se aprovechó de mí. Montó
una empresa a mi nombre y me hizo un desfalco. Tuve que vender la casa y las tierras
del pueblo. Me dejó en la ruina. Pero yo creo que todavía le quería. -Tú lo que
querías era otra cosa. -Sí. Puede que sí. Pero cuando me dejó me fui a vivir
con un inglés que vivía en una casa de campo con fantasma. Éste de cintura para
arriba estaba cachas. Todo el día lo pasaba castigándose el cuerpo en el
gimnasio y además era un hombre rico. Pero de cintura para abajo, nada de nada.
-¡Qué me dices! -Pues eso que la tenía pequeña. -Ostras. Mi amiga no quiso
entrar en más detalles pero yo agradecí a los cielos el que no me hubiera
tocado a mí empezar aquel pastel tan empalagoso que acabaría en penitencia. Por
lo que me contó había tenido una vida cargada de amoríos y de lances bizarros y
muy novelescos pues entre sus admiradores también tuvo un sacerdote que en una
peregrinación a Santiago jugaban al tute y el bueno del clérigo la ahincaba su
pierna en la rodilla por debajo de las haldas de la mesa camilla. Este le
propuso aparte de sus indecencias trabajar Maximino el espionaje vaticano. Con
los monseñores aprendió muchas cosas de etiqueta y de hipocresía. Como broche
de oro y en forma atropellada me confesó que acababa de ingresar en el gremio
de la masonería. Yo no salía de mi asombro. Estaba abrumado y asqueado y
pensaba en lo que decía Umbral el pobre si yo hubiera sabido que el amor era
eso. Ah se me olvidaba. Estaba afiliada al PP y era partidaria incondicional de
Esperanza Aguirre. Hostias Pedrín. Sorpresas que da la vida. Nos despedimos muy
fríamente. Ibamos a quedar para otro día pero yo he borrado el número de Auri
del listín de mis teléfonos. Yo con Los del mandil no quiero nada. ¡Pobre
chica! Ya en casa, un poco más sosegado, pero sin salir de mi asombro, abrí las
páginas de un tomo de poesías de Jorge Manrique y al llegar a lo de “nuestras vidas
son los ríos que van a dar a la mar” me apercibí que el vate castellano me
estaba insuflando al oído ciertas consejas de que el amor es humo y la vida
nada. ¿Qué fue de tanto galán? ¿Qué se hizo de tanto frenesí? La Laura del
Dante acabó en Mesalina. ¡Vaya un chasco! Tal vez fui victima de una mala
educación sentimental o de un espejismo. Mi Dulcinea del Toboso se había
transformado en Maritornes, la vera efigie de una vulgar trotaconventos. Su
vida fue un salto perpetuo de cama en cama. Guardé mi sueño y éste me guardó a
mí. Al final de la jornada pude darme cuenta de que la cabra siempre tira al
monte y trisca por entre la sebe y a lo mejor se descuerna, bravía, por una
mala calella, al saltar de peña en peña. Poco se puede hacer si una hija tuya o
la parienta te salió puta o se mete a la masonería, profesa con el grado 33, se
mete una regla y un compás en la vagina y llama a Dios no por su nombre sino
por el de Gran Arquitecto. Ay Aurita, con lo maja que eras, con lo que yo te
quería, siento pena y horror por tu vida. Hozaste y te revolcaste por las
pocilgas de Anteo. Que te aproveche. Ahora me doy cuenta de lo que significa
tener una novia interpreta. lunes, 26 de octubre de 2009 LA VENTANA DE MI
INFANCIA Yo nací en una ciudad levítica, crecí a la sombra de la torre de una
catedral gótica, me dieron en el rostro los sones de sys campans, escuché
salmos y cantos de ronda bajando hacia la Hontanilla, dejando atrás la judería
vieja, pasando el arco del Socorro. Tiré vearetas por las mismas trochas que recorrió
Pablillos. Conocí las huellas o las marcas en el camino que dejaron las cáligas
de los hoplitas de las legones romanas, las sandalias de los franciscanos y las
zapatillas de los santos. Había una roca cerca de una fuente en mi barrio que
tenía una cruz de hierro ya mohosa donde se sentaba Fray Juan cuando subía
jadeante desde su convento al beaterio a confesar a las monjes y donde dicen
que Teresa de Jesús se sacudió el polvo de su calzado despidiéndose a la
francesa para no volver más. La Fundadora era de armas tomar, Dicen que dijo:
-De Segovia, ni el polvo de zapatilla. Las lenguas de las cotorras mal hablaban
de que tenía un lio con su frailivo y medio pues era de corta estartura quiero
decir san Juan de la Cruz. Que el refrán advierte que entre santa y santo pared
de cal y canto. Claro que santa Teresa era abulense y los de avila y Segovia la
ciudad rival nunca nos llevamos bien del todo que se diga. Cuando jugaba la
Gimnastica con la Unión Deportiva salía la gente a palos en el Campo del
Peñascal. Procedemos de una estirpe mística muy devota y a la vez socarrona y
pagana aunque de cristianos viejos como el que más. Otros historiadores
señalan, al contrario, que somos la mayor parte de raíz de ahí nuestra
complicación mental pues de Segovia ni la burra la novia nos achacan los que
nos quieren mal. Vaya usted a saber pues se asegura que todos los israelitas de
Burgos cuando salieron mal con los de aquella otr ciudad castellana se vinieron
a acoger bajo los arcos del acueducto. Se bautizaron en masa y se hicieron
hidalgos y caballeros de vieja estampa más papistas que el papa y más españoles
que el pupas. He de decir a tal respecto que nuestro amor a la Virgen de la
Fuencisla tan arraigada en nuestras vidas arranca de una pobre judía (nuestra
querida virgen debiera ser la abogada contra la violencia de género) a la que
su marido acusaba de andar tonteando con un capellán, el sanedrín quiso
dilapidarla pero luego cambió de parecer. Hombre sería mucho mejor tirarla por
un barranco que nunca faltan por ahí por tejadilla y ahí en eso en peñas
escarpadas que marcan las orillas de lo que otgrora fuera mar, una mar
prehistórico. Y por ahí la defenestraron aquellos malditos. María del Salto se
encomendó a Nuestra señora y Ésta la recogió en su manto como si fuese su
regazo maternal se tatatase. Ella estaba allí al pie de las peñas donde las
aves alzan sus nidos y donde un pueblo de amor transido vibra en tu Honor. Me
he puesto a escribir una novela que es la historia de mi vida y me sale una
salve. Total que nuestros antepasado se bautizaron en masa y las aguas del
Rasemir se convirtieron en un gran Jordán donde los del Pueblo elegido tornó
sus ojos a Cristo. En cierta manera los segovianos nos sentimos un pueblo
elegido. Elegidos para la palabra y para el dolor. Si la cruz es un privlegio a
nostros nos signaron con ella desde el principio hasta tal punto que sólo a
nosotros se nos permite hablar mal de la ingratitud de los elegidos. De raíz
conversa eran los coronel y los Davila incluso el propio torquemada prior del
convento de Santo domingo presentaba un origen nada preclaro y converso era
Pablillos y el gran historiador Colmenares otro que tal. Que nos nos vengan con
alicantinas. Lo que pasó pues pasó.A qué ton eso de meter la reja en la
Historia como si fuera la vertedera de un labrador honrado que labra sus campos
por La Lastrilla. Judñios eran los asesores y los confesores de la Reina
Católica y los pincernas de su hermano el infausto Enrique IV que a mí me
parece que no era tan impotente como le arguyen aunque aquel rey todo hay que
decirlo se aficcionó a las costumbres moriscas y estaba rodeado por una corte
de jenízaros andaluces. Todos los de la Guardia Mora. Judio converso era el
sacritán de san Facundo el que entregó las hostias para que las arrojase a la caldera
y la sagrada forma empezó a subir y subir por los tejados dando la vuelta
giratoria a todo el poblado hasta ir a parar a la celda de un novicio dominico
del convento de Santo domingo que iba a recibir el Viático.. el fraile era
tambien marrano como María del Salto como la mayor parte de los obispos, deanes
y capellanes que ejercieron en Segovia y como judíos fueron los conquistadores
que acompañaron a Colón. ¿Fue verdadera o fingida su conversión? Eso pertenece
a los misterios archivados en los anales de nuestra historia. España es al fin
y al cabo una locura. Pero una locura maravillosa. En la mescolanza de los
sonidos que bajan de arriba o suben por abajo ecucho los ecos de mi niñez
perdida: los cantos infantiles de la rueda y el corro, el son de los viejos
romances. Veo subir la cuesta que lleva a la Puerta del Socorro a muchos
peregrinos camino de Compostela con la calabza y el bordón pardas hopalandas.
Pàrdo era el color con los que se vestían los campesinos de la gleba y negro el
de los caballeros los clerigos y los domines. Pardos eran los picos de las
putas. De las famosas meretrices de Segovia. En mis primeros años conocí los
últimos suspiros de Castilla la Vieja. Era un país absolutamente a la españa de
hoy. Pardos son mis ojos y pardo soy yo hijo de la luz y de la noche. Parda
humildad semi franciscana. Don Pablos me estaba haciendo señas desde la otra
ventana y traía un libro en la mano aquel protodiacono de los pícaros y me
insinuaba tolle et lege. La primera foto que me hicieron en la alameda fue
acompañado de un libro. Tenía un libro en la mano el pelo rubio y la barriga
algo abultada. Pero no maldigamos a los tiempos creyendo el pasado fue mejor
pues eso supone una blasfemia un querellarse contra los designios misteriosos
del Criador. Yo me forjé una idea heroica del mundo. Caballeresca. Había que
salir en pos de un ideal a la búsqueda de ínsulas baratarias a desfacer
entuiertos defender a los humillados y ofendidos y pelearme contra los gigantes
que luego resultaron solo aspas de molino harinero. ¡Qué cosas! Acaso me sumí
en un romanticismo tranochado pero eso ya nada importa. La sombre de aquella
catedral acariciadora y benigna hizo de mí un exaltado de la cruz hasta llegar
a la convicción de que sin cruz ni cristianismo no son posibles ni la el amor
ni la belleza. Acaso en parte llevase razón pero la cruz no debería jamar
imponerse por la espada ni a la fuerza. Bajo el arco oscuro y olendo un poco a
húmeda bodega del postigo aquel por donde pasaban los carros y los areneros de
Espirdo y los panederos de Encinillas que subían a vender su mercancía a la
ciudad o los curas de teja bevriario y balandrán arrebujado como un tapabocas
sobre el pescuezo para no apañar frío en las tarde heladas hab´ñian cabalgado
los guerrerosc de la edad media (Segovia enclavada sobre un castro que es todo
un baluarte siempre conservó un aire militar, fraguamos país en la lucha contra
el moro o peleando en nosotros mismos acabada la reconquista) pero tambien los
picaros y los cperailes. Subían pobres de solemnidad y detrás mujerucas
arrebujados en sus mantones. Peleamos contra el sarraceno pero acabamos
adquiriendo muchas de sus costumbres en realidad. Todo en la vida es
circulación. Ir y venir. Subir y bajar. El eterno metisaca del nacer y morir
del engendrar del parir. Arillos concéntricos de la nada. Relojes de sol y
clepsidras. El arco del socorro impetérrito entendía poco de cronómetros.
Tempus fugit. Pero da igual. La estancia del hombre sobre la tierra no es más
que un soplo. Habían clavado una lápida en lo alto del pasadizo que decía al
fran escritor humorista don Francisco de quevedo autor del Buscón que era de
Segovia natural. Efectivamente en una de las casas del cantón tuvo el verdugo
municipal su residencia y al lado vivían los corchetes y alcuaciles. El corregidor
un poco más carriba. Creo que era el mismo edificio donde una comadrona que se
llamaba doña aniana Dios la tenga en su regazo me sacó del vientre de la Juani
que las pasó moradas pues la criatura que alumbró pesaba seis kilo doscientos
gramos y esa criatura era yo. Ahora bien tachar de escritor humorista a don
Francisco cde queveo el poeta más serio y profundo de la lengua castellana que
sólo pasó al conocimiento del pueblo por sus chistes verdes o los relativos a
la coprología (pedos, priovadas, eruptos y otras bellaquerías que entre dos
piedras feroces salió un hombre dando voces adivina quien es pues pintale de
verde) me parece un poco precipitado pero acaso responda a una venganza de la
hustoria que ha sido contgando y manejada por quien ha sido contada y don
Francisco que acaso fuera de la misma estirpe de los maniopuladores acusó a los
judios y a los venecianos de ser los grandes conspiradores contra la corona de
Castilla. Eso nunca se perdona. Claro está. Aqul letrero contra el cual disparamos
algunos cantanosen nuestra furia iconoclasta y llevados de la ignorante
clastomanía de la juventud (hay que destruirlo todo, no dejar títere con
cabeza) lanzmos algunas pedradas y todavía está ahí la señal. Mi cantazo hizo
una esquilar en un angulo pero aún se puede leer. La leyenda también le pareció
a don –camilo José Cela cuando cruzó por allí un bruma de mal gusto indicio de
la estulticia de nuestras fuerzas vivas. Pablillos pudo ser uno de mis
compañeros de juego aquellos niñops con los pantañlones con remiendo que no
gastaban calzoncillos y un solo tirante de mi cuadrilla. Con los que jugaban
conmigo al chito a la malla a guardias y ladrones al zoro pico zaina. Juntos
entrabamos en las casas deshabitadas en los hospitales de sangre abandonados
donde todavía quedaban vendas y jeringuillas y sondas sobre las camillas. De
uno en uno nos daba miedo explorfar aquellos recintos. Podría haber fantasmas.
Y la leyenda clavada en la Ouyerta del socorro pienso al cabo de muchos años
que selló mi destino. Sus letras gordos pesan aun sobre mi cabeza. Yo iba para
santo. Quería ser cura y acabé en escribidor que es una profesión por decir
algo y que guarda cierta relación con todo lo relacionado con la picaresca.
Naciera yo a la sombre de aquella catedral divina que se erguía sobre las
casuchas de mala nota y las escalerillas donde estaban las puertas marcadas del
barrio sefardita. Pienso si mis origenes no me habran predeterminado. ¿Habran
sido maldición o mbedición? ¿Trajeron suerte o fueron una desgracia semejantes
premisas del que busca y se afana y doce al año que viene en Jerusalén, reza
salmos, eleva sus ojos al cielo al dio y siempre vuelve sobre sus pasos. Ir y
venir que llaman acarrear. Girar y girar. Y venga dar vueltas. Vano empeño eso
de buscar la arcadia. El paraíso y el infierno yacen en el fondo de nostros
mismos. Son esdtos empeños frutos de la vanidad y de la locura humana. Cristo
sin embargo nos sonrie. Está en las historia. Aunque nos elija solo para el
dolor. No para el triunfo ni para la fama o la honra- esa sabiduría me la
comunicó Pablillos- porque no somos otra cosa que carne de dolor. Eso no lo
entienden ni las mujeres ni algunos paisanos míos. Todos ellos no leyereon
jamás el Libro del Bendito Job. Por eso se desperan y no encontrán jamás comnsolación.
De esta forma me apareé a mi yugo y me resigné a mi suerte. A veces me parece
que he triunfado que soy un elegido que el Santo de los Santos ha escuchado las
plegarias de este pobre miserable. Por todo eso y por mucho más muchas gracias,
Señor. En los terraplenes de los adarves de la muralla donde crecían hierbas
ociosas, lampazos y parietarias, estaba el edificio. Le llamaban la Casa de la
Troya. Acaso este título de una novela de Pérez Lijín definiera el continente y
el continente y el contenido fisico así como el carácter de sus moradores. Fue
la casa delGran Matarife. Algun escudo con los atributos heraldicos del Santo
Oficio debieran de andar por allí cosa que espantaba a algunos transeúntes a
los que entraba el canguis y de repente se persignaban arrenado el paso. Hubo
habladuría de que oyeron ruidos de cadenas y clamores de almas en pena pero no
era en nuestro edificio sino en la finca colindante donde nadie vivía. Sólo
algun gato pero de noche todos los gatos son pardos y algunos de estos bichos
pudieran resultar gatos inquisitoriales. Hay que andar siempre con la mosca en
la oreja. ¿Fantasmas a mí? No gracias. Temo mucho más alos vivos que a los
muertos pero no se puede ir contra coririente ni desbaratar las creencias del
populacho. Del rey y la inquisición chitón. Asi que ojo al cristo que es de
plata. Paso corto y vista larga. Entonces no sap´ñiamos lo que era eso. No
había aparecido aun en nuestras carnes la llamada del sexo que todo lo
desbarata bi fuyrmamabamos ni bebiamos vinos aunque nos mofasemos con los
borrachos muy frecuentes por aquellos contornos y en aquella porque en Segovia
había más tgascas y tabernas que iglesias y oratorios que ya es decir ni
habiamos empezado a alternar ni a tomar café. Nuestros pulmones y nuestros
bandullos estaban todo lo limpios que se puede estar a los cinco o seis años
asi como nuestros pensamientos y nuestras almas por más que nos diga que el ser
humano viene al mundo con el sello del pecado y sienmta una proterva
inclinación a hacer daño y a mal pensar. Tambien es verdad que estabamos en
estado salvaje o acaso fueramos el buen salvaje roussoniano limpio de polvo y
paja. Trisdcabamos por la vereda, saltábamos de una peña a otra temerarios en
nuestra osadia y despreciando el precipicio que mediaba entre ambas rocas.
Jugábamos a la guerra en baallas de moros y cristianos como nio podía ser menos
en cualquier ciudad española. Organizábamos dreas con los chavales de San
andrés parroquia a la que pertenecían los que vivian en la puerta ultgerior del
Arco. Los de la citerior eramos de San Milla´n. Había verdaderas guerras
campales a cantazo al final de las cuales alguna ventgana quedaba con los
cristales hechos zarzamillo y los dueños traían al delincuente de la oreja
abriendole a su padre el libro de reclamaciones por daños y perjuiciois. -Son
tres reales por el cristal que rompió tu chico. Y el progenitor ya estaba
esperándonos con el cinto. Aquella noche no había cena o mejor cdicho cenebamos
de la correa y de los vergajos. Pero Eros y Tganatos no habian asomado aun la
oreja y de la política unicamente hablaban los mayores y de sus conversaciones
colegiamos la tristeza y desolación las vida truncadas y los muertos que trajo
aprejados aquella contienda fratricida. Las mulas de las inquisición nos traían
al freco. Hacía muchos años que habían dejado de transitar aquellas sendas. El
tizne del demonio siugue ensiuciando todav´ñia algunas almas negras. No
comprendo ese afan de los españoles por cuestionar nuestra historia y
entregarnos a disquisiciones que a ninguna parte buecna conducen y sólo sirfven
para enfrentarnos los unos con los otros. Debe de ser porque aun llevamos la
ley del ojo por ojo y el diente por ciente marcada a fuego en nuestros
entesijos displicentes. Buena ganmas de elocubrar con ucronías y futurismos.
Nosotros ajenos a todo eso juganamos al trompo y a las canicas como si tal
cosa. Aspiraba a llegar a kas estrellas siempre buscando el plano ideal el que
marcara la aguja del pararrayois catedralicios allá arriba por encina de los
ojos de la torre. Los dias de fiesta yo veia sacristanes en camisa volear las
campanas sudando oprimidos bajo el peso de los Badajoz pero había que anunciar
el magno acontecimiento de la pascua. Abajo en la plaza los de las charangas
lanzaban voladores y don Francisco de quevedo los ojos cegatos los pies zopos
pero la lengua suelta y acerada de un cofrada subía hacia el ensolado muy
fatigado el hombre. Se acababa de entrevistar con el Domine en la casa donde no
se come ni se bebe. He seguido los pasos de aquel cojo divino genial y
tabernario yendo por el mundo un poco telumante de libros y de literatura
pegando palos de ciego y de que me cerraran antisimas puertas. -A los profetas
ya no os hacen caso. -Mientras no nos ahorcan seguiré apostrofando. -No eres
más que la voz que clama en el desierto. Cabezazos contra un muro. Mira que
eres testgarudo. Por la calle pasaban algunas monjas un panadero morisco y un
cristalero que iba a componer una vidriera que había derribado uno de los
pedriscos que suele haber en esta ciudad por las fiestas de San Pedro. Todos se
los veía muy afanados las monjitas con los ojos bajos el morisco muy altanero y
que no le quedaba en la boca ningún diente portaba a la cabeza una bandeja como
una herrada. Por allí cerca estaba el obrador paredaño al convento de las
claras. Don Francisco que iba ya harto de vino entró en un cuchitril socavado
como una bodega en los mismos bajos del temple al lado de una ebanisteríoa. La
entrada de la bodega ostentaba en el dintel un laurel baquico y un letrero que
ponía: “más vale aquí mojarse que enfrente ahogarse! Y justo enfrente
acurrucado en el lecho del valle donde estaban los pegujares y los tablares
lindamente labrados por los hortelanos moriscos con sus arriates y sus
caballones adosados en perfecta simetría bajaba el Rio clamores bastante
crecido de corriente salvo en agosto. Tgambien lo decían el rio Mierdero porque
en él desaguaban las letrinas de la ciudad. Sumirse en él debiera de ser buena
tortura. Don Francisco llevaba sobre el chaleco una enorme cruz colorada. Era
de la orden de Santiago y aun borracho aparecía siempre en compostura. El mosto
nunca le hizo perder la condición de caballero. Me hubiera gusrtado a mi ser el
escudero de aquel sublime beodo. Sus libros aun me siguen emborrando de
sabiduría, de piedad y de risa. Aspiraba a alcanzar ls estrellas. Siempre
buscando el plano ideal. Mi vida se enmarcaba en el rectángulo de aquel
ventanal balcón que daba a la acera. Estga condición de niño humilde ha marcado
mi camino.. anduve casi todas las sendas hice muchas descubiertas por muchas
tierras pero sobre todo exploré todos los libros y caté los mejores vinos de la
tierra. In vino veritas. Sangre de Cristo. Desde lo hondo del jarro el jovundo
espiritu de Pablillos el mejor amigo que hubo en mi infancia me hacia momos. Y
no eran burlas. Eran señas. Asi cogía fuerzas y cargaba con la gran luna del
espejo para irla pasando a lo largo del camino. Y las campanas tan… tan… tan.
Los moros las aborrecían y es una de las muchas cosas que me fastidian de su
religión aparte de que no permita beber de lo mejor que da la vida ni comer
jalufo wl que no toquen campanas nunca en lo alto de los minaretes. La voz del
almuedanbo nunca tendrá los timbres maravillosos y por eso he llegado a la
conclusión de que el cristianismo es la religión verdadera. Sin campanas no
puede haber dios y yo escuché muchas horas su dulce repicar. Invitan a la paz,
la armonía, el civismo. Algun sacristán en aquellas tenidas en lo alto de la
torre se asomaba a descansar y a echar un cigarro contemplando el magnifico
panorama que brinda la ciudad. Debía de ser un hombrón pero desde abajo parecía
muy pequeñito. -Baja un poco el acelerador. No te entusasmes tanto. -La pasión
siempre nos vuelve a los hombres ridículos. Ya se muy bioen lo que me quieres
decir, zampabollos. -Piensa mal y acertarás. -Desde luego mi vida iba a ser no
tardando mucho un descarrilamiento a ka carta. Fracasos sentimentales.
Problemas laborales trifulcas de todo tipo. Origionales para puiblicar
devueltod. Fui un vagabundo sin suerte. Una novia me dejó a la puerta de la
iglesia otra me divorció. No sé qué mal fize. No tienes vista. Eres un poco
patán. Fracasos sentimentales situaciones decpecionantes. Por los cafes hice el
ridículo y hasta las putas se reían de mí en los prostibulos. Sin embnargo yo
les decía agiuardad que yo escriba. Dadme papel y tinta. La literatura me
transforbama en una arcángel. Entonces armado de la flamigfera espadfa de la
palabra me convertía en una arcángel invencible, desalmenaba a mis enemigos,
les dejaba sin argumentos y sin palabra en la boca. Hab´ñia una fuerza en mí.
Quizas fuera la potencia de la fe. Descarrilamientos a la carta. Fui pegando
bandazos pero estos fracasos son algo exterior hay que fijarse en l,o que va
dentro no en el accidente sino en la sustancia. Mi vida osciló a péndulo entre
realidades consecutivas y suposiciones metgafíscias. Fui don quijote y sancxho.
Pero ser español significa estar sujeto a esa condici´ñon de metgamorfosis.
Aquella fue la ventanal de mi infancia un balcón que daba a la calle pues
viviamos en un piso bajo. Dicen que no eres de donde naces sino de donde paces
y yo pací en muchas partes pero el haber visto la luz primera a la sombra de la
catedral y haber abierto los ojos a los paisajes que cercan la urbe fue algo
definitico. Como un sacramento que imprime carácter. El recuerdo de aquellos
años trae hasta mía-recuerdos de un viejo- aromas de la infancia lejana.
Percibo en mezcolanza el eco de sonidos de bronce de la campana Aquellas
navidades fueron tristes cuando Juanlo se murió. Yo he nacido a la sombra de la
espira de una catedral del gótico tardía, alta ebúrnea, encarmada mirando a las
estrellas o en dialogo permanente con el añil de los cielos límpidos de
Segovia. Cuando voleaban las vísperas de las grandes fiestas todos los pajaros
abandonaban helagaduras de los huecos de la muralla donde posaban sus adarajs
los canteros romanos y ahora era habitaculo de golondrinas y de las perennes
chovas de Segovia de un altanero y lejano piar y salíanb corriendo mientras se
alegraban los rostros y las conversaciones se fundían con el sonido del bronce
de la campana gorda que sonaba sólo en fosd ocasiones el Día de la Resuerreción
y el 15 de la Virgen en la solemnidad de Nuestra Señora. Ese día al correr de
los años me casé yo. Si la torre de la Dama de las Catedral con sus flamígeros
pináculos me parecía inalcanzable las paredes de la muralla roman a junto a uno
de cuyos cubos se adosba casi la casa de venindad donde vine al mundo me
poarecía poco menos que inexpugnable. -Tan. Tan.tan. el mundo se llenaba del
gozo de las vísperas. Ese toque de visperas o el son más convencional y
perfuntorio del anuncio de las horas canónicas los llevo metidos en los
tímpanos del alma. Campanas que tocan a veces solas en la memoria. Los niños
salíamos a la calle y nos subiamos a las peñas de piedra caliza-en las margas y
q¡oquedades sobre las que se alzaban los cimientos de la ciudad aparecían a
veces fósiles y animales disecados de formas extrañas, moluscos, valvas,
camarones y caracoles que recordaban que un día Segovia fue mar precisamente
allí donde se alzaba aquella hermosa y grandiosas catedral, para ver tocar. Los
bultos de los sacristanes que accionaban las cuerdas y los Badajoz desde lo
profundo de la cuesta del socorro parecían figuritas de un Belén. Unos puntitos
blancos en mangas de camisa. El haber visto la luz por primera vez bajo la
sombra de aquel impresionante gótico tardío creo que imprime carácter. Dejaría
en mi ánimo un enervamiento, una tensión hacia la verdad y hacia la bnelleza que
costituyen el principal legado del cristianismo. Para mi la religión es una
bñusqueda y una añoranza del paraíso. Sin esta noción estética que proyecta
sobre el mundo la sombra del ideal como la de aquel cimborrio que lanza su
sombra a la paramía y el valle no es posible la vida ni la esperanza. Era
hermosa aquella catedral que el mundo debe al genio de Gil de Hontañón. Airosa
y joven. Siempre que vuelvo a mi ciudad la encuentro moza como una novia. Un
mojón clavado en la llanura que inspira elevación recogida y oración. Cada vez
encuentro al mirarla algo desconocido. Produce endiosamiento. Y otra cosa. Está
dedicada a la Virgen. Forja una noción protectora desde la lejanía. Anduve
luchando muchos años con las sombras del mundo añorando esa claridad que siempre
tuvo la luz de Segovia algo único. Nostálgico del manto de protección de
Nuestra Señora que los rusos denominan pokrov en una fiesta especial que
designan como el Día del Manto. Desde aquella venantgan del numero cuatro de
San Valentín yo aprendía a mirar a lo alto a escuchar las campanas y a ver como
avanzaba la sombra protectora de la torre con el girar del sol sobre el
horizonte como un manto protector de la virgen sobre Segovia. Me hubiera
gustado ser menos entusastas y enardecido pero aquella sombra y aquel manto me
hicieron como soy. En la muralla había un sillar romano en el que se leía una
inscripción. Iuvenalis Iuvenale decía la inscripción. Lo dem´ñas estaba borrado
por la lluvia que erosionaron el granito. Podía ser una piedra miliaria o acaso
aquella piedra formó parte de un templo a algún dios derruido. La muralla
romana fue derruida por Almanzor. En la reconstrucción por algonso se
aprovecharon todos los materiales. Tambien me intrigó aquel letrero. Segovia
romana inspiró mi inclinación hacia la latinidad lo que es lo mismo que la
catolicidad. Vengo de un origen donde universalidad quiere decir tambien
altruismo y un cierto sentido caballeresco / romancesco de la existencia. Tales
antecedentes me precluyen e incluen. Mirar hacia lo alto a la catedral. Había
un cipres intramuros que eclipsaba la vista en parte de ka torre. Las tardes de
primavera era un nido inmenso de todas las aves del cielo y a mano izquierda
estaba el Arco del socorro con el escudo que mandó esculpir el emperador Carlos
V en la cara norte y una talle de la virgen de las Nieves en la otra. El
postigo hab´ñia sido derruido en parte pero quedaron en parte los ojos oscuros
de los matacanes de vigilancia y las saeteras de lo que debió de ser el cuerpo
de guardia. Yo miraba continuamente para la cuna vacía y seguía buecando a mi
hermano por todos los rincones de la casa. En la hornacha bajo el fregadero. La
lumbre estaba puesta toda la tarde. Hizo mucho frío aquel invierno del 47 y
hubo fuertes nevadas.pero los días fueron alargando, se hicieron más largos y
fríos. Estábamos de luto pero venían visitas y nuestra casa era un filandón de
gente a dar el pésame. Hay que sobreponerse... llegó el abuelo del pueblo con
un saco de patatas y judías que mo madre vendía al estraperlo pero mi madre la
Juani que sabía cómo ahorrrar la peseta era mujer de buen corazón y gran parte
de los víveres que criaba el abeulo Benjamín en el huerto, en el judiar o que
trillaba en la era o molía en los molinos harineros iban a parar a los
necesitados de nuestra vivienda. La puerta del sargento Maximino y la Juani
estaba abierta y hasta hacían cola y pedían la vez en espera de un socorro. La
cola todo hay que decirlo no era tan nutrida como en el pasillo largo y
hediondo queconducía hasta la puerta de la Felisa que recibía a sus
visitadores-usuarios en bata de cola. qué buena es usted! -Ni mucho menos,
Macrina.(Las vecinas se hacían lenguas de la
generosidad de mi progenitora. -Ay, señora Juanita, Tiene que ser
unos por otros. A su lado no había pobres aunque mi madre tenía su geniecito.
Cuando rompía un vaso o tiraba la leche que traía el machacante del cuartel me
zurraba cola zapatilla. El óbito de Juan José había supuesto un duro golpe para
ella y creo que empezó a padecer de los nervios. Yo había quedado como el rey
de la casa. Sin embargo, siempre tuve la sensación de ser aborrecido porque al
poco tiempo quedó encinta y nació otro hermano el tercero que siempre sería su
favorito. Al cabo de mucho tiempo pienso que aquel trauma de no ser querido de
ser infravalorado o despreciado ha sido un lastre psicológico en mi vida. Y
muchos de los padecimientos psiquícos e inseguridades que me han azotado
tuvieron su origen en este interregno entre la muerte de Juanlo y el
alumbramiento de Zacarías cuando mi madre tuvo un grave padecimiento de tipo
nervioso. No sé. Por otra parte tuve la sensación de que mi padre se volcaba
con los de fuera y a mí me golpeaba al menor pretexto. Yo fui uno de tantos
niños maltratados de la postguerra. En las fotos de aquella época que conservo
aparezco con los ojos tristones y siempre con un libro en la mano. Esto de los
libros fue síntoma. A los libros me aferré de por vida. Los clientes-usuarios
de la Felisa aumentaban con el paso de los días y debió de irla bien en su
negocio el más antiguo del mundo pues al poco tiempo se mudó a una casa más
lujosa en la calle Gascos. Era una mujer rubia, alta y muy simpática. Siempre
me daba caramelos puesto que el hijo del señor Silvino el militar en la Casa de
la Troya era toda una autoridad y me besuqueaba pero a mí no me complacían los
achuchones de la Felisa. Llevaba los labios pintados y el aliento le olía vino
que tiraba para atrás. Desde entonces las magdalenas me inspiraron compasión y
una cierta curiosidad. Yo no sería nunca de los que tiraran la primera piedra.
Tampoco los inquilinos de nuestro bloque que hacían la vista gorda. Pobre
mujer. A su marido un oficial republicano murió en el Ebro. Tuvo que dedicarse
al arte seguramente no por vicio sino por pura necesidad. Tenía una hermana la
Concha que iba a vender caramelos por toda Segovia. En las ferias en las
porcesiones en el âseo Nuevo o en el Salón sonaba la voz aguardentosa de
aquella mujer metida en años y en carnes que vendía chuches y el pirulí de la
Habana por un real. -A ral... a ral... ral. Era su santo y señas y las buenas
gentes de mi ciudada compadecidas se rascaban el bolsillo e iban a comprar a la
Concha un cucucurucho. La percepción que tengo de aquel entonces era un vivir
como hermanos. No había pasado más de un lustro de finalizar la contienda y
allí no se hacíoan distinciones entre republicanos y nacionales. Se hablaba de
paz de lumbre de trabajo. Pero las marcas de aquella guerra terrible quedaron
tal vez marcadas en el interior de las almas. La señora Segunda que me daba cachuetes
por ejemplo. La recuerdo jorobada y pequeñita subida sonbre un tuero del
fregadero de su cocina que daba al patio con pozo de brocal y vistas al
Pinarillo. Le habían matado al marido en la guerra y a un hijo. Vivían de lo
quesacaba Gabriel el cojo que vendía pipas y cigarrillos en la estación. Todos
los dias se le sentía bajar por la escalera a rastras. Se protegía las manos
con una especie de almohazas para no herirse y con rodilleras y subía a su
triciclo con un pedal de mano y con su cestas pedaleaba los dos kilómetros que
distanban entre el barrio de la estación y el Arco del socorro. Era el único
que miraba a los militares con cierta prevención. Sin embargo, le quería mucho
por ser hijo de la señora Segunda una santa él decía. -Lo pasado pasado, Gabriel,
hay que echar todo eso en el olvido. -Ya. Pero es muy dificil renunciar a las
ideas, mi sargento. Sin saber que responder mi padre le ofrecía la petaca y
fumaban amigablemte el soldado de Franco y el paralítico republicano. Gabriel
vendía pipas en el andñen y cuando regresaba a casa escribía poemas. Yo tengo
sus manuscritos que desgraciadamente no vieron la luz. Por aquella escalera
bajaba Taito que era aprendiz de albañil y la Tía Carnerita gorda como una
tinaja y la voz ronca de aguardiente dejando un rastro de olor. Uno de sus
hijos era ciego y vendía los veinte iguales para hoy y una hija la Carmen había
tenido un hijo de soltera, Constantino que era de mi edad. Lo había engfendrado
un italiano del que nunca más se supo pero la Sefarina la hija mayor de la
Carnerita cuidaba de todos ellos. Freganba suelos se levantaba a las cinco de
la mañana para kir a asistir y por el verano vendía helados en un puesto que
tenía en el Azoguejo. Estaba cargada de hijos y tenía a su marido emn la
carcel. iba a verlo al penal de Cuellar algunos jueves en los coches de
lñíneade Galo álvarez. Tengo que decir que mi padre que estuvo destacado en la
guardia de soldados que vigilaba el castillo le llevaba algun paquete de comida
y lo recomendó al coronel Tomé para que saliera en libertad alegando motivos de
buena conducta y además el Iglesias el marido de Serafina carecía de delitos de
sangre. Este hombre llegó a ser en Segovia muy popular pues era buen recitador
y en muchos salones de actos se le invitaba como rapsoda. Su tour de force era
el Piyayo de Ganbriel y Galán. Aquella ventana de mi infancia otreaba
horizontes de ,melancolía pero nunca el odio que ha aparecido casi setenta años
después a menos que ese rencor estuviera soterrado o haya saltado a la palestra
de forma interesada a instancias de esas fuerzas oscuras que tienen una
trayectoria invisible pera tan malignas como frecuentes en nuestra historia.
Esas fuerzas son las que envenenan la convivencia entre españoles. Otro de
lospersonajes que subñían y bajaban por la escalera de la casa de San Valentín
era un guardia civil padre de otro amigo al que aludiré despues puesto que el
señor Juan, muy serio y muy guardia civil, cuando pasó a la reserva fue
contratado como portero del seminario de Segovia. Le recuerdo siempre serio
inmerso en un gran mutismo introducido en su tronera. En toda la tarde se leía
de arriba abajo el Adelantado de Segovia. Aquella sequedad aquuella seriedad
escondían un buen corazón pero tambien un entendimiento cargado de
ezxperiencias pesimistas sobre la inclinación al mal de la naturaleza humana
que él había vivido a través de su oficio de policía en años muy duros. Era un
hombre enoprme alto bien parecido con unas anchas hombreras. Nbajaba las
escaleras lentamente com el mauser en bandolera la capa y el tricornio.
Infundía un poco de respeto aquel honrado número de la Benemerita pero daba la
impresión de estar amargado por cuestiones que ya he detallado en otro
ca`´itulo de esta hisotira de mi vida. A la puerta le esperaba el otro número
con que hacía la mayor parte de los servicios y salía mauser y escarcela al
hombro de correría. Se llamaba Belinchón. Pese a su apellido en aumentativo el
guardia Belinchón era pequeñito vivaracho y locuaz. La pareja era un
contrapunto. Parecían la ele y la i pero toda una pareja de la Guardia Civil
circulando por los caminos de España. Acostumbrados a ver mucho y a pasar
fatigas y sinsabores. Paso corto vista larga y ojo al cristo que es de plata
como se suele decir. Casimiro el guardia mi vecino era de rango inferior a
Belinchón que lucía una galón rojo en forma de ángulo por lo que antes de
iniciar el servicio tenía que cuadrarse y darle la nopvedad como subalterno.
-Sordenes. Sin novedad, mi cabo. -Pues adelante con los faroles. Y La L y la I
transfigurados en pareja de la GC desparecían por el postigo del Socorro. Pero
antes una paradita en la tienda del Tío Juvenal que solía invitarles a café de
puchero y una copa de coñac. Se agradecía pero se rehusaba. La Benemerita no
prueba el alcohol cuando está de servicio. Se les respetaba y acaso se les
quería pero también se lestemía. El guardia Casimiro le contaba una vez a papá
en una de las pocas ocasiones en que éste rompió su reserva y su mutismo que el
peor servicio para ellos no era la lucha contra el maquis. Era la cuerda de
presos. Alguna vez mirando atras en su hoja de servicio fue cuando tuvo que
conducir desde Puerto de Syanta María hasta Chincilla a tres penados que iban a
ser reos de muerte. -Maximino, eso sí que es duro. Se te parte el corazón.
Nunca te acostumbras- le decía. Por eso aquella tristeza en el rostro del
guardia Casimiro. La guerra le pilló en Madrid. Un guardia civil tiene que ser
siempre leal a su gobierno. Luego cuando vio aquel desbarajuste se pasaría a
los nacionales. Sus ojos estaban cansados de tanto testimonio de tristeza de
tanto ir y venir en interminables retenes por los caminos.¡Cuantos secretos
encerrados en el macuto de un guardia civil! Luego regañaba mucho con su mujer
por causa del Antoñita al que nunca comnsiguió meter en vereda como declararé
despues. De oscurecida pasaban los grandes rebaños de la mesta. Mil. Diez mil
ovejas. Creo que hasta cien mil cabezas pasaron por el portón camino del
fielato para el pesaje y la alcabala. Detrás venía el morueco o carnero padre
con un cencerro. A los flancos, guardando la línea, excelentes guardianes de la
majada, los mastines, algunos de ellos de una alzada pareja a la de un buche
que obedecían las órdenes de los rabadanes, todos con boina, calzados con
albarcas y con piales y zaragüelles. Parecían soldados que la mesta siempre
estuvo algo militarizada. Por las noches se sentía ladrar a lo lejos el ladrar
bronco y profundo de aquellos perros que desafiaban no sólo al lobo con sus
carlancas sino también a la luna. Contemplaba yo aquel tránsito impresionante
de cabezas de ganado, un mar de ovejas. Siempre había sido así. Desde la edad
media hacían vereda delante de aquella casa e iban a pernoctar al pinarillo
cerca del cementerio judío donde estaba el osario o cementerio judío. En plena
cañada real. Costumbre establecida desde las merindades. Aquel olor aquel tamo
que los animalitos levantaban al cruzar la puerta del Socorro de la vieja
ciudad amurallada me impregnó del sentir de la historia de mi país. Un pueblo
bronco y m´çagico y comunero que siempre tuvo muy arraigado el sentimieento de
la libertad. Entraban por la de San Cebrián e iban a dar al puente de Santi
Spiritus que cruzaba el Clamores. La vida seguía y poco a poco dejé de pensar
en mi hermanito muerto aunque de tarde en tarde cuando me traían de en cá la
señora Amtonia la catalana miraba para la cuna suya recién hecha. Sobre el
dosel lloraba un angelito treiste pero las sabanas estaban limpias y las
almohadas como epernadole. Al final de aquellas navidades los Reyes me trajeron
un caballito de cartón. Era así de grande tan grande como los mastines de los
pastores trashumantes. Era muy bonoto de color gris, los ojos saltones, una
silla roja y andaba sobre ruedas. Tacatatacata. Con el juego venía una fusta.
Es lo que me hizo más ilusión. Me pasé dos días cabalgando y no quería bajar
del carretón ni a tiros. Mi alazán tordo gris cabalgaba todos los horizontes.
Los Reyes vinieron ricos. También me trajeron un camión de bomberos que
arrastraría yo por la acera al pie de la muralla. La hija de la Macrina que era
mi amiga me acompañaba en aquellas veladas de la ilusión. A ella la habían
echado una cocinita y una muñeca con la que jugamos a los papás y a los
médicos. Pero la hija de la señora Macrina no me gustaba. La que verdaderamente
me gustaba era otra: era la hija del subteniente Casado compañero de mi padre.
Vivían detrás de la Plaza Mayor cerca del obispado y segun la costumbre en
aquellos años las familias se solían hacer visitas los domingos y fiestas de
guardar. El visiteo a medida que fue subiendo el nivel de vida y fuimos siendo
más rico fue sustituido por el chateo: recorrer diferentes bares de tapas más
vulgarmente conocido como alternar. En la posguerra no daba para tales
dispendios de salir a tomar algo. Ese algo se tomaba en casa. Siempre con algo
más de fundamento. Se llamaba Merceditas la hija del subteniente y creo que fue
mi primera novia mi amor precoz. Cuando llegaban las visitas a nosotros nos
gustaba meternos debajo de las faldas de mesa camilla y nos contábamos cosas.
Hacíamos lo que veíamos hacer a los mayores y nos hablábamos sentados en el
hueco del brasero. También venían los Tinaqueros que tenían un jijo que se
llamaba Cipri y era de mi edad. Él me enseñoó a jugar al guá. Tenía mucho tino
con las canicas que llevaba en una bolsa prendida a la cintura algunas de ellas
de mármol. Cipri tambien sabía silbar muy bien entre dientes. Me enseñó pero
ese silbo maravilloso que hacía él nunca lo pude copiar. Yo decía cositas a
Merce en nuestro escondite de la mesa camilla mientras los mayores hablaban de
sus cosas y jugaba a las bolas con cipri o a los carreristas. Los corchos de la
cruz blanca dentro metíamos un cromo de nuestro ciclista preferido que solía
ser Berrendero o Trueba el ganador de la Vuelta a España torneábamos un cristal
a molde del agujero del corcho y luego se pegaba con jabón y ya estaba listo
para dispararlo por una carretera de arena hecha removiendo la tierra con las
dos manos en horizontal y hacíamos puertos de montaña y todos con sus
correspondientes bajadas temerarias. El que golpeando al carrerista con un
golpe del dedo índice y pulgar llegaba con su cromo a la meta el primero ése
ganaba. El que se salía de la pista quedaba descalificado. Así eran los
primeros juegos de infancia en la solana de la Puerta del Socorro. Veía pasar
la vida desde mi ventana balcón en el piso bajo pero exterior del número 4 de
San Valentín. Sólo tenía un dormitorio el comedor y una cocina con los techos
muy altos pegada a la escalera con una leñera tenebrosa donde yo pensé que
habían encerrado durante mucho tiempo a mi hermanito. La ventana daba a la
muralla. El primer paisaje que vieron mis ojos fueron aquel muro de sillares
romanos que arrancaban justamente de la espalda de los peñascos de calizas
sobre los cuales se eleva la ciudad. Los grajos y los vencejos anidaban en las
socarrenas o hendiduras que dejaban los andamios. Las tardes de primavera eran
una fiesta de alas negras recortadas de golondrinas en vuelo versátil y
exhibicionista alegrando con sus trinos la atardecida. Si alzaba la vista
contemplaba el capitel augusto de la Dama de las Catedrales una saeta volando
al firmamento. Todo era verticalidad e imperial arquitectura. El lugar parecía
comunicarte una fuerza interior y un grito de llamada: citius, altius fortius.
Os quiero a todos escaladores atletas del Señor. Esa fuerza de la mirada hacia
las cosas latia dentro del fanal de un ojo oculto. Era como el grito de una fe
ancestral. Aquel edificio del gótico tardío fue la sede de ,is primeras
vivencias. De la mano de mi padre subiamos a misa por las viejas callejuelas de
la judería casas humildes que se acurrucaban bajo el amparo de aquella torre
mágica. Los domingos a las once había misa cantada. Tarareaban Tercia los
canónigos detrás de la reja del coro de impresionante labra luces apagadas. Por
los vitrales policromos de las grandes ventanas encaramadas penetraba una luz
lechosa y sobre el gran facistol donde yacían los etustos y desencuadernados
becerros antes de la misa cantada el ángel de los salmos pasaba las páginas. Me
impresionaron de siempre y con algo de ellos mi alma quedaría marcada para
siempre aquellos librotes, aquella monomio. Abrid señor mis labios. Dios de
Israel seas mi baluarte contra quienes me persiguen. Y los herrajes de cierre y
las letras gordas pautando melismas gregorianos. Allí se reclinaban las claves
de una música olvidada. El prcentor se acercaba con paso leve y cantaba una
antífona. Respondía el coro con desgana pero haciendo valer en medio del
cansancio la virilidad de los siglos. En medio de la monotonían de la historia
las oraciones sonaban. De tanto pasar página los extremos de los cantorales
llevaban la marca de los dedos qwue tocaron los cantorales sagrados. Sentados
en sus reclinatorios o apoyados sobre las misericordias de fina labra aquellos
religiosos de capas negras y blancos sobrepellices cumplían la rúbrica y el
decoro. Una ausencia se pagaba con una multa de tres pesetas. Siete veces al
día. La impronta de los dedos sobre un ángulo de la página hacían estar en los
hombres qye habían cantado las Horas desde el siglo XII. La familiaridad con el
trato divino les había convertido en seres escépticos y despondentes. Cantando
era una forma que tenían de arremeter contra las embestiodas de la Bestua que
acosaba a una humaniodad en aflicción: guerras, hambrunas, discordias, muerte,
enfermedad, fracasos. Tus alabanzas salgran de mi bca, Señor siete veces al
día. Te alabaré desde la aurora hasta el ocaso. ¿Y tu, dios mío, qué me das?
Una protección dispensas yo no la veo. Abre, señor, mis labios pero abre
también mis ojos. El organo prorrumpía en sones mayestáticos al final del
oficio. En lo alto de la cúpula VIVA SAN FRUTOS BENDITO. Para san Frutos –
decía nuestro llorado don Julián García Hernando al que dimos tierra este
verano- hay dos caminos. El de la Pedriza o tebaida Segoviana en lo alto de un
risco donde buscó la santidad apartada y vida penitente mirando para las
águilas que planean sobre las hoces y alcores del Duratón. El del trascoro de
la catedral de Segovia donde se guardan sus restos en una urna o lucilo de
jaspe sobre el retablo que labrara Ventura Rodríguez y se canta el tradicional
himno. Yo elegí este último porque llegarnos hasta Fuenterrebollo no me vagaba.
La dama de las catedrales estaba de bote en bote. Tiene un aforo para quince
mil personas. Y que bien resonaban los coros y la orquesta de violines
acompañando al solo. El tiple. Hace cincuenta y dos años yo fui tiple junto con
Moyano, Publio Sanz y Marianillo. Oyendo a aquel niño yo pensaba en Moyano y en
Marianillo que eran dos latinos. Y que bien resonaba su alegro y el resonar de
los violines bajo los elegantes empinos de las airosas y etéreas bóvedas que
trazara Gil de Hontañón. No hay en el mundo gótico mas florido ni catedral más
hermosa. Viva San Frutos bendito gritó al final de la interpretación un
barítono . Poco más o menos como entonces. La vida sigue igual. De José del
Moral heredó la batuta Dom Frechel, canónigo precentor o maestro de capilla. Y
a don Daniel Llorente de Federico le relevó en el báculo y la mitra don Angel
Rubio que no es tan alto ni lleva capa magna ni caligas ni quirotecas ni
manipulo pues es toledano y más bien pequeñito y ha cambiado algo el rito. Me
fa la impresión que éste va a ser un gran obispo, muy cerca del pueblo. No
suelo equivocarme en los primeros golpes de vista. Pese a la crisis y la que
está cayendo la sede de San Geroteo sigue viva y no ha muerto la ancestral fe
nuestra que nos inculcaron a machamartillo. Qué compases más exactos y que
temperamento más sanguíneos los de los maestros de capilla de la sede
segoviense. Y sonaron nuevamente otro año más y otro menos las estrofas de una
composición del siglo XIX que todos los segovianos nos sabemos de memoria y
llevamos en el corazón: Al siervo bueno y fiel que rogando sin cesar Consigue
bienes eternos de la infinita bondad (bis) Al que es gloria de esta iglesia
patrono de esta ciudad Como un padre de la patria y socorro universal Bendigan
todos. Bendigan todos y alaben Su virtud angelical (tris) Los prodigios. Los
prodigios y milagros Que a favor de sus devotos ejecutó liberal. ¿Quién los
podrá enumerar? (tris) Un icono de San Frutos me acompaña desde hace más de
medio siglo. Es una foto de la estatua de que este divino anacoreta barbuda
estaba en un altar de nuestro seminario viejo con escapulario de carmelita,
túnica de cisterciense, un rosario enorme y un gran libro. Para hablar de este
santo de mi pueblo, una santo mozárabe que fue perseguido por amor a Cristo y
por su pasión por la verdad criticando las costumbres de los godos, sus
envidias, sus estrambóticos placeres y huyó al yermo con sus libros, con su
bordón y su rosario que entonces no se llamaba rosario sino “tasbib” o
recitación por cuentas a la manera que siguen haciéndolo los mantras y los
monjes orientales y los que llevan al conocimiento y unión con la divinidad
mediante la recitación del hesicasmo. Tuvo que poner pies en polvorosa poco
tiempo antes de que Segovia cayera en las garras sarracenas. Los moros nos
venían pisando los talones pero seguramente más temible que los los moros debió
de parecer al santo la incuria y falta de fe de los malos cristianos
segovianos. Arreciaba el morbo visigótico poco más o menos como ahora. Eso que
llaman envidia. El peor enemigo es el que llevamos dentro. En este país no
suele venir de fuera sino de adentro. Hay mucho topo, se multiplicaban los
caballos troyanos, todos los días nos tenemos que limpiar las babas de los
besos de algún Judas. Ruega por nosotros, glorioso san Frutos. Buscó las cuevas
de los siete altares cerca de Sepúlveda y se instaló en la Pedriza en compañía
de los suyos. Es posible que los otros dos santos que celebran con él en la
fecha del 25 de octubre el martirologio romano que intercalan la fiesta tomada
de los misales visigóticos, San hijo y santa Engracia no fueran sus hermanos
sino su propia esposa y su hijo. En la trayectoria eremitita muzárabe los
monasterios eran mixtos mucho antes de la llegada de San Benito y de la reforma
de Cluny. Es igual. Que fuera soltero o casado nada importa. San Frutos es san
Frutos nuestro santo tutelar. Su rosario, recuerdo cuando pasaba por los
tránsitos y le veía colgando de la cintura fue un detalle que entró con todas
mis apercibimientos. Soy un desapoderado fanático del rosario y casi siempre
llevo en la mano un libro pues siempre hay un ángel que me recomienda lo que a
Agustín: tolle et lege. Toma y lee. Siéntate. Olvidate, desaparece. Sueña. Que
hermosa lección de la Iglesia que insufló en nosotros esas taxonomía de lo
exacto por la palabra y por la letra. La lectura hace de nuestras vidas algo
más sólido y determina que no seamos cañas movidas por el viento. Que no
tengamos miedo. Que no cambiemos. Eh tú, el de Aldehorno, que yo no cambio ni
cambeo. Tampoco tengo miedo a nada, sólo al pecado de la envidia que es una
manifestación por via de frustración que alienta en muchos corazones.. Opus
Dei. Opus mei. Algunos estáis un poco locos. La esclavina penitente de mi
querido santo mozarabe es nuestro baluarte así que a vuestras amenazas ni puto
caso. El cuerpo me podréis arrebatar pero ni mi alma que es de Dios y morará en
las alturas más allá de las peñas grajeras y de las estrellas que contemplaba
san Frutos en las augustas noches de mi tierra. Existe una leyenda segoviana
que debió de tomar en cuenta cuando Aniceto Mariñas esculpió la estatua de san
Frutos que preside la puerta mayor de la catedral que dice que cuando san
Frutos pase la hoja del libro de piedra que está leyendo se acabará el mundo.
Anicetillo se tiraba horas y horas en la catedral para ver pasar pagina al santo.
Y ésta siempre se estaba quieta por lo que coligió el artista que nunca se
acaba el mundo. Somos nosotros los que pasamos página. O nos la pasan. Y ya nos
lo dirán de misas. Fue un acto muy hermoso. Ya digo la iglesia mayor de nuestra
Segovia registraba un aforo como yo casi no recordaba. Era una catedral
diseñada para llenarse para estar abarrotado y allí miles de personas mirando
para arriba como lelos a ver si san Frutos pasaba la hoja o escuchando
embelesados su himno melodioso. El libro, el rosario, el cíngulo de cuero o de
piedra, la gran calva y sus barbas bizantinas fueron sus atributos de
santificación. Con ellos venció al mudo y entró en comunión con la armonía de
las esferas. San Frutos es más que un santo tutelar. Todo un personaje entre
nuestros paisanos. Y un símbolo de nuestros genes. Nos gusta leer, nos gusta
aprender, somos sufridos y recios de temple y tan buenos que parecemos tontos y
hasta dejamos que las palomas nos meen en la calva, pero siempre hasta cierto
punto; nuestro aguante tuvo un límite. Nos gustan el cielo azul y el canto de
las aves. Y por eso le llamaban el pajarero por que en su fiesta todos los
altozanos de esta tierra, todas las zarzas y los espinos se llenaban de
bandadas de jilguerillos dispuestos a saltar a África en trayectoria opuesta a
la que trae hoy el rumbo de las pateras. Recuerdos aquellas caravanas de
ciclistas que veía partir por Baterías o por la Lastrilla en bicicleta con una
caja forrada de hule a cuestas la liga y el cebo bien colocado en las varetas
dispuestas. De Segovia es la frase de tirar varetas a pájaros para describir
nuestra afición por el campo y los tomillares. Callad la tarde regresaban los
pajareros al hogar con las cestas llenas y en los bares te servían siempre un
pajarito de aperitivo. Menos mal que hoy la caza con liga está prohibida. San
Frutos que es un santo ecológico donde los haya y esta de guardia en el cielo
para todo- algunos le invocan también contra la violencia de genero que es el
mal de nuestro siglo- debe de haber intervenido para que los desaprensivos
cazadores hicieran aquellos estropicios y hecatombes de gurriatos jilgueros
algún tordo y más de un pardillo por donde tirábamos varetas. San Frutos er un
santo para todo. Optimo remedio para todos los males. De su altar quebraban exvotos
bragueros de quebraos y mechones de cabellos de niñlas muertas. Y hasta para el
mal de los dientes. Reza la tradición devota que al que de vuelta a la ermita
no le volverán a doler las muelas. Y tanto. ¡Menudo precipicio! San Frutos
hacía equilibrios espirituales sobre aquellos gollizos que siegan el curso del
Duratón como una hoz con sus piedras tajadas. Aquellos san frutos de antaño en
las casas se comía pisto y pajaritos fritos. “Cuando llega octubre el cielo se
pone azul de fiesta y emigran los pajaros” así empezaba un cuento mío
primerizo. Era fiesta grande en el seminario. Terminaban los ejercicios
espirituales y por la mañana al despertarnos a toque de campana bajábamos a los
tránsitos donde Blas Carpintero y Zurita de Valladolid habían colocado las
sotanas nuevas. Que ilusión más grande ponerse por primera vez la sotana y el
birrete en las gloriosas mañanas soleadas de san Frutos. Era como un regalo de
reyes. Yo creo que desde aquel 25 de octubre de 1955 –ya ha llovido- en que me
la coloque sobre mis lobos la sotana no me la he quitado nunca ni renuncié a lo
esencial de mis convicciones católicos. El bonete sí. La beca roja me sirvió de
bufanda o de moquero. El bonete me lo he quitado muchas veces y hasta he jugado
al chito con sus puntas de cartón. Pas barbas no las tengo tan floridas sino
más ralas que mi santo cenobita mozarabe. Y como él tengo un libro en la mano.
No paso la hoja. Por si acaso. Mis queridos paisanos, felicidades. Esa hoja y
ese libro enhiesto marcan siempre el camino del cielo 24/09/2017 CUARTO
TRIMESTRE La catedral de Segovia es uno de los mayores templos de la
cristiandad y después del de Sevilla acaso el más grande de Segovia con sus
bóvedas de tracería que alcanzan los sesenta metros de alturas y unos
responsiones o columnas sostén de la nave central de hasta ocho metros de
grosor. La torre, una atalaya impresionante que se divisa a cincuenta
kilómetros a la redonda en la alta paramera, alcanza los cien metros y a decir
de algún viajero los ritos de semana Santa de acuerdo con las rúbricas de la
liturgia isidoriana o hispano-visigótica en ella resultan de un gran esplendor
y nada tendrían que envidiar a los del Vaticano. Incluso los superan. La
basílica de San Pedro, lóbrega y sucia, servía de albergue a los peregrinos que
iban a ganar el jubileo y su estructura renacentista no inspiró nunca gran
devoción. Bruneleschi, Bernini con su arte dieron a entender que Roma está
llena de poder pero vacía de Jesucristo. La basílica vaticana como todo centro
de poder sobrecoge y no inspira. Allí a diferencia de Compostela no había
botafumeiro. La ingente multitud de desarrapados que pernoctaban y hacían sus
necesidades en el recinto hacía que las misas papales no fueran todo lo
edificantes que cupiera esperar. En la sede segoviana había un retén de
vigilantes que expulsaba a los alborotadores, a los mercachifles y a las ninfas
de cantón incluso que hacían la carrera en los soportales de San Juan de Letrán
velando por la seguridad y compostura de los asistentes a los oficios. La
ciudad eterna agrupaba a una tropa variopinta de romeras y de rameras. Siempre
debió de ser así. En su semana mayor por el contrario Segovia se transformaba
en un verdadero zoco de devoción donde se daba cita toda la ciudad para asistir
al drama de la pasión del Señor. El templo tiene una capacidad para 20.000
personas y esos días el aforo se llenaba. Todo comenzaba el domingo de ramos
con la pontifical oficiada por el obispo quien hacía su entrada solemne por la
puerta de San Frutos al son de clarines y timbales y de repiques de campanas.
Las torres de sus cerca de doscientas iglesias y conventos empezaban a girar
con su volteo molinero como arropando a la catedralicia sede de San Hieroteo,
que así se llamaba su primer obispo. El bronce más sonoro era el de la campana
gorda de la iglesia mayor. Un lacayo con librea le abría la puerta de su coche
un Mercedes y los añafileros del Ayuntamiento de levitas de botones de plata
con un tricornio en la cabeza se inclinaban profundamente. Ya en el mismo
umbral de la basílica salía a recibir al prelado el cabildo en pleno; lo
presidía el deán Revuelta con el arcediano Bernardino y el archivero Hilario
Sanz con sotana de seda y muceta morada bajo el balandrán (los mejores meneos
eran los de Fernando Resines el fámulo episcopal que no se separó de su obispo
ni en la vida ni en la muerte, según va dicho) y detrás la clerecía en
sobrepelliz: beneficiados, acólitos, cruciferarios y turiferarios agitando el
incensario y representantes de las órdenes militares en ropa talar con un bonete
de cuatricornios con pompón sobre sus honradas testas. Dos pajes venían detrás
del señor obispo portando la capa magna- tres metros de seda colorada enrollada
al brazo- mientras la schola acometía las estrofas del “Iste Confessor”. El
maestro de ceremonias don Julián Canto cuidaba de que se hiciesen todos los
movimientos, los gestos, las referencias y los pasos conforme a las rúbricas
del rito isidoriano, con un puntero en la mano con el que iba señalando al
preste las oraciones preceptuadas por el misal. El puntero era de plata y a
decir de los especialistas en liturgia tenía un ascendiente muy antiguo: la
sinagoga. Un diacono con dalmática y un subdiácono con tunicela flanqueaban la
cruz procesional. El acólito portaba un acetre, vinieron dos sacristanes y
revistieron al obispo de capa pluvial con la estola cruzada sobre el alba, en
lugar de horizontal para indicar que el que la llevaba había alcanzado la
plenitud del sacerdocio y éste tras mojar el hisopo dentro del caldero empezó a
rociar las cabezas de los fieles de agua bendita. El coro entonaba el Asperges
y, al acabar la antífona del Asperges, el precentor, maestro de capilla, Pepín
del Morral, que era asturiano de Oviedo con tan buen oído como don Celso pero
peor mala leche dio un golpe seco con un grueso cantoral sobre el facistol – en
cuaresma y tiempo de pasión estaba prohibida la campanilla y sólo se permitía
el uso de la carraca- alertando al organista que esperaba en su tronera a los
mandos de su órgano de trescientos tubos la señal: - Celso toca. Ya está ahí el
obispo De repente irrumpió dentro del templo como un tsunami de armonía y una
ola de notas musicales bañó la catedral en crescendos, tremos, alegros que eran
como el estallido de las olas de un océano de melodías bajo las bóvedas de tracería
que habían sido diseñadas con arreglo a unos cánones de ortofonía y disposición
tal que se esparcían las vibraciones por cada una de las naves. Las fusas y
semifusas las corcheas y los calderones los melismas querían como colgarse de
los empinos y voltear los contrafuertes y arbotantes acariciando con golpecitos
las vidrieras para luego transformase en un chorro de voz metálica que
descendía de lo alto al igual que una lluvia de fuego sobre nuestras cabezas.
En aquel flotar de arpegios y de malabarismos sonoros, en aquel tour de force
de virtuoso del piano con que nos regalaba don Celso el domingo de Ramos muchos
creíamos ver no ya la entrada del obispo don Daniel Llorente de Federico en su
cátedra sino que más bien la llegada triunfal de la Iglesia militante a la
Jerusalén celeste. Todo aquello era como una avalancha que anticipaba el
Paraíso. En ese momento los de la escolanía, que veíamos desde el coro bajo a
don Celso manipular el teclado de su armonium, éste parecía transfigurarse.
Bien podía ser un Beethoven resucitado o el maese Pérez el organista de las
leyendas toledanas de Bécquer. Distaba mucho de ser aquel cura rural que nos
enseñaba el compás de compasillo y el de tres por cuatro en las clases de
solfeo. Había nacido en Hontoria el pueblo más pobre de toda la provincia de
Segovia y había regentado curatos en pueblos de la sierra. Ahora por esa
capacidad que tiene la música para la metamorfosis se nos había vuelto un
superman. Estaba claro que era la luz bajo el celemín pero don Celso Díaz sabía
música por un tubo. Él fue el que nos hizo la advertencia en alguna de sus
clases que la catedral de Segovia conservaba en sus archivos piezas que eran
auténticos tesoros de la musicología y cuya clave anterior al gregoriano se
había perdido pero algún día a través de la tecnología darían con la piedra
filosofal para volver a interpretar dichas partituras. El maestro organista
tambien nos dijo que el que canta alaba a Dios dos veces y que la oración
mental puede servir de mucho provecho a las almas pero cuando ésta se hace
comunal y cantada Dios tiende a escucharla más propicio. La iglesia no es sólo
una lista de prohibiciones y de pecados o de las pandectas del Derecho Canónico
sino un código de valores entre los que se encuentra la belleza, la ceremonia,
el culto solemne. Tales advertencias de nuestro maese en mí dejaron una
profunda huella y a partir de ahí he pensado que el Señor no puede encontrarse
a gusto entre la estridencia, la procacidad, lo feo. Porque el señor es lo
bueno, lo útil, lo afable, lo risueño. Don Celso era tan habilidoso con los
dedos que era capaz de improvisar conciertos a tres voces. Se sabía todas las
canciones, todas las misas, del repertorio de Solesmes, conocía todas las
versiones de los Kyrie, del agnus dei y los diversos tonos del prefacio pero se
murió con un retintín: haber sido incapaz de poner en solfa algunas partituras
de aquel prontuario del siglo VII letra de Alcuino de York y música de un monje
de San Columbano que atesoraba el acervo catedralicio. Terminado el Asperges,
la misa se iniciaba con la bendición de las palmas. El color de la liturgia era
el rojo. Gente sencilla del pueblo, sobre todo, niños, traían palmeras, ramos
de olivo o de laurel para que se los bendijera el oficiante. Estos despojos
vegetales después eran colocados en los balcones y allí se tendían hasta el año
siguiente porque era creencia popular que protegían las casas contra el rayo,
el fuego o eran un deterrente contra cualquier malquerencia o iniquidad. “Sed
libéranos a Malo” (guárdanos del demonio). Último versículo del paternóster.
Con su humilde ingreso en la Ciudad Santa la mañana triunfal del domingo de
ramos a lomos de una humilde pollina nuestro Salvador había derrotado a las
pompas y vanidades del mundo, venciendo a la concupiscencia del diablo y
enseñándonos a despreciar las cosas de la carne. Irrumpía gran congregación de
gente menuda (todas las escuelas, aspirantazgos, oblatos, academias, jardines
de infancia, hospicios, fraternidades de beguinas, casas cunas y escuelas
primarias de la ciudad, dando cumplimiento al mandato de Jesús “dejad que los
niños se acerquen a mí” cruzaron bajo el dintel de la puerta de San Frutos y se
habían dado cita en el enlosado del atrio) cantando hosannas detrás de un moro
con turbante palestino que cabalgaba a lomos de una asnilla blanca dando
vueltas por el recinto. A su paso los viandantes se despojaban de sus abrigos y
ropas de vestir colocándolos bajo los cascos de la cabalgadura. La gente tiraba
flores desde las ventanas. Una matrona arrojó un repostero con la insignia
nacional que colgaba en el balcón de su vivienda y gritó con voz recia en latín
para que lo oyera toda la plaza; - Beatus venter qui te portavit et ubera quae
tu suxisti - Viva la madre que te parió- dijo un paisano traduciendo un poco al
castellano las palabras de la mujer bíblica. La gente no se extrañaba que las
fregonas hablasen en latín y los arrieros siendo de natural malhablados se
despachasen en largos ditirambos al de la borrica porque aquello formaba parte
de la magia y del milagro del Domingo de Ramos. El paso de la borriquilla entre
vítores y aclamaciones marcaba el cenit de la portentosa vida del Salvador.
Viernes Santo sería el nadir. Es el contraste y la dualidad, el misterio de la
Primera venida. El hombre de la calle, los simples de corazón, los justos de
Israel le aclamaban como rey y libertador. Unas horas más tardes, sus
dirigentes, sus políticos, los que tenían la sartén por el mango, los
mandamases pedirían su cabeza. ¡Qué gran sinrazón, qué tremendo contraste! El
pueblo sencillo odiaría a los príncipes de los sacerdotes y a los pontífices,
los anases y caifases promotores de aquel deicidio muñidores de contiendas y
revoluciones a lo largo de la historia. Siempre amarrando pareceres y comprando
votos y voluntades imponiendo su ley unas veces de grado y con la persuasión y
otras a golpes de espada o de martillo. So color de sensatez, de prudencia y de
guardar la ley, la democracia etc. no vacilarán en enviar a muchos a la silla
eléctrica y sembrar odios y discordias entre las naciones. Les engorda la
sangre como a Moloch. Son raza de víboras. Aquellas impresiones de su infancia
a Accipiter se le habían quedado profundamente esculpidas en el alma y no
podría prescindir jamás de aquel sentimiento, de la traición, de la culpa, de
la bajeza del hombre en el marco de la grandeza y bondad de Dios. El testamento
de la Encarnación asumido libremente desde entonces fue un sentimiento
irrenunciable, una idea que configuró su personalidad. Las escenas de la Pasión
imprimieron carácter. Estigmatizaron su forma de ser. Fueron materia de
escándalo y de rebelión contra unas naciones que optaron por vivir de espaldas
al Gólgota. Por ello escucharía a sus espaldas injurias y rechiflas que lo
tildaron de avenate. Y es que tratar de seguir a la cruz era un asunto poco
rentable. El domingo de ramos se tenía por costumbre estrenar zapatos. Yo uno
de los primeros domingos de ramos que recuerdo de mi infancia estrené un traje
de marinero y en abril de 1957 me regalaron una sotana que había pertenecido al
magistral de la catedral que se murió y yo heredé aquella prenda después de
arreglarla mi tía Dominica la de Fuentepiñel. Así que pude ir a la procesión de
marinerito y de curilla que con mi beca roja parecía un capullo de clavel
reventón mi palmera en la mano y en los labios unas canción_ “Gloria al Hijo de
David Dios excelso de bondad Hosanna que viene en nombre Del eterno Jehová” Eso
cantábamos. Con la recitación salmodiada de la Passio en latín daba principio
la gran liturgia de la Pascua. Dos diáconos, el uno tenor, era el narrador o
cronista, y el otro hacía la voz de la sinagoga y del pueblo, y un presbítero
(bajo) pronunciaba las palabras de Jesús desde el púlpito de la nave central
que era de mármol de Carrara con incrustaciones de porfirio. El cronista y el
representante de la sinagoga cantaban detrás del cancel desde sendos púlpitos
de reja. La representación dramática de aquellas escenas de Getsemani, el
Pretorio y el Gólgota van dentro de mí. Su eco resonará hasta el fin de los
tiempos. Aquel canto austero y sublime melopea constituye una de las cumbres
literarias jamás alcanzadas por la pluma de un mortal porque en todo el texto
late un quid divinum. La narración de Mateo por su concisión y precisión no la
superó novelista ni dramaturgo alguno en la tierra. O bona cruz salvum me fac.
Cruz árbol sagrado cuyas ramas alcanzan el paraíso, lábaro de la resurrección…
Vexila Regis prodeunt… que conjura a los espíritus malignos y destroza la
cabeza del dragón. Cruz de los ángeles, cruz de la Victoria, cruz templaria,
cruz de espadañas humilladeros y torres en toda Europa. Cruz de la
resurrección. Lo bueno de los papas de aquellas décadas es que no eran
personajes mediáticos. No viajaban. Estaban reclusos en el Vaticano por lo que
no podían ser manipulados. Pío XII comía como un pajarito, y comía solo
únicamente acompañado por un canario amaestrado que de de vez en cuando daba
vuelos por la celda, se le colocaba al buen pontífice Pacelli sobre el hombro
mientras éste escribía discursos que habían de emitir por radio Vaticano. Eran
unas homilías muy inspiradas que hablaban del carisma de la fe, del valor del
sufrimiento, de la abnegación y la renuncia cristiana. Pronto llegaba sor
Pascualina la religiosa doméstica alemana que cuidaba de las dependencias papales
y se llevaba al canario a su jaula para darle el alpiste. -No molestes a Su
Santidad, Caracciolo, mientras prepara sus mensajes urbi et orbi- le decía sor
Pascualina. Pese a las admoniciones el pajarcillo seguía alegrando la estancia
y las alocuciones del Papa Pacelli eran seguidos por millones de personas. Pero
su presencia así como figura austera no debía de ser del agrado de los anases y
caifases redivivos y omnipresentes de todas las épocas. Las lenguas de la
calumnia siempre de doble filo y las serpientes sibilantes proferían insultos y
descalificaciones contra aquel buen papa italiano, un aristócrata romano que
conocía bien los entramados de la curia y sabía estar. Decían que era un nazi y
el baldón de la ignominia bajó con él al sepulcro. Para que a uno lo
crucifiquen no hay procedimiento más sumario que pregonar a los cuatro vientos
la verdad y aquel pontífice promulgaba el perdón y el amor a los enemigos pero
profesaba la verdad y eso no halaga los oídos de los tiranos. A Pío XII no lo
inscribirán en el catalogo de los santos como tampoco podrá subir a los altares
aun habiendo ganado para la fe católica todo un continente en el nuevo mundo
nuestra reina Isabel de Castilla. Cuando los bombardeos de Roma por los
ingleses y por los norteamericanos el papa del pajarito no se movió de su
sitio, salió de Castelgandolfo para consolar a los heridos y rezar por los
muertos y las fotos nos lo muestran con los brazos en cruz mirando para el
cielo su sotana blanca cubierta de sangre. No era un fascista pero defendió
como obispo de Roma al pueblo romano con el tesón y la autoridad con que debe
hacerlo un vicario de Cristo. Desde que desapareció Pacelli sus sucesores no
son los agentes en la tierra de la herencia de Cristo sino obispos libeláticos
que asumen el titulo de vicedioses para sostener su propio statu quo y mirar
por los privilegios. Hoy la iglesia es un banco, una ONG, en conexión con redes
ocultas. Por eso no se atreve a condenar la brutal ofensiva de la OTAN contra
los libios ni hay reprimendas ni excomuniones por lo que puede estar cociéndose
en el horno iraní y las revueltas en Siria o Egipto burdamente manipuladas por
Occidente en beneficio del estado hebreo dispuesto a masacrar a sus vecinos de
Oriente Medio. Aquel era un papa sí señor al que los creyentes amábamos y
respetábamos aunque no le viéramos nunca. Sólo en fotografías porque desde su
entronización los únicos viajes que hacía fueran de Roma eran a Castelgandolfo.
Y aunque era un apasionado de la velocidad jamás montó en avión. Todo lo contrario
que Wojtyla que dio no sé cuantas vueltas al mundo pero que dejó a la Iglesia
como un patatar polaco sumida en el desconcierto y la desesperación, con los
escándalos pederastas y los abusos a menores. Vacila la frágil llama de la fe.
La gente ha dejado de ir a misa los domingos porque los curas están mal
preparados y no saben vender su mercancía en este tiempo en que los círculos
mediáticos luchan por las audiencias y miman sus ratings y sus shares de
audiencia. En la liturgia no hay belleza ni espectáculo. Ni maestros de
capillas como aquel don Pepín del Morral o don Celso el cura de Hontoria ni
maestros de ceremonias con el puntero de plata en su mano derecha como don
Julián Canto. Un poco de pompa nunca vendrá mal. En la actualidad estar
presente en los servicios religiosos de cualquier parroquia es como asistir a
los actos de una sinagoga donde cada cual berrea por su cuenta o una capilla
luterana. El pietismo protestante es como la música de Mozart. Técnicamente
perfecta pero que no conmueve. Los papas de aquel entonces nos advertían que la
fe católica era la única verdadera y nada de contemporizaciones de la cruz con
el candelabro y la media luna. Para contentar a musulmanes y judíos la ultima
“burrada” teológica que acaba de soltar Benedicto XVI es que la cruz es símbolo
del amor, no del triunfo sobre el mal. Es una bonita forma de pasarse por el
forro a toda la iglesia constantiniana que tanto molesta a los judíos. In hoc
signo vinces y el símbolo apotrocaico de las cruces de la Victoria y de los
Ángeles del reino asturiano o la cruz de san Hermenegildo y de Chindasvinto que
no servían para nada según estos revisionistas que tratan de relativizar la
historia. El depósito de la fe es inalienable, prelativo pero nunca relativo
porque en él no se puede aplicar una moral de conveniencia. Quedarán estas
cruces para adornar los pechos desnudos de las mundanas y de las putas. Sólo
del amor. Todo el mundo es bueno. Este papa dios me perdone mezcla las churras
con las merinas y confunde el culo con las temporas. El discurso del pontífice
reinante recuerda las panfilias de ZP con su majaderías sobre la alianza de
civilizaciones. Juntos pero no revueltos, don José Luis.. El evangelio es
tajante al respecto: “todo el que no está conmigo está contra mí”. Al bueno de
Benito nos le presentaban como un profundo teólogo y un gran pensador de espesa
condensación mental y no se libra del mal de la época que es la vulgaridad, lo
“Light” y todo cuanto es imagen superficial. Esta vulgaridad rayana en la
chabacanería por estar articulada sobre una gran mentira histórica y la
manipulación de las mentes por el Gran Cofrade orwelliano determina el
desprestigio de los jerarcas eclesiásticos. La canonización de Wojtyla tan
precipitada y basada en milagros no probados- dicen que la han sufragado los
banqueros de la City y de Wall Street- añadirá más leña al fuego de la
confusión. Es cuanto menos materia de escándalo. Para los griegos las grandes
diosas del tiempo eran tres: Lakesis (pasado) Cloro (presente) y Ástato (tiempo
futuro) sobre estos tres planos juega la historia es el palimsepto sobre cuya
cera modulan los buriles de los anales el devenir. A Lakesis no hay que amarla.
Pero conviene respetarla y el presente o la actualidad Cloro tiene que ser
mirada con escepticismo para entusiasmarse con Ástato que marca las huellas
futuras. La historia es un volver y revolver un pasar infatigable. Por eso la
precariedad de la época que vivimos en relación con el esplendor de hace medio
siglo puede resultar raquítica pero de lo que no cabe ninguna duda que el
futuro acabará poniendo a todos en su sitio si es que en realidad el mundo
tiene futuro y no está en el alero una gran conflagración universal que muchos
de los que vivimos aquello nos hacen pensar en las profecías del final de los tiempos
que insisten sobre la prevaricación de los falsos pastores y de los lobos
disfrazados de corderos. LOS COLORES DE SEMANA SANTA. SAN PEDRO ERA CALVO. LOS
RESPONSORIOS DE TOMÁS LUIS DE VITORIA. EL TENEBRARIO De aquellos días de mi
infancia hago memoria que como consecuencia de las veleidades del calendario
gregoriano y al no caer la Pascua en fecha fija sino variable el tiempo era
frío si la Resurrección era festejada a primeros de marzo y alegre y gozosa,
verdadera pascua de flores, cuando la epacta de la semana grande con fechas de
últimos de abril en fechas retardadas. Verdadera pascua de flores. Había que
confesar y comulgar para ponerse a bien con Dios. Los campos estaban que daba
gusto mirarlos porque no había domingos sin sol ni doncellas sin amor. La
efervescencia de la naturaleza se mostraba rotunda en las mieses que encañaban,
las ramas de los árboles que abrían sus pimpollos las noches que eran más
cortas y las tardes más largas y que las muchachas en flor acusaban esa
rotundidad de la naturaleza que pronunciaba las curvas de sus talles, el alabeo
de sus senos y la sonrisa de sus rostros. Al regresar de los paseos y de las
visitas a los monumentos los seminaristas conocían el cosquilleo del primer
amor que había de ser platónico por supuesto y que dejaba en el corazón un poso
de dicha y de tristeza. El torrente de la sangre estaba ahí pero la voz de la
Teología mandaba callar a las células. Echa el freno, magdaleno, tú vas a ser
cura, mantente en castidad. Una mirada, una sonrisa de aquellas muchachas que
estudiaban Magisterio o estaban internas en las jesuitinas o en las
concepcionistas a más de uno lo volvieron tarumba. La primavera había venido y
algunos pensaban haberse vuelto modorros y no es que estuvieran modorros, es
que habían conocido a una chica que les hacía tilín. Desconocían su nombre, no
habían hablado con ellas. Sólo un encuentro casual en el cancel de una de las
muchas iglesias donde se hacía el recorrido habitual de las siete estaciones y
los siete padrenuestros. Como mucho el contacto había quedado reducido a
ofrecerles el agua bendita al entrar o salir para santiguarse. En el talego de
la muda con la ropa blanca venía aparte del condumio (el choricillo del pueblo,
una morcilla, alguna que otra lata de sardinas y un poco de queso con un recado
de la madre escrito con letra apresurada de la madre: Ten, hijo, para que no
pases hambre, hinca los codos, no armes bulla, no te metas en ciscos, reza las
tres Avemarías antes de acostarte, los calcetines cámbiatelos todos los días
para que no huelan los pinrreles que en eso has salido a tu padre, ahorra y no
gastes porque ya sabes como estamos, yo he tenido que coger huéspedes a pupilo
para pagarte la carrera, procura no coger frío, etc… mamá no tengo un real,
sólo me compro una bamba algunos días cuando viene con nosotros la señá Isabel
con el cesto cuando salimos de paseo porque me da mucha pena la pobre, no hablo
más que en los recreos, me aplico, soy bueno, etc…) venían las Rimas de Bécquer
y algunos los más audaces se atrevieron a Encargar el Decamerón de Bocacho con
la posibilidad de que libro tan amoroso y tan procaz pudiera ser confiscado por
la autoridad competente. -Aguado, pero ¿cómo se atreve usted a leer semejantes
porquerías? -Es que, don Eloy, nos lo ha mandado don Tirso el profesor de
literatura para un trabajo. -Es que… es que. Pero ¿tú no sabías, pedazo de
majadero, lo que es el Índice de Libros Prohibidos? -No, señor. -Pues leer a
Bocacho es un pecado gordísimo. Es un libro prohibido. Está en la hoguera.
Aguado, tú te encuentras en pecado mortal si te mueres ahora mismo, irás
derecho a las Calderas de Pedro Botero. Ya estás subiendo inmediatamente al
cuarto del padre Mañanas a confesar tu falta ante el confesor bendito. Ah el
padre Mañanas… cantamañanas… el que arrimaba la carita y te magreaba
impunemente cuando tú incauto de ti te arrodillabas ante el tribunal de la
penitencias. Aguado hizo un gesto de contrariedad porque la penitencia que le
mandaba superaba con creces el cuerpo del delito y el director espiritual se
hinchaba a hacer preguntas, era muy tocón y algunos habían tenido que salir de
naja de la celda de aquel jesuita pegando un respingo. El niño empezó a llorar:
-Pero si yo no lo he leído, señor prefecto, ni siquiera lo hojeé. Mire, está
sin abrir. Y entre lágrimas le mostró el cuerpo del delito; aquel opúsculo
intonso editado por Miñón una casa de Valladolid especialista en libros
clásicos. Y se lo entregó. -Bueno, por una vez pase-dijo el maestrillo no del
todo convencido. Aguado se quedó sin libro. Don Eloy se metió la obra prohibida
en el bolsillo de su sotana y mandó al muchacho que aquella noche no bajara al
refectorio. A la cama sin cenar. Lo que no dicen las crónicas es si nuestro
querido presidente no se murió de risa leyendo las salaces y chuscas historias
que traía aquel libro del genial literato italiano. Los que presenciamos la
escena mientras girábamos por el cuadrado de los tránsitos viendo dar a Aguado
explicaciones y excusas a don Eloy, nos reíamos para nuestros adentros pues
intonso y todo Aguado había leído los jugosos chascarrillos que ocurren en la
despreocupada y nada melindrosa Verona del siglo XIII contándonos de qué iban
algunos de los lances sobre todo el del Hortelanillo de las monjas que era
mudo. Todas y cada una de las religiosas desfilaron por su cabaña incluso la
madre superiora y a todas se las pasaría por la piedra. Muchos años más tarde
cuando en un cine de Londres vi la película magistralmente narrada por
Passolini no pude menos de acordarme de Aguado y sus aflicciones con don Eloy que
le había tomado ojeriza y me deleité con la secuencia de la madre superiora que
se alza el hábito-uno de los preceptos de la regla clarisa era que las
religiosas no llevasen ninguna ropa interior como penitencia debajo de la
estameña- y apareció in puribus. El hortelano que supuestamente era mudo y
harto de tanto laboreo sexual prorrumpe en un grito: -No, madre, otra vez no.
Todas las monjas acudieron al escuchar tan formidable vozarrón. Y creyeron que
era milagro. El mudo había recuperado el habla. Bromas aparte, los seminaristas
también tenían su corazoncito y no eran inmunes a los dardos de Cupido en
aquellas tardes de domingo sin amor. Muchos empezaron a escribir poemas y a
llevar un diario. No sé lo que me pasa. Hoy la he visto. Ayer no me miró. Estoy
modorro… En definitiva, es lo que hacen todos los adolescentes del mundo. Pero
nosotros éramos diferentes. Teníamos que ser santos y disfrutar de otra clase
de bellezas más espirituales. Creo que la Iglesia es sabia al formular tales
reconvenciones sobre los peligros de la carne, las veleidades del sexo y del
afecto. No escuchéis los cantos de sirena. Oídos sordos. Recordad a Ulises. Una
simple falta puede ser una concesión a la fatalidad y el predicador del Sermón
de las Siete Palabras era de los que ponían los paños al púlpito, no tenía
pelos en la lengua, no paraba en barras. Hijitos míos… para siempre… para
siempre. Y describía con tanta viveza y prosapia los terrores del infierno que
en los bancos de atrás se escuchaban jipios de almas conmovidas que ante la
meditación de las penas del infierno eran incapaces de contener las lágrimas.
La pena del fuego era menor según él que el tormento de la sed… esa gota de
agua que golpeará la cabeza de los condenados y nunca la podrán beber… para
siempre… toda la eternidad… sitio, clamó Jesús en la cruz tengo sed y le
pasaron por los labios una esponja empapada en vinagre y en hiel. Y todo por
unos malos pasados por un pecado mortal que cometí aquel día y el pecado mortal
para nosotros en aquellos días sólo tenía que ver con la infracción de un
mandamiento el sexo. Obsesión fatal. Un pensamiento impuro y acababas en las
calderas de Pedro Botero. Una idea fija que ahora me haría sonreír con
melancolía. Nos querían capar sin duda. De eunucos es el reino de los cielos. Era
muy duro desatender a la convocatoria de los sentidos cuando ante la llamada de
las células en ebullición todo despierta en tu organismo adolescente y hay
añoranza de belleza y de paraíso en aquellas tardes sin amor mientras veíamos
pasar a nuestro lado a las muchachas en flor. Sus madres prorrumpían en
aplausos: -Ya estan ahí los curiñas. ¡Pobres! ¡qué majos! Había uno muy guapo
Montoro que parecía el vivo retrato de Santa Inés o de San Gonzaga y una abuela
saltó en medio de la terna y se lo comía a besos. Montoro se puso colorado como
una berenjena. -Quite, quite, señora, que me va a hacer perder la compostura y
me piso la sotana. -Guapo. Los piropos de la buena mujer no le depararon
grandes simpatías en nuestros corros. Quizás le teníamos envidia porque era un
efebo como el Hortelano de las monjas de los cuentos de Bocacho. Carrasco le
llamó marica pero como era muy inocente preguntó: -Y eso ¿qué es? Así andábamos
de inocentes por entonces aquellos pipiolos. No nos había bataneado la vida.
Las turbas nos decía el padre Mañanas en sus platicas son volubles de criterio
y pronto mudan de parecer. Mirad lo que le ocurrió a Jesús en Jerusalén los
hosannas y vitorees del domingo de ramos se transformaron en gritos de
crucifícale. Los besos de la anciana llena de ternura que algunos dijeron que
era Santa Isabel que había resucitado para ver pasar a los curillas hacia
Baterías eran arrebatos maternales que nada tendrían que ver con lo que le
ocurrió a Montoro el cual después de colgar la sotana se matriculó en derecho y
se hizo de los de la cuadrilla de Felipe González. Seguía teniendo un buen
fondo de armario y en una asamblea en la Facultad de aquellas del 68 mientras
largaba un discurso se levantó una moza y de buenas a primeras le desencajó una
proposición pecaminosa: -Quiero un hijo tuyo -¿Ahora? -Sí ahora. Soy una mujer
liberada. Semejante caso no ocurría ni en las películas de Fellini cuando los
locos se subían a los árboles y pedían a voces que les trajesen una señora.
Voglio una donna. Montoro era mucho Montoro; se casó con una muy guapa una tal
Carmen y tuvieron unos hijos preciosos, los dos eran del PSOE y los dos
acabaron divorciándose. En parte llevaban razón nuestros padres maestros al
recomendarnos tiento en nuestras relaciones sentimentales. Y uno de ellos don
José Pedro Carrero que había leído a Nietzsche nos endilgaba el consejo de
Zaratrusta: “Cuando vayas con una mujer no olvides la tralla”. Aunque a
nosotros crédulos e ignorantes y sin saber lo que era el mundo nos pareciese de
otra manera la belleza y el amor son otra cosa. Nada tienen que ver con la
fuerza del instinto ni la concupiscencia animal. La belleza carece de sexo pero
Ulises sucumbió a los encantos de Ariadna y perdió el hilo. Nosotros ¿qué
sabíamos? El corazón humano posee una inmensa sed de belleza un anhelo de
eternidad, un deseo vehemente de divinidad y eso sólo podía encontrarse en los
sueños, en los libros, en el trazado de las catedrales donde resonaban augustas
las voces del diacono cantando la Passio o escuchando los motetes de Palestrina
y del Padre Tomás Luis de Vitoria que escuchábamos entonces o recitando los
improperios e himnos del oficio divino hispanovisgótico llenos de majestad
latina y de sentimientos de amor y perdón. Cristo nos había redimido con sus
dolores y devueltos a aquella vida y a aquel sol y a aquella luz de Segovia que
parecía llenar de claridad el corazón. No podía ser posible que por mirar a una
muchacha o tener una polución nocturna te mandasen a los infiernos para
siempre… para siempre. Había una desproporción entre la pena y la culpa pero la
sed de vivir se manifestaba en aquellos poemas que leíamos a hurtadillas de
Juan Ramón o de García Lorca o de Alberti o Gerardo diego. Me metí entre pecho
y espalda a todos los poetas del 27 a la luz de una linterna en mi camarilla.
Nadie nos había dicho que Alberti o Lorca eran rojos. Asistíamos a los
coloquios del cine club y nos convertimos en cinéfilos de las grandes cintas
italianas y francesas de los 50 y 60 (Goddard, Aldo Fabrizzi, Totó, Vittorio de
Sicca, Antonioni, Trufeau) y fatigábamos el cuerpo en las tardes de paseo
pataleando un balón en campos de tierra. Luego bajamos al refectorio a merendar
nuestro trozo de queso americano, amarilla corambre sabiendo a rayos, un vaso
de leche en polvo y tres galletas. Algunos renqueaban en la fila por las
agujetas y se le marcaba la marca del bonete sobre sus melondras rapadas al
cero. Pero en Semana Santa no había paseos (deambulatio) pasábamos la mayor
parte del día en la iglesia y el Viernes Santo día de ayuno nos daban limonada.
Se había muerto Dios. En el cuartel los soldados del regimiento hacían guardia
con el fusil a la funerala. Pasaba bien la limonada y la mojábamos con pan. Un
jueves santo dominado por la sed me bebí cuatro vasos de aquella sopilla. Me
entraron risas, me rilaban las piernas pero a pesar del día de luto yo me
sentía muy alegre. Sin llegar a la borrachera me puse un poco piripi. A la hora
de las preces ya estaba chispa. -Maximino que la coges -No pasa nada,
Valdivieso. Sangre de Cristo. -Laus tibi Deo- respondió entre carcajadas el
hijo del cabo de Vegafría- Hoy vas a dormir bien. El vino para mí ha guardado
desde entonces el secreto de los gozo y las sombras de la vida. Es un
anestésico contra los grandes dolores de la existencia pero es un tósigo.
Peligro. Viva el vino y las mujeres pero el vino que viva mucho más que las
mujeres. Era mi primer contacto con Erifos un dios misericordioso y eucarístico
pero traicionero. -¿Buscas la catarsis? -Huyo de mí mismo Judas se ahorcó y en
los pasos de la procesión siempre lo pintaban pelirrojo y con barba de azafrán.
A San Pedro Calvo y algo tosco a san Juan de verde y la Verónica Maria de
Cleofás y a la Virgen María de azul al pie de la cruz. San Marcos el
evangelista también escribía en hojas de papel verde, no sabemos por qué.
Cristo nuestro salvador iba de colorado como aquel vino tinto de las
refacciones de Miércoles Santo que infundía bríos melancólicos. Por Judas
siempre sentí compasión. Amaba el dinero y era algo beodo. Su traición estaba
escrita y determinada por un hado siniestro. Cumplía un destino inexorable, un
papel que se le había asignado. Verdaderamente aquel apóstol que ha venido a
encarnar la ira y la abyección que ha sentido la humanidad contra el pueblo
judío no era libre. Podía bien haberse ahorcado de una rama del moral
centenario que vigilaba nuestros juegos en la huerta cerca de la campana y del
frontón a la trasera del cine Cervantes. Al lado de acá estaba un patio
semiabandonado donde tenían el convento las monjas que nos cuidaban y llamábamos
Carboneras y justo enfrente del refectorio estaba el torreón una de esas torres
almenadas que son frecuentes en las ciudades de Castilla la Vieja. Había sido
el lugar donde se instalaba el cuarto de guardia donde hacías el relevo los
centinelas que vigilaban por la noche desde el tiempo de los romanos. Era un
tétrico lugar. Abajo se situaban unos cuartos oscuros que antaño fueron
calabozos y arriba había un secadero para poner la ropa a tender. Era la cárcel
del seminario. Los alumnos díscolos e incorregibles los que habían cometido
alguna falta grave eran castigados a pasar en una de sus celdas dos días a pan
y agua por el rector pero esta serie de castigos no eran frecuentes en el
tiempo que yo lo conocí y aunque te amenazasen ya no te enviaban jamás al
cuarto oscuro de la torre Antonia. Sin embargo, siglos atrás los jesuitas lo
habían utilizado como cárcel más que para punir a algún postulante con la
intención de probar la verdadera vocación a los postulantes del noviciado. Lo
llamábamos la Torre Antonia. Las procesiones eran interminables y acabamos
rendidos acompañante a los cristos muertos y a las dolorosas de los siete
cuchillos. La más popular era la de Santa Eulalia que competía con la de San
Millán que era una talla de Aniceto Mariñas de María al pie de la cruz muy
valiosa. Nos acotábamos tarde y nos levantábamos al amanecer porque teníamos
que asistir al rosario de la Aurora. Veíamos salir el sol por la Mujer Muerta e
íbamos en fila india acompañando a los cofrades y a algunas beatas descalzas y
arrastrando cadenas otras con los brazos en cruz que cantaban el “Perdona tu
pueblo, Señor”, el “Amante Jesús mío” y el “Sálvame, Virgen María”. Sin embargo
la parte más impresionante de nuestra semana santa eran los oficios de
Miércoles Santo en que se celebraban las tinieblas. Se cantaban catorce salmos
a cada uno de los cuales correspondía una vela del candelabro o tenebrario con
los improperios de Jeremías y las lecciones y la iglesia a rebosar vivía el
momento con intensidad en medio de un silencio impresionante interrumpido por
el golpeo de los bancos o el sonar de la carraca. Tambien se cantaban los
motetes de Palestrina y de Tomás Luis de Vitoria, el “Popule meus”, el
“Caligaverunt” con las estrofas de la pasión. SE RASGÓ EL VELO DEL TEMPLO Y TREMÓ
LA TIERRA Un ángel bajaba del cielo y se paseaba, galán, por los andenes del
triforio-unos decían que era un querube, y otros un serafín pero los más
avezados en la difícil ciencia de la angelología aseveraban que pertenecía al
grupo de las potestades y de los tronos- cuando la schola cantorum daba
respuesta a la narración dramatizada de la pasión según San Mateo: - Vellum
templi scissum est et omnis terra tremuit El velo del templo se rasgó, el mundo
se cubrió de tinieblas y toda la tierra tembló. Hubo un terremoto en Jerusalén
aquel viernes que debió de ser del grado 8 en la escala de Ritzer de intensidad
pareja al que acaba de ocurrir en Japón. Las sepulturas se abrieron y los
huesos empezaron a caminar. Lo había profetizado Ezequiel. Muchos justos volvieron
a la vida con los mismos cuerpos que tuvieron. Pero el pueblo judío no creía.
El velo del sanctasantorum del templo que edificó Salomón quedaron patentes y
derribadas las arcas de la alianza como un testimonio de que quedaba abolida la
Vieja Ley y un pronóstico de su inminente destrucción por las legiones de Tito
cuarenta años después. Los mandamases seguían empecinados en su aversión
cristo-fóbica pero el eje de la tierra se hizo cristo-céntrico. “Cuando yo
muera todo lo atraeré hacia mí”. Y esa saña, esa aversión típica del sanedrín
fluye por la historia como un torrente de agua negra. “Crufige, crucifige eum”.
Matarle vosotros, dijo el pretor. -Nobis non licet interficere quemquam -Regem
vestrum crucifigam? Y la respuesta del populacho fue rotunda: -Nosotros no
tenemos más rey que a Cesar -Pero es un justo. -Caiga su sangre sobre nosotros
y sobre nuestros hijos. La naturaleza me ha dotado de ciertas percepciones
ultra sensoriales y aquella hora de tarde mientras se celebraban los ritos
exequiales por el Señor muerto vi en lo alto de las cúpulas a un grupo de
ángeles de luto. Las santas mujeres se habían hecho a un rincón de la nave del
transepto afligidas entre los penitentes que aguardaban la salida de la
procesión cerca de los pasos. La Verónica ostentaba el pañuelo en el que se
había estampado el rostro coronado de espinas y lleno de llagas del Rey de
Israel. Pepin del Moral lo bordó con la batuta y el chantre Dionisio, un
beneficiado muy corpulento, que poseía una hermosa voz y solía interpretar el
papel de Jesús en la narración cantada de la pasión de san Juan rizaba el rizo
cantando las palabras del divino redentor en la octava baja: -Quem quaeritis?
(¿A quien buscáis?) -Ego sum (soy yo) -Amice, ad quid vinisti (a qué has
venido, amigo)- le dice a Judas Accipiter luego andando el tiempo sería
consciente que el eco de aquel canto se había estampado en su pecho como el
anagrama de una fe inconmovible y duradera. Le tatuaron el rostro de Cristo un
viernes Santo. Había montones de piedras sobre las tumbas y era consciente de
que todos los hombres han de morir pero el drama de aquel viernes santo había
traspapelado los dictámenes de la naturaleza. Aquel sepulcro en el huerto de
los olivos que pertenecía a Nicodemus en el girar de la gran piedra abriría la
puerta de la esperanza y de la resurrección en la vida futura. Al que buscáis
no está aquí. Ha resucitado de entre los muertos y va delante de vosotros a
Galilea. Y al decir estas palabras el ángel terrible que escribía la espada
flamígera que hizo tumbar de miedo a la guardia romana que mandó de custodia
Pilatos intentó calmar el pavor de las Santas Mujeres. Fue aquel ángel el que
entonó la antífona del Vexilla Regis y desde entonces los estandartes de la
cruz cruzarán todos los caminos de la historia: Victimae Paschale laudes
inmolent Christiani. Agnus redemit oves. Christus innocens Patri reconciliavit
peccatores. Mors et vita duello conflixere mirando: Dux vitae mortuus regnat
vivus. Dic nobis Maria quid vidisti in via? Sepulcrum Xti viventis et gloriam
vidi resurrentis, angelicos testes, sudarium et vestes. Surrexit Xtus
spes mea: praecedet suos in Galileam Scimus Xtus Surrexit a mortuis vere: tu
nobis victor Rex, miserere. Amen.
Claro que era muy difícil entender aquello. Cristo rey victorioso de la muerte.
Accipiter había escuchado muchas veces aquella monserga: -Ninguno volvió de
allá para contárnoslo. Revierte el polvo al polvo y la carne se pudre dentro de
la tierra. Sólo a esta gran preguntas guarda la fe sus misteriosas respuestas.
CRISTO CALLABA Cuando el diácono cerrando el misal casi con furia anunciaba la
muerte del Señor (et emissit Spiritum), un silencio espeso se apoderaba de las
tres naves de la iglesia mayor. El clérigo daba un carpetazo de desesperación
histórica. Los fieles caían de rodillas a indicación del subdiácono que
responseaba con voz tenue y dolorida: -Flectamus genua. -Lévate el señor obispo
oficiante musitaba al punto en voz baja y para su casulla de fimbria recamada
de oro una oración puntual: -Adoramus te Christe et benedicimus te quia per
sanctam crucem et resurrectionem tuam redemisti mundum Las gárgolas por sus
fauces abiertas vertían agua hacia los canalones de la calle. Las harpías de
piedra chorreaban lágrimas. Viernes Santo era el día del Perdón. Todos
participaban, compungidos, de aquel silencio de Dios que ocultaba su rostro en
medio del silencio impresionante de la adoración de la cruz. Jesús autem
tacebat. Jesús callaba. Los ojos del profeta se nublaron. -Caligaverunt oculi
mei Se llenaron de tierra mis ojos, esa era la letra de uno de los motetes de
Palestrina que entonaba la liturgia del impetratorio, no queriendo ver la
espantosa escena del Gólgota. -Eli, Eli, lamma sabactani Padre mío, padre mío
¿por qué me has desamparado? Y uno de los sayones comentó en tono jocoso. -Che,
a Elías llama éste. Veamos si baja Elías a salvarle… si fueras el hijo de Dios,
baja de esa cruz. Jesús callaba. No quería responder al reto y a la provocación
ni en la hora suprema pero antes de expirar obró su último milagro y perdonó a
san Dimas el buen ladrón: -Antes de una hora estarás conmigo en el paraíso. De
allí a poco sonó el grito final (cum voce magna) del Crucificado: -Consumatum
est. Y entregó su espiritu. Rindió viaje terrenal. Únicamente el centurión
Cornelio, el capitán romano que mandaba al pelotón de la ejecución, un gentil,
creyó en él. Fue la primera conversión: -Verdaderamente, éste era el Hijo de
Dios. en los labios de aquel rudo mílite que había pertenecido a la Victrix que
conquistara Judea se proclamó el primer acto de fe al pie de la cruz en aquella
amarga hora de las tres de la tarde de un Viernes de Dolor. Y cuando se derramó
el cáliz de su sangre quedando desangrado le dieron a beber hiel mezclada con
vinagre. Lo había pedido a sus ejecutores: -Sitio. Tengo sed Sólo siete veces
interrumpió el Mesías su silencio. Jesús autem tacebat. Callaba en el pretorio,
sufrió en silencio las afrentas azotes y salivazos que siguieron a la pantomima
del Lithostros, guardó silencio en la casa de Anás, se estuvo quieto en el
gazofilacio y delante de Herodes no dijo ni mu. El tetrarca entonces lo vistió
de la túnica blanca con que se envolvía a los locos y se lo devolvió al pretor.
En el camino fue la irrisión de los jerusalemitanos. Los que le había aclamado
triunfante sobre la borriquilla el domingo de ramos ahora lo abucheaban. No
puede haber sido escrito en el mundo otra crónica más fascinante, tan trufada
de contrastes, como la narración de la Passio en los cuatro sinópticos. En sus
párrafos late la inspiración divina. Juan, Mateo, Marcos, Lucas se comportan
como notarios de la actualidad o periodistas que dan testimonio de un suceso
que iba a cambiar los anales del mundo de manera concisa. Este laconismo de los
evangelistas hace más creíbles los hechos narrados. No escribían para el aquí y
el ahora del siglo I sino para la plenitud de la Historia. 30 abril 2011
BLAGODORITSA SANTA MARÍA Arriba del gran cancel de pino de la nave del
transepto coronando el balcón de uno de los triforios laterales había un enorme
cuadro de María Santísima de la tradición oriental gesto piadoso y dolorido
inclinada la cabeza hacia abajo y mostrando en los brazos al Niño. Esta
Teotokos suscitaba una gran devoción en el cabildo. El Día de la Purificación
se cantaba allí el Akazistos en griego y en toda la ciudad se veneraba al
clemente y milagroso ícono que decían que había venido de Rusia transportado en
un vagón de militares cuando se produjo la última retirada de las tropas del
general Muñoz Grandes del frente de Leningrado. Por lo visto había sido rescatado
del incendio de una iglesia ortodoxa y al cabo de los años después de la
debacle del 89 fue devuelta a sus antiguos propietarios en un acto de
reconciliación solemne con los hermanos rusos. Al pasar por debajo del retrato
el obispo que era piadoso muy devoto de la Virgen alzaba los ojos y otro tanto
hacían los canónigos. Tenía la Madonna un gesto tan apacible y describía tan a
lo vivo su misión de intercesión por el hombre en la tierra desde el misterio
de la Encarnación que uno no podía por menos de conmoverse ante su largo y
profundo mirar. Pero no se la podían llevar flores por estar a la altura de uno
de los pináculos de la cimbria de bóveda. Accipiter la contempló aquella tarde
de Viernes Santos y en los ojos de la Teotokos vio sellado su destino: de
humillaciones, de persecuciones, oprobios, demasiado dolor, caídas y
levantadas, anegado profundamente por sus pecados, mientras desfilaba la
procesión y los seminaristas con la beca doblada sobre el hombro derecho en vez
de cruzarla sobre el pecho en señal de duelo-dos largas filas de retóricos,
latinos y filósofos acompañaban al Santo entierro que se veneraba en la
parroquia de San Justo y al que llamaban el Cristo de los Gascones porque fue
traído desde Francia en una de las guerras de Flandes. El cristo yacente era
portado en una hornacina cubierto de llagas y el cuerpo tapado por un paño de
blondas que le servía de mortaja. El sudario era milagroso y se veneraba en la
citada parroquia bajo la advocación del Santo Síndone. Impresionaba contemplar
aquella talla castellana de Gregorio Hernández. El buril del artista había
sabido esculpir en aquel leño todas las vejaciones y crueldades de la divina
pasión. El coro entonaba el Miserere. Accipiter vio llorar a la Virgen o al
menos así le pareció y una voz oculta le anunciaba similares padecimientos a
los del Maestro. Tienes que tomar la cruz. Serás humillado en todas las partes.
Te llenarán el rostro de salivajos y por cantar la verdad serás combatido en
todas las direcciones de la rosa de los vientos. Lloraba la Teotokos y lloraban
las gárgolas del paramento que anuncian la subida a la cúpula de la gran torre.
Y aquella no era más que un aviso. Aquello le marcó. Tuvo conciencia y
presciencia de que su futuro no iba a ser un lecho de rosas. Las gárgolas abrían
sus fauces de piedra para anunciar cosas terribles. Sintió el muchacho espanto
y deseos de huida pero a medida que avanzaba aquella procesión que llamábamos
en Segovia la del silencio y bajando por la calle san Juan en busca de los
arcos del gran acueducto romano para hacer estación en la vieja iglesia de
Santa Columba para subir calle adelante por la calle Real. Otro alto en la
canaleja que era un balcón que mostraba el paisaje grandioso de la cordillera.
Había dejado de llover poco antes de salir el cortejo y una blanca nubes
iluminadas buscaban el amparo de una luna redonda blanca y pura como una hostia
eucarística. Luna de Viernes Santo. Por la mar tenebrosa de los tiempos que se
avecinaban aguardaban a los nautas incautos las sirtes que les engañarían y
haría cambiar de rumbo. La nave se iría a pique y muchos perecerán. Sólo los
que perseveren en la vieja fe serán salvos. -¿Quién te insufla al oído esas
palabras incomprensibles, Accipiter?- -Es la voz del Santo que escuchan muy
pocos hombres. -Todos se equivocan y tú eres el único que llevas razón. No se
puede remar contra corriente, pero admiro tu tesón y algún día serás
recompensado. Estaba seguro de que la barquilla de Pedro se iba partir en dos
cerca de las peñas del acantilado porque el capitán de la nave perdió el rumbo.
En aquel tiempo navegábamos hacia los peligrosos bajíos de Livia donde esperan
las sirtes con sus cantos de sirena dulces como el oro y el vino pero
portadores de la muerte y la destrucción. Los papas vienen y van, los obispos
llegan y desaparecen, hay curas santos y curas depravados pero tú Señor
permaneces clavado en la cruz. La noche quedó inundada de una luz cósmica y no
era posible entender el sentido de aquellos mensajes pronunciados al oído
porque Cristo callaba. Los que vinieron tras él hablaron mucho tal vez
demasiado. Detentan su poder. No comprenden que ese silencio del Redentor
vejado y humillado por sus enemigos transformará la vida misma. Por eso es y
seguirá siendo el Rey del Mundo. Accipiter tomó la senda de los que hablan poco
sin ser cartujo y de esta manera fue por los caminos dando testimonio. Un
testimonio al que ponían las orejas de burro y el cartel de “Inocente”. No os
pueden ver, dijo Mig16 y se lo espetó en la comida de autos, un ágape para el
desastre. Vida de tormentos en el ecúleo, malas palabras de hembra deslenguada,
procaces gestos soeces. Habían desaparecido las santas mujeres al pie de la
cruz e irrumpió una patulea de daifas con el culo en pompa de maniquíes que
creían que la vida era un constante desfile por la pasarela y lucir palmito.
Sólo creían en una religión en la dieta que las hacía delgadas y de buen
parecer. El mayor pecado de la nueva religión del Look era la crasitud. Eh tú
gordinflas vete al infierno de una puta vez. Traían en una mano el látigo de
las gobernantas masoquistas y en la otro el Código de Derechos Humanos y de
Valores Democráticos que nadie sabe a punto fijo en qué consiste ni qué es pero
que incluye largos parlamentos sobre la alianza de civilizaciones. Todo el
Islam se alzaría contra Cristo. El gran Obama mascaba chicle y hacía pompas que
estallaban en su boca con los cadáveres de sus enemigos. Este señor se
expresaba en inglés y al hablar parecía que estaba zampando sopas. Era el
emperador negro del imperio zumbón. Ya digo todo su afán era hacer pompas de
jabón con el cuerpo de Ben Ladén – Que- le –den, un extraño moro al que dieron
matarile en un lugar del Asia Central, un mito que lanzaron contra la cruz a
expensas del Islam. Lo acribillaron en su guarida y luego tiraron su cuerpo a
la mar para que fuese pasto de los peces. Twin Towers. Accipiter aquella tarde
tuvo una visión en la que se le anticipaba con algo más de siglo de adelanto
los hechos que habrían de ocurrir otra semana santa mucho tiempo después. Se
escucharon risas del príncipe de la mentira en los proscenios insultando a los
caballeros andantes. Chuperreteas tu goma de mascar. Di oh yea, majo. Larga
amarras. El ojo nictálope de un fusil que no falla nunca te fusilará pero no
queremos mártires ni Spandaus. Arrasaremos de tu casa y de tu nombre no quedará
memoria. Ellos construyeron el mito y ellos lo derribaron como un juguete
inservible a efecto de sus intereses propagandísticos. El Malo se frotaba las
manos de satisfacción. El golpe había sido perfecto y el pueblo entero salió a
la calle flameando banderas norteamericanas que tenían colocada en su asta
magnífica la cabeza de Uxama. Los discursos en inglés como la música que venía
de aquellos pagos se orientaban hacia la cacofonía y el dolor, lo estridente,
la venganza, matar, arrasar y brindaba un triste contacto con la polifonía que
aquella tarde del viernes santo de 1958 se escucharon en la catedral de
Segovia. Música del divino Morales, de Palestrina, de Lobo, del padre Vitoria o
del Palestrina y que ejecutaba con mano diestra dirigiendo los coros la batuta
maestra de Pepín del Morral. Los dulces responsos por Cristo muerto exhibían
una dulzura que saturaba los corazones de felicidad. Los espiches del Negro en
cambio bañaban el mundo de inquietud pero todos a diestra y siniestra lo
vitoreaban los bustos parlantes y hasta una chica judía que dirigía los
informativos de Intereconomía brindó la muerte del asesino, del gran
terrorista, con un olé. Pero los hechos eran oscuros, no probados- la matanza
de las torres derribadas por el rayo en la mejana de Manjatan seguiría siendo
un enigma unos datos opacos guardados con siete llaves en los archivos secretos
del Gran Big Brother- donde la verdad es sustituida por la venganza y la
justicia se hallará siempre en manos del más fuerte. Y caballero andante de
Cristo quería ser aquel pipiolo de catorce años con el pelo rapado al celo que
le hacía un cerquillo en la cabeza la marca del bonete que portaba en la mano y
llevaba tendida la beca al hombro en señal de duelo. Accipiter saldría a los
caminos a derribar molinos de viento, a desfacer entuertos a defender doncellas
y quedaría con los huesos tundidos. Defender doncellas. ¿Dónde estaban las
doncellas? Debieron de precedernos en el paraíso portando la candela, iban a
recibir al Esposo pero esas bodas nunca se celebraron o fueron siniestras.
Acabaron en el divorcio o a palos. En el hospital o en la cárcel. Se derrumbó
el amor. Ya no quedaban vírgenes prudentes. Todas eran necias. A lo largo de su
vida aquel seminarista de entonces cuando cambió de rumbo y ahorcó los hábitos.
Le fascinaba la Torre Antonia. Aquel debía de ser el lugar. En sus mazmorras se
ocultaban las once mil que cuentan las crónicas. Mulierem fortem quis inveniet?
Era el tema de siempre. Cherchez la femme. Cuantas él conoció estaban demasiado
dominadas por el barro de la tierra, consternadas por la tristeza del engaño,
los cuernos, las palabras fuertes, los gritos, las maldiciones, los conjuros y
los ensalmos. Circulaba por todas ellas la mancha de la culpa y el torrente de
la sangre fluía con pulsos de pecado y de dolor. Las lágrimas de la Teotokos
que inclinaba la cabeza desde lo alto del cancel guardaban la respuesta a aquel
inquietante arcano del dolor en el mundo. Ella fue la que aplastó la cabeza del
dragón y ollaría la cola de la sierpe. Cándido e iluso de él, Accipiter- ese
sería su mayor pecado- esperaba del amor más de lo que éste podía ofrecerle.
Sucumbió a los cantos de sirena. Lo embaucaron. Livia la única mujer que amó le
abandonó por un capitán de lanceros. La Dulcinea de Sotohondo murió de cáncer
de pecho y él fue a su entierro en un recóndito valle de las montañas de León.
Sus hermanas chillaban cual plañideras y le inculpaban de la muerte de
Dulcinea. Tuvo que abandonar el camposanto antes de que terminaran las exequias
y largarse a toda la velocidad en su SIMCA 1000 porque le querían sacudir.
encontró refugio en una taberna y dejó que la mucha ingesta de gotas de alcohol
lloraran la muerte de aquella beldad leonesa. Después su vida con Angustias- en
el pecado del nombre llevaba la penitencia- fue un infierno portátil donde
crepitaba el fuego sagrado del absurdo con la gran pregunta de quien encontrará
a la mujer fuerte. Habrás de beber hasta las heces el cáliz del desamor. Todo
iba a empezar a cambiar en el mundo cuando entre las sufragistas se instaló la
Gran Barragana como emperatriz y señora de las naciones ostentando sus tetas
enormes y un ojo profundo y proceloso el cogujón que abría la cancela del
averno. Traía en sus labios palabras de rebelión y maneras de Lucifer: -Non
serviam. No me someteré. El ángel caído les escribía los discursos y todas a
uno se pusieron a rebuznar sus consignas lanzadas por la boca de un ganso
mortal. A su conjuro el ángel derribado por Miguel alzó su horrible testa marimacho.
Salieron los reviragos de todas las conejeras y los vestiglos más horrendas
iluminaban sus bocas con un candil. La subversión más sañuda y procaz merodeaba
por la tierra y el justo no encontraba agujero donde esconderse porque a poco
que se descuidase podía caer de patitas en la sima del cogujón hediondo de la
Supermeretriz. Había proclamas que establecían el pensamiento único y la
igualdad de derechos. Querían mandar a todo fiel cristiano a los leones. Muchos
sacerdotes, altos jerarcas de la iglesia convoyaron deslumbrados por el brillo
del poder y del oro, la buena reputación, el nombre y hasta se atrevieron a
alterar los textos evangélicos. Renegaron cuando llegó la gran apostasía.
Estallaría la guerra en los hogares. La sospecha y la delación dominaba los
barrios y un silencio sospechoso se apoderó de las ciudades donde las gentes no
se daban los buenos días y los vecinos se denunciaban mutuamente por cuestiones
baladíes. Los hijos pegaban a los padres, las mujeres infieles tildaban de
cornudos a sus parejas y les decían y tú qué me das. En los periódicos se
estableció la gran censura y la Bicha dominaba las editoriales y las grandes
cadenas mediáticas donde incubaba sus huevos la serpiente. Hasta la tierra
desconsolada parecía negarse a sí misma a girar sobre sus ejes iniciándose en
ciertas partes de los cinco continentes amagos de movimiento al revés, un hecho
que originaba terremotos y tsunamis. La palabra para definir el nuevo terror
del milenario democrático era desolación. Tristeza. El odio movía a las
naciones unas contra otras. Sin embargo, cerca del icono de las Lágrimas se
oyeron aquel Viernes Santo dulces cánticos del ritual de Juan Crisóstomo y un
diácono cantó la angelica de resurrección adelantándose un día a las proclamas
de Resurrección. Estos cantos eran un grito de esperanza. Las voces esparcían
una dulce monodia en griego, en arameo y en ruso. Accipiter las volvería a
escuchar por Internet muchísimos años más tarde pero aquella noche del año 58
sonaban extrañas y maravillosas a sus oídos cuando al cabo de tres horas de
caminata por la ciudad acompañando a los pasos el piadoso cortejo regresaba a
la catedral y cruzado el peristilo ingresaba por la puerta de San Frutos. Los
penitentes caminaban cerca de los tronos del Cristo de los Gascones, de la
Piedad de San Millán y la Dolorosa de Santa Eulalia portando pesadas cruces a
cuestas o arrastrando cadenas kilométricas de gruesos eslabones los cuales en
contacto con el pavimento producían una sonoridad especial y característica de
aquellas semanas santas. Entonces uno de los capuchones, el que llevaba la cruz
más grande y descalzo caminaba con las cadenas más gordas de toda la procesión
se le acercó y le saludó. No reconocía la cara ni los ojos bajo el capuz pero
la voz le era familiar. -Hola, gordo. Reconoció a su amigo Antojito el amigo de
la infancia, el hijo de Juan de la Juana, el que siempre iba de hábito y no se
perdía ni triduo ni novena y solía acompañar a todas las innumeras procesiones
que desfilaban por Segovia entreaño. -Hola, Antoñito. Tú por aquí. -Ya ves. Ha
sido grandioso. Nuestra Señora de los siete Cuchillos estaba guapa a más no
poder. Se quitó el capirote y me besó. Lo propio hice yo aun teniendo que
salirme de la fila pero ya muchos penitentes empezaba a adosar sus cruces sobre
las baldas del enlosado y se quitaban las cadenas. Antojito tenía los tobillos
hechos una laceria pero me confesó muy serio: -Es un sacrificio que hago para
que el Señor envié sacerdotes santos y operarios a su mes. Era una frase hecha.
Antojito aunque pase por maricón y todos se rieran de él y su padre el guardia
civil le arrease sus buenas tundas era un buen cristiano. Un sufridor. Le
echaban de todos los conventos. No pasaba la prueba de los noviciados pero él
seguía terne en tus convicciones. -Gracias. -No me des las gracias, Accipiter,
lo que sí que te pido es que me invites a la gala de tu primera misa. Quedé un
tanto consternado porque el besamanos del cantamisa estaba demasiado lejos y yo
era tan crédulo, tan inocente. Pero cuando se me ordenó de diacono ortodoxo en
Londres me acordé de mi amigo Antojito que murió hace unos pocos años en un
asilo abandonado de todos. Seguramente que Cristo no le abandonó y estará en la
Gloria asistiendo a todos los triduos, a todas las procesiones y novenas que se
celebren en el Cielo que ya serán unas cuantas. De regreso al seminario casi de
madrugada vimos a su padre el señor Juan el portero del seminario, el padre de
Antojito, sentado en su telonio, como si tal cosa. Hacía un crucigrama del YA y
se había leído de cabo a rabo el Adelantado de Segovia. El rector, algo
conmovido, le preguntó no se me olvida que porqué no había echado el cierre y
se había ido a la cama ya. -No se preocupe, señor rector, yo estoy muy
acostumbrado a pelar guardias. No he hecho otra cosa en mi vida de servicio:
pelar guardias y arrear por los caminos con el mosquetón. Esto es mucho más
llevadero- Así habló el cabo de la guardia civil jubilado el padre de mi amigo
Antojito. El pobrecillo no se perdía ni triduo ni novena, ni se celebraba
procesión o rosario de la aurora sin su concurso pero estas buena obras que tal
vez le hicieran medrar en talla espiritual a los ojos de dios no impresionaban
a los hombres que repartían el bacalao en la Iglesia del Señor4, aquellos
eclesiásticos porros, muy pagados de sí mismo, el cuello de medio lado, que le
escupían a la cara, o le lanzaban el ladrillo de Roma entre anatemas y
excomuniones habida cuenta de su condición hermafrodita: -Fuera de aquí,
maricón. A Antojito me lo expulsaban de todas las sinagogas y no era bien
quisto por la buena sociedad de Corobias con sus prácticas piadosas de
plexiglás, sus aberraciones, sus prácticas de piedad acarameladas y los
sermones predicados por frailes sansirolés. Él iba siempre de hábito y en las
procesiones semanasanteras solía arrastrar las cadenas más gruesas, y portar
las cruces más pesadas hechas de madera de pino de Balsaín. Se le acorralaba y
vituperaba como a un perro en traílla y a su padre el señor Juan el guardia
civil jubilado que veía pasar la vida en el tranco final de sus últimos años
desde el ventanuco del chiscón de la portería del seminario aquel hostigamiento
a su hijo mayor le llenaba de tristeza. Y mientras vigilaba las entradas y
salidas de la institución hacía los crucigramas que traía en la última página
el “Adelantado de Corobia”. De vez en cuando levantaba la cabeza, se quitaba
las gafas de leer cuyos cristales habian sido empañados por alguna lagrima y
suspiraba para sus adentros: -Este hijo… este hijo. ¡Ay Dios! La semana grande
terminaba con las velas de la noche del sábado de Gloria. Lumen Christi. Deo
gratias. Los oficios se celebraban en el espacioso templo del seminario mayor
que era un remedo en piedra y en fachada geométrica flameada por las dos bolas
de la gran acrotera. Hoy aparecen cubiertos de jaramago. Las matas brotan
amarillas de las junturas de sus sillares de granito y orlan estilóbato que
lleva a la puerta de pino verde hoy cerrada a cal y canto. Anidan los vencejos
en el alfeizar del rosetón. El viejo seminario era un nido vacío, sus pájaros
dispersos porque las aves guías de aquellas bandadas habían perecido en los
avatares de los cambios históricos que vivió el mundo en el transcurso de tan
solo dos generaciones y muchos monteros la garza combaten… por largos oteros los
perros la llaten… mal no será no la maten. No había sobrvenido una catarsis
cristologica sino una involución de todos aquellos valores antiguos que llenó
el mundo de estremecimientos y de una congoja que presagiaba el fin del mundo.
El seminario vacío, la puerta cerrada y contra aquellas piedras aguardando la
demolición se espetaban como escupitajos o vuelos de estornino ciego que yerra
el camino y se estrella contra el paramento frontal. Se equivocó de ruta y
tales errores parieron su gran soledad, una comezón que le devoraba. Pobre
barquilla mía. Los gordos y los desdentados no entrarán en el reino de los
cielos. Así y todo cundía el grito de resurrección por todos los ámbitos. A
Ildefonso Tejares quien en las témporas de diciembre había sido ordenado de subdiácono
le tocó el oficio de turiferario aquella pascua. El cirio era más grande que
aquel teólogo gafitas de corta talla y como la cera pesaba lo suyo Ilde parecía
que se derrengaba. Avanzaba no sin dificultad desde el cancel hasta el altar
mayor por toda la nave central haciendo la proclama: -Lumen Christi El pueblo
respondía: -Deo gratias. Era una rúbrica mil veces repetida en la liturgia de
resurrección, en tanto el preste, tras la lectura de las profecías, bendecía
los cuatro elementos y con unos gramos de incienso trazaba una cruz en el velón
a cuyos extremos colgaban dos letras: alfa y omega. Cristo principio y fin.
Impartidas las bendiciones al aire, el fuego, la tierra y el agua se encendían
las luces y el templo antes a oscura resplandecía como una pavesa. Los
sacristanes se encargaban de dar el interruptor de las cornucopias de los
laterales, las arañas de la nave del transepto, los hacheros de difuntos
desMaximinomados por las capillas laterales. Una enorme lámpara subía y bajaba
sobre el altar mayor produciendo un efecto de fuegos artificiales a causa de
los diversos colores de las bombillas. Cristo había resucitado de entre los
muertos, sí; verdaderamente había resucitado. El diácono Frominiano de Castro
se encargaba de entonar la Angélica texto bíblico que narra el misterio de la
encarnación a través de las eras dando detalles de los siete días de la
creación del mundo. Frominiano e Ildefonso pertenecían al mismo curso pero no
podía haber dos teólogos más diferentes. Uno era rubio que parecía alemán y
otro moreno. Aquel de elevada estatura este de mínima talla. Uno de Cogeces del
Monte y otro de la Granja. Todo un contrapunto. Don Fromi llegaría a obispo
pero su compañero no llegaría a nada. Se perdería en la lista innominada del
clero rural pero aquella noche dos seres tan diferentes portaban la llama del
fuego sagrado. Resurrexit sicut dixit. Los cantos de resurrección en la iglesia
latina [mind you] distan mucho de ser alegre pues empapados de nostalgias
revierten a la noción del desterrado que añora la tierra prometida a la que
apunta con el dedo la Victima Pascual. Cantemos sus laudes pero el Lábaro del
Rey que cantamos en la secuencia suena un poco a funeral. Sin embargo, para
Accipiter aquellas ceremonias del sábado gloria de su niñez anunciaban la
apoteosis de la pascua rusa cuyos trenos había de escuchar en la vejez cuando
los ángeles portando mensajes de bienaventuranza atravesaban el éter hasta
posar en la antena desplegada de su radio de onda corta y la grabadora se
echaba a andar la reproduciendo los sones mágicos del Himno del Serafín y del
Querubín… [Vashe vaskresnia Criste voshe angeli paiou na neba vsiej...]… tu
resurrección Cristo Dios anuncian los Ángeles en todos los cielos… un diacono
griego corroboraba el mensaje: Xristós anee ti ez nekron. Resucitó de entre los
muertos. Y leía la carta de san Pablo a los hebreos: si Cristo no resucitara
vana sería nuestra fe. Pero cumplió su palabra y con ello se puso en marcha
toda la soteriología, toda esa economía de la salvación a la que la sociedad
moderna, dominada por un mercantilismo hedonista saduceo, volvía la espalda.
Estaba muy solo en su celda de aquella urbanización tarareando los estribillos
en eslavónico, en rumano, en árabe. No le creía. Fue traicionado por su mujer,
le plantarían sus amigos. En la barriada lo miraban como una escoria y
regresaba a su hogar. Para él fue cárcel el matrimonio y bajaba desconsolado al
sótano de la contemplación. Aquel aparato de radio que captaba las estaciones
lejanas e iba recorriendo el espectro del ancho de banda con aquel ojo verde
completaba en su vejez el mensaje de la voz del ángel en su adolescencia,
escuchado bajo las naves de aquel inmenso templo herreriano actualmente iglesia
vacía puerta cerrada. Aquello fue el preludio de la inmensa pascua rusa en toda
su magnitud. Era muy impresionable. Todos los tiros apuntaban a que sería un
enfermo del afecto. La intranquilidad era como un bicho dentro que le hacía
morder los lápices. Buscaría calmar el desosiego en la comida, después en la
bebida, siempre el fumar. Caería en las redes del Polifemo de un solo ojo y dos
cuernos que se sentaba como un dios dentro de una botella de aguardiente.
Grandes expectativas, profunda decepciones. A los catorce años le extraerían un
paleto y dos colmillos. Aquellas mellas serían acicate de su desdicha. Estaba
condenado a ser un inseguro. El dentista que le operó era un comandante grandón
que llevaba sobre la bata clínica una estrella bordada de ocho puntas. Para
Accipiter sería la personificación del verdugo. El cancerbero del infierno le
mostró un sillón de hierro abatible cámara de torturas y le taladró la encía
con una aguja enorme. Era una tarde de junio. A través de la ventana se veía la
alameda del río Clamores en vernal efervescencia. La naturaleza risueña no se
compadeció de aquel dolor horrible en el paladar. -Escupe, hijo. Su madre le
compró un helado de fresa al salir de la clínica y desde entonces no podría
probar los mantecados ni las fresas que le traían a la memoria el embotamiento
de la anestesia en el maxilar y la horrible estrella de ocho puntas en la
pechera del militar. En la guerra había sido cirujano en un hospital de sangre.
El tipo era un bruto. Se llamaba Lope de Miguel. Un desdentado a lo mejor
podría ser curo pero seguramente que ejercería el ministerio en desventaja.
¿Cómo predicar y mostrar desde el pulpito aquellas dos cavernas? ¿Cómo iba a
persuadir a las beatas y mostrarles el camino? Los mancos, los cojos, los
paralíticos no serían admitidos al presbiterado. Luego en Comillas un hermano
jesuita que hacía las veces dentista y que era tan bruto como el comandante De
Miguel le colocaría un puente que acabaría con toda su dentadura porque hizo
mal el trabajo y desde los treinta años tendría que gastar dentadura postiza.
Las extracciones dentarias fueron un vaticinio de mala suerte. Tendría complejo
al acercarse a las mujeres y al hablar con alguien se tapaba la boca para que
no le vieran el estropicio. Estaba condenado a los latigazos de la mala suerte.
Se despeñaría ante la realidad de sus “castañuelas” que habría de dejar en la
mesilla de noche desde las altas cúspides de la utopía. Una de las cuestiones
que más le confortaban del juicio final era que resucitaría con todos sus
dientes, aquellos paletos largos que adornaban sus boca de adolescente.
Buscaría la felicidad del Sábado de Gloria por las tabernas. El vino
eucarístico le insuflaba coraje, le hacía perder el miedo a los demás y a sí
mismo. Cuando se salió acudía a los bailongos, pedía bailar con alguna pieza
pero el resultado eran siempre las calabazas no te digo. Ellas que son tan
detallistas y se fijan en todo ya habían reparado en la prótesis que afeaba su
sonrisa. Hablas como mi abuelo, chorbo. ¿Me das baile? Un movimiento negativo
con la cabeza. Acto seguido llegó un maromo en busca de pareja y la piba se
lanzó a la pista a danzar el twist como una descosida. Chist, eh tú. ¿Es que
este la tiene más larga que yo? Cállate tio grosero. La modistilla le propinó
una bofetada y su acompañante casi se descojonaba de risa en medio de la sala
de baile. Deque ocurriera aquel desastre no volvió a pisar un bailongo. Su
misoginia hizo de aquel místico, de aquel seminarista que buscaba las cumbres
de la santidad en un bala rasa. Rodó por los prostíbulos. Con la cartera bien
repleta pronto se dejaba querer como la mayor parte de los españoles que de vez
en cuando echan una cana al aire y se van de putas. Dicen que el sabio Cajal
frecuentaba la barra del Abra e incluso merodeaba por los alrededores del
Canalillo y los altos del Hipódromo donde abrían su negocio hetairas de ínfima
calidad. Pero aun no había entrado en el despeñadero de las corrupciones. Toda
la vida suspiraría con melancolía por la pureza de aquellas noches pascuales en
el altar de la iglesia del Mayor toda cubierta de lirios y de rosas blancas.
Dinos tú, María ¿qué viste en la vía? La sepultura vacío, angélicos testes, el
sudario y la veste. Era la letra del estribillo del Vexilla Regis prodeunt
cantado en la noche santa. Los oficios duraban parte de la noche hasta bien
entrada la madrugada pero no estaban cansados. Al acostarse llegaban hasta la
camarilla o el dormitorio corrido el repique de campanas de todos los conventos
e iglesias de la ciudad. El cuarto trimestre era el más bonito de todo el
curso. Los días pasaban deprisa ante la inminencia de los exámenes y la
proximidad de las vacaciones. Por Pentecostés tenían lugar las ordenaciones de
los diáconos y presbíteros. Los días eran más largos y parecían empañados
dentro de su alegría de la tristeza de algo que está próximo a terminar. En la
lomera de los lujosos breviarios que el padrino regalaba a los ordenándoos se
notaba el cambio de tono: la pars verna dejaba lugar a la pars estiva y luego
vendría autumnales y por último pars hiemalis (invierno). Tambien la ciudad
acusaba recibo de la llegada de la primavera, las mocitas se quitaban el abrigo
y los tratantes que venían a la feria de los jueves dejaban en casa la pelliza
o el mandil y se acercaban a tomar un chato en casa Cándido en mangas de
camisa. Las tardes de paseo la comitiva de seminaristas buscaba las umbrías del
Pinarillo o los huertos del Paseo de los Melancólicos donde se estaba más
frasquete a la vera del río. Todos hacíamos planes para el verano. Quien
planeaba una estancia en Roma, quien en Salamanca. El rector iría durante todo
el mes de julio a Loyola para completar allí una tanda de ejercicios
espirituales que duraban un mes. Uno de los prefectos que era gallego nos daba
conferencias sobre el veraneo en las Rías Bajas que a nosotros que éramos de
secano nos ponía los dientes largos. Por mayo mes de las flores estábamos muy
fervorosos. Se cantaban hermosas canciones a la Virgen e Ildefonso que era muy
habilidoso a pesar de parecer tan apocado construía una gruta bellísima con un
surtidor a los pies. Fue precisamente ante aquella imagen donde Accipiter
realizaría sus pinitos literarios iniciales porque leyó en alto alguna poesía
de su cosecha y todos en conjunto aplaudieron su lírica. Algunos dijeron que
sería escritor o periodista. Despuntaba en la clase de Retórica y en literatura
don Anastasio le endilgó un sobresaliente por saberse de pe a pa el Narciso
Alonso Cortés un manual de literatura que le encandiló pero le suspendieron en
Aritmética y en Música. -¿Qué harás estas vacaciones? -Creo que tendré que
ayudar a misa a nuestro párroco don Benito y a la una subir al seminario para
la visita. Entretanto jugaremos al ping pong en los tránsitos o ayudaremos a
uno de los criados a recoger tila. A la noche, si mi padre está de servicio,
tendré que llevarle la comida con el machacante al polvorín, al igual que la
muda si hace falta. -¿Tu padre es guardia? -¡Qué va! militar Le suele tocar
guardia dos veces por semana ¿Y tú “Cañamón”? Eugenio al que llamaban “Cañamón”
por lo breve de su figura bajó la cabeza como sintiéndose mucho menos
importante que su compañero de terna. En su casa no había galones ni estrellas,
sólo campesinos que trabajan de sol a sol, criados ajustados desde San Juan a
san Lucas. A él le tocaría pasar unas vacaciones de borreguero. Con el quiñón
que ganaba un verano con las ovejas se podía costear un año de carrera -A mí me
toca trillar, segar e ir a arrancar yeros, levantarme a las cuatro de la
mañana, dormir en el carro, pasar hambre, pasar sed y beber agua de la botija
que el vino es solo para el amo. Estaba dando las últimas boqueadas la edad
media. Se cosechaba a mano por lo que eran muy duras las faenas del campo. Los
puños se resquebrajaban de agarrar la hoz y dolían las pajas, los cardos que se
habían introducido entre las uñas burlando la vigilancia de la zoqueta de
madera de pino. Luego vendría la motorización y aquellas cosechadores con aire
acondicionado en la estalación. El gruista podría escuchar la radio y las
paridas que contaba Luís del Colmo pero ya no se cantarían sobre el tirillo las
canciones de siempre. No volvieron a verse más yuntas delante del arado romano.
Se colgaron en la portada o se vendieron a los museos los aperos. Yugos,
colleras, gavilanes de uncir, horcas, bieldos, foces, dalles, picos, palas,
azadones fueron a parar al baúl de los recuerdos. La gran emigración rural
daría comienzo vaciando los pueblos. Las iglesias quedaron cerradas, los
seminarios vacíos pero quedaron las torres de las iglesias sin campanas. Ya no
tocaban a misa. Sólo se escuchaba el machacar el ajo la cigüeña oteando el
horizonte. Se fueron los hombres a trabajar a Paris a Francfort o Barcelona y
vinieron los “600D”. Lo importante ya no era ser rico porque también los pobres
podrían echarse coches y tener nevera, lavadora, batidora, secadora, plancha
eléctrica. Como ya no repicaban a misa el personal dejó de acudir a la iglesia.
Ya no se sentía feligrés de nada. Sólo del consumo, del tener y del poseer. Se
decía marcha bien pero Madrid no le probaba. Semejante involución significaría
que por aquello de que la función crea el órgano el cristianismo estaba
condenado a desaparecer como algo folclórico, puntual. El clero tampoco tendría
demasiado futuro. El espíritu renovador del Concilio como la guadaña niveladora
de la muerte equivaldría a una muerte negra que esquilmaría al clero antiguo, a
los curas que habían bebido en las fuentes de la edad media. En España se
proyectaba la película “Surcos”. De vez en cuando venía a darnos una charla un
sacerdote obrero. A aquel mundo Terminal era al que se enfrentaba Eugenio Pérez
Casla alias “Cañamón” o “Geñete” cuando lo ajustaba su padre de borreguero en
un pueblo de la sierra. Estaba a punto de sonar la trompeta del juicio final y
el ángel de la muerte ensayaba sus primeros arpegios que los tertulianos de la
tele convertían en rebuznos. No volvería a ver a Cañamón hasta 47 años después
en un mesón de la calle Brumen. Después de abandonar la carrera tomó el oficio
de maestro asador, puso un restaurante en Bodeguillas pero salió tarifando con
el socio y se colocó de maître en el figón donde iba a comer y alguna
nochevieja a tomar las uvas Accipiter en aquel establecimiento cabe los muros
del hospital de San Carlos y justo enfrente de donde estaba la fuente de la
Alcachofa. “Antes de que yo te olvide Virgen de Atocha se secará la fuente de
la Alcachofa”. El ex seminarista iría allí a recuperar fuerzas después de
recorrer los tenderetes de libros de la Cuesta de Moyano. Entraba con una bolsa
de libros de segunda mano, libros que nunca podría leer todos pero a los que
agradaba tocar y pasar hojas pensando en qué había sido de sus antiguos
propietarios. También la galaxia Guttemberg- Jano devora a sus hijos- perecería
a manos de la galaxia Maculan. Los californios se habían inventado esa
antinomia y nada en el mundo volvería a ser igual: -¿Cómo se llama usted?- le
preguntó el maître cuando éste le tendió el menú. -Eugenio para servirle. -Yo
solo conozco a un Eugenio que fue mi compañero de terna: Eugenio Pérez Casla.
-Anda. Ese soy yo. Renació la vieja amistad y en aquellos ágapes en que uno se
sentaba a la mesa y el otro le servía, el uno ostentando su impoluta
chaquetilla blanca y el otro cargado de un macuto de libros que traían entre
sus paginas cerradas a veces intonsas el polvo y la ilusión de la historia
Accipiter se ponía hasta el culo de vino y de añoranzas. Por mucho que quisiera
sus vidas otrora paralelas iban verticales y por mucho que lo intentaran no
volverían a juntarse. Con Cañamón le ocurrió lo mismo que la Norberto, un
antiguo amor ideal puro de esos que dejan marco y a la que trovaría haciendo la
carrera en la calle la Cruz. ¡Qué profunda decepción! “Geñete” vio con horror
que su antiguo compañero de terna se había dado a la bebida y a los libros bajo
el pretexto de vino a las comidas que había veces que se chiscaba tres
cuartillo y a veces botellas de un litro enteras. -No te preocupes, Eugenio. El
tintorro me ayuda a sobrellevar mi dolor. El mundo en el cual yo creía y sus
valores han desparecido. Entonces Accipiter le contó el fracaso de los dos
matrimonios y el dolor que supuso ver a la Norberto su antiguo amor de
estudiante tirada entre la rahez de las putas. Era una chica muy guapa, muy
limpia, hija de una labrador rico al norte de la provincia de Madrid, se casó y
quedó viuda, tenía ganas de hombre fue una agencia matrimonial la cual la
colocó con una barbazul que frecuentaba a otras dos queridas aparte de su mujer
natural. Norberto entró en el cupo, perdió la carrera, la hacienda y los
millones. -Eso es lo que se llama encoñamiento- dijo muy reflexivo el camarero
del restaurante de la calle Brumen- No somos nadie. -No Después de las
navidades del año 2000 un sábado acudió a Moyano como de costumbre. No vio a
Geñete en la barra. Preguntó por él. -Lo enterramos hará una semana. El día la
Pascua le dio un infarto. De lo que recordaba de aquellos veranos era el calor
intenso. Los meses estivales eran más tórridos y entraba galbana cuando
apretaba el color. Engordaba porque su madre le cebaba. Hacía unas torrijas
exquisitas y un arroz con leche para chuparse los dedos con leche que traía el
machacante de Mayorías todas las mañanas. Le compraron una bicicleta pero
aquella bicicleta estaba gafada. Le trajo mala suerte. Derrapó en un terraplén
de Valdevilla y por poco se mata. Al año siguiente le dejó dar una vuelta a un
compañero que se mató saltando por el pretil del río Eresma yendo a la novena
de la Virgen de la Fuencisla. ¿Cómo es que la vida había podido dar tantas
vueltas en poco más de medio siglo? No sería capaz de decir pero los hechos no
guardaban atingencia unos con otros y surgía el absurdo, el disparate, la
descoordinación. Aquellos silogismos que formulaba don Fausto en las clase de
Lógica poca relación guardaban con la vida real. Recordaba el aburrimiento de
las tardes de verano cuando venía de ayudar a misa a don Benito el párroco de
Santa Eulalia. Los domingos se administraba el sacramento del bautismo en
tandas de nueve o diez neófito. En aquellos años cincuenta nacieron muchos
niños. Accipiter tenía la vela y contestaba por el padrino los formularios en latín.
-Abrenuntias Satanae? -Abrenuntio. -Et ómnibus pompiis ejus? -Abrenuntio.. Eran
los exorcismos con que los catecumenos renunciaban a Satanás al mundo, sus
pompas y vanidades. Y con mano temblorosa el bueno de don Benito le abría la
pechera del faldón de cristianar al recién nacido, señalando una cruz con su
dedo gordo sobre pecho y espalda, ponía un poco de saliva sobre las orejas al
tiempo que pronunciaba en hebreo la palabra “efeta” que quiere decir abríos al
tiempo que administraba sobre los labios un grano de sal. El padrino dándoselas
de chistoso decía en voz alta ante aquella fuente bautismal que podría tener
sus buenos diez siglos: -échele usted bien de sal para que sea salao, padre
cura. Aunque solía haber tacaños los bateos solían caracterizarse por la
alegría y la generosidad de los padrinos que con largueza daban al cura su
estipendio bautismal y al acólito sus buenas propinas. Todo lo que yo sacaba se
lo daba a mi madre. En tercero de latín después de la visita al potro del
verdugo dentista a causa de la impresión y el daño que me hizo aquel tío –Roque
de Miguel sigue apareciéndose en algunas de mis pesadillas esgrimiendo el hacha
del virgolero de la torre de Londres- dejé de mojar la cama aunque el año
anterior mis padres me llevaron a la curandera de Torrelodones. Recuerdo aquel
paisaje de berruecos y de la gente que corría con sus cantimploras del agua
milagrosa a ver a esa señora que me recetó baños de sol porque decía ella que
lo que yo tenía era mucho frío en la vejiga y que mis partes no se habían
desarrollado. A causa de aquellas tendidas al sol de justicia como si fuese un
lagarto me quemé de tal manera que cuando acudió nuestro médico de cabecera al
verme soltó un taco maldiciendo a la curandera y a toda su estirpe. -No más
baños de sol. ¿Es que quieres que a tu hijo le quemen las vísceras, Eduvigis?
En las navidades del primero me llevaron a la consulta del doctor Acero en
Gómez Ulla, especialista en riñón, que me quería operar pero allí mi madre
anduvo lista y después de dormir en casa de la señora Laureana que vivía en
Carabanchel Alto – dormí entre medias de mi padre y mi madre lo que no impidió
que se soltase el chorro a media noche, no pasa nada Eduvigis, son cosas de la
enfermedad, ahora mismo lavo las sábanas- nos vinimos para Corobias en el tren
de cercanías de las 23.45. Aquellos trenes eléctricos llevaban un copete que se
deslizaba por la catenaria, eran de color amarillo y marrón, de fabricación
alemana antes de la guerra. La enuresis se me curó por sí misma. Me aficioné a
la lectura. Las novelas de Emilio Salgari y los libros de Hugo Wast un escritor
católico de moda por aquellos días. La vocación literaria nació en la castidad
de aquellas lentas tardes de verano. Otro de mis jobos era escuchar la radio,
aquel aparato de madera vestido de faldones como si fuera un obispo de
pontifical. La voz sonaba opaca y distante cuando recorrías el guial, qué cosas
inventa el hombre blanco. Aquí EAJ49 Radio Segovia. También se cogía Radio
Toledo y por las noches a las nueve el rosario y el informativo por la radio
del papa. Transmite Radio Vaticano. Les habla el padre Topete y el jesuita se
refería a alguna encíclica insertando trozos de alguna alocución del papa.
Nunca dejé de pensar en aquel Pío XII que comía solo mientras cantaba un canario
por nombre Caracciolo en su despacho y sor Pascualina la monja alemana que le
servía entraba y salía. Era un papa lejano que vivía como en una nube envuelto
en los cendales purpúreos de la divinidad. De él hablaban con entusiasmo en las
charlas y en los retiros nuestros directores espirituales y su foto con el
perfil numismático la nariz acaballada y los lentes dorados surgían por todas
las sacristías y rectórales. La iglesia católica entre sus usos y costumbres
tiene una inclinación desmedida al culto a la personalidad. ¿El vicario de
Cristo no le estaba robando espacio a quien decía representar en la tierra? No
pero el prisionero de Castelgandolfo con su reclusión entonces por lo menos no
se exponía a los zarpazos y al desgaste que supone ser un personaje mediático
de primer orden. Allí el que llevaba la voz cantante por entonces era
Caracciolo aquel pajarillo tan simpático que alegraba los yantares pontificio
con su melodía mientras sor Pascualina de lejos vigilaba. En mayo del 76 con
motivo de cumplirse los veinte años de su preconización a la sede apostólica se
organizaron en el seminario cursillos y conferencias en el salón de actos y en
una de las fachadas del patio doctoral se colocó un inmenso moral en el que
aparecía Pacelli con un pajarito en el dedo índice y la bondadosa cara
enmarcada por los lentes con montura de oro mirando humilde en actitud
reflexiva todo él de blanco la esclavina orlada de armiño. Aquel patio interior
llamó siempre la atención de los aspirantes al sacerdocio. Eran tres pisos de
balcones con marco de hierro de forja, pesadas contraventanas de doble lámina y
de madera de pino y un boliche a sendos lados de la reja del balcón. El
arquitecto había dejado su sello escurialense en el edificio en aquel cuadrado
austero construido por Juan de Herrera. Arriba se erguía mayestático el capuz
de la Aceitera y abajo estaba una inmensa biblioteca con cerca de cincuenta mil
volúmenes. Aquel pontífice elegante afable aristócrata todos lo teníamos por
santo y creíamos que no tardando mucho subiera a los altares pero no. Se
cruzaron en el camino las protestas de los de siempre. Crédulos e ignorantes de
nosotros no sabíamos que el Vaticano es un avispero de intrigas manejado por el
gran capital de los Rochild. ¿Como es que la vida ha podido dar tantas vueltas
en medio siglo? Las vacaciones de verano marcaban el punto de inflexión del año
escolar. Yo aprobaba todas las asignaturas con nueves y dieces en griego y en
latín y en literatura pero en Matemáticas sólo sacaba un aprobado raspado. Aquellos
años fueron los más felices de mi vida. Nada me inquietaba. Estaba seguro de mí
mismo y la disciplina inculcada por los preceptos empezó a hacer mella en mi
espíritu con arreglo a un método diario de levantarse a la misma hora, rezar
mis preces, el Iam lucis orto sedere” que repito al día de hoy, bajar a Santa
Eulalia a ayudar a misa, subir la cuesta de Baterías en bicicleta. Desayuno y
lectura, etc. Junto a la iglesia de Santa Eulalia crece un gigantesco almez.
Cuando tocaba verbena se colocaban allí gallardetes, había títeres y baile y
venían los carameleros que tendían en sus puestos garrapiñadas de Alcalá. Al
otro lado de la calle estaba una casa porticada del siglo XV con blasones en
los ábsides de sus columnas dando esquina a la calle de Cantarranas que subía
hasta el convento de Santa Isabel puerta por puerta de Ca la Farola el
prostíbulo casa que fue del Domine Cabra y que sirvió a Francisco de Quevedo de
inspiración para componer el Buscón. Don Benito solía presenciar tales
jolgorios desde un palenque habilitado para el párroco al lado de la tribuna
donde tocaban los músicos. De esta manera el buen sacerdote vigilaba por la
moralidad de sus feligreses, haciendo todo lo posible para que nadie bailase el
agarrao o llamando la atención a las que iban descocadas o con escote. -Eh tú
no te pases. Que corra el aire. Que corra el aire. El galán que trataba de
arrimarse era sorprendido por la amonestación del cura y… paso atrás. Los
seminaristas nos sentábamos a la vera de nuestro párroco en sillas de enea como
si estuviésemos ayudando a misa. Al poco rato a don Benito harto de velar sin
resultado por la decencia porque los cuerpos parecían atraerse como imanes y la
cosa parece que no tiene enmienda se daba por vencido. Eran las nueve, hora de
acostarse. -Vamonos para casa, chiquito que aquí a los curas no se nos ha
perdido nada. Los seminaristas le acompañábamos hasta su rectoral a pocos pasos
de allí y por el camino nos iba dando una charla sobre los retos de la
concupiscencia y los peligros de la carne a los que sólo se puede vencer
mediante la huida y aducía el ejemplo del casto José requerido de amores por la
mujer de Putifar. Al llegar al portal nos despedíamos besándole la mano y con
un “buenas noches tenga usted”. Todo estaba atado y bien atado pero un día esos
cabrones lo desatarán. Seguro que sí. La musiquilla hendía melancólica el
abismo de la noche. Los mozalbetes dejando desatendidas a las mujeres tiraban
al plato con escopetas de aire comprimida o jugaban al bote en medio de la
plaza. A la luz de un candil y sobre un cajón vuelto de culo el Tío Monago
extendía los naipes con la puesta de billetes de veinte duros. Arriba la banca.
Las muchachas bailaban sola de dos en dos con sus faldas rameadas y sus rebecas
recién estrenadas. Debajo de las mangas asomaba la punta de un moquero. Casi
todas eran muchachas de servir. Algunos soldados del Regimiento 41 las miraban
bajo la sombra patriarcal del almez centenario pero sin determinarse a pedir
baile. Aquellas catorcenas tristes se me quedaron muy grabadas. Suspiros de
España, garrapiñadas de Alcalá y Heli la caramelera pregonando su mercancía: el
pirulí de la Habana, el polvo que esparcían los zapatos de las parejas al
marcarse un pasodoble. Agapito Marazuela con su gaita mágica interpretaba una
arrebolada que era un verdadero tour de force. El arte y la fe entran por el
oído. La música es el anamorfismo sublimado de la palabra. Déjate de
contemplaciones Accipiter. Echemos un trago. Antón entró en Madrid con su capa
rota, bebamos una copa y otra copita y esta nos sabrá más sabrosita. Bah.
enomanía y delirios. Accipiter se agazapó en las tabernas porque era un
cobarde. Acodado en el mostrador de los chigres se creía un tipo importante y
decidor pero no era nadie: un seminarista rebotado. -¿Qué año te saliste? -En
segundo de Teología. Me faltaba poco para cantar misa. -Fuiste un cobarde. -Ya
lo sé. Derrotaba por los bodegones creyendo que tó er mundo ye gueno y dice la
verde implementando la máxima evangélica de amar a tus semejantes. Pero ni
todos son buenos ni dicen la verdad. El amor de las mujeres no es más que agua
en un cesto. Aquel seminario le convirtió en un soñador. A la sombra de la
Aceitera se crió la utopía. Pagaba rondas a desconocidos y no se le caía de los
labios la palabra qué va a ser, otra ronda, yo pago. Era tan desprendido que no
le importaba arruinarse con tal de mantener una conversación escuchar una frase
ingeniosa o que alguien le dijera una palabra de aliento o de cariño. Bah
enomanía y delirios. Iban tres cristos borrachos arrastrando sus cruces camino
del Calvario y n o encontraron a ningún cirineo. Sin embargo una mano oculta le
libró de las tremendas refriegas del alcohol. En el fondo en esa inclinación
etílica –el hombre busca deleite, honra y ser reconocido- cupiera un atavismo
mítico de los viejos alumbrados de los que descendía. Buscaba una amistad
personal con Dios pero cuando esa tendencia de los ensimismados se orienta
hacia las mujeres grandes pecadores ocurren catástrofes personales. La mujer es
tierra, sólo comprende el lenguaje de la tierra, nunca del cielo. Amor cortés,
amor profano, se cierra el círculo y ellas nos tienen prendidos por los
cojones. Baja de esa nube. Vives en el limbo. Aterriza y deja de flotar. La
bondad es un asunto peligroso porque deriva en panfilia y esa panfilia se
despeña en la cretinidad. Los cristianos eran cretinos para Voltaire. La
caridad bien entendida ha de empezar por uno mismo, aducen los talmudistas y
esa bondad que te enseñaron y tú trataste de llevar a tu vida te ha llevado al
delirium tremens y del platonismo se siguieron los desengaños misóginos. Ay de
los solos. Agosto con las fiestas de Nuestra Señora era un baremo para calibrar
el paso raudo de los años. Pronto llegó a quinto de latín y los tres años de
filosofía remataron en los cuatro de teología. Ya era teólogo, podía fumar en
su celda e incluso tener una radio. Televisión no había. Las primeras en llegar
a Segovia se instalaron en el despacho de un cura rico de Castrovoces que nos
invitaba a ver los programas de la Noche del Sábado. Pantalla en blanco y nego.
Allí aparecía José Luís Pecquer. Yo me dormía ante aquel extraño aparato. Nadie
pudo superar que aquel adminículo humilde y como destartalado se iba a
trasformar en el instrumento de dominación universal, un comecocos totalitario.
Aquel verano de 1956 el fatídico 1984 orwelliano se instaló en nuestro cuarto
de estar. Un purga-conciencias confidencial que nos dominaría totalmente. Se
terminó una era. Ese es el mensaje que a los cuatro vientos y con voz chillona
lanzaba Pecker al presentar aquellas varietés. En el 64 veinte años de
antelación de que se consumase la profecía, veinte años de mi vida justos y
buscando otros caminos porque presentía venir una avalancha, yo colgué los
hábitos. Ya de minorista, colgué los hábitos. -¿Porqué te volviste atrás? -No
me probaba, hermano. Fue la última respuesta que di a los preguntaban. Ni que
decir tiene que abandonar la carrera cuando ya te había afeitado la coronilla
el barbero y el obispo te dio el titulo de acólito, turiferario y exorcista constituyó
en mi casa un autentico drama familiar. MI ÚLTIMO DIA. “Sol de junio, un verano
más”, cantaba un coplero de mi lejana juventud cuando yo cortejaba a una moza
muy formal. Nunca empezábamos aquel pastel, nunca nos fumamos aquel cigarrillo
de después en el 600. Había que estar en casa a las diez. Ella habrá dejado ya
de fumar, yo sólo fumo en pipa y a escondidas porque fumar ya no es
políticamente correcto ni está bien quisto pero yo me digo tambien los que no
fuman se mueren y les dan infartos, mientras acaricio los viejos recuerdos en
el estanque dorado de la memoria y pedaleo –estoy hecho una mula- hasta
Navalcarnero ida y vuelta tres leguas y pico en una hermosa tarde con el
solsticio de verano casi en puertas siguiendo el viejo camino de la mesta...
Esa era la ruta de los nutridos rebaños que veíamos pasar por nuestra puerta
camino del sur, el morueco en medio egregio y mostrando su estatura guardiana,
y a los lados los perros. Un zagal llevaba un corderillo recental a hombros y a
mí recordaba la vera efigie del Buen Pastor. Parece que percibo el bronco
ladrido feroz y aquiescente del mastín. Ya no hay mesta ni cordeles, van en
camiones, pero el ojo de mi memoria los sigue viendo circular. Parece que fue
ayer y ha pasado tanto tiempo. Ya han encañado los trigos. De trigo y centeno
hay hogaño un cosechón. Las vides están hermosas y ya granan las cepas. Si no
se apedrea tendremos los lagares y la troje hasta los topes. Una collalba me
hace una referencia y se me cruza en el camino y canta escondida entre las
cepas la perdiz con voz de amor. Sol de junio. El cuclillo y la abubilla tienen
un dúo, se han enzarzado en una porfía (a ver quien da la mejor nota) que
enternece mi corazón de melancolías y es la orquesta de acompañamiento a este
Te deum laudamus te Dominum confitemur que esponja mi corazón. La voz del
diacono Shelapin de mi grabación de la noche de pascua pregona el canto del
Querubín. Mañana es mi último día y pues me tomé un Moscoso el día 12 si Dios
quiere estoy cumplido. Voy a entregar la cuchara pero no la tarja. A mi tarja
le quedan todavía algunas muescas por cortar al menos eso espero y loado sea
Cristo. Al menos eso espero con la venia del Panadero celestial que todo lo
controla todo lo ve y todo lo designa desde ahí arriba. I hope that He spares
me. No puedo estar más satisfecho. Gracias, Señor. . Junio trajo las rosas y la
plenitud de un ayer no consumado y yo tuve la suerte de conocer sin conocer a
aquel amor. El sol, un sol que se va, refulge en el estanque dorado pero el
hombre pecador a veces tira por la trocha más difícil dejando el camino real,
se va por los puertos fragosos abandonando la amenidad del valle y del llano.
Lo malo es que en este curso de la vida no hay repescas ni exámenes de febrero
pero todos los seis de junio se me aparecía el rostro de la querida novia (ah
yo vi en Roma do es la santidad que todos al dinero facen omildad… y eminencia,
nos quita las buenas para que nos vayamos con las malas). El hombre no es que
tropiece en la misma piedra es que es gilipollas y escoge la manzana podrida
desdeñando la más manzana y fresca. Ah todos los seis de junio una lagrima de
mis ojos y una oración brotaba de mis labios en memoria de aquel amor perdido.
Uno se va siempre con las malas y deja las buenas pero es ley de vida. Misterios
del destino. Enigmas del mundo... regreso a casa con el primer lucero. Un
traguillo del vino de Navalcarnero que era el último pueblo de la provincia
Segovia antes de las extremaduras, el que bebían los pastores de los viejos
cordeles a la salud de sus rabadanes, de sus amos y de sus novias, me da fuerza
a mis empeños, para cubrir el tranco final. Las cuestas arriba las suba mi mulo
que las de abajo yo me las sudo, digo con el refrán. - Aprieta el culo y dar
pedales y pasa hoja. - Es lo que hay que hacer para llegar a viejos. Un
transportista guasón me larga bocina. -Pi. Pi. quita del medio que va va pasar
la camioneta de mi papá. -Cojonazos.. -¿Violos la tuya mujer, o qué? -Quitate
de en medio que no eres Berrendero ni Bahamonetes, pensionista. - Es que hice
la mili en un batallón ciclista le contesto. Y me despide con un corte de manga
que le devuelvo. Mañana es día escuela el último día escuela y ya brilla por el
este el último lucero. Esta mañana cuando por ultima vez ficho al pasar frente
a las estatuas del cardenal Gil de Albornoz que se alza mitrada y eminente
delante del convento de San Diego, desafiando un poco a la de Cisneros, como un
rival, me acuerdo de aquella objeción que hacía el bueno del arcipreste a su
cardenal de Toledo cuando quiso dejar sin mujeres al clero y sus quejas son
punto de referencia de lo que ocurre en la vida. ¿Me fui con las malas y dejé
las buenas, de verdad? No sé. Es muy difícil afirmar esas cosas tan
taxativamente. Por lo pronto sol de junio, un verano más ¿y tú donde estás,
donde te fuiste, amor que no fenece jamás que es puro y limpio como el brillar
del lucero que avisto al bajar la cuesta de mi urba? Estas son preguntas sin
demasiadas respuestas. Ya no puede quedar mucho trecho. Sin embargo espero que
la tarja de mi existencia se alargue un poco más.. Al llegar a viejo se ha
hecho más firme mi fe y mi esperanza. El amor no muere nunca. Nos sobrepasa
como el camionero fardón que por poco me tira a la cuneta un ventalle. Es el
aire del Espiritu Santo. El domingo fue la fiesta de la Trinidad y vivimos
todos en el gran cenáculo.. Se queda prendido en el rielar de aquella estrella.
Cuando llego a casa mi santa esposa mantecosa – fue la buena o fue la mala no
lo se pero es la que elegí yo, impulsado por la fuerza del sino, del destino o
del fatum- se cachondea de mi al verme en shorts. - Ya no estás para ir de
ligue, tio. Con esas fachas. - Home no
no, pero eso no lo decías hace treinta años que entonces
bien que te gustaba el pirulí de la Habana. - Si serás machista. - Tú no sufras
que mañana me jubilo, prenda. Hace 65 tacos que me parió la Juani. Con seis
kilos mi y medio que di en bascula a mi pobre madre no sé si la desriñoné una
larga tarde de junio. El parto sin cesare duró seis horas y era el dia sexto
después del D Day. - Así sigues de gordo-dice mi mujer que ya no me echa
piropos pero de vez en cuando me da alguna charla y a callar.
-In te Domine speravi non confundar in aeternum.
Bendito seas Señor por esta vida. Me pueden, gracias a mi
fe en Ti, quitar todo, menos la esperanza y el sentido del humor.
FIN

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