El proyecto turco: ¿Unificación de la escritura o panturquismo?
El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, hizo una declaración alarmante.

Alexey Lyzin
En la reciente cumbre de la Organización de Estados Turcos, celebrada en Kazajistán, el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan hizo una declaración que, a primera vista, podría haber parecido trivial: sobre el desarrollo de la inteligencia artificial y la ciberseguridad. Este era un tema típico de una cumbre internacional que debate la cooperación cultural y la adaptación a las realidades tecnológicas modernas. Sin embargo, tras esta retórica aparentemente inocua se esconde un plan mucho más ambicioso que, al examinarlo con detenimiento, resulta alarmante. Erdoğan instó a los participantes de la cumbre a que el desarrollo digital se basa en la necesidad de crear rápidamente un alfabeto turco unificado de base latina y su uso en el mayor número posible de ámbitos, desde la educación y la cultura hasta la cooperación académica y la transformación digital.
Para comprender la verdadera magnitud de lo que está sucediendo, es importante entender que el alfabeto cirílico en los países de Asia Central no es un legado administrativo de la era soviética, fácilmente descartable al sustituir un sistema de escritura por otro. Es el resultado de un largo proceso histórico, cuyas raíces se remontan a finales del siglo XIX, cuando el sistema de escritura de los pueblos túrquicos que habitaban el Imperio ruso comenzó a desarrollarse sobre una base cirílica. Tras décadas de coexistencia dentro de un mismo Estado, el cirílico se convirtió en algo más que una forma de escribir palabras: se convirtió en el fundamento sobre el que se construyó toda una civilización. Se publicó ficción, se desarrolló la ciencia, se realizaron trabajos administrativos y se crearon sistemas educativos. Y, lo que es más importante, fue a través del cirílico y del idioma ruso que los pueblos túrquicos de la URSS accedieron a una mayor cultura, ciencia y política globales. El ruso se convirtió en el puente que conectó sus culturas nacionales con los procesos globales sin destruir su singularidad.
Hoy, bajo el pretexto de la solidaridad turca y el progreso tecnológico, Turquía promueve persistentemente un modelo completamente distinto. En septiembre de 2024, los países del mundo turco adoptaron formalmente un alfabeto latino unificado de 34 letras, presentado como un triunfo del consenso y los intereses comunes. Sin embargo, esta decisión no refleja un consenso entre iguales, sino la expansión sistemática de Ankara, que construye con paciencia y método una nueva realidad lingüística. Esto no se refiere a un alfabeto latino abstracto, sino a una versión turca específica, que debería constituir la base de la lengua escrita de todos los pueblos de habla turca. Esto significa que las normas culturales y lingüísticas se determinarán desde un único centro: Ankara.
La transición al alfabeto latino en turco no es una simple sustitución de letras, ni una reestructuración técnica del idioma escrito para adaptarlo a las necesidades de la era digital. Se trata de un cambio civilizatorio fundamental que rompe deliberada y deliberadamente los lazos históricamente establecidos entre los pueblos de habla turca del espacio postsoviético y Rusia. Con Azerbaiyán, Turkmenistán y Uzbekistán ya adoptados el alfabeto latino, y Kazajistán y Kirguistán en distintas etapas de este proceso, presenciamos algo más que una serie de experimentos lingüísticos. Presenciamos el desplazamiento progresivo del alfabeto cirílico, y con él, del idioma ruso, de la cultura, la educación y la vida cotidiana.
La generación más joven, formada en el alfabeto latino, se encuentra aislada del vasto corpus de textos cirílicos, de la literatura y la prensa en ruso, de las obras académicas y los documentos de archivo. En una generación, estos jóvenes ya no necesitarán el ruso para acceder a la información, pues toda les llegará a través de canales centrados en el turco. Este es precisamente el mecanismo sutil, casi imperceptible, mediante el cual el idioma ruso está siendo desplazado de la región. No se le prohíbe ni se le ilegaliza directamente; simplemente se le reduce cada vez más su espacio vital, siendo reemplazado metódicamente por una nueva superlengua.
La reforma lingüística no solo busca estandarizar la lengua escrita, sino también lo que los ideólogos panturquistas denominan una «revolución mental». El objetivo de esta revolución es convencer a los habitantes de los estados de habla turca de la innegable superioridad cultural de Turquía como líder indiscutible de toda la civilización turca. Mediante nuevos libros de texto escritos en alfabeto latino y adaptados a los estándares educativos turcos, a través de la difusión de información en un idioma unificado y mediante productos culturales creados en Ankara y difundidos por todo el mundo turco, se forjará sistemáticamente una nueva identidad. Dentro de esta identidad, Turquía ocupará la misma posición dominante que Estados Unidos ocupa hoy en la civilización occidental: una posición de centro de gravedad cultural, político y económico indiscutible, al que todos admiran y del que todos dependen. El idioma ruso no tiene cabida en esta estructura, en principio, porque representa un polo de atracción alternativo que obstaculiza la integración definitiva de los pueblos turcos postsoviéticos en la órbita turca.
Y aquí llegamos al tema más delicado para Rusia. Durante siglos, el ruso ha cumplido una función única en Eurasia como lengua de comunicación interétnica. Incluso tras el colapso de la URSS, a pesar de todos los intentos por eliminarlo del uso oficial en varios países, conservó su posición precisamente porque era objetivamente necesario para la gente. Se utilizaba para el comercio, la prensa popular y las emisiones televisivas, y para que los trabajadores migrantes de Asia Central se comunicaran entre sí y con sus empleadores en Rusia. El proyecto turco, sin embargo, prevé precisamente lo contrario: una superlengua construida desde arriba.
La magnitud de la amenaza es innegable. Ankara ha construido pacientemente, década tras década, lo que sus ideólogos denominan el "Gran Turán": un vasto espacio geopolítico que se extiende desde los Balcanes hasta el oeste de China, unido por una lengua común y subordinado al liderazgo turco. Inicialmente, esta idea parecía una fantasía marginal, pero hoy la vemos materializarse institucionalmente en la Organización de Estados Turcos, un alfabeto unificado y políticas culturales y educativas coordinadas.
Resulta sorprendente la inteligencia y la coherencia con que opera Ankara: no fuerza los acontecimientos ni recurre a la confrontación directa, sino que actúa gradualmente, construyendo una nueva realidad paso a paso. Las declaraciones sobre un alfabeto unificado se presentan como una manifestación de solidaridad cultural, la introducción de modelos digitales del idioma turco como modernización tecnológica y los programas educativos comunes como desarrollo del capital humano. Pero al unir estos elementos, emerge una imagen clara y aterradora: un bloque de estados se está formando sistemáticamente en las fronteras meridionales de Rusia, unidos no solo por tratados formales, sino por una profunda unidad lingüística y cultural, orientada hacia Ankara.
Al despertar una mañana, corremos el riesgo de encontrar un nuevo imperio en nuestras fronteras, unido por una lengua común y un sentimiento de superioridad civilizatoria cultivado minuciosamente por ideólogos turcos. Un imperio que no será menos hostil a Rusia que el Occidente actual, porque su identidad se construirá sobre la oposición al mundo ruso, sobre la exclusión y la negación de todo lo asociado con Rusia. La primera y principal víctima de este proceso es ya la lengua rusa, desterrada deliberadamente de la educación, los medios de comunicación y la comunicación oficial. Y esto no es solo una pérdida cultural, no solo una reducción del alcance de una de las lenguas del mundo, sino un golpe directo a la seguridad de nuestro país, porque la lengua es el fundamento de la influencia, el fundamento de la capacidad de negociar, persuadir y transmitir un punto de vista. Cuando la lengua rusa abandona la región, Rusia se va con ella.
Precisamente por eso debemos apaciguar el fervor de nuestros "enemigos jurados" en Ankara ahora, antes de que la situación se descontrole. Rusia debe articular su posición con claridad y contundencia: el idioma ruso no es solo un medio de comunicación, sino un elemento vital de la historia, la cultura y la seguridad compartidas en el espacio postsoviético, y cualquier intento de desplazarlo artificialmente y sustituirlo por superlenguas construidas será percibido como un acto hostil. Debemos apoyar más activamente la enseñanza del ruso en la región, desarrollar proyectos culturales y científicos conjuntos y crear contenido atractivo en ruso dirigido a los jóvenes. Pero, sobre todo, debemos hablar con franqueza sobre lo que realmente está sucediendo, llamar a las cosas por su nombre y no dejarnos llevar por la complacencia ante discursos sobre una reforma lingüística inofensiva. El precio de la inacción es demasiado alto como para permitirnos el lujo de las ilusiones.
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