
«Hola, ¿cómo estás? ¿Leíste Un mundo de cosas, de Soler Puig? Lo compré en la Feria. Me tiene maravillada. Es realismo mágico». Así me escribió una nueva amiga, de esas que uno conoce, no siempre por azar. Varias veces coincidimos en la 34 Feria Internacional del Libro de La Habana y, ya identificadas, procuramos continuar comunicándonos.
Puedo jurar que el mensaje me llegó cuando intentaba escribir sobre este extraordinario escritor nuestro, nacido en Santiago de Cuba, el 10 de noviembre de 1816 y fallecido el 30 de agosto de 1996, hace ya 30 años. De él, todo el mundo diría que es el autor de Bertillón 166, la obra por la que fue premio Casa de las Américas en la primera edición del concurso, la que se da en la secundaria; y que fue Premio Nacional de Literatura.
Muchos podrían reconocerlo así; sin embargo, José Soler Puig es mucho más que estas certeras señas; y su obra, una singular creación, de entre la mejor literatura latinoamericana, de la que mucho queda por decir.
Diez años atrás, a lo largo y ancho del país, se celebraron múltiples actividades a propósito de su centenario, a partir de una comisión creada para el homenaje, integrada, entre otros escritores, por Aida Bahr, considerada ella misma «hija literaria de Soler», y quien ha dicho que nada de lo que haga pagará su enorme deuda de gratitud con el autor.
Las reediciones de varios libros de Soler Puig sucedieron entonces. En el prólogo de esa novela fundamental que es El pan dormido –que avaló Mario Benedetti como comparable a las de Carpentier y «que estaba a la altura de las mejores obras producidas por el llamado boom de la literatura latinoamericana»–, Bahr recrea una estampa digna de destacar:
«Yo tuve la increíble suerte de formar parte de esa tertulia que sesionaba casi todas las noches en la casa de la calle 5ta., No. 555, del reparto Sueño (…) y en ella realicé un aprendizaje de las técnicas narrativas mucho más efectivo que el que creí me proporcionarían las aulas universitarias. Todos los que pasamos por allí (…) guardamos un recuerdo imborrable de aquellas apasionadas discusiones gracias a las cuales, además de aprender sobre el oficio de escribir, nos acercamos a un ser humano sin dobleces, con un extraordinario sentido de la solidaridad y la lealtad».
La revelación muestra el compromiso con la literatura de este autor –que escribiera su primera novela a los 44 años, si bien antes hubo concebido un buen número de cuentos–, que ofrecía su casa para propiciar el intercambio, la pasión por la escritura, la experimentación y el despliegue de los más jóvenes; y que, feliz con lo que hacía, ponía a disposición de los otros sus conocimientos, forjados en su mayoría de forma autodidacta.
Dignas sean de recordar también, en horas de honor a su nombre, novelas suyas como El caserón, El derrumbe y Un mundo de cosas, –la preferida del autor–. Esta última, una obra colosal que nos recuerda al García Márquez de Cien años de soledad. Escrita entre 1973 y 1981, a su argumento se asoman, por el abordaje del tema, dos nefastos sucesos que marcaron profundamente a Soler: la muerte repentina de su hijo Rafael, y más tarde la de su hijastro René.
Como un auténtico novelista lo calificó Carpentier, uno de los jurados que concedió el premio Casa a Bertillón…, traducida a más de 35 idiomas, y en la que Santiago de Cuba funge como personaje central, en tanto es la voz insurrecta de la ciudad contra la dictadura batistiana.
Convencida estoy de que aquellos nobles y justísimos esfuerzos por rememorar –con paneles, conferencias, un Mesa Redonda, y una serie radial, entre otras iniciativas– a Soler en su centenario, no fueron en vano, y la proeza de incorporar a las librerías varios de sus libros fue una oportunidad para acceder a sus monumentales obras, que con excepción de Bertillón… son muy poco conocidas.
No basta, aunque es gran distinción, con que un concurso (Premio Oriente de novela José Soler Puig, al que convoca la Editorial Oriente) lleve su nombre; ni que una efeméride nos alerte de su existencia. El mejor modo de que un escritor de su talla permanezca vivo es la lectura de su obra, una responsabilidad plural que incumbe a todos los cercanos al mundo de la literatura.
Acercar al lector a este fundamental corpus de nuestras letras constituye un acto de placer y de conocimiento, de esos que hizo a mi amiga soltar el libro, tomar el teléfono y transmitirme en un mensaje el estado de gracia que le ha provocado entrar en ese mundo fabuloso que sucede tras las páginas de un buen libro.
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