2026-09-20

SE PONEN GUAPAS LAS LEONESAS PARA HONRAR A SAN FROILÁN

 


La fortuna oculta que las mujeres lucen en San Froilán

Miles de euros en joyas ancestrales que nadie mira: el secreto mejor guardado de los atuendos tradicionales leoneses

La collarada de coral y símbolos mágicos es la pieza fundamental
de una exposición nacional sobre la joyería.

La collarada de coral y símbolos mágicos es la pieza fundamental de una exposición nacional sobre la joyería.BENITO ORDÓÑEZ/ARCHIVO

León

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En las celebraciones de San Froilán en León, entre los trajes tradicionales que desafilan con orgullo por las calles, existe una joya que pasa desapercibida para la mayoría: la collarada. Este collar monumental, cuyo valor puede alcanzar varios miles de euros, representa mucho más que un simple adorno. Se trata de un auténtico tesoro cultural que encierra siglos de historia, simbolismo y tradición en cada una de sus piezas.

La collarada constituye una obra maestra de la orfebrería tradicional que las mujeres de la comarca de la Maragatería lucían en ocasiones especiales. Compuesta por una intrincada combinación de elementos de plata, coral, cristal y otros materiales nobles, esta joya monumental podía llegar a pesar varios kilos y cubría desde el cuello hasta gran parte del pecho de quien la portaba.

Aunque en la actualidad muchos la confunden con una simple arracada o pendiente de gran tamaño, los expertos insisten en diferenciar ambos términos. Mientras que la arracada hace referencia específicamente a los pendientes que cuelgan de las orejas, la collarada es propiamente un collar de proporciones extraordinarias. Esta distinción etimológica resulta fundamental para comprender la verdadera naturaleza de esta pieza única en el panorama de la joyería tradicional española.

Descripción de una joya monumental

La collarada maragata se caracteriza por ensartar decenas de elementos religiosos y simbólicos en hilos o cordones resistentes. Entre sus componentes destacan los castilletes o alconciles, las avellanas de plata, joyeles de diversos tamaños, tablillas trabajadas con técnicas de repujado, escapularios bordados, relicarios que guardan elementos sagrados, jardines con exvotos de cera, flores secas y figuras recortadas en papeles de colores vivos, según recoge la Revista de Folklore número 302 en un artículo de Manuel Rivero Pérez.

Collarada. 

Collarada. DL

Además, la composición incluye vidrieras grabadas con imágenes religiosas, detentes con el Sagrado Corazón, higas protectoras contra el mal de ojo, cruces de diversos tamaños, los curiosos cristos preñados y múltiples medallas de santos y vírgenes de devoción. Todo este conjunto crea una especie de collar escalonado que se extiende generosamente sobre el pecho de la mujer maragata.

Los viajeros y cronistas que recorrieron España entre los siglos XVIII y XIX quedaron fascinados por esta manifestación de joyería popular. En 1774, Whiteford Dalrymple describía en su obra "Viaje a España y Portugal" cómo las mujeres mauregatas lucían "una enorme cantidad de retratos de santos" colgando de grandes rosarios de coral que formaban un collar extendido sobre todo el pecho.

Testimonios históricos de su esplendor

Alexandre Laborde, en su "Itinerario Descriptivo de España" de 1807, documentó que las mujeres de la zona llevaban "en el cuello mucho coral y relicarios de plata" con los que se adornaban especialmente los días festivos. Estas observaciones demuestran que la tradición de la collarada ya estaba plenamente consolidada hace más de dos siglos.

Vista parcial de una collarada.

Vista parcial de una collarada.DL

Richard Ford, en su "Handbook for travellers in Spain" de 1830, las denominó "joyada" y destacó que consistían en grandes cadenas de coral metálicas con cruces, reliquias y medallas de plata. Ford también observó que los pendientes que acompañaban estas joyas eran extraordinariamente pesados y debían sujetarse con hilos de seda, tal como hacían las mujeres judías de Berbería.

Enrique Gil Carrasco, en 1839, al detallar el dote que el novio entregaba a la novia en una boda maragata, mencionaba "multitud enorme de collares con rosarios y medallas", evidenciando el papel crucial de estas joyas en los rituales matrimoniales. Eduardo Saavedra, en 1873, realizó una descripción minuciosa diferenciando las piezas esféricas de las prismáticas y destacando la función de amuletos que muchos de estos elementos desempeñaban.

Raíces mediterráneas y evolución histórica

El origen de las collaradas se remonta a civilizaciones antiguas del Mediterráneo como los egipcios, asirios, fenicios, celtas e íberos. Estas culturas ya utilizaban arracadas y collares de gran tamaño como símbolos de estatus y protección. Muchas de estas piezas ancestrales se conservan en museos y fundaciones, constituyendo auténticas obras maestras del arte de la orfebrería.

En la Maragatería leonesa, esta tradición mediterránea encontró su espacio, tiempo y función social hasta finales del siglo XIX. Su presencia resultaba especialmente notoria en los pueblos de arrieros prósperos como Santiago Millas y Castrillo de los Polvazares, donde la riqueza generada por el comercio permitía la adquisición de estas costosas joyas.

Javier Emperador, junto a la monumental collarada que acompaña a esta indumentaria. DL

Javier Emperador, junto a la monumental collarada que acompaña a esta indumentaria. DL

La confusión entre arracada y collarada puede explicarse por la evolución de los sistemas de sujeción. Las primitivas arracadas no se fijaban mediante perforación del lóbulo de la oreja, sino a través de un cordón o aro que se acoplaba al pabellón auditivo. Con el tiempo, al incorporarse la pinza y la perforación como métodos de sujeción, el cordón quedó reservado exclusivamente para las joyas que se colgaban al cuello.

El maestro artesano que preserva la tradición

José Manuel, platero de la joyería Santos de Astorga, representa uno de los últimos guardianes de este arte. Durante más de veinte años, este experto orfebre ha reproducido fielmente las formas primitivas de las collaradas, imprimiendo al mismo tiempo su sello personal a cada creación. Gracias a su talento, estudio y dedicación, estas piezas únicas continúan saliendo de su taller, preservando una tradición que de otro modo correría el riesgo de desaparecer.

Este maestro artesano ha demostrado que las arracadas más antiguas conservadas en la Maragatería utilizaban un sistema de doble sujeción: un aro grande que se acoplaba a la oreja y, simultáneamente, la perforación del lóbulo. Este conocimiento técnico resulta fundamental para comprender la evolución de estas joyas a lo largo de los siglos.

Símbolo de compromiso matrimonial

La collarada formaba parte esencial del dote de boda que el novio entregaba a su prometida. Este ritual de compromiso implicaba varios intercambios de objetos de valor material cargados de simbolismo. El novio proporcionaba, además de la collarada, el pañuelo de casada, la mantilla, el anillo de desposorio y los pendientes.

Por su parte, la novia dotaba al novio con un chaleco bordado con flores y ramos de vivos colores, la capa, las bragas o calzas de paño negro y un cinturón de piel de cabritilla blanca forrado y bordado con frases de matiz amoroso como "viva mi amor", "viva el que más quiero" o "amor mío no me olvides". Esta costumbre de la joya como testigo del compromiso aparece documentada también en el Norte de África, Ibiza y en al-Andalus durante la época medieval.

Múltiples valores culturales y sociales

La collarada atesoraba valores de naturaleza muy diversa. En el plano material, representaba un valor de cambio como aportación matrimonial. Socialmente, marcaba el rito de paso de soltera a casada, indicando la madurez de la mujer en el campo sexual y reproductivo.

Como prenda de intercambio económico, la collarada aportaba liquidez a su propietaria en momentos de necesidad. Un documento de 1739 estudiado por Concha Casado demuestra que en el comercio de José Calvo, de Rabanal del Camino, se hallaban empeñadas nueve tablillas de plata pertenecientes a vecinas de Andiñuela, Foncebadón, La Maluenga y Rabanal.

Funcionaba además como estratificador social diferenciando las capas económicas. Las collaradas más aparatosas estaban asociadas a la nobleza arriera, constituyendo auténticos símbolos de riqueza y poder. Esta manifestación externa de ostentación contrastaba curiosamente con el carácter reservado del ethos maragato.

Propiedades mágicas y protectoras

Más allá de su valor económico y social, la collarada cumplía funciones preventivas, curativas y protectoras. Se creía que evitaba la aparición de enfermedades y peligros tanto internos como externos, reparaba y restablecía la salud perdida, y actuaba como escudo ante amenazas diversas con una profunda carga profiláctica.

También se le atribuían propiedades propiciatorias en sentido amplio: multiplicación de hijos, animales y cosechas. Visualmente, transmitía un mensaje rico en códigos y valores que mostraba a una mujer armada defensivamente contra todo tipo de peligros, permitiéndole controlar acontecimientos personales, familiares y sociales.

Maestría artesanal y materiales nobles

Los orfebres empleaban técnicas de repujado, estampado, cincelado, filigrana, granulado y fundición para crear estas obras maestras. Se recreaban en pequeños detalles de ornamentación: círculos, líneas, ondulaciones, punteados y figuras geométricas que contribuían a la vertebración de la pieza en su conjunto.

La plata constituía el material más empleado, aunque también se utilizaban oro, cobre y bronce, junto al cristal, el coral y el azabache. Varios de estos materiales se elegían por sus supuestas propiedades curativas: el coral daba salud a los vivos y paz a los muertos; el azabache restañaba la sangre; los cristales impedían el mal de ojo y las coralinas aumentaban la leche materna.

Simbolismo religioso y pagano en convivencia

La collarada maragata conservó la antigua función de prevención y protección, incorporando elementos paganos, musulmanes y cristianos en convivencia pacífica. Las medallas con imágenes de la Virgen del Carmen, del Castro, del Camino, de las Ermitas, de la Encina y de santos como San Antonio y San Benito proporcionaban amparo, protección y perdón.

Los detentes con el Sagrado Corazón tenían la función de parar el mal cuando este se aproximaba peligrosamente. Las higas actuaban de red protectora contra maleficios, males de ojo y envidias. Los castilletes simbolizaban protección física, auténticas fortalezas que daban seguridad psíquica y patrimonial.

Las palmetas de cinco puntas, reminiscencia de la mano de Fátima o los cinco mandamientos coránicos, aparecían frecuentemente en las arracadas más antiguas con misión defensiva. Las palomas colgando en joyeles con forma de corazón simbolizaban la paz del Antiguo Testamento y el Espíritu Santo del Nuevo.

Fertilidad y ciclo vital

Los cristos preñados tenían como fin propiciar la fertilidad femenina, constituyendo una invocación a la maternidad. La mujer solicitaba ayuda divina para cumplir una de las funciones básicas dentro de la familia maragata: parir hijos que con su trabajo engrandecieran la casa, mantuvieran el apellido y perpetuaran el linaje.

Las vidrieras grabadas con la Anunciación simbolizaban la materialización del proceso de fertilidad. La Cruz de Caravaca auxiliaba a la mujer en el momento del parto y la protegía del fuego, el rayo y la rabia. Las piedras de leche, ágatas blanquecinas, propiciaban la abundancia láctea y facilitaban la lactancia del recién nacido.

Los jardines, relicarios con exvotos de cera representando niños de muy corta edad, flores secas, cristales y papeles de colores vivos, constituían una invocación de cuidado y protección de los más pequeños ante la alta mortalidad infantil de la époc

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