2026-04-03

 

Posted: 15 Oct 2017 06:50 AM PDT

BELLEZAS DE FUENTESOTO DE FUENTIDUEÑA Y DE CASTILLA LA VIEJA UNA REGION APARTADA Y DESCONOCIDO DE BUEN TRIGO Y MEJOR VINO DE LA RIBERA



































































Posted: 15 Oct 2017 06:20 AM PDT


SIEMPRE SERÉ DEL ALETI


Antonio Parra Galindo

Desde mi mesa de trabajo parece que escucho algunas tardes el eco de los goles marcados en aquellas tardes de domingo triunfales. Y hasta con los ojos de la memoria, ese tercer ojo que emplazan los místicos en algún lugar de nuestra sustancia gris alentadora, veo con claridad y con mayor nitidez que desde la grada las palomitas que hacía Pazos, aquel cancerbero gallego bajo nuestros queridos y sufridos palos colchoneros, en acrobacias insuperables o me doy cuenta de cómo collar corre la banda, Escudero cruza el medio campo como una exhalación y cede la pelota a Ben Barek  el negro o Griffa el argentino “que entraba a por uvas y daba leña” – mata Griffa, coreaban los forofos cuando hacía una de sus entradas de las suyas, “entré un poco fuerte ché, lo reconozco”(era un eufemismo; había dejado medio muerto al contrario porque la filosofía del bonaerense era inexorable: si pasa el balón no pasa el tío) y hasta me parece que estoy escuchando a Helenio Herrera cabrease con Luis el sabio de Hortaleza que era muy desigual y tenía sus tardes.

 Soy del Atleti de toda la vida (nuestro Aleti, hala Aleti de los castizos) y doy muchas gracias a los dioses por haberme dispensado el honor de venir a trabajar a un sitio como este. Santiago Rusiñol se ubica en la base oriental del añorado Metropolitano y mi consola se ubica detrás de donde estaban las porterías. Un saludo a la afición. En este stadium –así se decía antes- marcó dos goles como dos soles Gabriel Tuya en un partido internacional del Sporting Gijonés con el Mogreb de Marruecos el 26 de junio de 1948. Era todo un fenómeno pero han pasado sesenta años. Aquí la foto.

 ¿Quién me iba a decir que un día me iba a casar con la hija de este apuesto asturiano, las piernas más fuertes – era un autentico atleta- y más cotizadas de la primera división española en la temporada de 1942. ¿Quién me iba a decir a mí que terminaría mi vida laboral en este querido CIDA a las ordenes de Carmen y doña Pepi? Misterios de la existencia. cada uno tiene un destino.Penélope teje su pleita y luego que te das cuenta de que la vida no es tan mala ni tan buena como supononíamos aquellos alegres muchachos. A las tres de la tarde hace medio siglos la boca de metro de Cuatro Caminos escupía bocanadas de avidos hinchas. Había hambre de futbol. Había hambre de muchas cosas, de pan, de amor y fantasía, de libertad, pero sobre todo había hambre de futbol. Haciamos quinielas y nos intercambiábamos cromos cpon la efigie de nuestros heroes y quien me iba a decir a mí que yo me iba a casar con uno de los ídolos más difíciles de mi colección que se llamaba Cromo Balón? ¿Quién me diría a mí que yo iba a tener abono de socio perpetuo en tgribuna? Seguro que ha pasado y en estga tarde de melancolías cuando la porimjavera estgalla capullos en los chopos y castaños de Indias la S2 es un templo de Harpocrates el dios del silencio. Hay un murmullo de melancolías de viejos recuerdos. La diosa Anfegona se lleva la mano a los labios y me dice al oído:

-Sile et psalle[1], que para eso eres latinista.

 Una verdadera dádiva del cielo, un privilegio laborar en este lugar donde están tus dioses penates donde Madrid se desliza en loma hacia la Universitaria cara al sol y a las montañas de Guadarrama. Por estgas avenidas y estos barrios cuatrocamineros empecé a vivir y a solar y aquí me van a hacer jubilata. Loado sea el Dios de Israel.

 Yo como soy creyente le agradezco a la providencia la dispensa de semejante merced invitando a mis compañeros y a todos los que laboran en este edificio cuna y recriadero del libro español. Debemos de estar muy orgullosos de ser una potencia editorial. Uno de los paises del mundo que más publica y en archivistica pocas naciones nos pone un pie delante. Ahí están las últimas noticias con motivo del fallecimiento de la Duquesa de Medina sidonia que tenía en su poder el archivo más rico y completo de Occidente. Es un timbre de gloria e invito a las nuevas generaciones a que lo tengan in mente y que no desfallezcan. Los funcionarios solemos servir al Estado y no nos metemos en política como guardianes de la legalidad constitucional vigente, cualquiera que sean nuestras ideas personales.

Estamos para solucionar problemas, no crearlos y para tender libros. A los que como Larra fueron seducidos por el duende de las imprentas que nos marcó de por vida y no podemos vivir sin el olor a tinta y llevamos plomo en los pulmones de muchas madrugadas perdiendo el huelgo detrás de la noticia [esto es el descanso del guerrero pues antes que archivero fui periodista y corresponsal en el extranjero] nos gustan estos lugares donde se nos aparecen los Ángeles de las 24 redondas blancas de Salinas, y las hadas madrinas, los elfos y las ondinas que se columpian en una endecha o hacen una salida al pie de página. Libros más libros y venga libros anunciadores de la cultura, portadores de la idea.

Los extremismos de derechas y de izquierdas se curan con la lectura y la reflexión en estas salas de lecturas que se nos han convertido en claustros monacales gracias a los cerebros electrónicos. Libros y ordenadores. El pasado y el futuro se han puesto a jugar al corro. MacLuhan y Guttemberg se dan el pico. Alguna vez tenía que ser. Todo fluye y todo confluye en esta vida. Ensayos, novelas y poemas y versos más versos para los inversos y los perversos que decía Gerardo Diego. Tengo la sensación de que he llegado a algo en la vida y que no me voy a jubilar al año que viene, Deo volente, con las manos vacías.

 Otros han buscado el halo de la gloria o saltaron de un brinco al carro de la fama. Yo he preferido la “aurea mediocritas” horaciana de los versos de Fray Luis. Y me doy con un canto en los dientes. Yolanda Muñoz, gracias.

 Tiene Clarín un cuento  que  me entusiasma; en él  cuenta la historia de Estilicón un periodista de fines de la Restauración que había sido el numero uno en la carrera pero que acaba de fracasado en la vida en una covachuela con unos manguitos preparando un boletín ¡oh qué palabra más horrible! Para el ministro, con un tarro de goma arábiga y unas tijeras por instrumento de trabajo. A media tarde se le aparecía un diablo risueño que en tono sarcástico le daba tajo y trabajo mientras le decía:

       -Estilicón, recorta cabrón

y él se ponía a recortar los artículos de fondo del “Solfeo” o del “Imparcial” que él nunca había escrito en el periódico donde no había él estampado su firma.

 A veces la vida literaria, ardua y bronca, incomprensible pero gratificante en sí misma, puede tener estas decepciones y contradicciones. Pero el que no se consuela es porque no quiere. Lo demás se os dará por añadidura.

 Uno jamás podrá sentir esa frustración ante un libro bien escrito, una nueva versión  biográfica de Felipe II, una crónica sobre los padecimientos de los niños de la guerra,  o ante un joven usuario que llega en busca de bibliografía para acometer la tarea de presentarse a  oposiciones. Uno le asesora, le insinúa, se siente útil, disponible, al tanto. Es la vida que no cesa con la llegada de nuevas promociones. Nadie profanará mis oídos con el estentóreo grito de “Estilicón, recorta, cabrón” que resuena en medio del templo de las musas. La diosa Anfegona, la que en el Capitolio llevaba un anillo en la boca para sellar su silencio es un poco la protectora de los bibliotecarios y archiveros que buscan aquí inspiración

Pero sobre todo me gusta escuchar el eco de los goles coreados de las tardes triunfales. A Matías Prats le gustaba este campo. Le daba buena suerte. Y hasta yo creo que acumula un buen porcentaje de energía positiva bajo el nombre y el aura del primer equipo de Madrid que dio en llamarse el Atlético de Aviación.

 Goooooool.

 Ahora cantan los mirlos en el recoleto Parque de Viena que guarda el perfil de un melancólico traspatio de provincias tambien cpmo avaro de silencio y velando por los lemures manes y penates de aquellas apoteosis balompédicas y de otras tantas decepciones aplastantes.

¡Ah cuando rugía la marabunta! Ahora donde estaba el epicentro del lanzamiento de penaltis  o se colocaba la barrera crece un pruno. En sus ramas una mirla explaya sus arpegios doctorales buscando novio y le contesta el canto del cuco al otro lado de la fronda.

-Do re mi fa sol.

 Los rododendros guardan luto por los corners que nunca lanzamos. Yo sigo mirando el fútbol desde la barrera. Tribuna de preferencia.

 Una pareja de adolescentes sobre el pretil de un parterre se ama con furia adolescente y con tal descoco que a veces uno tiene que distraer alborozados los ojos ante tales pecadillos del amor. No dejarán nada para luego, no. Y los viernes por la tarde se reúne la peña con el botellón. Esa alegre muchachada de ahora nunca sabrá quien era Isacio Calleja o Basora o Molowny o Campanal o Gabriel Tuya o Lesmes o Gainza o Madinabeyta otro portero historico del Atlético de Madrid.

La melancolía se me agarrota, se nublan mis ojos, y siento un nudo en la garganta cuando bulevar de Reina Victoria abajo un lugar que le tengo cariño desde que era estudiante  pregunto a las acacias qué fue de tanto frenesí qué se hizo de tanto galardón. Una ardilla trepa hasta la quima de un cipres en busca de un gallardón verde.

 Compro un periódico a la hija de Vicente que era el quiosquero de toda la vida. Recordar es como volar un poco el ala delta e ir escudriñando paisajes. Donde había un trigal ahora hay un bosque y donde estaba un pinar ahora se levanta una imaginación. De antuvión me doy cuenta de que todo en la vida es transito. Sólo los libros son flores yertas de las primaveras que pasaron. Guardan el perfume del ayer. “Sont ils la neige d´autrefois” que diría Villón. Se conservan jóvenes e incólumes al paso del tiempo y guardan la carta de la novia a la que quisimos tanto o el documento o el libro de apeos. Vaya usted a saber. Yo soy del Aleti.  Y del Cida. Tengo la querencia por estos pagos. Mi existencia ha sido una peripatesis copntinua en torno al viejo campo de fútbol que nos derribaron y que atesora el el eco y el canto de las tardes triunfales de los partidos que perdimos y ganamos y gracias a eso ahora vivimos, trabajamos y seguimos soñando.

 



[1] Guarda silencio y canta

COMPANYS FUE UN ASESINO

Posted: 15 Oct 2017 04:09 AM PDT


 

La Generalidad honra a la memoria de Luis Companys, un asesino. Mandó fusilar a miles de catalanes  Y PATRIOTAS en los fosos del castillo de Monjuich. A otros ordenó lanzarlos por la borda del barco prisión surto en el puerto de Barcelona.

Entre ellos estaba un pariente mío asturiano que se llamaba Cornelio Álvarez nacido en el Rellayo y vecino de las Dueñas Cudillero y era un rapsoda medio poeta, según testimonio  gracias al esmero y al trabajo de mi cuñado Juanjo Tuya que las pasó a máquina de las poesía que compuso en el barco de la muerte y cuya cartas obran en mi poder y publicaré algún día.

Era un hombre sencillo que fue detenido por llevar corbata. Companys no era sólo un asesino sino un cobarde, culpable a decir de Negrin y de Durruti al que mandó fusilar de la derrota de la batalla del Ebro.

homenaje a cisneros fautor de la unidad patria en el quinto centgenario de su nacimiento silenciado poir la prensa del duerno y la propia universidad de alcalá regida por los ingleses y nortamericanos que´infamia para los que pensamos sentimos y amamos en español

Posted: 15 Oct 2017 03:57 AM PDT

MEDIO MILENIO DE LA PUBLICACION DE LA POLIGLOTA COMPLUTENSE

ESCRIBO AL CARDENAL DE ESPAÑA EN EL DÍA DE SAN LUCAS







BIBLIA POLIGLOTA MEDIO MILENIO CARTA AL CARDENAL CISNEROS




Querido fray Francisco:

Jubiloso por celebrar un lustro de mi jubilación en el  Archivo de Alcalá al que llaman AGA (felicidades y larga vida a dña Pepi que fue allí mi ángel guardián) hoy dia de san Lucas, cuando se inauguraba desde tiempo ancestral el curso académico en la vieja universidad, acudo reverente a postrarme ante vuestra tumba como lo hice tantas mañanas y a saludar tu estatua frente al gran paramento de la madre de las universidades filigrana en piedra que labró Juan Guas en gótico tardío.
Decir Complutum es para mí decir madre y alma, esencia viva que encarriló mi existencia por la senda oculta y la palabra viva de la letra muerta.
Alcalá nombre rotundo que suena a requiebro árabe y a veredicto triunfal, irrefutable. Son palabras mayores que llenan mi alma de ilusión y de recuerdos de otras amanecidas, como lo hacía todas las mañanas en los últimos meses de mi vida laboral, al bajar del tren, cruzar la plaza de la estación, dejando a mano izquierda el gran convento vacío que ahora usan los rumanos para sus cultos y combatir el frio de las madrugadas con algún carajillo en casa Fernando y después de rezar el iam lucis ortus sidere ante el Cristo y una salve a la Virgen del Val resonando en mi memoria las voces alegres de generaciones de estudiantes que acudían al viejo campamento romano estamental cruzando puentes y nieblas del Henares con sus mulas hacaneas, las artolas rebosantes de libros llenos de sapiencia y de sabiduría de calle porque Complutum fue la madre de la ciencia y la picaresca que Alcalá putas que viene San Lucas y allí acudían de todas partes y cañadas las ninfas cantonales de Castilla Asturias Galicia y Vascongadas a atender a las necesidades y desahogos corporales de los estudiantes que las del alma no había menester porque de ello se encargaban sus preceptores, me plantaba ante los tornos del alto edificio del Archivo General de la Administración. Un centinela de plantón me saludaba.
-Sin novedad, archivero general, todos los mamotretos, todas las ligarzas en su sitio.
Sonaba la campana de las monjas clarisas que a las siete y media entonan maitines. Piafaban en las cuadras de Alfeo todos los potros de la Remonta en los establos del primer regimiento de Caballería el Villaviciosa 14 y el mundo estaba bien. Las cuentas cuadraban el primer café y la primera pipada. La cachimba es el último refugio de la libertad para un escritor. Empecemos la jornada. Berreaban las radios sus consignas noticiadas y a mí me dolía España pero allí estaba el Cardenal subido al pedestal de su estatua dejando mansamente que las palomas ciudadanas pusieran perdido su cerquillo de gallinácea.
  Ya venemos, aquí estamos todos a  dar lición con una misa y una plática antes de desayunar después la clase de prima que allí estaba el gran cancerbero con la vara de pies quietos vigilando al alumnado que se sentaba a la morisca sobre el santo suelo escuchando las palabras del catedrático los libros y calepinos amarrados en blanca a una argolla en la pared para que no se les llevase tomando apuntes y escribiendo códices todos con sus sotanas y becas distintivas con arreglo a los colegios mayores de los que procedían verde beca y manto negro para los de san Julián colores de la inquisición y de la santa hermandad mangas verdes hopalandas negras y la banda colorada de los santiaguistas la azul de los de San Ildefonso y color ceniza de los oblatos siendo cuadrado el bonete de los mantistas hijos de gente de viso o prelación y bisunto el de los sopistas o escuderos que les servían. Por un hueco de la escalera del cielo vi llegar a don Francisco de Quevedo Villegas cojeando cagaprisas y sacudiendo las moscas del vino de la zambra la noche anterior y a don Lope y a fray Tirso y al de Loyola saliendo de una cárcel de la inquisición mozo de espuelas de un vizcaíno y después fámulo del hospital de menesterosos de las Atarazanas un friso de la cultura castellana España viva. Don Miguel alzaba glorioso con una mano el muñón de Lepanto mientras con otra escribía el Quijote. Iba en la comitiva del duque de Alba siguiendo los pasos de Escobedo y don Juan Austria. Don Pedro de Alarcón venía postrero de aquella procesión poeta entre dos platos. 

Doy gracias a Dios, mi reverendo padre Francisco, por esta España una grande y libre una gran patria un enorme país que nos legaste y que ahora nos la desloman los enemigos seculares. Son los de siempre, los que nos odian, los que nos tienen rabia. cuatro pelagatos pero ¡qué bulla meten oye, casi igual que cuando Su Reverencia era guardián de la Salceda y el arzobispo don Alonso Carrillo, ahí está el prelado tan airoso, guardándole distancias a sus espaldas en otra plazoleta de Alcalá, le metió en una mazmorra trece años acusándole de "judío converso peligroso".
 El moro que vuestra paternidad fue a combatir venció y humilló en la batalla de Oran está intramuros. Por la calle real suben y bajan las moritas que te enamoraron en Jaén en Ceuta y te leyeron la buenaventura en Gibraltar tocadas con el velo y la almohaza. Son tercos los secuaces del falso profeta Mahoma aferrados a sus ancestrales hábitos y a sus supersticiones mahometanas. No entran por el aro no hacemos gavilla de ellos y por el sur el gran turco nos envía remesas de desharrapados. El enemigo lo tenemos dentro no fuera porque a los mismos corchetes que guardan la frontera y a los alguaciles (GC) los de la prensa canallesca que tenemos les critica a estos nobles operarios del bien común, y nos los ponen en berlina y, colocándose de parte del enemigo, defiende al invasor y del lado de las  herejes enejes que bendice la Iglesia. Un desastre, querido cardenal Cisneros, una verdadera hecatombe. Los de siempre adoran al cristo por la peana y la cruz volcaron y todo anda aquí manga por hombro y del revés. 

¡Qué iglesia tenemos fray Francisco! Me dicen que en un convento de observantes aquellos que quiso meter en vereda vuestra paternidad en Medina del Campo los frailes se van de putas y no salen del claustro sin una caja de condones en el bolsillo y el propio papa sucesor de aquel León X que a vuestra reverencia le dio cantonada cuando acudió a Roma a pedir dispensas y bulas por el negocio de una parroquia y un pleito en la Salceda y desde aquel fracaso siempre tuvo ciertas reservas hacia la sede romana defendiendo la equidad o el primus inter pares de la silla toledana cuya primacía ocupó, ha dado la vuelta a los cánones y hasta está revisando los santos evangelios que sus escribas vertieron del arameo a la vulgata con grande esfuerzo y gastos de dineros que hubo de pagarse a los copistas y comprar manuscritos de las primeras versiones de las Escrituras en Siria, Capadocia, Libia pero las glosas y traslados fidedignos que del texto sagrado realizara san Jerónimo ahora algunos ponen en duda y se han sacado de la manga esos Rollos del Mar Muerto que son apócrifos y que desmitifican la figura de Jesucristo como un judío helenizante amigo de los romanos y al que el sanedrín mandó crucificar por terrorista.

En quinientos años, querido cardenal Cisneros, antorcha de mi fe y baluarte de mi España torre que defendió nuestra unidad y nuestro acerbo común dio la vuelta el aire y mucho cambió el mundo. Van las moras paseando su almohazas  y sus cofias de gasa velos que les tapan la cara por la calle de Alcalá, y hay ciertos clérigos que rescatando viejas filosofías sobre el irenismo predican en sus ambones porque ya no hay púlpitos que todo el mundo es bueno e incluso Bergoglio ha dicho que hay que pedir perdón a bujarrones y bardajes. ¿Habrase visto cosa: que el Papa romano profiera herejías?

Yo en esas cosas no me meto, eminencia, porque aprendí de labios de mis mayores fustiga el pecado y compadece al pecador y que cada uno la mete donde puede y donde le dejan porque somos hechos de barro y la carne el débil pero nunca se podrá proponer el pecado contra natura o el asesinato de inocentes que promulgan aviesos abortistas como modelo. ¡Pobres maricones! Son los renglones torcidos de Dios si nacieron con esa imperfección pero, si por vicio, la práctica del sexo cara atrás es asquerosa y condenable.

Volvieron los litigios a estos reinos y Cataluña quiere separarse como otrora Portugal y las axarquías o anarquías moriscas que vuestra eminencia combatió y fulminó quemando alcoranes en Granada pero recogiendo los libros científicos y traducciones al árabe de los clásicos llevándolos a Alcalá. Todo está manga por hombro, fray Francisco. A ese Artur Más, malos garfios lo desuellen le ha dado por quebrar la patria en taifas.
Se menoscaba todo lo español, los escritores no podemos publicar ni echar nuestro cuarto a espadas, la justicia está en manos de unos jueces que obran al dictado del gobierno, imponen fuertes cargas y multas descomunales con las que vejan a la población. y lo mismo que con la judicatura ocurre con otras esferas de la vida nacional. España empantanada, culturalmente es un paramo colonizado por los globales que se expresan en inglés. Da casi miedo y vergüenza decir que eres español. 
El gerifalte Obama dicen que lleva en la frente el emblema del 666 considera a España una de sus taifas un lugar con derecho de pernada imponiendo gobiernos títeres y haciendo que el nuevo rey nos recuerde al pelele de Arévalo un monigote coronado al frente de una monarquía bananera. Sin más ni más se nos persigue, veta o silencia a los españoles de paz y verdad y España vuelve por donde solía a ser dulce encarte de extranjeros a río revuelto para nuestra perdición.
Aceptemos, a secas, con humildad franciscana y ceñidos a vuestro cordón y al de vuestro siervo fray Junípero, la voluntad de Dios y sea lo que Él quiera porque tales castigos nos envía el Altísimo por pecadores.
Hoy no quedan amanuenses. Los nuevos inventos permiten dialogar con las antípodas y hacer retratos instantáneos y publicarlos en la red exportar imágenes correr a la velocidad del sonido, cosa que desconocían sus contemporáneos, Eminencia, pero ¿tenemos por tales adelantos un mundo mejor?
 Quedaron para el arrastre los carros y la mulas, y los figones se trasmudaron a hoteles de lujo; ya no se escribe en pergaminos, sino en tabletas y ordenadores, como en los tiempos de vuestra paternidad pero toda esta modernidad no le quita méritos a la publicación de vuestra obra políglota un trabajo que comenzasteis  en 1502 y no concluyó hasta veinte años después de que vos eminente cardenal de España bajaseis al sepulcro. El primer tomo se dio a conocer al mundo tal día como hoy en la fiesta de San Lucas de 1514.
Vi como celebrasteis la misa de la Virgen “cum jubilo” y os asistió como diácono Diego Coronel el clérigo de Segovia que era helenista y tradujo todo el Antiguo Testamento del hebreo al latín y Alonso de Zamora ovetense que hablaba el arameo oficiaba de subdiácono y cantó la epístola.

Predicó Antonio Eneo de Lebrija un hermoso sermón en latín en el que entre otras cosas dijo primores y con acento andaluz de la lengua castellana como la “compañera del imperio y escudo donde el alma española se abroquela”. Gozoso día aquel, hermoso pontifical. ¡Cuando le hubiera gustado a la reina veros, cardenal Cisneros, aunque ya estabais algo viejo pero erais el mismo de siempre una galga en pieles: alto, los ojos vivaces, el mentón tieso la gran nariz y el perfil numismático de vuestra testa con cerquillo los labios finos y el continente adusto que escondía bondad so capa de su austeridad, oficiar aquella eucaristía pues decía doña Isabel que gloria haya “Préstame en alto grado ver a la dueña en su estrado, al caballero en batalla y al obispo de pontifical”.
Vibra siempre este recuerdo cuando paseo por el contorno almenado de la ciudad del Henares, me asaltan las brisas y dichas de un gran pasado que empezó con la traducción de la Biblia aquella obra ingente en siete tomos y del que se editaron 600 ejemplares cuatrilingüe (latín griego hebreo arameo cada texto en su casilla) hubieron de importarse tipos de Alemania porque en hebreo y en letra cúfica no los había. Noble y dilatado empeño que duró muchos años que algunos españoles  (nunca el que suscribe estas líneas de homenaje a vuestra memoria) no han olvidado pero que la cultura universal y el corpus magno de la teología cristiana os lo agradecerá infinito. Ese fervor y ese recuerdo me han llevado hoy hasta vuestra estatua radiante por la luz del entrelubricán de la aurora y gritar al pie del monumento:

-Viva el Cardenal Cisneros

Y a Alcalá putas que viene san Lucas. Alcalá fue siempre cuna de libertades de excelencias y utopías, gran aposento de las nueve musas. Alcalá inmortal. No estemos tristes, hispanos, tengamos esperanza. A pesar de todo la vida es bella, están hermosos los campos por la otoñada y este es el mundo mejor de los posibles. Así pensamos muchos de los que desde lo de Cisneros vamos borrachos de letra impresa por la vida y esa cupiditasapientiae que no nos deja vivir ardores que calmamos con el traguillo de la tolerancia tan española y el sorbete de la benevolencia

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Posted: 15 Oct 2017 03:34 AM PDT

















Cela, el café Gijón y yo (Booktrailer) - Editorial Círculo Rojo

Posted: 15 Oct 2017 03:28 AM PDT


Joaquín Díaz 2005 - Cantares populares de Castilla

Posted: 14 Oct 2017 11:58 AM PDT


Joaquín Díaz 2004 - Rogativas y cantos para pedir agua

Posted: 14 Oct 2017 11:17 AM PDT


el libro de teresa. Como especialista teresiano publico en este blog mi texto sobre santa Teresa

Posted: 14 Oct 2017 11:15 AM PDT


 
TERESA DE AHUMADA APOTEOSIS CRISTIANA
 
                            XXX
 
FRAY DIEGO DE YEPES CONFESOR DE LA SANTA Y DE FELIPE II APORTA UN ENFOQUE DIFERENTE A LA HISTORIA MÍSTICA DE ESPAÑA
 
                          XX
NUEVA VISIÓN DE LA VIDA Y LA OBRA DE TERESA DE JESÚS
 
 por ANTONIO PARRA
 


CAPÍTULO I
1) De cómo llegó a mis manos el manuscrito del Padre Yepes, confesor de Felipe II y de Santa Teresa de Avila.- 2) Entusiasmos y cansancios de España.- 3) La cruz venció al candelabro y a la media luna.- 4) Esta recia española agrupa en una las tres almas que tuvo la catolicidad castellana.- 5) Hay que creer en el milagro.- 6) La vida bien vivida de una santa en el límite de una sensualidad mística.- 7) Ama y haz cuanto quieras. 8) El temple anarquista de su espiritualidad capaz de hablar con Dios sin intermediarios.- 9) Ir por los caminos con Cristo pegado a sus alpargatas que entre los pucheros también anda el Señor.- 10) El justo no goza de vida tranquila.
 
 
29 de octubre de 2001
Ayer domingo llegó a mis manos en Villalba un manuscrito o pergamino encuadernado en pasta española con algunos desconchones en la tapa, sin portada, pero voluminoso libro escrito por un confesor de la Santa. Es poco conocido y el contenido del texto puede revolucionar los estudios teresianos porque el autor, testigo de cargo, maneja elementos de primera mano, desconocidos tal vez olvidados sobre el asunto, sazonado en una prosa escueta, sencilla y de rancio sabor castellano donde las palabras suenan altas, concepto macizo y verbo ajustado. La hagiografía es importante porque está en sintonía con el ambiente, la época, los grandes temas y los problemas subyacentes. Bajo el manto de una inquietud religiosa late el descontento económico del que pingaba hidra amenazante de la bancarrota, la desigualdad social y el cansancio, esa desilusión de España. Toda una sociedad confiaba en el milagro. Como éste rara vez llegaba, se daba a los naipes, al vino, a los juegos de toros y cañas, alternando trisagios y novenas en los templos abarrotados y servidos por un cuerpo sacerdotal que nunca fue tan numeroso, con las casas de lenocinio. Putas, tabernas y sotanas sobraban en aquella nación de reyes pasmados y de una inmensa mayoría ociosa aguardando el maná celestial o las miras puestas hacia Sevilla por si era llegada la flota con sus galeras onerarias, y el oro y la plata, de arribada.


 Los barrios pecadores siempre se apiñaban bajo el manto de la santa catedral. España hacía el amor y luego, arrepentida,  pero llena de vida, rezaba. Y en su corazón lo celestial y lo macabro se terciaban. Los espectáculos de mayor concurso: correr el gallo y un auto de fe con mucha chamusquina y coroza. A los gallos se les arrancaba la cabeza desde un caballo a galope, y los reos marchaban hacia el cadalso con las manos atadas a lomos de un asno cara atrás, cubierto el rostro con el capuz de los penitenciados por el Santo Oficio. Jamás se conoció tanto brío genésico por estos reinos. ¿Quién podrá llamar pacata a esta sociedad con tantos orígenes raciales y aleaciones y cruces por de más? Pese a lo que digan muchos autores, aquí se supo tomar sabor a la vida, cada uno a su aire, español soy hasta la gola y la libertad es española con barras de Aragón, se jactaba Gracián[1]. Y hay algunos que como Juan de la Cruz y Teresa de la Cruz subliman el denso voltaje sensual y lo transforman en poseía y en prosa mística, alteza de miras, visión de águila remontandose a las cumbres donde el alma se siente capaz de hablar de tú a tú a su creador.
 Su lectura en la cual me enfrasco una noche cálida de octubre, mes teresiano, mes de plenitud, puente de vísperas de todos los Santos con las cadenas radiales perdidos en sus circunloquios sobre la infidelidad como hecho consumado en esta sociedad descristianizada y donde todo vale pues en  ese aspecto el sexo no es pecado ni hay cielo, aunque nos quede un buen trozo del infierno para cundir mucho rato, supone como un vuelo a Marte en elevador portátil sin necesidad de esas andaderas que llaman naves espaciales. Era un carácter extremista que llenó Europa de casas donde se practicaba la penitencia hasta el límite: la santa fetidez, la santa descalcez, el menoscabo de todo lo relacionado con el cuerpo en grado supino, para vencer las inclinaciones de su naturaleza que le atraillaban a una sensualidad bien marcada. Era lo que se dice una verdadera hija de la raza. Se observa en ella toda esa castidad judía que uno se encuentra ahora al llegar a cualquier “kibutz” israelí donde la carne pesa y el cuerpo es un regalo de Dios no para el placer sino para servirle mediante el trabajo. El menoscabo a las cosas del mundo entronca con el lado místico de los escritores masoréticos y los cabalistas. Lo llevaba en los genes Teresa. Era herencia de sus padres. En ella se detecta la ascendencia del candor, el optimismo escéptico del pueblo viejo afincado en la lectura del Libro de los Libros que siempre ha creído en el poder de la voluntad y en su destino. Está llena también de las contradicciones e iteraciones de la biblia. Su existencia fue una búsqueda perenne de ese monte Carmelo, monte Sión, grabada en el alma judía que siempre desea regresar al monte donde Elías se enfrentó a los sacerdotes de Baal.


Luego fue peregrina y anduvo muchos kilómetros de acá para allá dando pasos inciertos por la Meseta y en eso quiso imitar a sus ancestros que fueron inquietos e itinerantes como los profetas de la casa de Israel y el propio Jesús siempre en ruta. A todas las horas con el pie en el estribo que le llevara por los pueblos de Galilea y la Decápolis. Tanto su vida como sus escritos es una perenne “aliya”que en lenguaje cabalístico es la ascensión del monte santo. Y no un “yored” o descenso. Si se analiza esta trayectoria, se observará que la vida de Teresa constituye una subida,
  Las Teresas  de ahora mismo, arremangadas de modernidad y destilando revancha, han dado la vuelta a los argumentos después de haber escuchado nuevamente el silbo de la astuta serpiente que engañó a su abuela, los quiciales boca abajo, en esta carrera desenfrenada por la inversión de valores en que nos anegamos, y ya no les queda a estas “españolitas” de rumbo patricio más que el nombre, y el carácter peleón  arduo de su patrona. Porque son hembras de armas tomar, mujeres de rompe y rasga. ¿Dónde se oculta la mano culpable de tanta violencia de género como contra nosotros se desata? ¿Dónde está el temple ancestral de una Esther, princesa de la luz, o de Judith la fuerte? Alguien ha destapado la olla donde se guarda el puchero enfermo de la revancha. Se ha roto el asenso que ha permitido que las místicas de antaño persigan con furor perverso alcanzar la crítica de la razón pura feminista. En cada familia, en cada tálamo, debajo de las sábanas, se viven sórdidas y cerradas batallas de guerra civil. Una guerra que nunca estalla. Eso es lo malo y de la que tenemos sólo noticias mediante algunos sueltos colocados en la sección de la página negra de los periódicos. Un hombre mata a su mujer y luego se suicida. Un hombre acribillado a balazos por un guardia urbano después de una riña conyugal. Etcétera. Las Teresas de nuestros sueños han dejado de creer en el más allá. Siguen una dieta equilibrada y hacen ejercicio físico yendo al gimnasio para durar acá abajo y disfrutar que lo que se nos promete allá arriba es incierto. España ha dejado de ser católica. ¿Algún día lo fue verdaderamente?  A lo largo de este estudio del mito teresiano que tiene relación con el hic et nunc entreviendo la realidad y la circunstancia me propongo aforar, si puedo, algunas respuestas a este misterio desde el amor tenaz y el desasosiego pertinente e impertinente. Dicen que vivimos en el mejor de los mundos posibles pero éste no podrá entenderse sin el misterio de la cruz y el dolor de Cristo que con su pasión venció al demonio. La historia de Teresa de Jesús es la narración de un embridado coraje.


 Nos hallamos en el nádir de todo lo que quede tejas arriba. Este es el mejor de los mundos posibles, insisten los críticos.  Los conceptos que aparecen en esta semblanza biográfica de bello trazo y mejor factura recuerdan una historia de ciencia-ficción en la cual el hambre y la honra juegan al escondite, y hay intervenciones celestiales para cualquier apuro, coloquios con el Omnipotente. “Yo no quiero que tengas conversación con hombres sino con ángeles”, le comunica la voz misteriosa en uno de sus arrobos. Teresa lleva a su propio Dios pegado a las alpargatas, pero ni el lenguaje ni la mentalidad se entienden aparentemente al día de hoy, por más que estas secretas intimaciones fueran transmitidas en el más llano y castizo romance.  Cuando la aprietan demasiado sus detractores contra las cuerdas, invoca la autoridad divina que se ha puesto en comunicación con ella para decirla lo que se ha de hacer. La palabra de Dios por encima de la de los hombres, rabien los inquisidores como el Tostado, se chinchen los nuncios como Sega, y que se confundan los muy reverendos señores arzobispos.


 ¿La sociedad española ha cambiado tanto o siempre fue así? ¿Qué fue antes la palabra o la idea? En cierto modo esta autora con independencia de que se sea o no creyente en los valores que preconiza nos invita al banquete de la palabra. Escribiendo de mística nos enteramos al propio tiempo de pucheros y de recetas culinarias. De paso, nos da cumplida noticia del ambiente de la España en que vivió. De sus sueños y de sus zozobras a un paso de Dios y de la hechicería. Ya siendo monja es sacada del monasterio para someterse a un tratamiento de curandera en un pueblo precisamente donde había una sorguina que había echado mal de ojo a un cura y tenía dominio sobre su voluntad bajo sortilegio. Pero Teresa como Juan de la Cruz no son cantores de un crepúsculo sino de la aurora de una nación llena de bríos. ¿Quién habló de decadencia? Amaba a Cristo con toda la fuerza de su alma y el brío de su carne ofrecida en holocausto y esta fuerza relación con su Dios no es más que una manifestación de pasión por la vida y de su horror por la muerte con su hilarante obscenidad. El judío ama la vida con tal fuerza que el martirio no está establecido en los cánones talmúdicos salvo en un estado de necesidad, la ley mosaica es una exaltación del mundo en que vivimos habida cuenta de que las nociones que se tienen de la gehena, del seno de Abrahán y del limbo, son harto imprecisas y descabalgadas. A la Santa le daban pavor los muertos, sobre todo, los muertos ambulantes. Sabía lo que quería.  Por eso escribió sus obras de seguido sin tachaduras ni borrones. Sin una mala vacilación ni notas al dictado de la misteriosa voz celestial que le intima desde el otro lado de la luz, y sin notas ni prontuarios aunque sabía un poco de latín. Es esto casi un milagro que una mujer sin letras despliegue extraordinaria cordura verbal y alcance un estilo tan depurado, muy lejos de los planteamientos retóricos y tautológicos con los que algunos literatos en su día, y a las actas de hoy, embadurnan y disfrazan la realidad. Teresa, alarife del Señor, con el tesón canteril de un picapedrero, esculpe imágenes para la posterioridad, raleas angélicas, y lega y bisoña en el arte de las letras se nos revela como auténtica maestra de latinidad. Redacta en estado de éxtasis guiada por una mano que hace volar la pluma sobre el papel hasta alcanzar las cumbres más altas. Cierto que vivió una cultura de la muerte y donde lo póstumo se exaltaba en la desmedida con que actualmente se obvian velorios y ritos funerales. Así y todo su vida y su obra fueron un canto a la vida de gracia antes de que bajara la marea del pesimismo que se ha de abatir sobre la nación española de forma implacable.
La mayoría de los autores dan por insegura una entrevista de la monja reformadora con Felipe II pero aquí, en esta biografía del P. Yepes, a cuya autoridad apelaron siempre los tratadistas de la descalcez, se sienta por hecho un  cara a cara entrambos, en una visita de adiós que debió ocurrir en el verano o en el otoño de 1577. Los dos son recios, tienen carisma y con su estigma van a marcar los rumbos de nuestra historia, en lo espiritual, en lo político y la mentalidad, porque el espíritu teresiano parece encontrar una rara sintonía con el católico emperador. Se dice que la encareció Su Majestad  “rogase por él”, pues dudaba que con simples medios humanos pudiera ser llevada adelante la tarea que tenía entre manos gobernando a toda la esfera armilar sobre unos dominios donde no se ponía el sol, en católico y con parsimonia de monje. Y este mismo encarecimiento lo confiere en otra carta: “Encargadle ruegue por mí a Nuestro Señor y por mis reinos”.


 A su augusta persona acude en lo más recio de sus tribulaciones cuando el Tostado, un portugués, amenazaba con recluirla en la Encarnación en celda de confinamiento solitario. Al igual que el autor de esta amplia y documentada hagiografía, fray Diego de Yepes, al cual desterraron del priorato de Zamora a uno de la Rioja. En Soria sostiene una entrevista con Madre Teresa a la que comunica sus inquietudes; ella, que tenía don de conocer conciencias, le anuncia que pasada la tribulación llegaría a ser rehabilitado en su Orden[2]. Nadie estaba seguro en la España de aquel entonces; incluso el propio primado Carranza, la mano derecha del rey, murió en prisión, relapso en herejía, sin retractarse de sus ideas en favor del cambio. Juan de Avila purgó tres años de cárcel lo mismo que Juan de la Cruz nueves meses en una exigua ergástula conventual de Toledo de la que huyó descolgándose por un ventanuco; como pesaba poco el pobre frailuco,  la cuerda confeccionada con tiras de sabanas e hilos de una cobija no se quebró. Sabemos que siempre andaba con tomos de tratados místicos de acá para allá y las artolas de su mula cargadas de relojes de arena para así mejor cumplir con la regla conventual.
 Aunque sean escasas las noticias de la vida de este autor, es más que probable que Diego de Yepes fuese de raíz conversa y tuviera que ver o fuese pariente del mismo san Juan de la Cruz, según nuestras conjeturas. Está escrito el manual, que a veces recuerda a un libro de maravillas por lo sabroso de su relato y la enjundia de su trabazón verbal que no aburre ni cansa, (se lee todo de un tirón), a doble columna en xilografía y hay adornando las entradas hermosas capitulares. Un colofón con el ADMDG al final de sus cuatrocientas  y pico páginas en tipografía del cuerpo catorce.
La mayor parte y más principal de esta Vida y milagros está tomada de su misma fuente, y original, que es lo mismo que yo vi y experimenté en esta Virgen[3].
Se trata de un testimonio de primera mano y de capital precisión. Fray Diego de Yepes, a despecho de la oscuridad conventual en la que discurre su carrera, escritor minusvalorado, por la riqueza de su lenguaje directo y claro, que convierten sus textos en algo animado, muy de hoy, parece ser que fue un eclesiástico importante sabedor de confidencias y de no pocos secretos de Estado; nació en la villa toledana de su nombre, ingresó en los jerónimos y llegó a ser prior del Escorial. Sabemos que estuvo penitenciado y desterrado en La Rioja. Esta merma no fue óbice para que ocupase uno de los cargos más codiciados: el de confesor regio. En el regazo de este monje piadoso y letrado reclinó sus cuitas nada menos que Felipe II.  Al propio tiempo, fue testigo ocular de los transportes celestiales y mercedes de la Mística Doctora, en su capacidad de consultor suyo y guía espiritual durante catorce años. Ocupó la sede episcopal de Tarazona donde curiosamente décadas adelante iba a florecer otro misticismo tan señalado como el de la Venerable María de Ágreda. Allí había ido desterrado de su monasterio de Zamora en circunstancias poco aclaradas cuyo jaez hoy se desconocen y están reclamando ya el escrutinio del investigador.


 ¿Fue este obispo impulsor de esa corriente de espiritual tan española que trasciende todo el siglo XVII hispano? ¿Promovió las campañas contra los protestantes como la Invencible y en cuanto teresianista tuvo alguna relación con los alumbrados y dexados puesto que la idea motriz que impulsaba a los conversos era del todo exagerada y mesiánica: la sumisión de la tierra a la ley evangélica al amparo de un solo poder espiritual y temporal convergente en la tiara romana y el cetro imperial español? El sionismo no es más que una manifestación de este impulso en la era atómica. Israel se siente abocado a ser luz de las gentes. Por desgracia su candelabro no luce ya con rayos de cruz. Por eso son peligrosos los tiempos de apostasía que vivimos, porque se ha renunciado a Cristo y porque su norma aparentemente no es regla de vidas.
 Tiene su enjundia, o desde luego parece un contrasentido, que gran parte de los asesores religiosos - Arias Montano, traductor de la Biblia y desengañado del mundo así como el cardenal Silíceo- del Rey Prudente fuesen alumbrados.  Víctimas y victimarios pertenecían al mismo elenco, y por eso tal vez se dijo que aquí fustigadores y fustigados son siempre los mismos. ¡Misterioso país! Conjeturas a un lado,  Soria entre Castilla y Aragón, y por donde pasó en su huida acogiendose a altana en un monasterio cisterciense de Teruel Antonio Pérez[4], vio el resurgir de una importante corriente mística arraigada por largo tiempo en las parameras sorianas. También estuvo patrocinado por los Mendoza y la Casa de Medinaceli cuyo origen de todos es conocido.
Por supuesto que el prior de la Orden Jerónima, el instituto religioso más importante durante los primeros austrias, con grandes propiedades en los cinco reinos  y al frente de un convento tenido por verdadera corte, no era un donnadie. Puede asegurarse que gracias a su valimiento se encauzase la reforma carmelitana con vara alta en la cancillería, gracias a los buenos oficios cortesanos del fraile que pararon tanto al husmeo del inquisidor en acecho como la cólera de los detractores y del nuncio papal sobre todo. La Santa, parece incontestable, tenía buenas aldabas. Ante el cetro hubo de achantarse la vara del corregidor. Con su mano izquierda sabía revolver Roma con Santiago. Nunca se hacía de pencas.


En Avila sus paisanos quisieron empapelarla y en Santa Cruz de Sevilla, calle de Armas donde estuvieron instaladas al principio sus monjitas se vio aparecer junto a las puertas del Carmen Descalzo a los corchetes del Santo Oficio, que andaban siempre en mula con una gualdrapas rojas a las que iba zurcida una cruz morada. Los cuadrilleros temibles se les decía. “No me entiendo con las gentes de Andalucía”, se lamenta en una de sus cartas durante una rara ocasión en ella de desfallecimiento.  Nunca pudo acostumbrarse a aquel calor ni a aquella gente que en plena  misa rompía a cantar y a bailar. Otras costumbres y otros donaires que impresionan a la austera castellana. El vino más barato que el agua y muchos borrachos en los mesones. Capeó el temporal como pudo y escribiendo se hacía compañía a sí misma aunque a la sombra de la Giralda todo fueron tribulaciones y en Sevilla escribió poco. Excepto algunos memoriales y pliegos de descargo contra las lenguas envidiosas y maldicientes que la acusaron de andar por amores con uno de sus capellanes. El único lugar donde todo marchó sobre ruedas en el negocio de sus fundaciones fue Palencia, “de la que no quiero dejar de decir loores” pero en Alba, en Segovia, en Medina, en Pastrana, en Avila, en Toledo, en Malagón donde convirtieron para convento una vieja mezquita, en Villanueva de la Jara, en Soria, en Burgos, en Salamanca, en Valladolid, todo fueron sinsabores. Parece que se repite siempre la misma película. Caridad cristiana y comprensión lo que se dice en estos burgos y villas podridas encontró poca. Pero se sentía trascendida por el cometido de una misión que cumplir. Una luz ilumina pues sus escritos y hay una rienda que le lleva por el camino a remolque de arrieros, malsines, jorguines que veían el futuro, jovenados sin experiencia que querían profesar en la regla carmelita, canónigos engreídos, soldados con poco corazón, picaros y perailes, lidiando en su peregrinar con aquella hampa hablando con Jesucristo y teniendo que verselas a cada paso con la gente del bronce. Su existencia fue una contradicción a lomos de una mula. Dios cabalgaba a las ancas aunque con frecuencia el diablo hace de lacayo disfrazado con frecuencia de frailón. Pero Teresa a pesar de todo nunca suelta la brida ni dejó que se le desbocara su jumento ni sucumbió tampoco al huracán de empellones y de protestas.


Fue publicada la obra en dos tomos en 1602. Hubo una segunda reimpresión supervisada por fray Diego en 1614 y otra, que es la que supuestamente manejamos en 1776, con aumentos sobre ediciones anteriores. Alberga un propósito edificante “que encamine a servir a Dios, objeto principal que debe tenerse en la vida de los santos, por ser lo que más vale” y está dedicada al papa Paulo V[5]al que dice que quiere ser pregonero de su virtud en agradecimiento de sus favores. Se siente en todo momento no sólo devoto sino también testigo de cargo. Estamos ante el verdadero propulsor y mentor de los cultos teresianistas, que fraccionarían a España en dos durante bastantes años. Ya se ha hablado bastante de este pleito entre la descalcez  de alpargata y el carmen de la mitigación o del paño, que volvió a escindir la nación en dos barbechos una vez más y como siempre para no romper una gloriosa costumbre de enfrentamientos por tiquismiquis aparentemente de poca monta pero encubridores de esa dicotomía profunda que a muchos les hace pensar seamos un pueblo con el alma y con la mente partida en dos. Esquizoide. Aquí por menos de nada se prepara la de valganos dios cuando surgen bandos. Santiaguistas y carmelitas descalzos a la greña anduvieron  durante el valimiento del conde duque Olivares, que era de rama conversa, muy cruel y muy beato, y con él tuvieron mano los judíos ocultos,  por lo que no vamos a insistir en ello. Baste decir que los primeros tuvieron como valedor a Quevedo y algunos representantes de la nobleza y de la ordenes militares. Son los comerciantes y mercaderes marranos los que secundan la otra opción. Se trata de una visión enfrentada del mundo que esconde un afán en parte de las vanaglorias pero estrictamente hay oculto un motivo económico.
Yepes advierte que Teresa fue la mujer fuerte de la que habla el Libro y salpica su tratado de acotaciones escriturarias. Sin estudio humano una flaca mujer sin arrimos, por ser todo el saber recibido de orden divino, escribió libros plagados de celestial doctrina. Gozó de favores  del cielo y otros emolumentos, con visiones, revelados y hablas de Dios, pero con mucho fueron mayores sus trabajos y dificultades que con pecho más que de varón venció por Xto pasando por alto los dones de profecía, de discreción de espíritus y la gracia de hacer milagros con la que en vida y en muerte estuvo galardonada. En su entusiasmo teresianista llega a decir que esta “virgen ocupa un sitio en la gloria inmediatamente después de Santa María”. Es un libro muy denso de conceptos y ameno a la vez. La dedicatoria está datada en Tarazona a uno de agosto de 1606.


En el prólogo aduciendo la referencia de “las personas graves y doctas que aprobaron el espíritu de la Santa Madre abadesa” se realiza un elogio de la virginidad monástica en una prosa castellana llena de sensualidad casi voluptuosa que hará a algunos interrogarse acerca de la materialidad de estos desposorios del alma consagrada con el Señor. Muchos no lo entienden porque es una de las paradojas del camino de perfección en el que sus viadores se alimentan del maná escondido.
Esto suena algarabía, señala, citando a san Bernardo, para los no iniciados en esa ruta y Agustín les llama a los que no entienden tales arcanos hombres de ojos embotados incapaces de tasar nada que no tenga que ver con los sentidos. Es el problema de siempre: el milagro, la ruptura por Dios de las reglas del juego por sí mismo implantadas. Pero los portentos existen y ahí están los santos para refrendarlo con sus ejemplos de virtudes colmadas, para escudriñar los escondidos secretos y ocultos misterios de la gracia. Fe es creer lo que no vimos por lo visto. Y meigas haberlas haylas.
Es el texto un regalo estilístico desde el principio. La prosa de este autor aunque se crea poco en lo que dice, mas bien el cómo lo trata, resulta un manjar exquisito. Porque glosa a una mujer de pocas letras la cual tuvo la dicha de mover la pluma bajo la inspiración directa del Espíritu Santo de modo que sus escritos descubren penetrales insondables del poder infinito. En ella se dieron ayuntamientos de milagros como la conservación de su cuerpo incorrupto y prerrogativas inexplicables. Su fama así como la noticia de su tránsito conmovió a sus contemporáneos y en la España de fines del s. XVI constituyó suceso sociológico y psicológico. Conviene tener presente que la mística de remate sustituye a la literatura fabulosa de la caballería andante.  Teresa viene a convertirse en Amazona del Dulce Nombre; en mujer, un paralelo al Caballero de la Triste Figura al que el amor de Jesús dio su acolada y en cada uno de sus dieciséis conventos abiertos a iniciativa suya vela las armas en pro de la religión, casi la única quimera que nos quedaba. ¡Qué grande!


  Se atisba un cansancio con la realidad y Castilla siguiendo los pasos de don Quijote vuelve a la aldea cansada de pelear. Se recoge. Tener presente este desacierto de lo mundano que se torna en desistimiento de la idea imperial, según Menéndez y Pidal. Sin embargo, no se ha desceñido todavía de la Tizona del Cid y sueña en la fundación de la ciudad de Dios, en el advenimiento de su reino. España por la utopía. La monja carmelita sale al campo a desfacer entuertos y no encuentra gigantes ni molinos de viento. Lo que encuentra son arrieros desabridos, venteros mal encarados con habla de reniegos y que como el agua estaba más cara que el vino por aquel entonces no dejaban de mano el pitorro de la alcarraza que regaba sus gargantas resecas con el chorro dionisíaco de ese vinillo alegre color corinto, de Andalucía o de la Mancha. A veces se atropa con ángeles y los santos de su devoción bajan desde la corte celestial a visitarla y consolarla, pero lo más que encontró fue villanía, incomprensión de los suyos, sendas extraviadas, clérigos un tanto burlones, curas de misa y olla, algún que otro santo, jesuitas reformadores, jiferos y matarifes moriscos que todavía sacrificaban sus reses mirando hacia la Meca en corrales secretos y pasadizos que tenían por norte la alquibla y donde se prosternaban zalameros de Alá en la azalá quíntuple día tras día , duquesas caprichosas, confesores rigurosos, maniáticos, obsesos y abusadores, reyes prudentes, burlas de tarde en tarde, el hambre y la sed casi siempre, los hielos de Castilla y los soles andaluces abrasadores. Riadas y crecidas como la del Arlanzón en Burgos y la del Tormes. ¡Qué vitalidad!
La gente mira al cielo esperando favores e intercesiones. Algunos parece que lo logran pero ¿qué puede haber más allá del panegírico? Lo curioso que es una época que no se siente preocupada por el sexo, que entonces llamaban honra, o por la riqueza sino por el mas allá. Esta preocupación se plasma en una obra de Tirso de Molina “El condenado por desconfiado” que a decir de Menéndez y Pidal remonta sus orígenes a una fábula oriental muy antigua[6]donde se aducen las razones del amor divino y el humano. El riguroso Paulo que pasó su vida haciendo penitencia tiene un momento de debilidad cuando bebe un vaso de vino, se emborracha va a la ciudad y allí fuerza y mata a una mujer, mientras que Enrico, un verdadero malhechor que había pasado su existencia en salteamientos y latrocinios pero que cuida de su padre anciano con amor solícito, al fin de sus días en la horca comulga y confiesa y muere arrepentido. ¿Los rezos al ermitaño de qué le aprovecharon? viene a ser la tesis de este drama. “Seis doncellas he forzado. - se declara el facineroso protagonista-, falsos fingido y quimeras, hecho máquinas y enredos”. Sin embargo, Paulo como se le apareció el demonio y le dijo que los actos no son nada, que viviera a su albedrío puesto que al final todo iba a dar igual optó por la desbandada y un día le dice a su pinche Pedrisco dejar aquello, “de estos altos robles los hábitos ahorquemos” y parten caballero y escudero como Pólux y Castor, con el leal Pedrisco a las ancas y en el mismo caballo, camino de Nápoles. El tema está tomado de una vieja leyenda de la caballería andante, y recordemos que Teresa es una romera de Dios que va por los caminos fundando casas de oración.


 Enrico se salvó porque amaba y Paulo el devoto se condenó porque su alma era toda ella un poso de odio. El problema teológico que plantea Tirso casi dando razón a los volterianos, los cuales alegan que la religión no ha traído más que disensiones, odios y guerras y que no hubiera menester de tantos ritos que por nuestro malhado no sirvieron sino para contiendas y resquemores,  es de envergadura. El mercedario con su astucia característica no se desciñe un ápice de la línea ortodoxa pero en su “Condenado por desconfiando” viene a hacer sonar bocina de advertencia contra la beatería. En el fondo el problema le parece irresoluble lo mismo que el de la fidelidad de la mujer en quien tampoco confiaba demasiado. Anareto, el padre doliente de Enrico, le hace la siguiente recomendación a  su hijo a la hora de tomar esposa: “ Procurad no sea hermosa porque cual marido alcaide no seáis de una cárcel de hermosura donde la afrenta es forzosa y con celos no le deis pena que no hay mujer que no sea buena si ve que piensan que es mala”. Esta preocupación por la honra se encuentra también presente en los escritos de nuestra Santa aunque por pudor pasa de largo y lo aborda muy de pasada, los inocentes galanteos de su juventud fueron a sus ojos pecados enormes por los que hace penitencia en la madurez y ya de vetusta. Pedrisco el fiel escudero del ermitaño “yo he de ir contigo a las ancas en tu misma mula cuando cabalguemos al infierno” se siente un desdichado a los que infaustos hados del destino dan carena. Aquí se juega con el espinoso asunto de la predestinación. Establece la teología luterana que de poco te sirven tus esfuerzos si naces apartado de Dios o como dicen los árabes marfuz. Y al final de la obra aparece Paulo el santurrón “ceñido el cuerpo de fuego y en culebras cercado” mientras que el facineroso Enrico, que contaba con mejor estrella, se le ve ser transportado al cielo en volandas por escolta de ángeles desde el mismo patíbulo donde hacía cabriolas y se columpiaba su cuerpo exánime. El gran dramaturgo, que tenía tan buen conocimiento del alma humana y que estaba muy ras con ras con el sentido común del pueblo llano, pues no era un místico, hace un bosquejo del destino del hombre abocado a una suerte que desconoce y que él no ha elegido de grado: infierno o paraíso. ¿Por qué unos nos condenamos y otros nos salvamos? Es la misma pregunta que en su vida y obra se hace Teresa de Jesús. Las respuestas en el “Condenado” y en “Camino de Perfección” vienen a ser análogas pero nada puede ser demostrado por procedimiento matemático. Y digamoslo bien alto para que nadie nos pueda argüir de negligencia o de falta de rigor: el bien y el mal se estabilizan en un mismo plano y a veces de tan intrínsecamente unidos como están hasta parecen compatibles. Es fundado suponer que la misericordia infinita al final se aplacará de nuestras flaquezas pero esa solución no era de recibo en el siglo XVI.


En las costumbres, con todo, hubo pocos tiempos más tolerantes y laxos, antes de la poda de Calvino y de los rigurosos jesuitas,  en nuestra historia como aquel pero la religiosidad era recia, fuera de lo común hasta el extremo de que las visiones suelen acabar con frecuencia en orgías carnales entre los alumbrados. ¿Cuál es la raya que separa al aberrado del verdadero siervo o sierva de la religión? Magdalena de la Cruz, la vidente cordobesa, que decía que había llevado a Cristo en sus entrañas y que “estuvo preñada del Espíritu Santo” murió en la hoguera, y Teresa canonizada por un pueblo que se disputaba las reliquias de su cuerpo agotado.
Es muy difícil delimitar los campos o discernir los hitos de separación en este continuo mundo de intercadencias e intercambios. Se buscan refrendos y apelativos de autoridad; no podía ser de otra forma en una sociedad que siempre pide ejecutorias de la hidalguía,  obsesionada de la estirpe ortocéntrica, la honra y el buen parecer. Hace entonces una relación de los avales que certifican la buena conducta y ascendencia de la hija de Rodrigo Cepeda. Quiere demostrar en todo instante su buen linaje y que lo suyo es cosa de Dios que así se lo manifiesta por conducto de apariciones y hablas al oído, arrobamientos, etc.
El primero es fr. Domingo Bañez, catedrático jubilado de Prima en Salamanca, teólogo ilustre, que confesó a la Santa mucho tiempo, encargado de  sus alabanzas fúnebres en Alba, que medió a su favor con un sermón en la catedral abulense cuando toda la ciudad se volvió marejada de hostilidad y de murmuración contra la reforma carmelita. El segundo, otro dominico, Bartolomé Medina, quien se mostró refractario a admitir las dádivas que recibía reputándolas por supercherías, pero luego de confesarla un día cambió criterio. Diego de Covarrubias, obispo segoviano, Juan de las Cuevas, obispo de Avila. Diego de Chaves, confesor que fue -uno de los muchos- del rey Felipe II y prior de Santo Tomás de Ávila, Fernando del Castillo, historiador de la orden dominicana, García de Toledo, comisario general de Indias, Pedro Fernández provincial del que es el dictamen que después de tratarla dijo que había entendido ser posible que las mujeres puedan seguir la perfección evangélica, de lo que con anterioridad a su encuentro con la Mística Doctora mucho dudaba. La misoginia era una corriente de pensamientos por aquellos días locos de viento cierzo. Así lo avalan los versos que transcribo de uno de los mayores, y no menor por lo arrinconado y romántica vida de monje giróvago que huyó del monasterio cisterciense de Moreruela y se enroló en las banderas que peleaban por el emperador en Alemania. Me refiero claro está a Cristóbal de Castillejo. Muerto en el sitio de Viena en 1556 peleando contra una de las múltiples algaradas turquesas.
¿Qué se espera de quien tuvo el diablo por maestro?


Y en otro pasaje estampa ese desden hacia el amor profano que late el menoscabo de la mujer en el plano humano glosando un sorites escalonado en contundencia irrefutable que se enseñaba en las escuelas catedralicias durante el medievo:
“Quid levius vento? Fulmen/ Quid fulmine? Flamma?/ Quid flamma? Mulier/ Quid muliere? Nihil.”
En pocos pasajes de la literatura española se plasma este desencanto o desasimiento de la idea imperial de la cual habla Menéndez y Pidal como en estas estrofas del imponderable Castillejo:
¿Quién te engañó, Castillejo, / Estando bien en España./ A venirte en Alemania/ Para dejar tu pellejo./ En tierra ajena y extraña?/ No me engañara esperanza, / Ni apetito de favor./ Ni deseo de privanza; / Mas engañóme el amor; / Y este dio causa al yerro; porque amó/ A su rey demasiado, / Con lo cual se han engañado/ Otros muchos como yo.
Nietzsche habló del ser y la nada pero este poeta renacentista que se opuso a la introducción de las novedades italianizantes se refiere a la mujer como la pura nada, el polvo infinito.
¿Cuál cosa hay que ligera/ pasa el tiempo y no reposa?/  El rayo que sale fuera. Y al rayo? Lo llama fiera./ Y a la llama qué otra cosa?/ La mujer. Amor loco todo es viento.


Esta tradición misógina arraigaba desde los primeros eremitas. Se huye de la mujer pues es la dueña del amor y el amor es la otra cara de la muerte. Sin embargo, se trata no de la mujer real sino de su ficción. Locura fantasmagórica. Del diablo que se disfraza de los atributos femeninos. Cuando Hilarión, Pacomio, Sabas, Antonio u otros solitarios resisten a la tentación de la mujer representada como un jardín de deleites parece que caen en la trama de sus propias fantasías. Y la mujer que les atormenta no es la de la maldición de Yahwé al expulsar a los primeros moradores del paraíso: “ parirás los hijos con dolor y estarás sometida a tu marido”.  Teresa sueña restituirla a su primitivo estado de gracia mediante la abnegación, la castidad y el desprecio de todas las cosas del siglo. Al devolver a la regla carmelitana a su primigenio rigor quiere que sus pupilas sean émulas de aquel san Hospicio todo comido de piojos. De Macario el bienaventurado que pasó su vida dentro de una charco de limo. Se fija en María la Egipcia tostada por el sol del Sinaí, o en santa Pelagia que nunca retiraba de su cueva los excrementos para oler mal en nombre de Dios y alcanzar su gracia, o la dulce Isabel de Hungría que se bebía el agua de los baldes en que se bañaba a los leprosos. Una exageración, una demasía a lo divino. Su meta se propone alcanzar objetivos revolucionarios. Intentos mesiánicos, pero el mundo siempre será igual. Nunca pasa nada. La rienda de las pasiones tira hacia abajo y hay una fuerza de gravedad que nos ata a esta carne perdedora. Somos rastreros de miras. El hombre no cambia. Por ese lado resplandece como una pionera de la libertad de la mujer.
 La misoginia de Castillejo, que también tiene muy presente Teresa en su concepción del mundo porque nunca se fía demasiado de las mujeres, se tercia en su caso con una androfobia al menos sospechosa, si no fuera porque, entre otras muchas cosas, se aprecia en su personalidad una recia inclinación hacia la persona del padre, don Álvaro al cual quería con todo el alma. Este complejo edípico suele ser corriente entre no pocas españolas. Señala el P. Efrén, otro de sus biógrafos, al respecto:
Había crecido en un grupo aplastante de mayoría masculina. Conocía al hombre como la palma de la mano y comprendía sus ambiciones y sus ensueños. Cuando oía a los ascetas del perfil de su padre que el hombre era un lobo que devoraba a la mujer acaso no podría por menos de sonreírse.
Para el padre ella era la niña de sus ojos y en el deseo de posesión va don Álvaro a reprenderla severamente por sus amistades y por sus lecturas. Empieza a manifestarse la rebeldía y la cosa acaba, cuando sabe de los pretendientes que rondaban la puerta de su hija y de una posible boda, de la cual no quería oír ni hablar enviandola al Monasterio de María de Gracia, pasado el Mercado Chico, extra muros en la hondonada donde está hoy el Barrio de Santiago. Allí va a encontrar una persona, sor María Briceño que será determinante en su vida. A su lado se olvida de los galanteos y lecturas y se entusiasma con la idea de dedicar su vida al claustro. El bueno de don Alonso responde a este propósito que albergaba su predilecta con un rotundo “No en mis días”. Pero si el padre es tozudo la hija pertenece a ese grupo de personas que difícilmente dan el brazo a torcer. Se vislumbra un poco de la tesonería de que hará gala durante las fundaciones. Los santos son un prodigio de entereza y  fuerza de la voluntad con una salud mental a prueba de bomba. Y un Día de Difuntos del año 1535 abandona de incógnito el hogar paterno y se presenta en la portería del Monasterio de la Encarnación, acompañado de su hermano Juan que desde allí correría a pedir el hábito en los dominicos.


De los otros hermanos todos tomaron la carrera de Indias. Hernando, el mayor se embarcó con Cabeza de Vaca, Rodrigo murió en Buenos Aires y Lorenzo y Jerónimo de Cepeda harían fortuna en Perú. La milicia era el mejor medio de promoción en la escala social. Ningún nieto de quemado o descendiente de moro o judío era aceptado para el servicio, pero allá van leyes do quieren reyes. Si no se hubiera saltado esta norma a la torera a lo mejor no hubiese habido colonización americana. Por fin don Álvaro hubo de transigir y dio la anuencia al monjío de su hija predilecta. Toma la decisión un Día de Ánimas. No hay que echar al olvido esta fecha porque a quien inauguraba una cultura de la muerte terrenal para ganar la vida eterna en esa onomástica cuando la Iglesia honra la memoria de los santos desconocidos y de los que murieron en el Señor van a sucederla coincidiendo con ese día de lutos terrenales cosas extrañas, tomas de hábito, decisiones trascendentes o simples sustos como lo que le aconteció a ir a fundar en Salamanca. Apariciones y obsesiones. La vida de esta mujer está rodeada de esa aureola de noche de difuntos con resplandores de fuego fatuo y tañido de campanas en la distancia. Semeja en cierta forma, y a mano contraria, a la de don Juan de Mañara. Teresa tiene algo de burladora y de seductora pero para la trascendencia y para la eternidad. Ella, que temía tanto a la muerte, por ser vital, y pegada al terruño como ella sola pero renuncia a él para seguir al Esposo quien se le aparece y le habla casi todos los días en un idioma coloquial. 
 Juan de Salinas otro escéptico también se volvió teresianista cuando fue a Toledo a predicar una cuaresma y “la anduvo examinando y haciendo grandes experiencias con ella y quedó tan aficionado y enterado de su santidad que con ser hombre tan ocupado la iba a confesar cada día” llegando a la conclusión de que más que mujer parecía varón y de los más barbados.
Sigue la lista con fray Diego de Yangües. Al principio sintió la doctora inclinación por los domínicos pero años adelante la báscula se va a inclinar del lado de la Compañía. No sabemos a qué se debió el cambio aunque ella confiesa que para esto de elegir director espiritual era muy exigente. Otro, Pedro Ibañez regente y rector del San Gregorio de Valladolid, que tras oírla en el tribunal de la penitencia durante seis años, emite la sentencia de ser todo cosa de Dios. Larga es la lista de personalidades eclesiásticas de su entorno a los que sedujo con su carácter inefable.


El encuentro con el franciscano Pedro de Alcántara va a ser providencial puesto que fue él quien más le animó cuando más recias eran en Avila las contradicciones contra su persona y con mayor ahínco la denostaban. Se alega que por su parte el propio Pedro Alcántara que era de un pueblo de Plasencia de la familia Barrantes se animó más a seguir el camino de la virtud. Aumentó sus penitencias. Pedro y Teresa fueron dos vasos comunicantes y en el Libro de Su Vida ella se deshace en elogios hacia el gran penitente que alcanzaría luego los altares. Pero el famoso P. Gracián no sale por ninguna parte, aunque haya alusiones de pasada a Juan de la Cruz, el cual aparece siempre cargado de “relojes” en sus viajes pues quería cumplir exactamente con la regla incluso durante los desplazamientos, en la biografía de Yepes que nos ocupa. Quede como dato para la posteridad investigadora.
Confesores suyos fueron los dominicos Mancio, y Vicente Varrón consultor del Santo Oficio, Felipe de Meneses, y el presentado[7]padre Lunar prior a su vez de Sto. Tomás de Avila. Francisco de Ribera S.I  empleó su vejez en escribir la biografía de la santa a quien trató. Otro jesuita es Enrique Enríquez[8], auditor de su proceso de canonización. Rodríguez Araoz y Francisco de Borja la conocieron en Sevilla donde pasó fatigas y tribulaciones como queda plasmado en su Libro de las Fundaciones. Bartolomé Pérez rinde elogios hacia la figura de esta mujer varonil. Gerónimo Ripalda la trató cuatro años y dijo que en todo dejaba la Madre olor de santidad. Juan de Aguila elogia sus virtudes teologales. El Padre Salazar rector de Cuenca. Padre Santander, rector de Segovia y Paulo Hernández consultor de la inquisición toledana apronta esta versión:
Grande es la madre Teresa de Jesús de tejas abaxo pero mucho mayor es de tejas arriba. Es mujer de gran espíritu y trato singular con Dios.


Cristóbal Colón visitador del arzobispado de Valencia cuando estuvo  en Valencia[9]. Aduce este prelado que a través de la oración tuvo conocimiento de muchas cosas. Allí conoció a fr. Luis Beltrán otrosí puesto a los altares quien la secundara en sus afanes reformistas y la augura una profecía: que su instituto así que pase medio siglo dará mucha gloria a la S.I. Otros clérigos y religiosos de fuste que se cruzaron en su camino y quedaron maravillados de su virtud, aduce el Padre Yepes, fueron Juan de Avila. Que la acompañara a lomos de una mula hacanea en todos sus viajes, su valedor y escudero en el trajín  en carro por las dos Castillas, Extremadura y Andalucía. Sólo una vez usó el coche o la carroza y fue a raíz del regreso de América de su hermano Lorenzo que le regala fuerte suma de dineros para su Obra. Luis de Granada que se ocupó de biografiar a los dos y fue su mentor espiritual. Pero sin duda el más influente fue Pedro de Alcántara quien la recomendó a los Mendoza, primero a don Álvaro de Mendoza obispo de la sede abulense y más tarde a la princesa de Éboli con la que no terminó del todo bien y sale escandalizada a tenor con lo que se lee en Las Fundaciones.
Francisco de Borja fue muy aficionado a ella y Julián de Avila, su capellán, aporta el siguiente testimonio:
Yo traté, conversé, confesé y comulgué a la Santa madre al pie de veinte años poco más o menos y en todas las fundaciones que se le ofrecieron hasta que Dios la llevó, fui yo el que la acompañaba y servía. Tuvo la fe muy viva y la esperanza tan clara como se ha podido ver en los santos y la caridad tan ferviente que trabajos y contradicciones o desvíos ni otras cosas que sería muy largo de decir la resfriaban de su caridad... yo la daba de ordinario el Santísimo Sacramento cada día y la mayor parte quedaba arrobada.
Entre los obispos que la conocieron figura Teutonio de Berganza, arzobispo de Ebora un portugués que extendió su obra por Portugal y tradujo algunos de sus libros. El canónigo de Toledo Belazquez, que ocupó la sede de Osma y más tarde la de Santiago, la recibía en su casa de rodillas. El obispo de Palencia, Álvaro de Mendoza y el de Sevilla, Cristóbal de Rojas, otro converso, se profesaban devotísimos de su persona al igual que el arzobispo de Burgos Cristóbal Vela y el arriba mentado, de Segovia, Diego de Covarruvias,  así como su sobrino Juan Orozco de Covarruvias que  sería preconizado al solio episcopal de Guadix.
Yuste aduce que éste en su “Libro de la Verdadera y la Falaz Profecía” propone a Teresa como ejemplo de virtud a seguir. Se huelgan mucho de haberla confesado el Dr. Manso ob. Calahorra, Castro, de Segovia, Sierra de Palencia:
Los cuales engrandecen como es razón la excelencia y santidad de sus virtudes que en ella experimentaron y tocaron con las manos.


Y entre los admiradores se cuenta el autor a la sazón ob. de Calahorra y dice que su única diversión es cantar las alabanzas de Teresa y promulgar sus favores. Don Fernando de Toledo el duque de Alba dejó al morir tres años después que ella catorce mil ducados de renta para sufragar los gastos de la canonización y donó parte de su hacienda para fundar un monasterio de descalzas en Consuegra. El arzobispo de Valencia Juan de Ribera por mas que no la conoció en carne mortal se tuvo identificado con su persona y con su obra y fue uno de los grandes postulantes en pro de su subida a los altares. Lorenzo de Otadui ob. de Avila dio diez mil ducados para construir el monasterio de la Encarnación. Eran por así decirlo los “famosos” de entonces. Merecían la atención pública no por sus conquistas sexuales o por sus desenlaces sino por sus arrobos místicos. A un lado u a otro del péndulo España guarda esta inclinación hacia la demasía que con frecuencia desembocan en el esperpento. El fenómeno teresiano, en sus dos manifestaciones, la del cilicio de esparto y la del desenfreno sexual que hoy vivimos y en el que intervienen otras “teresas” bien distintas pero tan influyentes gracias al poder de la publicidad y la propaganda, es un plato suculento de aberraciones mentales para ser estudiado por los clínicos.
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CAPÍTULO II
 
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1) Influencia teresiana en el jansenismo francés.- 2)  Prosigue la relación de personalidades eclesiásticas y civiles que fueron avales de su reforma.- 3) Virgen incorrupta. Su cuerpo apareció en la fosa de Alba sin señales aparentes de putrefacción.- 4) Búsqueda de Eldorado y la influencia que tienen en la mentalidad española los libros de caballerías.- 5) Encontrar los remedios contra la herejía.- 6) Religión y superstición: lo que le acaeció con el cura de Becedas y su amuleto.- 7) las mujeres morían jóvenes y de sobreparto como le ocurrió a la madre de la Santa, doña Beatriz de Ahumada, de quien quiso tomar el nombre, en vez del de su padre.- 8) Zangarrones, duendes y campanadas en la Noche de Ánimas: una vida romántica que se parece algo a la que plasma el drama del Tenorio.- 9) Haciendo higas a Belcebú.- 10) La saludadora del Barco de Avila.
 
 
Pero sobre todo fue su gran protector el rey Felipe II al que conmovían sus cartas lo mismo que su hija la princesa Juana que la invitó a posar en las Descalzas Reales cuando pasó por Madrid, convento del que era priora y el propio rey de Francia Enrique IV promovió fundaciones de la orden en aquel país, instituyó al Carmelo Descalzo de París como revulsivo a la herejía protestante, pero uniendolo a la de los Religiosos de San Lázaro y San Mauricio.


Biógrafos fueron Francisco Rivera S.I, fray Domingo Bañez, OP. el cual no pudo llegar a dar la estampa que concesionó sobre su persona. El mentado Julián de Avila avala la tesis de que la Madre tuvo una larga lista de ensalzamiento memorialista detrás de sí. En particular, el P. Fray Luis de León agustino que dejó a medio concluir porque cuando había escrito cinco o seis pliegos murió pero aunque “no sacó a luz parto tan deseado, hizo un prólogo  al Libro de su Vida que escribió la propia santa”.
Yepes que escribe a fines a fines del XVI refiere cómo el culto teresiano arraigó temprano entre los españoles con carácter casi de aclamación. En Tarragona hubo un concilio para pedir al papa reinante su canonización. Cundió su fama de milagros, que en algunas partes alcanzó parangones equiparables a los de la Virgen María, a causa de su incorrupción sepulcral y la fragancia que exhalaban sus restos. Castilla por ella se puso de los nervios, y Avila su ciudad natal casi enajenada ante la fama de sus éxtasis. Eran tiempos de toros y cañas y de portentos. Nuestro ejercito dilataba sus energías por la faz de Europa frente a una fortuna adversa mientras el pueblo se volvía un experto consumado en el arte de vivir con poco, amante del teatro y de los tinglados de la antigua farsa, entusiasmado con noticias de maravillas y apariciones. Había llegado tarde a la fe cristiana y la transfunde en sus raíces moriscas o hebreas. El individualismo judaico que concibe la relación con el Altísimo como un pacto de amistad abandona su concha y  sale a la cancha, perdón por el juego de palabras, mas fue así. Entre los de origen beréber la nueva fe adquiere matices de sensualidad islámica: procesiones, disciplinantes, supersticiones, creencias fanáticas. El carácter hispano alcanza su nivel de marmita a presión. La sensibilidad estaba en flor de piel.  Lo que mirado bajo el prisma de la actualidad candente en el turbulento otoño de 2001, cuando el bagaje conceptual y todo ese conjunto de valores que pusieron a esta Sor Intrépida a los caminos polvorientos se encuentra en entredicho y el edificio de la iglesia ruina amenaza fue el triunfo de la verdadera fe, y la integración de los advenidos en la renta común. España, crisol de razas y de culturas, pero siempre a los pies de la cruz. Fue la única nación donde el cristianismo se impuso al judaísmo y a la creencia mahometana.


Ese sea acaso el mayor milagro de la vida de Teresa. Por encima de los noticiosos fenómenos preternaturales y gracias especiales que aureolaron su existencia y difundieron su fama. He aquí la nueva Judith que se rinde a los pies de Xto. En ella se palpa el triunfo del espíritu sobre la carne flaca. Era la hora de Castilla en su momento más brillante. La nación en peso la colocó de intercesora y vio en ella al prototipo de la hembra de la raza. He aquí a la conversa que busca el patronato de las grandes familias godas: Alba, Medinaceli, Vela, Pita, Quesada, Guzmanes, Barrientos, Xandoval, Guevara. Topó con no pocos estorbos y mucho hubo de zarcear por las sendas y andurriales de la Castilla profunda pero en todo momento, cuando se adivina el derrumbe final, siempre aparece por detrás de los proscenios una mano que la saca en la misma boca del peligro. Teresa fue un portento de la fe engastada en una psicología de humor zumbón y muy a ras de tierra. Al final pudo salirse con la suya, repetimos.
Hay por una parte la España reverente de fe ciega y la España descreída que se pliega a la razón de la apariencia y del disimulo pero todo en grado extremo. A los españoles no nos gusta la realidad que nos cerca a pesar de ser un pueblo tan realista y pragmático que se compadece con un idealismo desbaratado, dentro ambos extremos de un alma misma.  Por eso nuestra historia está repleta de contradicciones, y por eso quizás nos metemos siempre cosas en la cabeza. Necesitamos obsesiones que desvirtúen los hechos terrazgueros de una vulgaridad irredenta. Pero otros pueblos son más vulgares aun y no lo dicen por boca de sus intelectuales atormentados como nosotros. Teresa viene a ser un paradigma del temple que reconcilia los dos opuestos. Paradojas de la escopeta nacional.
La opción misticista se convierte así en un cedazo por donde transigen las varias corrientes étnicas que conforman la piel de toro que fue siempre crisol de razas. Es una válvula de seguridad en la que cabe todo pero con todas las bendiciones jerárquicas y la aquiescencia prelaticia.
Castilla, sin embargo, era aun un chorro de energía que salía de estampía a la búsqueda de Eldorado o que moría en Flandes por el papa  al que siempre contemplaron nuestros ojos como una divinidad en la tierra. Los italianos, con estar más cerca, no se muestran al respecto tan exaltados. Pero nuestra patria necesitaba anticuerpos para combatir los virus de la herejía y encontrar la triaca contra la ponzoña que envenenaba Europa. Por eso se erige en baluarte de la fe. No por los intereses sino por los principios.
La historia de la vida de Teresa de Cepeda y Ahumada la aborda en 42 capítulos Yepes, que se abren con una hermosa calcamonía del retrato que hizo de ella Albiztrux en 1776 con este epígrafe “Berddra (sic) efigie de la doctora mística Sta- Teresa de Jesús”. Es una crónica de locuras a cargo de una mujer que era todo ella sensatez, poder volitivo y equilibrio. Por debajo de todo se advierte una intención secreta. Acaso el dedo de Dios secundado por los dineros de los mercaderes de Medina y toda un caudaloso registro de criptojudíos. El mentor económico principal fue su hermano Lorenzo el pirulero. El oro aportado por éste desde las Indias representó  un papel importante en el establecimiento de los doce palomarcicos blancos por toda la geografía española.


Su hermano Rodrigo, compañero de juegos de infancia, de entre los nueve hermanos que tuvo Teresa, seguramente era al que profesaba más amor. Rodrigo pasó a Indias y murió pronto en la conquista del Río de la Plata.  Antes de partir había dejado a su hermana como albacea de todos sus bienes, pero Teresa al profesar en la Encarnación se los cede a su vez a María de Ahumada, la que vivía en Castellanos de la Cañada en cuya casa posó un invierno cuando cayó malo, los médicos la desahuciaron y quedó en manos de la curandera de Becedas.
Apenas iniciados los primeros párrafos obtenemos la admonición de que esta mujer abulense fue una verdadera enviada de Dios para contrarrestar los tiempos de herejía por los que atravesaba la iglesia. Se advierte el carácter mesiánico de su figura. El esquema ha seguido funcionando en la mentalidad de no pocos españoles que miran a esta mujer como un símbolo del destino y las virtudes de la raza. Elías, el que ha de venir, el monte Carmelo, el pregonero del bautista. De ahí arranca el Carmelo, tomando las cosas ab ovo, fundamento de la tradición cenobita. Antón, Hilarión poblaron los desiertos de oratorios y casas de adoración que imitan el convento del Carmelo. El primer prior sería Caprasio hasta que la crueldad de Ahumar el mahometano acabó con estos enclaves de devoción. Algunos monjes quedaron en el monte Carmelo. Hay referencia de que Américo de Antioquía les favoreció hacia el año 1100 y nombró abad de aquel monte a san Alberto un año después de que Godofredo de Bouillon reconquistase Jerusalén para los cristianos un día del Carmen de 1099 a la hora de tercia. La “aelia capitolina”[10]cambia con frecuencia de manos y por ella pelearon las huestes de Ricardo corazón de León, san Luis y Juan Sin Tierra; empero quizá por nuestros pecados se resiste a nuestras armas y vuelve a perderse ya definitivamente tras la batalla del monte Carmelo ganada por Saladino en 1192 y desde entonces estuvo en manos del turco.
Sin embargo, a juzgar por la trama del pensamiento del panegirista y biógrafo había algunos que ponían en duda estas hablas con Dios, estos arrobos y misericordias divinas para con ella. La duda se presenta aquí cuando uno  menos se lo piensa.
Vino al mundo reinando en España Juana la Loca bajo el pontificado de León X al comienzo de un día de finales del invierno el 28 de marzo. Era la fiesta de san Bertoldo, monje carmelita. Corría el año 1515.
 El autor se muestra refractario a descubrir el linaje de su encartada pero al fin afirma que era de noble cuna, Alonso de Cepeda y de Beatriz de Ahumada con la que casó de segundas que le diera nueve hijos, murió a los treinta y tres años.  Dice el P. Efrén de la Madre de Dios en su relación de la vida de Teresa de Jesús[11]:


El linaje de los Cepeda se remansó en Tordesillas y se bifurcó en dos ramas: la de Segovia y la de Toledo. El apellido revive en Toledo por doña Inés de Cepeda que casó con Juan Sánchez de Toledo, de estirpe judía. Los hijos decidieron sostituir el apellido[12]por el de Sánchez de Cepeda para poder mirar cara a cara a la sociedad en que vivía. Juan Sánchez judaizó apostatando de la religión católica que había abrazado. Y como los Reyes Católicos habían implantado en 1483 el Tribunal de la Inquisición y los católicos apóstatas podían ser reconciliados, resonó en Toledo el pregón de los perdones en 1485 y don Juan acudió a reconciliarse con la Iglesia el 22 de junio. Le echaron de penitencia un sambenito con sus cruces, que tenía que llevar públicamente los viernes en procesión de iglesia en iglesia durante siete semanas. Se estableció como comerciante de paños y sedas abriendo una tienda en la cal toledana de Andrín (ahora reyes Católicos).
Después le vemos enfrascado en pleitos de hidalguía y ya en Avila se dedicó a casar a sus hijos con damas de linajuda estirpe. Alonso, el hijo mayor y padre de Teresa, casa con Catalina del Peso en 1505 y regaló a la novia ricas preseas (chócalos de oro, sortijas y manillas, gorguera y cofia de oro y una falda de ruán amarillo, ceñidor de tafetán y un monjil aceitunado) en lo que aparece como un intento por parte del dinero de comprar la alcurnia. La esposa murió a los dos años de gripe. Dos hijos le nacieron de este lazo matrimonio: Juan Vázquez de Cepeda y María de Cepeda, la que casaría con Juan de Ovalle, constructor medinense, el que labró la primera casa de la Orden. Luego casó con una prima de la difunta que tenía posesiones en la aldea de Gotarrendura en la rica encartación de Las Morañas, que se apellidaba Ahumada y tenía el nombre de Beatriz, de catorce años. El novio tenía veintinueve. De este segundo matrimonio de don Alonso vendrían al mundo nueve varones y tres hembras. Teresa ocupaba el tercer lugar en la saga de doce.


 Teresa la milagrosa en aquella familia nutrida de entre los once hermanos[13]era la que tenía una naturaleza más despierta, se inclinó desde pequeñita a cosas mayores como un anticipo de su grave destino de mujer fuerte. Con su hermano Rodrigo ya jugaba a las ermitas, quería ser santa y un día se escapó con él a tierras de moros[14]para recibir el martirio puesto que querían volar al cielo cuanto antes y el camino más seguro era el de firmar la fe con su sangre, un atavismo muslímico. Lo hemos visto en los calamitosos sucesos del once septiembre, cuando unos jinetes que volaban a lomos de alazanes de hierro se hicieron dardo ellos mismos para más hostigar y derrumbar con la fuerza de sus arietes alados el muro del castillo del gran capital, la Torres Gemelas.
A los doce años, fecha en que pierde a la madre[15], se opera un cambio en estos fervorines trascendentes de ser mártir de sangre y cuchillo. Postrada ante el altar de la Virgen le pide con muchas lágrimas a la Señora que ocupase el lugar que había ocupado en su vida doña Beatriz. Verdaderamente puede decirse que María del Carmelo se convierte en madre en la tierra y en el cielo de Teresa de Jesús a raíz de quedar huérfana. El instinto femenino la impulsa a ser coquetona, un pecado venial que lloraría toda su vida, con aquella afición a los afeites, a las fiestas y a los saraos mundanos. Con las nubes de las pasiones se escurecen las lumbres de la razón, dice el hagiógrafo. No habíamos llegado a los intríngulis de la novela psicológica aunque la Fundadora avilesa sería siempre una gran psicóloga.


Le tomó sabor a los libros de caballerías, la literatura rosa de entonces, aunque mucho más edificante claro es, juego inocente muy lejos de lo que nos dan ahora los programas de las televisoras.  Debió de enamorarse del Palmerín de Inglaterra y de Lancelote del Lago. El Amadís de Gaula, obra de Gutierre de Montalvo un arevalense, que apareció en 1508 en su edición definitiva, Tirante Lo Blanco con sus atrayentes descripciones del lujo de la corte bizantina y las Sergas de Esplandián encandilaban con su prosa ahíta de embelecos y de hazañas en las que se exalta la lealtad y nobleza del amor puro. La epopeya de las Indias quizá sea el apéndice real a aquellas ficciones literarias. Posiblemente los movimientos místicos que aparecen como setas en otoño después del concilio de Trento, en lo que tuvieron de conato de dar albergue a un ideal genuino y altruista de relación con el Ser supremo cara a cara, menoscabando la realidad lóbrega y aburrida de un mundo engañoso, se conecte de alguna forma con este alarde de imaginación, ese afán de huida.  La fábula corteja a la ficción en el anhelo de los desposorios espirituales con Dios. Fue cuando don Duardos se esconde bajo el escapulario de una tonsura y la reina doña Labra toma  hábito y entra en Religión cansada de devaneos y de lances.
En su vida y en su obra resplandecen los rasgos de entrega y de nobleza de todo caballero andante, aparte de que debió de ser hembra de armas tomar. Recia pero deseada por todos. No se cansó de llorar y pedir penitencia por aquellos desvíos de juventud así como de sus inclinaciones al visiteo. Debía de ser una muchacha guapa y sociable pues dice:
Viendose ella querida de muchos escomenzó ella también a querer; y como era discreta y apacible. Arríjase a no gustar de estar escondida y empezó a abrir los ojos al mundo y a apreciarse del aderezo, galas de moza, y de la curiosidad en ello con alguna demasía y exceso.
Seguramente esta afición a la lectura la tomó de su difunta madre. Beatriz de Ahumada gustaba de estos almanaques tan denostados por la hija pero que la verdad sea dicha no eran una tontería sino que ayudaron a formar un espíritu noble y generoso de Castilla. La letra impresa incentiva la curiosidad, crea vistas interiores en el fondo del corazón así como el deseo de contemplarlos y verlos por sí misma. Allí nacería su talante soñador y tal vez las primeras lecturas aquilatarían el marfil de su estilo literario.
Todos los poetas y escritores han de tener algo de contemplativos. Sin embargo, y pese a la candorosa apariencia del cuerpo delito:
Con este vaso procuró el demonio darle a beber el veneno de la afición a las cosas del mundo que aunque parece sabrosa suele a muchos causar la muerte.


Pero como tuvo siempre aborrecimiento a toda deshonestidad eso le salvó así como el miedo a perder la honra. Estamos ante una española recia de las de antaño. Se trataba de simples cosas inocentes: conversaciones, coqueteos. Sin embargo, algunos biógrafos apuntan la posibilidad de que Teresa fuera una mujer apasionada y que estuviera enamorada de un primo suyo que pide su mano. Tenía catorce años y don Alonso la recluye en el monasterio de Nuestra Señora de Gracia de donde sale por motivos de salud. Otra vez al siglo. Parece ser que la liana psicológica era tan rotunda que algunos frenólogos sospechan un complejo edípico en ella, éste la quería como la niña de sus ojos y ella a él. Por este motivo se opuso al ingreso en el monasterio carmelita de Encarnación con un rotundo “no, en mis días”, mas ella quería ser monjita de la Virgen a la que sentía una devoción especial y sin el consentimiento paterno ingresó en la Orden fundada por el profeta Elías una mañana de fines de verano acompañada por Antonio de Ahumada, uno de sus hermanos, renunciando al mundo con sus pompas. Era una chica guapa y tenía muchos pretendientes. Allí toma el hábito agustino el 2 de noviembre de 1533 Día de difuntos pero después de año y medio de estancia enfermó gravemente. Dos años más tarde, en la víspera de Todos los Santos de 1535 recaba el velo de las desposadas con Xto  en la Encarnación. En esa fiesta, donde paradójicamente se desarrolla la acción del drama del Tenorio, a Teresa le ocurrían cosas importantes, recibía avisos del cielo, o mociones celestiales que determinarían el venidero curso de su existencia.  Otro día de Ánimas años más tarde cuenta la historia de cómo fundó en Salamanca en una casa llena de duendes y con el “miedo a los estudiantes que acechaban a dos pobres monjas desvalidas” mientras afuera en todas las torres de las iglesias sonaban los toques a clamor. Estaban las dos pobres mujeres en aquel caserón vacío muertas de miedo y con miedo a los duendes.  Le dan desmayos y males al corazón que la dejan sin habla, empieza a hacer acto presencia tanto la epilepsia como el mal de ijada que le afligieron toda su vida. Pero nunca le da importancia ni dramatiza cuanto le ocurre. Dotada de un sentido del humor de cazurra sabe reírse hasta de su propia sombra.
Las actas que narran la peripecia de esta singularísima personalidad hispana camino de la santidad son una secuela de aventuras ocultas en el mundo interior que remedan los libros de caballería los cuales ella tanto gustaba de repasar en sus primeros días. Una misteriosa fuerza guía su alma apercibiendola hacia un objetivo de gloria que alcanza por senda de abrojos y de padecimientos. La salud no era buena y acaso padeciera de gota coral. En uno de sus ataques la dieron por muerta pues yació cuatro días de cuerpo presente y con la sepultura abierta y esperando las exequias que le habían aparejado sus compañeras de la Encarnación se salvó gracias a su padre.


Don Álvaro revela su ascendencia judía cuando sigue tomando a Teresa amortajada el pulso exclamando para que le oyeran los del duelo: “Mi hija no está para enterrar”. Por lo común, los hebreos en la edad media eran médicos y cirujanos. Recuerdése que su padre, esto es el abuelo de Teresa, había sufrido proceso el 1497 por judaizante de acuerdo con lo que revelan las actas de la Inquisición de Toledo. Fue condenado y más tarde habilitado pero toda la familia se desgaja, una rama salió para Ávila y otra para Tordesillas. Algunos primos quedaron en Toledo. Ya estaban en Talavera cuando ella va desde la Encarnación en romería a Guadalupe a hacer una ofrenda a la Virgen por sus hermanos que peleaban en América. Los visita y es muy agasajada. Allí profetiza a una de sus sobrinas que un día profesaría en el convento de Toledo.  Por la Ciudad Imperial siente una predilección especial. Era lugar de sus amores. No se puede decir lo mismo de Avila, de su nacencia, a la que aborrecía no tanto como a Segovia, la villa hermana, pues en ambos pueblos le tocó mucho que sufrir. “Ni el polvo de las zapatillas” llegó a decir de la Ciudad del Acueducto en una ocasión cuando las malas lenguas la acusaban de que tenía a san  Juan de la Cruz por amante.
Al cabo de un año en La Encarnación no le prueba y don Alonso ha de sacarla pues su salud se agrava. Habían oído hablar de una famosa saludadora. Seguramente sería la Vidente del Barco de Avila, la que trató al emperador camino de Yuste y al que prometió cuando ya estaba casi al pie de la sepultura largos días y anunciandole que no dejaría este mundo “sin ver colmados sus deseos de ser  coronado emperador en Jerusalén”. Murió el augusto personaje, que venía de vencida casi a los pocos meses, pero ello no era óbice para que esta pitonisa gozara de gran fama y dinero. Seguramente era una judía conversa de la calaña de Celestina, versada en las enseñanzas del Jeziráh[16]. No fue escaso en este tiempo el grado de virtud y de fe pero tampoco menguaba la superchería y los agüeros. Los curanderos, tanto o más que ahora, estaban de mod.  Para curar el mal de ojo, profetizar el porvenir, y hacer limpiezas exhaustivas de las fuerzas negativas. Sus procedimientos quirúrgicos y las recetas eran asaz traumáticos, que en vez de sanar ayudaban a morir a los enfermos que caían en sus redes. Prescribían rabos de lagartija, apósitos con pieles de conejos desollados vivos, electuarios a base de lechuga en pisto con picos de lechuza y uñas de jabalí y astas de rinoceronte, la “Viagra” de entonces, que es lo que se dio a Carlos V para remediar sus impotencias. Las composturas de los huesos partidos eran singularmente dolorosas a fuerza manipulaciones y estirones de los miembros lisiados. Someterse a estos matasanos era como sentarse en el potro del tormento para remate acabar descoyuntados. Porque si alguna vez curaban a alguien era más a resultas de la autosugestión que de los conocimientos mecánicos de tales galenos.


Fueron hasta este lugar Teresa y una monja de la Encarnación, Juana Suárez, que la cuidaba pero no era temporada de curaciones y había que esperar a la primavera para obtener una tratamiento con las hierbas del campo. Deciden quedarse en la zona durante la invernada en espera de que el clima de Gredos pudiera beneficiar a la enferma. Le da albergue su hermana, como ya hemos señalado, y en este tiempo entretiene sus ocios leyendo el “Abedecario espiritual” de Osuna, libro iniciático para los que querían buscar a Dios dentro de sus conciencias. No hay que salir fuera sino entrar, abandonarse en sus manos, volver a la infancia espiritual, dejando todo de su omnipotente mano y que Él haga el gasto. No hay que ir muy lejos  para encontrarlo, porque está dentro del alma según la tesis del franciscano autor, sospechoso de iluminismo en su día. La perla escondida se encuentra en nuestra alcoba. Sólo hay que barrer un poco debajo de la zofra, como la Mujer del Evangelio. Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.
 
En abril de 1539 se pusieron en marcha:
Llevaronme con harto cuidado de mi regalo mi padre y mi hermana y aquella monja mi amiga que había salido conmigo y era mucho lo que me quería.
  La conducen a un pueblo de la sierra por nombre la Aldea de la Cañada  a la espera de ser recibidos por la  curandera de marras,  experta en pócimas y otras hierbas que por poco la envenena, amén de descoyuntarla, con sus ungüentos a la pobre Teresa a partir de plantas oficinales y la deja exangüe con sus purgas, sangrías y lavativas. Empeoró de todas todas. Sin embargo, nunca hay mal que por bien no venga.


Entretiene la espera la enferma con la lectura de una serie de libros que un tío suyo residente en Beceras le proporcionó. Este personaje que hace las veces de rabí o maestro interior va a ser determinante del curso de su espiritualidad. Entre los manuales aportados se encuentra el “Abecedario de Osuna”[17]que luego sería expurgado en el Indice de la Inquisición como cosa prohibida. El propio autor sería encausado como sospechoso de iluminismo.  En él aprendió la oración de recogimiento y de quietud. Hay otro libro importante en los inicios de su vida de oración que preconizaba igualmente le quietismo. Llevaba por título “La subida al monte Sión”. Lo firmaba otro franciscano, Bernardino de Laredo. Su filosofía copiada directamente de los manuales alemanes y del anónimo inglés del s. XIV abominaba de la oración vocal. Lo que hay que hacer es dejarse llevar, no hacer nada. Él nos guía. Por supuesto fray Bernardino tuvo problemas con el Santo Oficio. Este libro le fue proporcionado por otro converso devoto, Francisco de Salcedo, habitual del locutorio de la Encarnación, “caballero intachable y de vida santa”. Fue  mandada recoger la edición por el inquisidor asturiano Fernando de Valdés. “¿Quién la mete a Teresa en tales invenciones? ¿Para qué esos extremos y novedades de tanta oración y contemplación y andar escondida en los rincones y desvanes de la casa?”, clamaba la voxpopuli. Era el lenguaje del qué dirán, del congenial y convencional respeto humano.  Sin embargo, la voz interior le insuflaba al oído: “No temas que yo te daré un libro vivo”. La primera visión la tuvo el Día de san Pedro de 1560. Cristo le mostró sus manos y pocos días más tardes vio su divino rostro “dejandola tan absorta que no cabía en sí”.
Hasta entonces nadie había hablado de esto. Las relaciones con Dios tenían un sentido coral y litúrgico pero la gran aportación de los convertidos de la fe mosaica es ese voluntarismo capaz de enmarcar esas relaciones con el dulce Jesús en trato de tú a tú. Ya no es necesario ir a la iglesia sino que orar puede hacerse desde cualquier parte. “Entre los pucheros también anda el Señor”.  El planeamiento reviste toda una carga de profundidad contra la teología del sacerdocio y de los sacramentos, pero los conversos saben reconducir esta tensión hacia una renovación espiritual exuberante y cargada de matices barrocos que contrasta con la simplicidad del cristianismo medieval, más tajante pero más humano aun a costa de sacrificar la santificación personal a la de toda la comunidad. En el norte de Europa los discípulos de Lutero hablaban del “libre examen”. Y algunos predicadores en la cuerda floja realizan en sus sermones verdaderos encajes de bolillos para no caer en la paranoia heresiarca.
Acompañada de Juana Suárez anduvo por Castellanos de la Cañada hospedada en casa de una hermana suya a la que amaba mucho, María de Cepeda. Empieza a experimentar los sufrimientos, angustias “pues Dios la apretaba” de la vía de perfección. Los efluvios y don de lágrimas que guardó toda su vida se alternaban con las sequedades y ausencias suyas. Es una contradanza de ascensos y resbalones pero poco a poco va cobrando vigor en sus pasos el peregrino espiritual.


De este camino o peregrinación hablan todos los adheridos a esa unión espiritual desde los staretz rusos y la mandra kármica hasta los sufíes y sunnas musulmanas. Unos y otro se expresan casi con un lenguaje perifrástico de idénticos términos: castillo interior, asperezas, desprendimiento, el mundo debajo de los pies, verse a uno extraño en su propio cuerpo, hablas cósmicas, arrobamientos, la nube que flota, ansias de lo total, transfixiones y vulneraciones, unión con Dios, un vigor recibido de lo alto que la ayuda a soportar tormentos y tribulaciones de la encamadura áspera, por la cual ha de pasar, como si se tratase de un fielato de dolor, el alma antes de llegar a esa divina indiferencia etc.  Es lo que se conoce como infancia espiritual, la nube encastillada, la ligadura espiritual a la que se accede después de la vía contemplativa y purgativa. La unitiva es ya el remate de toda esta singladura, el supremo estadio. Al pie de  veinte años duró el tiempo de sequedad. Dice que en su pecho se libraba una reñida batalla para desasirse de todo y alcanzar el abandono en Dios.
Piloto de esta singladura particular fue aquel pariente del pueblo escondido en las montañas de Gredos el que los libros de oración le prestara pero otro de sus hallazgos fue el descubrimiento de las obras de san Agustín. Y luego hubo gran copia de asesores espirituales y de confesores por cuyas manos cual si se tratase de la arcilla del alfarero su alma iba pasando. A algunos estima un montón pero otras la confunden y merecen poco crédito.
Un tío suyo, Pedro Sánchez de Cepeda,  hidalgo que vivía viudo en Hortigosa, hizo las veces de maestro de conciencia que le inicia en la ruta. Acaso fuese un rabí críptico que olió la chamusquina con que el inquisidor amenazó a su padre. Pues salió este señor, como ya hemos dicho, de Toledo a uña de caballo huyendo de los cuadrilleros imperiales.
Ella muestra desde entonces una pasión contumaz hacia los libros. Hasta el extremo de que sin su concurso no sería capaz de entrar en trance.
No surtió ningún efecto la terapia de pócimas y de sangrías a su desmedrado organismo aplicada por aquella saludadora cuyo nombre no se señala; enflaqueció, estaba hética hasta lo increíble y muy postrada la moza. De su salud espiritual hay que apuntar que la experiencia sería positiva y determinante. Aquel cambio de aires en la sierra duró nueve meses los suficientes para trabar conocimiento con aquel tío suyo que debía de ser persona señalada y que gozaba de su retiro fuera de la gran trifulca teológica que agarrotaba a España. Imaginemoslo vuelto a sí mismo. Debía de ser que siguiendo la máxima talmúdica de no poner la vida dada por Dios al tablero por cuestiones de escasa monta en el estragal de la casa colgadas de las varas habría cecina, chorizos y longanizas, maniobra de despiste que esquiva la mirada de lo que se aguarda en los aposentos de adentro, las moradas, para decirlo en el idioma de la santa.


Allí en Becedas conoció a un cura que debió de prendarse de ella en el confesionario y que no debía de ser tan buen maestro espiritual como su tío siendo laico. Este hombre estaba hechizado y Teresa con sus oraciones le rompió el maleficio de resultas de llevar al cuello un amuleto que le había dado su barragana. Por orden de la monja lo tiró al río el sacerdote y como por ensalmo se deshizo el sortilegio. Moriría al año siguiente reconciliado con la iglesia. La vidente y confesada suya así se lo había anunciado. Le tenía aprecio sor Teresa a aquel cura y no le arguye a él de pecado sino que culpa a las “mujeres que suelen ser malas”. Despierta aquí el aspecto taumatúrgico, uno de los rasgos de su santidad, por el que se la compara a Catalina de Siena la cual curiosamente a la par muestra una raíz conversa. Hay muchas coincidencias con la mística italiana y también con la alemana, santa Gertrudis. Las tres santas mujeres fueron visionarias y venían de familias convertidas al catolicismo.
De regreso a su convento en la ciudad de los santos y de las piedras desahuciada por los médicos como apuntamos estuvo a punto de ser inhumada pero cuando ya la cera de los cirios funerarios despierta de su sueño y pregunta a su querido padre que por qué la habían despertado. Durante este tránsito epiléptico[18]y en estado  de catalepsia con el rigor mortis y ese aspecto de difunto que dan a veces los que padecen gota coral el que llaman padecimiento de los cesares vio el túnel del que hablan muchas de las personas que tuvieron esa misma experiencia. El mal de corazón y las calenturas de las que se queja en sus escritos pudieran ser interpretadas como paciente del fuego sacro, mal de san Marcial o san Antón, una especie de erisipela muy maligna y gangrenosa, común en aquella época. No pocos hospitales fueron fundados en España para acoger a los enfermos del temible fuego sacro.
De esa circunstancia data la primera visión. Se le apareció Jesucristo y le mostró los monasterios que habría de fundar y que salvarían muchas almas del infierno[19]. Padeció a su decir incomportables tormentos la lengua hecha pedazos y mordida a causa de los ataques toda encogida y sin pasar alimento. La enfermedad duró desde el día de la Virgen de agosto hasta la Pascua florida y durante la convalecencia permaneció tullida tres años.
Todo lo llevó con paciencia y quería soledad y oración pero en la enfermería con tanta publicidad no había aparejo dello, matiza. Se puso buena merced a la intercesión de san José. Entonces se le apareció el Señor atado a la columna procurando apartarla de la vana conversación.


Para reinar en el cielo hay que despreciar el propio cuerpo. Sufrir y padecer. Con dolores se edificaron los muros de Jerusalén. He ahí una manifestación del inveterado masoquismo hebreo, cosa que los españoles de ahora mismo serían incapaces de comprender[20]. Como dios sabe de nuestros gustos hiere en la coyuntura donde más duele. Ella, sin embargo, deseaba la salud. Al punto la abogacía del glorioso san José va a ser el remedio.[21]Le llama su ayo glorioso, el amigo que nunca la dejará mientras viva en la estacada. En el puerto de las siete revueltas que enmarca su camino tortuoso hacia la santidad él será siempre el valedor que acorre en todo instante a sufragarla.
Otra información que aportan sus escritos (lo deja con frecuencia caer al desgaire) es el menoscabo en que eran tenidas las féminas a la sazón. Se las hacía de menos. Los caballeros las amaban las protegían pero no las tenían demasiado en cuenta. Estaban al brasero bien guardadas y tapadas pero merced a los desvelos de esta real hembra ese statu quo de conveniencia empieza a dar síntomas de quiebra. Encontramos en la fundadora la plenitud de un feminismo incipiente de fervor católico que explica la razón por la cual las españolas empezaron a dejar la cocina tan sólo fuera camino de la iglesia. Todavía mantuvieron el velo pero ganaron consideración y aumentos como amas de gobierno.
Teresa se convierte en paradigma de mujer de rompe y rasga representante del ordeno y mando a lo divino. La religión sólo era un pretexto para romper amarras pues bajo los auspicios del glorioso patriarca José que le concede todo, nunca niega nada, acaba saliéndose con la suya. Apuntamos aquí uno de los enigmas de este corazón encastillado en la virtud que a la vez suscita ternuras apasionadas toda vez que espantos y prevenciones, por sus batallas contra el diablo celoso de que le arrebatase sus presas, por sus milagros y curaciones extremas. En su personalidad conviven sin aspavientos la cordura doméstica y el fervor de andar por casa con la locura de las visiones y las levitaciones. Los rusos la llamaría una yurodivia[22]. Estaba anegada dentro de Jesucristo en quien ve no sólo el esposo sino un auténtico libertador. Las simpatías y los odios que suscitaran prosiguen hasta la fecha porque hemos de escindir que España sigue estando dividida en dos. Sus mentores fueron los miembros de la nueva burguesía de orígenes oscuros y los detractores la miran con recelo por la falta de alcurnia. Dos ideas irreconciliables alentaban bajo un mismo pecho.


Ella era una mujer de fe. Infatigablemente “tenía puesta la mano en la aldaba del corazón”. Sin embargo, el maligno que no descansa infatigable en sus mañas trató de desbaratar su entereza por lo leve. A medida que fue ganando bríos en su convalecencia parece ser que siendo una costumbre muy social en Avila por tales calendas las visitas a los conventos[23]. Parece ser que ella se aficionó a dar palique a sus muchos admiradores espirituales tras la reja del locutorio pero en una ocasión al pasar por la portería del monasterio de la encarnación tuvo la visión imaginaria de Jesús atado a la columna llagado y con un brazo hecho girones que al pasar la miró haciendola recapacitar en su actitud y dice el biógrafo que estas distracciones inocuas en apariencia representaban los riesgos del pecado mortal porque el “alma iba de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad y de ocasión en ocasión”, tan fuerte fue la experiencia que mandó pintar la representación de aquel Ecce Homo que figuraría muchos años junto al torno del convento de San José. Otra vez durante la visita de un hombre vio como venía detrás de él un ser monstruoso. Era el diablo que se había disfrazado de sapo.  Lo tomó como un aviso del cielo y a partir de ahí dejó de dar vía suelta a sus antojos. Jamás olvidaría aquella visión.
Nunca cometió pese a todo pecado mortal ni cayó en la impureza conservando para siempre el galardón de la doncellez aunque en el corrillo de sus adoradores suscitara pasiones que nunca se podrían calificar de santas[24], pese a lo cual lloraría estas faltas leves como si fueran desacatos terribles durante sus días penitenciales, siguiendo el ejemplo de Magdalena, san Pablo, el Rey David, del que también fue ferviente devota o María Egipciaca, san Martiniano y otros muchos padres del yermo. En la historia de su vida encarece y exagera estas culpas ligeras que debieron ser insignificantes pero que repugnaban a su alma perfecta y llora como gravísimos delitos insignificantes que trata de expiar con aspérrimas penitencias. Explica Yepes que solía llevar bajo la camisa un “silicio” de hojalata que trucidaba sus carnes y a causa de las disciplinas tenía llagadas las espaldas. Imitando a algunos santos se arrojaba el cuerpo desnudos sobre una zarza o se encamaba entre matas de ortigas. Un día se le apareció Nuestro Señor que le pidiese de no andar a la reja del locutorio  puesto que “no quiero tengas conversación con hombres sino con ángeles”. Así de claro y tajante.


El cúmulo de penitencias debió de exasperar a algunos de sus paisanos. No paraban de murmurar tachandola de mojigata y ponían el ejemplo de una tal Mari Díaz que en aquella ciudad gozaba a la sazón de fama de santa sin que se tuviere noticia alguna de arrobos y de visiones intelectuales. Algunos de los confesores a los que consulta no sabían distinguir si eran trazas  diabólicas lo que le ocurría. Sufre horrores al no poder recabar un parecer seguro.
El provincial de los jesuitas, Francisco de Borja, de visita por aquellos días en la ciudad, le saca de dudas. Era un hombre principal “buen servidor de Dios”, letrado, como le gustaban a ella los guiadores de almas.
Sin embargo, el mejor espolique que tuvo en esta escalada de la perfección era el propio Cristo que a solas la hablaba. Unas veces se le aparecía atado a las columnas y otras sin verle escuchaba su voz y sentía su presencia.
Estando un día del glorioso san Pedro en oración vio cabe sí o por mejor decir sintió a N. Señor y veía que Su Majestad era quien la hablaba no porque le viese con los ojos corporales ni menos con visión imaginaria sino porque el mismo Señor le daba a entender que estaba allí pero sin mostrarsele.
Con la llaneza con que cuenta sus embelesos incluso los más recalcitrantes tendrían que rendirse a la veracidad. Es un corazón que habla, el de una pobre “mujercilla flaca y ruin y temerosa como yo” y no parece envuelto habida cuenta de la cordura de la santa en fantasmagoría y alucinaciones. Sus confesiones manifiestan sabiduría y familiaridad en el trato con Dios. Así que unos días las visiones son imaginarias y otras reales como la que refiere en el capítulo XXIX de su “Vida” refiriendo su acorralamiento e incomprensión:


Vime estando en oración en un gran campo a solas, alrededor de mí mucha gente de diferentes maneras, que me tenían rodeada, todas parece que tenían armas en las manos para ofenderme unas, otras dagas, otras lanzas, otras espadas, otras estoques muy largos. En fin yo no podía salir por ninguna parte sin que me pusiese a peligro de muerte y sola sin persona que hallase de mi parte. Estando mi espíritu en esa aflicción, que no sabía que hacer, alcé los ojos al cielo y vi a Cristo[25]no en el cielo sino bien alto de mí en el aire que tendía mano hacia mí y desde allí me favorecía de manera que ya nada temía a la otra gente, ni ellos aunque querían me podían hacer daño.
Nada podrá el mundo contra la virtud aunque parece que tengan todas las armas de su mano. Dios lo puede todo. Fue la peor persecución que tuvo y venía de parte de sus amigos y parientes en su ciudad natal, pero de Jesús también decían lo mismo en Nazaret sus paisanos. ¿No es este el hijo del carpintero? Esta idea de la divinidad socorriendo al pobre y al desvalido es una constante soteriológica de raíz profundamente cristiana y es la filosofía central del canto del Magníficat.
El demonio quiso contrahacer tales visiones haciendose pasar por el Salvador pero por ciertas señas colegía que la luz no era la misma ni la majestad aterradora que inspira el Salvador de los hombres. Dichas declaraciones son una demostración apodíctica de las ardides malvadas del príncipe del mundo con sus marcadas tendencias a seducir pues se hacía pasar en el paroxismo de la impostura por sensato. Por eso le llaman separador y mentiroso. Porque finge de lo que carece. Los santos poseen un olfato especial para advertir su presencia. Ella es una de las pocas personas privilegiadas que han visto al Señor y tanto impresionó su imaginación que encargó a un pintor de cámara, Juan de la Peña Racionero, salmantino y amigo suyo, que plasmara aquella imagen en un cuadro. Que poco tiene que ver con aquel retrato que de la Madre hace fray Juan de la Miseria que tanto le desagradable pues la sacó vieja y pitarrosa y más fea de lo que era, pues siempre se tuvo por hermosa.


Estas mercedes divinas en que su Amado se le mostró en su naturaleza radiante con el diablo intentando contrahacerlas, reconducirlas, o imitarlas, porque algo temía y quiso llevarse el gato al agua duraron tres años. Al cabo se le apareció aquel famoso serafín, pequeño más que grande que esgrimía un dardo de fuego con que horadaba las entrañas penetrando con placer y al mismo tiempo dolor, que tiene todavía intrigados a los estudiosos de la psique humana. Es evidente que hay en esa descripción similitudes de aspecto sexual habida cuenta del erotismo con que se describe la visión del heraldo celestial y cómo la trata. Un confesor, esta vez jesuita, le ordenó bajo pena de excomunión de resistir a tales visiones por sospechar de  demonio[26]. Y aquí tenemos a la buena de Teresa, en cumplimiento de lo que su padre espiritual la ordena, dando higas, esto es, haciendo con los dos dedos el signo del macho cabrío, cuando aparecía Jesucristo por la puerta de su celda.  Debía de sentir escrúpulos porque llegó a pensar de que se estaba burlando de su mismo Dios y Señor con tales gestos más que de monja recoleta de verdulera del mercado de los martes, pero ella se debía en todo a la obediencia. Le pedía al verlo tan lastimado que la perdonase puesto que lo hacía en aras de sumisión a la voluntad de un superior, pues para ella el confesor era el representante de Dios en la tierra.
Y pudiendo su Majestad dar luz a los confesores para que conociesen que era él, el que tan amorosamente se aparecía y regalaba a su sierva, permitió que en esto se engañase, para que se entendiese que en esto eran hombres, y ella más que mujer, pues probada con tan rigurosos mandatos, obedecía como un ángel, no paró aquí su trabajo, que como los confesores, habían aferrado en que era demonio, no se contentaron con las pruebas que habían hecho, sino que trataron también de quitarle la oración. Y de esto escribe la santa que se había enojado Cristo, y les dijo, que les dijese que aquello era tiranía.
Sintió la llamada y la siguió pero nunca pudo desceñirse del talante de la astucia. Sus reacciones aparentan candidez pero en todas ellas hay una intención secreta para defenderse de las imputaciones de supercherías. Era tiempo de videntes y de pitonisas. Por doquier afloraban monjas extáticas y vulneradas, enajenaciones y raptos a cargo de la gente simple que sin conocer el Evangelio del todo se apasionaba por todo lo relacionado con la teología.
Ella pone, para guardarse las espaldas, en boca de Jesucristo, que se le aparece, algunos reparos a los confesores díscolos que la hostigan y maltratan o simplemente sospechan. La confesión auricular viene a ser una prolongación del brazo largo de la Inquisición, genial método de control de las conciencias. Consigue con sus añagazas burlarlos o encandilarlos. Aquí se manifiesta el talante libérrimo e independiente de esta mujer que acaba casi siempre saliéndose con la suya. Era muy santa pero también muy lista. Siempre da muestras de su ingenio y de sentido común, nunca de torpeza y tal vez esto prueba que dios estaba con ella. Argüida de embustera, y menudeando las críticas contra su persona, no merma por ello su deseo de sumirse en el inmenso mar del amor. Orquesta la huida hacia delante.  Teresa se desentiende, se ensimisma, no hace caso.


Para vencer al príncipe de las tinieblas, a menudo embutido en un roquete de clérigo que se sienta en el fielato de pecados y penitencias, traía siempre comigo una cruz. En ella aparecieron un día misteriosamente tres gemas preciosas, para maravilla y embeleso de algunos lapidarios que no pudieron explicar este desacato a la luz de la razón y lo atribuyeron a arte diabólica. Ella ganaba la partida al tentador al grito de “vade retro”. Cristo en persona le había regalado una cruz de su divina pasión con un engaste de perlas preciosas.
Las dudas se prolongaron durante casi tres lustros y al cabo de este tiempo de examen durante el cual el Maestro de Justicia acendraría su virtud como el oro en crisol de platero aflojaron las dudas y embelecos. Cesaron las hablas, Avila se volvió muda después de los trastornos que conmovieron a la villa con motivo de sus trances, remitió la general hostilidad que habían suscitado sus intentos de reformas. Le quedaban otros muchos bancos de pruebas, sobre todo Sevilla, donde la tribulación fue aun mayor, porque allí estuvo a punto de seguir los peldaños del cadalso, émula de otra veora famosa, Magdalena de la Cruz, que quemaron por impostora. La santa siempre siente escalofríos al recordar los ardores del sol andaluz que estuvieron a punto de abrasarla y de perecer su reforma.
Mas por el momento, entre sus paisanos, enmudeció el vilipendio de los detractores, “subió la luz a su lugar, que deshizo la niebla, declarase la verdad” y Teresa no volvió a ser importunada. A partir de ahí comienza un trienio glorioso de celestiales dádivas (levitaciones, arrobamientos, visiones intelectuales e imaginarias, transfixiones). Se le aparece Cristo en persona, varios ángeles, la mayor parte de los profetas, san Martín y san Andrés y a santo Domingo de Guzmán al que vio en una cueva de los desmontes sobre el Eresma. Gozó de la presencia de estos seres extraterrestres con evidencia que llaman los teólogos atestiguante, que es un grado menor que el que se permite a los bienaventurados que rodean al Padre en cuerpo glorioso. Subió con san Pablo al tercer cielo y así nos lo dice, describe a la Trinidad representada por un hermoso mancebo unas veces y otras como una paloma, pero no como las de la tierra, más blanca, y con tres joyas preciosas refulgiendo al batir de sus alas.
Explica cómo puede ser esto con la parábola del agua que siendo de naturaleza pesada y material al contacto con el fuego se vuelve nube. Así el alma que ve a Dios se transforma, tiende a levitar, a perder los estribos y soltar las amarras que la constriñen a la materia, y empieza a subir a una atalaya desde donde se descubren las laderas del principio y del fin, la personalidad se desdobla, los cabellos se erizan, el aliento pierde huelgo, las canillas parece que se parten, el corazón de ternura se esponja y las piernas flaquean bajo el dominio de la celestial embriaguez.


Los raptos le dejan sin sentido y duran horas y hasta días enteros. El propio Padre Yepes su biógrafo asistió a algunos de ellos. La madre fue izada de repente hasta la altura de una de las ventanas del coro tras recibir la comunión y quedó en transporte, su cuerpo se mecía como partículas de polvo en suspensión bajo la caricia del sol oblicuo que penetra en una sala, o plumas en las alas del viento. La frenología es aun ciencia en mantillas y puede que esta quiebra momentánea de las leyes de gravitación universal pueda ser explicada por alguna causa psíquica aun no desentrañada. Hay conductos de la mente, y en el cerebro humano todo es químico, que yacen oscuros. No se ha descubierto todavía la causa por la cual los sonámbulos son capaces de andar kilómetros sin perderse o los beodos aciertan en el camino de retorno al hogar teniendo enajenados todos los sentidos. ¿Tuvo que ver la gota coral que padeció desde niña con estos trastornos y elevaciones?
 
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CAPITULO III
1) Una frágil salud de hierro. Los éxtasis mejoraban su condición.- 2) Cuando el diablo termina por cansarse en su afán de dar a la Santa carena. Sin embargo en su ciudad natal la ponen motes; la llaman maga, jorguina, histérica.- 3) Quibla coránica. Moriscos y marranos siguen practicando en secreto sus creencias.- 4) El cisma luterano.- 5) Símbolos y picotazos del águila calva de las Rocosas.- 6) Telequinesia. Familiaridad con ángeles y con santos. Comunicados con el más allá. Estuvo con su hermano Rodrigo confortandole en los últimos momentos mientras agonizaba en Buenos Aires.- 7) Llevó a Jesucristo esculpido en los senos.- 8) Expurgos y milagros.- 9) Los clérigos al principio pusieron en duda sus locuciones con el cielo.- 10) de lo que le aconteció durante una sermón en la iglesia de los dominicos de Santo Tomás de Avila.
 
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Entonces la noticia de todos estos sucesos pasmosos que ocurrieron en el convento de La Encarnación tuvo a la ciudad en vilo. Fervores y recriminaciones se alternaron dividiendo a los abulenses en dos bandos (más tarde también España quedaría seccionada en dos facciones por causa de esta santa como hemos visto en la gran polémica sobre el compatronato, piedra de escandalo de la católica nación durante el s. XVII), hasta el punto de que ella misma pidió al Señor que no le granjease aquellas mercedes que ponían su nombre en entredicho. Ella no quería ser centro de atenciones. Parece ser que sus plegarias encontraron acogida allá en lo alto y no volvió a experimentarlos con la misma frecuencia e intensidad de antes. Sólo lo sintió por una cosa pues dice que durante los raptos cesaban al punto todos los dolores de su cuerpo. Está demostrado que cada vez los tenía su salud mejoraba.
El vulgo, unos la adoraban, otros condenabanla por hechicera y farsante y algunos la compararon con alguna de las jorguinas o videntes tan populares en la época de Felipe II; con lo que habiendo cesado los arrebatos espectaculares la gente que es de habitual murmuradora empezó a dejarla en paz, lo mejor que le puede ocurrir a un verdadero místico, siempre en guardia contra la publicidad. A la Madre le gustaban poco las cosas de la tierra, lugar de destierro pues como decía el paso del alma por este mundo no es más que una mala noche en una mala posada, y de posadas incómodas ella sabía algo a efectos de su trajín andariego.
Por fin tuvo señorío sobre los diablos y las cosas del mundo “que no se me daba dello más que de las moscas”. Volvió a las soledades claustrales y se convirtió en ese pájaro solitario sobre el tejado que cantara el Rey Poeta: “Vigilavi, factus sum sicut pásser in tecto”[27], para gozar de esa forma más del Esposo a sus anchas.


Todo cuanto cuenta y cómo lo cuenta responde a ese concepto especial que han tenido los hispanos, nacidos en un solar que ha sido caleidoscopio de razas, del cristianismo táctil, humanado, sensual, con todo el recargamiento barroco de los retablos que estallan y se retuercen en columnas salomónicas y enramadas de parras de corinto, de nazarenos compungidos y vírgenes traspasadas de siete cuchillos portando en andas, angelitos que vuelan y toda una cargazón y granazón simbólica de la prosa mística que es como un estallido. Dios entre por los sentidos, apele a los ojos. Es un modo de entender la religión más visceral que racional, donde el dogma se vuelve espectáculo y auto sacramental, para confutar el error, para arrancar las malas hierbas que crecían en este jardín espiritual de la Piel de Toro y para ahogar los resabios del fanatismo sarraceno o alzarse sobre la ostentación exhibicionista del converso, que tuvo que aparentar y abjurar de su vieja en pública, aunque de puertas adentro la siguiera practicando. No sabemos lo que ocurría dentro de los patios, pero las longanizas colgaban en el estragal y las santas imágenes velan en los arcos cimbrados de las portadas. Se da la ocasión de una doble fe, pero bajo este caparazón subyace una obsesión por los dineros y las rentas que hicieron posible esa plenitud. Los sarracenos que solían morar en las casuchas en torno a la iglesia de Santiago, reducto morisco en la Avila coetánea a estos hechos, seguirían practicando en secreto sus ritos: cuatro prosternaciones diurnas y la llamada a la azalá en que el almuédano convocaba a los creyentes a la oración del “izdán”. Su voz quedaría ahogada por el tañido de las vibraciones del bronce en los campanarios cristianos convocando a vísperas pero los fieles al Profeta, que programaba un código de vida más fácil porque demandaba menos renuncias y prometía y permitía el deleite, seguirían enhiestos en sus viejas prácticas. Es un credo el suyo más fácil de aguantar, halaga los sentidos e incluso deja algunos cabos sueltos a la hora de pactar con los bajos instintos. De origen selenita en el corán la luz del sol parece que se refracta y rinde pleitesía a la parcialidad. Eligieron por día santo el viernes que era el dedicado a Venus en la antigüedad. Por eso el moro puede resultar lascivo, vengativo e incluso perverso. Dentro de los patios sonarían  las recitaciones anhelosas de las suras coránicas como una aceptación del destino inexorable con miradas para la quibla de los preceptos orientando sus tumbas hacia el naciente y enterrando a sus muertos de medio lado. No admite réplicas. Es un lo tomas o lo dejas. Si no crees en Alá eres un perro. Como no le adores te paso a cuchillo. Y sus sacerdotes en las mezquitas rezan inclinados ante el Corán puesto debajo de un repostero verde del que cuelga una espada. Y en los cuernos de su luna apunta algo siniestro. Con todo no se explica el fácil arraigo que tuvo y la súbita propagación que tuvieron las prédicas del Profeta arrebatandole clientela al cristianismo y espacio vital. Hay quién ve en esta excepcional propagación del credo muslímico una punición divina por los pecados y desavenencias de los cristianos.
Y a pesar de todo,  bajo esta complicada parafernalia late - y aquí viene otro de los enigmas- un anhelo de evasión de la realidad, menoscabo de las cosas del mundo que son todas perecederas.  Y el enigma puede explicarse por una serie de claves biorrítimicas. España, en estado de éxtasis, un fenómeno psíquico  que parece una desconexión con la inteligencia,  se había convertido en símbolo de la victoria de la cruz cuando sobreviene el cisma luterano. El triunfo sobre el elemento semita había costado ríos de sangre desde Guadalete a Santa Fe, varas y varas de tela para los crespones de luto, mares de lágrimas. Ocho siglos de pelea. La reconquista es un tiempo enardecido. En ninguna otra época ni nación se había producido un triunfo tan rotundo de la cruz sobre la media luna y las tablas mosaicas. Esto no se lo perdonarán a nuestra España los que aspiran a un gobierno mundial. No olvidarán que aquí sufrieron una derrota las fuerzas oscuras.


El aguila calva de la Unión es calco simbólico del águila caudal multípara y nutricia de pueblos que campea en el escudo de los Reyes Católicos ostentando en el pecho los escudos de los siete reinos y debajo, cabe un flanco, el yugo de la labor y las flechas del poderío. Se ha suprimido en la enseña estadounidense el yugo que unce a una empresa común sustituyendo al amor por el miedo, como si dijéramos, y al aguila calva de las rocosas se la alargaron las garras que aprieta en sus zarpas como si fueran misiles en su aljaba, mientras el pico es más curvo y pugnaz, apéndice de un animal carnívoro con ojos que amenazan como los del basilisco. Son dos formas diferentes de concebir el imperio. Mientras el aguila de Patmos acoge a los pueblos bajo sus alas, el aguila masónica de Jefferson los devora, pero también el águila calva de las Rocosas caerá un día abatida a los pies de su ballestero correspondiente.
La hija de los Cepeda viene al mundo sólo unos meses más tarde de fallecer Fernando de Aragón, artífice de la unidad patria, en el seno de una familia de sangre nueva, pero que siente en sus venas la pulsión de ese ardor mesiánico de Israel perfectamente injertado a la cepa hispana. Ese fue un poco nuestro triunfo de gloria y nuestra gala y ahí reside una de las claves para explicar el mito teresianista, que las tres culturas se transfundan y adunen. Nunca pudo sonar con más propiedad que aquí el dicho de “ex pluribus unum”. Cuando yo muera todo lo atraeré hacia mí que dijo Cristo. Ese es el sueño. Y, atención, esta especie de enajenación de todo un pueblo fuera de sí y adorando al verdadero Mejías, Jesús de Nazaret, que mejoró la ley de Moisés y de Mahoma supuso un esfuerzo tamaño, que deparó nuestra decadencia. Mi reino no es de este mundo. Ahora de lo que se trata es de invertir todo ese orden sustituyendo el empeño de sueño mesiánico en la tierra que simboliza el aguila de Patmos elegido como representación de España. Su hermanastra el aguila calva de las Rocosas amenaza. Sus revoloteos en semicírculo en ceñida sobre la geografía son el aviso de ataque contra el orden católico. Nunca perdonarán tampoco a Teresa.
Las visiones, una suerte de entrada en el mándala, el círculo blanco de los hindúes y en ese estado sobreviene el crepúsculo del pensamiento y al que se extasía ya todo le da igual porque alcanzó las cumbres de la indiferencia, desasimiento, desapego, que tuvo la Santa a los no iniciados les sonarán a extraña algarabía, porque estas cosas al querer entablar una apologética del mundo católico equivalen a un hacer la higa a la razón. Ellos dicen que vivimos en el mejor de los mundos posibles y más allá de lo que se ve se extiende el campo de la duda. No entienden el lenguaje divino y, como explica San Juan de Avila en una carta personal a Teresa de Jesús:


No tienen razón los que por sólo esto descreen estas cosas, porque son muy altas y parece cosa increíble abajarse la majestad infinita a comunicación amorosa con una de sus criaturas. Y así he visto a muchos escandalizados de Dios en sus criaturas, y como están muy lejos, no piensan hace Dios con otros lo que con ellos no hace.
 Sin embargo, ella se interna en un inmenso laberinto de fenómenos paranormales que constituyen casi una vivencia cotidiana, contada con la naturalidad y despejo que le fueron propios, como lo pudiera hacerlo un ama de casa que hace inventario de sus existencias en la alacena o de las enfermedades de sus críos. Esa era Teresa: una española que no se parece al resto y las cosas que dice son tan sabrosas que “no saben al entendimiento de mujer, que de ordinario suelen ser cosas rateras de poco tomo y sustancia”, agrega Yepes.


En este tiempo se consuma el matrimonio espiritual y ella navega a velas desplegadas por el océano del Verbo humanado al que trata con la familiaridad de un buen marido. Cristo se le aparece en persona y le muestra un día el infierno y otro el purgatorio[28]. La meditación sobre los pasos de la Pasión representa para ella una fuente de delirios. ¿Realidad objetiva o proyección formal de nuestra personalidad atávica? Teresa en sus visiones corporales llega incluso a tocar con las manos los clavos y las espinas, palpa con el tacto el haz de azotes o vérbera con que fue flagelado el Salvador. Observa cómo comparece entre salivajos y abucheos en el pretorio. Experimentar todas las sensaciones que hubo aquella tarde del primer Viernes Santo en el Gólgota, escucha los diálogos de los soldados y ve al centurión nervioso porque se hace tarde y entiende las blasfemias en hebreo que pronunciaron los sayones. Percibe el clamor de la turba envalentonada y descreída y hasta acude a consolar a José Arimatea que presencia las escenas del Calvario desde lejos. Luego, en otra secuencia de milagros cuenta con el privilegio de ver a Cristo resucitado y a los apóstoles los conoce por el nombre y por el rostro y pudo saber por telequinesis la fisonomía de muchos santos. Entre ellos les había hermosos y hombres y mujeres de una humildad supina. Hablaba por conducto del don de la glosolalia recién otorgado con todos ellos, en arameo, en francés, en alemán, en griego o en italiano. Desfilaron por su retina los diez mil mártires de la Legión Tebana. Pudo comunicarse con sus padres, don Alonso y doña Beatriz de Ahumada que estaban en el cielo y a su hermano Rodrigo - otro portento de bilocación- pudo asistirle a la hora de la muerte cuando expiraba en Buenos Aires víctima de una flecha enherbolada disparada por un indio. ¡Cuánta fe! Vivía en la amistad del Criador que invitaba a Teresa a su casa. Y a la Trinidad, siguiendo este orden de gracias particulares, pudo diquelarla. Se le apareció en forma de bello mancebo que le regaló su túnica llena de perlas, una de las cuales fue a parar a don Rodrigo de  Toledo, Duque de Alba, que la portó a manera de escapulario en Flandes durante sus campañas[29].
El rocío celestial se desparramó por su vida y era como si llevase a Xto esculpido en sus senos. Teresa no queda libre de algunas demasías en que incurrieron no pocos alumbrados de aquella centuria que se jactaban de amar a Dios en el delirio del paroxismo de los desposorios místicos como si a un verdadero galán se tratara hasta el punto de sentir celos de la Virgen María o de María Magdalena a la cual cumplió el honor de acariciar su cuerpo y de ungir sus pies.
Eran celos piadosos, claro está, pero no por eso se desciñe toda esta atmósfera de un calido vapor sentimental, que causa extrañeza a un cristiano de nuestra época donde los sentimientos religiosos tienen resonancias diferentes o van por otros cauces. Por ejemplo, cuesta entender muy bien esto del purgatorio o el de las llamas del infierno, tema inagotable de los predicadores del siglo XVI ora católicos ora protestantes. Entonces se tenía a la divinidad acotada, para uno propio en uso exclusivo, encerrado en el Sagrario donde se reservaba el derecho de admisión. Ahora la horma es más intelectual, se siente de otro modo la presencia del Salvador en la historia aunque sin llegar al “enjesusamiento” de los reformistas que tuvieron sus precursores en lo caterinati y los jesnatos, movimientos místicos italianos del s. XIII.
Gritos entusiastas que hacía exclamar a algunas novicias en el coro “quiero tener un hijo tuyo” y en algunos conventos se sentían los jadeos del orgasmo místico y a otras, dominadas por pujos de celotipia espiritual, exclamaban ante una talla de la Virgen: “Tú eres su madre, yo soy su esposa”.
Ella miraba para una de las santas mujeres con cierta prevención hasta que un día expresamente mandó a decirla Jesucristo en una de sus comunicaciones:
-A ésta la tuve de amiga cuando moré en la tierra, pero a ti te tengo de amiga viviendo en el cielo. Soy todo tuyo y tú toda mía. Yo me llamo Jesús de Teresa.
La colación de tales arrebatos parece que fue expurgada del Libro de Su Vida. Aun así Yepes de ellos da cuenta y comenta que el 24 de julio, fiesta de la famosa penitente, siempre solía Teresa recibir gracias especiales.


A exabrupto suenan tales mociones a oídos contemporáneos, poco afinados para familiarizarse con estos agudos de la algarabía. Por ello se comprende el escandaloso impacto que debieron de provocar entre sus contemporáneos puesto que ya va dicho que la linea de frontera entre la aberración y la corrección se delimita con muy delgado muro. A no ser por los buenos oficios de algunos prelados como Pedro de Alcántara, el provincial de los dominicos, García de Toledo, de san Juan de Avila que supervisa algunas de estas visiones, o del Inquisidor Salazar que fue lenible juez para con su persona, o el jesuita confesor suyo que la avala, o la ilustre Guiomar de Ulloa de linajuda y piadosa casta que la encubre es muy probable que Teresa hubiese caído al otro lado de la cerca, o que no hubiese entronizado en los altares.
Dios estaba con ella, a pesar de estos excesos. La obra de las fundaciones así lo demuestra. Fue un tejer y destejer el hilo de Ariadna con la rueca siempre a punto el crucifijo a mano para acometer la batalla contra una serie de dificultades de carácter diabólico y en cuya resolución vuelve a verse la intervención divina.
Es la fundación de su primer monasterio el que topó con mayores resistencias, venidas  de sus conterráneos. Se cumplió el axioma que pregunta quién es tu enemigo a la que corona la respuesta del de tu oficio. Fueron los curas y los frailes de su pueblo en comandita con un sector del pueblo los que trajeron por la calle de la amargura.
Cuando propuso a sus hermanas de la Encarnación la idea de volver a la pureza primigenia de la orden establecida por san Alberto en 1171 siguiendo el modelo de Hilarión y de Basilio con una regla durísima que fue mitigada por Inocencio IV en 1431, algunas hermanas casi la tiran de los pelos. Iban diciendo por ahí que si estaba loca.
-Tiene ganas de figurar y recaudar las rentas de la fundación.
-Mira la beata ésta con sus arrobos.
-Eres  embustera e hipócrita.
Hubo de sufrir especies y puyas de esa índole. Teresa nunca perdía la calma. Una vez fue a escuchar un sermón pronunciado por un dominico en Santo Tomás. El predicador se despachó a su gusto y miraba con ojos fulminantes hacia ellas lanzando invectivas y andanadas contra aquellos que dicen ver a Dios y a la Virgen. Fingen raptos con ánimo de figurar traicionadas por su soberbia.
-No se salvarán por muchos rosarios que recen. Y pasen las cuentas de los dieces de padrenuestros que tenga un trisagio. En vano sus súplicas. No les servirá de nada. Caridad es lo que hacen falta. Amor a los hermanos.
Suele acontecer que estos murmuradores farisaicos reclaman del otro una caridad que nunca practican viendo sólo la paja en el ojo ajenos. El bueno del dominico parecía estarse predicando a sí mismo. Subía al púlpito para escucharse y recomendando la caridad y el amor fraterno seguramente que no las ponía en práctica jamás.


Una hermana de la Santa que acompañaba a Teresa a aquella novena se revolvía en su banqueta cerca del hachero  enfurecida y estuvo a punto de increpar al cura o salirse de la iglesia. Sin embargo, la aludida escuchaba con atención y compostura, como si las invectivas y anatemas que lanzaba aquel energúmeno no fuesen con ella, aceptando con humildad el mortificante varapalo.
La soberbia e impertinencia es mal arraigado que arranca de muy atrás y suele encaramarse a los púlpitos. Con el mismo tesón hoy que ayer y para escandalo de muchos cristianos. Se percibe un cierto abuso de poder, falta de tacto en estos priostes echacuervos  que más que ejercer su ministerio ostentan una poltrona. Peroran y catequizan sin ton ni son, émulos de Fray Gerundio de Campazas, parecen jatibes o imanes -los moros no sólo trajeron a España las jotas sino también los púlpitos a la religión- fundamentalistas. Hay en estos oradores una falta de decoro y una insolencia que tiene poco que ver con la doctrina sino con sus conveniencias y encaramados en el estrado vociferan jupiterinas que parecen a Zeus tronitonante desde el Olimpo. No parece sino que utilizan su ministerio para rienda suelta a su cólera o sus apetitos de poder. Dan de esa forma una pobre impresión. Y lo malo, que ese bajo estilo de jatib echacuervos impregna a los catequistas de la democracia. El diablo no sólo se ha metido a cura a la polaca sino que lleva ya bastante tiempo ejerciendo el periodismo. Todos imitan al monstruo sagrado donde tiene su podio el ministerio de la verdad y de la mentira que son la Sienén y el Njoqtaimas, emporios de la noesis al servicio del dinero.
A quien esto escribe, que es de siempre muy devoto del rosario, le ocurrió una experiencia tan pesada como tuvo la Madre en 1571- esto era en la primavera del 2000- cuando un párroco de Asturias que yo tenía por persona piadosa empezó a despacharse a su gusto contra el rosario:
-Aunque reces veinte rosarios al día no te vale nada- decía don Aniceto.
Y yo quieto.
Él no rezaba ninguno porque lo ha suprimido por las tardes. Hasta que él llegó el eco de las avemarías se esparcía por las bóvedas de la “catedral vaqueira” que así llaman al templo de San Martín de Luiña. No obstante, esta gloriosa devoción fundada por Domingo de Guzmán es tenida en menos por algunos de la Curia post conciliar.


Me mortificó mucho con sus palabras, pues él conocía que me ofendía, y yo no sabía dónde poner los ojos ni para donde mirar si para el techo o para el retablo. Creo que estuvo más de cinco minutos lanzandome andanadas, trágame tierra. Aquel orlando furioso debía de haberse enterado a través de las mujercillas que le hacen corro y don Aniceto por aquí y don Antonio por allá, que dicen tiene buen cartel entre las vecinas y poco respeto por la mujer del prójimo, y declaró su disgusto al enterarse de que hay “uno por ahí que reparte rosarios de cuerda con sartas blancas que relucen por la noche, pertenece a la cesta de Amparo y es un borracho” y eso no está aprobado, no son benditos. Yo los suelo repartir entre los enfermos y allí donde barrunto algún peligro o añagaza del enemigo del género humano. Le debió de molestar por creer que atentaba contra sus competencias de padrinazgo espiritual entre su grey y por eso echaba sapos aquella mañana en misa de doce. ¡Vaya por dios!
Sólo le faltara pronunciar mi nombre y apellidos poniendome en ridículo ante toda la congregación. Estuve en un tris que no me levanto y abandono la asamblea en medio del Santo Sacrificio. Una fuerza me retuvo, aunque al salir me mojé bien los dedos y la frente en la pila del agua bendita, para espantar los malos pensamientos, que me dieron ganas de contestarle haciendo uso de las prerrogativas constitucionales del derecho de réplica, aunque parece ser que en la Iglesia del post Vaticano II se ignora esta norma y los curas siguen predicando que se quedan solos, diciendo niñerías, como en tiempos de poco después de Trento, o abrogandose el autobombo y platillo. Se siguen escuchando a sí mismo y a sus monsergas. Y menos predicar y dar más trigo. El maligno odia esta práctica devota que salvó a la catolicidad de tantos peligros.
A diferencia de Teresa yo no soy sino un pecador pero en medio de mis aflicciones y sufrimientos a causa de la impostura circundante también me refugio en el corazón de Xto. Sea el mi refugio y fortaleza.
No sé ni como me contuve de salir corriendo pues vi como a aquel clérigo por nombre Aniceto que movía los brazos debajo de la estatua de san Martín y le habían salido de entremedias de la casulla como dos cuernos y en los zapatos sendas pezuñas. Estaba puesto de pie sobre una salvadera de azufre.
Los problemas continúan siendo los mismos casi medio milenio después por culpa de algunos de sus más indignos ministros. Se escuchan en los sermones demasiadas tonterías y habiendo tanto desacato al dogma y a la moral y  se permite utilizar los templos como lugares de conciertos y hasta se les ha habilitado para acoger las protestas de los emigrantes de arribada, y ninguna voz se alza contra la depravación de nuestras costumbres, ni hay nadie que se atreva a excomulgar a algunos profazadores del Salvador en los ámbitos publicitarios, pues España está siendo pavorosamente descristianizada, ahí tenemos a muchos sermoneadores haciendo encajes de bolillos y arguyendo de colusión con el maligno a los que buenamente tratan de invocar el nombre de María en esta hora difícil.


Al igual que entonces ahora corren tiempos recios. Se escuchan muchas niñerías desde los ambones[30]que están siendo utilizadas de tornavoz de las consignas del anticristo porque el medio es campo abonado para las potencias del contubernio. En unos aumenta la transigencia con las niñerías y sus prédicas resultan cursis. Otros simplemente se van por las ramas y la mayor parte siguen hablando para sí mismos halagando su orgullo con escándalo del pueblo de Dios. Son cínicos, se solapan bajo una mampara de bondad que no les pertenece, y taimados. Son diablos. Nunca practican tampoco lo que predican, ni aunque revestidos de los ornamentos creen en la función que ejercen. Meten mucho ruido, bufan, descalifican y al final son sinuosos y retorcidos. Sepulcros blanqueados. En la conferencia Episcopal por los visos se la cogen con papel de fumar y hasta el mismo Vaticano se inhibe a la hora de llamar a parte a Arzalluz, ese ex fraile sanguinario e hipócrita culpable de tantos muertos en nuestra patria durante más de cinco lustros. Tal cautela y tantos miramientos y enjuagues no son de Dios. Tienen que ver con el ambiente envenenado de la política.
La retórica fue de por vida uno de los grandes peligros del catolicismo occidental. Con muchas y grandes palabras se llena el saco. En el fondo no queda nada.
El siglo XXI está pidiendo una reforma de raíz, acaso un nuevo concilio que ataje la desmesura y postración en que se encuentra la verdadera religión pilotado por estos clérigos que ni fu ni fa, castos en apariencia pero siempre bastante crueles y poco sensibles con los males del prójimo, de estragada moral. Unos se dicen de ideas avanzadas e incluso llegan a secundar los crímenes de Eta por miedo al qué dirán, confabulados con el poder y atentos a las sinecuras o a las migajas que caen de la gran mesa. Otros integristas. Uno no puede por menos de añorar la presencia de un Cisneros, de un Ximenez de Rada el arzobispo de las Navas y de tantos prelados y clérigos que dieron su vida por España, defensora de Cristo y de la fe católica. A veces me pregunto si la iglesia de nuestros días ha dejado de ser católica y de si sólo conserva de sus antepasados el nombre. Este al menos el sentir de muchos buenos españoles que se ven abandonados de sus pastores. Si esta institución tiene en sus manos la verdad ha de salir en su defensa para bien o para mal. Hay que estar a las duras y las maduras y éste es el sentir del pueblo que notan que los representantes de aquello que más ha amado y ha padecido se han pasado al enemigo con armas y bagajes.
Esta iglesia de hoy recuerda bastante a la de Tancredo. El fervor ha entrado en dique seco, la barca varada y el gran tren del amor en vía muerta. Aparcada por los que mandan la tienen más contenta.


Nos gustaría ver a una iglesia donde se alabara al Señor, se cantara más y se hablase menos diciendo siempre lo mismo, igual rutina, los rollos se repiten más que la cebolla, y se siguiesen los ritos de la antigua liturgia plena de símbolos por más que los oficiantes fueran hombres casados, gente como los demás, para tranquilidad de muchos maridos, y que no siendo del mundo vivan en el mundo, siguiendo las máximas de Cristo. Amen. Tal vez sea mucho decir pero si algún futuro aguarda es la diaconía. Habría que desclericalizar pero sin someterla a un proceso de secularización, ni a una desamortización nueva, para mantenerla viva. Pronto darán un paso adelante los que sientan con agallas de presentar testimonio. Una nueva era de mártires aguarda.
Madre Teresa, estás de actualidad. Padeciste mi misma dolencia. Estuviste sola y sin arrimos, pero Él estaba a la mira, velando por ti. Te guardaba.
Es hora ya de decir la verdad y explicar por qué tanta gente está huyendo al desierto para encontrar a Cristo. En los templos desiertos y diezmados por la rutina y por la fuerza de la costumbre no lo encuentran. Ahí está la clave de la reforma que pretendía esta carmelita intrépida.
Su situación empezaba a ser comprometida en aquella ciudad que para ella fue más de los cantos que de los santos. El demonio enredaba y la Encarnación estaba en pie de guerra contra la sor reformista.
Corrían tiempos recios y el provincial Salazar deshoja la margarita sobre si conceder licencia de abrir una sucursal del Carmelo ciñéndose a las capitulaciones sinaíticas. María Ocampo, su sobrina, recién ingresada en el noviciado, estaba dispuesta a acompañarla en la empresa fundacional. Guiomar de Ulloa, dama principal, promete dineros. Luego se volverá atrás cuando su confesor la niega la a absolución por andar en amistad con la monja rebelde.


Pero sigue escuchando la voz interior y ante el brete de quién obedecer entre Dios y los hombres. Guarda silencio y se somete a la obediencia de Salazar. Todo se vuelven inconvenientes hasta un sobrinillo suyo, hijo de su hermana Juana y de nombre Gonzalo, recién llegado de Alba para rehabilitar una casa recién comprada con el propósito de fundar, es enterrado entre los escombros del muro. Lo sacan ya muerto. La madre está desesperada y su padre, el cuñado de Teresa que es el que hace las obras, un albañil, experimentado, que había colocado las alidadas y rafas de ladrillo con pericia suprema, pega voces y culpa a sor Teresa de ser la responsable de la muerte del pequeño promoviendo gran escándalo. El constructor su pariente, Juan de Ovalle, ese era su nombre, que había venido expresamente desde Alba de Tormes ostentaba el alarifazgo mayor para los duques. Ya era difícil que rafia por él entablada se viniese abajo. Esta claro que los diablos enredaban.
Ella toma al chiquillo en los brazos se aparta a una alcoba a rezar y al punto vuelve  sale con él de la mano. Al poco rato empezó a jugar y hacer niñerías según precisiones del Padre Yepes.
Esta anécdota no viene en otras biografías de Teresa. El jerónimo demuestra que era imposible que la pared pudiera caerse habiendo sida erigida por tapiador tan experto y que el muchacho volviese a la vida después de haber sido aplastado por los sillares su pequeño cuerpo. Tuvo que haber intervención diabólica pero Dios demostró su cariño por la atribulada carmelita en tan amargo trance. Corrían rumores por el pueblo de que estaba embrujada y de que sus hablas con Dios y con los santos no estaban deparando sino mala suerte. Yacía al pie de la cruz de la murmuración y la calumnia sin arrimos pero el Señor suele andar a la mira en tales casos y sale en defensa de los débiles y humildes. Es lo que pasó.
Tanto voces tan autorizadas como san Luis Beltrán y san Juan de Avila dieron sus avales y salvoconductos certificando que los trances inexplicables no eran obra diabólica sino signo divino, pero en aquellos tiempos en que se cometían tantos desmanes en las calles y se hacían tantas ofensas a la religión el que una frágil mujer se dispusiera a reformar su orden representaba una abominación para las mentes bienpensantes.
Siempre está tratando de justificarse a sí mismo buscando avales y firmas que la respalden para su labor. Mientras tanto, el Señor actuaba por otros conductos e intervino fortuitamente en la crisis de la manera más tonta. Había fallecido en Toledo uno de los ricoshombres de Castilla, Arias Pardo, protector eximio de la Orden y el provincial, Ángel de Salazar, le pidió a título de obediencia que acudiese allí para aliviar los duelos de su desconsolada viuda, doña Luisa de la Cerda. Es así como abandona Avila que estaba soliviantada contra su persona. La noticia del milagro que obró para justificarla fue interpretada no bajo la mira de lo sobrenatural sino como un accidente y la pobre Teresa estaba afligidísima y sin saber qué determinación tomar. La mañana de Nochebuena de 1571 llega a la Ciudad del Tajo acompañada de una de sus beguinas. Son recibidas ambas religiosas como muchas atenciones pero la privanza que parece gozar de doña Luisa la hace ser envidiada por otros de los cortesanos. No le gusta aquella atmósfera y piensa en la frase del Evangelio sobre la riqueza, el camello y el hilo de aguja. Los grandes señores no viven en libertad sino que son esclavos de sus cosas.


El mismo sentimiento de aversión asaltaría el alma noble y despreciativa para las cosas del mundo en otra casa similar, la de los Duques de Medinaceli. Nunca pudo aguantar los caprichos de la princesa de Éboli. En Toledo conoce a otra colega la beata María de Jesús que abre sus ojos. A su parecer la primitiva regla de san Alberto permitía a los primeros monasterios que fundaron los cruzados en Palestina ser establecidos sin renta ni dote.
Es el eureka que le viene a sacar de atascos porque estaba fuera de sí buscando fondos y ése había sido el elemento de discordia que tuvo con el cabildo abulense.  Los curas siempre la ponen pegas. Ocurrió en Medina donde los agustinos casi estuvieron a punto de apedrearle.  Salvo en contadas ocasiones, como en Palencia, donde percibió una atmósfera de liberalidad y de falta de interés que le recordaba el desprendimiento de las cosas del mundo, sus monasterios tuvieron unos comienzos discutidos. Desgraciadamente siempre hay que hablar del oro de la Iglesia.
He ahí otro gran caballo de batallo. Hasta para proclamar bienaventurado en los altares se necesitan grandes desembolsos pues hay que pagar curiales. La formula mágica para pechar con tales dificultades era el dios proveerá y la fue bien. Se fiaba más de sus plegarias que de la bolsa. Además, iba sola por los caminos sin cuenta corriente ni tarjeta de crédito. Pero tenía una Visa poderosa en la cartera: la oración. Yepes  expresa los reparos a la empresa quijotesca que ella encaraba al dejar sus palomarcicos sin renta ni dote esperando que el maná cayera del cielo magistralmente con el siguiente párrafo:
Comunicó con algunas personas graves su parecer y casi entre sus confesores y letrados no halló quien lo aprobase. Decíanle que era desatino, que estaba la caridad muy resfriada y diferente de otros tiempos que habría pocas que la siguiesen en sus deseos y que les costaría mucho procurar su sustento; que para gente cuya profesión es oración sería grave daño, porque los cuidados cuando son demasiados fácilmente ahogan el espíritu.


La cordura de Sancho Panza viene a recordar que los santos y las guerras sólo salen adelante con doblones. Por los visto, los conventos pobres y sin independencia económica con frecuencia en aquellos tiempos se convertían en casas de mala nota. A la santa la convencían aquellas razones pero cuando se prosternaba ante el sagrario allí sonaban otras opuestas. El propio Xto le pedía que no tuviera más reparo y que fundase. Que desoyese los juiciosos desatinos de la impróvida razón. ¿Al fin y al cabo no estaba ella tasada como una loca a causa por Jesús? Sólo en el cielo recababa la luz de inspiración.  Al contrario, “consideraba que la renta era madrasta de la penitencia, la sobornadora de regalos y enemiga de la templanza, y veía los daños que en los monasterios han nacido de la superfluidad y abundancia: que sin duda eran a su parecer mayores que los que había engendrado la pobreza”  Fr. Pedro Ibáñez, presentado de la Orden Dominica, su antiguo valedor en Avila, aduciendo un pliego de cargos teológicos, ahora se llama a parte y le disuade de su intención de fundar sin renta.
Pero Pedro de Alcántara, otro simpatizante, por aquellos días fue a posar en la misma casa de donde era huésped la Madre en casa de doña Luisa de la Cerda[31]. Fray Pedro se mostró de su parte y era del criterio de que de ninguna manera lo dejase. La escribe una enjundiosa carta maciza de sentencias y de razonamientos a Toledo en que la exhorta a seguir las indicaciones de la llamada interior olvidandose de los hueros consejos de los letrados que tendrán mucha ciencia y poco amor de Dios, y entre otras cosas dice:
El consejo de Dos no puede dejar de ser bueno, ni es dificultoso de guardar, sino es a los incrédulos, y a los que fían poco de Él, y a los que se guían de la prudencia humana. Porque quien dio el consejo dará el remedio... si V.M. quiere seguir el consejo de Xto de mayor perfección, sígalo; porque no se dio más a hombres que a mujeres, y hará que le vaya muy bien. Y si quiere tomar el consejo de letrados sin espíritu, busque harta renta, a ver si le valen ellos. Que si vemos faltas en monasterios pobres, es porque son pobres contra su voluntad, que yo no alabo simplemente la pobreza, sino la sufrida por amor a Cristo Señor nuestro, y mucho más la deseada y procurada con amor[32]... 
 
                                             XXX
 
 
CAPÍTULO IV


1) Suprimidas las ejecutorias de hidalguía.- 2) Un día de san Bartolomé de 1562.- 3) Quijotesco ideal: España por el rey, por el papa y por la utopía.- 4) Rufianes y místicos.- 5) Carros y carretas en un destino andariego.- 6) “La queremos y la amamos; Te Deum laudamus”.- 7) Tejer y destejer su pleita.- 8) El peral milagroso de Villanueva de la Jara.- 9) Recado de escribir por penitencia y le salieron a la Santa unos libros maravillosos.-10) Dos ciudades a palos por su causa.
 
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El día de san Bartolomé de 1562, un 24 de agosto castellano anegado de brisas, olía a pan y a tamo de las rastrojizas, el verano ya de vencida, de mañanita una campana empezó a sonar, la de un convento recién labrado y estrenado, uniéndose al coro de voces de bronce que alegraban las alboradas de la villa; unas pocas gentes se habían congregado en el conventillo de San José para la toma de habito de cuatro monjitas, todas pobres, huérfanas, sin dote: María de la Paz, Ursula de los Santos, María de Avila, hermana del M. Avila el Apóstol de Andalucía y Antonia de Enao, la portugueña. Todas ellas deseaban seguir camino de perfección habitando en rigurosos encerramiento detrás de la reja, según la regla del Profeta Elías, dando  puerta a los consuelos humanos, y vivir sólo para Dios. Las cuatro postulantes eran de raíz conversa, de origen oscuro. Doña Teresa de Ahumada, nombre al que respondía en sus primeros votos en la Encarnación, apeó su título de doña para ser Teresa de Jesús a secas. No era meramente la reforma de una regla relajada lo que allí estaba en juego sino una verdadera metamorfosis de la estructura mental de los españoles y españoles. Ya se les pedirán credenciales de linaje. El carmen descalzo al igual que los jesuitas no exigen a sus candidatos al sacerdocio o a la profesión religiosa las consabidas ejecutorias de hidalguía. Se hablará de conversos en sus centros pero nunca de freiras ni de beguinas.
La ceremonia tuvo lugar de forma casi clandestina como las velaciones de segundas, y los funerales pobres, para no suscitar demasiadas sospechas en el vecindario. Teresa de Ahumada la sierva de Dios otra vez se había salido con la suya, dandoles higas a los diablos que tanto entorpecieron la llegada de aquel día. Su rostro parecía como habitado como de una luz celestial. Pese a sus 47 años era una mujer bien parecida, ojos negros bajo unas cejas bien definidas, buen talle, porte distinguido, labios gruesos y dientes en su sitio, esbelta aunque algo metida en carnes pues siempre tuvo una tendencia a engordar, nadie diría que hubiera estado tan enferma en su juventud.


Nadie había visto tampoco madre abadesa ni monjitas tan guapas.  Pero ya no se llamará madre abadesa sino madre superiora. Se consagraban a la vida celestial y todas recibieron nombres de ángeles. A la puerta de San José había que dejar cuanto les había pertenecido en el siglo, hasta el apellido nativo. Antonia sustituyó el de Enao por el de Espíritu Santo; de la Paz por la Cruz, sin embargo, sor Ursula de los Santos quedó como estaba. Las hermana de san Juan de Avila empezó a atender por el de María de San José. Terminaba de este modo una lucha de clases que tenía por aquellas fechas puesto cerco a los muros de conventos y abadías. En adelante no habría ya distinciones entre cristianos viejos y nuevos.
El 1562 resultó ser un año fatídico para la cristiandad. El turco se había apoderado de Chipre arrasando villas y aldeas, violando mujeres y matando niños y ancianos. A los pocos mancebos que sobrevivieron la matanza se los llevaron después de castrarlos a los serrallos de Estambul para eunucos. Alá es grande (y cruel). El único monasterio católico que había en la isla siguió la misma suerte que los cenobios de rito griego. Era de la estricta observancia carmelita siguiendo la regla otorgada por san Alberto de Jerusalén. El papa Eugenio IV había mitigado sus constituciones que como más abajo veremos eran durísimas pero el chipriota se mantuvo aferrado a la antigua fórmula de santificación hasta acabar pasto de las llamas de la morisma incendiaria.


Todos vieron un signo enviado desde arriba en que la Orden no se extinguiera. Las cuatro profesas de san José recababan la antorcha y seguían una tradición de estricta observancia que había durado cuatro siglos. Sólo el Omnipotente puede hacer estas cosas. Que un exiguo palomar blanco convertido en casa de oración gracias a la pericia del cuñado Juan de Ovalle fuera eslabón de enganche a la vieja tradición contemplativa formaba parte del misterio. El oriente cristiano de Hilarión, Macario y Pagnufio y el occidente entraban en contacto por medio de san Alberto, aquel noble inglés que se alistó en las cruzadas y murió penitente obispo de Jerusalén. Carmelitas, templarios y cistercienses nacen de la misma ocasión; del deseo de la vida apartada y de los desengaños del mundo. Sin embargo, todo lo que es humano comporta imperfección. Con el paso de los años el ideal fue decayendo lo mismo que su fervor y los institutos fundados con entusiasmo fueron desbaratados por la rutina de la vida de comunidad; algunos desaparecieron, como el Temple, diz que víctimas del anhelo de riquezas, y de contubernios con la magia; otros se inclinaron por caminos laxos y su lujo, el desentendimiento de la clausura[33], hace que en el siglo XIV, por ejemplo, Chaucer desgrane carcajadas en sus Cuentos de Cantorbery a costa de los carmelitas de Londres, casa instituida por Simón Stock, que habitaban en un monasterio puesto a todo tren cerca de Whitechapel.
François Villon dedica a estos religiosos algunas de sus sonoras bufonadas en “Le Ballade des Pendus”.
En Francia, Gran Bretaña, Alemania y norte de Europa las reformas desamortizadoras de Enrique VIII, de Calvino y de Melachton significaron el cierre de la mayor parte de los monasterios de mala nota, en buena parte porque muchos habían dado en casas de perversión y de libertinaje. Es a la luz de estas consideraciones que se ha de encandilar el afán de la religiosa abulense de convertir los muros carmelitas en pared inexpugnable, echar con más fuerza el pestillo, parar la galantería del locutorio, colocar el almaizar[34]sobre el rostro de sus pupilas, quienes al recibir el cordón de san Elías y de san Eliseo se comprometían a una existencia apartada, cárcel en vida para ganar el cielo. Abrazaban a la hermana pobreza y se comprometían a una existencia de escasez y de apreturas en el congosto claustral donde la fetidez y los piojos van a ser compañeros de cama. Estos molestos animalitos van a ser una de las primeras preocupaciones de la Santa. Tuvo que hacer un milagro san José para librar a las primeras carmelitas de este flagelo.
 Además, eran los grandes terratenientes y la notoriedad de sus posesiones suscita los deseos de los de abajo, que ven en los frailes un mal ejemplo, una inadecuación entre la prédica y la práctica.
España va a comportarse de un modo diferente al resto de los cristianos septentrionales postulando la contrarreforma. Fue una idea descabellada y quijotesca, si se examina el proyecto con los ojos de la razón, mas, a la luz del dictamen del espíritu quizás sí que se acierte a entender el concepto por el que lucharon Teresa de Jesús, Iñigo de Loyola, José de Calasanz. Partiendo del supuesto de que la verdad y el error son incompatibles y de que no caben conciliaciones que valgan. Sin embargo, si observamos la naturaleza de los hechos objetivos y sobre todo en materias tan abstrusas como la teología se da una intercadencia de contrarios. Lo que repugna a los hombres es grato al corazón de Dios.


Además, no es justo derramar sangre en nombre de Dios a pesar de que los seres humanos transforman su credo en banderín de enganche, porque sólo ven en él una prolongación de sus propios deseos, algo que justifica sus propias acciones y la concepción del mundo autóctona, y del que se derivan ciertos planteamientos dinámicos o pretextos para convocar yihad, a pesar de que el quinto mandamiento suyo el de no matar, cuyas cláusulas ni moros ni judíos, tampoco por desgracia los cristianos, respetaron.  En demostración, un repaso a la historia o un vistazo a los titulares de la actualidad.
¿Por qué permitió Dios los saqueos de los cruzados que encontraron una contrarréplica en la debelación otomana de 1562? Son misterios de su mente inescrutable esta tolerancia, si no permisión, del triunfo de las fuerzas del mal. El dolor siempre debe de tener un registro de purificación por más que este sentido, oculto, nunca lo veamos. Con ese código críptico se escriben las paradojas de nuestros anales, dominio del capricho, la casualidad o el absurdo.
Unos nacen, otros mueren, y es preciso que el grano se hunda en la arena si quiere ser espiga. El Carmelo se renovaba bajo los auspicios de la expiación propiciatoria de la cruz, para pedir perdón por los pecados de los herejes que allende los Pirineos quemaban catedrales y dejaban convertidos en solares cabildos y ermitas. Era la furia de Armagedón. Había estallado el odio fratricida y en esa tormenta de cólera el inconformiso, la soberbia o la estupidez jugaron sus bazas. Renace el fantasma de la iconoclasia y España manda a sus soldados a pelear en guerras que nunca se hubieran producido de haber existido por parte de Roma un poco más de benignidad y de tolerancia, si los curas y los frailes hubiesen llevado vidas conformes a la pauta evangélica.
El duque de Alba Fernando de Toledo salía siempre a campaña llevando bajo la loriga un cristo que le había labrado la Santa[35]. La cual nunca pudo entender el pensamiento ni la actitud de aquellas pobres almas descarriadas que profanaban los sagrarios y que irremisiblemente se condenaban; ello le roía las entrañas.


No era más que una cuestión baladí, accidente, no sustancia. Se ha comprobado que la comunión podía ser dada en la mano y suprimir las estipulaciones acerca del ayuno eucarístico, y por eso no se ha hundido el mundo. ¿Está Cristo en presencia real bajo las dos especies?  No quisiéramos entrar en polémica, pues basta saber que  él está en la historia y que el vino y el pan de la Sagrada Cena se han convertido en alimento de vida. ¿Memorial o puesta en escena del sacrificio del Gólgota? La escolástica, con su tendencia habitual a los encajes de bolillos, a veces deforma el verdadero rostro del Señor. En la ortodoxia que tienen epíclesis y no consagración real no ha muerto gente por esa trifulca alegórica.
Sin embargo, en el ambiente en que vivía la fundadora estos asuntos veniales constituían anatema. Era devota de las Cuarenta Horas y manda erigir los monasterios para desagraviar las afrentas que se hacían en tierras protestantes. La primera ceremonia que se lleva a efecto en el primer enclave de la restauración fue colocar el Santísimo en aquella especie de portal de Belén que era el convento de san José de Avila. Dende, la obsesión por hacer la Reserva con el canto del “Pange lingua”, el primer acto fundacional de todos los centros de la reforma descalza, en expiación por los pecados e injurias que recibía Jesús encerrado en su Tabernáculo.
Comen a su Dios, son unos antropófagos, dirán los moros escandalizados de ver comulgar la hostia los cristianos, mientras en el norte se desnudaban los altares y se cerraban por inservibles los sagrarios, o echaban a la hoguera las custodias buriladas en oro. Los erasmistas alegaban que adorar una cruz es fetichismo, como convertir a dios en un palo y para colmo estaba el culto a las reliquias, extracciones falsas en su mayor parte de los vestigios sagrados, motivo de innúmeros escándalos, los abusos simoníacos e imposturas de las indulgencias y perdonanzas, había cantidades fijas para la absolución de cualquier pecado que tenían un precio mayor oscilante entre su gravedad o parvedad. La Capilla Sixtina fue labrada en razón de las limosnas que dejaron los sufragios por las Ánimas Benditas. La doctrina del Purgatorio nació de las visiones, un poco discutibles, de los “caterinati” de la Orden Tercera dominica y los jesnatos, fundados por Colombini de Siena, movimiento jesuitino que empezó predicando el desasimiento de las cosas terrenales y acabó fascinado por el becerro de oro.
Las noticias que llegan de Alemania sobre profanaciones y mofas convierten a España en un perpetuo auto sacramental. La nación en peso se coloca de rodillas en acto de desagravio por las profanaciones de las que tiene noticia, y, ensimismada en sus iglesias,  recanta y retracta de su pasado moruno o hebraico para después sacar su fe a las calles en procesiones, convirtiendo la alegoría del dogma en algo sensible y palpable, porque al Dios humanado, a la segunda persona de la Trinidad se le puede hablar de tú a tú, nos está esperando en la custodia y en el cáliz, de ahí el nuevo carácter intimista y subjetivo que adquiere la nueva religiosidad.


San José abrió sus puertas con sus moradores entonando el “Pange, lingua, gloriossi corporis mysterium” de Sto. Tomás de Aquino haciendo la reserva. Eran tan pobres las monjas que carecían de casullas y ornamentos para el culto y hubo que encargar misales prestados a Toro. Pero la mañana era de una singular belleza tranquila con esa luz castellana con bríos de totalidad que desciende sobre los peñascos y parece que los transforma en flamas. Avila de los cantos. Hasta los berrocales que hay en las cuestas que derivan hacia la ribera del Adaja escoltada por una guardia de chopos parecían cantar el “Tantum ergo”, en claridad de éxtasis.
No había muchos asistentes a la profesión de las cuatro mozas; todas, con excepción de Ursula de los Santos, que había sido una mujer atractiva, eran casi unas niñas. La entrega de los primeros velos se desarrolla en un ambiente clandestino, se hace casi a escondidas para no soliviantar los ánimos. A despecho de las dificultades el Espíritu Santo se había salido con la suya, hágase su voluntad, por cuantas higas hubo de hacer la M. antes de aquel instante, un momento de bonanza en medio de la tempestad.
Afuera rugía la marabunta, corrían tiempos recios. Los estrelleros detectaban señales apocalípticas, menudeaban las predicciones, los horóscopos y calendarios son de esta época, los augurios apuntando a una Segunda Venida. El Renacimiento descubrió la ciencia positiva y a los clásicos olvidados pero fue por igual responsable de un resurgir de la brujería. Por un lado volvía a rebullir el islam con la fuerza arrasadora que le es propia, fucilazo de medias lunas y de cimitarras, excitado por s intransigencia obcecada, su influencia se hacía notar en Andalucía, no digan al Andalus por favor, que los vándalos nada tienen que ver con los moros. Luego detectaría la M. este atisbo morisco indeleble cuando fue a fundar más allá de Despeñaperros, en Córdoba y en Sevilla fue donde peor lo pasó. En la primera ciudad, emporio de la alumbrada Magdalena de la Cruz, la Inquisición tramó echarla el guante, en la segunda comprueba, para su disgusto, que en las iglesias son excesivos, cantan y bailan y dicen donaires a las macarenas y a las mujeres que acuden al templo para ser vistas por sus galanes más que a rezar. En el sur el sol pega más fuerte.  Todo se vuelve excesivo. Allí gusta la hipérbole. Es riqueza Andalucía y es también pobreza en demasía.


La bestia es inexorable en sus planteamientos estratégicos, suele hacer la tenaza al embestir: el norte estaba copado por Calvino y otros heresiarcas y por el sur y por el Este acechaba la morisma. Sólo al Oeste quedaba Portugal. Los tercios de don Fernando de Toledo, mentor teresiano, cruzaban los Pirineos y para detener la furia de las armas ofensivas del enemigo se echaban al cuello un escapulario por defensa que les bordaran a los soldados las hijas de Sta. Teresa, pero a los niños holandeses y belgas se les asustaba diciendo que viene el coco, ya está aquí el Duque de Alba. Guillermo de Orange tampoco era manco. No nos lo perdonan desde entonces. Nos están pasando factura a todas horas. El antihispanismo no es ni mucho menos un cuento chino.
Todo era, sí, una quimera, pero los pueblos que no alimentan de sueños perecen y la España quijotesca se batió por un ideal y por una religión que consideraba la verdadera. Que fue un poco vehemente y precipitado no hay que dudarlo pero esos bríos han formado parte de nuestra grandeza y contra lo que se crean muchos éste es un solar liberal porque los inquisidores no tenían patente de corso para quemar con tanta alacridad como piensan algunos historiadores ingleses ni ninguna otra nación ha tenido esa rara habilidad que posee la literatura española para la compunción crítica y debeladora de su realidad, al socaire del género picaresco.
La mística es la sobrehaz del “Buscón” sin detrimento de que a causa dello, pues los extremos se tocan, presenten puntos de contacto. Los alumbrados se entregan a la evasión de ese mundo que les es hostil e ingrato al que denuesta, siendo así que es el que les da de comer, mientras Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache hacen inmersión pública en él y nos lo muestran tal cual es, crudo, recio, a veces divertido y favorable donde caben ciertos gozos pasajeros. El místico, más exigente, busca lo inacabable y tal vez lo inalcanzable.
Con sus convulsiones y espasmo el siglo XVI en su aliento innovador, dando rotundos vuelcos  la rueda de la fortuna, mucho va a tener que ver con el XXI. Haciendo valer la promesa de “estaré con vosotros hasta la Parusía”, Jesús, el Jesús de Teresa, cuando todo se daba por perdido y los batallones de la infantería española se batían en retirada, hizo florecer por la geografía patria aquellas humildes espadañas de las capillas carmelitas que se alzaban implorantes como lirios de ternura, sacrificio orante y expiación, para aplacar los pecados de los herejes que a la Santa le “partían el corazón”.


No había mucha gente en la ceremonia inaugural pero había venido Guiomar de Ulloa con un brial negro que lucía la pechera de brocado, el terciopelo realzaba la augusta belleza de su noble rostro. Estaba el Maestro Daza, un clérigo que por sus penitencias y ayunos, recordaba más un haz de sarmientos más que vulto  de un hombre pues parecía un espectro todo hecho de raíces de olivo; venía acompañado por dos padres de la Compañía con un aire grave e inexpresivo bajo el gorro bisunto y la sotana ajustada por un ceñidor, ellos no usaban escapularios ni cordón ni estaban obligados a coro como el resto de las órdenes religiosas, tales innovaciones ignacianas representaban una verdadera revolución, y a la legua se vía que, juntos pero no revueltos, ellos no querían ser frailes, eran a la vez militantes y contemplativos, muy letrados e inquisitivos, iban por el mundo asistidos de su prudencia y sin fiarse de nadie. Bien cierto que esto les volvía algo orgullosos y distantes. En Roma empezaron a llamarles guardias de corps del dogma católico al frente de las vanguardias de una elite. Eran temidos y odiados por los frailes. Pronto se alzaron con el santo y la limosna acaparando riquezas. Ha sido la orden más opulenta que nunca existió porque concentraron su apostolado entre las clases adineradas.
Cerca del presbiterio estaba la viuda de Arias Pardo, doña Luisa de la Cerda de la Casa de los Medinaceli, amiga y devota de Teresa. Todos se apretaban en la iglesia de muy exiguas proporciones. Sonaron los compases del “Veni, Creator”, las cuatro candidatas al velo negro y al manto blanco de la Virgen del Carmen se prosternaron. Fue un momento muy solemne cuando las novicias descubrieron sus testas, todas eran rubias, y las presentaron en ofrenda a Jesucristo. Significaba que antes de recibir el don renunciaban a toda vanidad incluso la instintiva de sus cuerpos de mujeres hechos para agradar, concebir y parir.
Igual que la oveja reclina su cabeza ante la toza del matarife ellas las ladearon ante un diácono que traía un estolón y unas tijeras, las rapó al cero en un esquilo demoledor y a la vez conmovedor, en medio de un silencio impresionante. Sólo se escuchaba el abrir y cerrar de las palancas de la podadera, alguna lágrima ahogada. La tonsura es reclamo de la Iglesia a los que pretenden ingreso en su servicio. Más de alguno de los presentes a la vista de la escena recordaría con emoción el viejo romance que todos los que ya peinamos canas escuchamos cantar allá por la infancia en el corro o al juego de la comba por las calles y ciudades españolas:
“Yo me quería casar con un mocito barbero/ Mas, mis padres me querían monjita de monasterio/. Una tarde de verano me sacaron de paseo/ Al revolver de una esquina había un convento abierto, / Salieron todas las monjas, todas vestidas de negro/ Con un cirio en la mano que parecía un entierro/. Me sentaron en una silla y me cortaron el pelo/. Juntando sus blancas manos me rezaron un credo/. Zarcillitos de mi oreja, anillitos de mis dedos/ Lo que más sentía yo era mi mata de pelo... Era mi mata de pelo”.


Se percibiría entonces esa atmósfera mitad de júbilo y de tristeza que embarga las bodas y las profesiones de religiosos, que son también verdaderos desposorios. Sonaron epitalamios y cantos de pedida. Acabada la liturgia y aunque el convento era pobre y la ceremonia se había realizado medio a escondidas habría un pequeño agasajo en el que se serviría un poco de mazapán, alcorzas, y repostería hecha al horno por las novicias; para acompañar, algo de aloja. Asistirían las linajudas doña Guiomar de Ulloa[36]y doña Luisa de la Cerda, los clérigos y los parientes de Teresa, que eran muy pobres y cargados de familia.
Luego una campana anunciaría a la ciudad, como en todos los monasterios carmelitas, que Prima había sido dicha y sus moradores podrían hablar hasta la hora de Completas. Por ese cabo las estipulaciones son algo más suaves que la de los cartujos pero, en contrapartida, se hayan obligados a ayunar a pan y agua excepto los domingos, desde la Fiesta de la Cruz, el 14 de septiembre, hasta Pascua florida. Bajo la Regla de san Alberto y san Elías también les constriñe la pobreza. No podrán tener otro cosa que los burros de carga en común y su clausura, más rigurosa, les impide salir de su celda sin permiso del prior incluso para pasear.
La campaneta avisaba que en San José se iba a volver a la vieja observancia de la Tebaida oriental. Los padres del yermo seguro que desde la Gloria sonreirían ante la intrepidez de su devota discípula, abonada a la renuncia, entregando sus vidas en oblada para que fueran un motete que nunca cesa de expiación e impetración; son los misterios del Cuerpo Místico y la interpolación de los tres estamentos eclesiales: militante, purgante y triunfante. El mundo estaba mal, corrían tiempos recios. Como siempre.


Luego todo el concurso se diseminó por las callejas intramuros de la Ciudad de las Murallas, callejas y pasadizos. El aire parecía de cristal y pocos transeúntes se veía deambular, pero, como de costumbre, las tabernas estaban concurridas y los figones y posadas henchidos de una población trashumante. El sol se alzaba sobre el machito, era casi el mediodía y volvían reatas de carros de la era cargados de costales de cereal camino de sus pósitos o para guardar en los sobrados de las casas solariegas; la trilla estaba a punto de concluir, había sido un buen año de trigo. Unos arrieros bajaban hablando entre sí con grandes voces por la costanilla de Sonsoles, chiscaban sus trallas sobre los lomos de las caballerías de tiro y al sonoro coloquio de los trajinantes en palabras bien dichas y como clavadas que dejaban en el aire un poso de moderación ponía contrapunto el cantar de los cubos de los ejes de las carretas del país, alegres como un himno de resurrección. Su presencia era un anticipo de lo que habría de venir porque Teresa sería una abonada a estos incómodos vehículos a los que se subiría para ir y venir en sus fundaciones. Sus huesos molidos se acostumbrarían al traqueteo de las ruedas y una vez en Córdoba tuvieron que bajarse todas y aserrar los pezones del cigüeñal para pasar la puente. En Sevilla se llevó al carro la corriente del Guadalquivir y acabaron varando en un arenal salvandose toda la dotación de puro milagro, otro milagro de teresa.
 Las golondrinas, alegres y dicharacheras, impregnaban el infinito de quiebros con sus revoloteos recortados.
En la explanada cabe la ribera del río un grupo de soldados hacía la instrucción y realizaba evoluciones de esgrima sobre el pasto, algunos cargaban sus mochilas a punto de partir para Flandes, limpiando con grasa los sables y los mosquetes. Muchos de aquellos soldados del Rey bajo las ordenes de un capitán moreno, enteco, de buena voz de mando, un almete morisco y almilla de cuero, jubón y gorgueras, polainas, botas espoleadas, chambergo y valona de gala, los bigotes enhiestos y el aire a la vez valeroso y desafiante con maneras de donjuán no regresarían para volver a ver la luz de aquella ciudad, no hay otra en el mundo. Pero los añafileros, honra y fama de los Tercios de Don Juan de Austria, seguían, como si nada, atacando sus tonadas marciales en preparación del desfile de despedida y el estruendo rimbombante de la caja. Ajenos a su suerte, los soldados bisoños de la última leva reían y jugaban bajo la vigilancia de los veteranos de piel curtida, y todos decían piropos a las mujeres que pasaban sin importarles la edad ni el estado. Estaban entretenidos y descansando antes del alarde.  Al fin y al cabo morirían por la religión defendiendo las banderas del emperador. Era una compañía entera con sus vistosos uniformes, el ala del almete de acero en media luna, ajustado talabarte sobre el coleto para ceñir la espada con pomo de ataujía tapando los pechos encendidos, las barbas puntiagudas, las trusas de colores a juego, el tahalí terciado  las bragas atacadas. Unos sacaban brillo al talabarte, otros embetunaban las botas. Se sabría por sus ademanes que eran gente recia y avezada a las fatigas y deleites de la aventura y la guerra. En los corros se hablaba de mujeres y de soldadas, de allí salían porfías y votos a bríos. La guarnición era mixta. Entre los españoles había suizos, alemanes, algún croata. El ordenanza del comandante era un calabrés por nombre Ciutti.
Entretanto y pasada la puente, los arrieros, alcanzada la cima de la otra ladera, los arrieros se detuvieron cerca de los Cuatro Postes. Se apeó el mayoral que inspeccionaba a la reata, a humo de pajas aunque con buen golpe de vista a fuerza de la costumbre y toda una vida entre carromatos y galeras onerarias, cerciorando la consistencia de los tentemozos y riostras, pegaba golpes sobre las teleras y comprobaba la solidez de las varas, pues era un largo camino hasta Salamanca y después Lisboa, que era entonces la primera ciudad [37]española, e impartió la voz de mando:


-¡So!
Toda la comitiva se detuvo. El sol había cruzado la vertical y en San Vicente sonaban avemarías, era la hora de yantar.  En lo alto de la casa torreada de los Andrade había posado una caudatrémula buscando el alivio al bochorno del día, no lejos de allí entre los rastrojos cantaba una collalba. De la campiña regostada y seca venía un olor a almizcle entreverado con los efluvios del hinojo y el cantueso. Recio perfume. Antes de abandonar  la ciudad se hacía menester tomar pan y hacer la parva colación de un poco de queso y cebolla, algún nabo. Los tientos a la bota a todos les vendrían bien, pues el vino abundoso fue aquel año. Se había echado la tarde encima y hacía bastante calor. Luego los recueros durmieron el mosto trasegado en siesta sobre los haces de una parva que hallaron a mano, cobrando así fuerzas para el camino bajo un calor agostero cuando el disco del astro estaba en sus comedios torrando los trojes. El aire ardía. Parecía que caer fuego de arriba. Castilla se iba a sumir en calentura mística toda ella. Y hacía mucho calor. En el convento de Nuestra Señora de Gracia una tornera por nombre Margarita echaba una cabezada sobre un arcón antes de llamar a la comunidad al canto de Nona. Se había corrido la voz de que Teresa que fue postulanta en aquel centro de Agustinos estaba causando un verdadero cisma con los del paño. ¿Cisma o reformación? Verdaderamente, estaba dando la vuelta la tortilla, mucho habían cambiado los tiempos. Los goznes del torno giraron con pesadez lúgubre y detrás en el zaguán se escuchó la voz de un hombre cansado que se llegaba a pedir una limosna por el amor de Dios.
-Ave María Purísima.
-Sin pecado concebida. - maquinalmente le contestó sor Margarita despertando de su siesta a escondida Estas no son horas, hermano, ahora llaman a coro. Venga más tarde. La oficina está cerrada.
Y el pedigüeño se alejó bufando maldiciendo su infortunio, a la tornera que dormitaba y a la madre que la parió.
-Por vida de Marte. No hay razones con el egoísmo de curas y monjas. Siempre la misma: Viene a deshora, se nos acabó el caldo, ya no hay sopa boba. A mí que he servido al rey y al papa y defendiendo sus banderas me lisiaron ahora se me da con la puerta en los hocicos, malhayan los camándulas. ¿Dónde te has escondido, dulce Jesús? ¿Dónde estás que en tu nombre me despachan? Dios le ampare, vuelva otra día, y así en cada lugar.


Siempre, lo mismo pero España aquella fiesta de san Bartolo era un horno como barruntando la tormenta que se avecinaba en los Países Bajos. Unos transigían con los erasmistas, otros se amoldaban a la nueva situación o cambiaban de bando como el rey de Francia musitando que París bien vale una misa y otros predicaban el integrismo. Allí mismo se había desencadenado una guerra civil entre dos bandos: el de las botas y chapines, y el de las alpargatas esparteras. ¿Y a todo esto la caridad donde la ponemos? ¿En qué arca se esconde la tela de la tolerancia, la compasión, la piedad? Los santos eran muy santos pero algunos como Ignacio de Loyola estaban siempre de un humor de perros. Fuego en el aire, llama en las casas, y los corazones eran un ascua en el tórrido verano de un siglo de sequías e inundaciones. Había subido el termómetro, hacía mucho calor.  
Lo hacía, lo hacía, era lo suyo. Por aquella tierra siempre se habló de ardores desde el Día de san Lorenzo con sus noches cuajadas de meteoritos que llaman “lágrimas” y del fuego del Día de san Bartolo, y en mitad de la canícula cuatro monjas había tomado el hábito, los soldados de un regimiento de asiento que se preparaba para ir a la guerra en la explanada de la ribera que recuerda que Avila no fue en su antigüedad más que un campamento romano, y una escuadra de muleros que iban de recua camino de otros reinos demostraba que en el S. XVI se había convertido en ciudad de acarreo.
Iban sonando lentas, voz cabal del bronce, las campanas de los carillones y el reloj de los conventos y cabildos catedrales, medidores exactos de los rezos, los cantos, las genuflexiones, las hermosas invocaciones devanaban en febril tarea de levigación las motas de arena símbolo de los minutos y segundos resbaladizos. Tempus fugit. Las hojas del almanaque se desleían poco a poco. San Juan de la Cruz tenía una manía cuando salía de viaje. Siempre llevaba consigo una reloj de arena para todas y cada una de las estipulaciones del régimen de comunidad. El que se somete a la vida de campaña no puede pasar sin el toque de corneta. Pues lo mismo el monje sin campana ni “relox”.


El alhamel mayor fue el que primero bebió y luego le siguió toda la cuadrilla en tragos largos y victoriosos. Trallazos y estrépito de fustas. Indiferencia y vino al pie de los Cuatro Postes el monumento que recuerda a la salida de la monumental urbe castellana el triunfo de las armas cristianas sobre las mahometanas cerca de cuatrocientos años atrás. Una vez yantados y habiendo echado una cabezada sobre algún poyal, volvieron a enganchar y desparecieron entre una nube de polvo allá por donde se bifurca la senda iluminada por los búcaros de cristal que perfilan la lejanía de Gredos. Nosotros no los veremos pero algún día volverán si es que el vino no hace de las suyas y reciben un cuchillazo jifero[38]de la chafra de cualquier matarife, cliente habitual de este tipo de establecimientos durante el medievo, en alguna venta de la ruta, o les vienen encima salteadores, o mueren pateados por alguna de sus acémilas, o le come el beriberi, o sucumben a la fiebre amarilla o al Fuego de san Antón. El pueblo llano no lo pasaba bien, pero comía mejor que muchos hidalgos. El único camino que les quedaba a los pobres para su manumisión de la gregaria leva era la iglesia y el ejército. Y ello no sólo en España, que era el país más rico de Europa, sino en todos los rincones de la cristiandad. En Francia, Inglaterra y nada se diga de Irlanda, donde las cosechas de patata no estaban aseguradas jamás.  En aquella época, la pobreza era vergonzante y casi general. África y América del Norte estaban en la edad de piedra. La irrupción del islam en el espacio sujeto al yugo de Roma sobre todo en la zona de Anatolia, Alejandría y Cartago había representado un paso atrás en la senda del progreso.


Dejemosles partir a los arrieros y volvamos a la ciudad. Hoy es un gran día, pero apenas se nota esta trascendencia. Todo sigue igual. Por la Travesía de san Segundo que desemboca en Muerte y Vida subía muy acezado y cachazudo a la catedral a las Vísperas un voluminoso canónigo moviendo su gran panza; abajo, por Las Losillas se paseaba meditabundo y como ensimismado en su ropilla un viejo hidalgo fruncido el ceño el aire de melancolías, como no queriendo saber nada de nadie. Era alto, huesudo, debía de comer poco pero con sus paseos daba cuartos al pregonero habiendose espolvoreado los hirsutos bigotes con migas de pan de que acababa de hacer refección. Un tullido, mientras tanto, contaba sus hazañas allá por Mastrique y pedía limosna y compasión para sus heridas que le habían inferido luteranos recitando la oración del Justo Juez. El veterano de las guerras de Flandes extendía sus lamentables muñones tostados por el sol e imploraba la caridad de los viandantes con voz apenada y acuosa.  De tarde en tarde pasaba por el atrio de Santo Tomás alguna señora de gran empaque y dejaba caer un ochavo. ¡Ay de los viejos soldados que padecieron en lucha por la patria, es mérito que pocos reconocen! Pero la vida sigue. Cerca de la casa fortaleza de los Aboín hilaban comadres y en las eras de Abanto por mejor pasar la tarde se arrancaban por seguidillas los aperadores que aguantaban la canícula sobre el trillo. El Adaja en su cauce de la hondonada discurría semiseco. Pronto cuando el día fuese de vencida empezarían las ranas a croar a la hora en que los gañanes volviesen de segar y las mozas fueran a llenar el cántaro a los caños de la fuente principal.  En un portalón del alfoz de Santiago se vio pasar rauda la sombra de una tapada morisca. Iba a hacer un jofor en nombre de Alá. Aquel año de 1562 pontificaba en Roma Pio IV[39], reinaba en España el católico y prudentísimo rey Felipe II, era general de la orden carmelita fray Juan Bautista Rubeo de Ravena. Avila augusta seguía como ensimismada, hoy igual que ayer, señora de la piedra  blanca y gris en un tono de cromatismo que combinaba el malva con la jerapellina, jorfe amurallado, bastión inexpugnable, tolmo de devoción en medio del paisaje serrano, más cerca de Dios por su altitud que ninguna otra de España, recoleta en sus muradas de cubos enigmáticos y poternas de eximia traza, sin desceñirse jamás de la fíbula líquida del Adaja, meandro de serenidades, pulso de inmortalidades. Dios, Dios. ¿Dónde está Dios? Si lo queréis encontrar, puede que lo encontréis cerca de Avila. Como una saeta de fuego a punto de saltar.
Teresa, a buen paso y echado el velo sobre la frente, cruzó la Candelada y bordeando la catedral en cuya puerta cimbrada montaban guardia sendos atlantes luciendo en el pecho sus escamas y una adarga que a primera vista recuerda la alzada de una verga humana. Entró a hacer unas santiguada. Dentro de la penumbra del templo catedralicio resonaba la melopea del cabildo y ella se arrodilló ante el altar de san Marcial y pidió a la Virgen que la amparara. Luego, a través de los soportales orilla de la plaza porticada descendería otra vez a la Encarnación, su alma mater. Nuevas batallas del espíritu en lontananza. No era la hija de una guerrero como Bernardo de Claraval ni estuvo en las mesnadas mercenarias del Duque de Nájera, al igual que Ignacio de Loyola. Su padre lo más probable que fuese un tendero o un cirujano, que había apeado del apellido el cognomen de Sánchez trocandolo por el de Cepeda para disuadir a la caza de brujas; se le acusaba de criptojudío y de pobreza de linaje. Pero las circunstancias de la vida la habían convertido en una amazona de dios.


Los aires marciales y misioneros dominan su existencia de cruzada, una titánica pelea contra el mal. Corrían tiempos recios, vientos de guerra. A los diez años justos de la apertura de San José tuvo lugar a instancias de Catalina de Medicis, sobrina del papa reinante, la terrible Noche de san Bartolomé. Teresa, caballera andante de la palabra, trata de convertirse en una Juan de Arco a la hispana sin otras prevenciones o parafernalias que los rezos de sus monjas. Quería cambiar el mundo  y estaba segura de luchar por una causa que no era equivocada. Era una mujer alta, algo entrada en carnes, la piel muy blanca, poseía una hermosa voz y unos ojos vivos y penetrantes, y una disposición de lunares en la comisura de los labios embellecían un rostro que fue muy bello en la mocedad y a la vejez de una distinción enorme.
Aquel 24 de agosto no fue más que una tregua en la guerra civil que había desencadenado su opción de apretar la regla a sus hermanas de la Encarnación. Sobre el cielo de un azul sin nubes se formaron nuevas borrascas y no faltaba quien murmuraba no con cierta sorna y su ápice de razón:
-Mas conventos... Aquí lo que sobran son rezos y nos falta bien común, hospitales, fábricas, tenerías y telares, médicos para combatir enfermedades. No nacen niños y muchas se meten monjas porque temen morir de sobreparto, como le ocurrió a doña Beatriz de Ahumada. La pobre tuvo once hijos. Su vida se limitó a una larga estancia en el paritorio. ¿Y eso Dios no lo ve? Buena vida la de las monjas.
-Aquí lo que necesitamos son armerías para no tener que pagar a precio de oro las dagas que nos suministran los genoveses y los venecianos. Todo el oro que traen los cargamentos de Indias se nos va en pagar estas condenadas guerras contra los herejes. Sobran monasterios y alcabalas y falta gente de labor.
Las críticas al ocio expansivo de los castellanos se escuchaban por doquier.
Surgieron bandos como en el evangelio; unos a favor de Marta y otros de María. La encausada, como hay gente para todo y de gustos no hay nada escrito, fue  blanco de invectivas. Los dichos y habladurías que corrían por la ciudad la señalaban de embusteras e iluminada, pero ella ya de antemano (y Teresa era terca) había optado por la  opción del amor contemplativo, pero manda a sus monjas, y esa es una prueba más de las muchas contradicciones que siembran su personalidad, que trabajen de mano, y que nunca estén ociosas.
-Cierto el pueblo está en la miseria y gimiendo bajo el peso de las gabelas.
-Eso; que construyan hospitales en lugar de templos.


España en el acmé de su esplendor se hallaba en bancarrota y a merced de los usureros de afuera. El papa romano trataba al monarca español con cierta frialdad. Era un Medicis. La pobre Teresa es lega en las viejas intrigas de la corte de san Juan de Letrán, desconocía que los pastores de aquella santa iglesia llevaban a veces vidas depravadas, y que para acabar con la vida de sus rivales no vacilaban en utilizar el veneno. Había tratado de defender la independencia económica de sus fundaciones, para que no dependiesen de nadie, pero en el de Malagón y en el de Salamanca tuvo que aceptar la donación pro ánima según la costumbre medieval donde las familias pudientes dejaban su herencia a los frailes para que custodiasen de por vida el lugar de su encerramiento y dijesen misas gregorianas a perpetuidad. A cambio las comunidades enclaustradas podrían vivir con cierto desahogo. La limosna de las Ánimas Benditas sirvió no ya meramente para sacar almas del purgatorio sino para sacar de apuros a los monasterios. Paz por territorios. Plegarias por ofrendas. ¿Se podrá comprar la vida eterna?


Pero esas extravagancias formaban parte de su carácter a veces severo, otras entusiasta y en muchos casos sardónico echando toda la ironía castellana en el asador, lleno de cambios bruscos. No quiere monjas muy instruidas pero a sus confesores los prefería letrados. No se fía tampoco de la condición femenina pues “muchas mujeres juntas son harto trabajo” y en la Encarnación estuvieron a tirarla del moño unas descontentas con su reforma, pero con halagos y promesas las trajo a su cauce. “¿Queréis a Teresa por abadesa? La queremos y la amamos. Te Deum laudamus”. Esto decían unas mientras otras gritaban como posesas en contra de su bordón. Algunas de las del jovenado no es que entrasen en trance, es que les daban vahídos. ¿Quién podrá contar los incidentes de una batalla campal dentro de un convento? La reforma teresiana recortaba algunos de los privilegios y derechos adquiridos. Y en eso son muy contumaces, en el respaldo de sus usos y costumbres, hasta numantinos, los españoles. Dios es conciencia pero también mucha mano izquierda.  A veces no dudó en utilizar la violencia si quiera verbal o procedimientos tan expeditivos como el de su garrote de abadesa, lo esgrimió contra un galán inoportuno que rondaba la reja de las carmelitas del Paño y traía muy alborotado el gallinero con sus locuras. No volvió a portar por el locutorio. Prefería que sus las postulantes fuesen profesas, que no hubiese legas ni freilas, ni señoras de mucho viso, ni bachilleras, ni melancólicas. Un santo triste, dicen los manuales de ascética, es un triste santo. La santa las ponía de patitas en la calle sin contemplaciones porque era de armas y tomar. Ella era la vera efigie de la reciedumbre. Hay en su espiritual síntomas de un combate agonístico, acérrimo que no excluye la violencia. Esto no deja de ser un contrasentido para una religión que predica la mansedumbre y el perdón de las ofensas, y no la venganza de los enemigos, o alcanzar triunfos materiales en esta vida. Es aquí donde brota lo más puro de su alma judía. ¿Y quién que no se haya abismado en la lectura de los salmos que son  materia prima de la oración pública de la Iglesia, un préstamo de la Vieja Alianza a la Nueva, que no haya sentido estos mismo escrúpulos? La iglesia de Jesús hace sus suplicas por cartapacio, poniendo en labios de sus monjes plegarias que brotaron del corazón arrepentido de un judío pecador como fue el rey David o de un patriarca en desgracia como fue Job. Teresa venía de la recitación y del manejo constante de estas plegarias de la ley antigua. De niña debió de escuchar recitar la “Shemá”[40]a su abuelo que no había recibido de grado el bautismo y seguía practicando de incógnito los preceptos mosaicos.
“Una monja de Toledo apretada de melancolías y muy tocada (echaronla) del convento por melancólica y fue a dar cuenta al Santo Oficio de que las reformadas se confesaban unas con otras”.
Anduvo renuente a aceptar en su compañía a señoronas arrepentidas como ocurrió con la princesa de Éboli y a bachilleras[41]y cultas latiniparlas. Otra contradicción. Ella era una intelectual a lo divino y muy ilustrada en cuestiones del Antiguo Testamento y de los Salmos, como demuestran sus escritos. Por inclinación innata y por atavismos de raza pues en sus genes bullía el espíritu del Pueblo del Libro.
De un lado quiere que la pobreza de los centros que funda sea total, y se obstina contra los ordinarios de las diócesis por las que peregrina, y de no pocos de sus confesores a que los descalzos gozasen de una renta fija y que vivieran de la caridad y de su sudor, pero para evitar que ésta fuese solemne y vergonzante se ve a aceptar las numerosas donaciones por herencia que le legan algunos de sus condicionales. Todos se hicieron, con excepción del primero de San José, con mandas y herencias pías. Había defendido con uñas y dientes la autarquía económica propugnando entre sus pupilas que no comiesen a expensas de algún benefactor pudiente.  Sin embargo, como a Ignacio de Loyola, son los ricos comerciantes de Medina del Campo, los que van a apostar por el instituto que surge como reacción a los padres de la mitigación o calzados.


Encarece el trabajo de manos con tal que sea humilde y no pomposo. La aguja, la rueca y la azadilla para sallar patatas del poco de huerta y sobre todo para no estar nunca ociosas al ser la ociosidad la puerta de ingreso a la tentación. Pues como dice Casiano, el monje ocupado sólo recibe el asalto de un demonio, mientras el holgazán será vulnerable a todas las embestidas de las potencias infernales. Se cuenta que Pablo el Ermitaño tenía su cueva llena de cestos y espuertas de mimbres que entretejía todo el año y como no había quien se las cogiera por la noche de San Silvestre las quemaba. Teresa se aferró a las recomendaciones del “ora et labora” benedictino; las manualidades son la sal que preserva de corrupción nuestra vida. Pero utilizándolo como medio no como fin ya que, según acota el Eclesiastés, el trabajo está hecho para el hombre, y no el hombre para el trabajo. “Era tan amiga del trabajo de manos que cuando sus prelados le mandaban escribir algún libro, lo sentía porque esta ocupación la alejaba del bastidor”.
 En todos los conventos la dieta era vegetariana y comían de lo que daba la tierra. “Todo lo que no fuese Dios le era amargura, llegó a no comer más que hojas de las parras, de este modo trujo la carne sujeta al espíritu”. Los libros que escribió por imposición de la obediencia nunca por su vanagloria[42]denotan una familiaridad de trato y de intimidad con la trascendencia aun en las cosas más menudas de una “flaca mujer y sin estudios” que ya quisieran para sí los mejores memorialistas ingleses. Por sus confesiones conocemos detalles de la cotidianidad de entonces. Así: “La túnica interior gruesa la trocaron por una jerga; con la jerga criaron piojos, y hubo que volver a la estameña”.


En Villanueva de la Jara, un año de grandes hambres 1579, las madres tenían un peral que por milagro estuvo dando peras abundantísimas todo el año. Lo desfrutaban y al día siguiente el arbolejo ostentaba  cargazón sorprendente de peras que denominan muslo de dama en el país, y tanto que servía para satisfacer las necesidades del monasterio y luego de la abundancia de banastas recogidas se repartían entre el pueblo para remediar el hambre de los lugareños y curar a los enfermos, que, probado el fruto del frondoso peral milagroso, al punto sanaron de sus dolencias. Y con las albaquías o restos de las repletas maconas en Villanueva de la Jara se fabricaba la mermelada en la que fue insigne aquella villa manchega. Y en otro convento al año siguiente, que fue de peste, cuando el universal catarro del que hablan los autores, no quedó más que un escriño de harina. Era tiempo de marzo y eso significaría que las monjas no tendrían para sus remedios hasta el otoño, pero la despensera  tomaba harina cada semana para una cocedura y el cillero seguía  sin merma. Ninguna religiosa  pereció de inanición y aun les bastaba para vender y dar a los desvalidos. La faldriquera divina es un saco sin fondo, su misericordia nunca se acaba.  Otro milagro.
Propulsora del encerramiento y la clausura inviolable, reunión de mujeres que huellan el mundo “poniendo debajo de los pies sus deleites y la gloria que él más estima”, la simpar Teresa siempre estuvo en danzas, en pleitos, con el cayado en la mano para partir en circunstancias poco adecuada para religiosas recoletas tarifando con recueros, venteros, gente del bronce, mozas de partido, algún fraile prófugo de su comunidad, clérigos poco recomendables, padeciendo la sed bajo el sol implacables del sol de Andalucía, los hielos de Segovia, las riadas de Burgos, perdiendose con sus hermanas en lo más fragoso de Sierra Morena, y expuesta a los peligros de los pico y pala y de los perailes. A vueltas con los de la capa parda y los del capillo, compartiendo techo y a veces plato con capadores, alojeros, zurcidores, cedaceros, cuadrilleros del Santo Oficio los mangas verdes y galeotes. Toda la chusma. Cuando posaban en alguna venta del camino, la priora era muy escrupulosa de la Regla y ponía a Julián Dávila que le acompañaba en todos los viajes de centinela, y nombraba una tornera, para que todas las relaciones de la vida diaria con el grupo se hicieran por el torno habitual. Ni que decir tiene que las monjitas deberían ir dando tumbos bajo el toldo de las carretas del país sin eje de suspensión, escuchando los juramentos del aperador cuando alguna que otra mula cerrera empinaba, se descuadraba un cubo, o una vara se partía. Un voto a bríos o un rugido de cólera, en tal momento, perforaría el firmamento pues buenos son los arrieros a la hora de pegar voces. Entonces no había mapas de carreteras ni una red de comunicaciones como la que pusieron en ejecución para holgura y provecho de los españoles don Miguel Primo de Rivera y don Francisco Franco. Aun quedaban más de cuatro siglos para que viniese al mundo aquel zamorano universal, el que motorizó a los españoles, y que se llamaba don Federico Silva Muñoz. Las rutas eran de herradura siguiendo el trazado de las calzadas romanas, sin letreros de orientación, con bandoleros moriscos  al acecho en las gargantas y desfiladeros despoblados. Con el deseo de alcorzar los viajeros poco avisados no ganaban nunca el atajo. Se despeñaban por los barrancos o sucumbían presas de las alimañas.


Bien es cierto que contaba como palafrenero a aquel cura que era un bendito que la escoltaba en sus recorridos de turismo fundacional por las diversas regiones españolas[43]pero su mejor espolique era el propio Dios, el mismo Jesucristo que se le aparecía en sus arrobos indicando el camino a seguir. “Ya eres mía y Yo todo tuyo”, se le declaró un día Jesús, su verdadero amante. Luego probaría la saeta enherbolada y allegaría la visión del serafín que le deparo el don de las entrañas desgarradas por la transfixión mística. En el estilo literario de Teresa desgarbado y sin alifafes late eso que se da en llamar por la teología presencia, esencia y potencia divina, confusión del abismo insondable. Algunas páginas de las “Moradas” causan vértigo por su mucha doctrina y admirables escondrijos. El alma inmortal vive apenada en el saco terrero de la carne. Hay una mano que nunca la detiene en su ascensión hacia arriba. Pero al diablo no hay que perderlo nunca de vista, “pues en todo momento le dio gran batería y turbación”. De ahí sus intercadencias. La carne pesa, rastrera, con sus resabios de vanagloria, con sus dudas y congojas. Y esto lo sabemos porque un día su superior, el P. Salazar, a la vez provincial de los carmelitas e inquisidor general, la ordenó poner por escrito lo que sentía. Fue una penitencia pero de ese castigo, so color de reprensión por sus rebeldías, salió una escritura magnífica, prez de la lengua castellana, hasta tal punto que bien es cierto que “Dios escribe al derecho con letras torcidas”.
 A veces tenía que hacerse la tonta para despistar a los cuadrilleros de la Inquisición que estuvieron muy cerca de apresarla y si no lo hicieron fue por compasión, o porque el Señor, que estaba a su lado, levantaba cortinas de humo en la polvareda, y la escabullía. Se limitaron a destinarla forzosa al convento de San José de Toledo. Menos mal que tenía cabimiento con el monarca y quien en última instancia fue el que paró algunos golpes, pero ya sabemos que Felipe II tenía una personalidad dubitativa y vacilante como la de la Santa, sujeta a los vaivenes de un carácter que oscila entre la exaltación más entusiasta y la desgana. Nunca comprendió la rebelión de sus posesiones en el norte y la desconexión que percibía en el Palacio de Letrán con sus proyectos de apuntalar a la cristiandad.


 Los psiquiatras podrían explicar sus melancolías por el mismo proceso que experimentaron Loyola y Teresa de Ahumada en sus desengaños de las cosas del mundo. Y en medio de esa inadecuación entre el mundo al que aspiramos y al que tenemos delante de los ojos, hizo lo que hacen la mayor parte de los españoles honrados, en el ejercicio de un cargo de autoridad que suscita antipatías e incomprensiones, meterse a monjes. Felipe II vivió vida de fraile. Siempre vestía de negro y su capa aguadera y su ferreruelo semejaban a la sotana y a la túnica talares.  Asistía con la comunidad de jerónimos al canto o al rezo de las Horas y hasta interrumpía al hebdomadario si notaba que se había saltado una rúbrica o pronunciado mal una frase del reato del día. España quiso abarcar demasiado y denotaba una falta de fuerzas, sólo esperaba un milagro. La mayor parte de los asesores eran conversos: Arias Montano, Villacastín y el propio Yepes. El sueño de Felipe II era un proyecto mesiánico basado en la ley de Cristo. Por eso quizá haya sido tan discutido y tan perseguido.
No cabe duda, asimismo, que había nacido bajo el halda de una estrella polémica. Allá por donde iba suscitaba pasiones encontradas. Su decisión de romper con la mitigación enconó los ánimos al borde de la guerra civil, una verdadera lucha de castas en vida y en muerte los abulenses estuvieron a palos con los albenses disputándose una parte de su cadáver milagroso y odorífero. En Alba de Tormes tuvieron que conformarse con un brazo tronzado, el resto fue devuelto a su ciudad natal, hasta que por un Breve pontifical -historia macabra de una truculencia incomprensible- se ordenó al concejo de Avila que devolviese a Alba lo que le fue arrebatado con fuerza.
 
                                        XXX
CAPÍTULO V
1)Monja inquieta y andariega.-2) Sus prisiones.- 3)Pero una luz la habitaba que le hacía vivir en Dios.- 4) Intimidad con el Criador y sencillez.- 5) Los templarios y el Carmelo.- 6) Castigos corporales a los monjes relajados. 7) La ley del silencio.- 8) Ceñid vuestro lomos de la correa de castidad e induíros de la loriga de la justicia. -9) Importancia del trabajo manual.- 10) El siglo del amor.
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A la luz de estas fuerzas que suscitaba se comprende aunque no se comparte el dictamen que mereciera la Santa a su enemigo más encarnizado el nuncio Sega que la llamó “monja inquieta y andariega que por holgar se anda en devaneos so color de religión”. Y la ordenó que se recluyese tres años en Toledo donde estuvo arrinconada y maltratada en una celda en la que hubiese terminado sus días a no ser por la protección regia. Luego el visitador Pedro Fernández explicaría que aquellas “contradicciones eran claras envidias y manifiestos de pechos ensañados”.


Hubo mucho alboroto, a veces grita, se alzaron enemigos contra su persona de debajo de la tierra, y hasta las piedras parece se volvieron contra ella, ni los púlpitos la perdonaron y fue blanco de todas las desdichas y enfermedades, pero sus dardos envenenados nunca la alcanzan y uno a uno fue desbaratando los contubernios y soflamas. Personalidad misteriosa. Una luz la habitaba, que la hacía vivir en Dios, impulso vehemente a una misión soteriológica por las almas que se condenaban. Vio el infierno en una ocasión y Jesucristo en persona le mostró el lugar que le aguardaba, de haber seguido la ruta de los devaneos, afeites y disipaciones. Por pecados contra el sexto mandamiento que hoy se considerarían pecadillos. Teresa es una contrarrevolucionaria en materia sexual. En su afán de colocar sobre sus monjas el velo, que recuerda al “burda” de los talibán, en la actualidad sería blanco de las acrimonias feministas, que la tacharían de retrógrada e integrista, como lo hicieron ya en su día las 150 mujeres que vivían en el primer convento calzado que profesó.
Escribía de corrido con prosa eficaz y sin alifafes, ni un tachón se aprecia en sus entregas ológrafas. No hay en sus obras floreros estilísticas pero trasmudan a la posterioridad el espíritu de la época que le tocó vivir, así como esa intimidad con el Altísimo, que le permitió columbrar panoramas en las cumbres, acomodados sólo para unos pocos escogidos. Por eso sus asertos causan asombro e incredulidad a los hombres y mujeres que viven después de Freud y de Mary Quanta, de Carnaby Street, y de las parejas de hecho, “lo hago porque me apetece y dispongo de mi cuerpo a voluntad, a nadie tengo que dar cuentas”.
En las capitulaciones de san Alberto ob. de Jerusalén, otorgadas en San Juan de Acre al primer prior carmelita, que fue san Bracardo, se daba una regla dura, siguiendo las pautas trazadas por los anacoretas griegos y los latinos que desertando del ambiente turbio de las Cruzadas, determinaron la renuncia del mundo. Algunos se fueron a vivir al Sinaí, otros al Carmelo. En ello observaron algunos un símbolo oculto de engarce entre los dos Testamentos porque el profeta Elías y Eliseo fueron arrebatados allí. Los ermitaños pensaban que la perfección del ayuno y la abstinencia de la carne les volvería limpios a los ojos del Señor, en espera de su segunda llegada. Por eso el templario Alberto redacta estas leyes de seguimiento que se basaban en la castidad, la obediencia, la vida en comunidad pero sin tratos los unos con los otros más que para el rezo de oficios y  misas. Que la celda prioral esté a la entrada del cenobio para recibir las visitas. En origen eran cuevas pero la reforma de Inocencio IV a mitad del XV las transformó en camarillas de las que los moradores no podían entrar ni salir sin permiso del abad. El modelo era la Tebaida anacorética siguiendo los pasos de Simón el Estilita que estuvo veintiséis años subido a una columna, se le gangrenó una pierna por la que trepaban gusanos que caían al suelo de tan gordos y el ayunador les increpaba: “comed, comed, animalitos, lo que el Señor os pone en el plato”.


La reforma papal impuso a todos el refectorio y el rezo en comunidad. Algunos dentro de la celda tenían una alcoba o camara secreta. Allí pasaban la mayor parte de sus días. El domingo era preceptivo la misa conventual y la confesión pública de los pecados unos a otros. Los castigos eran corporales. Alberto recomienda que los infractores del reglamento fueran castigados con “caridad”. Y esta misma constitución es incoada por san Columbano en sus monasterios celtas, donde a los monjes dormilones se les castigaba a una porción de azotes con el famoso “birch”[44]de abedul, si se descuidaban en el canto del Oficio Divino o llegaban tarde a maitines. Ningún otro instituto monástico seguía una dieta más estricta que ellos, puesto que habrían de ayunar todos los días excepto domingos desde la Exaltación de la Cruz hasta la Pascua, pero en la norma del silencio se les dejaba mayor holgura que a los cartujos que no pueden hablar sino el 6 de octubre fiesta de san Bruno; los carmelitas han de guardarlo sólo desde la puesta del sol hasta la aurora del día siguiente, desde Completas hasta Prima. En cuanto al atuendo los primitivos seguidores de san Elías iban vestidos de burda jerga, descalzos y por cama un jergón de tablas, de cabezal una piedra, nunca lecho propiamente dicho.
El paso del hombre sobre la tierra es breve y lleno de peligros y el que piadosamente quiere vivir la perfección recomendada por Jesucristo tendrá que mortificar sus sentidos. “Vuestro adversario- exhortan las constituciones carmelitanas por el plan viejo- anda de ronda, puesto que busca el medio de devoraros. Ceñid con el cinto de la castidad vuestros lomos, vestid la loriga de la justicia, fortaleced vuestros pechos con santos pensamientos, ponerlos sobre los hombros la túnica blanca de la virtud porque está escrito el pensamiento de Dios os guardará del fuego de las saetas de vuestros enemigos”.
Encarece a los habitantes el trabajo de manos para que el “demonio os encuentre siempre ocupados, si llega a visitaros, y no tenga entrada a vuestras almas por la puerta de la ociosidad”. Los monjes trabajando en silencio coman su pan. Luego san Alberto hace la loa del mutismo espiritual que depara quietud y calma, es atavío y ornato de la justicia, que “en el mucho hablar no faltará pecado y quien habla sin consideración hallará mal y Dios nos pedirá cuentas de todas las palabras ociosas que pronunciamos”.


Como ya dijimos la supererogación en la práctica hizo que la observancia padeciera el acoso de la rutina y que los monjes se volvieran laxos, algunos ante la presión islámica quedaron abandonados y una gavillas de acontecimientos y de cismas lamentables en el seno de la cristiandad depararon mala fama a los padres del paño. La casa madre fue trasladada desde San Juan de Acre[45]de donde fueron desplazados por los frailes menores a Roma y luego tuvieron gran influjo en Italia y en particular en Inglaterra en tiempos de Simón Stock erector del convento de Londres, el cual plantearía la vuelta a las constituciones antiguas sin conseguirlo. Teresa de Cepeda propone una cura de caballo: la vuelta a las normas originarias de la Orden de san Elías, sobreseídas en 1444 por un rescripto pontificio, que las tachaba de impracticables y aspérrimas.
Su lenguaje místico suena pues a algarabía[46]. No estamos iniciados. Por el camino de la virtud se necesita un guía que abra la trocha y desbaste la maraña de pensamientos y de sentimientos encontrados, y escalar por el huso de los sueños, la escala de Jacob con peldaños resplandecientes, es como trepar hasta el Everest. La vida mística recuerda a un laberinto en forma de escalera de caracol.  El profeta Jacob recorrió sus peldaños por vez primera. Hay que volver a la tetada, hacerse como niños, sumirse en el letargo, la posición alfa, o dejarse transportar en la nube del no saber, porque el misterio no quiere conocer, renunciando a la sabiduría del mundo a fin de ganarse la divina, sintiendose iluminado por un tercer ojo que le descubre paisajes desconocidos. Para poder crecer.  Su idioma es un laberinto porque refleja fenómenos del trasmundo, sin sujeción a las leyes del espacio y del tiempo. Por eso una norma de vida que exija la renuncia suena a coloquio de marcianos. Hacer el amor ya no es pecado mortal, proclaman las sufragistas del sujetador talla de realce, a calzón caído, a la vez que defienden a la mujer objeto con voz hombruna enarbolando un cartel con la runa de los movimientos ad lib (una cruz invertida). Si fuera peritado su discurso seguro que se encontrara en él elementos diabólicos. Según ellas la virginidad es un trauma y apolillada antigualla la castidad. No creen en las vestales. Sin embargo, en el infierno que contempló santa Teresa hay muchos y muchas penando por do más pecado hubieran. Está escrito: no fornicarás, no desearás a la mujer de tu hermano de modo que la obsesión católica con el sexo no es más que la reminiscencia innata en el corazón de los creyentes a la transgresión lúbrica definida por las tablas de Moisés.


Para el mundo judío el sexo es un medio no un fin en cuyo ejercicio el ser humano se corrompe y se vuelve ínfimo e instintivo a semejanza de las bestias, el verdadero hijo de Jehová siente horror a la promiscuidad. Su inhibición contradice empero las normas de la naturaleza. Entre los mamíferos y las especies vegetales son la fuerza de la sangre y el azar casual no el designio los que se encargan de la viscosa y maravillosa a la vez tarea de la generación. La lujuria es estéril y el pueblo de Israel, con sus complicados canónes acerca del levirato, se reputa por pueblo fecundo. Quisiéramos tener cuerpos de ángeles para presentarnos ante Adonay con un corazón puro y agradable pero la sangre y el deseo nos vuelven inmundos. El cristianismo, por el contrario, no lucha contra la fuerza y la sangre sino contra los espíritus que se propagan por el aire. Hay que estar alerta. Es un paso más allá.
Existen otras atingencias que revelan el origen judío de la Santa. Además del asco del semen y de toda la emanación corporal, no podía soportar la presencia de un cadáver, la sangre le producía nauseas. Estando la Noche de Difuntos de 1567 en Salamanca adonde había acudido con Ana de San Bartolomé para abrir un establecimiento carmelita, la casa destinada a convento se hallaba ocupada y sus inquilinos, todos estudiantes, fueron desahuciados por el corregidor, prometieron vengarse con una de las habituales cencerradas, disfrazándose de almas en pena y haciendo ruidos raros por las dependencias de la enorme mansión. Muertas de miedo las dos monjitas se encerraron en una pieza resguardada por temor a los “espíritus” o a una buena gamberrada de los becarios, pero como ninguna de las dos era capaz de conciliar el sueño, Ana le dijo a sor Teresa:
-¿Qué haría V.M. si ahora mismo caigo muerta y se encuentra sola entre cuatro paredes al lado de un difunto?
La mandó callar pero pasó la noche muy intranquila y horripilada por la posibilidad de sentir a su lado la presencia de un cuerpo mórbido tenido por lo más impuro de la naturaleza entre los cabalistas.
Amaba los libros y conocía la Biblia de corrido algunos de suyos pasajes, sobre todo los del salterio, había escuchado salmodiar a sus mayores, aunque en alguna ocasión despida a una candidata al hábito por jactarse de tener un buen conocimiento de la Escritura, un gesto exterior, con el deseo de despistar a los inquisidores. Las biblias protestantes eran quemadas en la plaza de Valladolid en los autos de fe. Cuando se caía el pan lo besaba. Todos los suyos al expirar volvieron la para la pared. Se confesaba muy devota del Rey David y de san José. No comía cerdo. Al rezar seguramente se balanceaba su cuerpo y no movía los labios apenas.  Tenía algunos conocimientos de cirugía, sabía de hierbas y algunos clérigos que encontró por el camino sospecharon de su celo de conversa. Todo ese acerbo de creencias que llevaba en la masa de la sangre, reflejos condicionados y adquiridos a lo largo del turbulento peregrinar del pueblo elegido por la tierra, formaban parte de sus genes, y se manifiestan en su espiritualidad de talante abierto, independiente y con ribetes mesiánicos. El Pueblo de Dios es asamblea de luz y de salvación, no de tinieblas y de destrucción como pretenden sus enemigos que cargan sobre sus espaldas el vituperio de deicidas, no siendo esto verdad, porque fue el sanedrín y los escribas y los fariseos (letrados) los que mandaron al madero al dulce Jesús[47].


Su talante es hasta cierto punto feminista porque se proponía no solamente la neutralización de la herejía, la salvación de todos los infieles, y a tal respecto su encuentro con el P.Maldonado, un franciscano que regresó de Mexico y fue a verla a la Ciudad de las Murallas antes de emprender camino de Ágreda como visitador franciscano. Le dijo que eran muchísimos los pobres paganos que morían sin la luz de la fe y, por tanto, se condenaban. Los judíos sienten una responsabilidad, una especie de tesón por la salvación, ganas infinitas  de luchar en pro del establecimiento del reino de Dios en la tierra, el progreso científico, la mejora de vida. Ella quería al establecer un Carmelo más riguroso la morigeración de las costumbres monacales. Vi cómo muchas religiosas caían en el infierno de cabeza por culpa de la lujuria. Ella exige la reforma de costumbres de su siglo denominado por los historiadores como la centuria lasciva. El sexo se convierte así en obsesión, una obsesión del subconsciente judío. Tema polémico.
Quiere liberar a las mujeres de las garras del varón que las oprime luego de seducirlas. Esa es la razón de su defensa de la pureza de vida. La existencia de la condición femenina no ha sido nunca grano de anís. Las españolas de su tiempo conocían de cerca la miseria y los dolores, el hambre, las preñeces, los palos y el lema de la pata quebrada y en casa que trajeron los moros. Quería guardarlas y rendirlas al pie del esposo, y esta es otra de las contradicciones de su epónimo carácter, echandolas el velo, cerrando puertas. El yugo y la carga del Esposo son más suaves que las arras de los maridos mundanos. Sus contemporáneas en aquel siglo de guerras, pestes y falta de condiciones higiénicas en aquellos burgos cerrados auténticos mechinales, no pasaba de los cuarenta años. Por lo común pasaban de mozas a viejas desdentadas, los úteros hinchados por las continua preñeces, y gran parte moría de parto; su madre, doña Beatriz de Ahumada a los treinta y tres.
 Para llegar a edad provecta los castellanos y castellanas de aquella hora se metían en un convento donde tenían el condumio asegurado y llevaban una dieta que garantizaba longevidad. A esta existencia holgada se añadía la promesa de la vida eterna, podían gozar de gracias especiales y ganar fortunio de santas.


Bastaba la condición de renunciar al mundo, y ayunar resulta más salutífero que atracarse. Encerradas, no corrían el riesgo de ser ultrajadas[48]y quedaban exentas del baticoleo de la lujuria, siempre dentro de lo que cabe, pues ya sabemos que los demonios libertinos no cejan y ponen con frecuencia sitio a los conventos, y al siglo que le tocó vivir lo llamaban el siglo del amor romancesco, porque, insistimos, es al pie de los monasterios donde nace el mito donjuanesco. Teresa quería exonerar a sus candidatas a la santidad de las ataduras que ligandolas al varón las subyugan de por vida, aspira a algo mejor, a un amor que no fuese fungible, lejos del tálamo, la prole y la cocina. Todo su afán es esparcir por España harenes para que en ellos holgara solo el Esposo Místico, el único que  emancipa a la condición femenina de su estigma de  muerte y  pecado.
 He aquí, pues, una más de las múltiples contradicciones de la bienaventurada abulense. Sus ansias de libertad y relaciones con Dios de tú a tú sin intermediarios establecen por primera vez sello de modernidad, algo que se percibe en el fondo de sus escritos: el deseo de manumisión de la esclavitud femenina. Era obstinada y lista, y de esa forma, mediante amaños y argados, despistó a los detractores; confundió a sus enemigos.  Estamos ante un temple rebelde, no aceptaba las reglas del juego, a la chita callando dio la vuelta a la tortilla, materializando de esa manera la revancha del converso, relegado y tenido en menos, anticipandose a la jugada, siempre desbordando, porque en todo, hasta en lo nimio, se muestra gallarda y excesiva.


Sus establecimientos monacales siempre siguen una misma pauta. Primero la inspiración divina. El celo por la honra de Dios, la salud del mundo y la conversión de la infidelidad le roía las entrañas: “Quiero que fundes por amor a las almas. ¿Qué tienes?, ¿Cuándo te he faltado? El mismo que fui  soy, no te arredres. Ten fuerte, Teresa”. Y así sucesivamente, escucha la voz y tiene visiones. Se la aparece. Empiezan los trámites, la ciudad se alza contra ella en gavilla, el clero contempla el proyecto como una merma de sus prerrogativas y derechos adquiridos. En Medina eran los agustinos los que se oponen con uñas y dientes, en Salamanca los teatinos y en Segovia son los del cabildo. En este lugar, aunque contaban el beneplácito del obispo, llega un provisor de madrugada, enviado por los canónigos de la catedral cercana, instando a que desalojen el edificio. En Sevilla el arzobispo impide que en el nuevo palomar carmelita se haga la reserva del Santísimo. Dificultades y trabas surgen a cada paso y curiosamente son los hermanos de vida consagrada y los curas los más reacios. En verdad esa caridad y comprensión cristiana brilla por su ausencia, únicamente en Palencia notó la largueza y generosidad de los primitivos tiempos de la iglesia cuando sus miembros tenían comunidad de bienes. En la Bella Desconocida el canónigo Reinoso, el ricohombre don Suero de Vega, doña Elvira Manrique, heredera del conde de Osorno, al que llamaban en la comarca “el padre de los pobres” a causa de la largueza y frecuencia de sus dádivas, acogieron en sus moradas a las carmelitas peregrinas, no permitiendo que fueran a posar a ventas de mala fama, como era lo habitual. Pero esa hospitalidad  constituye una excepción a la norma de trato poco evangélico y dureza de corazón. Palencia siendo pobre hizo honor a la fama de su noble linaje godo. En otras partes donde la influencia conversa o morisca se dejaba detectar mejor el comportamiento fue menos deferente.  En Sevilla siendo la ciudad más rica del reino pasó hambre con sus monjas; en Segovia, emporio lanero, el cabildo le dio malón con sus impertinencias y en Toledo, villa de sus ancestros, estuvo encerrada por orden del nuncio Sega; por Córdoba pasó de noche y por poco se ahoga en el Guadalquivir[49]al perder los arrieros la maroma de la barca en que vadeaban la corriente, hubieron de llamar a un cerrajero para aserrar los cubos del carruaje que se atolló en los guardacantones del puente; y en la Roda de Villanueva de la Jara y Veas, que eran predios de Encomienda a la Orden militar de Santiago se oponían a que en aquel pueblo se erigiese convento sin dote, no querían los caballeros de la cruz roja al pecho renunciar ni a su jurisdicción ni a las prebendas. Una pragmática firmada por el rey anuló tales contradicciones. Pero la propietaria que cedía los terrenos para fundar, una tal Catalina Codines que había tenido algunas revelaciones místicas y luego habiendo curado de hidropesía y de un zaratán al pecho, era tentada de gota artética y de ceática, males de garganta y zozobra, pero con el pie en la sepultura y sanó, decidió dedicar su existencia a Dios, hubo de posar al pie de dos años largos en la Corte hasta que llegó el permiso de Felipe II. Sólo la corona podía interferir en las competencias de las ordenes militares. Era la norma. 
 ¿Quién es tu enemigo? El de tu oficio. ¿De que parte se levanta el viento del odio? De las tiendas donde pernoctan en esta vida los de tu raza. Pasó ya con el Nazareno a los que sus paisanos quisieron despeñar tras haberle escuchado en la sinagoga. ¿No es ese el hijo del carpintero? ¿No conocemos a su madre María y Jacobo y Juan sus hermanos? Los que traten de seguir sus pasos encontrarán las mismas pegas, el encono visceral, y las trabas de la envidia que dicen que es verde como el pendón de Ahumar.  


Por lo general encuentra oposición numantina a sus planes, resistencia feroz, movidas por la avaricia. Un convento sin renta solía constituir una rémora para la diócesis. Pronto se da cuenta la Madre de que los maravedís y ducados constituyen la materia próxima con que se labran las casas de oración. Sin bolsa ni proventos no hay obra de Dios que se sostenga. Tiene que dar marcha atrás y replantearse el tema, aceptar donaciones. A veces las busca por todos los medios.  Sin el patrocinio de la Casa de Alba o las limosnas de los Mendoza la paloma mística no hubiera jamás alzado el vuelo.
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CAPÍTULO VI
1) De muchas mujeres juntas líbrenos Dios.- 2) Un hospital para enfermos de fuego sacro en el Camino de Santiago.- 3) La malicia y el candor.- 4) A chapinazos con la Madre Superiora.- 5) Perplejos de sus donaires.- 6) Prosopografía física que se corresponde con un temperamento castellano.- 7) Lo primero el Santísimo.- 8) Instrucciones muy concretas sobre el tocado, el peinado, la disposición de la celda por dentro y hasta la forma de cantar; manda que la “entonación no sea por punto sino por tono, lo más sencillas que quepa”.- 9) Oración vocal y oración mental.- 10) San José nunca le falla.
 
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 “De muchas mujeres juntas Dios nos libre; dan trabajo” y “a Dios rogando y con el mazo dando” son sentencias que ayudan a entender la psicología de esta mujer que por algún tiempo se convierte en dueña del alma quimérica de España a caballo entre el señorío y el desinterés y la mezquindad realista. El carisma de los arrobos de la Santa se tercian con las referencias a la situación social pavorosa. No todos vestían de brocado. Se comía mal, había plagas y los cuerpos enfermos eran almacenados en el hospital como aquel de la Concepción de Burgos[50]que pretendía acomodar para oratorio. “Era casa pobre, llena de enfermos, quejidos y malos olores, muchos ratones y sabandijas asquerosas”.


Hay circunstancias en que Teresa se manifiesta como el epítome del candor y la sencillez para más tarde mostrar toda la sagacidad y la sorna de hembra castellana, como cuando instala en la sala capitular de la Encarnación una talla de la Virgen. “De hoy en adelante ella será vuestra priora”. Sed sagaces como serpientes y cándidos como paloma. Ese gesto venció la resistencia de todo un monasterio amotinado contra su persona. Y en medio de los rigores, cuando más arrecia la persecución, escucha la voz interior: “Teresa, ten fuerte”. Él le va mostrando el camino pero a veces parece que se alcorza la senda, siente el coraje de los esfuerzos en balde, los pasos perdidos. El demonio no ceja. A veces es duda y a veces violencia, como aquella vez en Toledo en que una beata a la cual había quitado un sitio junto al hachero durante una celebración litúrgica al que acudieron las hermanas, a las que no permitía el obispo tener ara propia en su convento, la acusó de ladrona, dijo que le faltaba la toquilla y que una monja de las tapadas con el velo  lo sustrajera, se descalzó un chapín y estuvo a punto de correr a chapinazos a la fundadora.
Sus aspiraciones artísticas parecen mínimas pero los filólogos andan aun investigando sus escritos al cabo de casi medio milenio de su rúbrica, y siempre dan con algo nuevo, un detalle que se les pasó a los eruditos teresianos de generaciones anteriores. Así como la obra de san Juan de la Cruz es la más traducida a idiomas extranjeros después del Quijote, “Las Moradas” representan un reclamo habitual tanto para la psicología como la grafología y los especialistas en el Siglo Oro. Se alzan bandos en pareceres, disputan unos con otros y no se nos saca de dudas, porque el espíritu de Teresa deja a todos perplejos. Los libros salidos de su mano guardan una frescura, adobada de refranes y de esa cachaza de los castellanos, entusiasta y noble, pero con sus pliegues de cuquería. Decires y saberes del pueblo. Demosofía aplicada al cauce misterioso de las relaciones y trascendentes. Causticidad que en algunos oídos de los prelados suena  ras con ras a herejía. No hay neurosis a pesar de todo. Los santos son heroicos porque les domina una fuerza de voluntad que asombra.
Debió de ser muy hermosa, luego engordó y aun entrada en carnes todavía debió de seguir suscitando pasiones. A lo último le daba todo igual como bien expresa su poema en que exalta la indiferencia santa del contemplativo[51], una vuelta al rollo, a la infancia espiritual, a la tetada del lactante, dejar todas las potencias exteriores en estado alfa y conocer la paz y el sosiego que sólo puede alcanzarse por la puerta interior. Queda una pintura suya salido de la paleta y los pinceles, no demasiado exquisitos de fray Juan de la Miseria, la santa, que guarda todavía esa coquetería instintiva que la mujer guarda hasta el fin de sus vidas, se queja de que la haya sacado en el retrato poco favorecida.


En sus viajes a lo primero en tartana llevaba consigo a doce monjitas a las que hacía guardar la regla incluso en medio de las incomodidades de la ruta, ponía tornera, llevaba un reloj y una campanilla, instrumentos indispensables de la disciplina, intentando atenerse a la clausura entre el traqueteo, los relinchos de los jumentos, los desvíos, los ritos de los recueros exasperados que en medio del campo rompían a blasfemar, las angosturas e incomodidades de la travesía. Después y “como muchas mujeres juntas son un peligro, dan trabajos” se inclina por aviar con la impedimenta y las personas indispensables. El nudo de la oposición se va deshaciendo poco a poco. Dios escribe al derecho con letras torcidas, pero, de entrada, los prelados, como el arzobispo de Sevilla, Rojas, se muestran renuentes a dar la aquiescencia. Teresa, recién llegada a fundar, se desvive por que se exponga en el lugar el Santísimo. Son crecientes y menguantes de la vida espiritual ora con mimos y consuelos ora con desarrimos y sequedades. Pero no hay que amilanarse ante las pegas sino tirar para delante y es así como completa la lista de sus 17 monasterios de la Virgen del Carmen que pronto ganaron fama de santidad,  por su pobreza, rigor de la claustra, penitencias y cilicios, y atuendo diferente a los de la mitigación con arreglo a las instrucciones precisas de la Madre al respecto:


El vestido sea de jerga de buriel sin tintura, el escapulario cuatro dedos más alto que el hábito; las tocas, de sedeña o lino hueso sin plisar. Túnicas de estameña y sábanas han de ser de lo mesmo, el calzado alpargatas y, por honestidad, peales de sayal, y el jergón de paja con una antepuerta de alfamar para recato. Traigan el pelo cortado para no gastar dineros en peinado. Jamás habrá de haber en la celda espejo o cosa curiosa sino todo descuido de sí. Y que todas se entretengan en trabajo de manos[52], no primoroso, que monje ocupado no es tentado, y el trabajo corporal es la sal que preserva de toda corrupción nuestra vida. Los hombres, que son varoniles, con el regalo reciben ánimo y condición de hembras... Manda comulgar sólo los domingos y fiestas de la Orden y el canto en el coro ha de ser sencillo, que nunca el entonación sea por punto sino por tono, a voces todas iguales... De dichas o cantadas Vísperas hasta Nona a la mañana siguiente habrá silencio general.  Freilas[53]y monjas de coro no habrá. Todas han de ser profesas para evitar distinciones y prerrogativas; a cada una le compita una tarea por turnos semanales en el desempeño de todas las funciones conventuales (cocina, sacristía, lavandería y corral) excepto la tornera que habrá de ser designada por el provincial y tendrá una demandadera de afuera a sus expensas.
El último tranco de la existencia carnal de la Santa sería un continuo delirio de portentos. A una de sus vírgenes la conforta en la hora de la muerte viniendo desde otro convento muy lejano a despedirse y a otra muy enferma le asegura que no está para enterrar y su fama se cumple. La fama de sus poderes y preeminencias hinchió los rincones de aquella Castilla estragada por el anhelo de lo preternatural, convulsa y paralizada. El pueblo entretiene su ociosidad, porque ya hemos dicho que la casta hidalga pedía ejecutorias para no pegar golpe y vivir sin trabajo teniendo en menos los oficios manuales, como cosa de advenedizos, otro resabio hebreo ha de reputarse esta traza atávica que aún perdura entre las clases pudientes españolas, todas quieren enviar a sus retoños a la universidad, para ser más que los otros, para tener un título que colgar de una alcayata, se vuelve contemplativo. La opción eclesiástica es la que cuenta con más adeptos.  Otros, que aborrecen el arado y el bieldo, se alistan en la marina o el ejército. Esta ociosidad, tan peculiar, redunda en pro del arte y la literatura. Nunca se escribió tanta ni tan buena prosa ni se escanciaron mejores versos.


El tomismo en las aulas magistrales pugna reñido duelo con el erasmismo. Salamanca y Alcalá se convierten en palenque entre los seguidores de Platón y los del Estagirita protagonizados por jesuitas del bando de Aristóteles y dominicos y agustinos que alientan el panteísmo. Hartos de silogismos hace escuela entre los estudiantes el iluminismo de los que aborreciendo al mundo se recluyen en lugares apartados para mejor seguir el evangelio o se declaran abiertamente en pro de una reforma erasmista, que tuvo en los primeros focos protestantes que aparecieron en Valladolid y en Sevilla tantos adeptos, hay asomos de brujería, y confesores y predicadores encaramados a los púlpitos o desde el trono de los confesionarios dan una interpretación nueva a la Escritura. La oración mental toma el relevo a los ritos externos con merma del culto antiguo. Hay confusión y bandos y se perfila lo que parece una guerra de curas por la hegemonía del poder sobre las conciencias. En España no se llegó a entender, tampoco se le explicaba al pueblo de Dios que era una guerra de intereses económicos dentro de la cual tan culpables eran los luteranos como el papado Borgia, la obstinación y contumacia con que se combatía el Credo Niceno en las provincias del Norte.  Las aguas se estaban saliendo de madre. La corona española apostó por la intolerancia aun a riesgo de comprometer los intereses del pueblo que la verdad sea dicha nunca se había manifestado como un verdadero creyente ni tampoco cristiana adoptando una postura pasiva de fe del carbonero para no complicarse demasiado la existencia contemplando la religión desde un punto de vista sensorial de escuela barroca.
Sólo un milagro hubiera podido conjurar el derrumbe. Había comenzado la decadencia, pero este declive será un crepúsculo glorioso, en verdad un tiempo admirable con el que España deslumbró a la Humanidad. Duraría dos siglos a grandes rasgos, desde el desembarco de Carlos V en Tazones hasta la noche de Todos los Santos de 1700, cuando en una alcoba del alcázar de Madrid expiraba entre exorcismos y mejunjes el último vástago canijo de la Casa de Austria, Carlos II el Hechizado.
 Los historiadores parciales se ensañan con este período; algunos cronistas poco avisados al narrar el Siglo de Oro a la vez que pasan por alto lo que acontecía en otras naciones del orbe cristiano parecen caminar sobre ascuas. Toda Europa cruje bajo el peso de las aflicciones deparadas por las guerras de religión con su secuela de hambres y epidemias. Había cambiado todo, hasta la misma meteorología, en medio de las convulsiones sociales y económicas de la centuria decimosexta. Se produjo una nueva glaciación que volvió el clima benigno del medievo en más riguroso y seco, como demuestran las numerosas inundaciones de las que dan cuenta los escritos teresianos.  No pocos autores pensaron que se acercaba la hora suprema. Nostradamus y otros agoreros echaron mano de la bola de cristal para predecir calamidades.


Al hilo de esto cabe reflexionar sobre una conjetura: que el apocalipsis no fuera un espacio relativamente corto en el tiempo sino de resultas de un lento proceso que pudo empezar a quedar expedito con los cataclismos del cisma europeo. Una vidente alemana, Sta. Gertrudis[54], al propalar la devoción cordimariana, se refirió a la escatología como un devenir lento, alentado por la rebelión de Lutero y el renacer islámico lleno de amenazas y de virulencia para los cristianos.
Las condiciones de vida en la Francia asolada de huracanados vientos, en la nebulosa Albión o en la clara Toscana o la feroz Alemania, tierra de lansquenetes, eran aterradoras. Se comía poco aunque se holgara mucho, circunstancia desencadenante de la avariosis o mal gálico. Las pestilencias medievales se repitieron varias veces por la faz del orbe conocido, lo que condujo a interpretar a algunos moralistas tales flagelos a guisa de purgas que enviaba el Altísimo a la cristiandad enlodada en la lascivia. Los movimientos de reforma calvinista tienen una génesis puritana que no habrá que perder de vista y en parte eran similares a los mensajes que trataron de difundir los Carlos Borromeo, los Camilo de Lelis, los Juan de Avila, los Luis Beltrán, o los Vicente de Paúl, los Juan de Dios.
Eso de puertas afuera. Por lo que hace a España, la sociedad estaba dividida por una mezcolanza de etnias y de creencias. Los marranos y los conversos, incorporaciones tardías a la fe, aprontan su sabia nueva. En aquel tiempo de inseguridades y de falta de fijeza en todo, sólo en el seno de la iglesia se vivía bien. Los candidatos al estado clerical podrían gozar de un buen pasar y obtendría el reconocimiento y la situación de privilegio; en una palabra, el poder y las rentas con las garantías que esta forma descansada de vida da para la holganza y el ocio creativo, que es el que siempre ha tenido la católica España, frente a otros pueblos protestantes que se toman la vida más en serio.  Para un español que vive aterrorizado por el pensamiento de que hay que morir en el fondo nada es importante, ni la misma religión. Es gente fatalista y muy acostumbrada a fingir y a manifestar concejeramente lo que no es.


No obstante la Iglesia con sus aumentos y gajes, su inmunidad foral y fiscal representa el nexo de unión en el vértice de los poderes. Sin embargo, aquella vez, por su culpa o su falta de previsión y dejada de la mano del Espíritu Santo, y los malos ejemplos del alto y bajo clero, se encuentra en crisis.  Siempre nos han tocado a los españoles vecinos incómodos. Pero donde más se notaba su falta de convergencia era en el ámbito internacional debido a los intereses de estado encontrados sobre todo de España y de Francia. Esta última, embalada hacia una política antihispana que Madrid intentaban sofrenar basándose en paños calientes: casamientos de las infantas con los herederos del trono de San Luis y pactos de familia, también las hijas de Santa Teresa pronto abren casa en París con la recomendación expresa de que alumbren con buen augurio y hora corta a los retoños de estos casamientos que sien embargo se iban muriendo poco a poco, alentaba sin ambages las rebeliones árabes en la Alpujarra y en el Reino de Valencia, mientras entabla relaciones bajo cuerda con Solimán para que dé carena a nuestra escuadra que defendían en el Mediterráneo la bandera del papa.
¡Vaya un comportamiento de monarca cristiano! se dirá. Pero es así: las relaciones entre los pueblos no están soldadas por el amor natural y la filantropía, sino que obedecen a intereses nada altruistas. Y para más inri durante todos los conclaves que se celebran a últimos de aquel siglo y comienzos del siguiente los cardenales a las ordenes de Richelieu son los que organizan los pucherazos en perjuicio casi siempre de los españoles sobre los que pesaba de antemano el veto. Era muy activa la corte de Versalles en la organización de redes de espionaje por el Viejo Continente.  Supieron ser más inteligentes o más diplomáticos al comprar las voluntades de las eminencias de San Juan de Letrán y de esa forma controlar los acontecimientos en Europa.
El pueblo llano, desconocedor de tales intríngulis, que por otra parte le son ocultados por los confesores, casi todos jesuitas, que  se desocupan de él, dejándolo en manos de los frailes embrutecidos y delirantes, mientras ellos se emplean a fondo con las marquesas y las hijas de casa rica para asenderearlas por el camino de la virtud, agacha la cabeza resignado. Se limita a morir heroicamente en Lepanto o derramar su sangre bajo las banderas de los tercios, o, en el mejor de los casos, pasar a Indias, donde encuentra campo a su inventiva y a su capacidad erótica, que tampoco era para echarla en saco roto. Todo un continente se volvió mestizo o criollo en unas cuantas generaciones. Está claro que nuestro destino no estuvo en Europa sino en África y en América.


Las clases altas se dedican a vivir de las rentas. Los señores del castillo a perseguir a las doncellas por los corredores y a tener hijos bastardos, mientras sus consortes, relegadas en el tálamo, se consuelan a partir de novenas y de triduos. La piedad subjetiva es el hontanar de una serie de devociones piadosas de más que dudosa reputación, el barroco cae en el mal gusto o en el acaramelado estilo de esa prosa de oficio que tanto irritó al P. Isla. ¡Cómo esta el mundo! Esa viene a ser la conclusión de la lectura de los libros escritos por la Santa. Ayer como hoy y hoy igual que mañana. Esto no cambia. Los de abajo se conforman con poco: pan y circo, algún que otro achuchón a una moza en el troje o en el pajar, besos al jarro, y en las fiestas de guardar, toros y cañas. Y de propina suele acudir a los novenarios en algún monasterio señalado donde se dice que hay una religiosa que recibe del cielo gracias especiales como transportes y llagas, olor a flores, curaciones inexplicables. Esto  es lo que más le gusta al pueblo lego, ignorante y poco avezado, aunque de buenas inclinaciones y gran corazón, de la religión, algo que se pueda tocar con las manos, que las devociones redunden en el propio beneficio. Por eso aquí se han puesto velas a san Antonio, se han llevado ofrendas a santa Barbara y a santa Quiteria o san Roque no dejemos de invocarla cuando se sufre la dentellada de un perro rabioso. Y que todo sea para bien, y de hoy en un año. Besos al jarro. A los bienaventurados de la corte celestial que no nos hagan caso se les olvida por desaborido, y santas pascuas. Teresa tenía uno que nunca le fallaba.  Cosa que le pedía cosa que le daba: San José. El santo varón le sacó de más de un apuro y resolvía todos los conflictos. Varios de las casas, la primera y la última, en Avila y en Burgos, las coloca bajo su vara milagrosa y siempre florecida, y tan taumaturgo fue, que hubo en el invierno de 1581 adonde llega empapada y a punto de ahogarse al vadear el Arlanzón, grandes avenidas a causa de diluvios, las aguas lamieron la entrada pero sin atreverse a entrar en el convento.
Castilla elevaba la vista anhelante de agua o medrosa de inundaciones. Encomienda arriba sus intenciones. Tenía que haber un milagro y todo el mundo cree ver visiones, se olvida de la realidad diaria tan adversa buscando consuelo e intervención directa en este mundo pecador. Gusta de vigilias y procesiones, organiza triduos y pasa buenos ratos escuchando las retahílas de  algún magistral que se ha subido al púlpito para hablar de la patrona.
A veces no es sólo el mero fervor devoto el que le mueve a acudir presto a las iglesias. Como en el drama del “Burlador de Sevilla”, Mañara va más que por oír misa por seguir a las damas. Las mujeres solían estar encerradas y apenas pisaban la calle si no era camino del templo. Habían los galanes de aprovechar la oportunidad. En cuanto a monasterios, el diablo andaba también listo y “a la reja”. Era cosa notable cuando sonaba la campana de Nona en los conventos ver afluir hacia los locutorios a toda una turba de admiradores secretos acudir a las puertas de estas casas de oración para requebrar de amores a su doña Inés. El hábito no hace al monje ni espantaba a los sacrílegos donjuanes que acudían al pana de rica miel.  Antes bien, era un incentivo.


En algunos casos era capaz de disfrazarse hasta de rey como demuestran sucesos [55]acaecidos en la villa de Madrid, a lo que cuenta, que tuvieron como protagonista al candungo de Felipe IV y a las monjas del monasterio benito de San Plácido. En ese recinto, que debió ser guarida de alumbrados, de la noche a la mañana veintitantas monjas quedaron preñadas, por lo visto de mano de su capellán, hombre mozo y de muy pocos escrúpulos que predicaba el amor total y la entrega sin condiciones a Jesucristo en la persona de su representante en la tierra, el confesor y maestro espiritual. Se dijo que en aquel lío pudo estar metido el rey del que dice Marañón que era hombre de una capacidad amorosa insaciable, casi femenina. Echaron tierra al asunto aunque no se pudo evitar que la Inquisición abriera causa. Al culpable lo ahorcaron y a sus dirigidas las enviaron a la cárcel de Toledo. Los códices guardan silencio discretísimo sobre si llegaron a alumbrar lo que concibieron durante las pláticas pías y qué fue de los frutos múltiples de aquellos meneos “sacrílegos”.
A la luz de esto se comprende el por qué no podía ver a las monjas de la Encarnación pelar la pava con extraños, y aunque no fuesen extraños sino parientes y conocidos, a la reja. Conocía el percal y tendría sus motivos. Se desvivió por la clausura estricta y por echar candados y velos a las profesas. Al principio éstas tomaron a mal las curas de caballo que se proponía y ciento cincuenta se juramentaron en gavilla contra sus deseos de reforma pero luego las aceptaron más sosegadas. Felipe IV tenía con las monjas una verdadera fijación. En el mentado San Plácido de una estuvo tan enamorado que se citó con una en su celda pero la abadesa que estaba sobre aviso le urdió una encerrona. Ordenó a la novia que se pusiera de cuerpo presente y cuando en la iglesia retumbaban las estrofas del Dies Irae y se rezaban los funerales por su alma vino el amante furtivo. Don Felipe al oler el humo de las velas y del incienso y el lamento trágico de los gorigoris puso pies en polvorosa.
Estos burladores[56]el azote de las congregaciones sacaban de sus casillas a la Madre, que a uno amenazó con salir detrás de él con un estoque si no dejaba en paz a una postulante.  Le revolvían las tripas tanto o más que los propios luteranos. Aducen los sexólogos que en los complicados mecanismos del ludo amoroso representa  un papel notable el morbo. Lo prohibido es un grado. En un tiempo en que los burdeles y las casas de tapadillo eran innúmeras en las ciudades y en villas y hasta en los pueblos los galanes dejando las malas optan por las buenas. El deseo no respeta. Es sacrílego y en su curiosidad  desemboca en la paidofilia, el fetichismo, la bestialidad, aberraciones que si mirándolo bien presentan un aspecto diabólico.  La lujuria no sólo corrompe a las sociedades, desencadena tempestades de violencia y por donde pasa deja una estela de lágrimas.


Todas estas bizarrías que leemos en la gran prosa ascética de éste y de los siglos siguientes, tan abundante en las letras castellanas, y que a oídos profanos suenan a algarabía fabulosa, entroncan comúnmente con el genero caballerescos que sublima el amor profano y el deseo al amor divino. Los avatares que cuentan Teresa con su habitual lozanía recuerdan sucesos novelescos pero a los que el pueblo tomandolos sabor mitificaría más tarde aun teniendolos por fabulosos. A la fabricación de este mito han contribuido no pocos los hagiógrafos. El primero, Ribera, asegura que en su infancia había compuesto en compañía de su hermano Rodrigo un libro de caballerías con sus aventuras y ficciones “y salió tal que habría mucho que decir de él”.
Es la impulsora de la corriente mística, un venero en el cual se registran los mejores pulsos del ser nacional, y artesa donde se amasa el castellano como idioma universal. De su encuentro con Juan de Santo Matía, misacantano, con el cual traba conocimiento al poco de la fundación de Medina del Campo la víspera de la Virgen de agosto  da cuenta en una de las entradas el biógrafo Diego de Yepes pero abordando la cuestión de pasada acaso barruntando pero sin ser más explicito la importancia que iba a tener aquel tocayo suyo, uno de los mayores escritores en español, en el siglo Juan de Yepes, autor de “Llama de amor viva”:
“En este tiempo trajo el Señor a Medina a fray Juan de la Cruz, mancebo pero grande de espíritu y talento; y, como la Santa tuviese nuevas de su vida y religión acordó también de hablarle, y luego que le habló como buena lapidaria conoció los quilates de aquella piedra preciosa, y parecía que lo era, que él solo bastaba para primera piedra del monasterio que quería labrar”.


La fundación de Medina donde recibió dineros y casa del mercader Blas de Medina, tratante de paños en Flandes (está por estudiar en qué grado y cómo las guerras del norte enriquecieron a los conversos que andaban en tratos con los marranos lusos e hispanos que tenían abierta sinagoga en Amsterdam y en Brujas, y fueron los únicos beneficiados de aquel conflicto en el que negociaron ventas de armas y contratas pingües al tiempo que secundan el vendaval reformatorio saliendo fiadores de jesuitas y carmelitas con los que llegan los vientos del cambio) tuvo por milagrosa. En esta segunda donación tuvo que renunciar a su idea de convento de pobreza y aceptar las dotes copiosas de trescientos ducados de María Ocampo y los seiscientos de Isabel Ortega, un emolumento significativo para aquel entonces. La caravana de mujeres no se enfrascaba a la aventura. La Madre era muy escrupulosa y legalista, jamás suele dar un paso en falso y sin el asesoramiento del escribano o del confesor. Tuvo muchos a veces son ellos los que parecen que carean a la Santa pero otras veces es ella las que les hace investigación, adivina su vida y costumbre o delata sus vicios. Como le ocurrió con el párroco de Becedas o con un reverendo que asistía en la encarnación y a quien vio al momento de dar comunión como el diablo lo tenían prendido y enredado entre los cuernos. Aquel oficiante se atrevía con sus manos indignas a portar al Señor y distribuir la comunión. En otro instante espantoso Dios le muestra el lugar que le tenía preparado en el infierno. Fue una visión fugacísima pero la impresión de aquella escena le quedaría de por vida; y en otras las confidencias siguen, siempre en su propio beneficio por ejemplo, cuando Cristo en persona vino a decirla que Bernardino de Mendoza no saldría del purgatoria hasta que no se dijese la primera misa en el Carmelo reformado de Valladolid. A san José le tuvo siempre a mano. A la Magdalena cuya fiesta celebraba con rumbo la vio en varias ocasiones y también vio a san Andrés y al apóstol Juan que asistían como diáconos y subdiáconos a la misa celebrada por san Pedro de Alcántara. Conocía no sólo por el nombre sino por la cara a santa Catalina de Siena, santo Domingo que se le aparece en una cueva del convento de Santa Cruz de Segovia, y a san Benito y a santa Escolástica y a otros muchos.
Los jofores que vierte sobre algunas personas a las que vaticina el fin de sus días o el cese de una tribulación según hemos indicado se cumplieron todos a rajatabla. Resucitó a su sobrino Gonzalico Ovalle, el hijo del cantero de Alba de Tormes y antiguo soldado a las ordenes del Duque, cuando se le cayó una pared encima, aunque en la versión del milagro difieren los biógrafos. Efrén de la Madre de Dios dice que el niño cayó malo y fue encontrado muerto en la obra antes de que las rafas de ladrillo se derrumbasen y añade que su hermana que estaba encinta de la impresión de ver al pequeño muerto parió al cabo de unos días pero que el fruto de este segundo alumbramiento moriría a la semana. La Madre que le administró al neófito las aguas de socorro tuvo un trance y al cabo vino para su hermana muy contenta diciendole que se alegrase porque acababa de presenciar la entrada de un angelico en el cielo.
Las monjas de San José criaron miseria pues el sayal de velarte y el basto buriel de la tela en que esta prendas de la Reforma estaban confeccionadas pronto fueron reclamo y albergada de incómodos parásitos. De que lo supo puso sus poderes en juegos apretando en la oración para que no se les deparase semejante plaga. Dios la hizo casa y de repente la liendre desapareció. Los que visiten este lugar encontrarán allí un cristo de los ojos lindos al que se conoce por otra denominación: la del cristo de los piojos. Fue el que obró el milagro, además, con la garantía expresa otorgada por la fundadora de que de allí adelante ningún convento carmelita los tendría. A tan repugnantes parásitos se les niega la entrada y desde que Teresa hizo este milagro ya no hay liendre.


Si bien los ortópteros no representan una grave amenaza para el desenvolvimiento de la vida claustral los cáncamos peores son de otra calaña. Nada más temible que la roya humana. Las picaduras de este chinche son las más mortíferas. Porque el diablo gusta de disfrazarse de toca y griñón y se ciñe a lo mejor los cuadriles con un escapulario santo. Teresa tiene que librar cerrada batalla contra este personaje que se le aparece cuando menos se lo piensa. Y hasta le hizo una coplilla;
Pues nos dais vestido bueno, rey celestial, libranos de mala gente este sayal.
El diablo son los otros, según Sartre. Anida en el espíritu de contradicción que nos es afín como seres humanos. Esté donde esté y fuere quien quisiere, el caso es que este personaje, Mefistófeles, o como tengan bien a nombrarlo, formó parte de su existencia, y puso no pocos estorbos en el camino de su santificación. Por lo pronto, ella tenía un carácter vivo que no toleraba réplica y lo trata de solucionar derrochando dosis de gran humildad y espíritu de obediencia pero el orgullo que llevaba dentro salía a flote. No fue un negocio traer una priora de la Encarnación a San José. Parece ser que la Santa y Teresa Cimbrón discutieron y ésta tuvo que regresar al primer monasterio. Es cierto: a veces el diablo y el infierno son los otros. Consciente de tal fragilidad procuró que en sus casas las profesas estuviesen el mayor tiempo con las manos ocupadas y a ser posible aisladas, en celdas separadas, con ermitas exentas del edificio matriz o con cámaras inaccesibles dentro de las propias habitaciones. Para estar en la nube del no saber. Para abstraerse. Como los morabitos mozárabes que se apartaban a un desván de la iglesia o los anacoretas monotelitas escondidos en le helgadura de una roca. El caso es no tener comercio con las demás. Porque entonces surge la tentación, salta la chispa. Cada mochuelo a su olivo. Cada pájaro a su alcanda y cada penitente en su rahez. ¡Qué lista! ¡Cuánto conocía el alma de las mujeres esta santa castiza nuestra! 


No paro de sonreír para mis adentros con melancólica tristeza cuando acudo a Avila y me paro a besar al Cristo de los ojos lindos por otro nombre el de los piojos. Es contemporáneo de la última sesión del concilio de Trento: 1563. Después a la que subo tengo que alargar el paso por miedo a la liendre de los conventos no me dé un pasmo. Es la envidia. Allí la gente con iniciativa no es bien quista. Ha de serse gregario y del montón. Si alzas un poco el gallo te degüellan. ¡Qué bien lo sabía Teresa! Y con Ana Dávila que era mujer de temperamento discutió. Por eso el Señor no para a veces de echarle reprimendas y encarecerla tuviese mano izquierda para manejar a sus discípulas y zarcear en medio de tantos peligros. Había cocodrilos con la boca abierta esperandola al borde de las charcas. Las curias siempre dieron albergada a este tipo de monstruos omnívoros. Los peores diablos son los que llevan sotana y alzacuellos. Lo supo por experiencia. Tuvo que bandearse por orillas viscosas y resbaladizas. Dios estaba con ella, desde luego. Si no, imposible entender su vida.
Su muerte en alba de Tormes conmueve al igual que su personalidad no ya meramente por toda la parafernalia admirable que rodea al hecho sino por la admirable humanidad de esta gran mujer sin parangón, los muchos trabajos que tiene que soportar hasta el final dentro del halo polémico en el que se desarrollaron sus días. Le llega con motivo del alumbramiento de la Duquesa. Unos vienen y otros van, unos nacen y otros mueren; esa es la fija.
En aquel tiempo los grandes personajes, llegado un momento trascendente de la vida: alumbramientos, decesos, viudedades, salidas del esposo o de los hijos para la guerra, quieren contar con el valimiento o la intercesión de estas “santas” mitad parteras ora plañideras ora aliviadoras de los lutos, que deparan buena suerte, o arrimo contra el infortunio. Se las trata como de la familia, con derecho a alimonia y mantenencia pero sin soldada. Posaban en casa de la gente de viso formando casta aparte en medio de la servidumbre fija o flotante, que no suele mirarlas con buenos ojos, dentro de las cortes y los castillos medievales, en todo instante bien nutridos de damas de compañía, bufones de aluvión, parientes pobres, paniaguados y parientes propios sin otro lucro que el vivir de gorra.
De origen medieval es la costumbre. Ella da origen al mecenazgo. Y sin su hospitalidad no se hubiera entendido el gran arte y literatura cristianos desde oriente a poniente, desde Inglaterra a Rusia y desde Noruega hasta Italia. Ambos tienen un arranque de justa poética al pie de la mota del castillo del feudo y guardan ese candor primoroso de todo lo que se transmite por vía oral.  A su socaire encuentra acogida y medra las leyendas, la paremiología, los juegos de manos y de cartas. De aquí arranca esa potencia para contar historias.


Era un fuerte entramado de relaciones humanas. De esta tropa de advenedizos que llegan nadie sabe dónde a pedir posada, habituada a las inclemencias del extremoso clima, lo que hace que se desarrolle su habilidad innata para llevarse un pedazo de pan a la boca o encontrar un poco de paja que les sirviera de lecho, nace el lirismo de los lais provenzales con sus inclinaciones caballerescos, la música del romancero o la prosa de los libros de caballerías. Es como un despertar. Se abre la rosa de los vientos a nuevos rumbos. En los aposentos palaciegos, por otro lado, de las cortes ducales, como la de Alba, Lerma, Medinaceli, Medina Sidonia, Benavente, regentadas por los Fernández de Toledo, Guzmanes, Mendozas y esas cien grandes familias, muchas de origen conversos pero que con habilidad entallan su origen oscuro al disfraz de los sonoros nombres godos, que se alzaron con la exclusiva de la riqueza que supuso para algunas arcas la llegada del oro americano, tuvo la Mística española casa propia.
Es un ir y venir que llaman acarrear. En todo un ardiente penar a la sombra de la obediencia y bajo la amenaza de la coroza que se cierne sobre la cabeza del reformador, el cual escogió por norma de vida el vivir peligrosamente.  Un paso más y terminas en la herejía y atraes sobre ti la coroza del penitenciado por la Inquisición. En Segovia un provisor suspicaz la ordenó que quitara el Sacramento y mandó por los corchetes el corregidor con auto de excomunión. Todas esas congojas hacen acto de presencia en sus obras las cuales patentizan al tiempo que el fuego divino que la mueve algo vivo y tan humano como el temple de una mujer que se rebela contra el estado de cosas. Sufrió mucho Teresa y parece ser que Dios se sirvió de los amparos que otorgaba el cabimiento de la Casa de Alba para evitar los alguaciles y el baldón del Santo Oficio. Otras no tan afortunadas cayeron en la heterodoxia. Luego todo cuanto vive lo pone por escrito.
Así cuando es comisionada por uno de sus muchos confesores a que redacte la segunda parte del “Libro de Su Vida” que son “Las Moradas”, una fantástica alegoría de sus vivencias de oración en forma de símbolos, tiene que echar mano de las impresiones que le causara su entrevista con el monarca, habitante del Escorial, un adusta interpretación en  estilo gélido herreriano de la mística ciudad de Dios, con ventanas infinitas que encierran cámaras y claustras infinitas. Ante el palacio y el hombre que lo habita, esclavo de su deber, cubierto de legajos de magnifica presencia, una voz murmura a los oídos de la monja, tan abierta y campechana, epítome de la llaneza y campechanía castellana, un sosegaos.  Parece que las piedras hielan la mirada mientras el alma se abrasa en aquel inmenso caserón con diseño de parrilla. No se permiten las manifestaciones espontaneas ni el memorialesco semblante que impregna otras narraciones sino un lenguaje sublime, apto en exclusiva para los iniciados. Este encuentro con El Escorial y lo que este monumento representa para la idiosincrasia de la época filipina debió de dejar una impronta determinante.


Sin embargo, cuando dice con iluminada cordura que esta vida no es más que una mala noche en una mala posada, en esta frase vuelca su experiencia en algunos garitos en los que ha de pernoctar con sus monjas, como aquella venta en el Tiemblo donde vivió una pesadilla protagonizada por un capitán de los Tercios que, sintiendose humillado porque el mesonero le había dado una habitación peor que a las carmelitas, tiró de alfanje y estuvo a punto de liarse a mandobles con la congregación. En esta vida llena de contradicciones y de peligros se viene a padecer befas, humillaciones, escarnios, incomprensión, descalabros.  Pero a cambio de estas privaciones y sacrificio les aguarda a los escogidos un cielo al que se llega por la senda del camino de perfección y esa  recompensa prometida lo encarna el monasterio escurialense donde todo es armonía de líneas perfectas, el aderezo del alma que ha salido triunfante en la lucha con las pasiones.
A regañadientes y sin el mayor entusiasmo, más que por complacer a la gran señora doña Beatriz, por pura obediencia, acude a confortarla en los instantes del alumbramiento. Algo así debió de hacer la Virgen María con su prima santa Isabel.  Una confidencial celestial le anuncia que su presencia no era necesaria pues la mujer ha parido. Está muy cansada pero tiene que cumplir con su deber. En estas postineras señoras (Guiomar de Ulloa; Luisa de la Cerda; Ana de Mendoza, princesa de Éboli, “furiosa y terrible mujer”, esposa del valido del rey, don Ruy Gómez, de origen portugués, antojadiza e intransigente; Elvira Manrique) encuentra la buena faldriquera para fundar sus conventos de pobreza, que son sólo hacederos gracias a las rentas y donaciones de los nobles. Pero su actitud hacia tales damas guarda cierta reserva a medias entre la suspicacia y el halago del converso que busca abrirse paso en la sociedad mediante la recomendación y el amparo de la alcurnia. Es por esto por lo que su padre cambió el apellido manchado de Sánchez por el de Cepeda y Ahumada.
A pesar de todo se observa que en la descalcez ya no tienen cabida los nombres rimbombantes que campeaban en la Encarnación: Quesada, Estrada, Arias, Quiñones, Andrades, Velascos y Quirogas. Predominan los nombres de siempre: las Catalinas Codinez, las Aldonzas, etc., que se transmudan en Anas de San Bartolomé, María de la Purificación, Blasa del Santísimo Sacramento.


Por el camino les llega un heraldo para anunciarle la feliz novedad del alumbramiento de una niña. El parto fue corto. Ya no era necesaria su presencia pero decide seguir hasta la villa salmantina.  Venía de Burgos donde el último cenobio que establece fue una larga secuencia de trabas a cargo de la curia y de engorros. Ésta y la de Sevilla le dieron mucho trabajo. Entra en la ciudad con el tiempo metido en inundaciones de diluvio por diciembre de 1581 y sale en la primavera del siguiente después de la gran riada que estuvo a punto de llevarse río abajo a media ciudad. Se tuvo pro prodigio el que el nivel de la aguas no sobrepasara los zócalos del oratorio. Una placa sobre el frontis del muro de esta casa burgalesa que las carmelitas tienen en el barrio del Espolón sigue pregonando la intercesión milagrosa en aquella avenida. Las riadas debieron de ser muy frecuentes en aquellos estíos tan calurosos. Me remito a los famosos versos del romancero: “Bernardo estaba en el Carpio/ El moro en el Arapil[57]/ Como el Tormes venía crecido/ no se puede combatir”.
 Ella ya barruntaba su próximo fin pero no ceja y vence con tesón las porfías del eclesiástico de turno renuente a que en su jurisdicción se erigiera una comunidad monástica sin las garantías de autonomía económica.
En lo que el arzobispo daba su anuencia de apertura del recinto tuvieron que irse a vivir con los apestados y moribundos del Hospital de la Concepción, que era un lazareto de peregrinos por aquel entonces. La experiencia debió de ser traumática en aquella crujía del dolor. Los piojos verbeneaban a su antojo subiendo y bajando por las sábanas y cabezales; y entre los quejidos, malos olores y alimañas asquerosas, que las ratas campaban por sus respetos, las monjas no podían concentrarse en la oración. Para colmo a una de ellas se le apareció el diablo. Era un mastinazo negro que se escondía por el tiro de la chimenea y se asomaba de vez en cuando al cocedero. Belcebú hace acto de presencia una y otra vez en la vida de los grandes penitentes, puesto que ni al propio Cristo ahorró tentaciones.
Los cronistas se refieren a esta penuria de pasada pero aquí está la otra cara de la moneda de aquella España de esplendor donde sólo los frailes y los curas vivían a cuerpo de rey, comían a mesa puesta y para colmo se acostaban con quien les diese la gana, porque la emigración a América y las guerras europeas en contumaz leva de hombres y sangría de dineros habían dejado Castilla sin la presencia de varón. Los eclesiásticos podían holgar a sus anchas quebrantando todos los mandamientos eso sí con la mujer ajena, pues todos los maridos estaban o presos del turco o padeciendo trabajos en las campañas de Italia, o desbastando selvas. Hubo algunos frailes que alardeaban de su condición fáustica como aquel franciscano de Ocaña que insinuaba a todas las mujeres que topaba en el confesionario que era menester se acostasen con él si querían engendrar a un profeta. Los alumbrados habían en muchas partes dejado verdaderas rafas de hijos naturales a cargo de sacerdotes desaprensivos que trataban de mejorar la raza sin contemplaciones preñando a un monasterio de una sentada como pasó con las benedictinas de San Plácido en la Villa y Corte o aquel P. Chamizo de los iluminados de Llerena que encastó a veinticuatro incautas, o Magdalena de la Cruz, a la que llegaron a comparar sus detractores con Teresa, la cual se jactaba de haber portado en sus entrañas al Niño Jesús y que a veces recibía la visita de dos diablos incubos a los que El de arriba daba permiso para que hicieran cuanto quisieren de ella pero sin poderla dejar encinta porque un ángel bajaba del cielo y quemaba la semilla en su útero depositada. Macabro y realista detalle.


Presencia del diablo, delirios esperpénticos y para colmo todo acaba en la cama de un hospital. La realidad no sólo eran aquellos cardenales enjaezados viajando por los pueblos en carroza para llevar a cabo su visita pastoral, o aquellos jesuitas y dominicos henchidos de soberbia y de sabiduría que se enzarzaban en polémicas dialécticas que a veces terminaban en campal batalla. Se veía ir y venir por toda la península a lomos de mulas pardas a los nuncios y bulderos. La realidad era por igual la que ofrecía el espectáculo del desamparo de aquellos lazaretos para pobres apestados y vergonzantes.
La sociedad que tanto hablaba de amor a Dios se olvidaba del prójimo en injusta y calamitosa situación. Los veteranos de las campañas imperiales o los cautivos cuya libertad fue comprada al precio de la generosidad de algún alfaqueque heroico como la de aquel Fray Juan Gil, mercedario de Arévalo, que rescató a Cervantes de los baños de Argel, venían a morir en la indigencia a estos centros. En compañía de hidalgos arruinados, rameras víctimas del mal francés con la carraca de san Lázaro a mano para impedir que nadie se les acercase por temor al contagio, o de niños sin padre.
A tales centros de beneficencia se les llama de forma muy diferente. Unos eran “casas de sudores y de vapores contra el fuego sacro” como el de san Antón de Madrid que el vulgo conocía por la Sábana Blanca[58], o el de la Refitolería segoviana que atendía a expósitos; en otros, la especialidad era la de curar la sarna. Pero más abundantes eran los nosocomios pues el la locura y las enfermedades mentales hacían estragos. Las advocaciones para estos refugios (Misericordia, Sancti Spiritus, La Piedad, San Antón) dan cuenta de la intención piadosa de ellos.
Ni los libros de caballerías ni en las súmulas escolásticas se detienen a contemplar estos antros de pobreza o engendros del vicio, pero la verdad sea dicha en el Siglo de las Bellotas como llaman los autores a esta centuria hubo abundante cosecha de lupanares, tabernas y de conventos. Los Padres de la contrarreforma parece que se desentienden de los mismos; sin embargo, los relatos teresianos de forma subliminal son una referencia velada a los desvaríos del siglo amoroso. Los bucólicos de la novela pastoril no tienen tiempo para echar un vistazo a tales miserias como corresponde a una literatura evasión, las comedias de capa y espada soslayan tan infausta realidad, lo feo no puede entrar tampoco en un auto sacramental destinado al ensalce sublime de la divinidad. Únicamente su presencia late en las hazañas de nuestros pícaros.


Exhala el último aliento entre las ocho y media y las nueve de la noche del día de San Francisco de 1582, que como fue el siglo en el que mudaron los tiempos correspondía al 14 de octubre. Antes de morir profirió una frase misteriosa. “Muero hija de la Iglesia” que acaso refleje sus luchas y dudas de conversa que no la dejaron hasta la postrer alentada; eso sí, para recibir la eternidad se echó de costado y respiró por última vez mirando de cara a la pared, como dicen suele ser habitual entre los hebreos. Durante el tiempo en que estuvo aquejada del mal del sepulcro la priora de Alba no fue nunca a verla. Debían de haber sostenido días antes una fuerte discusión que agravaría su fatiga, el mal de corazón o epilepsia así como los síntomas de un proceso canceroso que debiera de datar de mucho antes. Peleó hasta el final.  En esa resistencia a la aceptación del destino que aguarda a todo mortal mostró su estaminal  judaico habituada a hablar de tú a tú con la divinidad.
Desde la primera biografía que publica el P. Calahorra en 1608 el teresianismo forma casi tratado aparte, todo un género literario, como hemos visto al principio de este tomo, pero acaso la hagiografía más entusiasta fuera redactada por su capellán, Juan de Avila al que copia casi en todo el P. Ripalda.
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CAPÍTULO VII
 
 
1) Inseguridad y perseverancia.- 2) Una misteriosa frase al morir.- 3) Lados ocultos en su vida y en su obra.- 4) el barroco espiritual.- 5) Sus relaciones con los místicos alemanes del Círculo de Windscheim al cual pertenece Tomás de Kempis.- 6) ¿Es san Juan de la Cruz el primer poeta castellano, de verdad? -7) El mastinazo negro que vio descolgarse por la chimenea en el convento de Burgos.- 8) Hacia una nueva explicación de las claves escondidas.- 9) La exégesis de Américo Castro.- 10) El mundo futuro.
 
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Américo Castro aduce su propia hermenéutica mediante el procedimiento freudiano para explicar los trances místicos que según el polémico autor vienen determinados por la histeria y el desquiciamiento que propicia la vida tan artificial que se vive en los conventos aplicandoles el psicoanálisis freudiano en su deseo de vulgarización. Don Américo desmitifica el mito de la unidad. Su obstruccionismo desconstructivista ha contado con no pocos adeptos, mas no por ello deja de ser venenosa la interpretación del mito teresiano. Ahí le duele. Sangra por la herida y con su encono parece ser que ha hecho bastante daño porque en su doctrina se basan, chutan, fusilan o refrita los cronistas neo judaizantes que van contra el cristianismo y contra la unidad conseguida por los Reyes Católicos. Lo peor es que ha dado pábulo a la nueva política que se hace desde el Pentágono de dar la vuelta al reloj de la historia hasta los taifas. Esa balcanización les viene bien a los judíos que la respaldan por entero. Y por si ello fuera poco han volado a la SIC. Sostiene que tanto Teresa como Juan de la Cruz evitan hablar de su linaje. En este último el atavismo era mucho más fuerte debido sobre todo al conocimiento bíblico. Al parecer entonces los nombres eran importantes y de ahí la avidez por trocar los apellidos que revelaban oficios manuales o pueblos por cognómenes espirituales: Sacramento, Asunción, Santo Matía, Purificación, Dulce Rostro para conjurar sospechas. Ya lo hemos dicho antes pero me parece que la observación de don Américo es sagaz y no da en falso. Porque se percibe no sólo mediante su encastillamiento en Dios el deseo no sólo hacer higas a mundo, demonio y carne sino de zafarse de la austeridad postiza que para ella no tenía ningún valor. Américo Castro llega a la conclusión de que en su obra desigual y con muchos altibajos trata de defenderse y a veces finge tratando de salvar los muebles y en el anhelo de incorporarse a un proyecto de España diferente cuajado de rasgos soteriológicos en los cuales se detecta tanto la inseguridad como la perseverancia del judío avanzando hacia la cumbre en medio de los enredos y marañas de un ambiente hostil. En su llaneza finge lo que no es, el alma retorcida y atormentada de un judío al que se le obliga cambiar no de grado sino de fuerza la religión, porque ella se sentía en cierta forma adscrita a un plano superior y trata dende de relacionarse con la alcurnia. Juan de la Cruz por su parte intenta alejarse de la masa vulgar en beneficio de las elites y critica la religiosidad falsa de los eclesiásticos de la época, agrega Castro que el misticismo español va a remolque de otros movimientos espirituales surgidos en Centroeuropa propiciadores de la vuelta al cristianismo en estado puro sin aditamentos seculares a través de la Vulgata, y del erasmismo. Pero en esto me parece a mí que en su ensayo sobre Santa Teresa el eminente historiador no recapacita acerca del aislamiento e incomprensión en que se encuentra la nación española remando contra corriente y dilapidando sus energías en una quimera. Hasta el propio monarca es pesimista. De lo que se trata es de conservar la unidad que había sido conquistada a costa de muchos siglos de lucha. Era una teocracia. El poder civil y el espiritual eran todo uno y con la aparición de focos protestantes y los rescoldos del resquemor morisco así como el poder de los judíos siempre oculto y bajo cuerda que en la historia de España es un genio de índole trashumante, pues ellos han estado viniendo y marchándose pero sin irse del todo porque gracias a los buenos oficios de los reformadores empezaron a tener un dominio importante de los asuntos eclesiásticos en las diócesis españolas y en el Vaticano controlaron los dineros de san Pedro. Es incongruente en resolución concluir que Teresa con todo lo que tenía detrás fuese una histérica. Ella es una auténtica convertida a Cristo y en los estertores agónicas cuando formula aquella frase de “muero hija de la Iglesia” demuestra que ese ha sido su propósito y su cometido aunque no estuviera de acuerdo con las forma de actual de un sector de la curia que siempre le fue hostil.  Sus orígenes hebreos están ahí pero son una simple anécdota de manera que el pueblo de Dios recibe en ella la partitura de una canto nuevo, una estirpe de savia forastera que aceptando un cometido diferente al anterior se encamina, conjurado por las misteriosas y secretas fuerzas que impulsan la historia, a un destino inédito. Ella es el mensaje y el medio a la vez. Erigida en profetisa de las rutas abiertas y, poseída como de una euforia retórica, bebe en los pezones mismos del manantial del idioma que en su pluma al igual que en la del otro alumbrado misterioso Juan de Yepes se transforma en vehículo de expresión de una serie de conceptos en los que no había ahondado cualquier otra lengua. A. Castro dice que llega tarde España a la mística. ¿Cómo va a ir a remolque de otras naciones europeas si el portadora de nuevos valores, si crea otro lenguaje (algo muy semejante a lo que está pasando ahora con la jerga global de Internet) y proyecta otra concepción del mundo? Viene el barroco y el pensamiento teresiano podría encontrar un símbolo en esa retorcida columna salomónica cargada de racimos de Corinto que trepa y ahoga la éntasis de las palmeras en los retablos churriguerescos. Se trata, por tanto, de una visión charra, recargada, que sólo puede acomodarse en alguien con una mente tan complicada como la del converso. Viene de una parcela confusa donde impera el equívoco y donde no hay un mando único sino lo que depara el caleidoscopio de la lente en perpetua distorsión. Muchos floripondios y arabescos, adornos en espiral y volutas de una firma a la que nunca se le palpa el trazo final que garabatea desde el lenguaje coloquial de una sociedad a punto de experimentar cambios traumáticos y donde está a punto de acabar la inconsciencia y seguridad del poder salvador de Cristo que hace del medievo un mundo feliz y despreocupado. De la mano de los nuevos heraldos del cambio se entra en un espacio torturado y cerrado, el de la mística, con sus moradas y alcobas, las capillitas en infinidad de altares a algunos de los 16.000 hombres y mujeres a los que autoriza el culto de dulía el Concilio de Trento. Se ha dado por concluida la nave central catedralicia para entrar en dependencias de devociones particulares y gremios, y la oración mental desplaza a la vocal; esto implica mermas. Los candorosos santos de las primitivas etapas atraían y pese a los disparatado de sus proezas y heroicos sacrificios para ganar el cielo resultaban atrayentes pero los que alcanzan la hornacina después de Trento, siguiendo una proporción inversa de espacio y de tiempo se nos vuelven un poco hoscos y hasta antipáticos. Cuanto más próximos, menos creíbles. ¿Quién no se rendirá hasta la hermosura viril de un santo Martino dividiendo clámide y lanzandose desde lo alto del caballo para abrigar al pobre? ¿O san Lorenzo pidiendo a su verdugo cuando estaba en la parrilla que le diese la vuelta porque de ese lado ya se había torrado lo suficiente? Es un gesto que llena de ternura. Cifra como antecedentes suyos en la erótica celeste a Raimundo Lulio, quien a su vez se inspira en los santones sufíes. Detrás del movimiento subyace la pléyade de los “viejos alemanes”, una gran cosecha que tiene por mentor y fundados a Ludolfo de Sajonia, “El Cartujano”, autor de una biografía de Cristo muy popular durante el siglo XV, su lectura mientras convalecía de su herida en una pierna en el asalto a Pamplona dicen incidió en la conversión de aquel lansquenete llamado Iñigo de Loyola. El libro es todo un punto de arranque para abordar la fe desde la perspectiva interiorizada y pietista a la manera de Eckhart, Kempis, Nicolás de Cusa. Por último Lutero también encontró Lutero en el Cartujano su fuente de inspiración cuando huyendo de sus perseguidores se retiró al castillo de Warfurt donde estuvo escondido once meses. A esta fortaleza propiedad de los landgraves sajones y que había habitado santa Isabel de Hungría la llamaba el heresiarca mi “isla de Patmos” porque allí le vendría la inspiración para pergeñar su doctrina de justificación por la fe. Para salvarse no hacen falta las obras. El elegido no peca nunca aunque quisiera ya que Jesús al morir por él lo convirtió en justo a los ojos del Padre. Esto que parece una aberración no es ninguna teoría. A Martín Lutero le pareció una idea nueva pero es el concepto central que planea sobre la filosofía agustiniana y anteriormente fue el motivo por el cual fue condenado a morir ajusticiado el obispo de Avila, Prisciliano, por orden del emperador Máximo. Sus discípulos trasladaron sus reliquias a Compostela. En esta tesis se va a basar la turbina de fuerza que mueve a todo la dinamo protestante.  Cuando le vino a la cabeza este concepto mientras leía las Epístolas de san Pablo el monje agustino creyó ver en todo la inspiración del Espíritu Santo. Pero no hace sino beber en la tradición de los Maestros del Círculo de Windsheim que contó con importantes aparte de los ya citados de Taulero y otros muchos ascetas cuyos puntos de vista siguiendo las prédicas del Cartujano se pasan de la raya de la obediencia al dogma. Es una entrega a la vida de la oración mediante la muerte del yo y la búsqueda de la trascendencia al modo intimista; se atisba el deseo de hollar las riquezas con menoscabo de las glorias humanas; es un rechazo de la iglesia exterior para salir en defensa de la comunión de los santos, la iglesia real y esotérica, la que se vuelca sobre el Cuerpo Místico, a la que guía el Espíritu esbozando un proyecto de salvación adecuado al mandamiento nuevo, más allá de los intereses espurios y secundarios del clero. Todos los bautizados participan del sacerdocio de Jesucristo. Para entrar en el cielo no hacen falta bulas papales ni indulgencias. Los actos humanos no valen un ardite a ojos de Dios. La confesión auricular no sirve para otra cosa que para despertar apetitos desordenadas o como psicoterapia y en la eucaristía, el único sacramento que admite Lutero junto con el bautismo, no hay transubstanciación sino memorial de la Cena. La idea posee una fuerza revolucionaria que conmueve a la iglesia hasta los cimientos. La onda expansiva del terremoto provocada por este genio del mal que era Martín Lutero pero un eminente eclesiástico influirá subliminalmente incluso en sus enemigos. Lutero quiere una iglesia desnuda sin santos ni ornamentos y Teresa de Avila preconiza la descalcez. Pues le dan enojos y quebraderos de cabeza cambia sin cesar de confesores. Todo el Kempis es una demoledora diatriba contra el monacato de los “cucullati” (cogolludos) o freires relajados, los que en frase de Papini no hacían otra cosa que picotear en el coro y cacarear en el refectorio. Pero mientras erasmistas, anabaptistas y anglicanos acusan al papa de secuestro del evangelio, Lutero iría más lejos al formular que éste era el anticristo, los contrarreformistas hispanos se agarran a este institución como a clavo ardiendo, trascendencia sus propias funciones y apelan al pontífice romano en sus diferencias y tensiones con el Santo Oficio. Los españoles son los únicos católicos que se han creído esta historia de la “potestas clavium” origen de la primacía; para los franceses, algo chovinistas no se trata sino de una institución política que supieron utilizar a propia conveniencia, y los italianos sólo ven en la silla de Pedro una fuente devisas. Tomandose más a pecho y por eso aquí se dijo aquello de ser más papista que el papa, lo consideran zar celestial, el representante de  Jesucristo, el primer vértice del triángulo gnéisico (altar, trono, tierra) de las potencias espirituales. Y esa especie de adoración o culto a la personalidad del papa y del rey ha llegado hasta nuestros días gracias a las sabias campañas concertadas por el Opus Dei para salvar los muebles de nuestro “Establishment”. España se podrá ir a pique. Mas mantenga Su Majestad la corona en su sitio. El príncipe no puede casarse con una cualquiera, aducen los peritos áulicos que en medio de la depravación de costumbre que asuela el territorio ponen cara de horrorizadas ursulinas cuando se les mienta a Eva Shanum. Con respecto a Wojtyla sigue siendo el emisario de Dios. Surja el Polaco, perezca la Iglesia. Oh generación depravada y  dura de cerviz.  Unos por exceso y otros por defecto el río se sale de madre. Pero el legado de Teresa con sus contradicciones y alma torturado y retorcido sigue ejerciendo influjo sobre las santas teresas laicas de este matriarcado, las fijas y en plantilla de nuestro panorama midriático. No son material fungible sino pebeteros incombustibles.  Por más que rodeadas de materia ígnea.








Aplicando la norma de los contrastes a la sobredicha corriente revisionista seríamos capaces de detectar un paralelismo entre lo que acontece en el norte, pues indirectamente se va a seguir acá el grito de rebelión luterano con sus genialidades y sarcasmos. Pero allí se reclama una iglesia nacional, con lo que nace tanto en Inglaterra como en Alemania como en Suiza y nada se diga en la Francia hugonote una concepción religiosa del cristianismo vinculada al territorio y a los genes que permanece una noción interesada de las interpretaciones evangélicas como casta de salvación, nave de los elegidos. A los que estudian la Escritura les van bien los negocios, consiguen prestigio. Si diéramos la vuelta a los argumentos y estudiáramos la norma teresiana del “sufrir y padecer” encontraremos subyacente esta misma aspiración a no comportarse como la chusma organizada ni masa vulgar. La Iglesia tiene que ser un círculo de distinguido. La frugalidad, la discreción y la austeridad depararán a Calvino una buena corriente en los bancos ginebrinos (así nació el capitalismo paritario a la conciencia nacional de los estados) mientras que a los místicos de la contrarreforma este menoscabo de las cosas terrenas y desapego a sus pompas y vanidades amortiza en el más allá un puesto de privilegio. Pero a diferencia de sus naciones hermanas del norte España se reserva el derecho a la nacionalidad prefiriendo la universalidad. El P. Sepúlveda había defendido el cesaropapismo. Luego, Francisco Suárez tendría que dar marcha atrás, pero con esa aspiración se embarca en las carabelas rumbo al Nuevo Mundo. España baluarte de la fe católico. Triunfo absoluto de la alianza sacrosanta integrada por trono, altar y ejército. En Roma no se comprometen con tanto entusiasmo. Los papas convocan a la cruzada sólo en casos estrictamente indispensables a sabiendas que los cardenales galos y alemanes estaban a la mira. La espiritualidad aberrante y desinteresada de los alumbrados españoles contrasta con el provincialismo interesado de los herejes. El papado todavía guarda las formas porque no había aparecido aun por el palacio de San Juan de Letrán monseñor Escrivá de Balaguer con su decálogo de 999 normas guarda la forma y conserva el latín como vínculo de la totalidad. Sin latin la SRI se convierte en un conventículo descepado válido para hacer el juego a las multinacionales y a las mafias pero así lo decidieron los padres conciliares en el vaticano segundo. Inspirados de seguro no por el Spiritu sino por la escolta infernal del príncipe de los abismos dejando puerta franca a la desestabilización y a la confusión generalizada. Los judíos no hubieran cometido la impostura de liquidar el hebreo. ¿Qué sería del islam sin el alcorán escrito en árabe?  Volvamos a lo que pasó entonces. Ni el protestantismo ni la militancia de los jesuitas consiguieron el objetivo fijado. Nada se reformó. El encono sirvió de piedra de escándalo a los paganos. Al encresparse las posturas de esta cerrazón acontecerían las guerras de religión. Los extremos se tocan. A uno y otro lado lo que sendos flujos innovadores se traen entre manos es un reto: la lucha por el poder y el control de las cabezas visibles. Zwinglio y Calvino esgrimían la biblia como fuente de autoridad, lo que no deja de ser una aberración porque de la divinización de una escritura se siguen demonios, lo que nunca hubiera jamás deseado el Inspirador del texto sagrado. Los libros sagrados fueron redactados conforme a un plan, una mentalidad, un contexto en que las palabras no valían lo mismo y los símiles del lenguaje han sacado de quicio los hermeneutas al dar de lado la semántica perecedera confundiendo lo sagrado con lo profano, lo temporal con lo eterno. Unos tiran por la borda la liturgia y la tradición, con excepción de Inglaterra donde todavía se mantiene en algunos círculos, mientras otros se aferran a una noción inmovilista y anatematizan a aquellos que se atreven a poner en duda la Vicaría jesusea del obispo de Roma (ver la confusión entre el rey temporal y el espiritual pauta principal de los Ejercicios Espirituales), dispuestos a lanzar excomuniones y darles a algún cabeza de chorlito con la biblia en la cabeza. Tal hizo la Madre con una postulanta de Toledo que decía era bachillera. “Aquí todas somas monjas ignorantes”. Le deniega el hábito y todo por tener un ejemplar del Antiguo Testamento. Que ella que se decía devota del Rey David sabía bien de coro aunque manteniendo su secreto. Ventura te de Dios hija que el saber no te faltará. La virtud está en el medio. Entre ambas intransigencias se ve claro la parte de razón que llevaba Lutero al señalar con el dedo a una clase clerical que vivía mucha más tranquila al frente de una grey ignorante y oscurantista. “Biblias, hija, no traigáis que no tenemos necesidad de vos”; estas prevenciones de la Fundadora ante una mujer que se había esforzado por saber un poco más echando un jarro de agua fría sobre sus esperanzas reflejan a lo puro indiscreción, ya que de la discusión nace la luz y sin discusión no cabe un grado de libertad. La ignorancia estorba a la sabiduría en su diseño activo y creación permanente del mundo. Nadie puede erguirse en exclusiva de la verdad, ninguno tiene la última palabra. El catolicismo romano se desvió de las fuentes griegas y los abusos de la sede primada junto con la soberbia de algunos príncipes determinaron aquella situación de escisiones, enfrentamientos y cismas. Al menos la ortodoxia griega se libró de aquel cataclismo. Centurias atrás, los debates y disparidades de criterio sobre aspectos del dogma trinitario y la intervención de María en el proyecto mesiánico no fueron lastre sino acicate para la caridad redundando en un acrisolado fortalecimiento de las verdades reveladas. La fe saldría fortalecida de las demasías de Prisciliano, aquel que había dicho que los elegidos no pecan nunca, o de la confrontación arriana. El credo niceno viene a ser un colofón a la controversia entre monofisitas y monotelitas. Pero en el sexcentésimo los bandos pugnan de muerte poniendo a Dios por testigo de sus enconos. El resultado: una ordalía de odio. No hay contemporización alguna. Por eso desde entonces se tiene como nota de mal gusto la costumbre en algunos países cualquier coloquio con tema religioso; ya la fe pasó a convertirse en creencia. Había comenzado el primer acto del drama universal. Se alzaba el telón del apocalipsis. Johannes Busch se llamaba el prior del monasterio en los Países Bajos donde se inicia la corriente pietista que da pábulo a los vientos de reforma. Primero, es una brisa. Luego se desatan las furias eólicas que desparraman el huracán. Desde el claustro benedictino de Windesheim a través de propuestas inocentes y de exhortaciones parenéticas se insta a la reforma de costumbres. Pero siempre hay que echarse a temblar cuando alguien nos habla de reformas, ajustes finos y otras zarandajas porque ellos siempre serán la puerta de la exclusa que suelte la cascada. El primer caballo del tiempo final empezó a cabalgar con las cruzadas y no ha parado de estampar sus cascos contra los morrillos del empedrado de la historia. Ahora la trepidación va a más. Hitler acuñó el lema de “Gott mit uns” que ha recogido Bush - aquí tenemos a otro Bush y este no es abad aunque preconiza la reforma y el sometimiento de todos los pueblos a la vara de medir demócrata- en el “God bless América”. A la Daciana Galiana se le hace al oírlo la boca agua lo mismo que al gordo de la cabeza apepinada, jurisperito de todo y de nada que aparece en el programa ése de la “Reina de las Mañanas”, pero a mí la carne se me pone la carne, porque yo no soy Laura la mujer del mandatario ni clamo venganza por lo de las torres heridas por el rayo allá donde los jinetes suicidas ellos mismos con toda la tripulación se hicieron dardo y brasa. Todo esto confirma mis sospechas de que Boje se escribe con b de burro y b de burro. Y Bojo se llama el baranda que ha inaugurado el milenio con una guerra contra el infiel Ben Laden de quien nada sabíamos hasta aquel once de septiembre por la mañana de repente convertido en todas las ansias de vindicta de la sed imperialista. Están resucitando los gigantes y la hidra sionista asiste al parto. Un río de aguas bermejas corre a nuestro lado mientras se erizan los cabellos amenazantes de la arpía. Es valiente como un Héctor pero el día en que se desparramó la noticia de los atentados corrió a refugiarse en una casamata antinuclear. ¿Dónde están mis hijos? ¿Y Laura, la ambiciosa? Machácalos Georgie Porgie no les dé cuartel, hijo del alma. Dios está con nosotros, pero por si acaso el cowboy pagado de su orgullo pero víctima de su ignavia estuvo varias horas extorris, esto es desaparecido, que dirían un romano. Yo no comprendo esta guerra asimétrica. Falta proporción y sobran imágenes y banderas colchoneras. Me suena a algarabía como el mensaje místico.  Todo se hace para capturar al obtuso Ben Laden al que los internatutas ven ya bambolearse en la horca, lo quieren vivo o muerto. Mas ¿quién es él? Mil contra uno. Abusones, ya podréis. He aquí las contradicciones del semiperíodo que hemos delante. El príncipe dominante es sagacísimo, cada palabra suya posee semántica no en balde le apodan el zar de la semiótica. Veo gran efusión de sangre derramada y al fantasma de Nerón surgiendo de las aguas bermejas del Tíber que discurren entre tusones de niebla para esconder los sicarios que conminan la ciudad amurallada al abrigo de la noche. No conoceremos nunca a nuestros sayones porque se tapan la cara. Actúan de madrugada, diz que vienen a defender la democracia pero en realidad otras son sus intenciones, nos prenderán y luego nos asesinarán como conejos. Bush y Busch son homónimos en anglosajón y en otras lenguas de origen germánico. Quieren decir la misma cosa: breña, matorral. Un asturiano diría en vista de la actual situación que los trogloditas bajan de la braña arisca empuñando el garrote.  Lo agitan sobre el aire saturado de ominosos presagios. Ya suenan los primeros trallazos. Todos somos papas y sacerdotes de nosotros mismos, predicaba Lutero. Pues claro; entre Dios y los hombres maldita faltan que hacen los intermediarios. Ivan Busch  será uno de los primeros en inocular el veneno y en el “Cronicón Windesheimense” se cita: “Aun cuando fundes mil conventos de tu mano, aun cuando alimentes con tus bienes a todos los pobres del mundo, no merecerás salvación si vives en pecado mortal”. Este discurso nos suena. Es el que me largó directamente el cura de soto de Luiña por tener la fea costumbre de ir por el pueblo atizando un rosario. Que por cierto en aquel lugar idílico de la insólitamente bucólica Asturias se me apareció después de salir de la iglesia. Era un abacero con los ojos tan claro que parecían los de un candil de todas las venganzas. Pero de ese extremo infausto de mi vida contemplativa mejor no hablar sólo a titulo de referencia para demostrar que la existencia del maligno en el mundo no es un cuento chino. El mastinazo negro que vio santa Teresa en el hospital de la concepción y el abacero rubio del camino ruin que lleva a San Martín de Luiña eran la misma cosa y hubo que salir corriendo. La huida es la mejor de esquivar su ságena que tiene buena almadraba para prender incautos dentro de sus redes. Si lo ves, escapa. A mí se me apareció donde menos lo esperaba. En un valle de ensueño. Pues allí estaba disfrazado en forma de abacero. “Vengo a arreglarte la bicicleta, te conviene hacer ejercicio, adelgazar, esparcirte un poco.” “No quiero”, repuse. No paré de correr hasta el Rellayo y subí la cuesta de las revueltas de Artedo que parecía a Pegaso el de los pies alados. Se me habían erizado los cabellos y pasé tanto miedo que no puedo contar lo que vi porque la sola memoria de aquel espectro me produce grima.
 
 
 
 
 
               
 
 
 
            LAUS DEO
 
 
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                      XXXXXXX
 
 
 
Epílogo
 
                                  
 
 LITURGIA EN JERUSALÉN
 


De lo que debió de ser la vida en Jerusalén en las primeras centurias dan cuenta las relaciones de una monja peregrina de origen español llamada Egeria. En la iglesia de la Resurrección o Anastasía los fieles se reunían toda la noche hasta el canto de los pollos (pullorum cantum) para asistir a las celebraciones presididas por el patriarca y toda su corte episcopal de presbíteros, diáconos y coros. Era una divina liturgia cantada a varias voces con la intervención solemne de las vírgenes o “parthenae” y los monjes de vida consagrada. Se observa que el nacimiento de la liturgia que en griego significa servicio público va pareja a la del monacato. La castidad era un aditamento para los pueblos de origen sincretista, un adorno de la perfección personal. No ocurre lo mismo a este respecto con los judíos quienes a diferencia de los griegos y los romanos veían la esterilidad como una maldición de Dios. Estamos abocados al círculo místico y sin una explicación preternatural nadie podrá salir del laberinto. La fe nos conduce siempre al símbolo en un intento por conciliarse con la razón. Para explicar nuestras creencias hemos de acudir a lo inefable. Por eso la religión, que nos ata a lo desconocido, tiene que ver con las fuerzas misteriosas de la vida. Una de ellas será la música y el arte del canto. Para que estas reuniones del ágape durasen desde la salida de la luna hasta la aurora algún acicate debería de haber para sostener el fervor y el interés de los congregantes. La magia vendía dada por algo que ha sido privativo de la iglesia primitiva instituida por Jesús, adorno del que adolecen sus hermanas, la mezquita y la sinagoga, el Christus músicus, el sueño de la belleza eterna que baja a la tierra y permite al hombre participar de la dicha perenne. Desde los primeros siglos los ojos cristianos tornaron a oriente de donde toda luz nace. Así la salmodia cristiana tiene que ver en su simplicidad con los versos áureos que repetían mecánicamente los pitagóricos y los vedas hindúes, sin comprender su significación. Los monjes se sabían de memoria y repetían como papagayos las palabras pero esta simplicidad hacía más efectiva la plegaria porque obraba maravillas en los que practicaban este tipo de oración: la vuelta al centro, sentirse en presencia de Dios, comunicarse con ese testigo que todos llevamos inscrito en algún repliegue de nuestra psique. Es en Jerusalén donde se origina toda esperanza. Hacia allí el alma del orante revierte.  El zionismo se ha encargado mediante las guerras que todos conocemos de echa a pique esa esperanza utópica en un mundo mejor mediante el amor y la caridad, desplazando a los cristianos de sus sedes y haciendo que la Ciudad Santa sea una cuestión sangrienta entre árabes y judíos, entre Mahoma y Moisés. Nunca del Hijo de Dios que padeció allí muerte de cruz. La cruzada lanzada por el tándem Bush-Chini, muy bien preparada y orquestada de antemano con múltiples mentiras, no tiene por objetivo el islam sino más bien el cristianismo. Está claro que quieren borrar la memoria de alguien que les estorba. Pero por mucho que se empeñen y estén tratando de dar vuelta a los libros santos borrando aquellos pasajes bíblicos que les sean impropicios se cumplirán los dictámenes de Isaías que advierten a los secuaces del Gran Cofrade: “Dominus ex ligno regnabit”(el Señor imperará desde el leño). No se frustrarán a pesar de todo nuestras esperanzas porque lo que está pasando en la Jerusalén de Ariel Chorreón pasaba ya durante el mandato del Tetrarca que mandó degollar a los inocentes y su comportamiento ratifica la profecía cristiana de “no viene a traer paz sino la guerra”. Las matanzas y demoliciones que observamos de palestinos y de sus propiedades a cargo de tanques y excavadoras israelíes son un corolario al comportamiento de Herodes. El odio a Jesús sigue vivo. Se está estrechando el círculo. Se acaba el tiempo. Estaba escrito.
Convendría, por tanto, enfrascarse en la lectura de aquel primer reportaje de lo que acontecía en Palestina en el siglo IV narrado por esta peregrina española que acude a los pies del Santo Sepulcro atraída por esa cruz de Constantino que había aparecido con engastes de piedras preciosas y que pudo conocer también santa Teresa en una de sus visiones.
El símbolo del dolor y de la ignominia se convierte así en presea de salvación. El Señor reinará desde el leño, símbolo de nuestra fe.
Cristo sacerdote se alza en triunfo sobre las colinas y sus discípulos a lo largo de los siglos irán buscando sus huellas.
Sabemos que triunfó sobre el mundo, el dolor y la muerte y que  ese triunfo y esa presencia se materializan todos los días en la eucaristía. No convendría, por tanto, perder de vista esta preeminencia. La liturgia es símbolo en el cual convergen la tradición y el dogma así como los tres niveles del Cuerpo Místico que desde la aurora hasta el ocaso y de forma ininterrumpida a lo largo de las cinco partes del orbe se concelebra con los ojos puestos en el lugar de la tumba vacía. La iglesia de la Resurrección jerosolimitana sea nuestra quibla. El punto de orientación referencial de los que siguen esta creencia.


Existe una interacción entre este iglesia peregrina y la Jerusalén celeste.  Todas las manos se juntan en la misa el rito de iniciación de los elegidos. En contra de los supuestos que se manejan ahora mismo por el diablismo que nos envuelve quizás la oración litúrgica debe de ser mucho más agradable a los oídos del todopoderoso que la que nace del fervor individual y subjetivo porque se hace confesión pública, es testimonio de adoración y posee un carácter colectivo que une a los habitantes de este mundo con los vecinos de esa Ciudad de Dios a la cual aspiran los devotos. Allá se dirá una misa que nunca se acaba. Ya estarán de más los testimonios y martirios.
El recuerdo de esta presencia físicas de los primeros fieles que vio santa Egeria hace revivir las enseñas de la Panagia o asambleas de todas la noche a lo largo de los cuatro cuadrantes  en que dividían el tiempo los romanos desde la puesta del sol hasta los clarores del alba matutina: vísperas, prima vigilia, media noche, alectorias (canto del gallo).
Cuando escuchaban el grito rompedor del primer masto los bautizados se apresuraban hacia el ara de la confesión, en reminiscencia de la apostasía del pueblo judío que por boca de san Pedro en el pretorio negó al Mesías prometido.
No le conozco a ese galileo. El eco de semejante traición seguirá esparciendo sus vibraciones sonoras a lo largo de las profundidades de la noche de la historia.
Es el síndrome de la casa vacía. Cuando canta el gallo el primer discípulo por miedo a los judíos, llevado de miras interesadas o tratando de salvar el pellejo, volvió sus espaldas al maestro.
Ese pecado se rememora cada madrugada. Durante muchos siglos los monjes que han sido y serán abandonan el lecho y se alzan para honrar a Dios y rogarle se apiade de aquel primer pecado.
He aquí el sentido de la primera de las horas canónicas: maitines. Lavar la culpa de aquella primera negación, reconociendo que con san Pedro todos hemos cometido falta. La Iglesia durante dos milenios ha estado rindiendo culto de alabanza, impetración y expiación al Verbo Encarnado. Sus voces han santificado la media noche, que es la hora bruja, la de los grandes fantasmas. Vigilad y orad. De esa forma nos hemos sacudido el yugo del tentador.
En algunos ritos como el sirio caldeo a este primer canto de los pollos se le reconoce como el “galinycion”, pero en la tradición occidental se le puso otro nombre: el lucernario, un oficio que se divide en siete nocturnos o lecciones a su vez. Pero la tarde de Viernes Santo se denomina “tenebrario”. Es la única vez en que se apagaban todas las luces, lucernas, del templo, para recordar la hora en que el Ungido expiró en el palo.


La jornada se establecía conforme a la clepsidra griega en cuatro etapas: prima o con la fresca, tercia con el sol en sus comedios, sexta o luminosa, nona al empezar la tarde. Con lo que se suman ocho partes entre diurnas y nocturnas. Así separaban los romanos sus días.
El origen de este vocablo viene de Διες (dios) y el Dios eminente para la concepción olímpica grecolatina era Jupiter tonante, Zeus, el autor de la luz y el que separaba la claridad de la sombra. El cristianismo hereda esta disposición heliocéntrica y el heliotropismo del Breviario Romano es cosa notable. Sus más hermosas composiciones son aquellas que cantan a la luminaria triunfante (Iam lucis orto sidere Deum deprecemur supplices ut in diurnis actibus, etc.) y se compara a Cristo con Zeus y a su símbolo, la cruz, con sus rayos que esparcen calor y vida al género humano.
Estamos pues ante una religión estaurocéntrica[59]que nos recuerda a las divinidades zoroástricas para diferenciarlas de las selenitas. La gran diferencia entre el judaísmo y el cristianismo es que la primera computa el tiempo por la luna y la segunda tiene un carácter febeo.
Tal matiz las diferencia en todo. Los sarracenos copian de los judíos esta inclinación por la libración sicigia. Fascinados por la erección del disco plateado que han convertido en enseña de su credo han hecho bandera del engaño, la equivocación y el error. El islam camina bajo el halo de la luz refleja de la casta selene.
Volviendo a la raíz de las palabras no olvidemos que selenosis vale en castellano tanto como mancha, mentira y falsos testimonio. Talmúdicos y sarracenos son pueblos, pues, selenógrafos. No miran a la luz cara a cara sino a través del espejo. Éste es otro de los grandes dramas de la historia universal pero no nos vamos a detener a meditarlo nuevamente pues doctores tiene la Iglesia y esto así nos parece caiga quien caiga: la verdad no puede hacer buenas migas con la falsía ni se pueden uncir los antípodas sin contratiempo. Aunque hay quienes se empeñan en dar coces al aguijón e ir contra lo que resplandece bajo el meridiano de Greenwich.
Teresa por su parte hace su reforma pensando en Jerusalén, la ciudad de la que vinieron sus padres y a la que ella desea volver enarbolando la bandera de las vírgenes prudentes tras las huellas del Esposo. Quiere regresar a una tradición eremítica que se remontaba al Antiguo Testamento al pie del Sinaí cerca de la fuente donde fueron arrebatados en carne mortal Elías y su discípulo Enoj.
Eran las veras esencias del yermo donde las dos tradiciones, la mosaica y la cristiana, se ayuntan. Proponía un regreso a las veras esencias para proclamar la fe en asamblea con cítolas y péñolas, en concento de voces bien acordadas, de la que salgan alabanzas día y noche.


Conserva la regla de coro de los primeros solitarios de estos cenobios de Cesarea y la Tebaida y promulga que el oficio divino sea celebrado en comunidad pero “sin mucho regalo” y que la salmodia fuese sencilla y “por entonación, no por puntos”, pues pretendía que sus discípulas suprimieran todo lo externo y superfluo para ganar profundidad y simplicidad. La liturgia que se cantaba en Jerusalén debió de ser un regalo de los sentidos hasta el punto de que pudo caber la sospecha entre los rigoristas que su gran belleza corría convertirse en el fin no en el medio de  entonar las preces. No era del todo cierto esa suposición pero Teresa la adopta.
Hoy por ejemplo nos sigue extasiando a los que hemos percibido alguna vez ese aroma y esplendor del Ungido los “trotarios” y acordes del rito bizantino. Sin embargo no nos dice nada por ejemplo un Mozart, con ser sus partituras insuperables o cualquier concierto de esos que ahora utilizan a las iglesias por teatro. Se trata de composiciones perfectas pero les falta eso que anima lo que estaba dentro y que era la emanación del Cristo mismo.
Abundando en esto diremos que nos parece que hay melodía más sublime, a pesar de su sencillez melódica, que la narración cantada que se hacía de la Pasión según san Mateo en las iglesias medievales a tres voces.  Los puericantores de Viena muy bien pero sin sacramento, sin celebración eucarística, el mensaje queda tronzado y a medio gas.
La Santa, insistimos, guarda la norma del coro en comunidad, algo que otras ordenes que surgen en la contrarreforma, como los jesuitas, suprimen, pero manda que el oficio sea rezado y cantado pocas veces para no dar puerta a la tentación de la vanidad.
Quiso que se salmodiara pero sin demasiados requilorios ni el entusiasmo del querubín del que hablan los padre griegos y prohibió de sus conventos las antífonas y los estribillos. La mayor parte de las profesas desconocía el latin. Se aprendían de memoria el salterio y repetían sus dípticos una y otra vez.
Antífona en gr significa oposición de dos voces. Cuando san Basilio en el 317 funda su primer eremitorio introduce en su regla el oficio en común de las horas canónicas (prima, tercia, sexta, nona, vísperas, completas, maitines y laudes) y establece un canon litúrgico que había de repetirse en las asambleas de la comunicad a lo largo de los doce meses del año. Fue este santo varón, gran artista, el autor de la mayor parte de las partituras de las misas de medianoche, herederas del ágape romano y de los banquetes funerarios.


Este culto público, con algunas variantes, puesto que cada monasterio tenía motu propio, irradia de Antioquia, Bitinia, Siria, Cilicia y Cesarea donde estaba la provincia de Jerusalén particularmente.  De este epicentro se esparcen ondas de circunvolución eucológica ex solis orto usque ad occassum a todo el orbe cristiano.
Es la fe viva, llama perenne como la de aquellos fanales de mecha incombustible que iluminaban como si fuera de día las paredes del templo del Santo Sepulcro. Es la antorcha que por mucho que azote el viento jamás se apaga, candela incandescente.
Es el resplandor que imparte el pregón pascual al grito del diácono que encabeza la procesión en la noche de Sábado Santo repitiendo bajo el hachero la eterna consigna del Resucitado: “Lumen Christi”.
“Ad lucem per crucem”.  Hasta la luz a través de la cruz.
No hay devoción más grande ni oficio divino mejor cantado, apto para estos tiempos de tinieblas que nos embargan que el que se imparte en esa noche santa. El diácono que lleva el cirio en la procesión es también el que porta las claves. Potestas clavium.  El cielo y la tierra pasarán pero mi palabra no pasará.
Consigna mayor no puede haber ya. La vida cristiana consiste en una vigilia perenne. Hay que estar preparado porque la segunda venida puede acontecer en cualquier instante.  Que nunca se extinga el pábilo de esa palmatoria que aunque tenue encandila la noche de la fe. Como si la noria de la historia hubiese perdido el compás o nos deslizáramos a lobos de un trineo sin riendas por el tobogán loco todo parece sujeto a la gravitación de un vértigo misterioso. ¿ Sonará la trompeta? No sopléis sobre contra candela.  Que seáis faro que guía. Confortables candelabros que envíen rayos y no fauces lóbregas del precipicio. Los centinelas no han de bajar la guardia. Vigilate et orate ut not intretis in tentationem.
Estas recomendaciones del Salvador marcan el origen del monacato en lo que tiene de rigor y de parsimonia, de renuncia a la voluntad propia para acatar la común.
Las Horas eran las diosas del Olimpo, hijas de Temis y de Júpiter rectoras de los cuatro elementos secantes de la divisoria del cómputo del tiempo.  Algo inasible, inaprensible que sólo se puede comprender parcelandolo. El tiempo no existe porque es el eco del movimiento perpetuo y de la fuga perpetua. Sólo se entiende dentro del convencionalismo. En un hablar por hablar. En un decir amen.
Las hijas de Zeus imperaban sobre las agujas del horologium, administraban cada una de las partículas y gotas de la clepsidra y del reloj de arena y señoras del Olimpo administraban la economía de las cuatro estaciones. Hay en todo esto algo agrario, telúrico, ancestral. Ellas presidían los ciclos de la fecundidad o llevaban a Eolo del ronzal airado permitiendole soplar cuando  haga falta.


“Hic apellant lykinion quod nos dicimus lucernas”[60], nos informa la monja viajera.
Las Horas son también emperatrices del dietario eclesial. A cada una de ellas corresponde un himno, una antífona, un salmo y el conjunto de rezos que corresponde a un día lo llaman reato. Al que estaban obligados todos los miembros del iglesia desde el último subdiácono hasta el papa bajo pena grave. Es como una rueda. La oración constante de la que habla san Pablo y que propugnaban los “monologios” de las preces hesicásticas de la antigüedad.
El Breviario al igual que el reloj y las inclinaciones del equinoccio consta de cuatro mitades: verna, estivo, autumnales y hiemales. Es un ciclo con cuatro secantes. Movimiento binario estricto en sus intercadencias de rotación y traslación. No hay aguas pandas en el lago místico; antes bien, evolución sin tasa, agitación constante, lucha y guerra perpetua. Un curso o periplo que asume el alma cristiana en el camino de perfección.
El iniciado o adepto trata de imitar evoluciones y revoluciones de la misma naturaleza. El carro nunca para aunque lo parezca y esto es señal de bienaventuranza.
Las Horas eran doce diosas mitológicas. Cada una de ellas tenía una misión cumplir en el orden cronológico. Pero las horas canónicas se reducen a ocho. Aquí otra vez el número áureo de cabalística intención y a cada una de ellas le corresponde una plegaria diferente para cada uno de los instantes de las 24 horas del día dentro de los 365 del año.
Estamos ante un curso de instrucción y de crecimiento cara al sol pero sin perder tampoco las lunaciones de cuyo computo se calibra la fecha de la pascua. Es todo un programa de lectura bíblica, de adoctrinamiento parenético sin que falten los esponjamientos líricos. La Iglesia ha querido abrir su alma a Dios a través de David o de Job. Presta la voz del pueblo de Israel para elevar su plegaria.
En su peregrinación por los valles y los oteros del tiempo irá, peregrina, percibiendo en su caminar los ecos de estas antífonas que tanto impresionaron a la monja Egeria en su visita a los Santo Lugares. Se escucha el rumor de las olas de un océano que ataca el concento y el concierto de un pueblo entero que se expresa en latín pero tomando sus pericopas del hebreo con un solo corazón y una sola boca a los pies de la cancela del Santo Sepulcro, el primer sagrario, la cancela del primer iconostasio. La melodía resuena alegre, o grave y profunda, a través de las bóvedas de las catedrales góticas empinandose por las columnas flamígeras entre nubes de incienso a la hora de alzar o coincidiendo con la fracción del pan.


Unas veces rugirá como un estampido y otras tendrá la dulzura de un motete. Sin el hervor de los coros que se perciben ahora a tiempo parcial y serán un anticipo de la sonoridad que viene, la entonación de la vida perdurable, nada se hubiera hecho en la cultura occidental.
Los maestros de capilla, apóstoles del buen gusto y que tanto contribuyeron a la difusión de la fe como los mismos misioneros y a la hegemonía y preeminencia de nuestra religión, con sus sinfonías y motetes, regalo de los sentidos, son un acicate para seguir viviendo. He aquí una demostración que el cristianismo rindió desde siempre pleitesía a la belleza.
No es una filosofía de carácter utilitario. El David de Miguel  Ángel no vale para nada y la Capilla Sixtina a muchas generaciones habrá aterrorizado y confundido pero está ahí como emblema supremo de que el artista cristiano tiene a gala ser émulo del Primer Gran Artífice.
La arquitectura y la estatuaria están cargadas de tantos símbolos que constituyen de por sí una segunda lectura de la biblia con versiones casi inimaginables y capaces de diseñar casi nuestro destino de manera profética, un destino esculpido a fuerza de machacar con la gubia y el buril.
Esta existencia que Dios nos da es única pero a veces no sabemos entenderla del todo. Por eso no la vivimos bien. Hay que buscar esa verdad noemática y poética siguiendo los pasos de los primeros pitagóricos sin perderse jamás en este laberinto de estímulos y de símbolos. Claro que el noema implica un doble lenguaje pero es la jerga en la cual se expresa la misma vida llena de contradicciones y de contraindicaciones. Una supererogación total. Por eso nos sentimos ahora mismo muchos sobrantes y perplejos.
Volvamos al supuesto cero que es el que se comprime dentro del misterio de la redención.
Al contrario que en la sabiduría mundanal la sapiencia de lo imperecedero nos remite a las esencias más que a los accidentes y las esencias se esconden detrás de esos símbolos. Iconos los llama el nuevo lenguaje cibernético. Cuya claves habían sido ya divulgadas por la biblia.
Es un lenguaje que apenas se percibe pero que circunda el ámbito sonoro. Que con su sutilidad refracta e infringe las normas de la perspectiva. Todo el arte romano es una enciclopedia encaminada a ilustrar a una población mayoritaria mente analfabeta.


Sin embargo, esto no es del todo cabal. Muchos sí que sabían leer y escribir y estaban familiares con la gnosis que utiliza siempre vehículos de expresión críptica que únicamente sabían interpretar y captar los iniciados. Para los gnósticos de Cesarea la escala de Jacob constaban de 24 escalones correspondientes a las franjas del horario diurno y nocturno. Mediante el rezo de las Horas la pléyade de escogido al levantarse a medianoche se contra el poder de las tinieblas dominantes en súplica impetratoria y rinde una oblada de expiación. Oración sustitutoria. Este fue el sentido que quiso dar Teresa a la descalcez como movimiento de plegaria ininterrumpida reivindicando de esta forma la vuelta a los orígenes de la primera observancia carmelita. Le espantan las profanaciones que realizan en Alemania los herejes. Quiere pedir por los sacerdotes y por los misioneros. Previene una ejército muy poderoso de humildes que ganan la batalla sin disparar un solo tiro o descalzar un mandoble, sólo pasando los dedos por las cuentas de su rosario.
Es la fuerza de la fe que mueve montañas y esto es muy grande. Entrar en el alma de Teresa es ir a la búsqueda y el descubrimiento que sendas ocultas e inefables que guarda la vida del espíritu y todas nos remiten a esa potencia formidable de la contemplación en sus tres vías purgativa, iluminativa y unitiva o matrimonio espiritual.
A todos los grandes santos de la Iglesia los encontramos prosternados o de rodillas la cara vuelta hacia Jerusalén. Así san Jerónimo recomienda a su disípula Leta que ore hasta la madrugada para mantenerse vigilante como buena guerrera de Xto.
Hay que estar preparados ante el primer dilúculo y al postreros, subir a la atalaya para catalogar todo lo que nos viene de arriba. De esta forma el monacato se concibe como un servicio público, un cuerpo de elite, un grupo de choque dentro del ejercito en que militan los combatientes de la Cruz.
El verdadero monje reza sin interrupción. Nunca se quiebra el nudo que le ata a la fuerza emanante de arriba y nada le perturba ni le hace perder la presencia de Dios.


Así nos lo enseñan los monologuistas del desierto que practican el hesicasmo, una especie de feed back que nos acerca a la sencillez, cordón umbilical que une al cielo con la tierra. Incluso cuando se duerme no hay que parar de rezar. La vida consagrada es oración perenne. Se abandonan al huso del sueño que da vueltas. Teresa de Lisieux una de las mayores almas contemplativas que hayan existido lo definía como “la escalera”; era un infancia espiritual, un volver al estado alfa. Acontece en ese trance una suerte del crepúsculo del pensamiento. La verdadera noesis. Este abandono espiritual causa en los que lo padecen verdadero deleite. es el huso del sueño. El ascensor. La escalera. Un saberse dependiente y abstraído en otro ser más poderoso y fuerte y con semejante inmersión en el centro místico se alcanza la totalidad. La rueda que no cesa. La rueca que pega tumbos por los canales del éxtasis. Entramos en los principios del mandala. O círculo blanco que irradia el poderoso saber de la gnosis. Todo esto claro está resulta algarabía para los que no hayan experimentado este gozo hacia adentro que no puede ser tasada con instrumentos de medir materiales ni verse con ojos de la carne. La inteligencia del usuario se desciñe de todo lo temporal, se desconecta y atraviesa algo muy parecido a un tonel, el que describen algunos agonizantes que estuvieron a un paso de la muerte física. Se han hecho experiencia con el bulbo raquídeo de los encausados y notan que las pupilas se agrandan, los músculos se distienden y el organismo ingresa en una estado de languidez y de sopor semejante al de la embriaguez. Hay un acendramiento de la capacidad de concentración. La mente se vuelve selectiva y se bloquea para todo aquello que no tiene que ver con aquello que está ocasionando el arrobo. En ese estado se alcanza la anestesia. No sienten el dolor ni reaccionan al hielo, al fuego o a la aguja que taladra la planta de los pies. Todo ello depara un estado de euforia que no deja resquicios a intrusos corporales. Hay una disminución de las pulsaciones, perdida de la noción del tiempo y del espacio que rompen la barrera de las leyes de la gravitación universal. Son excepcionen pero se han dado circunstancias en el que el cuerpo extático se alza, levita o se escinde pudiendo ocupar dos sitios físicos a la vez (levitaciones). Es un desapego o desasimiento de todo, una dejadez infinita (dexados). Se nota una indiferencia al dolor semejante a la padecida por los esquizoides ante el propio destino o apatía de novísimos porque se ve el alma rodeada y protegida por el abrazo de Dios que se hace omnipresente tanto fuera como dentro. El alma del rotario  consagrado sabe ver la mano divina en todo. El mundo le da vueltas como a los derviches muslímicos pero no se marea y es feliz en él. Flota en la nube del no saber, del no querer, del no existir.  Es un rezo que no se acaba nunca. Se ha alcanzado el matrimonio espiritual. Esto es la vía unitiva conclusión inmediata del proceso purgatorio e iluminativo. No deshacen este nexo ni la vigilia ni el sueño ni el trabajo de manos. El afortunado que recaba semejantes mercedes espirituales ha tocado techo.
Este es el sentido de la sentencia teresiana “Entre los pucheros también anda el Señor” en su infatigable defensa del trabajo de manos como vínculo de acercamiento a la presencia divina. Que no se acaba la noche, que no paren los cantos. ¡Eya velar! Vigilia perpetua.


La entrega del consagrado semeja a una batería cuyas pilas están puestas en serie y jamás se desconectan. Sin orantes no habrá Iglesia. Así lo entendieron los antiguos. Por tanto dieron tanta importancia al monacato. Todas las grandes ciudades cristianas estaban rodeadas como si se tratase de adarves de defensa o de pararrayos de un aro de monasterios dispuestos en círculos. En Moscú era el “anillo de oro” y Roma presenta toda una hilera de templos o “fana” que iban desde el Aventino y el Aquilino al Monte Celio. Felipe II establece su corte en el Escorial que es un enorme cenobio para así granjearse el favor de Dios para sus gobierno. Los Borbones en Paris contaban con el Port Royal y en ningún otro lugar de la cristiandad hubo tantos conventos abiertos y en erección para pedir por la prosperidad de la monarquía inglesa como en las riberas del Támesis hasta la venida cismática de Enrique VIII. Fue precisamente en Cantorbery donde se entroniza el Oficio Romano que ya había sido aprobado en el Concilio de Whitby.
Así mismo, York aparecía rodeado de cenobios cistercienses en la linea de ballesta que traza el río Ouse al bañar a la ciudad. En dicha ciudad dichosamente cristiana en otro tiempo yo viví y fui vecino y puedo dar testimonio. Allí encontramos como una linea de fuerza que activa la energía positiva y que seguramente se debe al gran voltaje de las muchas plegarias que se desgranaron por aquellos rincones de la Inglaterra Feliz.
De Nueva York no se podría decir lo mismo y allí también moré tres años pero ésta es una ciudad judía donde me pasaron cosas terribles como he tratado de explicar en alguno de mis tomos, pues carece de esa vibración positiva. Antes bien, se pueden detectar bajando de las nubes de sus rascacielos hacia las calles que son como simas subyacentes del desfiladero cascadas de malevolencia. Un ángel negro batía las alas y allí no te podías sentir a gusto. Ni estar con aplomo. Era la capital del mundo ajeno. Un verdadero cristiano lo notará nada más llegar allí.
Ese mismo proceso lo está viviendo ahora mismo Jerusalén a la que se pretende descristianizar a marchas forzadas.
A la luz de estas consideraciones se podría inferir que el enemigo de los hombres nos ha ganado la partida. Habría que pensar que la nueva era acaba de empezar bajo el signo de un cambio que anuncia la fatalidad del fin del tiempo. Todas aquellas ideas por las cuales luchó, vivió y padeció Teresa se baten en retirada. Aparentemente.  Sólo aparentemente.  La realidad hoy es capciosa. No debemos caer en el pesimismo. El Amado de esta santa virgen no podrá dejarnos solos.
 
                     -Fin-
15 de diciembre de 2001                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 
 
     
                   
 
 
  
 
  
 
 


 

 

 

 

 



[1]Baltasar Gracián (1601-1658) jesuita. Autor del criticón, uno de los libros mejores del mundo a juzgar de la glosa castellana general, El Criticón. Nada tiene que ver con fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, médico, matemático autor místico, (1545-1614), fue el ideólogo de la descalcez, que tuvo a Teresa por hija de confesión y dictó los estatutos de la Orden de la Virgen según las constituciones de san Alberto. Lo metieron preso por ciertas hablas de amancebamiento con una monja del convento de la Pajería que fundara la Madre. Éste le profesaba mucho amor, después del éxtasis de Écija juró obedecerle toda la vida, y estaba muy pagada de una profesa, Bela, (Isabela) que la llegaba al corazón al recordarle a su ídolo y mentor con sus monerías. Empero, Yepes no le cita ni una sola vez en este libro que escribió sobre la vida de la reformadora. 
[2] El don de profecía se manifiesta en otras múltiples circunstancias, al igual que la introspección de conciencias y la taumaturgia, fenómenos preternaturales con los que se signa a los elegidos
[3]Al representar en mayúscula el sustantivo virgen quiere dar a entender que el culto que ha de rendirse al personaje ha de estar un punto más arriba que el de dulía, aunque sin llegar al de hiperdulía tributada a la Madre de Dios, pero por ahí se anda. En Avila es venerada con tanta pasión como María de Nazaret bajo la advocación del Pilar es honrada en Zaragoza.
[4] El secretario regio protegía a los judíos, sabido es.
[5]Camilo Borghese Siena 1552, fue delegado apostólico de Clemente VIII en España para asuntos de fe, le llamaban excelente cardenal, tuvo dificultades con Felipe II, elegido papa el 16 de junio 1605 con el apoyo de los cardenales franceses. Tras su elevación al pontificado estuvo sometido a las presiones entre los reyes cristianos, las exigencias de Enrique IV de Francia que incluso llegó a prestar apoyo a los moriscos contra Felipe III, temo que me lo gobiernen, decía su padre que tenía mejor golpe de vista para percibir las maniobras del Vaticano y las conspiraciones de genoveses, venecianos y flamencos contra su trono. Llevó adelante los trabaos de la Capilla Sixtina y decoró el altar de la Confesión. Una de sus bulas curiosamente permite a los misioneros en China llevar birrete durante la celebración del santo sacrificio, pues para los chinos esta costumbre resultaba indecorosa y de ahí nace el birrete de los clérigos. En el conflicto por la hegemonía que sostenían Francia y España por la hegemonía nombró cardenal al Duque de Lerma Francisco de rojas Sandoval el 16 de mazo de 1618. Paulo V, pontificado fructífero, pontificó quince años, siete meses y un día, y murió a los 79 de su edad el 28 de enero de 1621.. Fue un papa que favoreció a los jesuitas en quienes admiraba su exacta pulcritud y su sabiduría y reclamó contra los letrados de París que habían pedido quemar los libros del salmantino Francisco Suárez. Tuvo una mancha: condenar a Galileo, pero fu un pontífice de talla, muy parecido a Pio XII, alto majestuoso, no hubo ningún otro que aprobara tantas ordenes religiosas de una sentada.
[6]Calila e Dima, un apólogo escrito en sanscrito, que motiva la inspiración de las danzas de la muerte y de los bestiarios medievales.
[7]Entre los dominicos se entiende presentado el fraile que ha tomado órdenes y se prepara para recibir título de maestro.
[8]Apellido judío.
[9]Se desconocía que la andariega monja hubiese estado nunca en la Ciudad del Turia. He aquí, pues, una información absolutamente novedosa.
[10] Es como llamaban los romanos a la Ciudad Santa después de su destrucción por Vespasiano el 70.
[11]Biblioteca de autores cristianos 1982
[12]Es una costumbre muy corriente entre las familias de casta judía. El pueblo de Israel va por el mundo trocando los nombres.
[13]Don Alonso aportó a su matrimonio dos hijos entenados fruto de su anterior casamiento.
[14]Por aquellas fechas se hablaría en la ciudad de la frustrada campaña de Cisneros contra los piratas berberiscos de Argel. en el testamento de Isabel I se hacía referencia a que la estabilidad del reino dependería del control del Estrecho y el dominio del Norte de África. La gloriosa reina parece iluminada por inspiración profética precisamente hoy cuando la unidad nacional se cuartea y el moro por el Sur hostiga y cruza el agua en pateras. Muy pocos políticos en el 2001 quieren ver esta realidad. Los dos vástagos de don Alonso querían llegarse hasta Argel para verter su sangre por Xto. Puesto que su religión es la verdadera y no el Corán.
[15]Roma había sido saqueada dos años ha por las tropas descontentas del Emperador reclamando sus soldadas y Castilla acababa de pasar el trauma de una primera guerra civil, la de las Comunidades.
[16]Jeziráh: libro cabalístico que enseña a los iniciados a hacer milagros.
[17]Tomó Dios este libro por instrumento de sus misericordias. Hagamos hincapié que su autor tuvo conexiones con el molinismo y estuvo a punto de ser quemado ¿Cómo entender a los conversos?
[18]Estando apretada del parasismo.
[19]Estaba al parecer tan muerta que la hubieran enterrado si su padre no lo estorbara muchas veces porque conocía mucho el pulso y no podía creer que estuviese muerta. Y cuando la decían que la enterrase respondía: esta hija no está para enterrar. Al cabo de cuatro días volvió de su sentido y hallóse con la cera en los ojos y los de su padre y hermanos llenos de lágrimas, que la lloraban ya como muerta.
[20]Acá todo es padecer, no lo que queremos sino lo que nos envían.
[21]Nótese la importancia del culto josefino, una devoción que habían traído los conversos. El primer monasterio que funda la madre lo erige bajo su advocación. “Este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir, no me acuerdo hasta ahora de haberle suplicado cosa que la haya dexado de hacer. Es cosa que espanta las mercedes que Dios me ha hecho por medio de este bienaventurado Santo: los peligros de que me ha librado así de cuerpo como de alma. Que a otros santos parece les dio Dios gracia para socorrer en una necesidad, este glorioso bienaventurado tengo por experiencia que socorre en todas.”
[22]Dementes del Señor
[23]Los galanes de monjas eran una institución merodeadora de conventos durante la edad media y en esta costumbre recala el famoso Mito del Tenorio.
[24]La verdad es que de todas sus faltas y culpas no fueron más que alguna liviandad en las conversaciones y pláticas del tiempo que fue seglar y ahora siendo monja la tuvo también la mano poderosa del Señor para que no le ofendiese gravemente ni se viese jamás en desgracia ni enemistad suya.
[25]Lo vio en carne gloriosa
[26]Le mandó que le diese higas y que se santiguase cuando se le representase un espectro.
[27]Quedé vigilante como pájaro encaramado en el tejado.
[28]Hasta Catalina de Siena ningún padre de la Iglesia habla de este lugar cuya existencia se incorpora a la doctrina católica teniendo que vencer algún que otro obstáculo. Entre los ortodoxos nunca se le menciona.
[29] Curiosamente, la Casa de Alba es la gran mentora de la reforma descalza y secundó y pagó con dineros la rápida canonización de Teresa en 1621 contribuyendo entre los españoles a difundir el culto teresiano
[30]Los púlpitos han dejado de utilizarse en la nueva liturgia.
[31]En los palacios de la gente encumbrada era costumbre en determinadas ocasiones tener bufones de cámara y llamar a curas y monjas con fama de santos en caso de muerte o de enfermedad.
[32]La relevancia de esta edición del Libro II de la vida de la bienaventurada Madre Teresa de Jesús tiene el aliciente de incluir este texto fechado en Avila el 14 de abril de 1562. Precisamente san Pedro de Alcántara era aquél que había profetizado que la obra por ella comenzada daría mucha gloria a Dios.
[33]Bonifacio VIII, por una constitución aprobada en la sesión XV del Concilio de Trento, había mandado la clausura para las religiosas consagradas bajo la profesión de tres votos pero esta clausura no se observaba en tiempos de Pió V, que es el que aprueba la reforma carmelita bajo diversos pretextos. El pontífice mandó so pena de excomunión mayor no se permitiese salir del claustro a las religiosas, excepto en casos de incendio, lepra y peste. la bula “Regularum personarum” prohíbe a su vez la entrada y el visiteo de monjas en conventos masculinos, por su lado los frailes no podían poner pie en el recinto sagrado sin una autorización del obispo.
[34] El almaizar era una especie de “burda” talibán, de origen moruno. Según las pretensiones de Teresa, a la vista de cualquier hombre las religiosas tendrían la obligación de cubrirse con esta prenda de vestir la cara. La Madre que era una verdadera sufragista de los cielos y una libertaria del espíritu habría tenido hoy no pocos problemas con el clan de las feministas. No se llevan las tapadas ni se amagan los encantos del bello sexo tras ropajes sugerentes que excitan el deseo mediante la imaginación. Es el desnudo sin preámbulos. No es de extrañar que ante semejante descoco el varón occidental esté perdiendo la libido y es que la mujer es mucho más atractiva por los que guarda que por lo que muestra.
[35] Los holandeses se habían rebelado contra la Iglesia y contra su monarca legítimo Felipe II. Pío V a fin de promover, según la Historia de la Iglesia de Artaud de Montor, y al soberano, fue el primer papa que introdujo las medallas benditas y los escapularios y concedió gracias especiales a sus portadores. Al mismo tiempo premió al Duque de alba con la entrega de una espada (stocco) y un sombrero ancho cubierto de adornos (barettone), todos estos objetos habían sido bendecidos la noche de Navidad.
[36] Esta doña Guiomar al enviudar profesaría en le Carmelo, y perseveró, contra la norma habitual en esta clase de damas linajudas. La Madre era refractaria a darles el hábito. La princesa de Éboli quiso profesar fue ocasión de no pocas zozobras para la fundadora.
[37]Villa por villa, Madrid en Castilla; ciudad por ciudad, Lisboa en Portugal, y tanto por tanto Medina del Campo (adagio popular)
[38] Los jiferos solían descuartizar su res orientandose por la quibla coránica. Era un oficio desempeñado en Castilla por hebreos y moriscos y su menester tenía algo de ritual. Para desangrarla colgaban la pieza de un arnés con la intención de purificar de sangre los tejidos y hacer que la carne fuera trufa o “kosher”.
[39] Juan Ángel de Medicis nació en en Milán 31 marzo 1499 y tras graduarse en Bolonia llegó a Roma el 27 de diciembre de 1527 el año del saco, el mismo día y a misma hora en que 32 años adelante sería preconizado  para la cátedra de san Pedro. Peleó en Hungría con las tropas italianas contra los protestantes y fue enviado como plenipotenciario papal para negociar con los turcos en Polonia. Fue elegido sucesor de Paulo IV por aclamación el día de nochebuena, con la venia de los cardenales Sforza, Farnesia y Caraffa.  Se trata por tanto de un papa Medicis que había nacido el día de la Pascua, fue electo el de Navidad y coronado en la Epifanía en una corte pontificia llena de intrigas donde eran frecuente los parricidios y los envenenamientos y con la perenne guerra entre España y Francia sobre el horizonte.  Nombró cardenal a su sobrino Carlos Borromeo a los 23 años, por lo que recibió acusaciones de nepotismo. Tuvo muchos problemas con el embajador del monarca español en el Vaticano, Claudio Vigil de Quiñones, que quería que su rey tuviera prelación sobre el francés, pero el papa Medicis era anglófilo y ambas partes litigaban sobre cuál de los dos reyes era más cristiano y más católico. A Pío IV le cupo el honor de ver terminado el concilio de Trento al cabo de XXV sesiones y 18 años de deliberaciones y discusiones. Fue víctima de una conjuración y a punto estuvo de morir asesinado por una familia rival, murió de tercianas el 10 de diciembre de 1565 a los 66 años. A él se debe la introducción en el Vaticano del indice de los libres prohibidos , estableció un ptochropium hospicio para pobres y a instancias de su sobrino Carlos Borromeo fundó un convento para mujeres arrepentidas que habían ejercido la prostitución y que se llamaba casa Pía, ptrocropio y xenodokio
[40] Oración rabínica a la aurora y al ocaso
[41]En Toledo rechazó a una postulante muy piadosa que decía leer todas los días el Antiguo Testamento. “Guardese su biblia, que aquí todas somos mujeres poco instruidas, no entendemos más que de la aguja, la rueca y la azadilla”. Con estos exabruptos oscurantistas ahuyentaba a la Inquisición.
[42]A los consagrados a la vida monástica no se les permitía firmasen sus escritos. Por eso la mayor parte de la literatura que se escribe en los conventos es anónima como corresponde a personas que han renunciado a los halagos de la honra, están muertos para el mundo,
[43]Julián Dávila, su escudero fiel, al que “tenía mucho amor”. Tal compañía despertó recelos en algunas partes como en Segovia, donde surgieron voces y conjuras, sospechas de amancebamiento. Sin embargo, por quien verdaderamente debió de sentir cariño, espiritual ciertamente, fue hacia el P. Gracián, al que por cierto no menciona Diego Yepes en esta hagiografía que comentamos a diferencia de otros biógrafos.
[44]una vara de madera flexible. En las famosas “public schools” británicas todavía se administra esta fórmula de disciplina inglesa, reminiscente de san Columbano.
[45] Murió asesinado en Jerusalén por los árabes en 1214
[46]De al haraviya, la lengua árabe, forma de hablar confusa e inteligible de los musulmanes.
[47] No se detecta en sus escritos ninguna alusión antisemita ni menoscabo de judíos, que fueron habituales entre los escritores apologéticos y pasionistas
[48]El estupro y la violación eran males más frecuentes incluso que ahora, pero tampoco entonces incluso las novicias estaban a recaudo ya que rondaban los conventos los famosos galanes de monja, moscones de la reja y el cuchicheo del locutorio para seducir a las incautas. El propio rey Felipe IV de una potencia sexual insaciable fue uno de ellos. Cerca de los botareles de estos recintos sagrados, tan bien guardados que algunos parecían cárceles nació el Mito del Donjuán.
[49]La barca iba sola sin remos a toda furia río abajo, todas daban voces, como vieran el peligro en que se hallaban y la muerte a ojo, pero la barca encalló en un arenal, y fue milagro” (Vida de la Bienaventurada Madre Teresa de Jesús por Diego de Yepes).
[50] Está documentado como uno de los lazaretos de peregrinos en la ruta jacobea para tratamiento de enfermedades de la piel. antes de llamarse de la concepción estuvo advocado a san Roque.
[51]¿Que mandáis, Señor hacer de mí?/ Dadme alegría o tristeza, dadme pobreza o riqueza/ Dadme infierno , dadme cielo/ Vida dulce, sol sin velo/ Pues del todo me rendí / ¿Qué mandáis, Señor, hacer de mí?
[52]En ello hizo mucha fuerza, puesto que la ociosidad y el regalo es la puerta de todos los vicios”. Era partidaria de esta independencia porque sabía que en los conventos con renta y bien provistos pronto se cuela el demonio del tedio; del tedio al ocio y luego, la parlera, el devaneo, los billetes “toda la disipación que hoy vemos en muchos locutorios con las enclaustradas todo el día ocupadas en hablas ociosas ante la reja”, apunta Yepes.
[53]Las freilas en las ordenes militares eran religiosas que entraban al servicio de otras con más rango. Entre los benedictinos se llamaba así a los donados los cuales estaban exentos de las obligaciones de coro y como no sabían latín sólo estaban obligados a la oración vocal. Se encargaban de las tareas domésticas.
[54]Existen marcados paralelismo entre la trayectoria mística entre ella y la Mística Doctora. Desde su retiro de Eisleben Gertrudis fallecida en 1354 y de la que dijo Cristo “ en el corazón de Gertrudis me encontraréis anunciaba en sus” Revelacionesque la devoción al Corazón de Jesús sólo podría entenderse a la luz del acontecer de los últimos días del mundo, por ser el amor de Cristo la panacea contra el odio que se desencadenaría al final.
[55] La muerte de Villamediana pudo venir como consecuencia de alguna de estas parcialidades
[56] Burlador como sinónimo de violador
[57] arapil, teso, meseta pequeña ( Sal.)
[58]Mediante procedimientos diatérmicos o de talasoterapia envolviendo a los pacientes en vapor se trataba de remediar los estragos de la avariosis sifilítica de la cual estaba afectada media población,
[59]σταυρoς = cruz, estaca, madero (gr.)
[60] Aquí denominan Licinio lo que nosotros denominamos lucernas. λικιvιoς = la hora del lobo, la hora bruja.

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