2026-09-04

 

Silvio toca en Barcelona, casi 50 años después, y la prensa internacional lista su repertorio y se desordena en halagos. Foto: Daniel Mordzinski

Silvio Rodríguez ha puesto pies, manos y cuerdas en territorio ibérico. En una mirada rápida a la prensa española, se puede leer que la agencia EFE califica sus versos como bellamente revolucionarios y a sus estrofas de subversivamente tiernas. «Una voz contra la injusticia, la violencia, la infamia y el olvido. (…) Sigue cantando todo aquello que muchos han dejado de creer, de defender o, simplemente, de recordar», dice el Diario Público.

La Vanguardia, por su parte, asegura que dejó la kalashnikov en casa y que empuñó la guitarra como arma para matar fascistas, mientras que El Periódico lo cataloga como uno de los cantautores más importantes de la lengua española.

Sus primeros acordes de esta nueva gira resonaron en Barcelona, aunque no es la primera vez que el trovador canta por aquí. En 1977, se le vio pidiendo disculpas por no poder desarrollar el concierto en catalán o por no saber cómo decir en ese idioma la palabra papalote o cometa. Explicaba de qué iba la canción o exactamente sobre quién: Narciso, el mocho, ya muerto entonces, como narra la letra.

Para los que hemos vivido mucho después del personaje de marras, y que además llegamos al mundo cuando «ya Silvio era Silvio», este tema, El papalote, y particularmente aquella versión de Barcelona 77, ha sido parte de nuestro encuentro a destiempo con el poeta; parte de irlo cazando y conociendo desde lo retrospectivo.

El «cuando yo era niño»; el «nací en un pueblo de la provincia de La Habana»; el «había un hombre, un viejo, que queríamos mucho todos los muchachos»; el «le faltaba un pedazo de dedo»; el recuento de todas las frustraciones que este señor «volcaba en un gran amor hacia los niños», haciéndoles papalotes, organizando pitenes de béisbol y enseñándoles a jugar la pelota; San Antonio de los Baños, el barrio de La Loma, la pelea de cometas, las cuchillas en las colas y el se va a bolina; todo esto viene a la cabeza si se escribe en la misma línea Barcelona y Silvio Rodríguez.

Ese clip, de poco más de ocho minutos, rescatado quién sabrá de qué archivo, a muchos nos parece, al escucharlo años más tarde, que retrata otra de sus ya tantas declaraciones de principios. Porque el trovador capaz de cantar al elegido, al necio, al Mayor y al dulce abismo, también asumía, desde entonces, la misión de vindicar el derecho de los hombres negros y rojos y azules de narrar su historia; y, en el caso que nos ocupa, de empinar la memoria y levantar en peso al viejo paria, para situarlo «junto a los elegidos, los que no caben en la muerte».

Cuando Silvio toca en Barcelona, casi 50 años después, la prensa internacional lista su repertorio y se desordena en halagos. Los cubanos, al menos muchos entre nosotros, sentimos estas «caricias» como propias, porque asumimos a Rodríguez parte indisoluble de nuestro sistema nervioso y, más aún, de nuestro saber y poder querer.

Y el eco de los aplausos de hoy nos lleva también a aquel joven papalote, quizá mariposa que ayer solo fuera humo, y a una de las primeras, gloriosas y justas veces en que el negro Narciso, mocho para más señas, resultase aplaudido y amado allende a los confines de San Antonio de los Baños y de Cuba; no para romantizar su pobreza, sino para entender y defender sus dignidades.

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