MARTÍN BORMANN
El mundo fue creado por dios pero es gobernado por el diablo. Así lo creía
Lutero cuando compuso un himno que aun se canta en las iglesias protestantes
“und wenn die Welt voll Teufel wär”. El ex fraile agustino nos previene en sus
estrofas contra la venida del reino de
Fueron escritas en medio del estruendo de los bombardeos
aliados contra
El mundo en manos del Maligno. Lutero lo había dicho: “Os podrán arrebatar vuestros campos y propiedades, violarán a vuestras mujeres, se llevarán a vuestros hijos pero el Reino, das Reich, siempre será vuestro. Es el ocaso de los dioses”.
Estas cartas deberían ser orquestadas con música de fondo de Wagner. Las escribe el hombre que más cerca estuvo del Führer en sus últimos días:
“Una victoria de los bolcheviques y de los americanos no sólo significarían el exterminio de nuestra raza sino también todo aquello que creó nuestra cultura y nuestra civilización. En lugar de música regional y canto gregoriano las masas bailarán al ritmo del jazz y el rock se convertirá en el opio de las juventudes. El arte de la literatura y de los valores estéticos dará paso a la pornografía. Escritores y periodistas que se desvíen de las directrices de la verdad oficial proclamada por el Poder serán proscritos o asesinados. El triunfo de los judíos llenará la tierra de tiranos porque en el alma de todo judío criminal hay un déspota, y un inquisidor”.
Cito párrafos significativos y
acaso proféticos de estas epístolas de Cartas a Berta antes de morir.
Fluye la pluma del edecán de Hitler contando cándidamente lo que acontecía en su entorno mientras el régimen se derrumbaba. Los rusos habían cruzado el Oder y se encontraban a las puertas de Berlín.
Venían destruyendo, incendiando, violando, asesinando. Se escuchaba la macabra música de los organillos de Stalin. Teufel. El diablo moraba en Cantillana. Confidencias a su legítima que le había dado nueve hijos. Gerda se sentía tan nacional socialista que no temía a los “cuernos”; incluso aplaude la decisión de su marido de tener una querida. Hay que hacer hijos para el Reich.
Martín esperaba los paquetes que le enviaba Gerda desde Munich pero con frecuencia estos no llegaban. Las vías férreas estaban cortadas. El gauletier debía de tener problemas con la bebida y se jacta en bastantes de sus misivas de no haber probado una gota de alcohol cuando todos en las reuniones de la cancillería estaban borrachos.
El estado mayor bebía para olvidar. Se vivía angustiosa y
peligrosamente: “Tenemos un auto tanque que nos proporciona agua para cocinar y
para lavarnos”.
Los carros e combate rusos rodaban
hacia la Puerta de Brandenburgo después de haber entrado en Budapest a sangre y
fuego.
“Dos divisiones perecieron en Hungría y de nueve mil hombres sólo
sobrevivieron apenas un centenar… en Budapest; el gauletier se ha suicidado…
muchos en Berlín comienzan a estar nerviosos en vista de las atrocidades
cometidas por los soviéticos. Esto no es de extrañar pero es de deplorar. Los
de Stalin se comportan con nosotros como bestias infernales”.
En 1945 Acababa Bormann de cumplir 45 años. Le dice a su esposa que sueña
con regresar a Meckleburgo cuando acabe todo esto y dedicarse a la agricultura,
recorrer los caminos rurales, escalar montañas.
Gerda acababa de parir mellizos. Moriría en Viena en 1946 arrepentida de las creencias anticristianas del nazismo. El hijo mayor de los Bormann se ordenaría sacerdote jesuita.
El gauletier hombre sencillo aunque descrito como
brutal por otros miembros del circulo mágico — Goebbels, Himmler, Speer, Eva
Braun — se transfigura en sus profesiones de adhesión a Hitler. Era un hombre
sencillo, perfecto burgués de costumbres rutinarias, algo posesivo e inseguro,
preocupado por adelgazar e inquieto a por su salud a causa de la vida
sedentaria.
Encabeza las cartas a Gerda con
registros como “corazón mío” o “mamaíta”.
Escribe con clarividencia, puntualidad
y sin pretensiones librescas:
“Me parece increíble que un puñado
de judíos haya transformado el mundo sumiendo a Germania en una guerra de
exterminio. Luchamos contra tres potencias que en realidad se engloban en una
sola. Son las tres caras de la bestia sin rostro: Wall Street,
La primera guerra mundial fue el primer triunfo mundial del sionismo que hundió a Alemania.
Le faltó saber que los judíos alemanes y suizos fueron los que auparon a Hitler al poder.
Las misivas son cartas de amor y un dietario en
el cual resplandecen las confesiones de un burócrata hastiado de las intrigas
del círculo mágico del gran jefe (el odio y las prevenciones contra los
militares de Bormann se exacerban a resultas del atentado fallido del 20 de
julio de 1944 del general Stauffenberg que puso una bomba debajo de la mesa de la
presidencia desde donde debía hablar el Führer) que añora la vuelta a un lugar
de provincias en Sajonia para dedicarse a la vida del campo con su mujer. Lo
que nunca pudo ser.
Martín pereció en un enfrentamiento con los rusos cuando trataba de abrirse paso en una fuga hacia Berlín.
Nadie encontró su cadáver lo que daría
especulaciones de todo tipo sobre todo que se había refugiado en Argentina.
Teufel. La hora de la bestia. Martín Bormann luchó contra el diablo. Perdió la
pelea.










