EL PEZ DE SAN ATILANO
Hablábamos ayer del lobo e san Froilán hijo de Fruela el que portaba sus libros en el lomo y hoy tenemos que referirnos al pez de de san Atilano. ¡O when the saints go marching in! Cantan los irlandeses.
Historias edificantes o leyendas piadosas que reflejan el fervor o la credulidad del pueblo cristiano en tiempos muy lejanos.
Hoy parece que no pasan esas cosas. El cuervo de san Antón, pongamos por caso, no vuela hasta la espelunca donde hacía penitencia el santo eremita con un panecillo en el pico.
El perro de san Roque ni lame las llagas del peregrino ni tiene rabo pues se lo comió Ramón Pintado. La cigüeña de san Blas no machaca el ajo en ninguna torre de las iglesias vacías, no emigra por mor del cambio climático.
Jonás no sale del vientre de la ballena donde estuvo tres días sin respirar. ¡Milagro ¡Milagro¡
San Antonio de Padua no predica a los peces ni manda a los pajarillos que no coman el sembrado de la huerta de su casa.
Historias maravillosas e increíbles que nos documentaron aquellos buenos sacerdotes operarios diocesanos de mi seminario de Segovia que exacerbaron mi imaginación no digo que un poco calenturienta.
Pero hay que reconocer que lo que le ocurrió a san Atilano obispo de Zamora es cosa que no pasa todos los días.
Estaba el buen obispo afligido por las reyertas y pendencias de su diócesis. Los curas abandonaban el traje talar. La grey quería regresar alas costumbres paganas hispano romanas. El sarraceno acechaba por el sur y talaba los campos zamoranos en las razias de primavera.
Así que decidió abandonar su diócesis y huir al desierto haciéndose discípulo de san Froilán.
El día que abandonó su sede episcopal despojándose de su anillo lo tiró al Duero, desesperado. Estuvo quince años haciendo penitencia por los montes de León y al cabo, cuando la cosa estaba más tranquila y el moro no asomaba la gaita por Zamora la bien cercada, regresó a sus lares. Al llegar a la ciudad entró en una posada. Era hora de yantar.
▬¿Qué hay de comer?, preguntó a la mesonera.
▬Un pescado muy rico mi marido lo acaba de pescar en el río, señor obispo.
Se dispuso la mesa, echó la bendición. En el plato había un barbo. Lo troceó y al partirlo apareció un anillo que tenía en la barriga. Las aguas del Duero lo habían preservado para aquel momento triunfal. San Atilano había regresado a su cátedra y restaurado la armonía en su diócesis ya apaciguada.
▬Milagro. Milagro.
martes, 06 de octubre de 2026
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