PREFACIO
¡Ah de la vida!..¿Nadie me responde?
Aquí de los antaños que he vivido
la Fortuna mis años ha mordido
mis Horas mi locura las esconde
Francisco de Quevedo
Mi amigo Quintiliano Quindejas
al que llamábamos "Soguillas" cuando éramos guajes regresó al
Requejar- apud-Tejares tras su visita al cementerio lugar más romántico y mejor
ventilado no puede haber en el mundo, a orar por sus difuntos. No estaba seguro
de que fueran escuchadas sus interpelaciones a lo alto. Allá a lo alto la
oficina de reclamaciones debía estar cerrada o era la hora de comer. Sólo con
los ojos de la fe podía tener sentido aquel enigma en oposición abierta a los
dictados de la naturaleza que guarda ominoso silencio sobre el sentido y
propósito de nuestro vivir. Somos física y química, un setenta por ciento de
agua riega nuestras células que se pudren cuando el corazón se para. Somos
tierras y el barro en que nos fraguaron se descompone en polvo. Sin embargo,
aquel quietorium donde reposaban sus antepasados era un lugar bello bien
soleado y aireado por el viento seco de la meseta. Le entristecía y le
espantaba el pensamiento de la muerte cuando acababa de cumplir setenta y seis
años después de haber curado del Covid casi milagrosamente. El tiempo se
acababa. Siento mis manos vacías. Aceptaba los hechos, concedía derrota, había
llegado desde su rincón asturiano donde vivía solitario para rogar piedad y
misericordia y entregarse a una profunda meditatio mortisi al
estilo de los místicos que vivieron siempre en compañía de una calavera encima
de su mesa. Hay que morir hay que dejar la carcasa. Lo irremediable no tiene
vuelta de hoja Tal pensamiento ánimo entristecido y yo voy a tratar de poner
blanco sobre negro los puntos de su azarosa biografía. Me llamo
Eutimio Guzmán pero para el vulgo soy “Timi Quinolas” Debe de ser por mi
afición a la brisca y los juegos de azar y al vino que es una carta en la mesa
presa. Bebe y aléjate de las mujeres. Eso es muy difícil, tío. ¿Cómo lo
conseguiste? Ah mediante la reportación, abstinencia y continencia. “Vinum
bonunm letificat cor hominum”. La cita viene del Eclesiastés... No me
vengas con monsergas, Quinolillas, que ya nos conocemos. Sé que eres adepto a
los postulados del Príncipe de la Mentira... venida la hora del Separador que
apartará el trigo de la cizaña, seré yo la sombra del Soguillas, nos damos
caña. El debate se prolongará durante toda la eternidad.
─¿Seremos tan importantes como para atribuirnos el don de la
inmortalidad, Eutimio?
─Buena pregunta para la cual no tengo más respuesta que a la
luz de la Fe.
Le contradigo con mis propias
conclusiones y silogismos Él no me conoce ni de vista pero yo bien que lo
conozco a él. Siempre le canto las cuarenta, copo la banca y él ni se entera,
el pobre, porque es un cura apóstata que anda algo perdido yendo de acá para
allá, de sinagoga en sinagoga, de quilombo en quilombo, de taberna en taberna y
de rota en derrota. Somos tahúres de la palabra. Hemos leído demasiados libros.
Los dos somos de Segovia la patria del “Buscón” y del “Domine Cabra”. De
la picaresca y de la astucia ellos son padres, puesto que de escarmentados se
hacen los arteros, algo nos toca. La mala vida nos enseñó a disimular pues en
este mundo todo se nos va en apariencia. Alardeamos de blasones y de venir de
la pata del Cid si bien somos unos perailes. Carne de dolor, carne de
curas, carne de horca y de taberna, carne de prostíbulo.
Escuchamos voces, atendemos a
la llamada pero luego resulta que estos gritos son refracciones del aire que
sale de una boca que no existe. Bajo el tornavoz del púlpito coronado por la
Paloma del Paráclito (pongámosle paños al púlpito) se han vaciado los templos
de la habitual predicación. Los púlpitos fueron sustituidos por cámaras y
micrófonos que nos sermonean consumismo, mensajes que no valen para nada,
democracia y partitocracia, no sirve darle vueltas. Nuestra vida es más
regalada que la de nuestros padres. Labramos con el pescuño y la reja del arado
romano y ahora andamos por el ordenador, los viajes a Marte, el cambio de sexo
y la reproducción asistida. Sin embargo no hemos podido acabar con la pandemia
y los políticos se refieren al cambio climático como una amenaza apocalíptica.
─Cultura de la queja, Eutimio
─Cierto. Nuestra senectud está siendo mucho menos trabajosa
que la mocedad.
─Se extinguieron las pasiones. No se nos empina. Se acabó el
tiempo del “cherchez la femme”. Este estado de anafrodisia nos sume en
estado de lánguido estupor a la vez que nos libra del alarde venéreo. Por lo
menos acabamos de hacer el tonto. Ahora todos a casita que llueve y quedarse en
la cocina. Nada de romerías.
─Eso serás tú, Soguillas. Yo todavía… todavía.
─A mí el sexo ya no me pica. Me causa risa. Entro en los
chats porno de la red para conjurar mi aburrimiento asturiano en las largas
noches del invierno en la casona. Me hincho a ver coños, tetas, carajos, meneo
masturbatorio, eyaculaciones salvajes y suspiros, he descubierto que la hembra
es insaciable. Internet es la gran berra de los ciervos en otoño. El fuego no
se le apaga eternamente en su pebetero. Todo son glándulas, química. Una
función fisiológica y casi coprologica como mover el vientre o evacuar la
vejiga.
─Mal andas, pecador. ¿Y este es aquel antiguo seminarista
que aspiraba a la hornacina que quería ser santo como Luis Gonzaga.
─Si no lo quería al menos lo disimulaba.
─Fariseo.
─Gilipollas.
Los sermones evangélicos se han
convertido en mensajes comerciales compra esto, adquiere lo otro, venga a
nuestras rebajas. Son las homilías de un tiempo. La moralina del consumo, la
verga de don Venancio, que anuncian por la tele que mida dos palmos por lo
menos. Vivimos un tiempo de vacas gordas en la abundancia pues la vida se ha
hecho más fácil y cómoda con los nuevos inventos. La tecnología es la gran
sustituta de la teodicea. Aviad pronto, chiquitos, y no os quejéis tanto que
nunca vivisteis mejor ni lo tuvisteis más a huevo. Pues también es verdad
¡cáspita! A los dos nos une un estrecho vínculo de amistad y compartimos la
afición por la literatura, vivimos enterrados entre libros y nos fustiga la
misma comezón desalentadora por un tiempo que se va mientras nos resistimos a
abandonar la partida. Este tapete verde de la vida nos hipnotiza viendo morir
al mundo en que vivimos y la destrucción de nuestros sueños. Ya somos viejos
pero hemos sobrevivido a la peste pandemita y podemita que asuela toda la
tierra. Aunque con diferentes ideas los dos hemos sido periodistas. Somos en
una palabra el yin y el yen, hecho carne. El Soguillas es mi otro yo.
Encarnamos la tesis y la antítesis sin que nuestras diferencias políticas
empañen el vínculo de nuestra amistad subliminal de coloquios entre las sombras
que suenan a dolor de atrición y de arrepentimiento. ¿Se oye ya el canto de la
Sibila? Pobre soguillas malcasado. Abría la puerta de casa y se topaba con el
hacha de la Verduga en cuya mirada llegaba la muerte poco a poco y llwegó a la
conclusión de que el yermo es más saludable que convivir con la Verduga. Huyó a
las Asturias de Oviedo abrazando la paz de los desiertos y de los montes
humbríos. Su sueño lo acunaban el grito de las lechuzas y el ruar del jabalí.
Buscaba una paz mística de salmos y breviarios latinistas. Dio de lado a los
cerriles, a la vanidad, al prosaismo, a la ira, la venganza, la locura, el robo
y la venganza del gran Madrid que son las causas de la guerra del malvivir y
malquerencia entre españoles. Lo despertaban las alondras y al ocaso percibíoa
la brisa marina del atardecer cuando detrás de la cordillera no acabab de dejar
de gotear la sangre de los cadalsos. Seguíoan desenterrando fosas de la última
guerra civil y parlando de democracia y de derechos se les hacía la boca agua
en tanto los políticosarramplaban con la banca También nos une a mí y a
Soguillas el amor a un Cristo heterodoxo que circula por nuestros redaños barra
libre y poco tiene que ver con ese Jesús usurpado y trastocado por los rábulas
comisionistas vaticanos. Él es el que no desaparecerá. Está en la historia
cuyas palabras no pasarán. Al menos eso es lo que esperamos. Yo me
propongo escribir la historia del pobre Soguillas al que unos dan por loco;
otros dicen que es un santo mártir de la causa y para la mayor parte,
sintiéndose indiferente, que es uno del montón atravesando el Mar Rojo del
cambio de hora y de era.
JUAN DE LA JUSTA EL QUE MATÓ LA SERPIENTE
No me sentía cansado tras el largo viaje desde Asturias con mis
setenta y seis años a las espaldas fresco como un cohombro. Trepé por la escalera
24 veces y desde el cerro saludé al paisaje castellano. Para honrar a los
veinticuatro monasterios que, mandó hacer el rey Alfonso VI los veinticuatro
pueblos de Villa y Tierra los veinticuatro ancianos del Apocalipsis. Era un
conjuro para aplacar las tristezas del Quietorium de la Monda y el fuego fatuo
Perfilábanse las montañas azules al otro lado de las cárcavas las tierras frías
y el gran morro de las adradas. Y por el sendero del via crucis subía yo con la
cruz a cuestas como Cristo con todos los pecados del mundo sobre los hombros.
Me dolían las costillas. En el paño de la Verónica enjugaba mis lágrimas y se
estampaban los rostros de las mujeres a las que perdí, pecador de mí. Pungente
y clara se escuchaba por todo el valle de la dulce Deri desde la cama del
hospital de Londres donde la operaron del tiroides:
─You have hurt
many people (hiciste daño a mucha gente)
Cuando la dieron de alta firmó el divorcio. Una compañera de
crujía la indujo a tal determinación que acabó con nuestro matrimonio. Traté de
explicarle que no me dieron permiso en la escuela. Sufrí una depresión. I
had a break down y todo se fue al carajo
El pantocrátor pintado sobre el ábside milenario me miraba con sus
ojos fríos bendiciendo desde la serenidad de sus dos dedos alzados ─dextera
Patris─ y sus ojos grandes cuando decía misa sobre el ara sepulcral. Un ángel
negro de seis alas me servía de acólito y allí estaba Juan de la Justa el que
la serpiente matara. Había bajado por la escalera de caracol de costadillo
porque era corpulento. Quién había gastado aquellos peldaños seculares? Salieron
todos de su tumba a la hora de alzar y les escuché decir con voz trémula “Señor
mío y Dios mío”. Al lado de los resucitados estaban dos querubines vestidos de
túnicas blancas guardando las espaldas a los miles de difuntos del Requejar.
Podían ser millones y asistían a la ceremonia con gran devoción. Algunos no
entendían las plegarias porque su presencia en el mundo tuvo lugar antes del
cambio de rito gótico. Las mujeres sentadas a la morisca invocaban a Dios en
árabe y sus oraciones se elevaban a lo alto como jarchas. Habían resucitado
para ver a Dios. Un coro de querubines atacaba las estrofas de la misa de
Ángeles y el eco de sus voces se esparcía por la campiña en un largo y
prolongdo kirie elisión. Juan de la Justa el que mató la serpiente cantó el credo
en eslavónico. Aquella pretensión me reaseguraba en el presentimiento de la
presencia de Dios en el paraje. Dios había bajado a mis manos como en la
primera misa cuando pronuncié las mágicas palabras de la consagración ritual en
latín y en ruso:
─Eto telo moié.
Hoc est enim corpus meum… Priniete y adite (tomad y comed)… i ese si krobi
maia ese sabui moie gostablenie grecóv ( Bebed todos de este caliz de mi sangre
que será derramada por vosotros y por muchos para la redención de los pecados)
Estaba conjurando la presencia divina que es inefable invisible
incomprensible inabarcable hasta el infinito que sólo se entiende a la luz de
la Fe. Mi plegaria desafiaba al universo y yo estaba allí abajo a la luz de las
velas del icoostasio bajo las altas arcadas pisando los huesos de mi hermanita
Henar, de mi hermano Juanjo, de mi padre, de mi madre de mi abuelo Benjamín de
la señora Apolonia el ama del párroco Cirilo todos enterrados en las fosas
sepulcrales de la monda.
Juan de la Justa el que a la sierpe mató había sido soldado en la
campaña de Rusia. Fue repatriado a España con una pierna de menos. Un disparo
de los organillos de Stalin segó su extremidad Fue el más pobre del pueblo. Con
la humilde pensión que le quedó pasaba hambre. “Yo fui a luchar contra el
comunismo. Los rusos no me hicieron nada pero el régimen soviético estaba
dirigido por feroces caníbales y se hacía lengua de la valentía de los soldados
alemanes que lo trataron con deferencia y mantuvieron la disciplina den medio
de la retirada que ellos denominaban defensa elástica. Contaba que aquella
guerra la habían organizado un sanedrín malvado y que el pueblo alemán y el
ruso la padecieron en sus carnes la locura de los estadísticas y políticos. En
su alcoba tenía un retrato del Führer y decía que el holocausto era una treta
propagandística para ocultar los crímenes de la segunda guerra mundial.
─No digas eso en
público, Juanito, que si se enteran los caza nazis te meten en chirona.
─Me es igual. Ya
para lo que me queda.
El desparpajo y la sinceridad del pobre mutilado consiguieron que
el fervor y la admiración que yo sentía hacia los rusos se enfriasen un tanto.
Rusia es el molde de un enigma. Empiezas a deshojar la cebolla desde el
cepellón y nunca llegas a la última muñeca.
─Nunca se sabe
cómo piensa un ruso. Las reacciones de los eslavos son un enigma. No piensan
como nosotros según me dijeron algunos camaradas que fueron deportados a los
campos de concentración siberianos.
Con todo, aquella misa seca no me pareció un sacrilegio. Formaba
parte de un sueño que yo tuve para ensalzar aquellas piedras templarías
erguidas sobre el áspero mogote entre pedruscos seculares y zarzales de
escaramujo. Volvía al centro. Se cerraba el círculo. Estaba de nuevo de bruces
ante el enigma de misterio de mi existencia con mi cruz a cuestas y las sienes
taladradas del escritor olvidado y arrinconado igual que el montón de huesos de
la monda. Remé contra corriente. Quien se atreve a ir por libre y enfrentarse a
los dogmas de una sociedad global paga su culpa. ¿Es esta sociedad libre?
Cerré el portillo de san Gregorio después de encender una vela en
la tumba de los míos y me fui a una tasca de Sacramenia. Pedí vino de la
tierra. Conjuré mis penas ante el dolor y el olvido y la persecución de la que
fui objeto. El vino me daba fuerzas, no me gustaba beber, buscaba en el caldo
de la viña de Noé al terapeuta. Tuve que separarme de mi mujer cuando supe que
el cuarto de mis hijos no era mío. Su naturaleza tan dada al coqueteo y a la
ninfomanía la había hecho sucumbir a la tentación de un afer con un compañero
en su centro de trabajo. Un día la descubrí cuando se desnudaba sendos
moratones en los glúteos y otro menor en el pecho izquierdo. Me dijo quie se
había pegado un golpe con la pierna. La repudié y consciente de que aquello era
un castigo que me había enviado la providencia por haber sido degradado como
sacerdote y por haber andado malos pasos por la vida me divorcié y a la
jubilación compré una casa vieja en Asturias. Estuve entado de cometer una
locura pero me fugué del hogar a la chita callando y ya libre de semejante
atadura me sentí un hombre feliz que es liberado de su oprobio. Deseché la idea
de convertirme un verdugo más de la violencia doméstica que recitan con
fruición las emisoras que salen al éter dando parte de los crímenes pasionales.
Era una verdadera epidemia sobre la cual se soportaba el sistema como la peste
de Trump genéricamente denominada Covid. Un guarismo. El gran sanedrín tiraba
la piedra y escondía la mano. Fue tal la conmoción física y psicológica que
aquella afrenta supuso que dejé de ser hombre que me abandoné a la anafrodisia.
Soy un “stoltzi” digno de abrazar una de las sectas de la ortodoxia rusa la de
los castrados que se me emasculaban a sí mismos por amor a Cristo y para no
caer en la tentación de la carne y puedo decir co el salmista que la mujer son
la cátedra del diablo y el aguijón del escorpión y esta era una de las razones
por la cuales veía la pornografía en la red consolándome del pensamiento de que
el amor no existe. Es una reacción química. Todo fue difícil. El árbol del
Campo del Alfarero me invitaba a colgarme de una de sus ramas con la misma soga
con que se ahorcó el discípulo traidor. Rubicundus erat Judas et Rubicundus
erat Trump. En mi casona llevaba una vida eremítica. Escuchaba la música de las
olas rompiéndose contra el acantilado. Empecé a ver el mundo con ojos
cibernéticos. Mi vida se hizo virtual. Me sumí en un mar de “fake news”.
Manejaba el ratón con tanto ahínco como el rosario. Me ofrecí a Cristo en
oblación para redención de aquellas pobres modelos que se desnudaban y
acariciaban el clítoris en las salas del Masturbador General. Todas ellas eran
rebeldes como yo un pobre cura degradado. Me rasparon los dedos en Londres. Yo
había sido ordenado por un obispo bonachón y complutense una alegre mañana de
junio de 1967. Estuve prosternado como media hora al grito de “Recumbant omnes”
mientras el coro de la colegiata que construyó Cisneros entonaba las letanías
de los santos. Luego la orden de “levate” y yo me arrodillé ante el obispo de
cara cuadrada que había sido tallada como un hacha, me miró con dulzura y ató
mis manos con un lazo blanco al tiempo que imponía sus manos sobre mi cabeza,
manos que olían bien dedos perfumados que resplandecían con una sortija de
rubí. Éramos veinticuatro los ordenandos. Sólo quedó uno del cupo. Los otros
pidieron dispensas y cogaron los hábitos. Había llegado la estampida la gran
evacuación del Concilio que vació los seminarios. A veces sueño en este momento
de gracia. El raspado de los dedos fue más desagradable. Me convertí entonces
en un réprobo, un apostata Fue un gran momento pero no tan sublime como el
instante en que contraje matrimonio en un juzgado de Harlow (Essex) con
Aderita. Puede decirse que en Alcalá no sentí nada. No escuché el revoloteo de
la paloma del espíritu Santo ni los ojos del águila caudal que me convertían en
un sacerdote santo. Para mí aquella era una ceremonia casual. Yo había llegado
a cura para tener un pasar y un respeto. El sacerdocio no representaba sino un
oficio cual otro cualquiera. Ni fu ni fu por dentro aunque por fuera mi
semblante fuera alegre y bello como el de un misacantano. Me desposaba con la
Santa Madre Iglesia. Al menos eran lo que oí decir a mi madre que fue la
madrina de mi consagración
II
El día de san Jorge se levantó temprano. Cantaba ya la alondra en
las ramas del quejigo de la casona echando sus primeras yemas. Fue al ordenador
(había convertido la vieja cuadra en biblioteca y despacho con la mampostería
dando protección a los libros amontonados, la chimenea donde ardían los
rescoldos del tuero de la noche pasada, cerca de la consola ante cuya pantalla
el septuagenario inasequible al desaliento pasaba muchas horas aporreando las
teclas) y una noticia le entristeció al borde del llanto y es que la juventud
actual está asesinando la ortografía. Ello obedecía a una consigna:
─Delenda est Hispania
La lengua es compañero del imperio. Ya no hay imperio que valga.
Nos aplasta la bota de Soros. Las naciones mueren cuando la lengua común es
asesinada y la erradicación de las normas ortográficas era el primer paso esta
inicua estrategia. Entonces dijo:
─He de ir a honrar a mis difuntos. He de visitar el cementerio de
san Gregorio donde reposan mis antepasados. Ellos durante más de diez siglos
desde el románico, el gótico, el plateresco, el barroco, en el tiempo de las
luces, de las paces, las guerras, las gripes, las epidemias se expresaron en
castellano. Con ella nacieron y murieron, amaron y cantaron, hicieron negocios.
Me indigna este asesinato pero no era nada nuevo. Ese fue el intento de los
bolcheviques para darle la puntilla al ruso cambiar la ortografía suprimir
ciertas letras del abecedario.
La orden partía de las altas esferas del Sanedrín que tira la
piedra y no esconde la mano, se sirve de sus cipayos. Los bolcheviques la
pusieron en práctica en 1905 por medio del gran profeta de la revolución
marxista Vladimir Maiakovski y ahora en España por medio del bocazas del
Coletas y su adlátere Julio Rodríguez "Julito el rojo" el general
apostata un espía del NOM israelí la implementan entre nosotros. Había que
hacer astillas la lengua de Nebrija, Cervantes, Quevedo y Pérez de Ayala,
Clarín, Galdós. Baroja, Miró. Marañón etc. Estaban deseosos de cantarle el
gorigori. Fue un plan que fracasó . el profeta del cambio Maiakovski, el que
decía que había quemar los textos de Chejov, Tolstoi, Turguenev y Kuprin acabó
pegándose un tiro cuando supo que su mujer le ponía los cuernos con un
comisario. El ex cura cargó con un poco de pan un termo de café y una enfilada
para aguantar las seis horas de viajes y al volante de su viejo 2C se dispuso a
cruzar Pajares. La radio del coche rebuznaba noticias sobre las elecciones
desde las plataformas del gulag mediático. ¿Quién va a ganar las elecciones? El
que mande don Iván porque las urnas las carga el diablo. Los tertulianos se
entregaban a su filatería incontenible. Todo era un paripé. Cambiaban de ondas
y allí los coloquios verdeaban la boda de Rociito ─qué gran tema rediós─ con el
ex picoleto, la hija del ex boxeador, el novio de la Campos, el nuevo look de
doña Leticia, gossip de evasión para no hablar de los menas
que nos enviaba el rey alauita en patera para que los mantuviéramos he aquí un
país dado al compadreo el chismorreo y la murmuración. Nos dan la vara. Nos
comen el coco con todas esas nimiedades. Fortuitamente burló la vigilancia de
la Guardia Civil al entrar en Castilla le dijo que iba a un entierro. Los
campos estaban verdes y frescos, las casas cerradas de los pueblos vacíos. Un
azor planeaba al borde de la carretera avistando sus presas. La bondad y
serenidad del paisaje contrastaba con la nerviosidad y parloteo de los
programas matinales de las emisoras. El país estaba nervioso.
Para el Soguillas empedernido lector y esforzado escritor, sus
textos se amontonaban inéditos en la cuadra de la Requejada junto a algunos
libros que pudo publicar nunca distribuir porque con la inquisición hemos
topado. A los nuevos autores por no echarlos vitriolo a los ojos les mandaban
al limbo del anonimato. En España los literatos andan todos metidos en un
cajón. Había que estar agazapado cada uno en su conejera hasta la exasperación,
aprendiendo a ser ex hombres. Se trataba de acabar con el Logos y la eterna
sabiduría y adoptar la norma redhibitoria de la renuncia. Apagó el receptor y
escuchó la voz del obispo el día de su ordenación mandando a los diáconos que
se iban a ordenar de presbíteros el cuerpo a tierra:
─ Procumbant omnes.
Habían pasado muchos años casi medio siglo pero la voz episcopal
retumbaba en su memoria. Un pájaro alisaba sus alas sobre el hilo del tendido
eléctrico. En Medina del Campo se detuvo a mear y a tomar café. Pensó que la
mano de la Providencia le había sacado de tantos apuros en la existencia que
fue una lucha a muerte contra el mundo la carne y los hombres. Estaba vivo. Era
un jubilata que bien podía decir con San Pablo "Conservé la fe" a
pesar de que todo en su vida fue un gran fracaso una catástrofe. Por eso tenía
que acercarse al ara donde se guardaban las cenizas de sus antepasados. Otra
parada en Arévalo para arrodillarse ante la Virgen de las Angustias. Al salir
del templo la plaza del Arrabal estaba llena de puestos de mercaderes. En los
caleros de la iglesia de Santo Domingo habían anidado una pareja de goloritos
padre y madre llevaban alimentos en el pico a los recién nacidos. Arévalo
honraba a su patrón san Vitorino que debían de ser la continuación cristiana de
las fiestas de la Refifugia que mantenían solemnemente los arévacos. Compró
soplillos y pan regañado en una tahona puerta por puerta con la iglesia de san
Martín. ¿Qué soy yo?, preguntaba Soguillas... un resistidor berberisco mitad
cristiano y mitad judío. Mi alma va sellada por las tres culturas aunque
lucharé a muerte por la defensa de la cruz de Cristo. De los moros heredé su
fanatismo, de los judíos la tozudez y de los cristianos el amor al vino
eucarístico.
En un apostadero de la A6 era la hora de yantar, el pan regañado
arevalense sabía a glorias lo mismo que los soplillos. Que aproveche buen
mordisco. A la paz de Dios. Un transportista portugués dormía en la cabina de
su camión, una pareja de jubilados masticaba unas tajadillas de una fiambrera.
Les dio los buenos días, no le contestaron. La gente se ha vuelto medrosa y
suspicaz. Otra vez enfiló la autovía, prendió la radio. Los hierofantes
radiofónicos seguían ahora hablando del virus de los fallecidos la noche
anterior y de los internados en cuidados intensivos. Lo adelantó un Peugot
francés en el cual viajaba toda la familia. La esposa iba cubierta con el
almaizar que le daba aspecto de monja. Es saludó con la mano... "Bis
millah" y ellos deferentes respondieron con el mismo saludo "Bis
millah havivi". Id con Dios.
Tuvo que parar junto al santuario de la Fuencisla para hacer pis
(dolamas de la próstata) y para cantar una salve a la Virgen en agradecimiento
por el buen viaje. La Fuencisla sitio emblemático le recordaba los recesos de
sus tiempos de seminarista, largos paseos congelados en el invierno y
calenturientos por los ardores de la canícula. Se puso a cantar el padre
nuestro en ruso:
"Otse, isi esi na nebisiex
Da siatsie imiatvoié
da pridiet tsertsco tvoii dviedi nas
Da vudet volia tvoia
Iako na nebesi i za ziemli
Xlev nas nasusni dazni dnesi
I ostvi nam dolgi nashi
Iakose i mui ostabliem dosnikom nasim
I vvedi nas vo skuseniei
No izbavi nas nas ot lykavago
Amin"
Una monja que limpiaba el santuario escuchaba el rezo con atención
y dijo que le gustaba mucho aquella oración... Es el padrenuestro, hermana...
pues que Dios le bendiga... y a usted.
Resolutivamente no quise entrar en Segovia el pueblo donde vino al
mundo porque allí no le trataron bien. Le pasó lo que a Santa Teresa cuando los
segovianos la acusaban de andar metida en amores con Juan de la Cruz su
capellán. "De Segovia ni el polvo de las zapatillas" y se sacudió el
calzado en san Pedro Abanto donde siempre paraban carreteros. Enfrente había un
letrero sugestivo:
─Más vale aquí mojarse que enfrente ahogarse
Justo al lado corrían placenteras las aguas del Eresma.
Por fin alcancé a ver la torre de san Gregorio que se perfilaba
sobre el páramo con la majestad de un obispo sedente a horcajadas
sobre el lomo de los siglos, testigo de nuestra historia, en su cátedra
guardando la memoria de mis difuntos. Llamábamos nosotros aquel cerro El Somo.
Era el final del camino. El pueblo estaba vacío. Nos habían robado
el alma. Habían matado la lengua asesinado su ortografía. Encendí una vela y me
puse a llorar agarrado a la verja del camposanto. Aquel era mi muro de los
lamentos la torre del cementerio de Requejar.
III
No me sentía cansado tras el largo viaje desde Asturias con mis
setenta y seis años a las espaldas fresco como un cohombro. Trepé por la
escalera 24 veces y desde el cerro saludé al paisaje castellano. Para honrar a
los veinticuatro monasterios que, mandó hacer el rey Alfonso VI los
veinticuatro pueblos de Villa y Tierra los veinticuatro ancianos del
Apocalipsis. Era un conjuro para aplacar las tristezas del Quietorium de la
Monda y el fuego fatuo Perfilábanse las montañas azules al otro lado de las
cárcavas las tierras frías y el gran morro de las adradas. Y por el sendero del
via crucis subía yo con la cruz a cuestas como Cristo con todos los pecados del
mundo sobre los hombros. Me dolían las costillas. En el paño de la Verónica
enjugaba mis lágrimas y s estampaban los rostros de las mujeres a las que
perdí, pecador de mí. Pungente y clara se escuchaba por todo el valle de la
dulce Deri desde la cama del hospital de Londres donde la operaron del
tiroides:
─You have hurt
many people (hiciste daño a mucha gente)
cuando la dieron de alta firmó el divorcio. Una compañera de
crujía la indujo a tal determinación traté de explicarle que no me dieron
permiso en la escuela. Sufrí una depresión. I had a break down y todo se fue al
carajo
El pantocrátor pintado sobre el ábside milenario me miraba con sus
ojos fríos bendiciendo desde la serenidad de sus dos dedos alzados y sus ojos
grandes cuando decía misa sobre el ara sepulcral. Un ángel negro de seis alas
me servía de acólito y allí estaba Juan de la Justa el que la serpiente matara.
Salió de su tumba a la hora de alzar y les escuché decir con voz trémula “Señor
mío y dos mío” junto a él vestidos de túnicas blancas comparecían casi todos
los difuntos del Requejar. Podían ser millones y asistían a la ceremonia con
gran devoción. Algunos no entendían las plegarias porque su presencia en el
mundo tuvo lugar antes del cambio de rito. Muchas mujeres sentadas a la morisca
invocaban a Dios en mozárabe. Habían resucitado para ver a Dios. Un coro de
querubines atacaba las estrofas de la misa de Ángeles y el eco de sus voces se
esparcía por la campiña en un largo kirie elisión. Juan de la Justa el que mató
la serpiente cantó el credo en eslavónico. Aquella pretendencia me reaseguraba
de la presencia de Dios en el paraje presencia divina que es inefable invisible
incomprensible inabarcable hasta el infinito que sólo se entiende a la luz de
la vez. Juan de la Justa el que mató a la sierpe había sido soldado en la
campaña de Rusia. Fue repatriado a España con una pierna de menos. Un disparo
de los organillos de Stalin segó su extremidad Fue el más pobre del pueblo. Con
la humilde pensión que le quedó pasaba hambre. “Yo fui a luchar contra el
comunismo. Los rusos no me hicieron nada pero el régimen soviético estaba
dirigido por feroces caníbales y se hacía lengua de la valentía de los soldados
alemanes que lo trataron con deferencia y mantuvieron la disciplina den medio
de la retirada que ellos denominaban defensa elástica. Contaba que aquella
guerra la habían organizado los judíos y que el pueblo alemán y el ruso la
padecieron en sus carnes. En su alcoba tenía un retrato del Führer y decía que
el holocausto era una treta propagandística para ocultar los crímenes de la
segunda guerra mundial.
─No digas eso en
público, Juanito, que si se enteran los caza-nazis te meten en chirona.
─Me es igual.
El desparpajo y la sinceridad del pobre mutilado consiguieron que
el fervor y la admiración que yo sentía hacia los rusos se enfriasen un tanto.
Rusia es el molde de un enigma. Empiezas a destapar y nunca llegas a destapar
el rostro de la última muñeca.
─Nunca se sabe
cómo piensa un ruso. Las reacciones de los eslavos son un enigma. No piensan
como nosotros según me dijeron algunos camaradas que fueron deportados a los
campos de concentración siberianos.
Con todo, aquella misa seca no me pareció un sacrilegio. Formaba
parte de un sueño que yo tuve para ensalzar aquellas piedras templarías
erguidas sobre el áspero mogote entre pedruscos seculares y zarzales de
escaramujo. Volvía al centro. Estaba de nuevo ante el enigma de misterio de mi
existencia a cuestas con mi cruz a cuestas y las sienes taladradas del escritor
que se atreve a ir por libre y enfrentarse a los dogmas de una sociedad global.
Cerré el portillo de san Gregorio después de entender una vela en la tumba de
los míos y me fui a una tasca de Sacramenia. Pedí vino de la tierra. Conjuré
mis penas ante el dolor y el olvido y la persecución de la que fui objeto. Tuve
que separarme de mi mujer cuando supe que el cuarto de mis hijos no era mío. Su
naturaleza tan dada al coqueteo y a la ninfomanía la había hecho sucumbir a la
tentación de un afaire con un compañero en su centro de trabajo. Un día la descubrí
cuando se desnudaba sendos moratones en los glúteos y otro menor en el pecho
izquierdo. Me dijo que se había pegado un golpe con la puerta. La repudié y
consciente de que aquello era un castigo que me había enviado la providencia
por haber sido degradado como sacerdote y por haber andado malos pasos por la
vida me divorcié y a la jubilación compré una casa vieja en Asturias. Estuve
tentado de cometer una locura pero me fugué del hogar a la chita callando y ya
libre de semejante atadura me sentí un hombre feliz que es liberado de su
oprobio. Fue tal la conmoción física y psicológica que aquella afrenta supuso
que dejé de ser hombre que me abandoné a la anafrodisia. Soy un “stoltzi” digno
de abrazar una de las sectas de la ortodoxia rusa la de los castrados que se me
emasculaban a sí mismos por amor a Cristo y para no caer en la tentación de la
carne y puedo decir co el salmista que la mujer son la cátedra del diablo y el
aguijón del escorpión
IV
Había nacido a la sombra de la catedral cerca del rollo donde
ahorcaron al pare del Buscón y “obisparon” a su madre por alcahueta. Los jueves
ponían el puesto los pelaires en la plaza del Azogue, triduos y novenas y el
toque de clamor en la torre Carchena junto a la huerta del Judío ires y venires
dares y tomares sin ton ni son. Los largos paseos en silencio durante las horas
del quiete en las tardes de retiro espiritual. Aprendió juegos de manos y era
un experto en tirar al guá con las canicas. Sus padres siendo pobres a la edad
de once años lo metieron en el seminario una boca menos. El fantasma del Domine
Cabra aleteaba como un pájaro de mal agüero por tránsitos y corredores de aquel
caserón. Aprendió a escanciar espondeos en latín y a entusiasmarse con la
mitología. Los dioses oscuros eran el precedente de todo aquello que amó y
aprendió. Aulas del sufrir y del resignarse malos olores y hacinamiento. Le
gustaban las mujeres y tuvo una novia que eran diez años mayor que le enseñó
viejas técnicas ancestrales. No se lo digas a nadie. No lo diré. Túmbate y lo hagamos
como los señores. No se lo dijo a naide siquiera al confesor aprendió a fingir
y a ser hipócrita. Aquello era lo mejor del mundo la gloria de dios cuando
abrazaba a Maritere y se sumía en el pozo sin fondo del amor aquel cuerpo
tiritando y en convulsiones que olía unas veces a pescado y otras a lavanda,.
tan dulce como un vaso de malvasía. Tú te tumbas y ahora el sesenta y nueve. A
la viuda lo que más le gustaba era el misionero. Así todos los veranos. Cuando
sea cura serás mi ama de llaves y podremos gozar más libremente. No se lo digas
a nadie. El gozo de aquellos pecadillos secretos le alegró toda la vida. No hay
cosa en el mundo más dulce que aquellos revolcaderos en el pajar o al amparo de
un escaramujo bien tupido a la vera del Río Peces para hacer el amor con la
fresca. Había laido en un Padre de la Iglesia que la mujer tiene entre las
piernas el aguijón del escorpión, es cátedra diabólica. Era san Pacomio que el
pobre no se había comido una rosca por eso escribía tales barbaridades de las
sacerdotisas del gusto que son lo mejor que hay en la vida. Pues yo, reverendo
padre, me arrepiento de todo corazón pero me gustaría asistir a esas clases que
daba el Cojuelo en las universidades venéreas y que me pique esa avispa ¿Y tú
vas a ser cura? No me queda otro remedio. Le gustaban los veranos porque podía
tener encuentros con la Tere y al rey y a la inquisición chitón. El seminario
era una cárcel pero toda la vida es cárcel. El año 56 hubo una gripe y
desalojaron as aulas mandaron a todos para casa. En el delirio de la fiebre
menudeaban los encuentros con su novia. No me importas que me pegues el morbo.
Fueron sus mejores amores en la vida los de los tiempos de peste. Iba aprobando
todos los cursos. Los superiores le tenían por un santico y lo proponían como
modelo de buen seminarista. Era diligente, aplicado, nada murmurador, asistía a
las celebraciones litúrgicas con devoción, en los tiempos de silencio caminaba
por los pasillos con la cabeza de medio lado. Aquí tendremos pronto un san Luis
Gonzaga. Los ángeles le están preparando la aureola para subirlo a la
hornacina. Sanctum habemus: Quintiliano el hijo de la Aldonza la lavandera del
Eresma. Era la admiración de todo el seminario. Aquellos buenos operarios
diocesanos pese a su bondad y dedicación a los postulantes no daban una El
Soguillas al escuchar aquel juicio de su maestro de novicios se reía para sus
adentros y seguía suspirando por la Tere. En las noches de pesadilla como tenía
poluciones nocturnas y “lo suyo” se iba para arriba in continenti e irremediablemente.
Conque, se daba furiosamente a la masturbación pero era avisado y cauto que no
caía en el escándalo de algunos de sus compañeros a los cuales se les escuchaba
gemir en medio del ruido de los muelles del jergón. Él no tenía vocación pero lo
disimulaba. Tendría asegurada la vida y como había oído decir a más de un
párroco eso del celibato es una marranada. El voto de castidad que no cumple
nadie nos permite tener acceso carnal a todas las mujeres que se nos pongan
delante solteras, vírgenes, casadas, putas espirituales e incluso monjas. La
teta de novicia era manjar suculento. Así que Quintiliano un verdadero buey
muto no decía ni media palabra de sus interioridades. Se agazapaba y aguardaba
deshojando la margarita de su zorrería. Aquel centro, antigua casa de la
Compañía, fue el lugar donde aprendió sus mañas y salió convertido en un pícaro
de siete suelas. Vaya un tío por dos reales, buen pájaro estaba hecho
Quintiliano el Soguillas
V
Ya estoy inoculado contra la pandemia.
Ayer me puse la inyección en el hospital de la Misericordia de Avilés regentado
por las hermanitas de San Vicente de Paul la toca blanca esa toca enorme que
parece un avión la cruz al pecho y el rosario a la cintura. Radio Florito se
pasa la santa mañana tardes y noches dándonos noticias de los altibajos de la
pandemia. Cómo evoluciona todo esto. No se informa de lo verdaderamente
importante de donde salió el morbo, cómo se trasmitía la cepa, quien trujo el
bicho, en qué probeta lo incubaron la madre que lo parió si fueron los
murciélagos o los chinos de Wujan. Hoy tantos muertos ayer tantos contaminados.
Se desinforma y se nos confunde. Eso es tomar el rábano por las hojas. Don
Híspido Estadístico juega al chito con nuestros temores de algo hay que morir
pero que se mueran ellos. Salimos del Notejode, librándonos de unas
para meternos en otra, en el Nosajodio, la pescadilla que se
muerde la cola vueltas y vueltas al trillo y no es que me quejo no porque entré
en el bombo de los escogidos pero a muchos colegas les ha saludo la hoja roja y
pronto dejarán de fumar. Los españoles que fuimos durante mucho tiempo carne de
cañón, carne de horca y carne de prostíbulo, ahora nos hemos convertido en
carne del tósigo letal del Covid, desde que la pandemia habitó entre nosotros
en el maldito año bisiesto de 2020. Les dirá un funeral ese Fray Buscón el del
pelo blanco que anda saqueando a los ricos para dárselo a los pobres y él,
receptada el donativo de los famosos a los que acude con frecuencia al no haber
sarao o fiesta donde no esté invitado o no se cuele este páter que es un
vivales, se guarda los cuartos quedándose con el santo y la limosna. Dios
confunda a quien no espabila y este fraile es un lince para la pasta. Huele los
dineros a leguas de distancia. Nunca te dirán lo importante por los micrófonos
de Radio Florito que dirige un colombiano que ha saltado desde la panza del
caracol. Imposta la voz presume de voz y se mete con los venezolanos y con los
cubanos. El hipócrita ve la paja en el ojo ajeno y olvida la viga en el suyo.
Colombia es el país que parió más prostitutas. Es el vivero de la gran
meretriz. El de las putas de Internet las más guarras, indecentes y
desvergonzadas, ─toda la coca es manejada por potentados impresentables─ del
mundo las que montan por la Red esos numeritos de esperma blanco cuando les
viene el deleite y grandes mamadas. Todas hablan español y uno al verlas siente
vergüenza de su idioma castellano. Es una nación aprisionada entre las garras
de la bestia. Colombia me parece a mí que tiene la forma de coña buscando el
gran carajo. Nicolás Maduro me parece un tipo mucho más digno al menos patriota
pues no se rinde ante el bloqueo comercial de los gringos que quieren asfixiar
a su patria matándola de hambre, anhelantes de su petróleo. Venezuela y Cuba
humilladas y ofendidas no agacharon la cerviz. Colombia es el gran burdel de
los EE.UU como lo fue Cuba en la ´poca de Batista. García Márquez se le iba la
fuerza por la boca mucho palabrero para luego nada decir y es que ha caído
particionero en manos del sionismo solipsismo que nos ahoga como esa serpiente
que avanza por el mundo enrollándonos al cuello con sus pestíferos y letales
arillas. Pues ese es el jefe de Radio Florito emisora de derechas de toda la
vida sucursal del Maligno, director un tal don Verbilindo, más dura será la
caída. Como no tengo otra cosa que hacer: oír radio, ver novelones por la tele
y estar aditivo a los chats porno de la red en la cuadra en la que vivo pues me
entero de todo o a lo mejor no me entero de nada. Me lavan el cerebro con una de
esas mangueras municipales con las cuales nos refrescábamos las pantorrillas
cuando éramos niños mientras cantábamos el “aquí no llega bombero tu manga
riega y si llegare no me mojare”. Estamos calados hasta los huesos. Estamos
todos hechos cisco. A don Puertas no le cuadran las cuentas y hace numeritos al
objeto de reducir demografía y para ello pone cuatro remedios: pornografía,
conflictos regionales, desamor y virus. Vacía las aldeas. Si serán
elucubraciones mías. Mis amigos me llaman negacionista pero yo me considero un
tío legal. Sus emigrantes se largan a vivir a las ciudades donde viven
hacinados y expuestos al morbo cainita, que es como llaman algunos
epidemiólogos de nuevo implante socarronamente. Don Guillermo va y compra a
bajo precio las tierras pignoradas y las vende o las explota al máximo
exponente. Así es como se hicieron millonarios los Rochild con sus palomas
mensajeras y sus inversiones millonarias durante las guerras napoleónicas. La
serpiente no deja de crecer y de arrastrarse. Llena de baba o de lefa el suelo
que pisa escupiendo sus fauces el veneno de la entraña con lengua retráctil y
allí donde toca el escupitajo de la gran culebra no vuelve a crecer la hierba.
Yo la vi cómo se arrastraban por las crujías de Cuidados Intensivos del hospital
de la Misericordia de Avilés mientras una enfermera peruana muy amable me
vacunaba contra el Covid. Su voz era dulce y cantarina como el de una sirena.
¿Por qué estas alegre, hermana? Porque hay que cantar cuando se lucha contra la
muerte. No se podía dar un paso por las salas. Los viejos ─les tocaba el turno
a los nacidos entre 1942 y 1945 éramos una buena peña de setentones en la flor
de la senectud─ como ovejas que llevan al matadero todas para el arrastre. El
rubio don Donando ahora está muy callado pero no paraba de darnos la murga con
los chinos quería hacer la limpieza étnica una verdadera sarracina como antes
se llamaba y empezó a gobernar por tuiter a los chinitos les voy a meter un
brazo por una manga pues hay que ver lo que ha cambiado el mundo cuando yo era
niño los frailes repartían huchas por el Domund para que saliésemos a cuestar
por los chinos y ahora son estos hombres de tez amarilla y ojos oblicuos, al
socaire de Mao con su libro rojo y Chu-en-lai, nuestros colonizadoras. Llegan
hasta nosotros con un libro de Mao en el bolsillo. Es un libro rojo en
caracteres chinos que lanza profecías inexorables. Europa se ha dormido. Kaput.
Morirá de su propio éxito. Son ellos los que nos leen la cartilla de Fumanchu.
A mí me parece que don Donado el rubio con esa melena de camionera de la Ruta
66 un nabab del ladrillo con las cuatro reglas mal que bien aprendidas fue el
culpable en razón a que temía su competencia, les mandó los padrinos escondido
en un tarro fatal donde se guardaba el especifico que suelto en el aire y
dejado por correr por las cañerías o almacenado en la cabina de los aviones
había de causar la muerte de millones de seres humanos. Juegan al trompo con
nosotros. Promulgan la eutanasia y aplican anticonceptivos. Sobra gente en el mundo.
A pesar de todo la vida sigue siendo bellas. Las terrazas de los bares están
repletas de gente que toman piscolabis con mascarilla. Muchos factores que yo
no acabo de entender se mezclan en este totum revolutum de la
peste aviar verdadero flagelo del género humano del que todo es confuso tanta
información de mezcolanza desinforma. Por lo visto el año bifronte dos veces
veinte del siglo XXI fue el año de Nostradamus el de gemir y crujir de dientes.
No nos pongamos trágicos. Sea lo que Dios quiera. De algo hay que morir.
VI
En 1977 agosto caía sobre
Nueva York plomo derretido hubo un apagón gente quedó varada en los ascensores
los semáforos dejaron de funcionar los quirófanos quedaron a oscuras y los
pacientes agonizaban en la mesa de operaciones un caos. La ciudad automática la
ciudad que no duerme paró de pronto. Con el corte del fluido eléctrico bajaron
desde Harlem al bajo Manhattan las tribus urbanas y empezó la gran pecorea,
el looting. En la gran pecorea yo vi a morenos que saqueaban las
tiendas arramblaban con televisores lavadoras infernillos. Muchos neoyorquinos
de buena voluntad se preguntaban si no había llegado el apocalipsis. El apagón
nos hizo mascar el polvo de la derrota demostrándonos lo frágil que somos. Se
va la luz y todo se interrumpe porque el soporte vital de nuestras ciudades se
cifra sobre la tecnología. Un simple fusible da en quiebra y adiós mis pavos
que atruena. Yo vivía en el piso 24 de las Torres de Water Side Middle
Manhattan. Salí de casa y bajé a tientas por la oscura escalera. Saludé en el
vestíbulo al janitor un portorriqueño simpático de pelo rizo
en mis conversaciones mezclaba el inglés con el castellano spanglish. Pude
ganar la plaza donde estaba sentado mi amigo el rabino Yankel que también
mezclaba el inglés con el yiddish. No estaba aturdido el buen rabí que vestía
camisa blanca y una dulleta que le llegaba hasta más debajo de la
pantorrilla.
─Hello, there. How
come?
─ This is a signal of
Apocalypses─, dije
Yankel empezó a reírse
por toda la barba. Exhibía en su atuendo personal cierto descuido
pero miraba con ojos penetrantes de Einstein. Sus barbas apostólicas estaban
blancas, sus tirabuzones negros, el zapato sucio y mal atado. Era un judío
ortodoxo observante de la ley. Pertenecía a un pueblo indestructible que seguía
vistiendo como los padres del Viejo Testamento observando su dieta y rezando la
Shemá al levantarse y al acostarse. A los askenazíes no les era permitido
hablar con un goim pero solía saludarme y conversaba conmigo. Quizá observando
con su ojo clínico y su vista gastada de tanto escudriñar los textos sagrados
que a lo mejor yo podía pertenecer a su elenco. Sabía que en España hubo
infinidad de conversos que mudaron de credo en apariencia por más que en
secreto siguieran con sus abluciones judaicas sus cantos y todos esos elementos
residuales de nuestra herencia mosaica.
─Eso es una canallada que
inventaron los nazarenos. Cristo es un veneno. El mundo no se acaba.
─ ¿Cómo qué? El apocalipsis
de san Juan fue escrito por un judío el apóstol san Juan en la isla de
Patmos.
─Ese apóstol que tú dices
era un griego.
─ Paparruchas, el mundo es
eterno.
Me quedé de un aire
horrorizado por la blasfemia que acababa de escuchar. Había un supermercado en
las inmediaciones y la gente salía cargada con garrafas de agua mineral.
Tampoco manaba por los grifos el líquido elemento. No funcionaba la bomba de
las cañerías.
Le dije al rabino que esa
idea de la impostura que achacan los de la Vieja Ley al Salvador no era suya.
La había lanzado Nietzsche el padre del nazismo. Yankel volvió a reírse y me
ofreció un pitillo Malboro puro sabor norteamericano. Me mostró la
cajetilla:
─Dime, español, ¿cuántos
cigarrillos hay aquí dentro?
─Veinte menos dos que
vamos a quemar dieciocho.
─Eso es. Una verdad
matemática. Algo que puede ser demostrado y probado. Vuestro
Nazareno no puede demostrarse. Pudo ser un invento.
─Un invento─ replico─ que
dio la vuelta a la historia. La cruz está en todas las partes. En las torres de
las iglesias y catedrales, en las salas de los hospitales a la cabecera de los
enfermos, en las aulas de las escuelas sonríe los cielos formando el arco iris
de Constantino in hoc signo vinces y se reclina incluso sobre
el pecho de las mujeres mundanas. La cruz es el Logos la sabiduría infinita que
hace que el mundo siga girando
─ Humbug, retórica pura
retórica.
─ En ese caso toda la
Biblia es lo mismo: una historia de hazañas bélicas, epitalamios con carácter
erótico “El Cantar de los Cantares”
Quedó pasmado ante mi
blasfemia
─ Es la palabra de Dios. Es
el pacto entre Yahvé y el pueblo elegido. Algo que los idólatras no podréis
comprender. Somos el pueblo del libro y la tierra. Algún día volveremos a tomar
posesión de ella.
─ Eso es puro
sionismo
─ Yo no soy sionista.
Israel no ha de ser nunca una nación vulgar con sus parlamentos, sus políticos,
sus corrupciones, sus periódicos─ afirmó rotundo Yanquel sin perder su sonrisa.
La ceniza del malboro se
le había quedado esparcida por la pechera. Por debajo de su traje solar negro
le asomaban las puntas de una faja blanca las filacterias. Su mujer y su hija
que presenciaban divertidas nuestra conversación le hacían señas para que
acabáramos nuestro intento de solucionar los problemas de la humanidad pero al
rabino le divertía contraatacar. A todos los judíos les encanta discutir sin
pelear. Un proverbio ruso advierte que donde hay dos judíos surgen tres
opiniones diferentes.
A Waterside Plaza
llegaban las voces de los depredadores que saqueaban las tiendas de la First
Avenue y allí estábamos los dos entregados a nuestras disquisiciones
teológicas. Como Daniel en el foso de los leones impávidos ante una atardecida
llena de furores. El mundo siguió marchando sobre sus ejes. Esto es la guerra.
Apagadas las televisiones funcionaban a toda mecha los transistores relatando
los incidentes del apagón. Creo que con esto de la pandemia Covid vuelve a
repetirse la situación de apagón que yo viví en el tórrido verano del 77.
Mucho me extrañaba a mí
el anti sionismo de mi interlocutor. Sin embargo, me formuló al cabo una
profecía:
─Para nosotros el dinero
no es más que un salvoconducto de huida en tiempos de persecución. El oro
aplaca el corazón del tirano. Tampoco nos interesan los honores ni los
suntuosos edificios las grandes catedrales. Vamos siempre con lo puesto en un
dilatado tiempo de Cabañuelas para cruzar el desierto. Pero el día que
dominemos los medios de comunicación todo se nos dará por añadidura. La prensa
y la televisión es nuestra arma de combate. El objetivo es el dominio de la
mente humana, la eternal Wisdom. Los periódicos y la tierra. Somos un pueblo
agrícola. Cuando alcancemos la tierra prometida volveremos a ser
agricultores.
Por boca de Yankel estaba
hablando Billy Gates con más de medio siglo de anticipación. Se informa que el
gran nabab de la comunicación el hombre más rico del mundo a través de
facebook, Amazon y las redes sociales está adquiriendo tierras de labor en
América del Norte, en Colombia, Venezuela y Argentina. De esta conversación
durante el apagón con aquel rabí un verdadero oráculo de sabiduría pero como
todo humano también sujeto a las contradicciones obtuve certidumbres y dudas.
Dicen por mi pueblo que todos tenemos una ventanillo al cierzo y que cada uno
estornuda como Dios me ayuda. Nueva York me hizo conseguir una visión distinta
del mundo. Es una ciudad judía meca del cosmopolitismo pero si se apaga la
luz por avería todo se va a tomar por el culo.
VII
Envejecer es regresar a la
infancia y no sé dónde estoy, sumido en esta vorágine de los afanes y los días.
Febrero fue un mes fasto sin estridencias ni derivados del alcohol. Lucho
contra el vicio. Baco me retuvo desde la infancia a causa de la sopilla que me
daba el abuelo como un curalotodo. ¿Vencí a la dipsomanía secuela, madre que tú
me dejaste con tu desamor? Me perdí por las tabernas y las timbas jugando al
rentoy o haciendo el tonto por las barras de los tugurios del distrito rojo
buscando el amor que nunca me diste.
Una vez me encontré subiendo
por Moyano un niño que era el doble de una fotografía que yo conservo de los
cuatro años, estaba apoyado en el pretil de la bajada de san Cebrián con un
libro en la mano, sobre un paisaje de tablares huertanos y de cipreses. El niño
era mi alter ego, son pere craché que dicen los franceses, su
madre iba delante, una rubia despampanante pero ya había engordado. En ella
reconocí a la esquinera de la calle Ballesta que comía pipas y altramuces
mientras aguardaba a los clientes. Ay Madrid ¡qué extraño eres, matas a un
hombre y no apagas un candil! Como se rezagaba, al tiempo que nos miramos, sui
madre lo llamó:
— Date prisa, Adeodato.
Adeodato era el nombre del hijo
que tuvo san Agustín en sus relaciones con una esplendorosa etíope. La chica de
las pipas era una beldad pueblerina. Una rubia con la que me ocupé una
malhadada tarde en un bar de ambiente de la Ballesta, la chica hablaba con
acento vallecano, iba en minifalda bonitas piernas y la hice el amor. ¿Subimos?
Un ratito. Sí. Dejó de comer pipas al subir la escalera de la pensión y bien me
acuerdo de lo que dijo: “quiero que me dejen preñada. Me dio un golpe el
corazón el chico podía ser mío yo la miré y ella siguió su camino pero
volviendo varias veces la cabeza atrás. En noches de insomnio se me representa
la cara de Adeodato el hijo fornecino que nació de aquel polvo rápido en una
casa llana de la Ballesta. Fui pecador. A veces me acuerdo de él, rezo por él y
siento dolor de atrición. Azoté las esquinas de la calle del pecado y en mis
horas penitenciales el nombre de Adeodato suena como un golpe de la disciplina
de mis muchas flagelaciones interiores y arrepentimientos. Creo que aquel día
estaba beodo. No sabía lo que hacía y sin embargo dejé que obrara la naturaleza
engendré un hijo. Una gran pregunta he aquí que puede echar por tierra toda la
teología de la predestinación. ¿Ese niño bastardo estaba en el pensamiento
divino desde toda la eternidad? Escuché una voz. Mi ex se dirigía mediante el
recuerdo a mi atribulada conciencia:
─Llenaste el mundo de bastardos. Yo te perdono.
Mi madre no. Creo que me estaba
echando una bronca desde el nicho mortuorio donde la tapiamos una tarde de
Agosto. Aderita vivía en Cornualles pero no quería saber nada de mí. Hice
varios intentos de entablar contacto pero fracasaron. Deri ¿dónde estás amor?
¿Qué fue de ti? Fui hijo en rebeldía desde la primera leche que mamé. Ayer
fui al cementerio y coloqué un ramo de guirnaldas abre tu tumba, hice la
consuetudinaria ofrenda de las Protelias a Diana, canté sus nenias cinerarias.
Quemé granos de olíbano como ofrenda a los dioses e invoqué a la virgen Oh
María madre mía oh refugio del mortal amparadme y guiadme a la patria
celestial. Me acordé de Aderita mi único amor a la que tú
despreciabas.
Fue una boda perfecta en la Inglaterra que amé. Al cabo de muchos
años cunde en mí el arrepentimiento y el dolor que pude causar a estas personas
sobre todo al señor que luce una sonrisa elegante al lado de su esposa Mary
Joseph. Los contrayentes un oficial de los Fusileros Reales y la guapa y
esbelta Nicola. Mi hija Helen es la que asoma la cabecita al lado de los novios
como un hada. Al padrino de inconfundible aspecto marcial no lo conozco. Falta
una persona a la que causé mucho daño. Rezo por ellos y me comunico con ellos.
Graham y Mary están en el cielo. Y mi Helen “altar girl” preciosa. Espero
encontrarles en la otra vida. Toda la eternidad estaré rogando a Dios perdón.
Ellos me lo dieron todo y yo lo tiré por la borda. He aquí la nostalgia de una
hermosa boda en un tiempo feliz. O Lord forgive me. Me marcó casi desde
que era doncel cuando visitaba el pueblo este culto a los muertos. Vivo
cantando réquiem aeternunm y solazándome con las estrofas del Dies Irae El
quietorium o columbario donde se guardan las cenizas de papá, del
abuelo, del tío Perico y del pobre Agustín estaba dentro de la helgaduras de
los huecos de paloma del columbario y aquello me recordó a las catacumbas de
los primeros cristianos polvo en espera de la resurrección polvo pecador y
enamorado el eco de las risas de las voces de los llantos de los que se fueron,
hoy convertidos en ceniza que avienta el viento. Di voces para expresar mi
dolor y arrepentimiento:
— ¿Alguien ahí?
El tío Pedro tocaba la marcha
real me pareció ver sus dedos gafos pulsar el teclado del armonio como cuando
al final de las misas de tres curas interpretaba la marcha Real desde el coro y
el abuelo Benjamín afilaba las hoces antes de la siega, percibí el bamboleo de
los carros cuyos cubos cantaban al subir la cuesta de las Siete Revueltas y
Elpidio sentado en el trillo cantaba en tono de prefacio las jocosas
diferencias vernáculas, poniendo a cada pueblo un mote y su correspondiente
retahíla haciendo un recorrido por la contornada todas las aldeas, villas y
anejos de la Villa y Tierra:
“Castro los chivos Torreadrada las Cabras,
Membibre para molinos, Aldeasoña no vale nada, Sacramenia para albarcas,
Requejar cagaberros que se crían en Peñacolgada donde se caga y se mea la zorra
cuando a ella la viene en gana”.
Todo ello en el tono de
prefacio de las misas de difuntos en latín. La melopea infinita sonaba a lo
largo de la tarde dorada bajo el sombrero del Elpidio que era
de paja mientras arreaba la yunta en la trilla; cuando al mulo le entraban
ganas de evacuar lanzaba un juramento y arrimaba una lata vieja de escabeche
bonito que le servía de zambullo:
─So, macho. Hoy debéis de haber comido aceite de ricino
porque no me explico tanta cagada─ decía el rapaz, aguantando el tiro de las
dos bestias. La tarde daba soñarrera, zumbaban cerca de la troje los tábanos. A
un macho le picaba la mosca, solgtaba coces de manera intempestiva. los
trilladores se dormían sobre su rudimentario vehículo que inventaron los
romanos y vendían por toda la península los tratantes cantalejanos. Eran los
operarios de la hora undécima y yo admirada el alabeo de aquel apero dotado de
una batería de pedernales en los bajos que tronzaban la paja y las cabezas de
las espigas. Lo hacían garbosos y ancestrales carpinteros de Cantalejo gente
lista y sufrida como ellos solos que parlaba una gacería incomprensible para
los que no habían nacido en aquel pueblo cabeza de las comunidades de Villa y
tierra. El mejor de todos los trilleros era Rufino Virseda héroe de la batalla
de Brunete. Lo cogieron los rojos prisionero... consejo de guerra y condena a
muerte pero él era tan simpático, tan mañero y con don de gentes que se granjeó
la amistad de los cabos de vara de la república. El general Miaja le nombró
machacante particular, le limpiaba las botas y le servía el desayuno. Al final
de la guerra en Cantalejo lo dieron por muerto pero cuando le cantaban el
gorigori todos quedaron sorprendidos cuando el trillero Rufino cruzaba el
cancel del templo donde se oficiaban sus funerales. He conocido la tecnología
del arado romano de la hoz la zoqueta el dalle y el trillo y ahora mis amigos
me mandan mensajes por guasaps puedo contemplar televisión interactiva y los
americanos se proponen colonizar Marte. Es evidente que el mundo ha cambiado
muchísimo. Es también innegable que los artífices del desarrollo de la ciencia
aplicada han sido judíos. Esto constituye el misterio de un oculto y misterioso
designio. Tú tienes una obsesión con esa gente. Por favor no seas antisemita.
Ellos han ganado la partida del progreso y la modernidad. No digas ni palabra
de lo que piensas sobre el Shoah aunque tus reservas sean verdad. Es una
actitud impolítica. Te conviertes en un apestado. Hay que ser más diplomático.
El mulo el animalito si hubiera
podido hablar le hubiera explicado al amo que las granzas del pesebre estaban
un poco tomadas de saín pero nada dijo. No era la burra de Balaán. El Elpidio,
recogidas las boñigas, las sacaba fuera de la parva y las tiraba a un
montoncillo estercolero que después serviría para abonar la suerte. Más de un
trallazo se había llevado el Elpidio de su abuelo el tío Aquilino cuando le
cogió in fraganti dejando a la yunta cagar y mear en la parva pues las manos
van al pan, chiquitos. La tarde se hacía menos largas cantando por Antonio
Molina o por Angelillo. Lo del prefacio era Canto gregoriano a la manera
aldeana. ¿Quien anda ahí? ninguna respuesta daban. Era mi imaginación que
percibía los sonidos, los olores de hacía más de medio siglo. Dando vueltas por
el mundo yo siempre regresaba a este cotarro donde debió de haber un monasterio
muy antiguo que hubo de ser evacuado y la iglesia destruida. Quedaba el
campanario de ojos fantasmales que parecía un obispo sentado en su cátedra y
mis ojos contemplaban el cielo radiante del páramo. Quedaba sólo el ábside de
la iglesia visigoda. Era el ombligo existencial. El somo donde se levantaban
las ruinas de San Gregorio constituyeron el epicentro de su vida. De allí
irradiaban los fulgores de la cuestión irremediable centrada en los dos
supuestos paralelos: el amor y la muerte. Los cantos de resurrección se
conjugaban con los responsos mortuorios millones de veces sonando en aquel
risco. Abajo marcaban el paso los danzantes al son del tambor y la dulzaina en
las noches de ronda y de arrebolada ancestrales costumbres que en estos tiempos
del rock a las juventudes no dicen nada. San Frutos pasó la hoja del calepino
que estaba leyendo en piedra y que no acabará de leer hasta el día del Juicio
por la tarde. Entonces sonará la trompeta y se alzarán los muertos con los
mismos cuerpos y las almas que tuvieron. Es lo que dice la Biblia
El abuelo Benjamin allí
estaba mirándome asomaba el gallo sobre las tapias de la iglesia de San
Gregorio convertida en solemne casa de todos. Parecía yo verle cojear camino de
misa. Tenía la pata chula por el reuma a causa de la humedad del arroyo que
discurría a la puerta de casa. Fue a una curandera y le recetó ponerse en la
rodilla la piel de un conejo. A los tres días olía a rayos. Y no era el reuma.
Era la próstata que se le llevó por delante interfiriendo largos años los
huesos. Se sentaba en un banco del lado del evangelio compartido con el Tío
Gregorin y el Tío Bernardo. Al darle de alta en el hospital de la misericordia
después de su primera operación prostática se creía curado del todo y regaló a
la iglesia de Requejar un Resucitado. Sin embargo la prostatitis volvió a la
carga en medio de inmensos dolores que soportó con paciencia “Es como si los
perros me estuvieran mordiendo los cojones, hijo” me decía y yo le ayudé a bien
morir. Leyéndole la Recomendación del alma. Los tres Gregorin, Bernardo y
Benjamín eran quintos y los más veteranos del pueblo después del Tío Paulete que
estuvo en la contienda de Cuba y nos leía bvajo el bardal libros de autores del
98. Cuando la guerra los tres se hicieron de Acción Popular el partido de
Derechas. Gil Robles les dejó en la estacada. Mi abuelo Benjamín era muy
religioso sin ser beato fe profunda de converso judío esos que no cambian. Su
adscripción a la religión católica no fue óbice para que un día saliera al
encuentro de un cura muy malo que tuvimos en el pueblo que se llamaba don
Amancio cuando se enteró de que aquel cuervo abusaba de mi tía Rosario. Fue a
por él y el cobarde huyó en una burra camino de Hontalvilla de donde era
natural. Escribió al obispo y el obispo que se llamaba Pérez Platero le mudó de
parroquia pero no le suspendió a divinis ni le quitó las caras
dimisorias. Aquel Amancio era bueno y barato en cuestión de
mozas. Al coro de Acción Católica se las pasaba por la piedra invitándolas ora
al confesonario ora a la rectoral. Hacía a pelo y a pluma porque según supe
también cierto que otro monaguillo incauto cayó en sus garras. Desde entonces
he tenido prevención contra la clerigalla y a pesar de mis ordenes sagradas
creo que lo del celibato es una regla para engendrar expósitos una perfecta
añagaza porque han convertido el sexto mandamiento en mandato de poder y abusos
sexuales. Es una ley contra natura que sólo unos pocos son capaces de
sobrellevar a costa de acabar tarados. Caparse por Jesucristo sería summum
bonum para alcanzar el monte de las bienaventuranzas cuya cúspide
únicamente unos pocos escalan y a estos tarados hay que canonizarlos santos. Mi
tía Rosario acabó en un convento de Adoratrices. Fuimos a verla a Barcelona. A
mí me quería mucho. Luego colgó los hábitos y se casó con un guardia civil mi
tio Manahén ese sí quera un santo. Pues allí estaba mi abuelo apoyado en su
cachava calada la gorrilla hasta las orejas y mirándome con severidad. Sólo me
sacudió el polvo una vez que fuimos a melones y a mí me pilló el guarda y hube
de pagar y tuvo que pagar una multa de dos pesetas. Yo alegué que fueron los
otros los que me indujeron a entrar en el vedado porque yo era un niño muy
inocente e incauto. Aun recuerdo aquella noche de luna llena cuando yo me había
quedado en el corral sin atreverme a entrar en casa.
─ Pasa, hijo, que es hora de cenar
─ No quiero, no me da la gana
─ Como que no quieres no te da la gana. Ven
acá
Me cogió
e las orejas y aquella noche cené de la cayada paternal. Fueron cinco cintazos
en las nalgas. No me dio más pero desde entonces no se me ocurrió ir a sandias
ni a peras ni a por moras a Peñacolgada. El abuelo Benjamín los
tenía bien puesto. Era un labrador cabal, el que araba más recto en toda la
comarca, el que sabía binar las tierras imbuido de una sabiduría ancestral. Un
jueves vino a visitarme al seminario antes de morir y me recomendó ser aplicado
y diligente, no hacer mal a nadie pero defenderse cuando a uno le agreden. “No
quiero, Quintiliano, que te tomen por tonto”.
Soplaba
una brisa que arrancaba las hojas del espino milenario y la torre románica con
sus dos ojos grandes que miraban para el pueblo de forma enigmática
advirtiéndole de los Novísimos. Caronte aguarda, la torre de la antigua iglesia
de San Gregorio miraba para la aldea las cavidades vacías del campanario
fijándose bien ofrecían el perfil de una guadaña. El quietorium siempre en
calma. Allí sepultaron a un quincurión romano que desvió ruta cuando su falange
se dirigía a Uxama. Tuvo la culpa el vino de aquel extravío, confundir los
miliarios el soldado. Se equivocó la paloma. Se equivocaba Cinco de sus vélites
vinieron a recogerlo y querían reportarlo en andas hasta la cohorte pero el
centurión dijo enterradlo en la Foncalada y que la tierra le sea leve. Luego
quemaron incienso a los dioses. Aquellos páramos guardaron para siempre el
perfil augusto de Roma. Siglos adelante los templarios fundaron en aquel monte
sagrado un ara El vino de la tierra fue la causa de aquel desvío. Paró en una
bodega (caupona) de Sacramenia de las que abren sus fauces en
el cerro internándose en la montaña y honró a Baco con profusas libaciones y
subió hasta Foncalada dando tumbos. Al legionario romano los campos se
volvieron del revés; la tierra arriba y las estrellas a sus pies le hablaban
con emisiones catódicas a millones de kilómetros de distancia. Parece que se
reían y es que temblaban de la tajada que acabó al perder camino. ¿Será esa la
estrella de mi destino? Se preguntaba el quirite borracho que perdió la senda y
el camino. Caldos exquisitos de la tierra. Vinos traidores. Pero qué sería de
la vida sin vino? Baco aleja siquiera perentoriamente los pesares y zozobras
del vivir. Mi Aderita a la que traicioné me confortaba insuflándome al oído el
veredicto de mi condena.
─Eres un fracasado. Todo te sale mal porque cometiste el
gran pecado de desamor. No busques disculpas ni añagazas, ni eches la culpa a
los judíos. En mi vida fuistes el sacerdocio del mal
─Te di un hijo: Helen the shining one.
Me dieron ganas de llorar. La
torre de san Gregorio estaba hueca, sus campanas se las llevaron los sarracenos
para convertirlas en lanzas contradiciendo el veredicto de Isaías: Convertiré
las saetas en rejas de arado. Grité entonces en alemán un salmo penitencial:
─Es reue mich. Mucho me pesa, pesame,señor,
de haberos ofendido.
─Mis plegarias no eran escuchadas
─Gospodi achisti grieji nas – murmuré con las palabras en
eslavónico del canon penitencial de la misa de san Juan Crisostomo
La cencellada de la noche
castellana heló sus huesos y sucumbió arrecido antes de alcanzar los castros de
aquella tierra alta mucho me impresionaron a mí desde niño aquellas
cavidades ojos vacíos de un campanario sin campana que se llevaron los soldados
de Murat cuando la francesada me hablaban del destino misterioso que a todos
aguardan y no cesaba de darme golpes de pecho en un acto de contrición. Una
urraca voznaba sobre el espino adyacente al camposanto. Alcé los ojos a lo
alto. Sobre el cielo nítido planeaba el halcón que merodeaba el palomar. Ya se
sabe que la ralea del halcón es la paloma, la del azor la perdiz y la del
gavilán el jilguero y yo era in pobre jilguero perseguido por los ojos
puntiagudos del gavilán. Mi existencia fue un episodio. Caí entre las garras de
las caves de presa (los curas, los políticos, las mujeres) como un pardillo.
Muy altaneros todos y yo humilde y acongojado sin saber hacia donde tirar.
¿Dónde encontraré refugio? ¿Cómo me zafaré de mi propia inconsciencia? Quizás
salvé siguiendo las leyes de la casualidad y del instinto. Esta explicación no
era suficiente. Un arcángel tocaba la lira en lo alto del cerro. Era él quien
me puso a cobro de las acechanzas de los numerosos enemigos. La Virgen
Santísima enjugaba las lágrimas del llanto mío. De su mano pude cruzar los
arroyos torrenciales y ramblizos, aunque a la ramera y al juglar la vejez les
viene el mal. Puede que todo ello no fueren sino excusas para justificarme
porque a lo largo me había topado con muchos leguleyos y a los rábulas se les
vencen dando la vuelta al argumento. Es reu mich. Gopspodi achisti
grieji nashii.
De pensamiento palabra y obra u omisión. Mi confiteor sonaba rotundo y solemne
aquella mañana del 12 de marzo cuando la iglesia latina celebra el transito de
san Gregorio magno. Fue el que introdujo en la iglesia la dulzura del canto
gregoriano. ¡Cuántas veces habré pulsado la cuerda de sus melismas y entonado
las estrofas del Veni Creator, el himno a cuyo compás fui
consagrado presbítero hace muchísimos años
Mucho me pesa, Señor de haberte
ofendido. Y mi abuelo asomó el gallo. Por las tapias del cementerio se alzaban
las cabezas de gente que yo conocí, sombras distantes la puerta cerrada del
cementerio y el hastial solemne de sillares como nuevo y tenían más de diez
siglos. Habían exhumado los restos de mi hermana Henar fallecida en 1941. Parte
del antiguo templo había sido destruido. Uno de los lienzos de pared mostraba
las adarajas o quixaras devastados por la morisma. Aquella era una tierra de
frontera y el antiguo templo sucumbió a Una razzia de primavera del moro
Almanzor que pasó por allá tocando el tambor. Traté de explicar esto a mis
paisanos rabaneros por las fiestas de san Pedro cuando di una conferencia pero
me cortaron a media discurso. alegó el alcalde que era muy largo el sermón.
Dijeron que el parlamento era muy largo. Nadie es profeta en su tierra. Bajé
besando las cruces del calvario a un pueblo en quietud que me resultaba extraño
retomando los pasos perdidos de la infancia. Escuchaba los carros cargados de
hacinas, los cantos de la gente que iba a la siega, el son de las esquilas de
los asnos castrones, cuando a media tarde llegaba el molinero de Fuentidueña
con su recua los costales de harina cargados a lomos de los burros y el gruñir
de los marranos en el henil. Las mujeres encinta tenían por costumbre la
víspera de San Andrés acudir a la cohorte para escuchar los gruñidos de la
cerda. Si el primer bramido era del lechón niño tendremos pero si el gruñido
partía de los hocicos de la marrana la preñada pariría un churumbel más guapo
que las pesetas. Corté el cordón umbilical del cariño pero sigo unido a tu amor
como el arado a la esteva, aun estando desencajadas las belortas y la reja sin
filo la esteva desencajada. ¿Con estos bueyes cómo ir a arar sin aguijada ni
tralla en lucha contra los elementos y contra todos? Soy yo, parlando
desde una época que pasó, hombre de ayer que no encentra resquicio pero no
maldigo a los dioses, feliz de haber llegado a viejo cuando mi infancia parece
que fue ayer. Hados perversos al ostracismo me condenaron y todos se ríen de
mí. Ya lo hicieron con Job. Propalo quimeras, redacto fantasías porque he visto
dar vueltas a la cabeza furibunda de la medusa quimérica y
hermafrodita, melena de león el cuerpo de cabra y la cola de dragón vagina de mujer
y bálano viril las ubres las arrastra por detrás y por delante, pega bandazos a
diestra y siniestra como el destino cruel y proclama al igual que el
pregonero de la gran manifestación del ocho de marzo la emasculación liberadora
a petición de los Coños Grandes Widecunts. En la fiesta de las vaginas las
Euménides nos cantan las marzas. Las gomias marimachos van seguidas de la peste
en la gran cabalgata de la Reina Ester. Tiempo de voraces tarascas
aniquiladoras. Una reina putona que le cortó a Haman la cabeza después de
hacerle el amor quiere enmendarle la plana a la doncella de Nazaret. Desfilan
gritando consignas y escupiendo gargajos contra la religión estas cabronas que
se educaron con las ursulinas, se ríen de la maternidad con un no es no y con mi
cuerpo yo hago lo que me da la gana. Son los postulados de una sexualidad
insaciable e irascible sin control. Carmen Fernández del Toro, la gran bollera,
encabeza la gran manifestación. Entran en las iglesias y descabezan las
imágenes de la Virgen María. Los buharros bailan mientras tanto en la plaza del
Carmen su rigodón banderas arco iris desplegadas al viento. Yo no iré nunca a
esa demostración. Lo mío es la fábula, el placer y el arte de las tres verdades
que se fraguan en mi imaginación y en mi ilusión inventora. Hijos sí
padres no. Pero esto es trágala, chiquitos. Nos adentramos en el
reino de las quimeras del que nadie vuelve con el cuerpo en condiciones. El
alazán apocalíptico trota al paso entre gritos y consignas y reportajes in situ
de las reporteras de la Telebasta. Allá van las féminas de la exaltación
arrastrando sus pies enfermos de quiropedias, vientres caidos los ojos con
ptosis les supuran las legañas, y sus labios malos que piden la lanceta del
cirujano que les haga una quiloplastia. Mujeres de silicato saltan a la red
opíparos bustos hinchados artificialmente. Acampa en el prado el sindicato de
las peores furcias. Es la hora de los coños grandes despiadados. Es cosa de
arreglar todos esos morros caídos a causa del desenfreno, les gusta demasiado
chuparla. Hijos sí maridos no. Vivan los vientres de alquiler. Las cotorras se
suben a los árboles empuñando el micrófono con punta de alcachofa y largan
sermones preñados de visceral oratoria anti viril. Es el tiempo de Acuario.
Vengan los marimachos, mujeres al poder. Empoderarse es una palabra nueva.
Estoy triste con este desvarío pero me consuelo cantando el evangelio
mirando para Aquilón. El quiasmo de la cruz de Constantino se perfila
sobre el horizonte. Ellas no vencerán pues su grito es contra la vida. La
espada de Miguel acabará con el libertinaje pero han conseguido ponernos a
todos el bozal pandémico. En los cinco continentes seis mil millones de seres
humanos respiran a través de la mascarilla ¿Madre por qué callas, por qué no te
enfrentas y levantas el pendón de la verdad? ahí tenemos al preste Zabulón
haciendo misa en las campas de Iraq. Su antecesor fue el responsable de la
muerte de Hussein y de la gran efusión de sangre porque lo mandaba el Gran
Sanedrín y en el Vaticano os callabais por la cuenta que os tiene. ¿Y el
holocausto de Siria y las aguas del Éufrates y del Tigris que bajan tintas de
sangre de las víctimas de estas guerras? Madre no calles más. Los enemigos de
la iglesia se esconden bajo el halda de tu sotana blanca. Deja de sonreír con
tu cara asnal y de mover tu inmenso culo que emite cuescos con olor a mate.
Dice que el catolicismo no es la religión verdadera pues ahora sí que estamos
buenos. Uno no se desunce tan fácilmente de los genes. Hoy dije mi misa como de
costumbre y quedé en paz conmigo y con el mundo dispuesto a trovar, aun con
cierto rezago, las vivencias del pasado a título de inventario nada más, sin
ánimo de lucrarme o por prurito artístico pues soy un escritor fracasado. Todo
se fue por la posta. En el entierro de la sardina di a la tierra lo que es
suyo: mis sueños redentores. Sigo siendo cura. Mis manos fueron ungidas por el
obispo. Me separé de la iglesia con el Vaticano II. La Virgen me apartó de esa
patulea de clérigos fornicarios vagabundos y borrachos. Tuve un amor o muchos
amores pero fui leal y nunca cometí adulterio con la sacristana ni con la mujer
de cualquier feligrés incauto, esos curas que miran con ojos de fauno y ponen
en la cabeza el mirmillón como un saliente Príapo protuberante en el casco. Con
todo y eso la clemente Venus madre de todos los hombres me devolvió a ese
epicentro mágico (okolos), el tete manantial de vida. Venimos de ese
flujo que se derrama en esas eyecciones guarras que las meretrices en pantalla
tienen a gala mostrar coram populo. Hijos somos de un excremento
líquido y nos cagamos cuando exhalamos el último suspiro Orgullosas de que les
vino el latigazo consolador de pilas en ristre volviendo los ojos de placer para
poner los dientes largos de los mirones que pagan un euro por contemplar el
lastimoso espectáculo de estos estertores venéreos. ¿Y qué dicen las
feminoides? Nada. Estamos en la era de Acuario. Ya dijo Protagoras que el
hombre es la medida de todas las cosas cuando yace con hembra placentera sobre
todo. De esa creencia se mofaba Plauto en sus comedias. ¿Existen los dioses del
Olimpo? ¿Serán las religiones una excrecencia de la mitología pagana? las
religiones separan pero estas hetairas liberticidas nos vuelven a los hombres
de toda calaña iguales. Son cosas del rasero igualitario que endereza lo
torcida y hará llanuras de las montañas, el milenario. No sé pero a mí me gusta
rezar la misa según el canon gregoriano. Mi alma se llena de una tranquilidad
venida de lo alto cuando me dispongo a consagrar. Luego reconózcome pecador.
Para distraerme pulso los portales porno de la red y miro para las hembras y
¡qué hembras, Señor! Venus nació de la espuma y el primer hombre fue extraído
del barro. Fuimos concebidos en la inmundicia y rodeados de corrupción y
hedentina cadavérica nos vamos. Estoy asustado de semejantes visiones lúbricas
grandes vergas de todos los tamaños y colores, clítoris rasgados o en escuadra.
¿No les dará vergüenza? Los cóhenes y macarras de este gran puterío cinético
hacen caja y no dan abasto cada vez hay más mujeres en el mundo empeñadas en no
esconder sus galas naturales lo que les dio Natura unas por prurito otras por
coqueteo otras por necesidad como las viudas milf puesto que el porno manda.
Recordemos que este es el tiempo de Acuario una constelación húmeda que otorga
el mando a las hijas de Eva. El hombre se siente desterrado e impotente. Sexo y
más sexo y exhibiciones procaces donde toda la lujuria tiene cabida. Aúllan
algunas como lobas. Otras más precavidas gimen imitando a las gatas en el celo
de enero. Aguardando el vestigial o denario con que Roma pagaba a sus putas.
Hoy es fácil irse de picos pardos. Basta con un clic abrimos internet y ala
allá están las señoras meretrices muy emperejiladas. Hay una rusa que es la
mujer más perfecta que yo alcancé a ver a lo largo de mis muchos años de vida.
Es muda y cuando recibe la moneda del mirón o sienten la explosión de una
sacudida en sus entrañas lanza un mayido, un alarido con su voz de trapo un
cuerpo perfecto de la Jengibre una hermosa ucraniana con el pelo de estopa a la
que apodan Gingerbread nunca vi carnes tan blancas ni ojos tan azules. Está
encinta y trata de disimular su gravidez poniéndose bañadores negros. Es una
superdotada. Despliega sus senos al aire y calculo han de pesar media arroba.
Su mirada es entre triste y divertida. Todos los televidentes muestran
curiosidad por saber quién fue el afortunado que dejó la huella de su virilidad
en útero tan precioso y ella dice que fue en el privado de un chat, un soplo
aleteando por internet en sus alternancias binarias del yin y el yen. ¿Por
virtud del espíritu santo? No lo creo. La preñez no fue virtual sino a efecto
de un contacto físico un polvo salvaje aunque haya dice que va a parir un hijo
cibernético. ¿Será Billy Gates el padre de la criatura? Hay ciertos códigos
éticos en tiempos de perversión de infecundidad y carestía que nos cominan a
“fazer linage” como diría el otro. Por mucho que se empoeñen higinistas y
moralistas nunca podrán acabar con el trato torpe ni el comercio de la carne.
Siempre habrá feminas que se desentiendand de los grandes principios éticos y
entreguen sus donaires a cambio de un puñado de dólares. Esta mujer aun desnuda
sin embargo parece el paradigma de la castidad. En otras congéneres el
espectáculo se convierte en algo brutal libidinoso que incita al asco ante
semejante perversión coprologica. Al verlo muchos se acordarán de la sentencia
de Job tengo que insistir por ese cabo que me asusta la promiscuidad y falta de
recato sobre la mierda en que nacemos y envueltos en ella nos vamos, hijos
somos de una eyección excretoria, de un secreción vaporosa… “Et in
corruptione genuit mihi mater mea”. Pienso, madre, que tú no me
pariste en el dolor pero no en el alfaque de los bajíos de la secreción
vaginal. Yo soy un tío que mamé buena leche y de calidad. “A este lo crías con
polvos finos, Felicitas” oí decir al tío Matías el sacristán que era un
borracho empedernido. Tú no te colocaste en la cabeza el “pallolium”
la mantilla corta con la cual iban las mujeres de la vida caminando por las
calles de Roma. A uno que me llamó una vez hijo de hetaira le hinché los
morros.
DOMINGO
DE GLORIALAS CAMPANAS DE SAN GREGORIO
Yo conocí
a la tía Apolonia ya muy viejecita y encorvada. Al final de la misa se quedaba
rezagada haciendo un recorrido por las imágenes de las capillas de la iglesia
de san Pedro gira espiritual que podría alargarse hasta media hora a veces tres
cuartos y a mí me encargó el cura don Frutos cerrar la iglesia. Al no ser mi
intención distraerla de sus piadosas plegarias a todos los santos de la corte
celestial que a ella bendecían desde su peana: san Isidro Labrador, la Virgen
de Fátima, el Resucitado que donó mi pobre abuelo Benjamín cuando sanó
aparentemente del cáncer de próstata, san Gregorio papa, la Virgen de los
Dolores y sobre todo san Pedro instalando en un trono del altar mayor debajo de
la cara excelsa del padre eterno que se asomaba entre nubes de purpurina
ostentando la esfera armilar o hacía sonar el manojo de pesadas llaves… Vamos
tía Apolonia, vamos. Aquella espera me hacía pensar en un cuento que se dejaba
caer en labios de los atrevidos y salaces en los filandones del invierno. Se
trataba de un cura que tenía un lío con la mujer del herrero. Estos se
comunicaban por medios de toques de campanas. Un repique de siete badajadas
significaba que el campo estaba expedito y que el buen párroco podía acercarse
a la herrería a cortejar su dama. Dos toques seguidos que no. Que había moros
en la costa. El romance tuvo prosapia y rigor de modo que los toques se
convertían en una composición musical. Desde la torre el amante enviaba un
mensaje a su adorada en aquellas fechas que no había internet:
─Mariquita mi señora venga que ya es hora.
He aquí
que el herrero interceptó la comunicación y descifró el lenguaje críptico de la
misma. Así que una tarde que estaba en la fragua afilando una reja candente le
mandó a su mujer que se sentase en la bigornia. Al sentir el dolor del hierro
candente en sus posaderas pega un brinco que alcanza hasta el techo.
─Ay
─¿Está calentito eh? ─ exclamó el herrero
entre carcajadas.
En aquel
momento sonó desde la torre la llamada del amor. El párroco se estaba empezando
a impacientar. Repique que campanas:
─Mariquita encantadora, ven que ya es hora.
Y desde
abajo para que le escuchara todo el pueblo con su vozarrón:
─Tiene el culo quemado no puede ahora
Algunos
quieren estar en misa y repicando. No puede ser.
Entonces
se me acercó la tía Polonia la hermana del cura don Cirilo. Sus ojos eran muy
azules el pelo blanco no tenía dientes y se parecía por la blancura al hopo de
algodón que hilaban las mujeres de Requejar a la puerta. Dúctil sonrisa y un
lobanillo en la comisura del labio donde le había crecido un matorral de pelos
negros.
─Ya es hora de encerrar. Vamos sí hijo sí.
Tengo tantas obligaciones, tantos difuntos que no doy abasto, tanta gente que
me aguarda ahí en eso (miró para el camposanto en el cerro), tanta gente que se
me murió que son centenares de padrenuestros de Réquiem. ¿Eres tú el Quintín el
nieto del tío Benjamín? ¿El que va para cura? De guaje te llamábamos el Soguillas
─Soy
Salimos
al cancel y a la puerta de la iglesia tomándome de la mano me dijo:
─Mira para arriba, Quintín, hijo. Dirasme
lo que ves
─La torre de San Gregorio el campanario sin
campanas. Se las llevaron los franceses para fundirlas y convertirlas en balas
de cañón. Ya no la bolean los mozos ni tocan a clamor por los difuntos o rebato
cuando se produce un fuego.
─Así es pero yo te voy a contar un milagro
que ocurrió el día de la Pascua de Resurrección. Habíamos venido mi hermano y
yo don Cirilo Sanz de Roma en peregrinación de ver al papa León XIII. Era
domingo de Gloria. Nos levantamos todos sobresaltados porque escuchamos el
sonido de la campana gloria que había mandado bendecir un rey muy antiguo el
rey Alfonso VII el emperador. Entonces el pueblo estaba arriba. Era un ribab o
fortaleza para defendernos los del sarraceno. Ese rey santo había ordenado
construir un cordón de monasterio en número de 24 desde Sacramenia a Osma y
Berlanga de Duero. Los musulmanes atacaron y destruyeron el villar la iglesia
quedó destruida pero las campanas seguían tocando a misa. Cuando los franceses
se las llevaron se dejó de escuchar el clamor en toda la contornada. Mi hermano
que era muy devoto de san Gregorio le pidió que antes de morir querría oír
aquel sonido. El Señor nos concedió esa gracia y aquella pascua de resurrección
bolearon a gloria como nunca habían sonado. Mi hermano dijo una misa de acción
de gracias y predicó un sermón en el que dijo: el diablo nos arrebató las
campanas pero no pudo con nuestra fe. Mientras esté ahí el cementerio de san
Gregorio seguiremos creyentes. ¿Te ha gustado, Soguillas?
─Como no tía Apolonia usted lo cuenta que
parece que lo ha vivido.
La
anciana dibujó una sonrisa y se alejó paso a paso. Había sido muy guapa de moza
y tuvo muchos pretendientes a los que dio calabazas porque creía que sirviendo
al cura era como si profesase de monja y se consagrara a Dios.
Yo lomé
el pesado manojo de llaves y los llevé a la rectoral. Don Frutos el cura en
mangas de camisa cavaba en la cerca al lado del molino. Sudaba como un pavo.
─¿Quieres almorzar?
─No me vaga. Tengo que hacer un mandado a
mi tía Paulina he de ir a la fuente a llenar la botija.
Le conté
la historia al párroco según la tía Apolonia me había referido y don Frutos muy
gnómico sin dar un cuarto al pregonero pronunció este veredicto cita del padre
Astete en su catecismo:
—Fe es creer lo que no vimos
Desde
aquel día cada año cuando llega la Pascua Florida dentro de mi alma yo escucho
las campanas de Resurrección que bolearon en el campanario de San Gregorio
resistente al paso de los siglos. No he perdido el sentido del humor, tampoco
la fe en lo que no vimos.
i Meditación
sobre la muerte y el más allá
ii Yo
me arrepiento de mis pecados. Señor, lava nuestras culpas (del canon de la misa
bizantina)
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