NOCHE DE ÁNIMAS
Ayer picaron a mi puerta un grupo de niños del barrio cantando
el Halloween. Diles una propina y recordé mi infancia. Los tiempos de Londres
cuando la noche de difuntos se convertía en las hogueras de Guy Fawkes, aquel
espía español a sueldo de los jesuitas que quiso quemar el parlamento de
Westminster.
Los chavales iban de casa pidiendo “a
penny for the guy” y yo no se lo daba porque iba contra mis principios
patrióticos. Dar esa limosna hubiera sido para mí como pasarme al enemigo
Costumbres que van y vienen pero ya nos acuerda de la Noche
de Ánimas en mi aldea que era una noche mágica y recorríamos la barriada con el
cepillo de las Ánimas. Cuando daban algo se decía:
─Las
ánimas benditas se lo
pagarán. Digan vuesas mercedes la confesión general.
Con lo recaudado comprábamos vino y soplillos. Ibamos para la iglesia. Allí nos aguardaba el
sacristán quien después de la misa de la tarde ─la primera que los sacerdotes
católicos celebran tal día como hoy para aumentar sufragios por las almas del
Purgatorio─ subíamos con él a la torre para dar el clamor y tocar las
campanas toda la noche.
Subíamos a tientas y a ciegas y de costadillo porque la
escalera estaba oscura y era muy estrecha cagados de miedo. Al subir un peldaño
alzaba el vuelo una lechuza que nos daba un buen susto.
Ya encaramados en la torre , encendíamos un cirio en el hachero y tirábamos de la cuerda para dar el primer toque. El badajo, con su sonido lúgubre, hacía retumbar todo el habitáculo de madera, cubierto de palomizo.
La campana gorda esparcía su triste son por todo el pueblo. Todos los vecinos de Fuientezotes se hallaban metidos en sus casas al amor de la lumbre del cocedero rezando el rosario y recordando a los que se fueron. Entonces el sacristán el señor Benedicto bebía un trago del inmenso jarro que habíamos subido para pasar la noche y espantar así el miedo, un trago largo de vino nuevo.
¡Qué bien pasaba aquel
mosto!
Pedrete el del tío herrero hacía la primera ronda, después
bebía Michas el sastrín, Elpidio el de la casa de la fuente, el Moreno, Críspulo
y otros cuatro o cinco de mi cuadrilla de cuyo nombre no quiero acordarme.
Cuando me tocaba a mí, tenía que hacer la salva con una
contraseña, pues era preceptivo y decir Sangre de Cristo, un año que no te veo laus tibi deo.
Iban pasando las horas de la noche de Ánimas y allí estábamos
aquella generación de mozos a punto de entrar en quintas que el destino
dispersaría por el mundo y algunos ya habrán pagado el tributo del barquero
quiero decir la muerte.
La campana gorda era la de los difuntos hombres. Otra más
pequeña la de las difuntas y en el extremo sonaba el cimbalillo de infantes cuando
tocan a muerto por un niño fallecido. Angelitos al cielo y a cada son una
libación.
Las rondas se multiplicaban toda la noche. Así conjurábamos el
miedo. El sacristán que era un púa que se las sabía todas para asustarnos
contaba historias de aparecidos y fantasmas.
A mí se me ponían los pelos de punta con aquella historia de
aquel padre que era muy pobre y de un hijo que tenía mucha hambre. Murió la
madre y fueron al cementerio, desenterraron a la muerta, le sacaron la asadura
la echaron a la sartén y se la comieron con tomate.
En esto que a media noche suenan unos golpes secos a la
puerta y una voz que dice:
─Quien se comió la asadura dura dura
de mi sepultura.
─ Ay padre quien será
─ Son las ánimas hijo hijo déjalas que
ellas solas se irán.
─ No me voy que en la sala estoy
De nuevo suenan los golpes y la voz clamorosa del alma en
pena:
─ ¿Quién se zampó la asadura dura de
mi sepultura?
El niño se fue de vareta a causa del miedo
Y el padre otra vez diciendo que no hiciera caso que se irían
por donde habían venido pues eran de la santa compaña.
Golpes y más golpes y la voz que se acerca primero a la
escalera y luego a la alcoba. Más cerca.
─Quien comió la asadura dura de mi
sepultura
─Déjalas hijo déjalas que ellas solas
se irán
La voz suena más cerca y el pobre muchacho nota el aliento
del fantasma a la cabecera de su cama que le tira de los pelos.
─No. No me voy que arrancándote los
pelos estoy.
Pegó un brinco, salió de naja y se perdió por los entresijos
del bardal y nosotros allí acojonados escuchando la historia del sacristán.
Y tan. Tan. Las campanas de la torre tocando a muerto y
nosotros dándole besos al jarro. Creo que nos bebimos una cantara. Venida la
aurora, bajamos alegres y contentos cantando aquello de las animas benditas se
lo pagarán. Fue mi primera borrachera.
Nos fuimos para casa con mucho meneo de brazos y los andares
algo telumantes. Mi padre y mi madre estaban
dormidos y yo venía con el cuerpo más alegre que unas pascuas pues dice
la Biblia:
─Vinum bonum laetificat cor hominum. El vino bueno alegra el corazón de los mortales
lunes, 2 de noviembre de 2026

