2026-11-03

 VALDESIMONTE

 (de mi libro SEMINARIO VACÍO DE SEGOVIA)

 

Bajábamos al refectorio hambrientos después de las preces la misa conventual y los puntos de la noche anterior en que nos obligaban a meditar en la muerte. Silencio sepulcral. Sólo se escuchaba el entrechocar de los cubiertos y el borbotar de las cafeteras humeantes y maternales que servían en calderos por las mesas alinedas los semaneros. El presidente se sentaba en la consola circular preferente que llamábamos “rostrum” y el prefecto se paseaba por las aleas del comedor mirada en ristre y un breviario de piel rusia y cantos de oro bajo el brazo.

Era don Marciano Monroy un clérigo elegante que vestía sotanas entalladas de cachemir y olía a agua de colonia. Usaba loción “Varón Dandy”.

Tenía la boca pequeña y la mano lista para repartir cachetes a los rezagados los desaliñados los “díscolos e incorregibles” según el reglamento. Con él de vigilante no había que salirse de la fila.

Podías comulgar sin ir a misa.

Por menos de nada te caía una “hostia” de la mano regordeta del prefecto.

 De vez en cuando se metía por medio de las ternas y corría la baqueta. Zas. Fuego a discreción. Había sido don Marciano capellán castrense de un barco de la marina de guerra que se llamaba el “Furor” y de los sargentos había aprendido aquella odiosa técnica de sacudir el polvo a los educandos. La letra con sangre entra.

 Creía nuestro prefecto que todo en esta vida se arregla con un buen sopapo. Nos tenía a los trescientos y picos tíos que integrábamos el seminario menor, derechos como velas. Zas.

—Pero si no hice nada, don Mariano.

—Pórtate bien ,te dije.

Y al que protestaba volvía a solmenarlo de refez.

Tenía una mano gruesa de cavador, de Valladolid, y cuando te daba con lo gordo hacía daño. Pero olía a buen tabaco y a agua de colonia.

Sus cigarrillos americanos Winston, Chester, Camel, sahumaban de perfume los pasillos de los tránsitos. Porque hedía un poco a montuno en todo el seminario.

Así, purificamos el ambiente, alegaba don Marciano.

 Entonces, el lector de semana se subía al púlpito y declamaba la página del martirologio romano que correspondía a los santos del día, con el brío y el entusiasmo del pregón pascual.

El mejor de todos los que leían en aquel seminario de postguerra era un alumno pequeñito de quinto al que apenas se le veía sólo la cabeza porque era muy corto de estatura. Le llamaban rompetechos pero andando el tiempo llegaría a ser un predicador de campanillas.

Tenía una voz poderosa y una dicción perfecta. Era de un pueblo que llaman Valdesimonte.

No se me olvidaría aquel lector, que consiguió cantar misa, uno de los pocos, y aprobaría las oposiciones a canonjías. El cabildo le nombró deán de la catedral de Segovia.

Sus lecturas matinales al igual que las novelas de Emilio Salgari que leería con una exactitud pasmosa, lo vivía, y a través de su voz que escuchábamos, embaídos, vivíamos las aventuras de los mares del sur y la muerte gloriosa y violenta de los casi un millón de mártires que tuvo la iglesia en las nueve persecuciones acometidas por los nueves cesares contra los cristianos.

Nos aprendíamos no solo el santoral nombres y hazañas increíbles sino también lugares de una toponimia que despertó nuestra imaginación: Bitinia, Treveris, Cilicia, Capadocia, Numidia, Siria donde se derramó antes que en ninguna otra nación la sangre por Cristo, etc.

Valdesimonte solía terminar su alocución con esta coletilla que traían todos los menologios con un lacónico “Y en otras partes otros muchos santos mártires confesores y santas vírgenes”. Entonces don Marciano daba una palmada y empezábamos a desayunar: tostadas con mantequilla y café con leche en polvo, un regalo de los americanos.

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