OIGO LOS COROS
Hay un pasaje en la
vida del gran compositor ruso Musorski a punto de morir alcohólico en el
hospital militar de Petrogrado ─lo habían recogido tirado en la calle como un
vagabundo al gran autor de “Boris Godunov─ que exclama:
─Escucho los coros. Se
acerca a mí un serafín batiendo sus alas.
Era el ángel de la
muerte que lo llevaba al paraíso.
Acto seguido Musorsky
expiró y este pasaje selló un poco mi vida porque yo gracias a facebook me empapo de la liturgia
bizantina. Tintinean los incensarios en los turíbulos de plata y los diáconos
con voz incomparable acometan las letanías cantan la epístola y el evangelio.
Los diáconos llevan el peso triunfal de las
misas cantadas rusas. Son Platonov y el moldavo Kosuchev y otros muchos más.
Ellos certifican la
veracidad del dicho que la voz humana es el mejor instrumento musical. Sí oigo
los coros. El cielo se une con la tierra mediante el bel canto. Mi alma se
eleva y a veces se me saltan las lágrimas cuando un subdiácono recita los
Kiries, el Gospodi. Es el Cristus musicus
paladín de la belleza y mensajero de la paz que baja a la tierra a reencarnarse
en el pan y el vino eucarístico:
─Eto telo maiá, etó savui mayá. Eto krobi maiá v establenia grekov
(este es mi cuerpo y esta es mi sangre que será derramada por vosotros para el
perdón de los pecados)
Impresionantes las
cabelleras merovingias y las barbas bizantinas de los popes. Escucho la voz de
los coros. Desciende sobre nosotros la voz de Dios. Rozo los horizontes de lo inefable.
¿El orfeón catedralicio, el órgano que aturdió los tímpanos de mi infancia, que
era como una coz de un caballo apocalíptico cabalgando por las bóvedas, o el armónium
aldeano de nuestras misas cantadas cuál es mejor?
No sabría decirte pero como estoy algo mejor
del lumbago huyo hacia Orense la ciudad episcopal a tomar las aguas calientes
de las burgas por ver si se recupera mi espalda afligida de los dolores
lumbares y de paso comer en una posada con mi amigo el chantre de la catedral
de Orense.
Ah meu
Orense digo todo el camino lo que decían los afiladores de mi infancia con morriña.
Galicia es misteriosa, enxeibre porque
brujas haberlas haylas. Por menos de nada se te aparece la Santa Compaña con la
cantinela de “andar de día que la noche es mía” y aquel roble a la vera de la
carretera no es un árbol sino un fantasma.
Nada se parece Galicia a Asturias la región
donde vivo. El paisaje asturiano es un paisaje macho y el gallego es femenino. Sigo
oyendo la voz de los coros que cantan en el interior de la catedral auriense.
Orense fue el mayor enclave
estratégico en el finisterre donde posaban las legiones. Orense es en latín aquae urente, aguas hirvientes.
Me restriego bien la
espalda y las posaderas con un chorro que sale a cincuenta grados y luego marcho
con mi amigo a la catedral a las vísperas de San Mateo. Atruenan los tubos del
órgano, retumban las bóvedas.
Mi amigo el chantre me
explica que el órgano es el símbolo de la iglesia católica. Puede imitar
incluso a la voz humana y copiar su perfección lo que no con sigue el piano ni
la flauta ni otros instrumentos musicales.
El órgano funciona por
implosión y el piano y el armónium por digitación, son instrumentos de
percusión. El tudel de uno de este órgano es trompetería celeste, casi anonada
y acojona; parece el grito del Sinaí.
Sin embargo yo sigo
escuchando a los coros rusos. Que me llenan de unción. Me elevan a las regiones
del Todopoderoso.
Sin embargo, la sensación de la música del órgano
es al contrario. Impresiona por su grandeza. Parece que suenan tambores de
guerra. Así que me vuelvo para Asturias. En la noche de luna llena por la
autopista del norte sigo escuchando a los coros rusos. El pulpo regado con
Ribeiro que cené con el chantre tampoco fue cosa desdeñable. El lumbago va
mejor. Bendito sea Dios.
lunes, 28 de
septiembre de 2026
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