BOXING DAY. AJARAFE (UNA NOVELA DE LA RECTA ESTIMATIVA QUE PUBLICO EN INTERNET)
16 de abril de 2004
ARIAS MONTANO, EL PLACER DE CONOCER LA VERDAD QUE HACE AL HOMBRE LIBRE Y LE
LLEVA A DIOS. UNA GLOSA CRÍTICA AL ESTUDIO DE LA OBRA DEL MAESTRO FREXENENSE A
CARGO DE JUAN JOSÉ JORGE LÓPEZ
por Antonio Parra Galindo
Ya los griegos entre los seres humanos distinguían tres categorías: la de los
apegados a la tierra con poca discreción, más relacionados con las bestias que
con los seres racionales; la de los comunes o vulgares que pasan por la vida
sin pena ni gloria y parecen que han venido aquí sólo para hacer bulto; y la de
los áticos, capaces de la contemplación y el discurso filosóficos. San Pablo a
los mundanos les llamaba sarcinos o carnales a aquellos entregados a los fueros
del vientre, el vino, las venustidades, las riñas y contumelias, la vanidad de
las vanidades, etc., para distinguirlos de aquellos que conducen sus días al
albur del espíritu y de lo trascendente, según los cánones de ese vivir hacia
adentro que recomendaría, siglos más tarde, san Agustín a sus hijos.
Este es desde luego un concepto griego para los que la mujer todavía no era
siquiera considerada como un ser humano, como tampoco los esclavos o ilotas,
los metecos o desterrados. Se podía disponer de sus vidas impunemente. Y es que
la filosofía platónica de la cual se nutre en buena parte el cristianismo hacía
un amillaramiento escalonado muy riguroso entre lo apolíneo y lo dionisíaco
para determinar las muchas jerarquías hasta alcanzar la condición de manumitido
o liberto. Los que viven según el alma no han de barajarse en el mismo grupo
que los ancianos que discutían en el ágora. La vida se escalona en una ascésis
Un camino de perfección sustentado por el dominio de las pasiones. Gnosce te
ipsum. Conocete a ti mismo. La πiσtiσ (fe) y la γnoσiσ(conocimiento) como
entrada al portal de la sabiduría.
Unos buscan la salvación y otros la condena. Unos serán préditos y reos del
fuego eterno y los otros bienaventurados. El evangelio insiste en este punto de
despego de las cosas terrenales y de búsqueda de la perfección, algo que nunca
podrán comprender los que se rigen por los códigos del bajo vientre y buscan
una vida de placeres, orgías, odios, estulticias y enajenaciones mentales de
todo género.
He aquí un toque de atención para los que nos azacaneamos por sobrevivir en
estos agitados días del 2004. Aunque pecadores e inmersos en la batahola de un
mundo en crisis y plagado de contradicciones y de convulsiones y de hiper
actividad auto complaciente o auto destructiva, aspiramos a una felicidad según
el espíritu, a esa sofrosine de los estoicos que se convierte en vida de gracia
en el evangelio, por eso mismo hemos disfrutado el manjar suculento, esta
ambrosía espiritual, que supone la obra de Juan José Jorge López que llegado a
nuestras manos con los reclamos del tolle et lege y nos hizo pasar -¡bendito
Agustín que nos iluminas con la llama perenne de tu divino cálamo!- unas horas
de antesala o anticipo de ese paraíso prometido a los que mueren en la Fe, y
que no consistirá en el goce de las huríes, como piensan los sarracenos, sino
la contemplación y el canto, y la lectura, tal vez. Yo no me imagino un cielo
sin libros. Arias Montano era también un hombre de libros. Sabía tanto y de
todo- de lógica, ontología, medicina, y hasta de medicina y de folklore - que
sus amigos le creían en la plenitud de los siete dones del Espíritu Santo.
Cuando regresaba a su aldea de sus numerosos viajes al extranjero una mula
tenía que llevarle a casa los fardos con los tomos adquiridos. Del concilio de
Trento se presentó en Frejenal de la Sierra con un carro cargado de libros y de
ornamentos que guardó en la ermita de la Peña de los Ángeles. Por eso Felipe
II, su contemporáneo en todos los sentidos, nacieron y murieron el mismo año,
1527 y 1598, le nombró su bibliotecario. Y a los dos debemos tal vez hoy esa maravilla
que es la biblioteca escurialense.
Los libros llevan a Dios, al pensamiento infinito. Conocer es amar. Y los
buenos libros, como éste, no solamente arrastran al conocimiento y la verdad
sino que también golpean el corazón con aldabonazos inefables que nos recuerdan
la música arcangélica.
Se llama este tratado, un libro mayor y yo diría que definitivo para acercarse
al pensamiento y a la obra del maestro frexenense, confesor, capellán,
consiliario y legado de Felipe II en misiones difíciles en los Países Bajos y
en Portugal, políglota, sacerdote santiaguista, ordenado de mayores en 1559
pero el que cayó algún sambenito acusado de pertenecer a cierta fratría
sospechosa, El pensamiento filosófico de Benito Arias Montano: una reflexión
sobre su Opus Magnum. Suculento bocado sólo apto para paladares exquisitos, y
también un vademécum magistral que nos guíe por el camino de la esperanza y de
luz en medio de la oscuridad de la travesía del desierto. El cristiano en
nuestros días está necesitado como nunca del maná o frumentum, ese prandium
eucarístico que nunca podrá encontrar en los programas basura de la televisión,
sino en la quietud y el silencio de un paisaje con un buen libro como éste en
el regazo.
Los poderes ocultos, esos que dominan por la amenaza y el miedo, el atracón de
terror, el montón de cadáveres en cada telediario, es lógico que mantengan en
prevención este tipo de escritos que no son carnaza para la plebe ignorante y
enajenada, sujeta a manipulaciones constantes.
Si hay algo que distinguió a la Iglesia Católica es su exhortación perenne a la
excelencia. A una vida mejor, no contaminada por vicios y bajezas. Pocas
instituciones han producido tanta belleza moral e incluso física como ella.
Para demostrarlo hay está la estética misteriosa de tantas catedrales góticas,
los cuadros del Greco, las tallas de las Vírgenes Negras, los cantorales
catedralicios celosos archiveros de las melodías registradas en sus neumas.
Pero esta riqueza muchos no la comprenden e incluso torticeramente tergiversan
el sentido de la historia. Los libros que atacan a la institución eclesial
alcanzan relieve. Sin embargo, las que la defienden o exaltan sus valores como
Chateaubriand en su “El Genio del Cristianismo” están descabalgados o pasan
desapercibidos.
Parece que conviene que el candelabro permanezca debajo del celemín para que no
se perciba su luz. Este silencio con que se acoge la calidad y el mérito en pro
de la bazofia, el duerno de los sarcinos de los que hozan por las páginas de la
prensa de bulevar o de las insulsas revistas de la entrepierna o en esa
literatura de bestseller de autores proclamados a dedo por los Kingmakers de
las casas editoriales transnacionales es una astuta manera de censura
subliminal que nos hace añorar los tiempos cuando en España hasta las
verduleras sabían de teología y se discutía de omni re scibili. La multitud
sigue pidiendo pan y circo. Es la única taxonomía por la que se rige la nueva
cultura de masas. Todo lo que atañe a la panza, el dinero, los goles y líos de
alcoba de Beckham impera. El caso es mandar balones fuera para evitar el
sambenito de ser tachado de políticamente incorrecto. Porque entonces no vas al
quemadero - los autos de fe de hoy día son más sofisticados y sin tanta bulla-
pero puedes quedar en las galeras del ostracismo, meteco en tu propio país,
extranjero en tu misma patria, tachado de la lista de los vivos y empadronado
en la de los expedientados y aspirantes a una muerte civil que presupone hoy
verdadera muerte en vida.
Entonces, en el siglo XVI, cuando muchos, por su ascendiente judío, se sabían
algunos pasajes bíblicos de coro, razonar sobre cosas divinas, como le pasó a
Arias Montano y al propio primado de España, el cardenal Bartolomé Carranza,
podía ser más peligroso que ahora, desde luego, pero Dios estaba más vivo.
Los émulos de Nietzsche parecían empeñados en anunciar la muerte de Dios. Dio
la impresión de que lo habían conseguido hasta que apareció Bin Laden a lomos
de su caballo ruano, nuevo Almánzor blandiendo la cimitarra, alquicel y turbante
al viento del desierto, al grito de Alá akber. Este grito hizo saltar de sus
sitios a los ateos convencidos. ¿Vuelven las guerras de religión?
El libro de Juan José Jorge López nos devuelve a los ámbitos perdidos, a ese
Señor de la esperanza, de amor y de sed de conocimiento que descubrió el obispo
de Tagaste. El Dios verdadero y trinitario. Padre compasivo y lleno de perdón
que no propugna la venganza. Hijo encarnado que murió en una cruz y resucitando
venció a la muerte pagando los rescates de la redención por una humanidad rehén
del pecado. Espíritu divino que recorre las páginas de la historia. Un
triangulo. La perfección del círculo. A ese Dios lo lleva todo hombre metido en
el corazón sea creyente o no. Intus est. Habla directamente al corazón. A Él se
accede mediante la gracia, los sacramentos, el canto de los salmos, la oración,
el estudio.
La orden agustiniana, la primera del monacato occidental, nos enseñó las
grandezas del retiro fecundo en pensamiento y reflexiones e hizo suyas las
grandezas del Beatus ille, que Cela sentenció con su atávica socarronería:
“aquí el que aguanta gana” y fr. Luis lo plasma en una oda cincelaria después
de haber sobrevivido al naufragio de la persecución y los malos quereres, con
un “decíamos ayer” para dar tabla rasa a los tiempos de encarcelamiento:
Aquí la envidia y la mentira
Me tuvieron encerrado
Dichoso el dulce estado
Del sabio que se retira
De aqueste mundo engañoso
Y en el campo deleitoso
Con pobre mesa y casa
A solas con Dios se acompasa
Y vive ni envidiado ni envidioso
La idea puede venir de Horacio pero esta oda resume todo el gran pensamiento
agustiniano. Debe de ser algo que imprime carácter, puesto que el autor, que
ciñó el cordón de cuero y se puso la cogulla negra y la esclavina de estos
monjes, no puede ocultar sus orígenes. Aunque sea en la actualidad un servidor
del bien común y como destacado mando en las fuerzas de seguridad haya
dirigido, en su capacidad de comisario, la sección encargada de la lucha
antiterrorista- el Arcángel Miguel, valedor de iglesia y sinagoga los tenga del
lado de su brazo fuerte-, en el siglo continúa bajo la influencia de la manera
de ser de los claustrales, adicto a esa recia personalidad, rigor e ideas bien
claras, que tuvo esta orden, quizá una de las más antiguas de la Iglesia.
Sirva como ejemplo el P. Ángel Vega que compuso la España sagrada. También fr.
Luis de León y el propio Lutero ciñeron sobre sus lomos el cíngulo, símbolo de
castidad y entrega a Nuestro Señor Jesucristo, aunque éste fuera demasiado
alemán y orgulloso para pertenecer al cupo de humildes y sabios hermanos que ha
dado la OSA.
El propio Azaña escribió el Jardín de los frailes en los que rememora sus
tiempos escolares en el colegio del Escorial. Cuando las turbas marxistas
llevaron a cabo una saca en aquel centro, el prefecto que tuvo el presidente de
la república se libró de ser fusilado con los demás. El antiguo alumno, aunque
no demasiado piadoso pero sí humanitario, consiguió un salvoconducto para que
el agustino pudiera viajar a Francia.
El libro, musculoso y un verdadero “tour de force” en lo que se refiere a la
investigación y cotejo de fuentes o labor de campo -hubo de compulsar los
fondos de las bibliotecas españolas y una de Bélgica donde está depositada la
mayor parte de la obra de este escritor extremeño, del que todo el mundo ha
oído hablar pero del que se conoce poco, al estar escritos sus libros, según
era precepto en esta época - Ginés de Sepúlveda, Erasmo, Vives y tantos otros
siguieron tal costumbre-, en latín.
Parece escrito de un tirón, sin tropiezos ni iteraciones, con exactitud, pese a
lo abstruso de las materias abordadas. Todas son claridades con hábil soltura
de estilo, sin una falta, sin un gazapo en el discurso por los saberes
antiguos.
Es un trabajo para quitarse el sombrero. El pergeño y la redacción - es el
tributo que ha de pagar la aparente facilidad- debe de haberle costado a Juan
José no pocos pervigilios y sacrificios de su tiempo libre pero su tributo a
Arias Montano no parece escrito a ratos perdidos, sino que da la impresión de
que todo fluye y se desenvuelve con esa trabazón, esa gufa argumentativa y
coherencia procesal o sindéresis que sólo se aprende en la escolástica.
Arias Montano, experto filólogo y hebraísta eximio, hizo una nueva versión de
la vulgata bajo la supervisión de su maestro alcalaíno, Cipriano de la Huerga,
que suscitó envidias y rencores. Es lo de siempre. Otro dómine, León de Castro,
rival suyo, sintiéndose despechado al haberle sido encomendado por el Rey
Felipe II a Montano en vez de a él, la faena de acometer esta nueva versión de
la Escritura, que no se llevaba a cabo desde Cisneros, lo acusó de judaizante.
No está claro si pudo pertenecer a los incipientes grupos de alumbrados, como
el de Llerena, cerca de su lugar de nacimiento, o a los conventículos
protestantes que agrupados en torno al Regidor de Toro, el veronense Luis de
Seso, entregado al brazo secular en un notorio auto de fe en la plaza mayor de
1559, hicieron acto de presencia en diferentes ciudades españolas: Sevilla,
Valladolid, Medina, y por los que se alzó proceso contra el mismo arzobispo y
primado de Toledo, pues la inquisición no respetaba ni a rey ni a roque, fr.
Bartolomé Carranza.
Al igual que éste, Montano pasó algunos años en Flandes y fue ponente del
concilio de Trento. El Santo Oficio también tuvo bajo sospechas a otros padres
de aquel concilio, los dominicos Domingo Soto y Melchor Cano. El proceso a
Carranza en el cual no se nombra para nada a Montano pudo ser la causa de su
caída, perdido el valimiento del monarca y la capellanía y el beneficio de
confesor regio, y de su retirada a su escondrijo en la sierra de Aracena,
concretamente en la Peña de Alojar donde pasó cuatro años retirado del mundo,
muriendo en la cartuja de Sevilla el 6 de julio de 1598 meses antes que el
señor al que tan cumplidamente había servido y que tan mal le pagó. Sus obras
fueron inscritas en el Índice en 1612 y, aunque luego rehabilitadas,
permanecieron en la oscuridad durante siglos. La tragedia de este gran hombre,
como la de tantos de su tiempo, fue la de pasar de martillo de herejes en
Trento a sospechas de sambenitado.
Jorge López señala que Montano era un extremeño bonddadoso, humilde y conciliador,
pese a su gran ciencia y pese al hecho de haber estado su vida dominada por el
deseo de saber.
A la cupiditas aedificandi de los romanos, que se pasaron haciendo obras
públicas y edificios hechos para dudar hasta la eternidad, respondieron los
humanistas del Renacimiento con la cupiditas sapiendi. Nada de lo humano les
era ajeno. El saber era único y su enseñanza se distribuía repartido en
centones. La música tenía relación con la matemática y con la cirugía y la
medicina o la mecánica. No había especialización.
Montano era un humanista que intenta en sus escritos explicar se a sí mismo y
cuanto le rodea desde una postura teocéntrica. Cree en la palabra y el poder
del nomenclátor. ¿Qué fue primero la cosa o el nombre? Pues san Isidoro en sus
Etimologías nos dice que el Señor puso los nombres antes de hacer las cosas. El
título vino antes que el libro y el artículo. Pero esta idea no es suya. Es de
Platón. El que sabe domina. La información es poder. In principio erat Verbum.
Aunque tampoco hay que dejar de lado otra realidad. El que a veces la ciencia
allega dolor y que para ser feliz no conviene saber mucho. Es la noción
oscurantista del Kempis y de algunos reformistas medievales escandalizados por
las discusiones bizantinas en la Sorbona.
Pero de lo que antecede se deduce que Dios antes de la creación dio los nombres
y después se puso manos a la obra.
Contra esta idea, arriba y abajo del álveo de la historia, estuvieron
batallando los enemigos de la Cruz. Su argumento más divulgando es decir que el
cristianismo no es más que una armazón retórica. Este criterio inspira seguramente
el empobrecimiento del lenguaje urbano de nuestros días, la anfibología del
doble lenguaje en virtud del cual las palabras se vacían de contenido y
significan a veces lo contrario de lo que antes expresaban.
Sin embargo, el pensamiento agustiniano es todo él una glorificación del Logos.
Occidente no hubiera llegado a nada sin la retórica. Es el verbo el que precede
al concepto. De ahí esa gran cultura, ese amor a la libertad que estriba en el
Evangelio, contrario al pensamiento único, en aborrecimiento del fanatismo. No
proviene el catolicismo, a diferencia del islam, de un solo libro y una sola
escuela, un solo rito “porque muchas son las moradas en la casa de mi Padre”.
Se muestra más ecléctico en sus procedencias y saberes.
De manera que Cristo se convierte en la síntesis, el ápice, el alfa y la omega,
el antes y el después del mundo anterior a su venida y el futuro. Pero siempre
será combatido por los anticristos vaciados en el molde del pensamiento único.
Cuando empuñó el látigo contra los cambistas del Templo y llamó raza de víboras
a los fariseos se rebeló contra los sacerdotes del sanedrín que se creían
depositarios de la verdad y abogaban por la estricta sumisión a la ley
unilateral. Con su sublevación el Gran Eleuterio, como le llaman los padres
griegos, o libertador, puso boca abajo el mundo de la sinagoga. Se alzó en
armas contra el “Establishment” del Consejo de ancianos. Y esa actitud no se la
perdonarán nunca.
Corolario de esto mismo es la creencia sostenida por algunos milenaristas del quiliasmos
postrimero - y Agustín que asistió a la caída de Roma bajo los cascos del
caballo de Alarico era uno de ellos- de que el anticristo ha de tener sangre
musulmana. Admitidos tales supuestos, estaríamos ahora mismo en los pródromos
de esa parusía o segunda venida. Esto, claro está, no supone más que una
conjetura. Todo lo que sube baja, y todo lo que empieza se termina. El universo
que tuvo un principio ha de tener un fin. ¿Cuando ? Esa es la pregunta.
Los capítulos dedicados a la Cosmogonía es una de las partes más interesantes
de este tratado sobre el Frexenense. Arias Montano - nos explica el autor -
sostiene la idea de la creación ex nihilo que se fundamenta sobre el criterio
estrictamente bíblico del espíritu soplando sobre el barro. Dios hizo el mundo
de la nada. Empezó por el firmamento.
La nada era el caos y en ese caos cubrían los espacios una especie de magma
viscoso. Es el maim o protoplasma que, al entrar en contacto con el eloim
(ánima, soplo,hálito), dio paso a la vida. Esta noción la tomaron los judíos
del hilomorfismo de la materia y la forma, el alma y el cuerpo, el ying y el
yang de los chinos. El martillo y el yunque. La papeleta y la urna. El hombre y
la mujer. El alma y el cuerpo. El espíritu y el cuerpo, etc. Hilomorfismo puro.
La ortodoxia católica había condenado en varios concilios el emanantismo, una
herejía aparecida en el s. V y que hizo suya Mahoma, con su “Alá es grande”,
frase que traduce las palabras de Platón el cual creía que todo cuanto había en
el mundo emanaba de un ente supremo. Lo que estaba abajo era reflejo de lo que
estaba arriba. Lo pequeño se corresponde con lo grande. Lo blanco con lo negro.
Lo alto con lo profundo.
Aún no había surgido Darwin ni Teilhard de Chardín, refractario a creerse lo de
la generación espontánea bíblica. Todo efecto ha de tener una causa, para
rebatir esta noción con que comienza la cosmología judeocristiana, atentando
Dios contra las leyes físicas.¿Podrá Dios ir contra sí mismo?
El Génesis preconiza esta idea de la creación de la nada, del soplo divino
sobre el barro. Fue un arranque que transforma la potencia o materia (maim) en
acto (eloy) espíritu divino. Todo de golpe, sin dilaciones ni intermediarios en
un pispas. El frexnense no anticipa la tesis de la evolución pero sí la de Laplace
y la del Big Bang de los físicos de Palo Alto. Nos habla del ichi o fiat de la
Encarnación. Un “hágase” que sonó rotundo destapando el odre de los vientos,
poniendo en movimiento las esferas, haciendo manar las fuentes y el agua
fluyendo por el cauce de los ríos. Todo lo hizo bien. En todas las cosas puso
su sello. Convirtió el caos en cosmos. Todo lo ordenó. Con la potencia de su
brazo dio un empujón a la noria y los cangilones empezaron a rotar.
La obra no ha terminado porque el universo es un concepto en expansión. Desde
entonces seguimos inmersos en el torbellino de este “fiat” porque el proceso no
se ha cerrado. La biblia no es oscurantista, según sentencia Arias Montano; se
compadece con el criterio de la evolución.
De ahí ese amor que profesan los cabalistas por la Escritura. En sus páginas
creen advertir el rastro del pasado, el aviso del presente, el barrunto de lo
porvenir. Sus enseñanzas - y esta es una intuición sorprendente para un hombre
que vivía en la segunda mitad del siglo XVI- no están en colisión sino en
colusión con la ciencia, proyectándose en todo el conjunto el lenguaje críptico
en el que se expresan los escritores bíblicos bajo la inspiración del Espíritu
Santo.
El afán de conocer es figura del pacto que hizo Jehová con el pueblo elegido al
entregar a Moisés el Covenant. No se trata de un caso cerrado sino de un
proyecto otorgado en esbozo y que el paso de los siglos irá culminando con
arreglo a los designios de la Providencia omnisciente.
Lo primero que creó Dios fueron las luminarias. “Hágase la luz y la luz fue
hecha”. Después de las estrellas, los planetas. Montano, según nos explica con
su convincente hermenéutica Juan José Jorge, no suprimió las artes
adivinatorias, porque pensaba que el porvenir del hombre estaba escrito en las
estrellas. Tampoco rebate la magia natural, que hay que diferenciarla de la
negra o diabólica, obra del hechicero maligno.
Esta magia natural se enseñó en las aulas universitarias, en los claustros
catedralicios y en los conventos y tirocinios jesuíticos hasta el s. XVIII.
Hace unos años llegó a mis manos un texto anepigráfico- estaba arrancada la
cubierta-, que bajo el título en páginas interiores de Magia natural y
filosofía oculta trataba de estos supuestos, y bien pudiera haberse debido a la
pluma de Arias. Lo que parece obra de trasgos al principio, luego, descubiertas
las causas, encuentra explicación lógica.
La Magia fue mentora de la alquimia y formaba parte de las disciplinas anejas
al Trivium y al Quadrivium, los siete saberes principales, los que ponen a la
mente humana en el camino recto antes de llegar a la piedra filosofal, o de
encontrar el quinto elemento o quintaesencia. Los otros son: agua, fuego, aire,
tierra.
Como se comprobara, esta cosmogonía del Génesis se diferencia bastante de la
teoría del origen del mundo que dan las religiones sincretistas. Griegos y
romanos no se tomaban muy en serio a los dioses del Olimpo presididos por Zeus
Tonante. Su teodicea es ridícula. Téngase en cuenta que el étimo “θeos”, que en
lengua griega no vine en mayúscula, es la palabra que utilizamos los españoles
para indicar este concepto a través del puente del latín: zeus, theos, dios.
El Dios semítico, celoso, vengativo, interventor en los asuntos mundanos para
salvar a un pueblo en perjuicio de otros - la Biblia resulta a veces un cuento
de las Mil y una Noches y otras, una película de buenos y malos, una crónica de
crueldades y de perversiones- fulminando ab alto a los filisteos o parando el
sol para que Josué pueda ganar la batalla, es otra cosa. No causa risa sino
pavor.
Es El que es, Jehová. No se atrevían los judíos a llamarle por su nombre; por
eso utilizaban circunloquios para designarle: Gharon (el alto), Golán (eterno),
Tholedah (sin tiempo). Fue ese Dios grande en el Sinaí que llega a entrever
Castelar en su magnífica elocuencia. Es ese Alá sanguinario de los moros
empuñando la cimitarra con llamadas a la oración cinco veces al día, la
peregrinación a la Meca, la anúteba o guerra santa. Es un Dios que nunca se
emborracha como Jupiter ni tiene deslices con las otras diosas y que nada tiene
que ver con el Cristo amoroso y lleno de perdón que nos bendice desde la
mandorla del Pantocrátor.
En su nombre no se puede matar porque predica algo muy difícil de cumplir a no
ser con fuerzas sobrehumanas: perdonar los agravios, no utilizar la espada.
Porque el que a hierro mata a hierro muere. En cierto modo el mandato
evangélico tronza las normas establecidas por la naturaleza. Y volvemos a
esponjarnos en la duda antigua ¿Puede Dios contradecirse?
Los musulmanes, proselitistas e invasores, consideran que la religión ha de ser
impuesta a sangre y fuego. Los judíos, por su parte, nunca tuvieron misioneros.
La religión para ellos es una ejecutoria de hidalguía, que se transmite desde
el claustro materno. Apenas tienen conversos. Se consideran acreedores del vaso
de la elección. No son violentos, creen en la guerra justa y defensiva. Se
muestran en la batalla por la construcción del Eretz Israel más inteligentes y
menos bestias que sus rivales sarracenos. Sin embargo, su religión no manda la
misericordia sino la estricta aplicación del ojo por ojo que les obliga a
arrasar la casa y sembrar el campo de sal -venganza bíblica- de todo aquel que
se atrevió a alzar la mano contra Israel en cualquier acto terrorista.
Consideran la vida sagrada y así todo judío después del Bar Mitzav se convierte
en hallahah, es es: en santo.
Para Arias Montano no hay contraposición entre razón y fe, al tiempo que,
escriturario avisado, se atiene a las fuentes rigurosamente hebraicas de la la
revelación y las interpreta en su parénesis al pie de la letra, porque, ya lo
hemos señalado, ésta es la versión cabalista que ve en la palabra de Adonai la
fuente de todo conocimiento. El cristianismo, por su parte, bebe no solamente en
el hontanar de la letra sagrada sino también en el de la tradición,
incorporando a la liturgia y al calendario eclesial viejos ritos paganos
cristianizados o adscribiendo al catálogo de los santos héroes míticos de
dudosa existencia como san Cristóbal, san Jorge, san Nicolás y que en buena
medida parecen apócrifos pero que excitan al fervor popular. No puede haber
religión sin un cierto entusiasmo y el entusiasmo es sinónimo de endiosamiento
en griego (εv θεoς). En la Encarnación Jesús se hermanó con nosotros, cargó a
cuestas con nuestros pecados, nuestras dudas, sin romper del todo los lazos que
ataban al hombre con su pasado.
El caso de Pablo arrasando los ídolos y apagando las velas votivas en el altar
de Afrodita en Efeso - el Apóstol de los gentiles era un judío zelotes y muy
exaltado - es una excepción. Los primeros evangelizadores al anunciar la buena
nueva fueron tolerantes y bastante permisivos con el legado pagano. Cabe
recordar, asimismo, que todo el NT excepto Mateo está escrito en griego, la lengua
en la que predicó Jesucristo, que era, según alguna paleografía moderna, un
judío helenizante, aparte del arameo. La herencia clásica pesaba mucho entre
los primeros cristianos. De hecho, todas las conmociones religiosas, las
disputas inter sinodales y los cismas tienen por marco este ámbito de los que
propugnaban una estricta observancia del bagaje semita y el gentil dentro de
los bautizados. Así, las herejías de monotelitas, monofisitas, donatistas,
pelagianos, arrianos, nestorianos, iconoclastas y demás. En los primeros ciclos
a san Pablo lo tenemos enfrentado con san Pedro. El problema, el de siempre:
los judíos.
Siempre surge una voz clamando por la vuelta a la antigua observancia. Y esa
voz es la de los textos sagrados. Sin embargo, cada vez que se levantaba esa
voz había que temer revueltas, guerras y sediciones. Así es la condición
humana. El hombre hecho del barro se escuda en la divinidad para dar rienda
suelta a sus egoísmos fanáticos.
Para contemplar la historia con una cierta perspectiva, no queda otro remedio
que olvidarse de las bajezas de la rastrera y difícil convivencia política y
subir más alto. El universo es puro e incontaminado porque lo alumbra la llama
de ese horno o pebetero perpetuo que es el sol. Arias Montano describe al mundo
como una esfera. En geometría la esfera simboliza lo perfecto. En ella caben
las hierbas, las piedras, las aguas, las quintaesencias del quinto elemento. Al
espacio lo llama makom y al tiempo gholam.
Dios todo lo hizo bien. Los ciclos estacionales marcan a compás el giro el de
las esferas en armonía, pero Montano, aunque escuchaba esa música serena de
Salinas a la que canta fr. Luis en una oda, no había abandonado, con la gente
de su época la idea del geocentrismo antropológico del Renacimiento. Para ellos
la tierra y el hombre eran la medida de todas las cosas. A la sazón no había
aun levantado cabeza Galileo con su tesis heliocéntrica.
Las observaciones que hace el autor sobre el pensamiento montanista en lo
tocante a la creación del hombre y de la mujer advierten de la inviolabilidad
del matrimonio santificada por el matrimonio cristiano, y cita al efecto la
Carta ad Efesios en la cual san Pablo manda a los desposados quererse como
partes de un mismo cuerpo que alienta bajo un único espíritu, pero también
dice: Esposa os doy y no sierva”. Pocas religiones han hecho tanto por la
manumisión y la igualdad de derechos, contra todo lo propalado por las
feministas, como la Iglesia. Prescribe la tolerancia, la compasión, el respeto
mutuo. Nunca la guerra de sexos ni la violencia de género. Es curioso; muerto y
finiquitado el marxismo con su filosofía de la lucha de clases aquí seguimos
enfrentados con la lucha de género, que está destruyendo la célula nuclear de
la sociedad española, la familia, por un lado, y, por otro, rebajando a la
mujer a su antigua condición de objeto de deseo. El hedonismo imperante nos las
hace desfilar todos los días por la catasta. Y por ese camino llegamos a un
aberrante culto al cuerpo y a la fortaleza física que junto con la emancipación
de la mujer y la libertad sexual nos pueden llevar muy lejos. Pero ese no es
nuestro asunto.
Volviendo a Montano, éste nos dice que el hombre y la mujer son
complementarios, partes de un mismo todo. La mujer para el hombre no ha de ser
un factor perturbador, ni viceversa. El hombre es el espíritu y la mujer la
materia. Ésta por tanto está más pegada a la tierra. Dos seres en armonía, el
orden dentro del caos de la naturaleza.
Sigue el autor haciendo un repaso a todas las disciplinas del saber abordadas
por Montano. Es muy interesante lo que nos dice de la Medicina de la cual tenía
grandes conocimientos el sacerdote gracias a la amistad que tuvo en su juventud
con Francisco de Arce al que conoció en Salamanca. Así que dio una singular
importancia a los tratados de Medicina y de Farmacia en la catalogación que
hizo de los libros para la Biblioteca del Escorial, cuando el rey Felipe II le
encomendó la tarea de documentar arhivísticamente todos los fondos de una de
las librerías más importantes de la cristiandad y que ha pasado hasta nosotros.
Montano era un hombre total y también contradictorio. Aspirante a la vida
solitaria y al horaciano “Beatus ille”, estuvo enfrascado en tareas
diplomáticas y políticas de su tiempo como fueron el Concilio de Trento, la
pacificación de los Países Bajos y de Portugal. No se concibe cómo pudo
escribir tanto, casi más que el Tostado y con tanta penetración sobre los temas
más diversos; el hombre, Dios, la naturaleza caída, el pecado, la muerte, el
fin del mundo, la ortografía. Más de cien volúmenes. Creo que su semblanza
literaria ha quedado bien plasmada en este libro de Juan José Jorge. Nos le
presenta como un antiguo Argos de la sabiduría.
Lo hemos leído con fruición e interés, verdadero prandium espiritual en nuestros
días. Pero hay un aspecto insinuado en toda la obra y que no ha podido ser
abordado, lógicamente, y por menudo, como podrían ser las relaciones de Baruj
Arias Montano con Bartolomé Carranza. Los dos fueron asesores y capellanes de
Felipe II. Los dos viajaron con él a los Países Bajos y a Inglaterra, entrando
en contacto con el mundo bíblico judeoprotestante, que irradiaba de Amberes y
de Amsterdam. Fue en Flandes donde publicó el primado Carranza su Catecismo que
habría de traerle tantos quebraderos de cabeza y la Biblia regio de Pontino
incoada por Arias se publicó en Bruselas donde yace gran parte de su obra
inédita. Esa traducción pondría en su entorno el formidable aparato logístico
de la Inquisición. ¿Era fruto de malquerencia o una nueva y peligrosa
interpretación del cristianismo? Arias Montano como Carranza mira con cierto
desdén el culto externo y aboga por una interiorización de las relaciones con
Dios. En esa órbita giran santa Teresa, san Juan de la Cruz, san Juan de Avila,
pero también Miguel de Molinos y todos los alumbrados. Felipe II, al que
denuestan con tanto ahínco, al defender la ortodoxia libró a España e Italia de
las conmociones de una guerra civil por causas religiosas. Tuvo que cortar por
lo sano y se le motejó de cruel. ¿Pero no fue más cruel Calvino quemando a
Miguel Servet porque contradecía sus convicciones bíblicas acerca del flujo
sanguíneo? Si resulta que el culto a las reliquias y las cruces no eran más que
dos palos cruzados - por ahí empezó todo- nos hubiéramos quedado, llevados por
el viejo furor iconoclasta de hugonotes y luteranos, sin las estatuas de Miguel
Ángel y sin todo el arte cristiano del Renacimiento que es muy rico y copioso,
y las iglesias vacías sin retablos, y oliendo, como muchas ahora, a gatizo. Me parece
a mí que esa veta externa del catolicismo, aunque provenga del paganismo, es
importante. La abolición de la rica liturgia romana, la supresión del latin
como lengua universal de la iglesia - que a algún cura con mala uva he
escuchado yo decir que bien hecho porque era la lengua de los que mataron a
Cristo, cuando esto no es verdad, en la crucifixión se habló griego y arameo-,
el abandono de las antiguas posturas, el auto de fe y la quema de los viejos
libros, manuales, cartularios, libros de horas, catecismos que han quedado
postergados en favor del retorno a la Biblia a palo seco, son cosas que asustan
y preocupan a los que verdaderamente hemos amado a la Iglesia. Nos duele que
ésta se haya convertido en una ONG,. Que padezca macrocefalia con una gran cabeza
- un papa en capa magna y en silla de ruedas que parece haber pactado con los
poderes del siglo pues parece ser que le gusta ser un héroe mediático con merma
de las obligaciones de su magisterio- y un cuerpo raquítico con una feligresía
abúlica y rutinaria y un clero que en sus prédicas se van por las ramas y no
explican el Evangelio con arreglo a las necesidades y preocupaciones del hombre
de hoy. No denuncian. No protestan. Hacen simplemente encajes de bolillos. Si
la cabeza ha pactado - me parece que en parte las tesis de Lutero con respecto
al papado no iban descaminadas- con los poderes fácticos y están al servicio
del imperio otra cosa no podían hacer los miembros. De aquellos polvos estos
lodos. Si esto hacen los rabadanes qué no harán las ovejas. Quizás a esta
iglesia, dominada y sometida a los poderes de la sinagoga, a qué no decirlo, la
salven sólo los diáconos. Es eterna, de eso no me cabe la menor duda. Quizás
estemos a las puertas de una impasse. Esto tiene que dar un vuelco. Si no, se acaba.
El libro de Juan José Jorge nos ha retrotraído al gran tiempo que tuvo el
catolicismo, su hora mejor y al hilo del mismo hemos aportado estas sugerencias
que son, claro está, impresiones personales y preocupaciones de la hora actual
cuando hay tantas instancias que abogan en favor de la sustitución de la
Crucifixión, obra de la redención y sacrificio del Mesías, de forma total, por
el Holocausto o muerte de unos pocos. Puede que ahí estribe la razón de
nuestros males. El mundo actual se enfrenta a un problema de conciencia entre
los que niegan y los que confiesan a Jesucristo, entre ovejas y cabritos,
bienaventurados y préditos. La amenaza del islam y la pressura gentium- pues no
otra cosa son las emigraciones en masa que padecemos- vuelve a tener todos los
visos de castigo divino y un recordatorio a Europa para que regrese a vivir al
pie de la cruz, un consejo difícil en estos tiempos de comodidad y de egoísmo,
uno añora los días en que los obispos, caballeros prevenidos en frontera, iban
a la cruzada, como don Rodrigo Ximenez de Rada, el de las Navas.
Pocos cristianos parecen dispuestos ya a dar testimonio de su fe derramando su
sangre por el Salvador. Vino el separador y sembró nuestros campos de sal.
Conocía bien nuestras costumbres y parece haber ganado la partida. Lo
importante hoy es el bienestar. Montano murió el mismo año que Felipe II en
1598, cuatro siglos antes del desastre, y diez después del naufragio de la
Invencible. Había nacido en 1527. Era de la misma quinta que el Rey Prudente.
Sosegáos.
España, despierta.
Antonio Parra Galindo
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